O R I G E N E S

I. Dios.

El hombre, por sí solo, no puede llegar a conocer a Dios.

Platón, maestro [acreditado] en cuestiones teológicas [dice] las siguientes palabras en el Timeo: «Es trabajoso encontrar al hacedor y padre de todo este universo, y es imposible que quien lo haya encontrado pueda darlo a conocer a todos» (Tim. 28c). Este texto es ciertamente admirable e impresionante: pero hay que considerar si la palabra divina no muestra mayor atención a lo que requieren los hombres cuando nos presenta al Logos divino, el que en el principio estaba en Dios, haciéndose carne, a fin de que este Logos, del que decía Platón que el que lo encontrare no lo podría dar a conocer a todos, pudiera hacerse asequible a todos. Platón puede decir que es cosa trabajosa encontrar al hacedor y padre de todo este universo, dando a entender al mismo tiempo que no es imposible a la naturaleza humana hallar a Dios de una manera digna o, por lo menos, más de lo que alcanza el vulgo. Pero si esto fuera verdad, Platón o algún otro de los griegos hubiera encontrado a Dios, y no hubieran dado culto, ni invocado, ni adorado a otro fuera de éL abandonándolo y asociándolo con cosas que no pueden asociarse con la majestad de Dios.

Por nuestra parte, nosotros afirmamos que la naturaleza no es en manera alguna capaz para buscar a Dios y hallarlo en su puro ser, a no ser que sea ayudada de aquel mismo que es objeto de la búsqueda. Llegan a encontrarlo los que después de hacer lo que está en su mano confiesan que necesitan de su ayuda, y él se manifiesta a los que cree conveniente, y en la medida en que una alma humana, estando aún en el cuerpo, puede conocer a Dios.

Además, al decir Platón que si uno hallare al hacedor y padre del universo sería imposible que lo diera a conocer a todos, no afirma que sea inexpresable e innominable, sino que, aun siendo expresable, sólo se puede dar a conocer a unos pocos... Pero nosotros afirmamos que no sólo Dios es inexpresable, sino también otros seres que son inferiores a él. Pablo se esfuerza por indicarlo cuando escribe: «Oí palabras inefables, que no es lícito al hombre pronunciar» (2 Cor 12, 4)...

También nosotros decimos que es difícil ver al hacedor y padre del universo: sin embargo, puede ser visto, no sólo según el dicho: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8), sino también según el dicho del que es «imagen del Dios invisible» (Col 1, 15): «El que me ve a mí, ve al Padre que me ha enviado» (Jn 14, 9). Nadie que tenga inteligencia dirá... que aquí se refiere a su cuerpo sensible, el que veían los hombres, pues en este caso habrían visto al Padre los que gritaron: «Crucifícalo, crucifícalo» (Lc 13, 21), lo mismo que Pilato, que tenía autoridad sobre lo que en Jesús había de humano (cf. Jn 19, 10). Esto no puede ser. Las palabras «el que me ve a mí, ve también al Padre que me ha enviado», no deben entenderse en su sentido material... El que ha comprendido cómo se ha de concebir el Dios unigénito, Hijo de Dios, primogénito de toda la creación, y cómo el Logos se hizo carne verá que es contemplando la imagen del Dios invisible como se llega a conocer al Padre y hacedor del universo.

Celso opina que a Dios se le conoce o bien por composición de varias cosas - a la manera de lo que los geómetras llaman síntesis - o por separación - análisis - de varias cosas, o también por analogia como la que usan los mismos geómetras: de esta suerte se llegaría por lo menos a los «umbrales del Bien» (Plat. Fileb. c). Sin embargo, cuando el Logos de Dios dice: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo revelare» (Mt 11, 27), afirma que Dios es conocido por cierta gracia divina, que no se engendra en el alma sin intervención de Dios, sino por una especie de inspiración. Lo más probable es que el conocimiento de Dios está por encima de la naturaleza humana, y esto explica que haya entre los hombres tantos errores acerca de Dios. Sólo por la bondad y amor de Dios para con los hombres, y por una gracia maravillosa y divina, llega este conocimiento a aquellos que la presciencia divina previó que vivirían de manera digna del Dios al que llegarían a conocer. Éstos son los que por nada renegarán de sus deberes religiosos para con él, aunque sean conducidos a la muerte por los que ignoran lo que es la religión e imaginan que es lo que no es, o aunque se les tenga por objeto de mofa.

Yo diría que Dios, al ver que los que alardean de haberle conocido y de haber aprendido de la filosofía lo que se refiere a él se muestran arrogantes y desprecian a los demás, y, sin embargo, casi como los incultos se entregan a los ídolos y a sus templos y a sus famosos misterios, «escogió lo necio del mundo», es decir a los más simples de los cristianos pero que viven con más moderación y pureza que los filósofos, «para confundir a los sabios» (cf. 1 Cor 1, 27), los cuales no se avergüenzan de dirigir la palabra a cosas inanimadas, como si fueran dioses o imágenes de los dioses. El que tenga entendimiento, ¿cómo no se reirá de aquel que, después de tantos y tan prolijos discursos filosóficos acerca de Dios o de los dioses, se queda en la contemplación de las estatuas y dirige a ellas su plegaria, o al menos la dirige por medio de la vista de ellas al dios que es conocido espiritualmente, imaginando que ha de levantarse hasta él a partir de lo que es visible y mero símbolo? El cristiano, en cambio, por muy ignorante que sea, tiene la convicción de que todo lugar es parte del universo, y de que todo el mundo es templo de Dios. Y así, orando en todo lugar, cerrados los ojos de los sentidos y abiertos los del alma, se levanta por encima del mundo todo: no se para ni ante la bóveda del cielo, sino que con su entendimiento llega hasta la región supraceleste (cf. Plat. Fedr. 247a-c), guiado por el espíritu de Dios. Y así, estando como fuera del mundo, dirige su oración a Dios, no sobre cosas triviales, pues ha aprendido de Jesús a no buscar nada pequeño, es decir, sensible, sino sólo las cosas grandes y verdaderamente divinas, que son los dones que Dios nos da para el camino que lleva a la felicidad que hay en él, por medio de su Hijo, que es el Logos de Dios... (cf. Oríg. De Oral. 16-17) 1.

El ser de Dios.

Dios «ni siquiera participa del ser»: porque más bien es participado que participa, siendo participado por los que poseen el Espíritu de Dios. Asimismo, nuestro Salvador no participa de la justicia, sino que siendo la Justicia, los que son justos participan de él. Lo que se refiere al ser requiere un largo discurso y no fácilmente comprensible, particularmente lo que se refiere al Ser en su pleno sentido, que es inmóvil e incorpóreo. Habría que inves- tigar si Dios «está más allá del ser en dignidad y en poder» (Plat. Rep. 509b) haciendo participar en el ser a aquellos que lo participan según su Logos, y al mismo Logos, o bien si él mismo es ser, aunque se dice invisible por naturaleza en las palabras que se refieren al Salvador: «El cual es imagen del Dios invisible» (Col 1, 15), donde la palabra «invisible» significa «incorpóreo». Habría que investigar también si el unigénito y primogénito de toda creatura ha de ser llamado ser de los seres, idea de las idas y principio, mientras que su Padre y Dios está más allá de todo esto 2.

Quiénes pueden ver a Dios 2a

Las cosas corporales e insensibles por sí mismas no hacen nada para ser vistas de otro, sino que el ojo ajeno las ve tanto si ellas quieren ser vistas como si no, cuando fija en ellas la mirada y las contempla. Porque, ¿qué puede hacer un hombre o cualquier otra cosa envuelta en un cuerpo material para no dejarse ver cuando está presente? Por el contrario, las cosas superiores y divinas aun estando presentes no se ven si ellas no quieren: el que sean vistas o no, depende de su voluntad. Fue gracia de Dios el dejarse ver de Abraham y de los demás profetas. No fue el ojo del alma de Abraham por sí mismo la causa de que viera a Dios, sino que Dios se dejó ver de un hombre justo que se había hecho digno de tal visión. No hay que entender esto únicamente de Dios Padre, sino también de nuestro Señor y Salvador y del Espiritu Santo, y aun, bajando a otro plano, de los querubines y serafines. Puede, en efecto, suceder que mientras nosotros estamos ahora hablando esté aquí presente un ángel, al que, sin embargo no podemos ver porque no merecemos tal visión. Pues aunque el ojo de nuestro cuerpo o de nuestra alma se ponga a mirarlo, si el ángel no se manifiesta por voluntad propia ni se deja ver, no lo verá el que quiero verlo. Así pues, dondequiera que está escrito «se apareció Dios», o, como en el pasaje que comentamos, «se apareció el ángel del Señor de pie a la derecha del altar del incienso» (Lc 1, 11), hay que entenderlo a la manera dicha. Tanto Dios como el ángel según quieran o no quieran son vistos o no por Abraham o por Zacarías. Hay que decir esto no sólo en lo que se refiere a este mundo, sino también en lo que se refiere al futuro: cuando dejemos este mundo no se aparecerán Dios y sus ángeles a todos, de suerte que el que dejó el cuerpo merezca inmediatamente ver los ángeles y el Espíritu Santo y nuestro Señor y Salvador y el mismo Dios Padre; sino que solo los verá aquel que tenga el corazón limpio (cf. Mt 5, 8) y que se haya mostrado digno de ver a Dios. Y aunque el que está limpio de corazón y el que todavía tiene alguna mancha estén en un mismo lugar, esta identidad de lugar no será ni ayuda ni obstáculo para la salvación: el que tenga el corazón limpio verá a Dios, y el que no lo tenga no verá lo que aquél puede ver. Y hay que pensar que sucedía algo semejante también con respecto a Cristo cuando se le pedía ver corporalmente: pues no has de pensar que todos los que le miraban veían a Cristo. Veían ciertamente el cuerpo de Cristo, pero a Cristo en cuanto era Cristo no le veían. Sólo le podían ver los que eran dignos de ver su grandeza. Los discípulos viéndole a él contemplaban la grandeza de su divinidad, Por esto, cuando Felipe habló y pidió: «Muéstranos al Padre y esto nos basta» (Jn 14, 8), le respondió el Salvador: «¿Tanto tiempo he estado entre vosotros y todavía no me conocéis? Felipe, el que me ve, ve al Padre.» Tampoco Pilato, que ciertamente veía a Jesús, podía ver al Padre; ni tampoco Judas el traidor. Porque ni Pilato ni Judas veían a Cristo en cuanto era Cristo, así como tampoco la multitud que le apretujaba. Sólo aquellos podían ver a Jesús que él mismo juzgaba dignos de que le vieran.

Trabajemos pues también nosotros para que ahora se nos aparezca Dios, pues nos lo promete la palabra sagrada de la Escritura: «Porque es hallado de los que no le tientan, y se manifiesta a aquellos que no desconfían de él» (Sab 1, 2). Y que en el mundo futuro no se nos oculte, sino que le veamos «cara a cara» (1 Cor 13, 12) y tengamos la esperanza de una vida buena y gocemos de la visión de Dios omnipotente, en Cristo Jesús y en el Espiritu Santo: de quien es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amen 3.

El Dios incomprensible, dado a conocer por el Hijo.

Se dice en el salmo 17 que «Dios hizo de la tiniebla su escondrijo». Es una manera hebrea de explicar que lo que los hombres pueden concebir de Dios por sí mismos es oscuro e inconocible, porque él se oculta a los que no son capaces de soportar el resplandor de su conocimiento y a los que no pueden verlo como en una tiniebla: lo cual se debe, en parte, a la impureza de la inteligencia ligada a un cuerpo humano «de humillación» (FIp 3, 21), y en parte a su limitada capacidad para la comprensión de Dios. Para explicar que el conocimiento experimental de Dios se da raras veces a los hombres, y a muy pocos de ellos, se dice que Moisés entró «en la oscuridad donde estaba Dios» (Ex 20, 21). Y asimismo se dice de Moisés: «Sólo Moisés se acercará a Dios: los demás no se acercarán» (Ex 24, 2). Y también el profeta, para mostrar la profundidad de las doctrinas referentes a Dios - inasequible a los que no poseen el Espiritu que todo lo investiga, escrutando aun las profundidades de Dios (1 Cor 2, 10) -  dijo: «Su manto es el abismo, que es como su vestido» (Sal , 6).

Igualmente nuestro Salvador y Señor, Logos de Dios, muestra la grandeza del conocimiento del Padre - al que sólo él concibe y conoce de manera adecuada por sus propios méritos, mientras que de manera derivada lo conocen los que han sido iluminados bajo la inspiración del mismo Logos divino - cuando dice: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo haya revelado» (Mt 11, 27). Nadie como el Padre que lo engendró puede conocer por sí mismo al que es increado y primogénito de toda creatura; ni nadie puede conocer al Padre, como el Logos viviente del mismo que es su Sabiduría y su Verdad. Por participación en aquel que apartó del Padre la llamada «tiniebla» en la que «había hecho su escondrijo», y el llamado «manto», el abismo, revelando con ello al Padre, es como conoce a éste cualquiera que llega a conocerle 4.

En qué sentido el hombre puede ser causa de gozo o de tristeza en los cielos.

Voy a decir una cosa que quizás os sorprenderá: parece que nosotros podemos ser causa de alegría y de gozo para Dios y sus ángeles. Los que estamos sobre la tierra somos ocasión de que haya gozo y exultación en el cielo si, mientras andamos sobre la tierra, nuestra vida está en los cielos: entonces es, sin duda, cuando hacemos surgir un día de gozo para las potestades celestes. Pero, de la misma manera que nuestras buenas obras y nuestro progreso en la virtud producen alegría y gozo para Dios y sus ángeles, así, pienso yo, nuestra mala vida puede ser causa de dolor y pena no sólo en la tierra, sino también en el cielo, y aun quizás pueda decirse que los pecados de los hombres llegan a causar dolor en el mismo Dios. ¿No es una voz de dolor la que dice: «Me arrepiento de haber creado al hombre sobre la tierra» (Gén 6, 8)? Y lo mismo puede decirse de la exclamación del Señor: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas...» (Mt 23, 37). Con todo, todos esos pasajes en los que se dice que Dios se lamenta, o se alegra, o siente odio o gozo, hay que entender que la Escritura los expresa en sentido metafórico, aplicando a Dios lo que es propio del hombre. Porque la naturaleza divina está lejos de todo afecto o pasión mudable, pues permanece sin mutación ni turbación en su suprema bienaventuranza... 5

Dios está sujeto a la pasión de amor para con los hombres.

El Salvador ha bajado a la tierra por compasión para con el género humano. Se ha sometido a nuestras pasiones antes de sufrir en la cruz, aun antes de que se dignara tomar nuestra carne. Porque si no hubiera sufrido nuestras pasiones, no hubiera venido a participar de nuestra vida humana. ¿Cuál es esa pasión a la que desde un comienzo se ha sometido por nosotros? Es la pasión del amor (Caritatis est pássio). Aun el mismo Padre, el Dios del uniververso, ¿no sufre en cierta manera, estando lleno de longanimidad, de misericordia y de piedad? ¿Acaso no comprendes que cuando se ocupa de las cosas de los hombres está sufriendo de una pasión humana? «Porque el Señor tu Dios ha tomado sobre sí tu manera de ser, como un hombre toma sobre si a su propio hijito» (Dt 1, 31). Dios toma sobre sí nuestra manera de ser, como el Hijo de Dios toma sobre sí nuestras pasiones. El mismo Padre no es impasible. Si dirigimos a él nuestra oración, tiene piedad y compasión. Es que sufre pasión de amor... 6

La Trinidad.

Hay una cosa que turba a muchos que quisieran ser piadosos: con la preocupación de no admitir dos dioses, caen en el otro extremo con doctrinas falsas e impías, pues o bien niegan que el Hijo tenga una individualidad (idiotéta) distinta de la del Padre y confiesan que aquel que, al menos de nombre, llaman Hijo, es Dios, o bien niegan la divinidad del Hijo, estableciendo que su individualidad y su sustancia concreta (ousía katá perigraphén) es distinta de la del Padre. He aquí como se puede dar una solución: hay que decirles que Dios es Dios-en-si, y por esto dice el Salvador en su oración al Padre: «Para que te conozcan a ti, el único Dios verdadero» (Jn 17, 3); fuera del Dios-en-si, todo lo que es divinizado por participación de la divinidad de aquél no debiera llamarse propiamente «el Dios», sino «Dios»: y aquí el «primogénito de toda la creación» (cf. Col 1, 15), que por «estar en Dios» (cf. Jn 1, 1) es el primero en atraer hacia sí la divinidad, es absolutamente superior en dignidad a los otros que son dioses fuera de él - de los cuales Dios es «el Dios» según aquella palabra: «El Dios de los dioses, el Señor, ha hablado y ha convocado a la tierra» (Sal 49, 1) - ; él ha sido el ministro de su divinización, sacando de Dios y comunicándoles a ellos generosamente según su bondad su divinización.

Dios, pues, es el Dios verdadero: los que han sido conformados según él, son como reproducciones de un prototipo; pero, por otra parte, la imagen arquetipo de estas múltiples imágenes es el Logos «que está en Dios», el que estaba «en el principio», el cual, por estar «en Dios» permanece siempre «Dios». Porque no sería si no estuviera «en Dios», y no permanecería Dios si no permaneciera en incesante contemplación de la profundidad del Padre... 7.

Trinidad (tendencia subordinacionista).

Nosotros aceptamos la palabra del Salvador: «El Padre que me envió es mayor que yo» (Jn 14, 28), por la cual no acepta la apelación de «bueno» que le es dada (cf. Mc 10, 18) en su sentido propio, verdadero y pleno, sino que la refiere agradecido al Padre, reprochando al que quería glorificar al Hijo más de lo justo. Afirmamos que lo mismo el Salvador que el Espíritu Santo no pueden ponerse en parangón con ninguna de las cosas creadas, sino que las sobrepasan con una trascendencia sobreeminente; pero al mismo tiempo son sobrepasados por el Padre cuanto el Salvador y el Espíritu Santo sobrepasan a los demás seres y aún más. No es necesario que digamos cuánta es la gloria del Hijo que sobrepasa a los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades y todo otro ser que pueda ser nombrado no sólo de este siglo, sino también del futuro, trascendiendo además a los santos ángeles y espíritus y almas de los justos. Sin embargo, siendo superior a tantos y tan grandes seres por su sustancia, su dignidad, su poder, su divinidad - siendo el Logos viviente - , su sabiduría, no puede parangonarse en nada con el Padre. En efecto, él es la imagen de su bondad y esplendor, no ya de Dios, sino de su gloria y de su luz eterna, emanación (atmís), no ya del Padre, sino de su poder, profluvio (aporroia) genuino de su gloria omnipotente, espejo sin mancha de su actividad, por el cual espejo Pablo y Pedro y los que se les asemejan contemplan a Dios, pues dice: «El que me ve a mí, ve al Padre que me envió» (Jn 14, 9) 8.

La generación del Hijo no es como las generaciones naturales.

Es cosa blasfema e inadmisible pensar que la manera como Dios Padre engendra al Hijo y le da el ser es igual a la manera como engendra un hombre o cualquier otro ser viviente. Al contrario, se trata necesariamente de algo muy particular y digno de Dios, con el cual nada absolutamente se puede comparar. No hay pensamiento ni imaginación humana que permita llegar a comprender cómo el Dios inengendrado viene a ser Padre del Hijo unigénito. Porque se trata, en efecto, de una generación desde siempre y eterna, a la manera como el resplandor procede de la luz. El Hijo no queda constituido como tal de una manera extrínseca, por adopción, sino que es verdaderamente Hijo por naturaleza... 9

Hemos de entender que la luz eterna no es otra que el mismo Dios Padre. Ahora bien, nunca se da la luz sin que se dé juntamente con ella el resplandor, ya que es inconcebible una luz que no tenga su propio resplandor. Si esto es así, no se puede decir que hubiera un tiempo en el que no existiera el Hijo; y, sin embargo, no era inengendrado, sino que era como un resplandor de una luz inengendrada, que era su principio fontal en cuanto que de ella procedía. Con todo, no hubo tiempo en el que (el Hijo) no existiera 10.

El Espíritu Santo es increado.

Hasta ahora no he hallado pasaje alguno de las Escrituras que sugiera que el Espíritu Santo sea un ser creado, ni siquiera en el sentido en que, como he explicado, habla Salomón de que la Sabiduría es creada (cf, Prov 8, 2V, o en el sentido en que, como dije, han de entenderse las apelaciones del Hijo como «ávida» o «palabra». Por tanto, concluyo que el Espíritu de Dios que «se movía sobre las aguas» (Gén 1, 2) no es otro que el Espíritu Santo. Ésta parece la interpretación más razonable: pero no hay que mantenerla como fundada directamente en la narración de la Escritura, sino en el entendimiento espiritual de la misma 11.

El Espíritu Santo es persona.

«El Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Esto significa que el Espiritu es un ser sustancial, no, como algunos pretenden, una simple actividad de Dios sin existencia individual. El Apóstol, después de enumerar los dones del Espíritu, prosigue: «Y todas estas cosas proceden de la acción de un mismo Espíritu, que distribuye a cada individuo según su voluntad» (1 Cor 12, 11). Por tanto, si actúa, quiere y distribuye, es un ser sustancial activo, y no una mera actividad... 12

El Espíritu mismo está en la ley y en el Evangelio: él está eternamente con el Padre y el Hijo, y como el Padre y el Hijo existe siempre, existió y existirá 13.

Después de la Ascensión, el Espíritu Santo es asociado al Padre y al Hijo en honor y dignidad. Pero acerca de él no podemos decir claramente si ha de ser considerado como engendrado o inengendrado, o si es o no Hijo de Dios 14.

Cómo se relaciona el Espíritu con el Padre y el Hijo.

Si es verdad que mediante el Verbo «fueron hechas todas las cosas» (cf. Jn 1, 3), ¿hay que decir que el Espíritu Santo también vino a ser mediante el Verbo? Supongo que si uno se apoya en el texto «mediante él fueron hechas todas las cosas» y afirma que el Espiritu es una realidad derivada, se verá forzado a admitir que el Espíritu Santo vino a ser a través del Verbo, siendo el Verbo anterior al Espíritu. Por el contrario, si uno se niega a admitir que el Espíritu Santo haya venido a ser a través de Cristo, se sigue que habrá de decir que el Espíritu es inengendrado... En cuanto a nosotros, estamos persuadidos de que hay realmente tres personas (hypostaseis), Padre, Hijo y Espiritu Santo; y creemos que sólo el Padre es inengendrado; y proponemos como proposición más verdadera y piadosa que todas las cosas vinieron a existir a través del Verbo, y que de todas ellas el Espíritu Santo es la de dignidad máxima, siendo la primera de todas las cosas que han recibido existencia de Dios a través de Jesucristo. Y tal vez es ésta la razón por la que el Espíritu Santo no recibe la apelación de Hijo de Dios: sólo el Hijo unigénito es hijo por naturaleza y origen, mientras que el Espiritu seguramente depende de él, recibiendo de su persona no sólo el ser' sino la sabiduría, la racionalidad, la justicia y todas las otras propiedades que hemos de suponer que posee al participar en las funciones del Hijo...

Además, supongo que el Espíritu Santo se puede decir que proporciona lo que podríamos llamar la materia de los dones espirituales de Dios a los que reciben el nombre de santos a través de él y por participación de él: esta materia actúa a partir de Dios, siendo administrada por el Verbo y existiendo a causa del Espíritu Santo. Me mueven a hacer esta suposición las palabras de san Pablo acerca de los dones espirituales: «Hay dones diferentes pero uno es el Espiritu; y hay diferentes administraciones, pero uno es el Señor; y hay diferentes acciones, pera uno es Dios que da la actividad a todas las cosas» (1 Cor 12, 4ss) 15.

La actividad de las tres divinas personas.

Puede preguntarse por qué cuando un hombre viene a renacer para la salvación que viene de Dios (en el bautismo) hay necesidad de invocar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, de suerte que no quedaria asegurada su salvación sin toda la Trinidad. Para contestar esto será necesario, sin duda, definir las particulares operaciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En mi opinión, las operaciones del Padre y del Hijo se extienden no sólo a los santos, sino también a los pecadores, y no sólo a los hombres racionales, sino también a los animales y a las cosas inanimadas: es decir, a todo lo que tiene existencia. En cambio, la operación del Espíritu Santo de ninguna manera alcanza a las cosas inanimadas, ni a los animales que no tienen habla; ni siquiera puede discernirse en los que, aunque dotados de razón, se entregan a la maldad y no están orientados hacia las cosas mejores. En suma, la acción del Espiritu Santo está limitada a los que se van orientando hacia las cosas mejores y andan en los caminos de Cristo Jesús, a saber, los que se ocupan de buenas obras y permanecen en Dios 18.

La creación y la providencia.

Todas las cosas han sido hechas para el hombre y para los seres racionales: porque todas las cosas han sido creadas primariamente para la creatura racional. Celso puede decir que la creación no es más para el hombre que para el león o cualquiera de los seres que menciona. Pero nosotros diremos que el creador no hizo todas las cosas para el león, o el águila o el delfín, sino que todas estas cosas las hizo para la creatura racional y con el fin de que este mundo, como obra de Dios, sea completo y perfecto desde todos los puntos de vista. En este punto hemos de admitir que tiene razón. Pero Dios no tiene cuidado, como piensa Celso, únicamente del todo, sino que por encima de esto cuida en particular de cada uno de los seres racionales. Jamás la providencia abandonará el todo, pues si algo de este todo se corrompe a causa del pecado de la naturaleza racional, cuidará de purificarlo y de hacer que con el tiempo el todo vuelva hacia sí. Dios no se mueve a ira por causa de los monos o de las ratas: en cambio impone justicia y castigo a los hombres porque violan los impulsos de la naturaleza. A éstos los amenaza por medio de los profetas y del Salvador que vino a nosotros para bien de todo el género humano. Con esta amenaza, los que la oyen pueden convertirse, mientras que los que desprecian la invitación a la conversión son castigados según su merecido. Es justo que Dios imponga estos castigos según su voluntad, para bien del todo, a los que necesitan de este tipo de tratamiento doloroso y de corrección 17.

La materia no es increada.

Muchos hombres de consideración pensaron que la materia es increada, y afirmaron que ésta debía su existencia y su naturaleza al azar. Lo que a mí me sorprende es cómo estos mismos hombres pueden atacar a los que niegan simplemente la existencia de un creador o de un orden en el universo... pues, al decir que la materia es increada y coeterna con el Dios increado, adoptan un punto de vista igualmente impío. En efecto. si suponemos que no hubiera existido la materia, entonces Dios, en su manera de ver, no hubiera podido tener actividad alguna, pues no hubiera tenido materia con la cual comenzar a operar. Porque, según ellos, Dios no puede hacer nada de la nada, y al mismo tiempo dicen que la materia existe por azar, y no por designio divino, imaginando que esta materia que se encontró allá porque sí es suficiente explicación de la grandiosa obra de la creación... 18

Origen de la diversidad en los seres creados.

Para que nuestro silencio no se convierta en pábulo de la audacia de los herejes, responderemos según la medida de nuestras fuerzas a las objeciones que suelen ponernos. Hemos dicho ya muchas veces, apoyándolo con las afirmaciones que hemos podido hallar en las Escrituras, que el Dios creador de todas las cosas es bueno, justo y omnipotente. Cuando él en un principio creó todo lo que le plugo crear, a saber, las criaturas racionales, no tuvo otro motivo para crear fuera de sí mismo, es decir, su bondad. Ahora bien, siendo él mismo la única causa de las cosas que habían de ser creadas, y no habiendo en él diversidad alguna, ni mutación, ni imposibilidad, creó a todas las creaturas iguales e idénticas, pues no había en él mismo ninguna causa de variedad o diversidad. Sin embargo, habiendo sido otorgada a las criaturas racionales, como hemos mostrado muchas veces, la facultad del libre arbitrio, fue esta libertad de su voluntad lo que arrastró a cada una (de las creaturas racionales), bien a mejorarse con la imitación de Dios, bien a deteriorarse por negligencia. Éista fue la causa de la diversidad que hay entre las creaturas racionales, la cual proviene, no de la voluntad o intención del creador, sino del uso de la propia libertad. Pero Dios, que había dispuesto dar a sus creaturas según sus méritos, hizo con la diversidad de los seres intelectuales un solo mundo armónico, el cual, como una casa en la que ha de haber no solo «vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, unos para usos nobles, y otros para los más bajos» (cf. 2 Tim 2, 20), está proveído con los diversos vasos que son las almas. En mi opinión éstas son las razones por las que se da la diversidad en este mundo, pues la divina providencia da a cada uno lo que corresponde según son sus distintos impulsos y las opciones de las almas. Con esta explicación aparece que el creador no es injusto, ya que otorga a cada uno lo que previamente ha merecido; ni nos vemos forzados a pensar que la felicidad o infelicidad de cada uno se debe a un azar de nacimiento o a otra cualquier causa accidental; ni hemos de creer que hay varios creadores o varios orígenes de las almas (como pretenden los gnósticos) 19.

Los distintos grados de los seres.

La consumación final de los santos será en el reino «de lo invisible y lo eterno» (cf. 2 Cor 4, 18). Ahora bien, pienso que... puede suponerse que las creaturas racionales tuvieron un momento inicial semejante a lo que será aquel momento final, y que si su comienzo fue semejante al fin que les espera, en su condición inicial existieron en el reino «de lo invisible y lo eterno». Si esto es así, hay que pensar que no sólo descendieron de una condición superior a otra inferior las almas que merecieron tal tránsito a causa de la diversidad de sus impulsos, sino también otras que aun contra su voluntad fueron trasladadas de aquel mundo superior e invisible a este inferior y visible para beneficio de todo el mundo. Porque, en efecto, «la creatura ha sido sometida a la vanidad contra su voluntad, por causa de aquel que la sometió en esperanza» (Rm 8, 20-21). De esta suerte, el sol, la luna, las estrellas o los ángeles de Dios, pueden cumplir un servicio en el mundo, y este mundo visible ha sido hecho para estas almas que por los muchos defectos de su disposición racional tenían necesidad de estos cuerpos más burdos y sólidos.

La palabra katabolé (que significa a la vez constitución y descenso, y es usada en la Escritura con referencia a la constitución del mundo), parece indicar este «descenso» de las realidades superiores a lo inferior. Es verdad, sin embargo, que toda la creación lleva consigo una esperanza de libertad, para ser liberada de la servidumbre de la corrupción, cuando sean reducidos a unidad los hijos de Dios que cayeron o fueron dispersados, cuando hayan cumplido en este mundo aquellas funciones que sólo conoce Dios, artífice de todo. Y hay que pensar que el mundo ha sido hecho de tal naturaleza y magnitud que puedan ejercitarse en él todas las almas que Dios ha determinado, así como también todas aquellas virtudes que están dispuestas para asistir y servir a aquellas. Pero que todas las creaturas racionales son de la misma naturaleza es algo que puede probarse con muchos argumentos: sólo así puede quedar a salvo la justicia de Dios en todas sus disposiciones, a saber, poniendo en cada una de ellas la causa por la que ha sido colocada en tal determinado orden de vivientes o en tal otro.

Algunos no han sabido comprender esta disposición de Dios por no haberse dado cuenta de que Dios dispuso la variedad que vemos a causa de las opciones libres (de las naturalezas racionales), y que, ya desde el origen del mundo, previendo Dios la disposición de aquellos que habían de merecer venir a tener cuerpo a causa de un defecto en su actitud racional, así como la de aquellos que habían de ser seducidos por el deseo de las cosas visibles, y la de aquellos que, voluntaria o involuntariamente, tenían que prestar un servicio a los que habían caído en tal estado, eran forzados a su condición mundana por aquel que «los sametía en esperanza» (cf. Rom 8, 20). Entonces se busca como explicación la acción del azar, o se dice que todo lo que hay en este mundo sucede por necesidad y que no tenemos libertad alguna. Con esto es imposible dejar de culpar a la providencia... 20

Diferencia entre la «providencia» y la «voluntad» de Dios.

Mantenemos con fe firme e inmutable que Dios es incorpóreo, omnipotente e invisible. Pero también que Dios cuida de las cosas humanas, de suerte que nada tiene lugar sin su providencia, lo mismo en los cielos que en la tierra. Pero hemos de hacer notar que hemos dicho «sín su providencia», y no «sin su voluntad». Porque muchas cosas suceden sin su voluntad, pero ninguna sin su providencia. Por su providencia Dios administra, dispone y vigila lo que acontece, mientras que por su voluntad determina que algo acontezca o no... Ahora bien, si profesamos creer que Dios administra y dispone todas las cosas, se sigue que él ha de revelar su voluntad a los hombres, mostrándoles lo que es bueno para ellos. Si no lo hiciera así, habría que decir que se despreocupa de los hombres, y que no tiene cuidado alguno de las cosas mortales 21.

El problema del mal y la providencia de Dios.

Partiendo de las divinas Escrituras, consideremos brevemente lo que se refiere al bien y al mal. ¿De qué forma hay que responder a la objeción de cómo es posible que Dios hiciera el mal y por qué es incapaz de convencer y amonestar a los hombres? Según las divinas Escrituras, los bienes propiamente dichos son las virtudes y las obras que de ellas provienen, y los males propiamente dichos son lo contrario de esto. Bástenos por el momento con las palabras del salmo 33, que muestran esto así: «Los que buscan al Señor no serán privados de bien alguno. Mirad, hijos, oídme: os enseñaré el temor de Dios. ¿Quién es el hombre que ama la vida, que desea ver días buenos? Guarda tu boca del mal, y tus labios de hablar con engaño. Apártate del mal y haz el bien» (vv. 11- 15). Las palabras «apártate del mal y haz el bien» no se refieren a los males corporales, como los llaman algunos, ni a los males externos, sino a los males y bienes del alma. El que se aparta del mal y hace el bien en esto sentido, amando así la vida verdadera, llegará a poseerla.

El que «desea ver dias buenos», iluminados por el «Sol de justicia» (cf. Mal 4, 2) que es el Logos, llegará a alcanzarlos, pues Dios le librará «del malvado tiempo presente» (Gál 1, 4) y de los días malos, de los que dijo Pablo: «Rescatando el tiempo, porque los días son malos» (Ef 5, 16).

En un sentido menos exacto puede encontrarse que las cosas corporales y exteriores en cuanto contribuyen a la vida según la naturaleza se consideran bienes, y sus contrarios, males. Así Job dice a su mujer: «Si hemos recibido los bienes de la mano del Señor, ¿no nos someteremos a los males?» (Job 2, 10). En este sentido se halla en las Escrituras divinas un pasaje que hace decir a Dios: «Yo soy el que hago la paz, y el que creo los males» (Is 45, 7). Y en otro se dice de él: «Bajó el mal de parte del Señor sobre las puertas de Jerusalén, ruido de carros y de jinetes» (Miq 1, 12). Estos pasajes han confundido a muchos lectores de la Escritura, pues no han sabido comprender lo que en ella se significa cuando se habla de bienes y de males.

Nosotros afirmamos que Dios no hizo los males, ni la misma maldad, ni las acciones que de ella proceden. Si Dios hubiese hecho lo que verdaderamente es malo, ¿cómo se podría tener la audacia de anunciar el mensaje del juicio, que nos enseña que los malvados son castigados por sus malas acciones en proporción a su pecado, y que los que han vivido según la virtud y han obrado virtuosamente serán felices y alcanzarán los premios de Dios? Sé muy bien que los que quieren audazmente decir que Dios hizo los males aducirán ciertos pasajes de la Escritura; pero no lograrán con ella hacer un tejido argumental completo, porque la Escritura condena a los que pecan y aprueba a los que obran bien, aunque contiene aquellas afirmaciones, (no) pocas en número, que parecen poner en dificultad a los lectores no educados acerca de las palabras divinas...

Así pues, Dios no ha hecho los males, si uno entiende con esta palabra lo que propiamente se llama tal. Pero de las obras que él tuvo intención primaria de hacer, se han seguido algunos males, pocos en comparación con el orden de todo el conjunto. Así también de las obras que el carpintero hace con intención primaria se siguen las virutas espirales y el serrín; y los albañiles parecen hacer la suciedad esparcida junto a las edificaciones, que son los desperdicios de las piedras y el cemento.

Si uno se refiere a estos llamados males en un sentido menos exacto, los males corporales o externos, hay que conceder que a veces Dios ha hecho alguno de ellos, como medio para la conversión de algunos. ¿Qué dificultad puede haber en esta doctrina? Hablando vulgarmente llamamos males a los dolores que infligen los padres, maestros y educadores a los que se educan, o los que infligen los médicos cortando y quemando con vistas a la curación. De la misma manera si se dice que Dios inflige alguna de estas cosas, para conversión y curación de los que tienen necesidad de tales dolores, no habrá que objetar nada a este modo de hablar. Aunque se diga que «bajó el mal de parte del Señor sobre las puertas de Jerusalén», en forma de dolores infligidos por los enemigos, tales miran a la conversión. O aunque se diga que visita con una vara las iniquidades de los que abandonan la ley de Dios, y con un látigo sus pecados (cf. Sal , 31-33) o se diga: «Tienes carbones ardientes: siéntate sobre ellos, y ellos te servirán de ayuda» (Is 47, 14). De la misma manera explicamos las palabras «Yo soy el que hace la paz y el que crea los males»: pues Dios crea los males corporales y externos para purificar y educar a los que no quieren dejarse educar por la razón y por la sana enseñanza...

...La objeción «por qué Dios no puede convencer a los hombres» se presenta también a todos los que creen en la Providencia. Lo que hay que responder es lo siguiente: El persuadir pertenece al género de las que llaman acciones recíprocas, como aquel a quien cortan el cabello es activo en cuanto que se lo deja cortar. Por ello, no basta con la acción del que persuade, sino que se requiere, por así decirlo, sumisión al que persuade, o aceptación de lo que éste dice. Por esto, con respecto a los que no se persuaden, no hay que decir que Dios no puede persuadirlos, sino que ellos no aceptan las palabras persuasivas de Dios...

...Porque para que uno quiera lo que le indica el que le persuade, de manera que prestando oído a éste se haga digno de las promesas de Dios, es necesaria la voluntad del que oye y su aceptación de lo que le dice... 22

III. La Escritura.

La voz de Dios la oyen aquellos a quienes Dios se hace oir.

La voz celeste que proclamaba que Jesús era el Hijo de Dios diciendo: «Éste es mi hijo amado en el cual me he complacido» (Mt 3, 17) no está escrito que fuera audible a las turbas... Asimismo la voz de la nube en la montaña alta sólo fue oída de los que subieron con él. Porque la voz divina es de tal naturaleza que sólo es oída de aquellos a quienes quiere hacerla oir el que habla. Y he de añadir que ciertamente la voz de Dios a que se refiere la Escritura no es una vibración del aire, o una comprensión del mismo, o cualquier otra teoría que digan los tratados de acústica: por lo cual es oída por un sentido más poderoso y más divino que el sentido corporal. Y puesto que cuando Dios habla no quiere que su voz sea audible a todos, el que tiene aquel oído superior oye a Dios, pero el que tiene sordo el oído del alma no percibe nada cuando habla Dios... 40

Hay que sacar el agua del pozo de las Escrituras y del de nuestras almas.

El pueblo muere de sed, aun teniendo a mano las Escrituras, mientras Isaac no viene para abrirlas... Él es el que abre los pozos, el que nos enseña el lugar en el que hay que buscar a Dios, que es nuestro corazón... Considerad, pues, que hay sin duda dentro del alma de cada uno un pozo de agua viva, que es como un cierto sentido celeste y una imagen latente de Dios. Este es el pozo que los filisteos, es decir, los poderes adversos, han llenado de tierra... Pero nuestro Isaac ha vuelto a cavar el pozo de nuestro corazón, y ha hecho saltar en él fuentes de agua viva... Así pues, hoy mismo, si me escucháis con fe, Isaac realizará su obra en vosotros, purificará vuestro corazón y os abrirá los misterios de la Escritura haciéndoos crecer en la inteligencia de la misma... El Logos de Dios está cerca de vosotros; mejor, está dentro de vosotros, y quita la tierra del alma de cada uno para hacer saltar en ella el agua viva... Porque tú llevas impresa en ti mismo la imagen del Rey celestial, ya que Dios, cuando en el comienzo hizo al hombre, lo hizo a su imagen y semejanza. Esta imagen no la puso Dios en el exterior del hombre, sino en su interior. Era imposible descubrirla dentro de ti estando tu morada llena de suciedad y de inmundicia. Esta fuente de sabiduría estaba ciertamente en el fondo de ti mismo, pero no podía brotar, porque los filisteos la habían obstruido con tierra, haciendo así de ti una imagen terrestre. Pero, la imagen de Dios impresa en ti por el mismo Hijo de Dios no pudo quedar totalmente encubierta. Cada vicio la recubre con una nueva capa, pero nuestro Isaac puede hacerlas desaparecer todas, y la imagen divina puede volver a brillar de nuevo... Supliquémosle, acudamos a él, ayudémosle a cavar, peleemos contra los filisteos, escudriñemos las Escrituras: cavemos tan profundamente que el agua de nuestros pozos pueda bastar para abrevar a todos los rebaños... 41

Dios nos habla como se habla a niños.

Cuando la divina Providencia interviene en los asuntos humanos, adopta las maneras de pensar y de hablar humanos. Y así como, si hablamos con un niño de dos años, usamos un lenguaje infantil, pues es imposible que, cuando se habla a los niños, éstos nos comprendan a menos que, abandonando la gravedad de las personas mayores, condescendientes con su lenguaje, del mismo modo creemos que actúa Dios cuando entra en relaciones con el linaje de los hombres, y particularmente con aquellos que son todavía niños. Bien ves cómo nosotros, adultos, cuando hablamos con los niños cambiamos hasta las palabras: nombramos el pan con una palabra que es propia de ellos, y el agua con otra, y no utilizamos las que nos sirven cuando hablamos a hombres de nuestra edad. ¿Somos acaso por esto imperfectos? Y si alguien nos oye hablar de este modo con los niños, ¿crees que dirá: este viejo está chiflado? Así habla Dios a los hombres-niños 42.

El espiritu y la letra de la ley.

Nosotros afirmamos que la ley tiene un doble sentido, el literal y el espiritual, lo cual fue enseñado ya por algunos de nuestros predecesores (cf. Filón, de Spec. Leg. I, 2 y pássim). No somos nosotros, sino el mismo Dios hablando por uno de sus profetas quien dice que la ley en sentido literal es «juicios que no son buenos» y «mandamientos que no son buenos»; en cambio, el sentido espiritual, se dice en el mismo profeta que habla de parte de Dios, que es «juicios buenos» y «mandamientos buenos». El profeta no se contradice patentemente en un mismo pasaje, sino que el mismo Pablo, de acuerdo con esto, dijo que «la letra», que equivale al sentido literal, mata, pero el «espíritu» que es lo mismo que decir el sentido espiritual, vivifica. (Cf. Ez 20, 25; 2 Cor 3, 7). En efecto, se puede hallar en Pablo algo semejante a lo que algunos piensan que es contradictorio en el pronta. Así, Ezequiel dice en un lugar: «Les di juicios que no eran buenos y mandamientos que no eran buenos, por lo cual no podrán tener vida en ellos», y en otro lugar: «Les di juicios buenos y mandamientos buenos, por lo cual tendrán vida en ellos.» Asi también Pablo, cuando quiere atacar el sentido literal de la ley dice: «Si el ministerio de la muerte, grabado con letras en las piedras se hizo con gloria, hasta el punto de que los hijos de Israel no podían mirar al rostro de Moisés a causa de la gloria de aquel rostro, que tenia que desvanecerse, ¿cómo no será más glorioso el ministerio del espíritu?» (2 Cor 3,7). Pero cuando se pone a admirar y a aceptar la ley, la llama espiritual diciendo: «Sabemos que la ley es espiritual» (Rm 7, 14); y la acepta con estas palabras: «De suerte que la ley es santa, y el mandamiento es santo y justo y bueno» (Rm 7, 12).

Así pues, si la letra de la ley promete riquezas a los justos, Celso, según la letra que mata, piensa que la promesa se refiere a la ciega riqueza. Pero nosotros lo entendemos de la riqueza que mira a lo profundo, según la cual se enriquece uno «en toda inteligencia y en toda sabiduría» (1 Cor 1, 5), según aquello que recomendamos: «Los ricos en este mundo no piensen altivamente ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios que da opulentamente todas las cosas para que gocemos de ellas, para que hagamos el bien, para que seamos ricos en obras buenas, dispuestos a distribuir y a compartir» (1 Tim 6, 17). Igualmente, según Salomón, el que es rico en bienes verdaderos «es rescate del alma de un hombre», mientras que la pobreza contraria es perniciosa, y «el que es pobre con ella no resiste una amenaza» (Prov 13, 8) 43.

La eficacia de la palabra divina depende no tanto de la artificiosidad del estilo cuanto de la gracia de Dios y de la voluntad de recibirla.

Nos acusan de que la Escritura está en un estilo pobre, que queda oscurecido frente a la brillantez de una buena composición literaria. Porque nuestros profetas, Jesús y sus apóstoles, se preocuparon de una forma de evangelizar que no sólo contuviera la verdad, sino que fuera capaz de atraer a la multitud. Cada uno, después de su conversión y de su admisión puede ascender según su capacidad propia a las verdades ocultas expresadas en un estilo que parece pobre. Y aun me atrevo a decir que el bello y trabajado estilo de Platón y de otros semejantes beneficia sólo a unos pocos, si es que beneficia a alguno; mientras que el estilo de muchos que enseñan y escriben de una manera más sencilla, práctica y adecuada a lo que pretenden, beneficia a muchos más. Al menos podemos ver que Platón se encuentra sólo en las manos de los que pasan por eruditos, mientras que Epicteto es admirado por toda clase de hombres, que se sienten atraídos a aprovecharse de él al experimentar cómo con sus palabras pueden mejorar sus vidas.

No digo esto con ánimo de atacar a Platón, del cual gran número de hombres han sacado beneficio, sino para explicar el sentido de los que dicen: «Mi palabra y mi predicación no son con palabras persuasivas por su sabiduría, sino con la demostración de espíritu y de poder, a fin de que nuestra fe no se funde en la sabiduría de hombres sino en el poder de Dios» (1 Cor 2, 4). La Escritura divina dice que la palabra, aunque sea en sí verdadera y sumamente creíble, no es suficiente para arrastrar al alma humana, si el que habla no recibe un cierto poder de Dios y no se infunde en lo que dice una gracia que no se da a los que predican eficazmente, si no es por concurso de Dios. Porque dice el profeta en el salmo  que «el Señor dará la palabra a los que envangelizan con un gran poder».

Así pues, aunque en ciertas cosas sean idénticas las opiniones de los griegos y las de los que creen nuestras doctrinas, no por ello tienen el mismo poder para arrastrar las almas y confirmarlas en estas doctrinas. Por esto los discípulos de Jesús, que eran ignorantes en lo que se refiere a la filosofía griega, recorrieron muchas naciones de todo el mundo, influyendo en cada uno de los oyentes de acuerdo con el designio del Logos según sus méritos: y se hacían hombres mucho mejores, en proporción a la libre inclinación de cada uno para recibir el bien 44.

El Antiguo Testamento, boceto del Nuevo.

Nosotros, los que somos de la Iglesia, recibimos a Moisés con sobrada razón, y leemos sus escritos, pensando que él, como profeta a quien Dios se ha revelado, ha descrito en símbolos, alegorías y figuras los misterios futuros, que nosotros enseñamos que se han cumplido a su tiempo. El que no comprenda esto en este sentido, ya sea judío o de los nuestros, no puede ni siquiera mantener que Moisés sea profeta. ¿Cómo podrá mantener que es profeta aquel cuyas obras dice que son comunes, sin conocimiento del futuro y sin ningún misterio encubierto? La ley, pues, y todo lo que la ley contiene, es cosa inspirada, según la sentencia del Apóstol, hasta que llegue el tiempo de la enmienda, y tiene una función semejante a lo que hacen los que modelan estatuas de bronce, fundiéndolas: antes de sacar a luz la obra verdadera, de bronce, de plata o de oro, empiezan por hacer un boceto de arcilla, que es una primera figura de la futura estatua. Este esbozo es necesario, pero sólo hasta que se ha concluido la obra real. Una vez terminada la obra en vistas a la cual fue hecho el boceto, se considera que éste ya no tiene utilidad. Considera que hay algo de esto en las cosas que han sido escritas o hechas en símbolos o figuras de las cosas futuras, en la ley o en los profetas. Cuando llegó el artista en persona, que era autor de todo, trasladó la ley que contenía la sombra de los bienes futuros a la estructura misma de las cosas 45.

Pablo y el Evangelio nos enseñan cómo interpretar el A.T.

El apóstol Pablo, doctor de las gentes en la fe y en la verdad, transmitió a la Iglesia que él congregó de los gentiles, cómo tenía que haberse con los libros de la ley que ella había recibido de otros y que le eran desconocidos y sobremanera extraños, de forma que, al recibir las tradiciones de otros y no teniendo experiencia de los principios de interpretación de las mismas no anduviera sin saber qué hacer con un extraño instrumento en las manos. Por esta razón, él mismo nos da algunos ejemplos de interpretación, para que nosotros hagamos de manera semejante en otros casos. No vayamos a pensar que por usar unos escritos y unos instrumentos iguales a los de los judíos, somos discípulos de los judíos. En esto quiere él que se distingan los discípulos de Cristo de los de la Sinagoga: en que mostremos que la ley, por cuya mala inteligencia ellos no recibieron a Cristo, fue dada con buena razón a la Iglesia para su instrucción mediante el sentido espiritual.

Porque los judíos sólo entienden que los hijos de Israel salieron de Egipto, y que su primera salida fue de Ramesses, y que de allí pasaron a Socot, y de Socot pasaron a Otom, en Apauleo, junto al mar. Finalmente allí les precedía la nube, y les seguía la piedra de la cual bebían el agua, y pasaron el mar Rojo, y llegaron al desierto del Sinaí. Ahora veamos el modelo de interpretación que nos dejó para nosotros el apóstol Pablo: escribiendo a los Corintios en cierto lugar (1 Cor 10, 1-4) dice: «Sabemos que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, y todos fueron sumergidos por Moisés en la nube, y en el mar, y todos comieron del mismo manjar espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual: porque bebían de la piedra espiritual que les seguía, la cual piedra era Cristo» ¿Veis cuán grande es la diferencia entre la historia literal y la interpretación de Pablo? Lo que los judíos conciben como una travesía del mar, Pablo lo llama bautismo; lo que ellos piensan que es una nube, Pablo dice que es el Espíritu Santo, y quiere que veamos su semejanza con aquello que el Señor manda en el Evangelio cuando dice: «Si uno no renaciera del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos» (Jn 3, 5). Asimismo el maná, que los judíos tomaban como manjar para el vientre y para saciar su gula, es llamado por Pablo manjar espiritual». Y no sólo Pablo, sino que el mismo Señor en el Evangelio dice: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Pero el que coma del pan que yo le doy no morirá jamás» (Jn, 6, 49). Y luego dice: «Yo soy el pan que descendí del cielo.» Pablo habla después de «la piedra que les seguía», y afirma claramente que «la piedra era Cristo». ¿Qué hemos de hacer, pues, nosotros, que hemos recibido estas lecciones de interpretación de Pablo, el maestro de la Iglesia? ¿No parece justo que estos principios que se nos dan los apliquemos también en casos semejantes? No podemos dejar, como quieren algunos, lo que nos legó este apóstol tan grande y tan insigne, para volver a las fábulas judaicas. A mí me parece que apartarse del método de exposición de Pablo es entregarse a los enemigos de Cristo, esto es precisamente lo que dice el profeta «Ay del que da a beber a su prójimo de una mezcla turbia» (Hab 2, 15). Así pues, tomando de san Pablo apóstol la semilla del sentido espiritual, procuremos cultivarla en cuanto el Señor, por vuestras oraciones, se digna iluminarnos 46.

La Escritura es el pan que el Señor multiplica por medio de sus intérpretes.

Considera cómo el Señor en el Evangelio rompe unos pocos panes y alimenta a millares de hombres y cómo quedan tantas canastas de sobras (Mt/14/19ss/ORIGENES). Mientras los panes están enteros, nadie se sacia con ellos, nadie se alimenta, ni los mismos panes se multiplican. Considera, pues, ahora cómo nosotros rompemos unos pocos panes: tomamos unas pocas palabras de las Escrituras divinas, y son miles de hombres los que con ellas se sacian. Pero si estos panes no hubiesen sido partidos, si no hubiesen sido rotos a pedazos por los discípulos, es decir si la letra de la Escritura no hubiese sido partida y discutida a pequeños pedazos, su sentido no hubiera podido llegar a toda la multitud. En cambio, en cuanto la tomamos en nuestras manos y discutimos cada punto en particular, entonces las turbas comen de ella cuanto pueden. Lo que no pueden comer hay que recogerlo y guardarlo «para que no se pierda» (Jn 6, 12). Así nosotros. lo que las turbas no pueden coger, lo guardamos y lo recogemos en cestos y canastas. No hace mucho, cuando desmenuzábamos el pan en lo referente a Jacob y Esaú, ¿cuántos pedazos sobraron de aquel pan? Todos los recogimos con diligencia, para que no se perdieran, y los guardamos en cestos y canastas hasta que veamos qué manda el Señor que hagamos con ellos.

Pero ahora comamos los panes y saquemos agua del pozo, todo lo que podamos. Procuremos también hacer aquello que nos recomienda la Sabiduría cuando dice: «Bebe agua de tus propias fuentes y de tus pozos, y sea tu fuente tuya propia» (Prov 5, 18). Procura tú que me oyes tener tu propio pozo y tu propia fuente, de suerte que, cuando tomas el libro de las Escrituras, comiences a sacar alguna inteligencia por ti mismo, y de acuerdo con lo que aprendiste en la iglesia, intenta beber en la fuente de tu propio ingenio. Dentro de ti hay una agua viva natural, unas venas de agua permanentes, las corrientes que fluyen del entendimiento racional, al menos mientras no quedan obstruidas por la tierra y los escombros. Lo que tienes que hacer es cavar la tierra y quitar la suciedad, es decir, arrojar la pereza de tu inteligencia y la somnolencia de tu corazón. Oye lo que dice la Escritura: Aprieta el ojo, y derramará una lágrima; aprieta el corazón y alcanzará sabiduría» (Eclo 12, 19). Procura, pues, limpiar también tú tu inteligencia, para que alguna vez puedas llegar a beber de tus propias fuentes, y puedas sacar agua viva de tus pozos. Porque si has recibido en ti la palabra de Dios, si has recibido y guardado con fidelidad el agua viva que te dio Jesús, se hará en ti «una fuente de agua que brota hasta la vida eterna» (Jn 4, 14), en el mismo Jesucristo, nuestro Señor, de quien es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén 47.

De la negligencia en oir la palabra de Dios.

«Isaac, dice la Escritura, crecía y se fortalecía» (Gén 21, 8), es decir, crecía el gozo de Abraham cuando miraba «no lo que se ve, sino lo que no se ve» (2 Cor 4, 18), pues no se gozaba Abraham con los presentes, ni con las riquezas del mundo, ni con las hazañas del siglo. ¿Quiéres saber con qué se alegraba Abraham? Oye al Señor hablando a los judíos: «Vuestro padre Abraham deseó ver mi día y se alegró» (Jn 8, ). Con esto, pues, crecía Isaac, con lo que proporcionaba a Abraham aquella visión con la que veía el día de Cristo, y se amontonaba el gozo en aquella esperanza que hay en él. Y ojalá que vosotros os convirtierais en Isaac, y fuerais gozo de vuestra madre la Iglesia. Pero me temo que la Iglesia pare todavía a sus hijos con tristeza y con gemidos: porque ¿acaso no está triste y no gime cuando vosotros no acudís a oir la palabra de Dios, y apenas os llegáis a la iglesia en los días de fiesta, y aun esto no tanto por deseo de la palabra cuanto por gana de fiesta y en busca de un cierto solaz en común? ¿Qué haré yo, que tengo confiada la distribución de la palabra? Pues, aunque soy «siervo inútil» (Lc 7, 10) fui encargado por el Señor de la distribución «de la medida de trigo a la familia del Señor». ¿Qué he de hacer? ¿Dónde y cuándo puedo encontrar vuestro tiempo? La mayor parte de él, y aun casi todo, lo gastáis en ocupaciones mundanas, parte en el foro, parte en los negocios; uno se entrega a sus tierras, otro a sus pleitos pero nadie, o muy pocos, se entregan a oir la palabra de Dios. Pero, ¿por qué os reprendo por vuestras ocupaciones? ¿Por qué me quejo de los ausentes? Aun los que venís y permanecéis en la Iglesia, no estáis atentos, y según vuestra costumbre os entretenéis con las fábulas comunes, y volvéis la espalda a la palabra de Dios o a las lecturas sagradas. Temo que el Señor no os diga lo que fue dicho por el profeta: «Volvieron a mí sus espaldas, y no sus rostros» (Jer 18, 17). ¿Qué tengo que hacer, pues, yo, a quien se ha confiado el ministerio de la palabra? Porque lo que se lee tiene un sentido místico, y se ha de explicar por los misterios de la alegoría. ¿Puedo meter en oídos sordos y mal dispuestos las «piedras preciosas» (Mt 7, 6) de la palabra de Dios? No lo hizo así el Apóstol, sino que mira lo que dice: «Los que leéis, no oís la ley: porque Abraham tuvo dos hijos. . . », a lo que añade: «cosas que tienen un sentido alegórico» (Gál 4, 21). ¿Acaso revela los misterios de la ley a aquellos que ni leen ni oyen la ley?

Aun a los que leían la ley les decía: «No oís la ley.» ¿Cómo, pues, podré declarar y explicar los misterios y alegorías de la ley que hemos aprendido del Apóstol a aquellos que no tienen experiencia ni de la audición ni de la lectura de la ley? Tal vez os parezca que soy demasiado duro, pero no puedo andar «untando las paredes» (Ez 13, 14) que se derrumban. Temo lo que está escrito: «Pueblo mio, los que os felicitan os seducen y confunden las sendas de vuestros pies» (Is 3, 12). «Os amonesto como a hijos carísimos» (1 Cor 4, 14). Me admiro de que no hayáis llegado a conocer todavía el camino de Cristo, de que ni siquiera hayáis oído que no es «ancho y espacioso», sino que «estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida» (Mt 7, 13). Así pues, vosotros entrad por «la puerta estrecha» y dejad la holgura para los que van a la perdición. «Precedió la noche, sobrevino el día»; «caminad como hijos de la luz» (Ro». 13, 12)...

...Consideremos lo que se nos acaba de leer: «Rebeca iba con las hijas de la ciudad a sacar agua del pozo» (Gén 24, 16). Rebeca iba todos los dias a los pozos, todos los días sacaba el agua. Y porque todos los dias iba a los pozos por esto pudo ser hallada por el mozo de Abraham y pudo arreglarse su matrimonio con Isaac. ¿Piensas que esto son fábulas y que el Espiritu Santo cuenta cuentos en las Escrituras? Hay aquí una enseñanza para las almas y una doctrina espiritual, que te instruye y te enseña a ir todos los dias a los pozos de las Escrituras, a las aguas del Espiritu Santo, para que saques siempre y te lleves a casa una vasija llena como hacia la santa Rebeca, la cual no se habría podido casar con tan gran patriarca como Isaac - que era nacido de la promesa (Gál 4, 23) -  sino viniendo por agua y sacándola en tanta cantidad que pudiera saciar no sólo a los de su casa, sino al mozo de Abraham, no sólo al mozo, sino que era tan abundante el agua que sacaba de los pozos que pudo abrevar a sus camellos, como dice, «hasta que dejaron de beber» (Gén 24, 19). Todo lo que está escrito son misterios: porque Cristo quiere también desposarse contigo, ya que te habla por el profeta diciendo: «Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en la fe y en la misericordia, y conocerás al Señor» (Os 2, 19). Porque quiere desposarse contigo, te envia a este mozo.

El mozo es la palabra profética: si tú primero no la recibes, no podrás desposarte con Cristo. Pero has de saber que nadie recibe la palabra profética si no se ejercita y toma experiencia de ella, es decir, si no sabe sacar el agua de lo profundo del pozo y en tanta cantidad que pueda bastar aun para aquellos que parecen irracionales y perversos, que están figurados por los camellos, de suerte que puede decir «me debo a los prudentes y a los necios» (Rm 1, 14).

Asi había hablado en su interior el mozo aquel: «De las doncellas que vienen por agua, la que me diga: Bebe tú y yo abrevaré a tus camellos, aquélla será la esposa de mi señor» (Gén 24, 14). Asi Rebeca, que quiere decir «paciencia», cuando vio al mozo y consideró la palabra profética, depuso la hidria de su hombro: a saber, depone la enhiesta arrogancia de la facundia griega, y se inclina a la humilde y simple palabra profética diciendo: «Bebe tú, y yo abrevaré a tus camellos» (Gén 24, 14).

...Así pues, si no vienes cada día a los pozos, si no sacas agua cada dia, no sólo no podrás dar de beber a otros, sino que tú mismo sufrirás la sed de la palabra de Dios. Oye al Señor, que dice en el Evangelio: «EI que tenga sed, que venga a mi y beba» (Jn 7, 37). Pero, a lo que veo, tú «no tienes hambre ni sed de justicia» (Mt 5, 6): ¿cómo podrás decir: «Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así mi alma desea al Señor»? (Sal 41, 1). Os ruego a vosotros, los que siempre estáis entre mi auditorio, que tengáis paciencia mientras amonestamos un poco a los negligentes y perezosos. Tened paciencia, pues hablamos de Rebeca, que quiere decir paciencia. Es necesario que amonestemos con paciencia a aquellos que descuidan las reuniones y que dejan de oir la palabra de Dios, que no apetecen el «agua viva» y el «pan de vida», que no salen de sus cuarteles ni abandonan sus «chozas de barro» para recoger el maná; que no vienen a la piedra, para beber de la «piedra espiritual, la Piedra que es Cristo», como dice el Apóstol (1 Cor 10, 4). Como digo, tened vosotros un poco de paciencia, pues mis palabras se dirigen a los negligentes y los que se encuentran mal: «Los sanos no necesitan de médico, sino los que se encuentran mal» (Lc 5, 31). Decidme vosotros, los que sólo venís a la Iglesia los dias de fiesta, ¿es que los demás días no son dias de fiesta? ¿No son dias del Señor? Es propio de los judíos observar determinadas solemnidades de tiempo en tiempo, y por eso les dice Dios que «no tolera sus neomenias y sus sábados y su día grande: vuestros ayunos y solemnidades y fiestas odia mi alma» (Is 1, 13). Odia, pues, Dios, a los que piensan que un solo día es la festividad del Señor. Los cristianos comen todos los días las carnes del cordero, esto es, toman todos los dias las carnes de la palabra. «Porque Cristo ha sido inmolado como nuestra Pascua» (1 Cor 5, 7). Y porque la ley de la Pascua señala que se ha de comer al atardecer, el Señor padeció en el atardecer del mundo, para que tú comas siempre las carnes de la palabra, porque estás siempre en el atardecer, hasta que venga la mañana 48.

Cristo nos abre los ojos al sentido del Antiguo Testamento.

Agar «andaba errante por el desierto con su hijo» y el niño lloraba, y lo abandonó Agar diciendo: «No vea yo la muerte de mi hijo» (Gén 21, 15). Después, estando el niño abandonado a punto de morir y llorando, se acercó un ángel del Señor a Agar, «y le abrió los ojos, y vio un pozo de agua viva» (Gén 21, 19). ¿Cómo puede relacionarse esto con la historia? ¿Dónde encontramos que Agar hubiera tenido los ojos cerrados, y que luego le fueran abiertos? Está más claro que la luz que aquí hay un sentido espiritual y místico. El que fue abandonado es el pueblo «según la carne», el cual yace con hambre y sed, no con hambre «de pan, ni con sed de agua, sino con sed de la palabra de Dios» (cf. Am 8, 11) hasta que se le abran los ojos a la sinagoga. Éste es el misterio de que habla el Apóstol, a saber, «que la ceguera ha caído sobre una parte de Israel hasta que la masa de los gentiles haya entrado, y entonces todo Israel será salvado» (Ro». 11, 24). Ésta es la ceguera de Agar, la que engendró «según la carne»; y esta ceguera permanecerá en ella hasta que «sea retirado el velo de la letra» (2 Cor 3, 16) por el ángel de Dios y vea el agua viva.

Pero, nosotros mismos hemos de estar alerta, porque muchas veces también estamos echados junto al pozo de agua viva, es decir, junto a las escrituras divinas, y andamos perdidos en ellas. Tenemos los libros en las manos y los leemos, pero no alcanzamos su sentido espiritual. Por ello son necesarias las lágrimas y la oración ininterrumpida, a fin de que el Señor abra nuestros ojos, ya que a aquellos ciegos que estaban sentados en Jericó no les habrían sido abiertos los ojos si no hubiesen clamado al Señor (Mt 20, 30). Pero, ¿por qué digo que se han de abrir nuestros ojos, si en realidad ya están abiertos? Porque Jesús vino efectivamente a abrir los ojos de los ciegos, y nuestros ojos han sido abiertos, y ha sido retirado el velo que tapaba la letra de la ley. Pero temo que nosotros los volvemos a cerrar de nuevo con un sueño profundo, porque no vigilamos ni andamos solícitos de alcanzar la inteligencia espiritual, ni sacudimos el sueño de nuestros ojos, ni contemplamos las cosas espirituales a fin de que no nos encontremos, como el pueblo carnal, puestos junto a las mismas aguas y perdidos. Todo lo contrario: andemos despiertos, y digamos con el profeta: «No daré sueño a mis ojos, ni dejaré descansar a mis párpados, ni reposaré mi cabeza, hasta que encuentre un lugar para el Señor, un tabernáculo para el Dios de Jacob» (Sal 132, 4). A él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos 40.

El Antiguo Testamento no es todavía Evangelio, como tampoco la mera narración histórica de lo que Cristo hizo; pero sí la exhortación a creer en él.

El Antiguo Testamento no es «evangelio» (buena nueva), porque no muestra al que había de venir, sino que lo anuncia; en cambio, todo el Nuevo Testamento es evangelio, porque no sólo dice como al comienzo del evangelio: «Aquí está el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), sino que contiene diversas alabanzas y enseñanzas de aquel por quien el Evangelio es evangelio. Más aún: puesto que Dios puso en la Iglesia apóstoles, profetas y evangelistas como pastores y maestros (cf. I Cor 12, 28), si investigamos cuál es la misión del evangelista, veremos que no es precisamente la de narrar de qué manera el Salvador curó al ciego de nacimiento, o resucitó a un muerto maloliente o hizo cualquier otro prodigio, y no tendremos dificultad en admitir que, siendo lo característico del evangelista la palabra que exhorta a tener fe en lo que se refiere a Jesús, se pueden también llamar en cierta manera evangelio los escritos de los apóstoles... El evangelio es las primicias de toda la Escritura: y yo presento como primicia de los trabajos que espero llevar a cabo, este trabajo sobre las primicias de la Escritura.

...Un evangelio es un discurso (logos) que contiene el enunciado de cosas que han de alegrar razonablemente al que las oye, porque le han de procurar un beneficio si recibe lo que se le anuncia. Tal discurso no es menos evangelio (buena nueva) porque requiera, además ciertas disposiciones en aquel que lo oye. O también, un evangelio es un discurso que comporta la presencia de un bien para el que lo acepta con fe, o un discurso que anuncia la presencia de un bien esperado. Todas las definiciones dichas cuadran bien con nuestros evangelios escritos. Porque cada uno de los evangelios es un conjunto de anuncios útiles al que los acepta con fe y no los interpreta mal: ellos reportan beneficios. y proporcionan una alegría razonable, pues enseñan que por los hombres ha venido Jesucristo, el primogénito de toda la creación (Col 1, 15), para ser su Salvador. Está claro para todo el que cree que cada evangelio es un discurso que enseña la venida del Padre de bondad en el Hijo, para todos los que quieran recibirle. Y no hay duda de que por estos libros se nos anuncia un bien esperado: porque puede decirse que Juan Bautista habla por la voz de todo el pueblo cuando envía a decir a Jesús: «Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro» (Mt 11, 3). Cristo era el bien que el pueblo esperaba, anunciado por los profetas, hasta el punto de que todos los que estaban bajo la ley y los profetas sin distinción tenían en él las esperanzas, como lo testifica la samaritana cuando dice: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado Cristo: cuando él venga, nos lo anunciará todo» (Jn 4, 25)...

...Antes de la venida de Cristo, la ley y los profetas no contenían el anuncio que se implica en la definición de evangelio, porque todavía no había venido el que tenía que aclarar los misterios que en ellos se encontraban. Pero cuando vino el Señor e hizo que el evangelio se encarnara, hizo por el Evangelio que todas las Escrituras fuesen como un evangelio. No estará fuera de lugar recurrir a aquella parábola: «Un poquito de levadura hace fermentar toda la masa» (Gál 5, 9): porque al quitar de los hijos de los hombres con su divinidad el velo que estaba en la ley y los profetas, mostró el carácter divino de todas las Escrituras, ofreciendo claramente a todos los que quieran hacerse discípulos de su sabiduría cuáles son las realidades verdaderas de la ley de Moisés, de las que el culto de los antiguos era una imagen y una sombra, y cuál era la verdad de las cosas de los libros históricos: porque estas cosas «les acontecieron a ellos en figura» (1 Cor 10, 11), pero se escribieron por nosotros, los que hemos llegado en la plenitud de los tiempos. En efecto, todo hombre que ha recibido a Cristo, no adora a Dios ni en Jerusalén ni en el monte de los samaritanos, sino que habiendo aprendido que «Dios es espíritu», le da un culto espiritual, «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24), y ya no adora en figuras al Padre y Creador de todas las cosas.

Así pues, antes del Evangelio que ha tenido lugar con la venida de Cristo, ninguna de las cosas antiguas eran evangelio. Pero el Evangelio que es la Nueva Alianza, nos ha arrancado de la letra aviejada (cf. Rom 7, 6) y ha hecho resplandecer con la luz del conocimiento el Espíritu nuevo que jamás envejece, que es la novedad propia de la Nueva Alianza y que estaba depositada en todas las Escrituras... 50

La antigua alianza sombra de la realidad celeste, que ya está presente en la Iglesia.

Había en los cielos una realidad, y sobre la tierra su sombra y su imitación. Mientras esta sombra existió sobre la tierra, había una Jerusalén terrestre, un altar, un culto visible, pontífices y sacerdotes... Pero cuando, con el advenimiento de nuestro Señor Dios, la Verdad, bajando de los cielos nació de la tierra, y la Justicia contempló los cielos, las sombras y las imitaciones llegaron a su fin. Jerusalén ha sido destruida, el templo ha sido derribado, el altar ha desaparecido: por esto en adelante el lugar en el que hay que adorar ya no es el monte Garizim, ni Jerusalén, sino que los verdaderos adoradores adoran en espíritu y en verdad. Es decir, en cuanto ha aparecido la Verdad, han desaparecido la figura y la sombra. Desde que se hizo presente el templo edificado por el Espíritu Santo y la virtud del Altísimo en el seno de la Virgen, el templo piedra se ha desplomado. La divina Providencia ha hecho que todas las cosas que antes estaban esbozadas sobre la tierra quedaran arruinadas, a fin de que cesando las figuras quedase el camino abierto a la verdad que se buscaba. Pues bien, tú, judío, que vienes a Jerusalén, la ciudad terrestre, y la encuentras arrasada, reducida a cenizas y polvo, no llores sobre ella, sino busca en su lugar la ciudad celeste. Mira a lo alto, y allí encontrarás la Jerusalén celeste que es la madre de todos. Si ves el altar arrasado, no te llenes de pesar; si no encuentras al pontífice, no te desesperes: hay un altar en los cielos y un Pontífice que en él celebra el culto: el Pontífice de los bienes futuros, escogido por Dios según el orden de Melquisedec, Asi pues, es a causa de la bondad y de la misericordia de Dios que os fue arrebatada esta herencia terrestre, a fin de que busquéis la herencia que está en los cielos 51.

Jesús nos abre los ojos para que veamos el sentido de la Escritura.

«Dos ciegos estaban sentados junto al camino, y oyendo que pasaba Jesús clamaban diciendo: Apiádate de nosotros, Señor, Hijo de David» (Mt 20, 29). Podemos decir que los ciegos eran Israel y Judá antes de la venida de Cristo. que se encontraban sentados junto al camino de la ley y de los profetas. Estaban ciegos porque no veían en sus almas antes de la venida de Jesús la palabra verdadera que se hallaba en la ley y los profetas. Pero gritaban «Apiádate de nosotros, Señor, Hijo de David» por sentirse ciegos y no poder ver la intención de las Escrituras, mas con el deseo de contemplar y ver la gloria que hay en ellas. Eran todavía ciegos al no concebir nada grande acerca de Cristo, sino que sólo atendían a su apariencia carnal: llamaban al que fue engendrado «del linaje de David según la carne» (Rm 1, 3), pues no llegaban a comprender más que esto, que era Hijo de David. Toda su elocuencia, aparentemente magnífica por su reverencia, no sabía decir acerca del Salvador sino que era el hijo de David... Por esto le gritan diciendo: «Apiádate de nosotros, Señor, Hijo de David.» Cuando se trata de hacer beneficios, no «pasa» el Salvador, sino que se para, a fin de que estando parado no se cuele ni se escape el beneficio, sino que como de una fuente permanente fluya hacia los beneficiados.

Parándose, pues, Jesús, e impresionado por los gritos y las peticiones de aquellos, los hace venir a sí. Principio del beneficio era llamarlos a sí, pues no los llamaba en vano y para no cumplir nada una vez llamados. Ojalá que cuando nosotros gritemos y le digamos «Apiádate de nosotros, Señor», nos llamara, aunque hubiéramos comenzado diciendo «Hijo de David», y se parase al llamarnos, atendiendo a nuestra petición.

Dice, pues, a aquellos: «¿Qué queréis que haga con vosotros?»; lo cual, según pienso, quería decir: mostrad lo que queréis, declaradlo, para que todos los que salen de Jericó y los que me siguen lo oigan y contemplen lo que va a hacerse Y ellos respondieron: «Señor, que se abran nuestros ojos.» Tal repuesta le gritaron aquellos, que eran ciertamente bien nacidos - pues eran de Israel y de Judá - , pero estaban ciegos por la ignorancia de la que tenían conciencia. Y habiendo oído lo que se decia acerca del Salvador, le dicen que quieren que se abran sus ojos. Y muy en particular dicen esto los que al leer las Escrituras no son insensibles al hecho de que están ciegos en lo que a su sentido se refiere. Estos son los que dicen: «Apiádate de nosotros» y «Queremos que se nos abran nuestros ojos». Ojalá que también nosotros tuviéramos conciencia de la medida en que estamos ciegos y no somos capaces de ver. Sentados junto al camino de las escrituras y oyendo que Jesús pasa, lograríamos hacerle parar con nuestras peticiones y le diríamos que «queremos que se nos abran nuestros ojos». Y si dijésemos esto con la disposición descosa de ver lo que él nos conceda ver, tocando Jesús los ojos de nuestras almas, mostraría nuestro Salvador sus entrañas de misericordia, mostrando ser la fuerza, y la palabra, y la sabiduría, y todo lo que está escrito sobre él. Tocaria nuestros ojos, ciegos antes de su venida, y al tocarlos, se retiraría la tiniebla y la ignorancia, e inmediatamente no sólo recobraríamos la vista, sino que le seguiríamos a él, que nos devolvió la vista, para que no hagamos ya otra cosa que seguirle, para que siguiéndole perpetuamente seamos conducidos por él hasta el mismo Dios y veamos a Dios con los ojos que recobraron la vista por su virtud, juntamente con aquellos que se dicen bienaventurados porque tienen limpio el corazón 52.

Historicidad y sentido espiritual de los evangelios.

Así hay que pensar que sucede con los cuatro evangelistas: ellos utilizaron muchas de las cosas obradas y dichas por Jesús con su poder milagroso y extraordinario, pero tal vez en ciertos momentos han insertado en sus escritos como una expresión sensible de lo que se les había manifestado de una manera puramente intelectual. Yo no les reprocho si, a beneficio de la finalidad mística que perseguían, han cambiado tal vez algo presentándolo de manera distinta de como sucedió históricamente, por ejemplo, si dicen que sucedió en tal lugar lo que sucedió en tal otro, o en tal momento lo que sucedió en otro, o refiriendo con ciertos cambios lo que había sido anunciado de una manera determinada. Su propósito era el de exponer en lo posible la verdad tanto en su aspecto espiritual como también en su aspecto material: pero cuando no se podía hacer ambas cosas a la vez, preferían lo espiritual a lo material, de suerte que muchas veces salvaban la verdad espiritual con una, por así decirlo, falsedad material. Es como si dijéramos, saliendo de nuestro tema, que cuando Jacob dice a Isaac: «Yo soy Esaú tu primogénito» (Gén 27, 19), esto es verdad en sentido espiritual, porque Jacob había obtenido ya la primagenitura que su hermano había perdido, y por medio del vestido y de las pieles de cabrito tomaba el aspecto de Esaú y se había convertido en Esaú excepto en la voz que alaba a Dios, de suerte que Esaú tuviera ocasión de ser bendecido en segundo lugar. En realidad, quizá si Jacob no hubiese sido bendecido en lugar de Esaú, el mismo Esaú no hubiese podido recibir por si mismo la bendición. Pues bien, Jesús tiene múltiples aspectos (epinoiai), y es natural que los evangelistas tomaran diversos de estos aspectos, y escribieran sus evangelios concordando a veces en algunos de ellos. Así, por ejemplo, es decir verdad acerca de nuestro Señor, aunque literalmente sean cosas contrarias, que «es hijo de David» y que «no es hijo de David»: porque es verdad que es hijo de David según dice el Apóstol: «Nacido de la estirpe de David según la carne» (Ro». 1, 3), si consideramos su realidad corporal; pero, por otra parte, esto es falso si entendemos que nació de la estirpe de David con referencia a su divina potencia, pues «fue constituido Hijo de Dios en el poder» (Rm 1, 4). Seguramente por esta razón las profecías santas lo llaman a veces «siervo» y a veces «hijo». Es siervo por su «forma de siervo» (Flp 2, 7) y por su «estirpe de David»; pero es hijo según su poder de primogénito. Y así, responde a la verdad llamarlo hombre y no hombre: hombre en cuanto capaz de morir, no hombre en cuanto es Dios más allá de lo humano... 53.

El Espíritu Santo se manifiesta a los hombres particularmente después de la venida de Cristo.

Observo que la principal venida del Espíritu Santo a los hombres se manifiesta después de la Ascensión de Cristo más particularmente que antes de su venida. En efecto, antes el don del Espíritu Santo se concedía a unos pocos profetas; tal vez cuando alguno llegaba a alcanzar méritos especiales entre el pueblo. Pero después de la venida del Salvador está escrito que se cumplió «aquello que había sido dicho por el profeta Joel» que «vendrán los días últimos y derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán» (cf. Act 2, 17; Jl 3, 1); lo cual efectivamente concuerda con aquello: «Todas las gentes le servirán» (Sal , 11). Así pues, por esta donación del Espíritu Santo, lo mismo que por otras muchísimas señales, se hace patente aquello tan extraordinario, a saber, que lo que estaba escrito en los profetas o en la ley de Moisés entonces lo comprendían pocos, es decir los mismos profetas, y apenas alguno del pueblo podía ir más allá del sentido literal y adquirir una comprensión más profunda, penetrando el sentido espiritual de la ley y los profetas. Pero ahora son innumerables las multitudes de los que creen, las cuales, aunque no puedan siempre de manera ordenada y clara explicar la razón del sentido espiritual, sin embargo casi todos están perfectamente convencidos de que ni la circuncisión ha de entenderse en un sentido corporal, ni el descanso del sábado, ni el derramamiento de sangre de los animales, ni las respuestas que Dios daba a Moisés sobre estas cosas; y no hay duda de que esta comprensión se debe a que el Espíritu Santo con su poder inspira a todos 54.

Las distintas etapas en el conocimiento de Dios.

La lámpara es de gran valor para los que están en la oscuridad, y es útil hasta que sale el sol. También es de gran valor, pienso yo, la gloria que está en el rostro de Moisés y de los profetas, y bella es la visión por la que somos llevados a ver la gloria de Cristo. Primero hemos tenido nosotros necesidad de esta gloria: pero ella desaparece al punto delante de una gloria superior. Una ciencia parcial es necesaria: pero será eliminada en cuanto llegue la ciencia perfecta. Porque, en efecto, toda alma que llega a la infancia y va avanzando hacia la perfección tiene necesidad, hasta que llega al tiempo de su madurez, de pedagogos, ayos, procuradores: inicialmente no difiere en todo esto del esclavo, pero luego, cuando es constituida dueña de todo y es liberada de su tutela, recibe los bienes paternos. Es como alcanzar la perla preciosa, cuando uno se ha hecho capaz de recibir la sublimidad de la doctrina de Cristo, habiéndose antes ejercitado en aquellos conocimientos que son luego superados por el conocimiento de Cristo.

La mayoría no comprenden la belleza de las múltiples perlas de la ley de todo conocimiento todavía parcial de la profecía, y piensan que pueden, sin haber penetrado a fondo en todo esto, encontrar la única perla preciosa y contemplar la sublimidad del conocimiento de Cristo, en comparación del cual todo lo que precedió, aunque no era precisamente estiércol, aparece como tal...

Cada cosa tiene su tiempo: hay un tiempo para coger las bellas perlas, y un tiempo para encontrar la Perla única, la preciosa: entonces es cuando hay que ir y vender todo lo que uno tiene, a fin de comprarla. El que quiere alcanzar la sabiduría en las palabras de verdad, ha de instruirse inicialmente en los rudimentos y ha de darles gran importancia, progresando poco a poco, sin que, sin embargo, se quede en ellos, aunque estando reconocido a lo que le ha servido para introducirse en la perfección. Igualmente las cosas de la ley y de los profetas, si se comprenden bien, son rudimentos que llevan a la inteligencia perfecta del Evangelio, y al conocimiento pleno y espiritual de las palabras y las acciones de Cristo .

La palabra de Dios, fortaleza en la tribulación.

Si la tribulación se echa sobre nosotros, si nos oprime la angustia del mundo, si nos pesan las necesidades del cuerpo, acudiremos a la grandeza de la sabiduría y de la ciencia de Dios, en la cual todo el mundo puede no encontrarse en apreturas. Iré de nuevo a las inmensas llanuras de las Escrituras divinas, buscaré en ellas la inteligencia espiritual de la palabra de Dios, y ya no me oprimirá angustia alguna. Iré a galope por los amplísimos espacios de la inteligencia mística. Si sufro persecución, y confieso a mi Cristo delante de los hombres, tengo la seguridad de que también él me confesará delante de su Padre que está en los cielos. Si se presenta el hambre, no podrá turbarme, pues tengo el Pan de vida que ha bajado del cielo y reconforta a las almas hambrientas. Este Pan jamás puede faltar, sino que es perfecto y eterno .

Relaciones entre la filosofía y la revelación.

Abimelec, por lo que veo, no siempre está en paz con Isaac, sino que a veces riñe con él y a veces quiere hacer las paces. Si os acordáis de lo que anteriormente dijimos, que Abimelec representa a los estudiosos y sabios del siglo que con el estudio de la filosofía llegaron a alcanzar muchas cosas de la verdad, podréis comprender cómo en este pasaje ni puede estar siempre en oposición a Isaac, que representa el Verbo de Dios que se encuentra en la ley, ni puede siempre estar en paz con él (cf. Gén 26, 26). Porque la filosofía ni es en todo contraria a la ley de Dios, ni en todo está de acuerdo con ella. Muchos filósofos han escrito que Dios es uno y que creó todas las cosas. En esto están de acuerdo con la ley de Dios. Algunos incluso que Dios hizo todas las cosas y las gobierna por medio de su Verbo, y que es el Verbo de Dios el que rige todas las cosas. Bajo este aspecto, no sólo están de acuerdo con la ley, sino aun con los evangelios. La filosofía que llaman moral y natural se puede decir que casi en su totalidad admite nuestras doctrinas. Pero está en desacuerdo con nosotros cuando dice que la materia es coeterna con Dios. Igualmente cuando dice que Dios no cuida de las cosas mortales, sino que su providencia queda circunscrita a los espacios de la esfera supralunar. Igualmente cuando dice que las vidas de los que nacen dependen de los cursos de las estrellas. Igualmente cuando dice que este mundo es eterno, y que no ha de tener fin. Y hay aún otros muchos puntos en los que está en desacuerdo, y otros en que está de acuerdo. Por esto se dice que Abimelec, que es figura de esto, a veces está en paz con Isaac, y veces está en desacuerdo con él.

Además, creo que no sin razón el Espíritu Santo, que escribe estas cosas, ha tenido cuidado de añadir que vinieron otros dos con Abimelec, a saber, Ocozat, su yerno, y Picol, el jefe de su ejército (Gén 26, 26). Ocozat significa «el que aguanta», y Picol «boca de todos». Mientras que Abimelec significa «mi padre es rey». Estos tres, en mi opinión, son imagen de toda la filosofía, la cual dividen los filósofos en tres partes, lógica, física y ética, es decir, racional, natural y moral. La racional es aquella que confiesa a Dios como padre de todas las cosas: tal es Abimelec. La natural es aquella que está firmemente aguantando todas las cosas, como que está fundada en las mismas leyes de la naturaleza: ésta es la que representa Ocozat, que significa «el que aguanta». La moral es la que anda en la boca de todos y la que a todos atañe, y la que se encuentra en la boca de todos en cuanto que semejantes son los mandamientos comunes a todos: es la designada por aquel Picol, que significa «boca de todos». Todos éstos, pues, instruidos en estas disciplinas, vienen al encuentro de la ley de Dios y dicen: «Hemos observado y hemos visto que Dios está contigo, y hemos dicho: hagamos una alianza entre nosotros y tú, y establezcamos contigo un pacto por el que no nos has de hacer mal, sino que de la misma manera que nosotros no te hemos maldecido, así seas tú bendecida del Señor» (Gén 26, 27) .

IV. Cristo redentor.

De qué manera el Verbo encarnado nos lleva al conocimiento de Dios.

Si se nos pregunta cómo podemos llegar a conocer a Dios y cómo podemos ser salvados por él, contestaremos que el Logos de Dios es suficiente para esto; porque él se hace presente a los que le buscan o a los que le reciben cuando se manifiesta para dar a conocer y revelar al Padre que era invisible antes de su venida. ¿Quién, si no, podría salvar y conducir hasta el Dios supremo el alma de los hombres, fuera del Logos divino? El cual, «en el principio estaba en Dios» (Jn 1, 1); pero a causa de los que se habían adherido a la carne y eran como carne, «se hizo carne» (Jn 1, 14), para que pudiera ser recibido por los que no podían verle en cuanto era Logos, o en cuanto estaba en Dios, o en cuanto era Dios. Y así, siendo concebido en forma corporal y anunciado como carne, llama a si a los que son carne, para conseguir que ellos tomen primero la forma del Logos que se hizo carne, y después de esto pueda elevarlos hasta la visión de sí mismo tal como era antes de que se hiciera carne. Asi ayudados y ascendiendo a partir de esta iniciación según la carne, pueden decir: Aunque un tiempo hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así» (2 Cor 5, 16). Asi pues, «se hizo carne», y al hacerse carne «puso su tienda entre nosotros» (Jn 1, 14): con lo cual no se quedó apartado de nosotros, sino que plantando su tienda entre nosotros y haciéndose presente en medio de nosotros no se quedó en su forma primera; pero nos hizo subir «al monte alto» (Mt 17, 1) del Logos, y nos mostró su propia forma gloriosa y el resplandor de sus vestidos: no sólo de los suyos, sino también de la ley espiritual, la cual es Moisés que se apareció glorioso juntamente con Jesús; nos mostró asimismo toda profecía, la cual no murió después de la encarnación. sino que fue asumida al cielo, de lo cual era símbolo Elías. El que ha contemplado estas cosas puede decir: «Hemos visto su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14)...

...En nuestra opinión, no sólo el Dios y Padre del universo es grande, sino que hizo participante de su propia grandeza al unigénito y primogénito de toda criatura, para que «siendo imagen del Dios invisible» (Col 1, 15), conservase también en su grandeza la imagen del Padre; porque no era posible, por así decirlo, que una imagen del Dios invisible fuera bella y proporcionada si no era una imagen que expresara su grandeza.

Asimismo, en nuestra opinión, Dios, no siendo corporal, no es visible. Pero puede ser contemplado por los que son capaces de contemplar con el corazón, es decir, con la mente; aunque no con un corazón cualquiera, sino con un corazón puro. No le está permitido al corazón impuro ver a Dios, sino que el que ha de contemplar dignamente al que es puro, ha de ser él mismo puro. Hay que admitir que es difícil contemplar a Dios. Pero no sólo difícil que cualquiera le contemple a él, sino también a su unigénito. Porque es difícil de contemplar el Logos de Dios, como es difícil de contemplar la Sabiduría con la cual Dios hizo todas las cosas. Porque, ¿quién puede contemplar en cada uno de sus aspectos la Sabiduría por la que Dios hizo cada uno de los seres del universo? Asi pues, no porque fuera Dios difícil de conocer envió a su Hijo como más fácilmente conocible... .

La divinidad de Jesucristo.

Aquel a quien tenemos por Dios e Hijo de Dios y en quien creímos como tal desde un principio, él es el Logos mismo, y la Sabiduría misma, y la misma Verdad. Y afirmamos que su cuerpo mortal y el alma humana que había en él recibieron la máxima elevación no sólo por vía de comunicación, sino por unidad y fusión, y así, teniendo parte en su divinidad se convirtieron en Dios. Y si alguno se escandaliza de que digamos esto aun en lo que se refiere a su cuerpo, que tenga en cuenta lo que dicen los griegos acerca de la materia, que propiamente hablando no tiene cualidades, pero que se reviste de aquellas cualidades de que el creador quiere dotarla, de suerte que muchas veces es despojada de las que tenía para recibir otras distintas y mejores. Si esto tiene sentido, ¿por qué ha de maravillarnos que la condición mortal que tenia el cuerpo de Jesús, por la providencia de Dios que así lo quiso, se convirtiera en una condición etérea y divina?

Sentido de la encarnación del Verbo.

El que bajó a los hombres se hallaba originariamente «en la forma de Dios» (Flp 2, 7) y por amor a los hombres «se vació a si mismo», para que pudiera ser recibido por los hombres. Pero en manera alguna cambió de algo bueno en algo malo, ya que «no cometió pecado» (1 Pe 2, 22); ni cambió de algo bello en algo vergonzoso, ya que no conoció el pecado (2 Cor 5, 21), ni pasó de la felicidad al infortunio, pues aunque «se humilló a sí mismo» (Flp 2, 8) no por ello dejó de ser feliz, por más que se humillara cuanto era conveniente para bien de nuestro linaje. No hubo en él cambio alguno de mejor en peor, pues ¿cómo podría ser mala la bondad y el amor a los hombres? De lo.contrario tendríamos que decir que el médico, que ve cosas terribles y toca cosas repugnantes para curar a los enfermos, se convierte de bueno en malo, de laudable en vituperable, de objeto de felicidad en infortunio; y aun el médico, que ve cosas terribles y toca cosas repugnantes, no está él mismo absolutamente libre de poder caer en estas mismas cosas. Pero el que cura las heridas de nuestra alma (cf. Lc 10, 34) por estar en él el Verbo de Dios (cf. Jn 1, 1) es en sí mismo incapaz de recibir ningún género de malicia. Y si el Verbo inmortal de Dios, al tomar un cuerpo mortal y una alma humana parece que sufre cambio y deformación, entiéndase que el Verbo permanece Verbo en su esencia, y no es en nada afectado por lo que afecta al cuerpo o al alma. Pero hay momentos en que se abaja hasta un nivel en que no puede contemplar la luminosidad y el res plandor de su divinidad, y se hace como si fuera carne y recibe denominaciones corporales; hasta que el que lo ha recibido en esta forma, va siendo elevado por el mismo Verbo poco a poco hasta ser capaz de contemplar, por así decirlo, su forma suprema.

Se dan, como distintas formas del Verbo; pues el Verbo se manifiesta a cada uno de los que son conducidos hasta su conocimiento de manera proporcionada a la disposición del individuo, ya sea principiante, o haya hecho algún pequeño progreso, o un progreso mayor, o ya se halle cerca de la virtud o en posesión de la misma. Por esto no es verdad lo que pretenden Celso y otros que se le parecen, que nuestro Dios cambió de forma cuando subió al monte elevado (Mt 17, 2; Mc 9, 2), mostrando otra forma de sí mismo muy superior a la que podían ver los que se quedaron abajo y no pudieron seguirle hasta la cumbre. Los de abajo no tenían ojos capaces de contemplar la transformación del Verbo en la gloria de la divinidad, sino que con dificultad llegaban a admitirlo tal como era, hasta el punto de que los que no podían ver su realidad superior podían decir de él: «Le hemos visto, y no tenía forma, ni belleza, sino que su forma era deshonrosa, más pobre que la de los hijos de los hombres» (Is 53, 2) .

La Encarnación como misterio.

Después de considerar tales y tan grandes cosas sobre la naturaleza del Hijo de Dios, quedamos estupefactos de extrema admiración al ver que esta naturaleza, la más excelsa de todas, se «anonada» y de su situación de majestad pasa a ser hombre y a conversar con los hombres, como lo atestigua «la gracia derramada de sus labios» (cf. Sal 44, 3), como lo proclama el testimonio del Padre celestial y como se confirma por las diversas señales y prodigios obrados por él. Y aun antes de hacerse presente corporalmente, envió a los profetas como precursores y heraldos de su venida; y después de su ascensión a los cielos hizo que los santos apóstoles, hombres sacados de entre los publicanos y los pescadores, sin ciencia ni experiencia, pero llenos de la potencia de su divinidad, recorrieran todo el orbe de la tierra, para congregar de todas las razas y naciones un pueblo de fieles que creyeran en él.

Pero de todos sus maravillosos milagros, el que más sobrepasa la capacidad de admiración de la mente humana, de suerte que la débil inteligencia mortal no puede ni sentirlo ni comprenderlo, es que hayamos de creer que aquella tan gran potencia de la divina majestad, aquel mismo Verbo del Padre y la misma Sabiduría de Dios por la que fueron creadas todas las cosas visibles e invisibles (cf. Col 1, 16), quedase circunscrita en los límites de aquel hombre que apareció en Judea; más aún, que la Sabiduría de Dios se metiera en el vientre de una mujer, y naciera párvulo, y diese vagidos como los niños que lloran; finalmente hasta se dice que en la muerte se turbó, y él mismo lo proclama diciendo: «Triste está mi alma hasta la muerte» (Mt 26, 32); y para colmo, que fuera llevado al género de muerte que los hombres consideran más afrentoso, aunque luego resucitara al tercer dia.

Al ver pues en él ciertas cosas tan humanas que parece que no le distinguen de la común debilidad de los mortales, y ciertas cosas tan divinas que no pueden convenir sino a la suma e inefable naturaleza de la divinidad, el entendimiento humano se queda lleno de angustia y estupefacto con tanta perplejidad que no sabe adónde ha de mirar, qué ha de creer o en qué haya de resolverse. Si lo intuye Dios, lo ve mortal, si lo considera hombre, observa cómo vence al imperio de la muerte y retorna de entre los muertos con su botín. Por esto se le ha de contemplar con todo temor y reverencia, de suerte que se muestre en el mismo individuo la realidad de la doble naturaleza, y ni se conciba nada indigno e inconveniente en aquella divina e inexpresable sustancia, ni tampoco se juzguen los hechos históricos como juego de imágenes engañosas. El hacer comprensibles estas cosas al oído humano y el explicarlas con palabras es cosa que excede con mucho las fuerzas de nuestro esfuerzo, nuestra capacidad y nuestro lenguaje. Pienso incluso que aun sobrepasa las posibilidades de los mismos santos apóstoles, y aun quizás la explicación de este misterio está por encima de todos los poderes celestiales creados .

La unión de naturalezas en Cristo.

El alma de Cristo hace como de vínculo de unión entre Dios y la carne, ya que no seria posible que la naturaleza divina se mezclara directamente con la carne: y entonces surge el «Dios-hombre». El alma es como una sustancia intermedia, pues no es contra su naturaleza el asumir un cuerpo, y, por otra parte, siendo una sustancia racional, tampoco es contra su naturaleza el recibir a Dios al que ya tendía toda ella como al Verbo, a la Sabiduría y a la Verdad. Y entonces, con toda razón, estando toda ella en el Hijo de Dios, y conteniendo en sí todo el Hijo de Dios, ella misma, juntamente con la carne que había tomado, se llama Hijo de Dios, y Poder de Dios, Cristo y Sabiduría de Dios; y a su vez, el Hijo de Dios «por el que fueron hechas todas las cosas» (cf. Col 1, 16), se llama Jesucristo e Hijo del hombre. Entonces, se dice que el Hijo de Dios murió, a saber, con respecto a aquella naturaleza que podía padecer la muerte, y se proclama que el Hijo del hombre «vendrá en la gloria de Dios Padre juntamente con los santos ángeles» (Mt 16, 27). De esta forma, en toda la Escritura divina se atribuyen a la divina naturaleza apelaciones humanas, y la naturaleza humana recibe el honor de las apelaciones divinas. Porque aquello que está escrito «Serán dos en una sola carne, y ya no serán dos, sino una única carne» (cf. Gén 2, 24) puede aplicarse a esta unión con más propiedad que a ninguna otra, ya que hay que creer que el Verbo de Dios forma con la carne una unidad más íntima que la que hay entre el marido y la mujer 32.

Para explicar mejor esta unión, puede ser conveniente recurrir a una comparación, aunque en realidad, en una cuestión tan difícil, no hay ninguna comparación adecuada... El hierro puede estar frío o candente, de suerte que si una masa de hierro es puesta al fuego es capaz de recibir el ardor de éste en todos sus poros y venas, convirtiéndose el hierro totalmente en fuego siempre que no se saque de él. ¿Podremos decir que aquella masa, que por naturaleza era hierro, mientras esté en el fuego que arde sin cesar, es algo que puede ser frío? Más bien diremos... que el hierro se ha convertido totalmente en fuego, ya que no podemos observar en ella nada más que fuego. De la misma manera aquel alma (de Jesús) que está incesantemente en el Logos, en la Sabiduría y en Dios de la misma manera como el hierro está en el fuego, es Dios en todo lo que hace, siente o conoce .

No se puede dudar de que el alma de Jesús era de naturaleza semejante a la de las demás almas... Pero mientras que todas las almas tienen la facultad de poder escoger el bien o el mal, el alma de Cristo había optado por el amor de la justicia de suerte que, debido a la infinitud de su amor por ella, se adhería a la justicia sin posibilidad alguna de mutación o separación... De esta forma, lo que era efecto de su libre opción se había hecho en él una «segunda naturaleza». Hemos de creer, pues, que había en Cristo una alma racional humana, pero hemos de concebirla en tal forma que era para ella imposible todo pecado .

Sentido simbólico de la muerte de Jesús.

Queremos mostrar que no hubiera sido mejor para el sentido total de la encarnación el que Jesús hubiese desaparecido en seguida corporalmente de la cruz. Las cosas que según está escrito acontecieron a Jesús, no pueden ser comprendidas en toda su verdad por el solo sentido literal e histórico. Cada una de ellas, para los que leen la Escritura con mayor penetración, se manifiesta como símbolo de una realidad ulterior. Así por ejemplo, su crucifixión encierra la verdad que es manifestada por las palabras «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2, 19), y la que se indica en las palabras «lejos de mí el gloriarme si no es en la cruz de mi Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6, 14). Su muerte fue necesaria porque «el que murió, murió al pecado de una vez» (Ro». 6, 10); porque el justo dice que está «reducido a la misma forma que la de su muerte» (Flp 3, 10), y porque «si morimos con él, resucitaremos con él» (2 Tim 2, 11). De esta suerte, su misma sepultura es un precedente para los que están reducidos a la forma de su muerte, y para los que han sido crucificados y han muerto con él, como lo dijo Pablo con las palabras «hemos sido sepultados con él por el bautismo» (Ro». 6, 4) y con él hemos resucitado .

La redención.

Cristo es «rescate para muchos» (Mt 20, 28). ¿A quién se pagó este rescate? Ciertamente no a Dios. Tal vez se hubiera pagado al demonio. Porque éste tenía poder sobre nosotros hasta que le fue dado el rescate en favor nuestro, a saber la vida de Jesús. Y en esto quedó el demonio engañado, pues creía que podría retener el alma de Jesús en su poder, sin darse cuenta de que él no tenía poder suficiente para ello. O también, la muerte creyó que podría retenerle en su poder; pero en realidad no tuvo poder sobre aquél que se hizo libre de entre los muertos, y más poderoso que todo el poder de la muerte, tan poderoso que todos los que quieran seguirle en esto, pueden hacerlo por más que sean atrapados por la muerte, puesto que ahora la muerte ya no tiene poder sobre ellos. Porque, en efecto, nadie que está en Jesus puede ser arrebatado por la muerte .

V. La Iglesia. Los sacramentos.

La Iglesia existe desde el principio de la creación.

No quisiera que creyerais que se habla de la «Esposa de Cristo», es decir, la Iglesia con referencia únicamente al tiempo que sigue a la venida del Salvador en la carne, sino más bien, se habla de ella desde el comienzo del género humano, desde la misma creación del mundo. Más aún, si puedo seguir a Pablo en la búsqueda de los orígenes de este misterio, he de decir que se hallan todavía más allá, antes de la misma creación del mundo. Porque dice Pablo: «Nos escogió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos...» (Ef 1, 4). Y dice también el Apóstol que la Iglesia está fundada, no sólo sobre los apóstoles, sino también sobre los profetas (E£ 2, 20). Ahora bien, Adán es adnumerado a los profetas: él fue quien profetizó aquel «gran misterio que se refiere a Cristo y a la Iglesia», cuando dijo: «Por esta razón un hombre dejará su padre y su madre y se adherirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gén 2, 24). El Apóstol, en efecto, se refiere claramente a estas palabras cuando dice: «Éste misterio os grande: me refiero en lo que respecta a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32). Más aún, el Apóstol dice: «Él amó tanto a la Iglesia, que se entrego por ella, santificándola con el lavatorio del agua» (Ef 5, 26): aquí se muestra que la Iglesia no era inexistente antes. ¿Cómo podría haberla amado si no hubiera existido? No hay que dudar de que existía ya, y por esto la amó. Porque la Iglesia existía en todos los santos que han existido desde el comienzo de los tiempos. Y por eso, porque Cristo amaba a la Iglesia, vino a ella. Y así como sus hijos «participan de una misma carne y sangre» (cf. Heb 2, 14), así también él participó de lo mismo y se entregó por ellos. Estos santos constituían la Iglesia, que él amó tanto, que la aumentó en su número, la mejoró con virtudes, y con la caridad de la perfección la levantó de la tierra al cielo .

La Iglesia, como la reina de Sabá, busca la ciencia de Cristo, nuevo Salomón.

Veamos lo que sacamos del libro tercero de los Reyes sobre la reina de Sabá, que es al mismo tiempo de Etiopía. Acerca de ella da testimonio el Señor en los evangelios diciendo que «en el día del juicio vendrá con los hombres de la generación incrédula y los condenará, porque vino de los confines de la tierra para oir la sabiduría de Salomón», y añadiendo «y éste es más que Salomón», con lo que nos enseñaba que más es la verdad que las imágenes de la verdad. Vino, pues, ésta, es decir, según lo que en ella se figuraba, vino la Iglesia desde el paganismo para oir la sabiduría del verdadero Salomón, el verdadero pacificador, nuestro Señor Jesucristo. Vino, pues, también ésta, primero «probándole mediante enigmas y preguntas» que a ella le parecían antes insolubles: y él le dio la solución tocante al conocimiento del verdadero Dios y de la creación del mundo, o a la inmortalidad del alma y al juicio futuro, cosas que en su tierra y entre sus doctores, que eran sólo los filósofos gentiles, permanecían siempre inciertas y dudosas. Vino, pues, «a Jerusalén», es decir, a la visión de paz, con una gran multitud y «con mucho poder». No vino con un solo pueblo, como antes la sinagoga tenía a solos los judíos; sino que vino con todos los pueblos del mundo y llevando dones dignos de Cristo  - «suavidades de olores», dice -  es decir, las obras buenas que suben hasta Dios como «olor de suavidad». Y además, vino llena de oro: sin duda, de las ideas y de las enseñanzas racionales que aun antes de la fe había recogido en la educación ordinaria de las escuelas. Trajo también «una piedra preciosa», que puede interpretarse como la joya de las buenas costumbres. Así pues, con este acopio entra a visitar al rey pacificador Cristo, y le abre su co