O R I G E N E S

EL CANTAR DE LOS CANTARES

PROLOGO

Este epitalamio, es decir, canto de bodas, tengo para mi que Salomón lo escribió a modo de drama y lo cantó como si fuera el de una novia que va a casarse y está inflamada de amor celeste por su esposo, que es el Verbo de Dios. Lo cierto es que apasionadamente le ha amado, ya el alma, que fue hecha a su imagen, ya la Iglesia. Con todo, el presente escrito nos enseña además qué palabras utilizó personalmente este magnifico y perfecto esposo al dirigirse a su cónyuge, el alma o la lglesia. Y por este mismo libro, que se titula Cantar de los Cantares, podemos igualmente conocer qué dijeron las jóvenes compañeras de la esposa, presentadas junto con la misma esposa, y qué, asimismo, los amigos y compañeros del esposo. Y es que, efectivamente, también a los propios amigos del esposo se les dio la posibilidad de decir algo, siquiera lo que hubieran escuchado al esposo mientras se alegraban de su unión con la esposa. Por consiguiente la esposa no sólo habla en persona a su esposo, sino también a las jóvenes, y la palabra del esposo, por su parte, no va dirigida únicamente a la esposa, sino también a los amigos del esposo. Y a esto nos referíamos arriba cuando decíamos que el cantar de boda estaba redactado en forma de drama. Efectivamente, hablamos de drama -como suele hacerse al representar una pieza teatral- cuando se hace intervenir a diversos personajes y, mientras unos entran y otros hacen mutis, los diferentes interlocutores van dando cabo a la trama de la narración.

El presente escrito contiene cada uno de estos elementos por su orden, y todo su meollo está formado por coloquios místicos. Pero antes que nada nos es necesario saber que, de la misma manera que la edad pueril no se siente movida al amor pasible, así tampoco se admite a la compresión de las palabras del Cantar a la párvula e infantil edad del hombre interior, es decir, la de aquellos que en Cristo se alimentan de leche, no de manjar sólido, y que ahora, por primera vez, apetecen la leche auténtica y sin engaño. Efectivamente, en las palabras del Cantar de los Cantares está el alimento del que dice el Apóstol: Sin embargo, el manjar sólido es propio de adultos; y requiere unos oyentes tales que, por la práctica de comer, tengan sus sentidos entrenados en el discernimiento del bien y del mal.

Y ciertamente puede ocurrir que los párvulos antedichos vengan a estos parajes y no aprovechen nada absolutamente de esta Escritura, aunque tampoco se dañen demasiado al leer lo que está escrito, o bien al examinar lo que para su explicación se dirá. En cambio, si se acerca alguien que sólo es hombre según la carne, para éste tal lo escrito producirá una situación de peligro muy crítica. La razón es porque, al no saber escuchar con pureza y castos oídos las expresiones del amor, hará que toda acción de oír se desvíe del hombre interior al hombre exterior y carnal; del espíritu se volverá hacia la carne, nutrirá en sí mismo concupiscencias carnales y parecerá que la Escritura divina es para él ocasión de dejarse mover e incitar al deseo carnal. Por eso yo advierto y aconsejo a todo el que aún no está libre de las molestias de la carne y de la sangre ni ha renunciado a los afectos de la naturaleza material que se abstenga por completo de leer este libro y cuanto se dirá sobre él. De hecho cuentan que incluso entre los hebreos se procuraba que no se permitiese a nadie ni siquiera tener en sus manos este librito, a no ser quien hubiera alcanzado la edad adulta y madura. Es más, teniendo en cuenta que entre ellos es costumbre que los maestros y los sabios transmitan a los niños todas las Escrituras junto con las que ellos llaman tradiciones, hemos sabido también que guardan para lo último estas cuatro partes: el comienzo del Génesis, en que se describe la creación del mundo; los comienzos del profeta Ezequiel, en que se habla de los querubines; su final, donde se contiene la construcción del templo, y este libro del Cantar de los Cantares.

Por consiguiente, antes de entrar a discutir lo que se contiene en este libro, me parece necesario que previamente expongamos unas breves consideraciones acerca del amor mismo, que es la causa principal de haber sido escrito el libro; después, acerca del orden de los libros de Salomón, entre los cuales este libro parece ocupar el tercer lugar; luego también sobre la intitulación misma del librito: por qué se le puso el título de Cantar de los Cantares; y además, de qué manera fue compuesto, a guisa de drama, según parece, y como pieza teatral que se suele representar en escena con mutación de personajes.

Entre los griegos, ciertamente, muchos fueron los sabios que, queriendo investigar la verdadera naturaleza del amor, produjeron no pocos y variados escritos, también en forma de diálogos, con el intento de poner de manifiesto que no existe más fuerza del amor que aquella que puede conducir al alma desde la tierra hasta la cumbre excelsa del cielo, y que no es posible llegar a la suma felicidad si no media la provocación del deseo amoroso. Pero tenemos también noticia de haberse discutido este tema en algo así como en banquetes: pienso que entre personas que hacían banquetes, no de manjares, sino de palabras. Otros, es verdad, también dejaron por escrito ciertas artes mediante las cuales pareciese que se hacía nacer o crecer a este amor en el alma. Pero algunos hombres carnales aplicaron estas artes a los deseos viciosos y a los secretos del amor culpable. Por consiguiente, no es de extrañar que también entre nosotros, donde cuanto mayor es el número de simples mayor parece ser el de inexpertos, hayamos dicho que es difícil y hasta peligroso disputar sobre la naturaleza del amor, siendo así que, entre los griegos, que pasan por doctos y sabios, hubo no obstante algunos que no entendieron este tema tal como estaba escrito, sino que, bajo el pretexto de cuanto se dice sobre el amor, dieron consigo en las caídas de la carne y en los precipicios de la desvergüenza, bien porque, como antes recordamos, tomaron de lo que estaba escrito algunos estímulos e incentivos, bien porque utilizaban los escritos de los antiguos como cobertura de su incontinencia.

Así pues, para no incurrir también nosotros en algo parecido interpretando viciosa y carnalmente lo que escribieron los antiguos en sentido bueno y espiritual, extendamos hacia Dios nuestras palmas tanto del cuerpo como del alma, para que el Señor, que dio la palabra a los que evangelizaban con gran poder, nos dé también a nosotros, por su poder, la palabra con que podamos presentar una sana inteligencia de lo que está escrito y, en orden a la edificación de la castidad, ajustada tanto al nombre mismo como a la naturaleza del amor.

Al comienzo de los libros de Moisés, donde se escribe sobre la creación del mundo, hallamos referida la creación de dos hombres: el primero, hecho a imagen y semejanza de Dios; el segundo, modelado del barro de la tierra. El apóstol Pablo, que sabía esto muy bien y con toda claridad, escribió en sus cartas con particular franqueza y transparencia que en cada hombre hay un doble hombre. Dice así, efectivamente: Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el interior, en cambio, se renueva de día en dia; y también: Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior; ¿y cuánto no escribió por el mismo estilo? De ahí que yo piense que nadie debe ya dudar de lo que Moisés escribió al comienzo del Génesis sobre la hechura y formación de dos hombres, cuando vemos que Pablo, que sin duda entendía mejor que nosotros lo que Moisés escribió, dice que en cada hombre hay dos, y nos recuerda que uno de ellos, el interior, se va renovando de día en día mientras el otro, el exterior, se va corrompiendo y debilitando incluso en santos de la calidad del propio Pablo. Por si alguno piensa que todavía cabe alguna duda sobre esto, se dará explicación más amplia en sus correspondientes lugares.

Ahora, sin embargo, prosigamos con la razón de haber mencionado al hombre interior y al hombre exterior. En realidad, con ello queremos hacer saber que en las divinas Escrituras se suele nombrar mediante homónimos, esto es, mediante denominaciones semejantes, más aún, con idénticos vocablos, los miembros del hombre exterior y las partes y sentidos del hombre interior, y su mutua confrontación se realiza no sólo en las palabras sino también en los hechos mismos. Por ejemplo: uno es, por la edad, un muchacho según el hombre interior; entonces le es posible crecer y alcanzar la edad juvenil, y luego, continuando su crecimiento, llegar al estado de hombre perfecto y hasta convertirse en padre. Pues bien, nos hemos querido servir de estos términos con el fin de presentar vocablos acordes con la divina Escritura, esto es, con lo que escribió Juan. Dice, efectivamente: Os escribo a vosotros, muchachos, porque ya conocéis al Padre; os escribo a vosotros, padres, porque ya conocéis al que existía desde el principio; os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y ya habéis vencido al meligno. Es evidente -y nadie creo que pueda en absoluto dudarlo- que aquí Juan habla de muchachos, jóvenes e incluso padres, según la edad del alma, no según la del cuerpo. Pero es que el mismo Pablo dice en algún lugar: No puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales; como a niños en Cristo, os di a beber leche, y no alimento sólido. Sin duda alguna se les llama niños en Cristo según la edad del alma, no según la de la carne. Efectivamente, el mismo Pablo dice también en otro lugar: Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, discurría como niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las niñerias. Y en otra parte vuelve a decir: Hasta que todos alcancemos el estado del hambre perfecto, la talla de la edad de la plenitud de Cristo.

Sabe, efectivamente, que todos los que creen alcanzarán el estado de hombre perfecto y la talla de la edad de la plenitud de Cristo. Por consiguiente, de la misma manera que los nombres de la edades mencionadas se asignan con los mismo vocablos al hombre exterior y al hombre interior, así también hallarás que incluso los nombres de miembros corporales se trasladan a los miembros del alma, o más bien éstos deben llamarse facultades y sentimientos del alma. Por eso se dice en el Eclesiastés: Los ojos del sabio, en su cabeza; y en el Evangelio: El que tenga oídos para oir, que oiga; también en los profetas: Palabra que habló el Señor por mano del profeta Jeromías, o de cualquier otro. Parecido es también aquello que dice: Y no tropezará tu pie; y de nuevo: Por poco resbalan mis pies. Evidentemente también se designa al vientre del alma allí donde se dice: Señor, tu temor nos ha hecho concebir en el vientre. Según eso, ¿quién dudará cuando se dice: Sepulcro abierto es su garganta; y también: Hunde, Señor, y divide sus lenguas; e incluso lo que está escrito: Machacaste los dientes de los enemigos; y aún: Quiebra el brazo del pecador y del malvado? ¿Pero qué necesidad tengo de andar recogiendo muchos textos sobre esto, si las divinas Escrituras están repletas de abundantísimos testimonios? Por ellos se demuestra con toda evidencia que esos nombres de miembros no pueden en modo alguno ajustarse al cuerpo visible, sino que deben ser referidos a las partes y facultades del alma invisible, porque, si es cierto que tienen vocablos semejantes, también es claro y palmario que presentan significados del hombre interior, no del exterior.

Por consiguiente, la comida y la bebida de este hombre material, que también se llama exterior, son parientes de su naturaleza, es decir, corporales y terrenas Ahora bien, el hombre espiritual, el mismo que también se dice interior, tiene su propia comida, como es el pan vivo que bajó del cielo, y su bebida es de aquel agua que Jesús prometió cuando dijo: El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá ya sed. Así pues, se da semejanza total de vocablos para uno y otro hombre, pero se mantiene distinta la naturaleza propia de cada uno: lo corruptible se presenta al hombre corruptible y lo incorruptible se propone al hombre incorruptible. De ahí resultó que algunos más simples, por no saber distinguir y discernir en las divinas Escrituras qué cosas deben atribuirse al hombre interior y cuáles al hombre exterior, engañados por la semejanza de los vocablos, se refugiaron en estúpidas fábulas y en vanas invenciones, hasta el punto de creer que incluso después de la resurrección nos serviremos de manjares corporales y que beberemos no sólo de la vid verdadera y que vive por los siglos, sino también de estas vides y frutos de los árboles de acá. Pero de esto hablaremos en otra ocasión. Así pues, siguiendo la distinción precedente, según el hombre interior, uno carece de hijos y es estéril mientras otro abunda en hijos, conforme a lo que se ha dicho: La estéril dio a luz siete hijos y la de muchos hijos quedó baldia; y como se dice en las bendiciones: No habrá entre vosotros mujer sin hijos ni estéril.

Entonces, si esto es así, de la misma manera que hay un amor llamado carnal, que los poetas llamaron Eros, y quien ama según él siembra en la carne, así también existe un amor espiritual, y el hombre interior, al amar según él, siembra en el espíritu. Y por decirlo con mayor claridad, si aún hay alguien portador de la imagen del hombre terreno según el hombre exterior, a este lo mueven el deseo y el amor terrenos; en cambio, al portador de la imagen del hombre celeste según el hombre interior, lo mueven el deseo y el amor celestes. Ahora bien, el alma es movida por el amor y deseo celestes cuando, examinadas a fondo la belleza y la gloria del Verbo de Dios, se enamora de su aspecto y recibe de él como una saeta y una herida de amor. Este Verbo es, efectivamente, la imagen y el esplendor del Dios invisible, primogénito de toda la creación, en quien han sido creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, las visibles y las invisibles. Por consiguiente, si alguien logra con la capacidad de su inteligencia vislumbrar y contemplar la gloria y la hermosura de todo cuanto ha sido creado por él, pasmado por la belleza misma de las cosas y traspasado por la magnificencia de su esplendor como por una saeta bruñida, en expresión del profeta, recibirá de él una herida salutífera y arderá en el fuego delicioso de su amor. Sin embargo, nos conviene saber que, de la misma manera que el hombre exterior puede caer en un amor ilícito y contrario a la ley, de modo que ame, por ejemplo, no a su prometida o a su esposa, sino a una ramera o a una adúltera, así también el hombre interior, es decir, el alma, puede caer en un amor, no hacia su legitimo esposo, que dijimos que era el Verbo de Dios, sino hacia algún otro, adúltero y corruptor. Es lo que, utilizando la misma figura, expone con toda claridad el profeta Ezequiel cuando introduce a Ohlá y a Ohlibá, figuras de Samaria y de Jerusalén, corrompidas por un amor adulterino, como el texto mismo de la Escritura profética demostrará a quienes quieran conocerlo mejor. Por lo tanto también este amor espiritual del alma, según hemos señalado, unas veces se inflama por algunos espíritus perversos, y otras por el Espíritu Santo y por el Verbo de Dios: este es el esposo fiel y se llama marido del alma instruida, y de él se dice esposa la misma de que se habla sobre todo en la Escritura que estamos manejando, como demostraremos más plenamente, con la ayuda de Dios, cuando empecemos a exponer sus mismas palabras.

Por otra parte, tengo para mi que la divina Escritura, queriendo evitar a los lectores cualquier motivo de tropiezo a causa del término amor, en atención a los más débiles, lo que entre los sabios del mundo se denomina deseo (eros) lo llama, con vocablo más decoroso, amor (ágape), como, por ejemplo, cuando dijo de Isaac: Y tomó a Rebeca, que pasó a ser su mujer, y la amó. Igualmente de Jacob y de Raquel vuelve a decir la Escritura: Raquel en cambio era de buen ver y de hermosa presencia; y amó Jacob a Raquel y dijo (a Labán): Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor. Sin embargo, el uso de este vocablo aparece muy claramente cambiado al referirse a Amnón, el que se enamoró de su hermana Tamar. Efectivamente, está escrito: Y después de esto sucedió que, teniendo Absalón, el hijo de David, una hermana hermosa, llamada Tamar, la amó Amnón, hijo de David. Puso «amó» en lugar de «se enamoró». Y Amnan andaba atormentado hasta el punto de enfermar por causa de su hermana Tamar, pues era virgen y a Amnón le parecía difícil hacerle algo. Y pocas líneas después, dice así la Escritura acerca de la violencia que Amnón ejerció sobre su hermana Tamar: Pero no quiso Amnón escuchar sus palabras, sino que, imponiéndose por la fuerza, la derribó y se acostó con ella. Después Amnón sintió por ella un odio terrible, pues el odio con que la odiaba era mayor que el amor con que la habla amado. Así pues, hallarás que, en estos y en otros muchos pasajes, la divina Escritura rehuye vocablo deseo y pone amor en su lugar. Alguna vez, empero, aunque raramente, llama al deseo por su propio nombre y hasta convida e incita a las almas a él, como cuando en los Proverbios dice de la sabiduría: Deséala, y ella te guardará; asédiala, y ella te engrandecerá; hónrala, para que ella te abrace. Y en el libro titulado Sabiduría de Salomón, también se ha escrito sobre la misma sabiduría lo siguiente: Me hice deseador de su belleza. Con todo, creo que sólo allí donde no parece que habría ocasión de tropiezo es donde insertó la palabra deseo. Efectivamente, ¿quién podría advertir algo de pasional o indecoroso en el deseo de la sabiduría o en que alguien se constituya en deseador de la sabiduría? Pues, si hubiera dicho que Isaac deseó a Rebeca o Jacob a Raquel, ciertamente por esta expresión hubiera podido entenderse alguna pasión vergonzosa en los santos hombres de Dios, sobre todo entre aquellos que no saben elevarse de la letra al espíritu. Por lo demás, en este mismo libro que tenemos entre manos está clarísimo que el vocablo deseo se ha sustituido por el de amor allí donde dice: Yo os conjuro, hijas de Jerusalén: si encontráis a mi amado, ¿qué le anunciaréis? ¡Que estoy herida de amor!; como si dijera: se me ha clavado una saeta de amor. En consecuencia es del todo indiferente que en la Escritura se diga amor o deseo, si no es que la palabra amor alcanza tal categoría que Dios mismo es llamado amor, como dijo Juan: Queridos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

Y aunque sea propio de otra ocasión el decir algo de lo que como ejemplo hemos aducido de Juan, sin embargo no nos ha parecido fuera de lugar tocar aquí algo brevemente. Amémonos los unos a los otros -dice- porque el amor viene de Dios; y poco después: Dios es amor. En esto demuestra que Dios mismo es amor, y también que el que viene de Dios es amor. Ahora bien, ¿quién viene de Dios si no es aquel que dice: Salí de junto al Padre y vine a estar en el mundo? Porque, si Dios Padre es amor y el Hijo es también amor, y por otra parte amor y amor son una sola cosa y en nada difieren, se sigue que el Padre y el Hijo son justamente una sola cosa. Y por esta razón es pertinente que Cristo, igual que se llama sabiduría, fuerza, justicia, palabra y verdad, se llame también amor. Y así la Escritura dice que si el amor permanece en nosotros, Dios permanece en nosotros': Dios, esto es, el Padre y el Hijo, que viene al que es perfecto en el amor, según la palabra del Señor y Salvador, que dice: El Padre y yo vendremos a él, haremos morada en él. Por tanto debemos saber que este amor, que es Dios, cuando está en alguien, no ama nada terrenal, nada material, nada corruptible, y por eso va contra su naturaleza el amar algo corruptible, ya que él mismo es fuente de incorrupción. Efectivamente, él es el único que posee la inmortalidad, puesto que Dios es amor, el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible. ¿Y qué otra cosa es la inmortalidad más que la vida eterna que Dios promete dar a los que creen en él mismo, único verdadero Dios, y en su enviado, Jesucristo, su Hijo? Por esta razón se dice que ante todo y sobre todo es caro y grato a Dios el que uno ame al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Y como quiera que Dios es amor, y el Hijo, que procede de Dios, también es amor, está exigiendo en nosotros algo que se le asemeje, de modo que por medio de este amor que hay en Cristo Jesús, que es amor, nos unamos a él con una especie de parentesco de afinidad por el amor, en el sentido de aquel que, ya unido, le decía: ¿Quién nos separará del amor manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro?. Ahora bien, este amor ama a todo hombre como prójimo, y esa es la razón por la que el Salvador reprendió a uno que se figuraba que el alma justa no debe tener en cuenta los derechos que da el ser prójimo, cuando se trata de un alma envuelta en maldades, y por eso compuso la parábola que narra cómo un hombre cayó en manos de salteadores cuando descendía de Jerusalén a Jericó. El Salvador culpa al sacerdote y al levita porque, aunque le vieron medio muerto, pasaron de largo; en cambio aplaude al samaritano, porque se había compadecido de él; y que este samaritano fue su prójimo, lo confirma con la respuesta del mismo que le hiciera la pregunta, al que dice: Vete y haz tú lo mismo. Efectivamente, por naturaleza todos somos prójimos unos de otros, sin embargo, por las obras del amor, el que puede hacer el bien se convierte en prójimo del que no puede. De ahí que también nuestro Salvador se hiciera prójimo nuestro y que no pasara de largo cuando yacíamos medio muertos por las heridas de los salteadores. Por consiguiente debemos saber que el amor de Dios siempre tiende hacia Dios, del que se origina, y mira al prójimo, con el que tiene parte por estar asimismo creado en incorrupción. Así pues, todo lo que está escrito sobre el amor tómalo como dicho del deseo, sin preocuparte en absoluto de los nombres, porque, de hecho, en los dos se pone de manifiesto el mismo valor. Y si alguien dice que se nos acusa de amar el dinero, a la ramera y otras cosas tan malas como ellas, utilizando el mismo vocablo que deriva de amor, preciso es saber que en tales casos se nombra al amor, pero no en sentido propio, sino impropio. Así, por ejemplo, el nombre de Dios se aplica primera y principalmente a aquel de quien, por quien y en quien son todas las cosas, lo que expresa bien claramente el poder y la naturaleza de la Trinidad; pero en segundo lugar y, por decirlo así, impropiamente, la Escritura llama dioses también a aquellos a quienes se dirige la palabra de Dios, según confirma el Salvador en los Evangelios. Además, también a las potestades celestes se les llama, al parecer, con este nombre, cuando se dice: Dios se alza en el consejo de los dioses, y en el medio juzga a los dioses, y en tercer lugar, ya no impropiamente sino sin razón se llama dioses de los gentiles a los demonios, cuando dice la Escritura: Todos los dioses de los gentiles son demonios. Pues, de modo parecido, también el nombre de amor se aplica en primer lugar a Dios, y por eso se nos manda amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, como origen que es de nuestra misma capacidad de amar. Y sin duda alguna, en ese mismo amor va ya incluido también nuestro amor a la sabiduría, a la justicia, a la piedad, a la verdad y a todas las virtudes, pues una sola y misma cosa es amar a Dios y amar el bien. En segundo lugar y en sentido impropio y derivado, se nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos. En tercer lugar, sin embargo, está lo que sin razón alguna se expresa con el nombre de amor: amar el dinero, los placeres o todo lo que tiene que ver con la corrupción y el error. No hay, por tanto, diferencia en decir que se ama o que se desea a Dios, y no creo que se pueda culpar a nadie que llame deseo a Dios, lo mismo que Juan le llamó amor. Por lo menos yo recuerdo que uno de los santos, llamado Ignacio, dijo de Cristo: Mi deseo está crucificado, y no creo que merezca ser censurado por ello. Ahora bien, debemos saber que todo aquel que ama el dinero o cuanto en el mundo hay de materia corruptible abaja la fuerza del amor, que proviene de Dios, hasta lo terrenal y caduco, y abusa de las cosas de Dios para cosas que Dios no quiere. Efectivamente, Dios no concedió a los hombres el amor de tales cosas, sino el uso. Hemos tratado esto algo más ampliamente porque queríamos distinguir con mayor claridad y cuidado lo referente a la naturaleza del amor y del deseo, no fuera que, al decir la Escritura que Dios es amor, se llegase a creer que de Dios viene todo lo que se ama, aunque sea corruptible, y que esto es amor. Ciertamente se demuestra que el amor es cosa de Dios y que es don suyo, pero también que no siempre los hombres lo ponen en práctica para las cosas que son de Dios y para las que Dios quiere.

Sin embargo es preciso también saber que es imposible que la naturaleza humana no ame siempre algo. Efectivamente, todo el que alcanza la edad que llamamos de la pubertad ama algo, ya sea menos rectamente cuando ama lo que no debe, ya sea recta y provechosamente, cuando ama lo que debe. Ahora bien, este sentimiento de amor, que por favor del Creador fue entrañado en el alma racional, algunos lo desvían hacia el amor del dinero y a la pasión de la avaricia, bien para lograr fama, y se hacen ávidos de vanagloria, bien para frecuentar a las rameras, y se ven cautivos de la impudicia y la sensualidad, o bien derrochan la fuerza de este bien tan grande en otras cosas parecidas a esas. Pero incluso cuando este amor se ordena hacia las diversas artes de tipo manual, o por causa de actividades de la presente vida-no las necesarias-se aplica, por ejemplo, a la gimnasia o a las carreras, o también a la música o a la aritmética, además de a otras disciplinas de parecida índole, ni siquiera entonces opino que se le utiliza de manera digna de aprobación. Efectivamente, si lo bueno es también lo que es digno de aprobación, y por bueno se entiende propiamente, no lo que mira a los usos corporales, sino ante todo lo que está en Dios y en las potencias del alma, la consecuencia es que amor digno de aprobación es aquel que se aplica a Dios y a las potencias del alma. Y que esto es así lo demuestra la definición del mismo Salvador, cuando, al preguntarle alguien cuál era el mandamiento supremo y el primero en la ley, respondió: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y añadió: De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profotas, con lo cual demostraba que el amor justo y legítimo subsiste por estos dos mandamientos y que de ellos penden la ley entera y los profetas. Y también está lo que dice: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no levantarás testimonio falso y cualquier otro precepto, todos se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, lo cual tendrá más fácil explicación como sigue.

Pongamos, por ejemplo, una mujer que se abrasa de amor por un hombre y ansía unir a él su suerte: ¿no obrará en todo y dispondrá todos sus movimientos en la forma que sabe que agrada a su amado, no sea que, si en algo obra contra su voluntad, este excelente varón desprecie y rechace su compañía? Esta mujer, que arde en amor por ese hombre con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, ¿podrá cometer adulterio, si sabe que él arna la castidad? ¿o matar, si sabe de su mansedumbre? ¿o robar, si sabe cuánto le complace la generosidad? ¿Y podrá desear lo ajeno, ella que tiene toda su capacidad de deseo ocupada en el amor de ese hombre? En este sentido se dice también que en la perfección del amor se resume todo mandamiento y que de ella penden toda la ley y los profetass. Por causa de este bien de amor, los santos no se dejan aplastar por la tribulación ni se desesperan en la perplejidad ni se dejan aniquilar cuando los abaten, al contrario, su leve y momentánea tribulación de ahora produce en ellos una inconmensurable riqueza eterna de gloria. En realidad esta tribulación presente se dice momentánea y leve, no por todos, sino por Pablo y por los que son como él, porque poseen el perfecto amor de Cristo, derramado en sus corazones por el Espíritu Santo. De igual modo, el amor a Raquel no permitió tampoco que el patriarca Jacob, ocupado en los trabajos durante siete años continuos, sintiera la quemadura del calor diurno y del frío de la noche. Por eso, escucha al mismo Pablo que, inflamado en este amor, dice:EI amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. El amor jamás decae. Nada hay, pues, que no aguante el que ama perfectamente. Al contrario, si no aguantamos bastante más, la causa cierta es que no tenemos el amor que todo lo aguanta.

Y si no sufrimos pacientemente algunas cosas, es porque falta en nosotros el amor que todo lo sufre. Y si en nuestra lucha contra el diablo fallamos frecuentemente, no cabe dudar que la causa es nuestra carencia de aquel amor que nunca falta.

Pues de este amor habla la presente Escritura: en él arde y se inflama por el Verbo de Dios el alma bienaventurada, y canta este cantar de bodas movidas por el Espíritu Santo por quien la Iglesia se enlaza y une con su celeste esposo, Cristo, ansiosa de juntarse con él por medio de la palabra, para concebir de él y así poderse salvar gracias a esta casta maternidad, con tal que sus hijos perseveren en la fe y en una vida santa y sobria, en calidad de concebidos de la semilla del Verbo de Dios y engendrados y alumbrados por la Iglesia inmaculada o por el alma que no busca nada corpóreo ni material, sino que sólo se inflama de amor por el Verbo de Dios. Esto es lo que por el momento ha podido ocurrírseme acerca del amor al que se hace referencia en este epitalamio del Cantar de los Cantares. Sin embargo es de saber que de este amor se debieran decir tantas cosas cuantas se dicen de Dios, puesto que él mismo es amor. Efectivamente, así como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, así también al amor nadie lo conoce, sino el Hijo. Y de modo parecido, puesto que también él es amor, al Hijo mismo nadie lo conoce, sino el Padre. Y por el hecho de llamarse amor, sólo es santo el Espíritu que procede del Padre, y por eso conoce lo que hay en Dios, igual que el espíritu del hombre conoce lo que hay en el hombre". Lo cierto es que este Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, anda rondando en busca de almas dignas y capaces a las que pueda revelar la grandeza de este amor que viene de Dios. Así pues, ahora, invocando al mismo Dios Padre, que es amor, por aquel mismo amor que de él proviene, pasemos ya a discutir también lo demás.

En primer lugar intentemos indagar cuidadosamente qué significado pueda tener el hecho de que, habiendo recibido la Iglesia de Dios tres libros escritos por Salomón, se ponga como primero de ellos el libro de los Proverbios, segundo el que llamamos Eclesiastés, y sólo en tercer lugar el Cantar de los Cantares. Lo que a mí se me ocurre sobre este particular es lo siguiente. Las ciencias generales por las que se llega al conocimiento de las cosas son tres, que los griegos llamaron ética, física y teórica y que nosotros podemos denominar moral, natural y contemplativa. Ciertamente algunos de entre los griegos pusieron también en cuarto lugar la lógica, que nosotros podemos llamar ciencia del razonamiento, pero otros afirmaron que ésta no quedaba fuera, sino que forma cuerpo compacto con las susodichas ciencias. En realidad, la lógica -la ciencia del razonamiento, como decimos nosotros- contiene al parecer la naturaleza, propiedades e impropiedades de las palabras y de las frases, los géneros y las especies, y enseña también minuciosamente la figuras aplicables a cada expresión particular: una ciencia tal no conviene que esté separada de las otras, sino bien trabada o inserta en ellas. Moral llamamos a la ciencia por la cual se dispone una conducta honrada y se proveen normas tendentes a la virtud. Natural llamamos a la ciencia en que se discute la naturaleza de cada cosa, con el fin de que en la vida nada hagamos contra la naturaleza, sino que apliquemos cada cosa a los usos para los que el Creador las hizo. Contemplativa llamamos a la ciencia por la que, yendo más allá de lo visible, contemplamos algo de las cosas divinas y celestiales, y las consideramos sólo con la mente, porque exceden a la visión corporal. Así pues, en mi opinión, estas ciencias las tomaron algunos sabios griegos de Salomón que, por su mayor antigüedad, las aprendió por obra del Espíritu de Dios mucho antes que ellos, las presentaron como invención propia y las dejaron en herencia a la posteridad incluidas en los volúmenes de sus doctrinas. Pero, como dijimos, antes que todos las descubrió y enseñó Salomón gracias a la sabiduría que recibió de Dios, según está escrito: Y dio Dios a Salomón prudencia y sabiduría muy grandes y una anchura de corazón como la arena que está en la orilla del mar. Y la sabiduría se multiplicó en él muy por encima de todos los antiguos hijos de hambres y por encima de todos los sabios de Egipto. Por consiguiente Salomón, puesto que quería distinguir y separar entre ellas a estas tres ciencias que más arriba dijimos ser generales, esto es, la moral, la natural y la contemplativa, las dio a conocer en tres libros, dispuestos separadamente por su orden lógico. Así pues, primero enseñó en los Proverbios la doctrina moral, redactando las normas de vida en breves y sucintas sentencias, como era del caso. La segunda ciencia, la que se llama natural, la expuso en el Eclesiastés, en el cual, discurriendo largamente sobre temas naturales y distinguiendo lo inútil y vano de lo útil y necesario, exhorta a abandonar la vanidad y a buscar lo que es útil y recto. La cuestión contemplativa la enseñó en el presente libro que tenemos entre manos, esto es, en el Cantar de los Cantares donde, bajo la figura de la esposa y del esposo, despierta en el alma el amor de las cosas divinas y enseña que se ha de llegar a la unión con Dios por los caminos del amor.

Ahora bien, que al poner el fundamento de la verdadera filosofa y establecer el orden de las ciencias y de las reglas, no se le pasó por alto a Salomón ni desechó tampoco la cuestión lógica, lo demuestra con toda claridad el comienzo mismo de sus Proverbios. Lo primero de todo, por el hecho mismo de haber titulado su libro Proverbios, pues en todo caso este nombre significa que por fuera, a la vista de todos, se dice una cosa, pero por dentro se está indicando otra. Esto, efectivamente, lo enseña el uso que comúnmente se hace de los proverbios, y Juan, en su Evangelio, presenta al Salvador cuando dice así: Esto os lo he dicho en parábolas. Llega la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda franqueza os hablaré del Padre. Esto por lo que atañe al título mismo. Pero en lo que sigue, Salomón añade inmediatamente una distinción de lenguaje, y distingue la ciencia de la sabiduría y la disciplina de la ciencia, pone que la comprensión de las palabras es diversa, y dice que la prudencia consiste en poder entender las sutilezas de las palabras. Distingue también la verdadera justicia de la rectitud de juicio, y hasta nombra cierta sagacidad como necesaria a los que está instruyendo, la misma -creo- que hace posible el comprender y esquivar la argucia de los sofismas. Y por esa razón dice que por la sabiduría se da a los simples la sagacidad, sin duda alguna para que en lo que atañe a la palabra de Dios no se les sorprenda con la trampa del sofisma. Y creo que justamente en este punto Salomón está recordando la lógica, gracias a la cual se delimitan la ciencia de las palabras y los significados de las sentencias, y se distingue con norma segura el carácter especifico de cada expresión. En esta disciplina es en la que conviene ante todo instruir a los niños. A ello exhorta, efectivamente, cuando dice: Para dar al joven ciencia y reflexión. Y como quiera que quien se instruye en esto forzosamente se gobierna a sí mismo de manera racional, gracias a lo aprendido, y mantiene su vida en mayor equilibrio, por eso dice: Y el inteligente adquirirá el arte de gobernar. Ahora bien, por conocer que en las palabras divinas, en las cuales se ha entregado al género humano por medio de los profetas el plan de vida, existen diversas figuras de lenguaje y varias clases de estilos,.y sabiendo que entre ellas tenemos una figura que podríamos llamar parábola, otra que podríamos decir palabra obscura, otras que podríamos denominar enigmas y otras que se podrían llamar sentencias de los sabios, por eso escribe luego: Entenderás también la parábola y la palabra obscura, y las sentencias y los enigmas. Así pues, con estas expresiones Salomón va exponiendo abierta y claramente la lógica, y con breves y sucintas máximas declara pensamientos sublimes y perfectos.

Todo esto, si uno medita en la ley de Dios día y noche y es como la boca del justo, que se ejercita en la sabiduría del Señor, podrá investigarlo con mayor exactitud, con tal que lo busque rectamente y, al buscarlo, haya llamado a la puerta de la sabiduría pidiendo a Dios que le abran, y merezca recibir, por obra del Espíritu Santo, la palabra de sabiduría y de ciencia, y participar de aquella sabiduría que decía: Pues dilataba yo mis palabras y no escuchabais. Y dice con razón que dilataba sus palabras en el corazón de aquel a quien, según dijimos antes, Dios había dado anchura de corazón, pues, efectivamente, se dilata el corazón de quien es capaz de explicar con mayor amplitud doctrinal, mediante afirmaciones tomadas de los libros sagrados, lo que en los misterios está dicho brevemente.

Por lo tanto, en conformidad con esta misma doctrina del sapientísimo Salomón, es necesario que quien desee conocer la sabiduría comience por la instrucción moral y comprenda lo que está escrito: Deseaste la sabiduría: guarda los mandamientos y el Señor te la dará. Por la misma razón este maestro, el primero en enseñar a los hombres la filosofía divina, puso como preámbulo de su obra el libro de los Proverbios, en el que, según dijimos, se enseña la moral, de suerte que, cuando uno ya progresado en la inteligencia y en las costumbres, pase también a la disciplina del conocimiento de la naturaleza, y allí, al distinguir las causas y la naturaleza de las cosas, reconozca que es preciso abandonar la vanidad y apresurarse, en cambio, hacia las realidades eternas y perpetuas. Y por eso, tras los Proverbios, se pasa al Eclesiastés, que, según dijimos, enseña que todas las cosas visibles y corpóreas son caducas y frágiles. En todo caso, cuando se dé cuenta de ello el que se consagra a la sabiduría, sin duda alguna las despreciará y desdeñará y, renunciando, por así decirlo, al mundo entero, se encaminará hacia las realidades invisibles y eternas que se enseñan en el Cantar de los Cantares con pensamientos espirituales, aunque velados por ciertas alegorías amorosas. Tal es la razón verdadera de ocupar este libro el último lugar, de modo que, cuando se llegue a él, uno esté ya purificado y haya aprendido a conocer y distinguir las cosas corruptibles y las incorruptibles, y por ello le sea imposible escandalizarse de nada a causa de esas alegorías con que se describe y representa el amor de la esposa al esposo celeste, es decir, del alma perfecta al Verbo de Dios. Efectivamente, una vez establecidos los medios por los cuales el alma se purifica en las acciones y en las costumbres, y alcanza el discernimiento de las cosas naturales, es el momento adecuado para pasar a las exposiciones dogmáticas y elevarse con amor sincero y espiritual a la contemplación de la divinidad.

Por eso pienso que esta triple forma de la filosofía divina está prefigurada también en aquellos santos y bienaventurados varones en razón de cuyas normas de vida santísimas el Dios supremo quiso llamarse Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Abrahán, por su obediencia, representa la filosofía moral: fue tanta, en efecto, su obediencia y su observancia de los mandatos que, cuando oyó: Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, no vaciló, y en seguida lo hizo; es más, hizo algo aún más grande, pues, cuando oye que inmole a su hijo, ni aún entonces duda, sino que obedece al mandato y, para dar a la posteridad ejemplo de obediencia, que es parte de la filosofía moral, no perdonó ni a su hijo único. También Isaac: representa la filosofía natural cuando cava los pozos y escudriña la hondura de las cosas. Y Jacob, por su parte, representa la filosofía contemplativa, ya que, por causa de su contemplación de las cosas divinas, recibió también el nombre de Israel, vio el campamento del cielo y la casa de Dios, y divisó los caminos de los ángeles, es decir, las escalas tendidas desde la tierra hasta el cielo. De ahí que con toda razón hallamos que estos tres santos varones erigieron altares a Dios, esto es, le consagraron los progresos de su filosofía, evidentemente para hacer saber que talEs progresos no deben atribuirse a las artes humanas, sino a la gracia de Dios. Habitan además en tiendas, para demostrar con ello que quien se dedica a la filosofía divina no puede poseer en la tierra nada propio, sino que siempre debe estar avanzando, no tanto de un lugar a otro, cuanto del conocimiento de lo inferior al conocimiento de lo perfecto. Pero aún hallarás en las divinas Escrituras muchos otros pasajes, que, según este mismo criterio, señalan ese orden que, dijimos, se guarda en los libros de Salomón, sólo que exponerlos ahora nos resulta largo, cuando tenemos entre manos otro tema. Por consiguiente, si alguien ha cumplido el primer capitulo, señalado por los Proverbios, enmendando las costumbres y observando los mandamientos, y luego, tras comprender la vanidad del mundo y considerar la fragilidad de las cosas caducas, consigue renunciar al mundo y a todo lo que en el mundo hay, llegará también a contemplar y desear las realidades invisibles y eternas. Mas, para poder llegar a ellas, necesitamos de la misericordia divina. ¡Ojalá entonces, tras contemplar la belleza del Verbo de Dios, seamos capaces de abrasarnos en saludable amor por él, de suerte que también él se digne amar a esta alma a la que ha visto ansiosa de él!

Después de lo dicho, la ilación del discurso nos está exigiendo que hablemos también del título mismo del Cantar de los Cantares. En realidad, este giro tiene parecido con lo que de la tienda de la Alianza se denomina santo de los santos, con las obras de las obras mencionadas en los Números, y con lo que en Pablo se llama los siglos de los siglos. Ahora bien, cómo se diferencia de lo santo el santo de los santos y en qué se distinguen de las obras las obras de las obras, lo hemos expuesto, según nuestras posibilidades, en sendas homilías sobre el Éxodo y el libro de los Números. Tampoco hemos pasado por alto lo de siglos de los siglos en los pasajes donde aparece, y baste con ello para no andar repitiendo lo mismo. Ahora, pues, comencemos por indagar cuáles son los cantares de los que éste se dice que es el Cantar. Pienso que cantares son aquellos que desde hacía tiempo se venían cantando por obra de los profetas y de los ángeles. Efectivamente, se dice que la ley ha sido administrada por obra de los ángeles en la mano de un mediador, por consiguiente, todo lo que por medio de ello se anunciaba eran cantares que los amigos del esposo hacían preceder. En cambio, éste es el único cantar que, en forma de epitalamio, debía cantar ya el propio esposo a punto de recibir a su esposa. En él la esposa no quiere ya que le canten los amigos del esposo, sino que anhela escuchar las palabras del esposo en persona, presente ya cuando dice: Que me bese con besos de su boca. Es la razón por la que merecidamente se le prefiere a todos los cantares. En efecto, los demás cantares que la ley y los profetas cantaron parecen haber sido cantados a la esposa todavía niña, cuando aún no había penetrado en los umbrales de la edad madura, mientras que este cantar parece estar cantado a la esposa adulta, rebosante de salud y apta para el vigor fecundante del varón y el misterio perfecto. En conformidad con esto se dice de ella que es paloma única y perfecta, y así, en cuanto esposa perfecta de un marido perfecto, ha concebido palabras de doctrina perfecta.

El primer cantar lo cantaron Moisés y los hijos de Israel cuando vieron a los egipcios muertos por la orilla del mar y cuando vieron la mano fuerte y el tenso brazo del Señor y creyeron a Dios y a su siervo Moisés. Entonces cantaron, diciendo: Cantemos al Señor, pues gloriosamente se ha cubierto de gloria. Sin embargo, tengo para mi que nadie puede llegar a este perfecto y místico cantar y a esta perfección de la esposa, tal como se describe en el presente libro, si primero no camina a pie enjuto por medio del mar al hacérsele el agua un muro a derecha y a izquierda y puede así escapar de las manos de los egipcios, de modo que los vea muertos por la orilla del mar y, al mirar la fuerte mano de Dios que mató a los egipcios, crea al Señor y a su siervo Moisés: quiero decir a la ley, a los evangelios y a todas las divinas Escrituras: entonces sí que cantará y dirá con razón: Cantemos al Señor, pues gloriosamente se ha cubierto de gloria. Un canto así lo cantará cualquiera con tal que primeramente se haya librado de la esclavitud de Egipto. Ahora bien, después, cuando haya pasado por todo lo que se describe en el Éxodo y en el Levítico y llegue al punto de ser incorporado al censo divino, entonces cantará, nuevamente, el segundo cantar, en cuanto haya salido del valle de Zared (que significa descenso extraño) y haya alcanzado el pozo del que está escrito: Y dijo el Señor a Moisés: Junta al pueblo, y les daré de beber agua del pozo. Efectivamente, allí cantará y dirá: Dedicadle el pozo. Lo excavaron los príncipes, lo ahondaron los reyes de los pueblos en su reino, cuando los dominaban. Pero sobre esto ya se ha hablado más cumplidamente en el comentario al libro de los Números, según el Señor nos dio a entender. Es, pues, necesario llegar al pozo excavado por los príncipes y ahondado por los reyes, obra en la que ningún plebeyo interviene, sino todos príncipes, todos reyes, es decir, las almas regias y principescas que escudriñan la hondura del pozo de agua viva. Después de este cántico, se llega al cantar del Deuteronomio, del que dice el Señor: Y ahora escribíos las palabras de este cantar, y enseñadlo a los hijos de Israel, y metedlo en sus bocas, para que este cantar me sirva de testigo contra los hijos de Israel. Y mira la importancia y calidad de este cantar, pues para escucharlo no basta la tierra, sino que se convoca al cielo. Dice, en efecto: Escucha, cielo, y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca. Y mira cuán grandes y elevadas son las cosas que se dicen: Espérese como lluvia mi doctrina, y caiga como rocío sobre la grama y como nieve sobre el césped, porque invoqué el nombre del Señor, etc.. El cuarto cantar se halla en el libro de los Jueces, y de él se escribe: Y cantaron Débora y Bareq hijo de Abinoam aquel día diciendo: Al dar comienzo los príncipes de Israel al plan del pueblo, bendecid al Señor. Escuchad, reyes, prestad oídos, etc.. Realmente, la que canta, abeja tiene que ser, cuya obra es de tal naturaleza que tanto los reyes como la gente corriente la usan para curar.

Efectivamente, abeja es lo que significa Débora, la que canta este cantar, aunque también con ella Baraq, y Baraq significa fulguración. Y se canta este cántico después de la victoria, porque nadie puede cantar lo que es perfecto, sin haber vencido antes a los enemigos. Así al menos se dice en el cántico mismo: Despierta, despierta, Débora: aviva a los millares del pueblo. Despierta, despierta: entona un cantar. Despierta, Baraq. Pero también sobre esto hallaréis exposiciones más cumplidas en las breves Homilías que sobre el libro de los Jueces hemos publicado. Después de los anteriores, el quinto cantar está en el libro segundo de los Reyes, cuando David dirigió al Señor las palabras de este cántico el día en que Dios le libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl, y dijo: El Señor es mi roca y mi baluarte; el Señor, mi libertador: mi Dios será mi guardián. Así pues, si también tú puedes considerar atentamente quiénes son los enemigos de David a los que vence y derriba en los dos primeros libros de los Reyes y de qué manera se hizo digno de merecer la ayuda de Dios y el ser librado de todos sus enemigos, entonces también tú podrás entonar este quinto cantar. El sexto cantar está en el primer libro de los Paralipómenos, cuando David, al comienzo, estableció a Asaf y a sus hermanos para alabar al Señor, y el inicio de este cantar es así: Alabad al Señor y dadle gracias, e invocadlo en su nombre. Cantadle y entonadle himnos, contad todas sus maravillas, las que hizo el Señor. Conviene sin embargo saber que el cantar que se halla en el segundo libro de los Reyes es muy parecido al Salmo XVII , mientras que el del libro primero de los Paralipómenos se parece al Salmo CIV en los comienzos, hasta el pasaje donde dice: No hagáis mal a mis protetas. En cambio, lo que viene después de este pasaje tiene semejanza con la primera parte del Salmo XCV, donde se dice: Cantad al Señor la tierra entera, hasta el verso en que dice: Porque viene a juzgar la tierra. Por consiguiente, si con esto debemos dar por cerrado el número de los cánticos, entonces deberá ser puesto en séptimo lugar el presente libro del Cantar de los Cantares. Pero si alguien opina que también debe contarse junto con los demás el cántico de Isaías -por más que no parezca muy acertado pensar que vaya delante el cántico de Isaías, cuando éste escribió en tiempos muy posteriores-, no obstante, si alguien piensa que las palabras de los profetas deben sopesarse, no atendiendo a las épocas, sino al contenido, entonces también incluirá ese cántico y dirá que éste que escribió Salomón es el Cantar, no sólo de los cantares que le precedieron, sino también de los que habrían de cantarse después. Sin duda, si alguien cree que deben tomarse, además, del libro de los Salmos aquellos en que aparece escrito «Cántico» o «Cántico del salmo», entonces se reunirá buen número de cánticos anteriores. Evidentemente, añadirá a los demás el grupo de los quince «Cantos de las subidas», y si busca los sentidos de cada uno de los cánticos y de ellos colige los grados del alma en su progreso y determina el orden y el acuerdo del sentido espiritual, entonces podrá mostrar con qué magníficos pasos la esposa va atravesando por todo eso y llega hasta el tálamo del esposo, yendo al lagar de la tienda admirable, hasta la casa de Dios, entre gritos de júbilo y de alabanza, bullicio de gente festiva; llega, como dijimos, hasta el tálamo mismo del esposo, para escuchar y decir todo lo que se contiene en el Cantar de los Cantares.

Pero antes de entrar en el meollo mismo del libro, podemos todavía indagar lo siguiente: por qué razón Salomón, que en estos tres libros parece obedecer la voluntad del Espíritu Santo, en el libro de los Proverbios se dice: Salomón, hijo de David, que reinó en Israel, mientras que en el segundo libro no se escribe Salomón, sino: Palabras del Eclesiastés, hijo de David, rey de Israel en Jerusalén: igual que en el primero, también aquí se describe como hijo de David y rey de Israel, pero en aquel pone proverbios y en éste palabras, y allí se llama a sí mismo Salomón, aquí, en cambio, Eclesiastés; y mientras allí ponía solamente la nación sobre la que reinaba, aquí nombra no sólo la nación, sino también el lugar del reinado: Jerusalén. Por el contrario, en el Cantar de los Cantares no escribe ni el nombre de la nación ni el lugar donde reina ni siquiera que sea rey ni que tenga por padre a David, sino únicamente: Cantar de los Cantares, que es de Salomón. Y aunque me parezca difícil poder indagar a fondo y comprender las diferencias de estos encabezamientos, o bien, una vez investigadas como sea, sacarlas a la luz y confiarlas a la escritura, con todo, voy a intentar explicarlo brevemente, según lo permita la capacidad de mi inteligencia y la atención de mis lectores. No creo que pueda dudarse de que Salomón representa en muchísimos aspectos la figura de Cristo, ya porque se llama pacifico ya por el hecho de haber venido la reina del Mediodía, desde los confines de la tierra, a escuchar la sabiduría de Salomón. Cristo, pues, reina en Israel en cuanto que se llama hijo de David y en cuanto que reina sobre aquellos reyes respecto de los cuales él mismo se dice rey de reyes. Y además él es también el verdadero Eclesiastés, el cual, siendo de condición divina, se anonadó a si mismo tomando la condición de esclavo para congregar a la Iglesia: de hecho se llama Eclesiastés porque congrega a la Iglesia. Pues bien, ¿quién es tan Salomón, esto es, pacífico, como nuestro Señor Jesucristo, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría, justicia y paz? Por consiguiente, en el libro de los Proverbios, cuando nos instruye en las disciplinas morales, se dice que es rey de Israel, pero no todavía en Jerusalén; razón: aunque nos llamamos Israel a causa de nuestra fe, sin embargo no hemos llegado a tal punto que hayamos alcanzado la Jerusalén celestial. Pero, cuando hayamos progresado y lleguemos al punto de poder asociarnos a la Iglesia de los primogénitos, y cuando, después de haber examinado cuidadosamente las causas primeras y naturales, reconozcamos que la Jerusalén celestial es nuestra madre del cielo, entonces también el mismo Cristo se convertirá ya para nosotros en Eclesiastés, y se dirá que reina, no sólo en Israel, sino también en Jerusalén. Cuando alcance la perfección de todo y se le una la esposa perfecta, por lo menos toda criatura racional, puesto que pacificó por medio de su sangre tanto lo que haya en la tierra como lo que está en los cielos, entonces será llamado Salomón, sin más, cuando haya entregado a Dios Padre el reino, después de haber destruido todo principado y potestad. Porque es preciso que él reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies, y sea destruido el último enemigo: la muerte. Y así, con todo pacificado y sometido al Padre, cuando ya Dios sea todo en todos, se llamará tan sólo Salomón, esto es, el único pacifico. Con razón, pues, en este libro, que debía ser escrito acerca del amor de la esposa y del esposo, y también por este motivo, no va escrito ni «hijo de David» ni «rey» ni título alguno que pueda relacionarse con un concepto corporal, con el fin de que la esposa ya perfecta pueda justamente decir: Y si en algún momento conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así, y nadie pueda pensar que la esposa ama algo corporal o carnal y que su amor está mancillado. Por eso el Cantar de los Cantares es únicamente de Salomón y no del hijo de David ni del rey de Israel, y en ello no se mezcla ni el más mínimo atisbo de nombre carnal. Y no te extrañes de que, siendo único y el mismo nuestro Dios y Salvador, nosotros le consideremos, primeramente, inferior en los Proverbios, luego proficiente en el Eclesiastés y, por último, perfecto en el Cantar de los Cantares, puesto que puedes ver esto mismo escrito en los Evangelios, donde se dice que él progresa por nosotros y en nosotros; así, efectivamente, se cuenta: Jesús progresaba en edad y en sabiduría ante Dios y ante los hombres. Creo, pues, que por todos estos motivos no se escribe ni «hijo de David» ni «rey de Israel», aunque también por otra razón: porque en el Cantar de los Cantares la esposa ha progresado hasta tal punto que ya es algo más que el reino de Jerusalén. Efectivamente, el Apóstol dice que Jerusalén es celestial recuerda que en ella entran los creyentes. Pues bien, el mismo Pablo, cuando define como sumo Pontifice a este esposo hacia el que ahora se apresura la esposa, escribe de él como de quien no está en los cielos, sino que ha atravesado todos los cielos, adonde le sigue también esta su perfecta esposa, más aún, allá sube con él pegada y unida a él, pues se ha hecho un solo espíritu con él. También por este motivo me parece que, al decir a Pedro, que primero no podía seguirle: Adonde yo voy vosotros no podéis venirle, le dijo: Me seguirás más tarde.

Ahora bien, el que haya algo mayor incluso que Israel, lo colegimos del hecho de que en el libro de los Números se hace recuento de todo Israel y, en verdad, las doce tribus de Israel quedan registradas bajo cierto número; en cambio, a la tribu de Levi, como más eminente que las demás, se la mantiene por encima de ese recuento, y en modo alguno se la considera dentro del censo israelita. Dice así, efectivamente: Este es el censo de los hijos de Israel según las casas de sus familias: todo su censo, por escuadrones, es de seiscientos tres mil quinientos cincuenta. Mas los Levitas no se incluyeron en el censo, como lo había mandado Dios a Moisés'. Estás viendo cómo los Levitas, como más excelentes que los hijos de Israel, son puestos aparte y no se les junta en el recuento. Y los sacerdotes, a su vez, serán descritos como superiores a los Levitas. Así está expresado, efectivamente, en la misma Escritura: Y habló Dios a Moisés diciendo: Toma la tribu de los Levitas y ponlos delante del sacerdote Aarón, y que estén a su servicio. ¿Ves cómo también en este pasaje llama a los sacerdotes superiores a los Levitas, y de nuevo pone a los Levitas por encima de los hijos de Israel? Todo esto hemos tenido a bien examinarlo con mayor cuidado porque, con ello, queríamos también mostrar la razón por la que, incluso en los títulos de sus libros, Salomón se sirvió de distinciones necesarias, y desde la misma redacción del título señaló una cosa en los Proverbios, otra en el Eclesiastés y otra también en el Cantar de los Cantares. Y en cuanto al hecho de que en el Cantar de los Cantares, donde ya se pone de manifiesto la perfección, no se escriba ni «hijo de David» ni «rey», todavía se puede añadir lo siguiente: cuando el siervo se haya hecho como el amo y el discípulo como el maestros, parece que ya ni el siervo es siervo, porque se ha convertido en amo, ni el discípulo es discípulo, puesto que se ha convertido en maestro, sino que, en su tiempo, efectivamente, fue discípulo, pero ahora es como el maestro, y en un tiempo fue siervo, pero ahora es como el amo. Por consiguiente parece que también se podrá utilizar un razonamiento semejante acerca del rey y de aquellos sobre quienes reina, cuando ya el reino sea entregado a Dios Padre.

Sin embargo, tampoco se pase por alto el hecho de que algunos escriben como título de este libro: Cantares de los Cantares, lo que está mal escrito, pues no se dice en plural, sino en singular: Cantar de los Cantares. Esto es lo que a modo de prólogo hemos dicho sobre el título mismo del libro. Ahora ya, con la ayuda de nuestro Señor, vamos a acometer el principio de la obra misma. Con todo, que no quede por nosotros sin mencionar también el hecho de que a algunos ha parecido bien investigar todavía más sobre el título o inscripción del libro, que reza así: Cantar de los Cantares, que es de Salomón. En realidad lo entienden como si el autor hubiera dicho que éste es el cantar de los cantares de Salomón, en el sentido de haber señalado el autor que éste era uno más entre sus muchos cánticos. Pero, ¿cómo vamos nosotros a aceptar semejante interpretación, cuando ni la Iglesia de Dios ha recibido para leer ningún otro cántico de Salomón, ni entre los hebreos, de quienes pasó a nosotros la palabra de Dios, se conservan en el canon más que estos tres libros de Salomón que también tenemos nosotros? Con todo, quienes esto afirman quieren corroborar su opinión partiendo de lo que está escrito en el tercer libro de los Reyes, a saber, que existen muchos cánticos de Salomón, y así pretenden confirmar que éste es uno de esos muchos; efectivamente, así está escrito: Y dio Dios a Salomón prudencia y .sabiduría muy grandes, y una anchura de corazón como la arena que está en la orilla del mar. Y la sabiduría se multiplicó en él por encima de todos los antiguos hijos de los hombres y por encima de todos los sabios de Egipto, y aun por encima del ezrajita Etán y de Hemán, Kalkol y Dardá, hijos de Majol; y su nombre se extendió por todos los pueblos circunvecinos. Y pronunció Salomón tres mil parábolas, y sus cánticos fueron cinco mil. Así, pues, quieren que este único cantar que poseemos sea uno de esos cinco mil cánticos: pero a las iglesias de Dios no ha llegado su uso, ni siquiera noticia de dónde y hasta cuándo se cantaron. Pero sería trabajoso y muy ajeno a nuestro propósito querer ahora indagar cuántos libros se mencionan en las divinas Escrituras, de los cuales no se nos ha transmitido una sola cita. Por otra parte, hallamos que ni siquiera entre los judíos se usan tales lecturas, ya sea porque plugo al Espíritu Santo quitarlas de en medio por contener algo que sobrepasaba la inteligencia humana, ya sea porque los antiguos no quisieron darles un sitio ni admitirlas como autoridad, por ser escritos que llamamos apócrifos, a causa de encontrarse en ellos muchas cosas corrompidas y contrarias a la verdadera fe. El pronunciarnos sobre tales puntos sobrepasa nuestras fuerzas. Está claro sin embargo, que tanto los apóstoles como los evangelistas han citado e incluido en el Nuevo Testamento muchos pasajes que nunca leímos en las Escrituras que poseemos como canónicas y que, sin embargo, se hallan en los apócrifos, de los que, evidentemente, están sacados. Pero ni aún así se debe dar lugar a los apócrifos; no se debe, en efecto, traspasar los linderos que establecieron nuestro padres. De hecho pudo ocurrir que los apóstoles y los evangelistas, llenos del Espíritu Santo, supieron qué debían tomar de esos escritos y qué debían rechazar; nosotros, en cambio, no podemos presumir, sin peligro, de nada parecido, pues no tenemos tanta abundancia de espíritu. Por consiguiente, del presente versículo mantenemos aquella versión que ya expusimos, sobre todo porque en él tenemos una distinción clara, cuando dice: Cantar de los Cantares, que es de Salomón. Si el autor realmente hubiera querido que se entendiera que de los cantares de Salomón éste era uno más, con seguridad habría dicho: Cantar de los cantares que son de Salomón, o bien: Cantar de entre los cantares de Salomón. Sin embargo, puesto que dijo: que es de Salomón, demuestra que este Cantar que tenemos en las manos y que él debía cantar es de Salomón. Y tal es el contenido del titulo que propuso.

Veamos, pues, ahora lo que sigue.

LIBRO PRIMERO

¡Que me bese con los besos de su boca!

Conviene recordar cuanto hemos advertido en el prólogo: que este libro, que tiene forma de epitalamio, está escrito a modo de drama. Ahora bien, decíamos que hay drama allí donde se introduce a ciertos personajes que van hablando, mientras otros aparecen bruscamente, se acercan o hacen mutis, y así todo es cuestión de mutación de personajes. Esta, pues, será la forma del libro entero, y a ella iremos adaptando, en la medida de nuestras fuerzas, la exposición histórica. En cambio, la interpretación espiritual, también conforme a lo que señalamos en el prólogo, se ajustará a la relación de la Iglesia con Cristo, bajo la denominación de esposa y de esposo, y a la unión del alma con el Verbo de Dios. Así pues, ahora, según la forma histórica, se introduce a una esposa que recibió del nobilísimo esposo dignísimos regalos de esponsales, a más de la dote, pero que, al demorarse largo tiempo el esposo, se ve atormentada por el deseo de su amor, se consume abatida en su casa y obra en todo de modo que algún día pueda ver a su esposo y disfrutar de sus besos. Y porque ve a su amor demorarse y que ella no puede conseguir lo que desea, recurre a la oración y suplica a Dios, sabiendo que él es el padre de su esposo. Observémosla, pues: levanta sus manos puras sin ira ni contienda, vestida convenientemente, con decencia y modestia, engalanada con los más dignos adornos con que se puede adornar una noble esposa, pero, abrasada por el deseo de su esposo y atormentada por una herida interna de amor, lanza su oración a Dios, como dijimos, y dice de su esposo: ¡Que me bese con los besos de su boca!. Esto es lo que, compuesto en forma de drama, contiene la interpretación histórica.

Veamos ahora si de igual modo se puede adaptar convenientemente una interpretación más interior: que sea la Iglesia la que está ansiosa de unirse a Cristo; y advierte que la Iglesia es la congregación de todos los santos. Pues bien, que esta Iglesia sea como único personaje que representa a todos y que habla diciendo: tengo todo, estoy repleta de regalos, que recibí con motivo de los esponsales y como dote antes de la boda. Hace tiempo, efectivamente, mientras me preparaba para unirme al hijo del rey y primogénito de toda creatura, sus santos ángeles me agasajaron y sirvieron trayéndome como regalo de bodas la ley, pues de hecho se dice que la ley fue administrada por los ángeles en la mano de un mediador. También me sirvieron los profetas. Ellos también, efectivamente, no sólo me dijeron todo cuanto podían para mostrarme y señalarme al Hijo de Dios, con el cual, traídas las que llaman arras y regalos de boda, querían desposarme, sino que también, para inflamarme en amor y deseo de él, con palabras proféticas me anunciaron su venida y, llenos del Espíritu Santo, me pregonaron sus innúmeras virtudes y obras inconmensurables.

También describieron su belleza, su aspecto y su bondad, tanto que con todo esto me inflamaba de amor por él hasta lo insufrible. Pero, como quiera que el mundo está ya casi acabado y él no me hace don de su presencia, y en cambio estoy viendo sólo a sus servidores que suben y bajan hasta mi, por eso lanzo mi oración a ti, Padre de mi esposo, y te conjuro a que tengas compasión de mi amor y al fin me lo envíes, para que no me hable ya más por medio de sus servidores, los ángeles y los profetas, sino que él mismo venga en persona y me bese con los besos de su boca, es decir, infunda en mi boca las palabras de su boca y yo le oiga hablar a él personalmente y le vea enseñar. Estos son, realmente, los besos que Cristo ofreció a la Iglesia cuando en su venida, presente en la carne, le anunció palabras de fe, de amor y de paz, según había prometido y había dicho Isaías cuando fue enviado por delante a la esposa: no un embajador ni un ángel, sino el Señor mismo nos salvará.

Como tercera interpretación, introduzcamos un alma cuya única voluntad sea la de unirse estrechamente con el Verbo de Dios y penetrar en lo interior de los misterios de su sabiduría y de su ciencia como en el tálamo del esposo celestial; y esta alma esté en posesión también de sus regalos, los que le dieron a titulo de dote. En efecto, como la dote de la Iglesia fueron los volúmenes de la ley y de los profetas, así también póngase a cuenta de esta alma, como regalo dotal, la ley natural, la razón y el libre albedrío. Por otra parte, al tener estos dones como dote, la doctrina de su primera instrucción tiene sus orígenes en pedagogos y maestros. Ahora bien, como quiera que en éstos no halla satisfacción plena y perfecta de su deseo y amor, trata de rogar insistentemente que la luz y la presencia del Verbo mismo de Dios iluminen su mente pura y virginal. Realmente, cuando, por ningún servicio de hombre o de ángel, la mente se llena de sentimientos y de pensamientos divinos, crea que es entonces cuando recibe los besos del Verbo mismo de Dios. Por causa de lo dicho y por tales besos, diga el alma orando a Dios: ¡Que me bese con los besos de su boca! En efecto, mientras fue incapaz de captar la pura y sólida doctrina del Verbo mismo de Dios, recibió por necesidad besos, esto es, pensamientos, de la boca de los maestros; pero, cuando por propio impulso haya comenzado ya a distinguir lo obscuro, a desenredar lo intrincado, a desvelar lo implícito y a explicar con apropiadas fórmulas de interpretación las parábolas, los enigmas y las sentencias, crea que entonces es cuando recibe ya los besos de su propio esposo, esto es, del Verbo de Dios. Por otra parte, la razón de haber puesto besos, en plural, es para que podamos comprender que la iluminación de cada pensamiento obscuro representa un beso que el Verbo de Dios da al alma perfecta. Y acaso en relación con esto decía la mente profética y perfecta: Abrí mi boca y atraje al espiritu. Ahora bien, entendamos por boca del esposo la fuerza por la que Dios ilumina a la mente y, como dirigiéndole palabras de amor -con tal que ella merezca comprender la presencia de poder tan grande-, va revelándole todo lo desconocido y obscuro; y este es el beso más verdadero, más suyo y más santo que el esposo, el Verbo de Dios, ha dado a su esposa, esto es, al alma pura y perfecta. Imagen de este beso es el que mutuamente nos damos en la iglesia cuando celebramos los misterios. Por lo tanto, cada vez que en nuestro corazón hallemos sin ayuda de maestros algo que andamos buscando acerca de las doctrinas y pensamientos divinos, creamos que otras tantas veces nos ha besado el esposo, el Verbo de Dios. Pero si no podemos encontrar lo que andamos buscando acerca de los pensamientos divinos, entonces hagamos nuestro el sentir de esta oración y pidamos a Dios la visita de su Verbo, diciendo: ¡Que me bese con los besos de su boca! El Padre conoce, efectivamente, la capacidad de cada alma y sabe en qué momento, a qué alma y qué besos de su Verbo debe dar, esto es, en los pensamientos y en los sentimientos.

Porque son tus pechos mejores que el vino y el olor de tus perfumes superior a todos los aromas (, -).

En primer lugar, como siguiendo la interpretación histórica del drama, entiende que la esposa, con sus manos levantadas hacia Dios, ha lanzado su oración al Padre y ha rogado que su esposo venga ya a ella y le infunda personalmente los besos de su boca. Y mientras rogaba esto al padre, en la misma oración en que dice: ¡Que me bese con los besos de su boca!, va ella preparándose para añadir otras palabras de súplica y pedir que se haga presente el esposo, que se ponga junto a ella cuando ora, que le haga ver sus pechos y que aparezca impregnado de magníficos perfumes, los que conviene para que un esposo huela bien. Pero, cuando la esposa ve que está presente el mismo por cuya presencia oraba, y que, mientras aún está hablando, se le ha otorgado lo que suplicaba y el esposo le ha dado los besos que pedía, alborozada por ello y excitada por la hermosura de sus pechos y la fragancia de sus perfumes, cambia el temor del ruego preparado y se dirige al esposo ya presente; y como había dicho: ¡Que me bese con los besos de su boca! añade luego hablando al esposo ya presente: Son tus pechos mejores que el vino, y el olor de tus perfumes, superior a todos los aromas. Esto, según la interpretación histórica que, como ya dijimos, está construida a modo de drama.

Pero indaguemos ahora qué pueda encerrar una compresión más profunda. En las divinas Escrituras hallamos que la parte principal del corazón recibe diversos nombres, y que estos nombres suelen estar adaptados según los motivos y las materias de que se trata. Efectivamente, a veces se dice corazón, como en: Bienaventurados los limpios de corazón, y con el corazón se cree para la justicia. Indudablemente, si la ocasión es un banquete, se le llamará seno o pecho, según la consideración y el orden de los comensales: así Juan refiere en su Evangelio que un discípulo al que Jesús amaba se recostaba sobre el seno de éste, o sobre su pecho: el mismo a quien Simón Pedro hizo una seña y dijo: Pregúntale de quién está hablando. Entonces él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: Señor, ¿quién es?. En este pasaje se dice evidentemente que Juan reposó sobre la parte principal del corazón de Jesús y sobre los sentidos profundos de su doctrina, y que allí indagaba y escudriñaba a fondo los tesoros de la sabiduría y de la ciencia que se esconden en Cristo Jesús. Y en cuanto a que por seno de Cristo se entiendan las doctrinas sagradas, no creo que parezca indecoroso. Por eso, como íbamos diciendo, en las divinas Escrituras se designa de varias formas la parte principal del corazón, incluso, v.gr., en el Levítico, donde de los sacrificios se manda apartar para los sacerdotes el pecho de la separación y la espaldilla, pasaje en el que el pecho y la espaldilla reservados quieren ser en los sacerdotes la parte principal del corazón y el esplendor de las obras, en que deben sobrepujar a los demás hombres. Pero de esto ya hemos hecho más cumplida exposición en el comentario al libro del Levítico, tal como el Señor se digna concedérmelo. Según esto, pues, también en el pasaje que nos ocupa, puesto que al parecer se trata de un drama de amor, interpretamos los pechos como la parte principal del corazón, de modo que eso parezca significar lo que se dice: Tu corazón y tu mente, esposo mío, es decir, los pensamientos que hay dentro de ti y la gracia de la doctrina, son mejores que todo el vino que suele alegrar el corazón del hombre.

Efectivamente, como respecto de aquellos de quienes se dice: Porque ellos verán a Dios parece que «corazón» está dicho con toda propiedad, y como respecto de los comensales se pone «seno» o «pecho», indudablemente es atendido al porte de los comensales y a la forma del banquete; y aún, como entre los sacerdotes se designa al pecho y a la espaldilla con palabras misticas, así también en el presente pasaje, donde se describe el porte y los coloquios de los amantes, creo que también y de forma gratísima esa misma parte principal del corazón está nombrada en los pechos. Por eso son buenos los pechos del esposo, porque en ellos se ocultan de sabiduría y de ciencia.

Por otra parte, la esposa compara estos pechos con el vino, pero los compara de tal manera que los pone por delante. Por vino, en cambio, debemos entender los pensamientos y las doctrinas que la esposa, antes de la venida del esposo, solía recibir por medio de la ley y de los profetas. Pero ahora, al considerar esta doctrina que mana del pecho del esposo, se queda estupefacta de admiración, pues le ve incomparablemente superior a la otra que, antes de la venida del esposo, la había alegrado como vino espiritual que le servían los santos padres y los profetas, los cuales también plantaron esta clase de viñas, como Noé, el primero, e Isaías en un fértil recuesto , y las cultivaron. Por eso ahora ella, al ver cuán grande era en el esposo la preeminencia de sus pensamientos y de su ciencia, y que de él emana una doctrina muchísimo más perfecta que la existente entre los antiguos, dice: Son tus pechos mejores que el vino, es decir, mejores que aquella doctrina con que me alegraban los antiguos. Sin duda hemos de entender que de este vino de los antiguos habla el Eclesiastés cuando dice: Dije yo en mi corazón: Ven, y te probaré en la alegría; mira, en el bien, y hablando de las viñas, dice nuevamente el mismo Eclesiastés: Engrandecí mi obra, me construí casas, me planté viñas y me hice huertos y jardines, etc.. Por otra parte, hay también algunos servidores de esta mística viña que se llama escanciadores, y por eso dice también: Y me hice con cantores y cantoras para delicia de los hijos de los hombres, con escanciadores y escanciadoras. Mira pues si, tanto aquí como en otros pasajes, podríamos entender que el Salvador mezcla con el vino añejo el nuevo que mana caudaloso de sus pechos, cuando María y José que le buscaban lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles, ante el pasmo de todos por sus respuestas. Pero quizá también el objeto de esta imagen se cumplió cuando, subido en el monte, enseñaba a las gentes y decía: Se dijo a los antiguos: No matarás; mas yo os digo:Cualquiera que se enoje sin razón con su hermano será culpable. y también: Se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; mas yo os digo: cualquiera que mire a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Por consiguiente, en la medida en que esta su doctrina sobrepuja a la antigua, así la esposa entiende y declara que sus pechos son mejores que el vino. Pero no menos se refiere a lo mismo el hecho de que el Hijo del hombre sea llamado comilón y bebedor, cuando dice: ¡Vaya un comilón y un bebedor de vino!. Y tal fue, creo, el vino aquel de Cana de Galilea que se estaba bebiendo en un banquete de bodas: cuando éste se acabó, Jesús hizo otro vino del que el maestresala atestiguó que era muy bueno y mucho más excelente que el vino ya agotado: Todo el mundo pone primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el inferior; tú en cambio has guardado el buen vino hasta ahora.

Por lo que atañe a Salomón, al que tanto admiró la reina de Saba por la sabiduría que había recibido de Dios, y que vino para ponerlo a prueba con sus preguntas, escucha también a la Escritura cuando refiere en qué cosas centró su admiración dicha reina: Y vio la reina de Saba toda la sabiduría de Salomón y la casa que habla edificado, los manjares de su mesa, el asiento de sus siervos, el porte de los que le servían y sus vestidos, sus escanciadores y los holocaustos que ofrecía en la casa de Dios, y quedó pasmada.... Advierte, pues, en este pasaje cómo la que viniera desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón admira también, entre otras cosas, los manjares de su mesa y los escanciadores de vino, y se dice que, por ello, quedó pasmada. Pero no sé yo si nosotros podemos pensar que una reina que había venido de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón fuera tan inepta, que admirase los manjares corporales, el vino corriente y los coperos sirviendo al rey, pues ¿qué podría parecer a la reina digno de admiración en todo eso, que es común a casi todos los hombres? Sin embargo, a mí me parece que admiró los manjares de su doctrina y el vino de los pensamientos que él predicaba, gracias a la sabiduría divina. Este era también el vino al que se refiere Jeremías hablando de los hijos de Jonadab, hijo de Recab: en el tiempo en que los pecados del pueblo estaban en toda su fuerza y amenazaba la cautividad por causa de la iniquidad de la gente, fueron ellos invitados a beber vino, pero respondieron que su padre Jonadab les había mandado que jamás bebieran vino, ni ellos ni sus hijos, y que no edificaran casas ni sembraran simientes ni plantaran viñas, sino que toda su vida habitaran en tiendas. Y Dios los aplaudió, porque habían guardado el mandato de su padre y no habían querido beber vino. Y es que entonces, por causa de los pecados y la maldad del pueblo, su cepa era de la vid de Sodoma, y sus pámpanos, de Gomorra; sus uvas, uvas de ira, y sus racimos, amargos: ponzoñas de áspides y veneno de víboras era su vino. Por esta razón, pues se considera dignos de alabanza a los hijos de Jonadab: rehusaron aceptar y beber semejante vino, es decir, los pensamientos envenenados y ajenos a la fe de Dios. Y quizá también por eso mismo hirió Dios las viñas de los egipcios, como está escrito en el salmo, para que no produjeran tal vino. Por consiguiente, si hemos comprendido las diferencias del vino y hemos reconocido que corresponden a la diversidad de las doctrinas, entonces, en lo que dice la esposa: Porque son tus pechos mejores que el vino, por vino entendamos en todo caso el buen vino, no el malo, pues, de hecho, las doctrinas del esposo se prefieren en su comparación con las doctrinas buenas, no con las malas.

Efectivamente, el buen vino lo había gustado antes en la ley y en los profetas, y con él la esposa se había como predispuesto a recibir la alegría del corazón y a prepararse de tal modo que pudiera ganarse también la que había de venirle por los pechos mismos del esposo, una doctrina que a todas supera en excelencia, y por eso dice: Son tus pechos mejores que el vino. Y veamos si todavía podemos adaptar a esta idea aquella parábola del Evangelio que dice: El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; si un hombre lo encuentra, vuelve a esconderlo y, de la alegría que tiene, va y vende todo lo que posee y compra el campo aquel. El tesoro, pues, no está escondido en algún lugar desierto, ni en los bosques, sino en un campo labrantío. En todo caso es posible que dicho campo tuviera también viñas, para producir vino, y que además tuviera el tesoro a causa del cual quien lo halló vende todo y compra aquel campo. Por eso el comprador del campo puede decir que es bueno el tesoro que está en el campo, más que el vino que hay en él. Y por lo mismo es bueno también el esposo y buenos los pechos del esposo, que están como tesoro escondido en la ley y en los profetas, mejores que el vino que hay en estos, es decir, mejores que la doctrina manifiesta y que alegra a quienes la escuchan.Buenos son, pues, los pechos del esposo: en él, efectivamente, hay escondidos tesoros de sabiduría y de ciencia, los cuales, cuando hayan sido descubiertos y revelados a los ojos de la esposa, le parecerán incomparablemente más excelentes que lo fuera antes este vino de la ley y de los profetas.

Ahora bien, si además, en virtud de la tercera interpretación, hemos de referir este pasaje al alma perfecta y al Verbo de Dios, podemos decir que, mientras uno es párvulo y todavía no se ha consagrado por entero a Dios, bebe el vino que produce aquel campo que tiene también escondido dentro de sí un tesoro, y al beber, se alegra con ese vino. Pero, cuando se haya consagrado y ofrendado a Dios y se haya convertido en nazir, haya encontrado el tesoro escondido y haya llegado a los pechos mismos y fuentes del Verbo de Dios, entonces jamás beberá ya vino ni licor, y dirá al mismo Verbo de Dios, refiriéndose a estos tesoros de ciencia y sabiduria que están escondidos en él: Porque son tus pechos mejores que el vino.

Están, por otra parte, los perfumes del esposo, con cuya fragancia se deleita la esposa, que dice: El olor de tus perfumes, superior a todos los aromas. Son los aromas una especie de perfumes. La esposa, por su parte, ha usado ya y conocido algunos aromas, es decir, las palabras de la ley y de los profetas, con las cuales, sin embargo, antes de venir al esposo, ella se había instruido, aunque moderadamente, y se había ejercitado en el culto de Dios, obrando todavía como niña y bajo tutores, administradores y pedagogos, Pues la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo. Todos éstos eran los aromas con que la esposa parecía nutrirse y prepararse para su esposo. Pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos y ella creció y el Padre envió a su Unigénito, ungido por el Espíritu Santo, a este mundo, la esposa aspiró la fragancia del perfume divino y, percibiendo que todos los aromas que antes había usado eran con mucho inferiores en comparación con la suavidad de este nuevo y celestial perfume, dice: El olor de tus perfumes, superior a todos los aromas. Ahora bien, el mismo Cristo es llamado, no sólo esposo, sino también pontifice: pontífice, en cuanto que es mediador entre Dios, el hombre y toda creatura, por la cual se hizo propiciación ofreciéndose a sí mismo como victima por los pecados del mundo; y esposo, en cuanto que se une a la Iglesia que no tiene mancha ni arruga ni cosa parecida. Considera, pues, si aquel perfume pontifical del que en el Éxodo se manda que se confeccione con arte de perfumista, no está acaso en relación con este otro perfume que ahora la esposa percibe y admira: al ver que aquellos aromas de que se componía el perfume con que fue ungido Aarón eran terrenales y de materia corporal, y que en cambio este perfume con que ahora ve ungido al esposo es espiritual y celestial, justamente dice: Y el olor de tus perfumes, superior a todos los aromase. Veamos, pues, cómo está compuesto aquel perfume Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Toma flor de mirra escogida,  siclos; de cinamomo oloroso,  siclos; de caña suave,  siclos; de casia,  siclos (según el siclo del santuario), y de aceite de oliva un hin; y harás el óleo de la unción sagrada según el arte del perfumista. Ciertamente la esposa había oído que estos pormenores estaban consignados en la ley, pero es ahora cuando comprende su razón y su verdad. Mira, pues, cómo esos cuatro ingredientes del susodicho perfume representaban la encarnación del Verbo de Dios, pues éste tomó un cuerpo compuesto de cuatro elementos. En este cuerpo, la mirra aquella indicaba su muerte, la que asumió, ya como pontífice por el pueblo, ya como esposo por la esposa. Ahora bien, el hecho de que no estuviera escrito simplemente mirra, sino flor de mirra escogida, indicaba, no sólo su muerte, sino también que él seria el primogénito de los muertos y que cuantos fueren plantados juntamente con él por la semejanza de su muerte habían de ser, no sólo llamados, sino también escogidos. En cuanto al cinamomo, se le llama inmaculado indudablemente por causa de la Iglesia, que él purificó mediante el baño del agua y que hizo inmaculada, sin mancha ni arruga ni cosa parecida. Pero además se utiliza la caña, porque su lengua es también caña de escribano que escribe ágilmente: con el matiz de la suavidad, indica la gracia de la doctrina. También se añade la casia, que, según dicen, da calor y abrasa en sumo grado: con ella se da a entender, ya el ardor del Espíritu Santo, ya el del juicio futuro por medio del fuego. Por lo que hace a los números  y , el primero simboliza místicamente los cinco sentidos de Cristo centuplicados en su perfección, y el segundo-el número del perdón, el  multiplicado por cinco-significa el perdón de los pecados otorgado por medio de él. Ahora bien, todos estos ingredientes se mezclan en el aceite puro, con lo cual se da a entender que sólo por misericordia ocurrió que el que era de condición divina tomara la condición de esclavo, o bien que todos los elementos que en Cristo habían sido tomados de la substancia material, por la acción del Espíritu Santo fueron reducidos a la unidad y a la única forma que se convirtió en la persona del mediador. Por esa razón aquel aceite material no podía llamarse de ninguna manera óleo de alegria. En cambio, este otro aceite, es decir el perfume del Espíritu Santo con el que fue ungido Cristo y cuyo olor percibe ahora y admira la esposa, con toda razón se llama óleo de alegría, pues el gozo es fruto del espíritu: con este óleo ungió Dios al que amó la justicia y odió la impiedad. Por eso mismo se dice que el Señor su Dios le ha ungido con óleo de alegría más que a sus compañeros. Y de ahí también que el olor de sus perfumes sea superior al de todos los aromas.

Por otra parte, nos servimos de semejante interpretación incluso si trasladamos este discurso y lo aplicamos a cada alma que vive en el amor y deseo del Verbo de Dios y que ha ido recorriendo, por su orden, todas las doctrinas en las que se ejercitó y se instruyó antes de conocer al Verbo de Dios y que provenían, bien de las escuelas de moral, bien de las escuelas de filosofía de la naturaleza. Indudablemente, para ella estas doctrinas eran en cierta manera aromas; porque en las unas se consigue una instrucción estimable y la enmienda de las costumbres, y en las otras se descubre la vanidad del mundo y se desdeñan las falsas maravillas de las cosas caducas. Por tal razón todas esas doctrinas eran como aromas y olores, perfumes del alma. Pero, cuando uno ha llegado a la ciencia de los misterios y de las doctrinas divinas; cuando se ha acercado a las puertas de la sabiduría misma, y no de la sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que se van consumiendo, sino de la misma sabiduría de Dios, de la que se habla entre los perfectos; cuando se reveló a los hijos de los hombres el misterio que habían ignorado las generaciones precedentes; cuando, repito, el alma se eleva al conocimiento de secreto tan grande, entonces dice con toda razón: El olor de tus perfumes -es decir, el conocimiento espiritual y místico- es superior a todos los aromas- es decir, a la filosofía moral y a la de la naturaleza.

Sin embargo no pasemos por alto el hecho de que en algunos ejemplares, en vez de la lectura: Porque son tus pechos mejores que el vino, hemos hallado escrito: Porque son tus palabras mejores que el vino; pues bien, a pesar de que esto tiene el mismo significado, aunque más claro, eso sí, que lo expuesto por nosotros desde la interpretación espiritual, no obstante, conservamos en todo la versión de los LXX, pues estamos ciertos de que el Espíritu Santo quiso que en las divinas Escrituras la naturaleza de los misterios estuviera encubierta y no expuesta abiertamente y a la vista de todo.

Perfume derramado es tu nombre, por eso las doncellas te amaron y te atrajeron en pos de sí. Correremos al olor de tus perfumes (, -).

En este pasaje ocurre que la interpretación histórica es precisamente la misma que en los anteriores, hasta que se dé un cambio de personaje: Indudablemente así lo exige el orden del drama, que nosotros hemos aceptado en esta exposición.

Realmente en estas palabras se puede ver una profecía avanzada por el personaje de la esposa acerca de Cristo, en el sentido de que, en la venida de nuestro Señor y Salvador, su nombre alcanzaría tal difusión por toda la tierra y por el mundo entero, que un delicado olor sería percibido en todo lugar, como dijo también el Apóstol: Pues nosotros somos el buen olor de Cristo en todas partes; para los unos, olor que de la muerte lleva a la muerte; para los otros, olor que de la vida lleva a la vida. Evidentemente, si hubiera sido para todos olor de vida que lleva a la vida, con seguridad hubiera dicho también aquí: Todos te amaron y te atrajeron a sí. Sin embargo dice: Cuando tu nombre se hizo perfume derramado, te amaron, no aquellas almas añosas y revestidas del hombre viejo, ni las llenas de arrugas y de manchas, sino las doncellas, esto es, las almas que están creciendo en edad y en belleza, que cambian constantemente y de día en día se van renovando y se revisten del hombre nuevo que fue creado según Dios. Pues bien, por causa de estas almas doncellas y en pleno crecimiento y progreso de la vida, se anonadó aquel que tenía la condición de Dios, a fin de que su nombre se convirtiera en perfume derramado, de modo que el Verbo no siguiera habitando únicamente en una luz inaccesible ni permaneciera en su condición divina, sino que se hiciera carne, para que estas almas doncellas y en pleno crecimiento y progreso no sólo pudieran amarlo, sino también atraerlo hacia sí. Efectivamente, cada alma atrae y toma para sí al Verbo de Dios según el grado de su capacidad y de su fe. Ahora bien, cuando las almas hayan atraído a si al Verbo de Dios y lo hayan introducido en sus sentidos y en sus inteligencias y hayan sentido la suavidad de su encanto y de su olor; cuando hayan percibido la fragancia de sus perfumes, a saber: cuando hayan conocido la razón de su venida, las causas de la redención y de la pasión y el amor que movió al inmortal a llegar hasta la muerte de cruz por salvar a todos, estimuladas por todo esto como por el olor de un perfume inefable y divino, las doncellas, esto es, las almas llenas de fuerza y de vivo entusiasmo, corren en pos de él y al olor de su fragancia, y no despacio y con paso tardo, sino apresurándose con veloz carrera y total diligencia, como aquel que decía: Corro de modo que alcance el premio. Sin embargo, en cuanto al pasaje: Perfume derramado es tu nombre, por eso las doncellas te amaron y te atrajeron en pos de sí. Correremos al olor de tus perfumes: Atraen a Cristo hacia si las doncellas si verdaderamente se entiende de la Iglesia, que, por ser perfecta, es una. Las doncellas, en cambio, son muchas, porque todavía se están instruyendo y van progresando. Por eso éstas atraen a Cristo mediante la fe, porque Cristo, cuando ve a dos o tres reunidos en la fe de su nombre, allá va y está en medio de ellos, atraído por su fe e incitado por su unanimidad.

Pero si, por la tercera interpretación, conviene entender este pasaje del alma que sigue al Verbo de Dios, cualquier alma que primeramente se haya instruido en las cuestiones morales y luego se haya ejercitado también en las de la naturaleza, gracias a todo cuanto arriba dijimos que en esta disciplina se enseña: enmienda de las costumbres, conocimiento de las cosas y disciplina integra, un alma tal atrae a si al Verbo de Dios, y él se deja atraer de buena gana, pues viene con grandísimo placer a las almas instruidas, y con gran condescendencia acepta y bondadosamente concede que ellas le atraigan. Por cierto, me pregunto: si sólo su nombre, por haberse hecho perfume derramado, ha podido obrar tanto y estimular a las doncellas de tal manera que primero le atraen a si y cuando ya lo tienen con ellas perciben el olor de sus perfumes y al punto se lanzan a correr en pos de él; repito: si todo esto lo ha realizado sólo con su nombre, ¿qué piensas que hará con su misma substancia? ¿Qué fuerza y qué vigor no recibirán de ella estas doncellas, si alguna vez pueden de algún modo llegar a su misma substancia incomparable e inefable? Tengo para mí que, si alguna vez llega a esto, ya no caminarán ni correrán, sino que, encadenadas por su amor, estarán amarradas a él, de modo que no haya en ellas lugar ya para la movilidad, sino que serán un solo espíritu con él y se cumplirá en ellas lo que está escrito: Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que también éstos sean uno en nosotros.

Ahora, sin embargo, en el entretanto y por lo que parece, la esposa, con muchas doncellas unidas a ella- innumerables, dice luego-recuerda que, prisionera de un solo sentido, esto es, solamente del olfato, corre al olor de los perfumes del esposo, ya sea porque ella misma necesita correr y progresar todavía, ya sea porque, aunque ella sea perfecta, por esas doncellas que aún necesitan correr y progresar, declara que también ella corre, lo mismo que aquel que, sin estar él personalmente bajo la ley, se pone bajo la ley, para ganar a los que están bajo la ley; más todavía, aún estando bajo la ley de Cristo, sin embargo, por los que no tienen ley, él mismo se hace sin ley, con tal de salvar a los que están sin ley. Y esto ocurre, como dijimos, cuando esas almas todavía no han percibido más que su olor. ¿Qué piensas que harán cuando el Verbo de Dios haya ocupado también su oído, su vista, su tacto y su gusto, y haya proporcionado a cada uno de los sentidos facultades emanadas de él y apropiadas a la naturaleza y capacidad de aquellas? Así el ojo, en cuanto logre ver su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, ya no querrá en adelante ver ninguna otra cosa, ni el oído oir a nadie, sino al Verbo de vida y de salvación. Ni la mano que haya tocado al Verbo de vida tocará ya nada material, frágil o caduco, ni el gusto, cuando haya gustado la bondad del Verbo de Dios, su carne y el pan que baja del cielo, soportará ya el gustar otra cosa, después de esto. El hecho es que, en comparación con la dulzura y suavidad del Verbo, cualquier otro sabor le parecerá áspero y amargo, y por ello sólo de él se alimentará. En él, efectivamente, hallará toda la suavidad que pueda desear, pues se adapta y acomoda a todo. Así, para quienes son reengendrados de semilla incorruptible, se convierte en leche espiritual y sin engaño; en cambio, para los que flaquean en algo, se ofrece como verdura, conforme el amor y gracia de su hospitalidad; y para quienes, por su capacidad de recibir, tienen los sentidos ejercitados en discernir el bien y el mal, se presenta como manjar sólido. Si, finalmente, hay algunos que salieron de Egipto y, en seguimiento de la columna de fuego y de la nube, llegaron al desierto, baja él del cielo hasta ellos y les ofrece un manjar menudo y sutil, parecido al angélico, de suerte que el hombre puede comer el pan de los ángeles. Tiene además en sí mismo otras innumerables diferencias de manjares que nadie podrá comprender mientras esté revestido de piel, carne y nervios. Sin embargo, quien fuere digno de morir y estar con Cristo y quien, por ser hallado fiel en lo poco, fuere puesto al frente de lo mucho, éste gustará y penetrará en el goce del Señor, conducido a un lugar que, por la abundancia y la variedad de tales manjares, recibe el nombre de lugar de delicias. Por eso también se dice que es puesto en el Edén, que indica las delicias. Allí, efectivamente, se le dice: Deléitate en el Señor. Pero no se deleitará con un solo sentido, el de comer y gustar, sino también con el oído, con la vista, con el tacto y con el olfato, pues correrá al olor de su perfume. Y así se deleitará con todos sus sentidos en el Verbo de Dios el que haya llegado a la cima de la perfección y de la dicha.

De ahí que nosotros, al estar en estos lugares de acá, roguemos encarecidamente a nuestros oyentes que mortifiquen los sentidos carnales, para que nada de cuanto decimos lo entiendan según las pasiones corporales, sino que, para comprenderlo, utilicen aquellos sentidos más divinos del hombre interior, como nos enseña Salomón cuando dice: Entonces hallarás un sentido divino; y también como Pablo escribe a los Hebreos acerca de los perfectos-según recordamos arriba-que tienen sus sentidos ejercitados en discernir el bien y el mal, con lo cual mostraba que en el hombre hay, además de estos cinco sentidos corporales, otros tantos que deben buscarse con el ejercicio y que decimos estar ejercitando cuando, por ejemplo, examinamos el significado de las cosas con una penetración más sutil. Indudablemente no se ha de escuchar a la ligera y por simple gusto lo que el Apóstol dice de los perfectos: que tienen sus sentidos ejercitados en discernir el bien y el mal. Para que esto quede más claro, tomemos un ejemplo de estos sentidos corporales y así, finalmente, pasaremos en seguida a los sentidos divinos que la Escritura llama sentidos del hombre interior. Efectivamente, si el ojo corporal ejercita la vista y ningún obstáculo se lo impide, entonces capta íntegramente y sin engañarse no sólo los colores, sino también el tamaño y las cualidades de los cuerpos. En cambio, si la vista queda impedida por un enturbiamiento o por cualquier otra debilidad y toma por rojo lo blanco y por verde lo negro, y piensa que algo está derecho cuando realmente se ha encorvado y torcido, entonces indudablemente el juicio de la mente se verá perturbado y la acción lo acusará. De modo parecido, si la vista interior no se ejercita por la instrucción y la actividad para, a fuerza de práctica, ser capaz de discernir el bien y el mal, sino que la ignorancia y la torpeza caen como una niebla en los ojos, o bien aparece en éstos una enfermedad de resultas de algún vicio, como en los ciegos por causa de sus desenfrenos, de ninguna manera podrá ver la distinción entre el bien y el mal, y, en consecuencia, ocurrirá que obrará el mal en vez del bien y despreciará el bien en lugar del mal. Conforme a este ejemplo de la vista del cuerpo y del alma que acabamos de tratar, si vas también aplicando a los sentidos del alma lo que corresponde a los sentidos corporales del oído, del gusto, del olfato y del tacto, sobre todo en lo tocante a las facultades más peculiares de cada uno, a buen seguro conocerás claramente en qué se debe ejercitar y cómo se debe enmendar cada sentido.

Todo esto, sin embargo, lo hemos expuesto en una digresión algo más amplia, porque queríamos demostrar que el olfato de la esposa y de las doncellas, con el que perciben el olor del perfume del esposo, no se refiere al sentido corporal, sino al olor divino del que también llamamos hombre interior. Así pues, este sentido del olfato, cuando en un hombre está sano e íntegro, una vez percibido el olor de Cristo, conduce de la vida a la vida. En cambio, si no está sano, una vez percibido ese olor precipita de la muerte en la muerte, según aquello que decía: Porque somos el buen olor de Cristo; para unos, ciertamente, olor de vida que conduce a la vida; para otros, en cambio, olor de muerte que conduce a la muerte. Por último, también los conocedores de las hierbas y peritos en perfumes refieren que existen perfumes cuyo olor es tal que, si algunos animales lo perciben, enseguida mueren, mientras que otros, por el contrario, con ese mismo olor se restablecen y reviven.

También ahora, en estas mismas interpretaciones y pláticas que nos ocupan, parece que unos tengan vida de vida; otros en cambio, muerte de muerte. Efectivamente, si escucha esta interpretación el que llamamos hombre animal, que es incapaz de percibir y entender las cosas del espíritu de Dios, sin duda alguna se burlará y afirmará que son cosa boba y vacua y que estamos tratando de sueños en vez de las causas de las cosas y de la doctrina divina. Para estos, pues, el olor este del Cantar de los Cantares conduce de la muerte a la muerte, a saber, de la muerte de la infidelidad a la muerte del juicio y de la condena. Sin embargo, los que siguen el sentido espiritual y sutil y entienden que hay más verdad en las cosas que no se ven que en las que se ven, y que ante Dios se consideran más verdaderas las realidades invisibles y espirituales que las visibles y corporales, éstos decidirán sin la menor vacilación que deben hacer suya, y seguir, esa interpretación. Reconocen, efectivamente, que tal es el camino para comprender la verdad, por el que se llega hasta Dios. Ahora bien, si verdaderamente es ajeno a la fe el que juzga tontas y risibles estas cosas, nada tiene de extraño. Pero, si es uno de los que parecen creer y aceptar la autoridad de las Escrituras y, sin embargo, no acepta esta clase de interpretación espiritual, sino que se mofa de ella y la critica, intentaremos instruirle y convencerle, partiendo de otros lugares de las Escrituras, por si de esta manera puede recobrar el buen sentido. Le diremos cosas por el estilo de lo que sigue. Está escrito: El precepto del Señor es lúcido y alumbra los ojos; dígannos, pues, qué ojos son los que alumbra la luz del precepto. Y nuevamente: El que tenga oídos para oir, que oiga. ¿Qué oídos son éstos, pues sólo el que los tiene, sólo él, se dice que oye las palabras de Cristo? Y además: Pues somos el buen olor de Cristo. Y en otro lugar: Gustad y ved qué bueno es el Señor. ¿Y qué dice el otro? Lo que tocaron nuestras manos del Verbo de la vida. ¿Piensas que con todos estos pasajes no se sentirá sacudido, de modo que se dé cuenta de que todo eso no se dijo de los sentidos corporales, sino de los que, según hemos enseñado, se encuentran en el hombre interior de cada uno? ¡A no ser que el tal esté obrando por puro vicio pendenciero y de jactancia! En ese caso, como quiera que dichos vicios son causa de que la vista interior se ciegue, el olfato se cierre y el oído se endurezca, es natural que no pueda ver ni oir lo espiritual ni tampoco percibir este olor de Cristo, al contrario de estas doncellas que ahora, por tener este sentido bien sano y vigoroso, no bien lo perciben, corren tras él al olor de sus perfumes y, al correr, no desfallecen ni se fatigan, puesto que están en plena forma, reanimadas constantemente por la suavidad del olor mismo que de la vida conduce a la vida.

Todavía puede interpretarse del modo siguiente también el pasaje que dice: Perfume desvanecido es tu nombre, por eso las doncellas te amaron. El Hijo unigénito de Dios, siendo de condición divina, se anonadó y tomó la condición de esclavo. Se anonadó, indudablemente, desde la plenitud en que estaba. Por eso, quienes dicen que de su plenitud hemos recibido todos nosotros son las doncellas mismas, las cuales, al recibir de aquella plenitud de la que él se anonadó-por lo que su nombre se convirtió en perfume desvanecido-dicen: En pos de ti correremos al olor de tus perfumes. Efectivamente, si no hubiera hecho desvanecerse el perfume, esto es, la plenitud del espíritu divino, y no se hubiera humillado hasta la condición de esclavo, nadie hubiera podido acogerlo en aquella plenitud de divinidad, a no ser, quizá, únicamente la esposa, puesto que parece indicar que este perfume desvanecido fue causa de amor, no en ella, sino en las doncellas, pues dice así: Perfume desvanecido es tu nombre, por eso las doncellas te amaron. Como si dijera: Las doncellas, es cierto, te han amado porque te anonadaste vaciándote de la condición divina y tu nombre se convirtió en perfume desvanecido; yo en cambio te amé, no por el perfume desvanecido, sino por la misma plenitud de tus perfumes. Esto es lo que indica en el lugar donde dice: El olor de tus perfumes, superior a todos los aromas. En cuanto al hecho cierto de decir ella misma que también correrá tras él con las doncellas, digo que tiene por causa lo siguiente: Cada perfecto se hace todo para todos, para ganarse a todos, como explicamos más arriba.

El rey me introdujo en su cámara del tesoro; exultemos y alegrémonos en ti (,).

Después de haber indicado la esposa al esposo que las doncellas, prendidas de su olor, correrían en pos de él y que ella misma correría con ellas, para darles ejemplo en todo, ahora, como si ya hubiera alcanzado el premio por haber corrido junto con las que corrían, dice que el rey la ha introducido en su cámara del tesoro, para que en ella viera todas las reales riquezas. Y tiene absoluta razón de alegrarse y exultar por ello, como es natural en quien podía ya ver los secretos y misterios del rey. Esta es, siguiendo el orden propuesto del drama, la interpretación literal.

Mas, como quiera que la realidad de que se trata es la Iglesia que viene a Cristo o el alma unida al Verbo de Dios, ¿qué otra cosa hemos de pensar que es la cámara del tesoro de Cristo y el depósito de Dios en que Cristo introduce a la Iglesia o al alma que le está unida, sino su mismo sentido secreto y recóndito, del que ya Pablo decía: Pero nosotros poseemos el sentido fiara conocer lo que Dios nos ha dador? Es esto lo que ni el ojo vio ni el oído oyó ni subió al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman. Por tanto, cuando Cristo introduce a un alma en la inteligencia de su sentido, entonces esa alma se dice introducida en la cámara del tesoro del rey, donde están ocultos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia. Con todo, puede parecer algo sin importancia el que, habiendo podido decir: Me introdujo mi esposo o mi amado o algo parecido, como acostumbra, ahora, porque iba a nombrar la cámara del tesoro, dijera cámara del tesoro del rey, en vez de poner cualquier otro nombre por el que, acaso, pudiera entenderse alguien de condición modesta. Sin embargo, yo creo que en este pasaje se nombra al rey porque se quiere hacer ver, por este nombre, que la cámara del tesoro es riquísima, como del rey, y está repleta de grandes, inmensas riquezas. Para decirlo todo, tengo para mí que cerca de este rey estuvo también aquel que dijo haber sido arrebatado hasta el tercer cielo y de allí al paraíso, y haber oído palabras inefables que el hombre no puede pronunciar. Efectivamente, ¿Qué palabras crees que son las que oyó? ¿No las oyó del rey? ¿No las oyó en la cámara del tesoro o cerca de ella? Y esas palabras, creo, eran tales que le exhortarían a un mayor progreso y le prometerían que, si perseveraba hasta el fin, también él podría entrar en la cámara del tesoro, según lo que, también por medio del profeta, se promete: Te daré los tesoros ocultos, escondidos, invisibles. Te los abriré, para que sepas que yo soy el Señor tu Dios, el que te llamó por tu nombre, el Dios de Israel.

Corren, pues, las doncellas en pos de él y a su olor, cada cual según sus fuerzas, una más rauda, otra algo más tarda, otra aún más lenta que el resto, en el último lugar, y otra en el primero. Sin embargo, todas corren, aunque sólo una es perfecta: la que corre de modo que llega y recibe sola el premio. Una sola es, en efecto, la que dice: El rey me introdujo en su cámara del tesoro, mientras que antes había dicho, no de ella sola, sino de muchas: Correremos en pos de ti, al olor de tus perfumes. Es, pues, introducida en la cámara del tesoro del rey y se convierte en reina, y ella es de la que se dice: Está la reina a tu derecha, con vestido dorado, envuelta en bordado. En cambio, de las doncellas que habían corrido tras ella y que se había rezagado en la carrera a bastante distancia, se dice: Serán llevadas al rey las vírgenes tras ella; sus compañeras te serán traídas a ti; serán traídas entre alegría y algazara; serán introducidas en el palacio real. Pero respecto de esto, debemos también advertir que, así como el rey tiene una cámara del tesoro en la que introduce a la reina y esposa suya, así también la esposa tiene su propia cámara del tesoro y, cuando entra en ella, el Verbo de Dios la invita a cerrar la puerta, y, con todas aquellas sus riquezas ya a buen recaudo en la cámara, a orar al que ve en lo oculto y mira cuántas riquezas, esto es, virtudes del alma, ha acumulado la esposa en su cámara del tesoro, y así, al ver sus riquezas, acceda a sus peticiones, porque a todo el que tenga, se le dará. Por otra parte, en cuanto a lo que dice: Exultemos y alegrémonos en ti, parece dicho en representación de las doncellas que anhelan y piden al esposo que, así como la esposa ha conseguido la perfección y por ello exulta, así ellas también merezcan cumplir su carrera y llegar hasta la cámara del tesoro del rey, para, tras haber visto y contemplado todas las cosas de que la esposa se gloría, exultar ellas también como ella y alegrarse en él. O bien puede entenderse como dicho a la esposa por las doncellas, que la felicitan y prometen, a la vez que la piden, participar en su gozo y en su alegría.

Amaremos tus pechos más que el vino (,).

La esposa, ciertamente, después de haber merecido recibir los besos de la boca misma del esposo y disfrutar de sus pechos, le dice: Son tus pechos mejores que el vino. Pero las doncellas, por su parte, no han llegado todavía a tal grado de felicidad ni han alcanzado la cima de la perfección ni han producido en sus costumbres ni en sus obras los frutos del verdadero amor, de suerte que, como experimentadas en los pechos del esposo, pudieran decir que éstos son buenos. Por eso, al ver a la esposa deleitarse y reponerse en los pechos del esposo-es decir, en las fuentes de la sabiduría y de la ciencia, que fluyen de sus pechos-tomando copas de celeste doctrina, como imitadores de su perfección y deseando caminar sobre sus mismas huellas, prometen y dicen: Amaremos tus pechos más que el vino, esto es: Nosotras, ciertamente, no hemos alcanzado aún tal grado de perfección que podamos desear tus palabras más que el vino (o bien, tus pechos, que superan al vino, pues ambos sentidos parece tener), pero, como doncellas que somos, abrigamos la esperanza de seguir progresando hasta la edad en que podamos, no sólo mantenernos y alimentarnos de los pechos del Verbo de Dios, sino también amar al que alimenta. Ahora bien, como ya hemos dicho con frecuencia, estas doncellas son las almas que aparecen instruidas en los primeros conocimientos, válidos para el principiante, y alegradas como por cierto vino, a saber, por la educación de los tutores, curadores y pedagogos, pues son menores, y aunque tiene ciertamente capacidad para amar el vino, sin embargo no están aún en edad de poder ser impulsadas y excitadas por el amor de los pechos del esposo. Pero, cuando vino la plenitud de los tiempos y Cristo progresó en ellas en edad y en sabiduria y comenzaron a sentir qué son los pechos del esposo y qué perfección del Verbo de Dios y qué plenitud de doctrina espiritual se significa con ellos, entonces también ellas prometen que amarán los pechos más que el vino que, como menores, beben ahora; es decir, que se inclinarán hacia la doctrina de Cristo, perfecta y determinada con toda plenitud, mucho más de lo que antes parecían estarlo ya respecto de las doctrinas comunes y de las enseñanzas de la ley y de los profetas.

La equidad te ha amado (,).

También esto me parece que lo han pronunciado las doncellas, como excusándose de haber prometido amar los pechos del esposo más que el vino y de no amarle ya en la presente ni mostrar integra la fuerza del amor. Es, pues, ésta una expresión de quienes se acusan a si mismas: como si no hubieran desechado aún toda iniquidad ni hubieran llegado a la equidad, para poder ya amar los pechos del esposo más que el vino, aun a sabiendas de que es ilógico que queden todavía restos de iniquidad en quien ha llegado a la perfección de la doctrina espiritual y mística. Por consiguiente, dado que la cima de la perfección consiste en el amor y que el amor no admite iniquidad alguna, y allí donde no hay ni rastro de iniquidad, allí está, indudablemente, la equidad, con toda razón se dice que la equidad ama al esposo. Y mira si no parece también ser éste el motivo de haber dicho el Salvador en el Evangelio: Si me amáis, guardad mis mandamientos. Entonces, si quien ama a Cristo guarda sus mandamientos, no hay en él la menor iniquidad, sino que en él habita la equidad: Es, pues, la equidad la que guarda los mandamientos y ama a Cristo. Y a la inversa: si el que guarda los mandamientos es el mismo que ama a Cristo y, por otra parte, los mandamientos se guardan en la equidad, y la equidad es la que ama a Cristo, el que obra algo inicuo ni guarda los mandamientos ni ama a Cristo. Por tanto, ocurrirá que el grado de iniquidad que haya en nosotros marcará el grado de nuestro alejamiento del amor de Cristo y el de nuestra desobediencia a sus mandamientos. De ahí que podamos afirmar que la equidad es como una regla derecha: si hay en nosotros algo de iniquidad y aplicamos la equidad superponiéndola como regla rectilínea de los mandamientos de Dios, podremos ir cercenando cuanto haya de curvo y torcido en nosotros, de suerte que pueda también decirse de nosotros: La equidad te ha amado.

Por otra parte, podemos interpretarlo también en modo que la expresión: La equidad te ha amado equivalga a lo siguiente: la justicia te ha amado, y también la verdad y la sabiduría y la castidad y cada una de las virtudes. Y no te extrañes en absoluto, si decimos que son las virtudes las que aman a Cristo, pues en otros pasajes solemos entender a Cristo como substancia de las mismas virtudes. Esto lo hallarás con frecuencia en las divinas Escrituras acomodado a los lugares y a la oportunidad; de hecho, hallamos que a Cristo se le dice, no sólo justicia, sino también paz y verdad; una vez más se escribe en los Salmos: La justicia y la paz se besaron; y La verdad brotó de la tierra y la justicia miró desde el cielo. Se dice que él es todas esas virtudes, y a la inversa, que esas virtudes le besan. Pero también a una misma persona se la denomina esposo y a la vez esposa, según está escrito en el profeta: Como a esposo me impuso la diadema, y como a esposa me adornó con su aderezo.

LIBRO SEGUNDO ()

Soy morena y hermosa, hijos de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como  las pieles de Salomón (en otros ejemplares leemos: Soy negra y hermosa) (,). 

[Bae -] Una vez más se introduce aquí hablando al personaje de la esposa:  hablando, sin embargo, no a las doncellas que suelen correr con ella, sino a las hijas de  Jerusalén, a las cuales, como si ellas hubieran criticado su fealdad, parece responder  diciendo: Sí, soy morena (o negra) de color, hijas de Jerusalén, pero hermosa, si uno mira el  diseño interno de los miembros. Efectivamente, dice, también las tiendas de Cedar -un  gran pueblo-son negras, y el mismo nombre del pueblo, Cedar, se interpreta como negrura  u obscuridad. Pero también las pieles de Salomón son negras y, sin embargo, no por eso le  pareció indecorosa la negrura de sus pieles a un rey tan grande en toda su gloria. Por tanto,  hijas de Jerusalén, no me reprochéis el color, pues al cuerpo no le falta la hermosura, ya la  natural, ya la buscada en el ejercicio. Este es el contenido del drama, según el sentido literal  y la forma del relato en cuestión.  Pero volvamos al orden de interpretación mística. Esta esposa que habla representa a la Iglesia congregada de entre los gentiles. Las  hijas de Jerusalén, en cambio, a las cuales va dirigida la plática, son las almas que, gracias  a la elección de los padres, se dicen queridísimas, cierto, pero son enemigas por causa del  Evangelio: son las hijas de la ciudad terrenal de Jerusalén. Estas, cuando ven a la Iglesia  de los gentiles que, no obstante carecer de nobleza, pues no puede atribuirse la nobleza de  Abrahán, de Isaac y de Jacob, sin embargo olvida a su pueblo y la casa de su padre y llega  hasta Cristo, la desprecian y la ennegrecen de ultrajes por la carencia de nobleza en su  linaje. Entonces la esposa, al darse cuenta de que esto es lo que le echan en cara las hijas  del pueblo anterior y que la llaman negra por considerarla como si no tuviera la claridad de  la instrucción de los padres, en respuesta a todo ello, dice: Negra soy, en efecto, hijas de  Jerusalén, puesto que no desciendo del linaje de varones ilustres ni recibí la iluminación de  la ley de Moisés, pero tengo conmigo mi propia belleza. Efectivamente, en mi está aquella  primera creación que en mi se hizo a imagen de Dios, y ahora, al acercarme al Verbo de  Dios, he recibido mi belleza. Realmente podéis compararme cuanto queráis, por la oscuridad  de mi color, con las tiendas de Cedar y las pieles de Salomón: también Cedar desciende de  Ismael, pues de él nació como segundo hijo, y el tal Ismael tuvo parte en la bendición  divina. Y también me comparáis a las pieles de Salomón, que no son otras que las pieles  de la tienda de Dios ¡Me extraña, pues, que vosotras, hijas de Jerusalén, queráis echarme  en cara mi color obscuro! ¿Cómo no recordáis lo que está escrito en la ley, a saber, lo que  padeció María por criticar a Moisés cuando éste tomó por esposa a una etíope negra?  ¿Cómo ignoráis que la apariencia de aquella imagen tiene ahora en mi su plena realidad?  Yo soy aquella etíope, soy negra, ciertamente, por la condición plebeya de mi linaje, pero  hermosa por la penitencia y por la fe, pues en mi he acogido al Hijo de Dios, he recibido al  Verbo hecho carne. Me llegué al que es imagen de Dios, primogénito de toda criatura  y, además, resplandor de su gloria e impronta de su esencia: y me volví hermosa. ¿Por  qué, pues, zahieres a la que se convierte del pecado? ¿No lo prohíbe la ley? ¿Y cómo te  glorias en la ley, tú que estás violando esa ley? Sin embargo, puesto que estamos en  estos pasajes en que la Iglesia que procede de los gentiles dice que es negra y hermosa,  aunque parezca largo y trabajoso recoger de las divinas escrituras en qué lugares y de qué  manera se anticipa la figura de este misterio, con todo me parece que no debemos omitirlos  del todo y sí recordarlos con la mayor brevedad posible. 

Así pues, en primer lugar, en el libro de los Números hay escrito sobre la etíope lo  siguiente: Y hablaron María y Aarón, y criticaron a Moisés por causa de la mujer etíope que  había tomado por esposa, y dijeron: ¿Acaso el Señor no ha hablado más que a Moisés?  ¿No nos ha hablado también a nosotros?. Y de nuevo, también en el libro tercero de los  Reyes, está escrito de la reina de Saba que vino de los confines de la tierra para escuchar  la sabiduría de Salomón: La reina de Saba oyó el nombre de Salomón y el nombre del  Señor, y vino a probarle con enigmas. Y llegó a Jerusalén con gran comitiva, con camellos  cargados de aromas y de oro en gran abundancia y piedras preciosas. Se presentó a  Salomón y le dijo todo cuanto tenían en su corazón. Y Salomón le declaró todas sus  palabras, y no hay palabra que el rey omitiera y dejase sin explicarle. Y vio la reina de Saba  toda la prudencia de Salomón y la casa que se había edificado y los manjares de Salomón y  el asiento de sus sirvientes, la fila de sus ministros, y sus vestidos, sus coperos y los  holocaustos que ofrendaba en la casa del Señor, y se quedó pasmada, y dijo al rey  Salomón: ¡Verdad es cuanto en mi tierra oí decir de tus palabras y de tu prudencia! Mas yo  no creí a los que me hablaban, hasta que he venido y mis ojos han visto: ¡Y hallo que ni la  mitad me habían contado! Efectivamente, has acumulado bienes muy por encima de lo que  había oído en mi tierra. ¡Dichosas tus mujeres, dichosos estos servidores, que siempre  están en tu presencia y escuchan tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor tu Dios, que te dio el  trono de Israel! Porque el Señor amó a Israel y quiso que durara para siempre, te puso a ti  como rey sobre ellos para que administres el derecho con justicia y los juzgues. Y dio a  Salomón  talentos de oro y gran cantidad de aromas y piedras preciosas: nunca vinieron  aromas de tal calidad ni en tal cantidad como las que dio la reina de Saba al res  Salomón.

Ahora bien, hemos querido referir esta historia con algo más de amplitud e insertarla en  esta nuestra exposición, porque sabemos que se adecúa tan bien a la persona de la Iglesia  que vino a Cristo de entre los gentiles, que el mismo Señor en los Evangelios hizo mención  de dicha reina diciendo que ella había venido de los confines de la tierra para escuchar la  sabiduría de Salomón. Dice, sin embargo, que era reina del Mediodía, porque Etiopía se  encuentra en la parte del Mediodía, y que venia de los confines de la tierra, porque Etiopía  está situada casi en lo último. Por otra parte, hallamos que de esta misma reina hace  también mención Josefo en su Historia, y añade también que, después de regresar ella  de junto a Salomón, el rey Cambises admiró su sabiduría, que sin duda había recibido de  Salomón, y le dio el nombre de Meroe. Pero refiere que no sólo fue reina de Etiopía sino  también de Egipto. Mas añadiremos aún lo que en el Salmo LXVII se contiene y acerca de  esta misma figura. Se dice allí: Dispersa a los pueblos que quieren la guerra: y vendrán  embajadores de Egipto; Etiopía tenderá apresurada sus manos a Dios. Reinos de la tierra,  cantad a Dios, salmodiad para el Señor. En cuarto lugar y todavía sobre la misma figura,  está escrito en el profeta Sofonías: Por tanto, espérame, dice el Señor, el día en que  vuelva a levantarme como testigo, porque he determinado reunir a las gentes, juntar a los  reyes, para derramar sobre ellos todo el furor de mi enojo, pues en el fuego de mi celo  será consumida toda la tierra. Porque entonces volveré pura a los pueblos la lengua en su  generación, para que todos invoquen el nombre del Señor y le sirvan bajo un solo yugo.  De allende los ríos de Etiopía acogeré a los que están dispersos, y ellos me traerán  ofrenda. Aquel día, Saba, no será ya avergonzada por ninguna de tus maquinaciones con  las cuales obraste impiamente contra mí. Mas también en Jeremías está escrito que  algunos príncipes del pueblo de Israel tomaron a Jeremías y lo hicieron arrojar en el aljibe  de Malquias, hijo del rey, aljibe que estaba en el patio de la cárcel. Le descolgaron con  sogas; y en el aljibe no había agua, sino cieno, y Jeremías estaba en el cieno. Pero  oyendo Ebedmélec, un eunuco etíope que estaba en la casa del rey, que habían arrojado a  Jeremías en el aljibe, habló al rey, diciendo: Mi señor el rey, mal obraron estos hombres  en todo lo que han hecho al profeta Jeremías, porque lo han hecho arrojar en el aljibe para  que allí muera de hambre, pues no hay más pan en la ciudad. Entonces mandó el rey al  mismo Ebed-Mélec el etíope, diciéndole: Toma treinta hambres de aquí y sácalo del aljibe  para que no muera allí. ¿Y para qué continuar? Ebed-Mélec el etíope fue quien sacó a  Jeremías del aljibe. Y algo más adelante: Y le fue dirigida la palabra del Señor a  Jeremías, diciendo: Vete y habla a Ebed-Mélec el etíope y dile: Así dice el Señor Dios de  Israel: Mira que yo traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien. Pero  aquel día yo te salvaré y no te entregaré en manos de aquellos cuyos encuentros evitas  temeroso. Porque ciertamente te salvaré y no caerás a espada, sino que tu vida quedará a  salvo, porque confiaste en mi, dice el Señor. Estos son los pasajes de las santas  Escrituras que, al menos por el momento, se me han ocurrido y con los cuales me parece  que se puede confirmar el significado místico del propuesto versículo del Cantar de los  Cantares: Soy morena (o negra) y hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de  Cedar, como las pieles de Salomón. 

Por esta razón hallamos en los Números que Moisés tomó por mujer a una etíope,  morena o negra, y ella es la causa de que María y Aarón le critiquen y digan indignados:  ¿Acaso el Señor no ha hablado más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a  nosotros?. Si atentamente lo consideras, hallarás que en esta queja ni siquiera el sentido  literal guarda consecuencia lógica. Efectivamente, ¿qué tendrá que ver con el asunto el  que, indignados a causa de la etíope, digan: ¿Acaso habló sólo a Moisés el Señor? ¿No  nos ha hablado también a nosotros? Evidentemente, si la causa era aquella, debieran  haber dicho: No debiste, Moisés, tomar como esposa a una etíope y de la raza de Cam,  sino de tu linaje y de la casa de Levi. Pero de esto nada hablan, sino que dicen: ¿Acaso  Dios no habló más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros? Por lo cual,  tengo para mí que lo ocurrido más bien se entiende según el sentido espiritual, y debemos  ver que Moisés, esto es, la ley espirituale, ha pasado ya a las nupcias y unión con la  Iglesia congregada de entre los gentiles, y que María, que es figura de la sinagoga  abandonada, y Aarón, que representa al sacerdocio carnal, al ver que se les había quitado  su reino y que se había entregado a otro pueblo que lo haría fructificar, dice: ¿Acaso Dios  no habló más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros? Así mismo, el  propio Moisés, de quien tantas y tan magnificas obras de fe y de paciencia se cuentan,  nunca fue tan colmado por Dios de alabanzas como ahora, al tomar como esposa a la  etíope. 

Ahora se dice de él: Era Moisés un hombre muy bondadoso, más que todos los  hombres de la tierra y ahora es cuando dice de él el Señor: Si hubiere entre vosotros un  profeta, yo le hablaré en visiones o en sueños, y no como a mi siervo Moisés, que es de  toda confianza en mi casa: Boca a boca hablaré con él, y a las claras, no con enigmas,  pues vio la gloria del Señor: Entonces, ¿por qué no temisteis hablar mal de mi siervo  Moisés?. Todo esto mereció Moisés oír de parte del Señor por causa de su matrimonio  con la mujer etíope. Pero, sobre este tema ya hicimos amplia exposición en el comentario al  libro de los Números, donde puede buscar el que crea que vale la pena conocerlo. Por  ahora baste probar con estos textos que la esposa negra y hermosa es la misma que la  etíope que Moisés, esto es, la ley espiritual -que sin duda alguna es Cristo, el Verbo de  Dios- unió a sí en matrimonio, a pesar de las murmuraciones y críticas de las hijas de  Jerusalén, es decir, del pueblo judío con sus sacerdotes.  Veamos ahora, por otra parte, aquel pasaje del tercer libro de los Reyes que hemos  citado en relación con la reina de Saba, etíope también ella, de la que el Señor en los  Evangelios da testimonio diciendo: La reina del Mediodía se levantará en el juicio con esta  generación, y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la  sabiduría de Salomón; y -añade- aquí hay más que Salomón, con lo cual enseñaba  que la verdad es más que las figuras de la verdad. Vino, pues, también ésta, es decir,  según lo que simboliza, la Iglesia de los gentiles, para oir la sabiduría del verdadero  Salomón y verdadero pacífico, nuestro Señor Jesucristo. Vino también ésta con la  intención primera de probarlo mediante enigmas y preguntas que antes le parecían  insolubles; y él le resuelve lo que para ella y para los doctores gentiles, a saber, los  filósofos, siempre había permanecido incierto o dudoso: sobre el conocimiento del Verbo de  Dios, sobre las criaturas del mundo, sobre la inmortalidad del alma y sobre el juicio futuro.  Vino, en fin, a Jerusalén, es decir, a la visión de la paz, con gran comitiva y mucha  riqueza; no vino, ciertamente, con un sólo pueblo, como antes la sinagoga con sólo los  hebreos, sino con pueblos de todo el mundo y trayendo también regalos dignos de Cristo, la  suavidad de los perfumes, es decir, de las buenas obras, que suben hasta Dios por su  suave olor. Pero vino también repleta de oro, indudablemente de los pensamientos y de las  disciplinas racionales, que había ido recogiendo de la instrucción escolástica común antes  ya de tener la fe. Trajo además piedras preciosas, que podemos interpretar como adorno  de las costumbres. Con este boato, pues, se presenta a Cristo, el rey pacífico, y le abre su  corazón, a saber, con la confesión y el arrepentimiento de sus pecados anteriores, y le dijo  todo cuanto tenía en su corazón, por lo cual también Cristo, que es nuestra paz, le  declaró todas sus palabras, y no hay palabra que el rey omitiera y dejase sin explicarle.  Luego, al acercarse ya el tiempo de la Pasión, le dice a ella, esto es, a sus discípulos  escogidos: Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque el siervo ignora lo que hace su  amo. Yo en cambio os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. Así se cumple lo  que había dicho: Que no hubo palabra que el Señor pacifico no declarara a la reina de  Saba, esto es, a la Iglesia congregada de entre los gentiles.  Efectivamente, si miras la condición de la Iglesia, su administración y su organización, te  darás cuenta de qué modo la reina admiró toda la prudencia de Salomón. Y a la vez  indaga por qué no di¡o «toda la sabiduría», sino toda la prudencia de Salomón: Sin duda,  porque los doctos quieren que «prudencia» se entienda de los asuntos humanos y  «sabiduría», de los divinos. Por eso quizá también la Iglesia admira la prudencia de Cristo  ahora, en este intermedio, mientras está en la tierra y convive entre los hombres; pero,  cuando llegue lo perfecto y sea trasladada de la tierra al cielo, entonces verá toda su  sabiduría, cuando contemple cada cosa, no ya en imagen o por enigmas, sino cara a  cara. Pero la reina vio la casa que se había edificado: Indudablemente, los misterios  de su encarnación, pues ésta es la casa que para sí edificó la sabiduria. Vio también los  manjares de Salomón: Pienso que aquellos de que se decía: Mi comida es hacer la  voluntad del que me envió, para llevar a cabo su obra. Vio el asiento de sus  sirvientes: Indica, creo, el orden eclesiástico, el que ocupa los asientos del episcopado y  del presbiterio. Y vio las filas de sus ministros: A mi entender, menciona el orden de los  diáconos, que asisten al divino servicio. Pero vio también sus vestidos: Los mismos, creo,  con que reviste a aquellos de quienes se dice: Porque todos cuantos estáis bautizados en  Cristo, de Cristo os habéis revestidos. Y también sus coperos: Pienso que se indican  los doctores, que escancian para los pueblos la palabra de Dios y su doctrina, como vino  que alegra el corazón de los oyentes. Vio, en fin, sus holocaustos: indudablemente, las  celebraciones de las oraciones y de las súplicas. Así pues, en cuanto vio todo esto en la  casa del rey pacifico, es decir, de Cristo, esta negra y hermosa se quedó pasmada, y le  dijo: ¡Verdad es cuanto en mi tierra oí decir de tus palabras y de tu prudencia!.  Efectivamente, vine aquí por causa de tu palabra, y he conocido que es la verdadera  Palabra. Porque todas las palabras que se me decían y que oía cuando estaba en mi tierra,  a saber, las que decían los doctores del mundo y los filósofos, no eran verdaderas.  Únicamente es verdadera esta palabra que hay en ti. 

Pero quizás haga al caso preguntar cómo es que la reina dice al rey que no había creído  cuanto se le decía de él, siendo así que, de no haber creído, no hubiera venido a Cristo.  A ver, pues, si podemos resolver esta objeción, como sigue. Mas yo no creí -dice- a los  que me hablaban: Evidentemente, no dirigí mi fe a los que me hablaron de ti, sino a ti, es  decir, no creí a los hombres, sino a ti, Dios; también es verdad que oí gracias a ellos,  pero vine a ti y te creí a ti, en cuya casa mis ojos han visto muchas más cosas que las que  me anunciaran ellos. Efectivamente, de hecho, cuando esta mujer negra y hermosa llegue a  la Jerusalén celeste y entre en la visión de paz, verá muchas más cosas y mucho más  magnificas que las que ahora se le anuncian. Y es que ahora ve como en un espejo,  mediante enigmas, pero entonces verá cara a cara, cuando alcance lo que ni ojo vio ni oído  oyó ni subió al corazón del hombre. Y entonces verá que lo que oyó mientras estuvo en  esta tierra no era ni la mitad. Por consiguiente, son dichosas las mujeres de Salomón:  Indudablemente, las almas que se hacen participes del Verbo de Dios y de su paz; dichosos  sus servidores, que siempre están en su presencia: no los que a veces están y a veces  no están en su presencia, sino los que siempre y sin cesar están en presencia del Verbo  de Dios: éstos son los verdaderamente dichosos. Tal era aquella María que, sentada a los  pies de Jesús, le escuchaba, y de la que el mismo Señor dio testimonio diciendo a Marta:  María escogió la mejor parte, que no le será quitada. Todavía dice esta negra y hermosa:  Bendito sea el Señor, que quiso darte el trono de Israel: evidentemente, porque el Señor  amó a Israel y quiso que durara para siempre, te puso a ti por rey sobre él. ¿A quién? Al  pacifico, indudablemente. En efecto, Cristo es nuestra paz, que de ambos hizo uno y  derribó la pared intermedia de separación. Y después de todo esto, dice, la reina de  Saba dio  talentos de oro al rey Salomón; este número de  fue consagrado a la  vida de aquellos hombres de los tiempos de Noé, a los cuales se concedió este espacio de  tiempo para invitarlos a hacer en él penitencia. El mismo número de años alcanzó la vida  de Moisés. Por consiguiente, la Iglesia, no sólo ofrece a Cristo en el peso y en la figura  del oro la multitud de sus sentimientos y pensamientos, sino que, mediante este número  que abarca los años de vida de Moisés, indica también que sus sentimientos están  consagrados a la ley de Dios. Ofrece también las delicadezas de los perfumes, como  nunca habían llegado ni en calidad ni en cantidad: entiende en esto las oraciones, o bien  las obras de misericordia, pues, realmente, nunca la Iglesia había orado tan perfectamente  como ahora, cuando se llega a Cristo, ni había obrado con tanta piedad como desde que  aprendió a practicar su justicia, no a la vista de los hombres, sino delante de Dios, que ve  en lo oculto y recompensa a la vista de todos. Pero sería demasiado andar buscando en  otros pasajes todo cuanto pudiera ser aducido en testimonio de lo dicho. Baste con esto  que hemos tomado del libro tercero de los Reyes.  Veamos ahora algo acerca de lo que citamos del Salmo LXVII, donde se dice: Etiopía  tenderá apresurada sus manos. Pues, si miras atentamente cómo la salvación de los  gentiles deriva del pecado de Israel y cómo la caída de éste abrió a las naciones el camino  de entrada, advertirás de qué manera la mano de Etiopía, es decir, del pueblo de los  gentiles, se tiende apresurada y precede ante Dios a quienes habían sido los primeros  destinatarios de las palabras de Dios, y con ello se cumplió aquello de: Etiopía tenderá  apresurada sus manos; y esta negra se torna hermosa, por más que las hijas de Jerusalén  no lo quieran y por más que la envidien y la calumnien. Pero creo que también debemos  entender en el mismo sentido el testimonio profético que ya adujimos, donde Dios acoge  incluso a los que vienen de lugares que están allende los ríos de Etiopía y traen ofrendas a  Dios. Efectivamente, mi opinión es que se dice que está allende los ríos de Etiopía el que  está ennegrecido por la enormidad y sobreabundancia de sus pecados y así, impregnado  del negro tinte de su maldad, se ha vuelto negro y tenebroso. Y sin embargo, ni siquiera a  éstos rechaza Dios: Dios no rechaza a nadie de cuantos le ofrecen sacrificios de espíritu  contrito y de corazón humillado, es decir, de cuantos se convierten a él por la confesión y  la penitencia. Por eso nuestro pacifico Señor dice: Al que viene a mi, yo no lo echo  fuera. Ahora bien, el que los habitantes de allende los ríos de los etíopes vengan, ellos  también, al Señor y traigan ofrendas, puede interpretarse también como dicho de aquellos  que, después de haber entrado la totalidad de los gentiles -que se compara a los ríos de  Etiopía-, vendrán también ellos, y así todo Israel se salvará; y en cuanto a lo de estar  allende los ríos de los etíopes, entiéndase como que están más allá y después de estos  espacios en que fluye y rebosa la salvación de los gentiles. Y así parece cumplirse aquello  que dice: Aquel día -Israel entero-no serás ya avergonzado por ninguna de tus  maquinaciones con las cuales obraste impiamente contra mí.  Nos queda por explicar aquel testimonio que tomamos de Jeremías, en el que  Ebed-Mélec -un eunuco, etiope también- al oir que los príncipes del pueblo habían  arrojado a Jeremías en un aljibe, lo saca de allí. Y creo no parecer incongruente si digo  que al que los príncipes de Israel habían condenado y arrojado en el aljibe de la muerte,  este forastero, hombre de obscuro y bastardo linaje, es decir, el pueblo de los gentiles, lo  saca del aljibe de la muerte, a saber, creyendo su resurrección de entre los muertos, y así,  con su fe, llama y saca fuera de la tumba al mismo que aquellos habían entregado a la  muerte. Pero se dice que este etíope era también eunuco: creo que la razón es que se  había castrado por causa del reino de Dios, o bien porque en si mismo no tenía semilla  de maldad. Es, además, siervo del rey, porque el siervo prudente se enseñorea de los amos  necios; por lo demás, Edeb-Mélec significa siervo de reyes. En vista de eso, el Señor  abandona al pueblo de Israel por sus pecados, dirige sus palabras al etíope, y a él envía al  profeta y le dice: Mira que traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien;  pero aquel día yo te salvaré y no te entregaré en manos de los hombres, porque  ciertamente te salvaré. La razón de salvarle es ésta: haber sacado al profeta del aljibe,  es decir, porque parece haberlo sacado del aljibe gracias a su fe, por la que creyó que  Cristo había resucitado de entre los muertos. Tiene, pues, esta morena (o negra) y hermosa  muchos testimonios que le permiten obrar con libertad y decir con confianza a las hijas de  Jerusalén: Soy morena (o negra) como las tiendas de Cedar, pero soy hermosa como las  pieles de Salomón.  Sobre las pieles de Salomón concretamente, no recuerdo haber hallado nada escrito. Sin  embargo, opino que puede hacer referencia a su gloria, de la que dice el Salvador: Ni aún  Salomón con toda su gloria se vistió como uno de estos. En cambio, el nombre mismo  de pieles lo hallamos repetido frecuentemente en relación con la tienda del testimonio,  como cuando dice: Y harás pieles de pelo de cabra para cubierta sobre la tienda; once  pieles harás. El largo de una piel será de treinta codos; su anchura, de cuatro codos. Una  misma medida tendrán las once pieles juntas, y las otras seis, juntas también, y doblarás  la sexta piel delante de la tienda. Y harás cincuenta lazos por el orillo de una piel y  cincuenta lazos por el orillo de la otra piel, de modo que gracias a ellos puedan ser unidas  una con otra; harás además cincuenta broches de bronce, con ellos unirás las pieles y  resultará un todo único. Y doblarás el sobrante de las pieles: la mitad de una piel, por la  fachada de la tienda; con la otra mitad sobrante cubrirás la parte trasera de la tienda; y un  codo por aquí y otro codo por allá de lo que sobra en la longitud de las pieles, la tienda  quedará cubierta por un lado y por otro. Pienso, pues, que de estas pieles se hace  mención en el Cantar de los Cantares, donde se dice que son de Salomón, el cual se  interpreta como figura de Cristo, el pacífico. De él es efectivamente la tienda y cuanto a la  tienda pertenece, sobre todo si consideramos aquella tienda que es llamada verdadera  tienda que Dios asentó, y no el hombre, y el pasaje que dice: Porque no entró Jesús en  el santuario hecho de mano humana, figura del verdadero. Por consiguiente, si la  esposa compara su belleza con las pieles de Salomón, indudablemente está indicando la  gloria y la belleza de las pieles que cubren aquella tienda que Dios asentó, y no el hombre.  Y si comparó su negror, que las hijas de Jerusalén parecían echarle en cara, con las pieles  de Salomón, estas pieles deben entenderse referidas a la tienda que es figura de la llamada  verdadera tienda, puesto que dichas pieles, aunque eran negras, como tejidas con pelos de  cabra, sin embargo tenían su utilidad para la tienda divina y la adornaban. Por otra parte,  en cuanto al hecho de que parece hablar un solo personaje y sin embargo, se compara con  muchos en la negrura, bien con las tiendas de Cedar, bien con las pieles de Salomón, debe  entenderse del siguiente modo: parece, efectivamente, una sola persona, pero son  innumerables las iglesias que están dispersas por el orbe de la tierra e innumerables las  asambleas y muchedumbres de pueblos: de la misma manera que el reino de los cielos se  dice no ser más que uno, pero se mencionan muchas mansiones en la casa del Padre.  Sin embargo, también puede decirse de cada alma que después de muchísimos pecados se  convierte y hace penitencia: es negra, ciertamente, por sus pecados, pero hermosa por su  penitencia y por los frutos de la penitencia. En fin, de esta misma que ahora dice: Soy negra  y hermosa, porque no persiste hasta el fin en la negrura, de esta misma dirán luego las  hijas de Jerusalén: ¿Quién es ésta que sube toda blanca, recostada sobre su amado?. 

No os fijéis en que soy morena, es que el sol me ha descuidado (,). 

Si parece que hemos estado acertados en la interpretación que más arriba construimos  acerca de la mujer etiope que Moisés tomó por esposa, y de la reina de Saba de Etiopía,  que vino para escuchar la sabiduría de Salomón, es de razón que ahora esta mujer que es  morena (o negra) y hermosa trate de justificarse de su negror o morenez y de exponer las  causas a los que se lo reprochan, afirmando que no es tal por naturaleza ni por haberla  hecho así el Creador, sino por causas accidentales. 

Es que el sol -dice- me ha descuidado. Con esta expresión manifiesta que no está  hablando de la negrura del cuerpo, ya que, en todo caso, el sol suele poner moreno y  ennegrecer cuando da con sus rayos, no cuando descuida. Así al menos dicen que ocurre  en toda la nación de los etíopes, en quienes es natural cierta negrura heredada a través del  semen carnal, debido a que en aquellos parajes el sol abrasa con rayos más penetrantes, y  una vez quemados y ennegrecidos los cuerpos, así persisten por transmisión sucesiva de  un defecto innato. La negrura del alma, en cambio, es de un orden opuesto: no la produce  la acción de los rayos del sol, sino su descuido, ni se adquiere por nacimiento, sino por  negligencia, y por eso, como se asume con la desidia, así también se rechaza y se elimina  con la diligencia. Así por ejemplo, como dijimos arriba, esta misma que ahora se dice que es  negra y hermosa, al final de este Cantar se menciona que sube, toda blanca ya,  recostándose sobre su amado. Por tanto, se hizo negra porque bajó; ahora bien en  cuanto haya comenzado a subir y a recostarse sobre el amado y adherirse a él, sin  separarse de él lo más mínimo, irá emblanqueciendo hasta ser totalmente blanca, y  entonces, eliminada toda negrura, fulgurará envuelta por el resplandor de la verdadera luz.  Por eso ahora dice a las hijas de Jerusalén, justificándose de su negror: No penséis, hijas  de Jerusalén, que es natural esta negrura que véis en mi rostro, mas sabed que me la ha  causado el descuido del sol. Del sol de justicia, evidentemente: por no haberme  encontrado bien derecha, en pie, tampoco él dirigió derechos a mi los rayos de su luz. Y es  que yo soy el pueblo de los gentiles, que antes no había mirado hacia el sol de justicia ni  me había mantenido derecho delante del Señor, y por eso tampoco él puso en mí su  mirada, sino que me descuidó, ni se paró junto a mi, sino que hizo caso omiso de mí. Por lo  demás, que esto es así, también tú, que te llamas Israel, lo has experimentado ya en la  realidad y puedes también reconocerlo y decirlo. Efectivamente, de la misma manera que  en un tiempo, mientras yo no creía, tú fuiste aceptado y alcanzaste misericordia, y el sol de  justicia puso en ti su mirada, en tanto que a mí, por desobediente e incrédulo, me descuidó  y me rechazó, así también ahora, al haberte hecho tú incrédulo y desobediente, yo espero  que el sol de justicia fije en mi su mirada y me otorgue su misericordia.  En cuanto al hecho de ser ambos objeto de ese descuido del sol: antes, yo, por mi  desobediencia, desdeñado; tú, bien considerado; ahora en cambio, tú, no sólo afectado por  el descuido del sol, sino también por cierta ceguera, aunque parcial: te traerá un magnifico  testigo, conocedor del secreto celestial, Pablo, que dice así: Porque, como también  vosotros (habla de los gentiles, indudablemente) en otro tiempo no creisteis en Dios, más  ahora habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de éstos, para que también ellos  obtengan misericordia. Y en otro pasaje dice también: La ceguera parcial sobrevino a  Israel, hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. Pues de aquí proviene este  negror que criticas en mi, de que el sol me descuidó por causa de mi incredulidad y  desobediencia. Pero, cuando esté derecho ante él y nada torcido haya en mí, y no desvie a  la derecha ni a la izquierda, sino que habré trazado para mis pies caminos rectos  hacia el sol de justicia, caminando intachable en todos sus mandamientos, entonces  también él pondrá su mirada directamente en mi y no habrá ya desviación ni causa alguna  de descuido, y entonces se me devolverán mi luz y mi resplandor, tanto que esta negrura  que ahora me echáis en cara, será eliminada en mí, para que merezca también llamarme luz  del mundo. Así pues, es verdad que este sol visible ennegrece y quema los cuerpos en  que cae a plomo, mientras conserva en su blancura y no quema, sino que alumbra, a los  cuerpos que están apartados de su vertical. Por el contrario, el sol espiritual, que es el sol  de justicia, en cuyas alas se dice que está la salud, ilumina y envuelve con todo fulgor a  los que encuentra de corazón recto y en la vertical de su resplandor; en cambio, a los que  caminan en línea oblicua respecto de él no puede por menos de, no tanto ya iluminarlos  también oblicuamente, cuanto incluso descuidarlos: ellos tienen la culpa, por su propia  inconstancia e inestabilidad. Efectivamente, ¿cómo pueden los que son aviesos acoger lo  que es recto? Es como si aplicas a un palo torcido una regla bien derecha: la regla pondrá  de manifiesto la irregularidad del palo, pero en modo alguno la regla será la causa de ese  defecto del palo. 

En vista de ello, es necesario apresurarse hacia los caminos rectos y mantenerse firmes  en las sendas de las virtudes, no sea que el sol de justicia, que sobreviene en linea recta, si  nos encuentra en posición oblicua y desviados, nos descuide y resultemos ennegrecidos,  ya que abriremos paso a la obscuridad y a la negrura en la misma medida en que seamos  incapaces de recibir su luz. La razón es que éste es el mismo sol que es la luz verdadera  que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, y que estaba en el mundo, y el  mundo fue hecho por él. Efectivamente, el mundo no fue hecho por esta luz visible,  puesto que también ella es parte del mundo, sino por esta otra verdadera luz, la que  decimos que nos descuidará si caminamos aviesamente. Sin duda, como nosotros  caminemos aviesamente hacia él, también él caminará aviesamente contra nosotros, según  está escrito en las maldiciones del Levítico: Y si procedéis conmigo aviesamente y no  queréis obedecerme, os añadiré siete plagas; y poco después: Y si no os enmendáis, sino  que procedéis aviesamente conmigo, también yo procederé aviesamente con vosotros (o  como leemos en otros ejemplares: Si procedéis conmigo oblicuamente, yo también  procederé oblicuamente con vosotros); y algo después, hacia el final, vuelve a decir: Y  porque se portaron oblicuamente delante de mí, también yo me portaré con ellos  oblicuamente en mi furor. Hemos citado esto para probar en qué sentido se dice que el  sol descuida, esto es, manda sus rayos oblicuamente, y ha quedado bien claro que dice  descuidar y proceder oblicuamente con aquellos que proceden oblicuamente con él. Pero  no pasemos por alto lo que advierte el pasaje que nos ocupa, a saber, que el sol parece  tener un doble poder: uno, el de iluminar, y otro, el de quemar. Ahora bien, según sean las  cosas o los materiales que se le someten, bien ilumina algo con su luz, bien lo ennegrece y  endurece con su calor. Posiblemente, pues, esta sea la razón por la que se dice que Dios  endureció el corazón del Faraón, en el sentido de que la materia de su corazón era tal  que arrostraba la presencia del sol de justicia, no por la parte que ilumina, sino por la que  abrasa y endurece, sin duda alguna debido a que él era quien amargaba la vida de los  hebreos con duros trabajos, consumiéndolos entre barro y adobes; así su corazón, de  acuerdo con sus pensamientos, era ciertamente barro y limo. Y de la misma manera que  este sol visible aprieta y endurece el barro, así también el sol de justicia, con los mismos  rayos con que iluminaba al pueblo de Israel, endurecía el corazón del Faraón, en el que  moraban pensamientos barrosos, acordes con la calidad misma de sus sentimientos. Que  esto sea así y que el siervo de Diosi, inspirado por el Espíritu Santo, no escribió una  simple historia, como pudiera parecer a los hombres, lo demostrará también por el hecho de  que, al referir que los hijos de Israel gemían, no dice que gimieran por causa del barro, de  los adobes o de la paja, sino por causa de sus trabajos. Y cuando sigue: Y su clamor subió  hasta Dios, tampoco dice que por causa del barro, de los adobes o de la paja, sino, otra  vez: por causa de sus trabajos; por eso también añade: Oyó el Señor sus gemídos: y es  que no oye el gemido de los que no claman al Señor desde sus obrass. Aunque parezca  que hemos hecho una digresión al exponer esto, sin embargo, la oportunidad de los  pasajes nos aconsejaba no omitirlo en manera alguna, sobre todo por la semejanza que  tiene con lo que dice ésta que afirma está ennegrecida porque el sol la ha descuidado, lo  cual ocurre, como hemos demostrado, allí donde precede el pecado como causa; y también  que alguien se ennegrece y se quema con el sol allí donde subsiste la materia del pecado,  en tanto que, donde no hay pecado se dice del sol que ni quema ni ennegrece, conforme a  lo que sobre el justo se afirma en el Salmo: De día el sol no te quemará, ni la luna de  noche. Estás, pues, viendo que el sol no quema a los santos, porque en ellos no hay  causa alguna de pecado. De hecho, como dijimos, el sol tiene doble poder: ilumina a los  justos, si, pero no ilumina, sino quema, a los pecadores, porque éstos, al obrar mal, odian la  luz. 

En fin, ésta es la razón de llamarse nuestro Dios fuego que consume, y desde luego,  luz, y en él no hay tinieblas. Indudablemente se hace luz para los justos y fuego para  los pecadores, con el fin de consumir en ellos todo cuanto halle de corruptible y frágil en  sus almas . Por lo demás, tú mismo comprobarás en abundancia, si lo examinas, que en  muchos lugares de la Escritura, tanto sol como fuego, se dice no del visible de acá, sino del  invisible y espiritual 

Los hijos de mi madre pelearon en mi; me pusieron de guarda en las viñas; mi  propia viña no guardé (,). 

La misma que es morena por causa de sus pecados anteriores, pero hermosa por su fe y  conversión, la misma todavía dice también eso, afirmando que los hijos de su madre  pelearon, no contra ella, sino en ella, y que después de esta pelea que en ella tuvieron, la  colocaron como guarda de las viñas, no de una sola viña sino de muchas. Pero añade que,  aparte de las viñas para las que la instituyeron guarda los hijos de su madre, ella misma  tenía otra viña propia, que no había guardado. Este es el asunto del drama que nos  ocupa.

Pero indaguemos ahora quién es la madre que esta esposa cita como suya, y también  quiénes esos hijos suyos que pelearon en la esposa y que enviaron a ésta a guardar las  viñas al concluir el combate, como si ella no hubiera podido guardarlas sin antes haber  peleado ellos. Sin embargo, después de hacerse cargo de la guarda de las otras viñas, no  quiso o no pudo guardar la propia. Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: Decidme, los que  queréis estar debajo de la ley, ¿no habéis oído la ley? Porque escrito está que Abrahán  tuvo dos hijos: uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la  carne; en cambio el de la libre, por la promesa. Son cosas éstas, dichas en alegoría.  Efectivamente, estas mujeres representan los dos testamentos: uno, ciertamente, el del  monte Sinaí, que engendra para la esclavitud, que es Agar; porque el Sinaí es un monte  de Arabia y corresponde a la Jerusalén actual, que es esclava junto con sus hijos. En  cambio la Jerusalén de arriba es libre, y es la madre de todos nosatros. Pablo, pues,  dice que esta Jerusalén celeste es madre suya y de todos nosotros los creyentes.  Precisamente en versículos posteriores añade concluyendo: De manera, hermanos, que no  somos hijos de la esclava, sino de la libre, en la libertad con que Cristo nos hizo libres.  Con toda evidencia, pues, declara Pablo que todo el que por la fe consigue de Cristo la  libertad es hijo de la libre, y dice que ésta es la Jerusalén de arriba, que es libre y madre de  todos nosotros. Por consiguiente, se entiende que de esta madre es hija también esta  misma esposa, junto con los que pelearon en ella y la constituyeron en guarda de las viñas.  Por donde se ve que estos que tenían tanto poder como para entablar combate en ella y  ordenarle guardar las viñas, no eran personas cualesquiera, de condición humilde o  despreciable. Por consiguiente, como hijos de la madre de la esposa, esto es, los hijos de  la Jerusalén celeste, podemos entender los apóstoles de Cristo, que antes combatieron en  esta Iglesia que se congrega de entre los gentiles. Ahora bien, combatieron para vencer en  ella los sentimientos de infidelidad y desobediencia que antes tuvo y toda altanería que se  subleva contra la ciencia de Cristo, según dice Pablo: Destruyendo sofismas y toda  altanería que se subleva contra la ciencia de Cristo.Combatieron, pues, no contra ella,  sino en ella, esto es, en sus sentimientos y en su corazón, para destruir y expulsar toda  infidelidad, todo pecado y todas las doctrinas que, mientras anduvo entre los gentiles, se le  habían imbuido mediante las falsas afirmaciones de los sofistas. Por eso los apóstoles  libraron una gran guerra, hasta derruir todos los torreones de la mentira y los muros de la  perversa doctrina, aniquilar las argucias de la iniquidad y vencer a los demonios que  operaban y atizaban todo esto en su corazón. 

Entonces, después de ahuyentar de ella todos los sentimientos de la antigua infidelidad,  no la dejaron ociosa, sino que, para evitar que a través del ocio de nuevo se deslizaran  reptando y volvieran los antiguos vicios que habían expulsado, le dieron un trabajo que  desempeñar, y le encargaron la guarda de las viñas. Por viñas entendemos todos y cada  uno de los libros de la ley y de los profetas, pues cada uno de ellos era como un campo  feraz que el Señor ha bendecido. Estos campos, pues, son los que aquellos  esforzados varones le consignaron después de la victoria, para conservarlos y custodiarlos:  evidentemente, según dijimos, no la dejan ociosa. Pero es que podemos así mismo  entender por viñas los escritos de los evangelistas y las cartas de los mismos apóstoles,  pues ellos lo entregaron para su custodia a esta Iglesia reunida entre los gentiles, por la  cual habían también combatido. 

En cuanto a lo que dice: que no había guardado su propia viña, a buen seguro podemos  interpretar ésta como aquella ciencia en que cada cual se ejercita antes de tener la fe y que  ella dejó y abandonó sin dudar, cuando creyó en Cristo y por Cristo consideró pérdidas lo  que antes le parecían ganancias. Lo mismo que Pablo, quien se gloría de que las  observancias de la ley y toda la gloria de la educación judía fueron para él como estiércol,  de modo que fuese hallado en Cristo, no con su justicia, que viene de la ley, sino con la  justicia que viene de Dios. Lo mismo, pues, que Pablo, el cual, tras recibir la fe de  Cristo, no guardó su viña, es decir la observancia de la tradición judía, y quizá no la guardó  por esta razón: aunque había sido plantada por Dios como cepa verdadera, se había  tornado en sarmientos de cepa borde, y era ya su cepa de la vid de Sodoma, y sus  pámpanos de Gomorra; y sus racimos, amargos, y veneno de víboras su vino y ponzoña  mortal de áspides. Así también entre los gentiles había muchas doctrinas de este  género, pero dice que, después de aquellos combates librados por los doctores en pro de la  fe y del conocimiento de Cristo, están vencidas, y yo creo que debe considerarse delito el  que alguien guarde viñas de esa calaña y cultive algún campo sembrado de enseñanzas  venenosas y nocivas. Y no te asombres si alguna vez parece haber estado sujeta a estas  culpas la que se congrega .de la dispersión de las naciones y se prepara ya como esposa  para Cristo. Recuerda cómo la primera mujer fue seducida e incurrió en transgresión, y  de ella se dice que sólo se salvará engendrando hijos, es decir, a los que permanecerán en  la fe y en el amor, con santidad. Pues bien, el apóstol Pablo, refiriéndose a lo que se  escribe de Adán y Eva, afirma: Gran misterio es éste, referido a Cristo y a la Iglesia,  pues Cristo la amó de tal manera que se entregó por ella, cuando ella era todavía impía,  como el mismo Pablo dice: Porque, cuando todavía éramos impíos, Cristo, a su tiempo,  murió por nosotros; y de nuevo: Porque, cuando nosotros éramos todavía pecadores,  Cristo murió por nosotros. Por consiguiente, no hay que extrañarse si de ésta que,  seducida, había incurrido en transgresión y que a lo largo del tiempo había sido impía y  pecadora, se dice que durante ese tiempo en que era impía todavía había cultivado una  viña de tal índole que debería abandonarla y en modo alguno conservarla. 

Ahora bien, si se quiere proseguir y explicar el tercer tipo de interpretación, apliquemos  todo esto a cada alma que, convertida a Dios y llegada a la fe, sufre indudablemente  combates de pensamientos y luchas de los demonios, que se esfuerzan por tornarla a los  atractivos de la vida anterior y al error de la infidelidad. Mas, para que esto no suceda ni los  demonios tengan de nuevo tanto poder contra ella, la divina Providencia cuidó de dar a  cada pequeño y a los que, por ser todavía niños y lactantes en Cristo, no pueden librar por  si mismos los combates contra las astucias del diablo y de los demonios, ángeles  protectores y defensores, que Dios instituyó como tutores y curadores de los que, por  estar aún en edad débil, no pueden, según dijimos, combatir por sí mismos. Y para que  estos ángeles puedan realizar su cometido con mayor confianza, se les concede estar  viendo siempre el rostro del Padre que está en los cielos: yo creo que éstos son los  niños que Cristo manda que vayan a él y que nadie se lo impida y los que dice que  están siempre viendo el rostro del Padre. Y no te parezca un contrasentido el que los llame  hijos de su madre esta alma que tiende hacia Dios. Efectivamente, si la madre de las almas  es la Jerusalén celeste y los ángeles se denominan también celestes, en nada parecerá  discordante el que dicha alma llame hijos de su propia madre a los que, como ella, son  también celestes. Pero sobre todo parecerá lógico y conveniente que, quienes tienen un  único Padre, Dios, tengan también una única madre: Jerusalén. En cuanto a lo que  dice: Mi propia viña no guardé, con ello parece indicar que no guardó honorablemente  aquellas normas, costumbres y propósitos en que se ejercitaba cuando vivía según el  hombre viejo. Pero desde que empezó a pelear, con la ayuda de los ángeles, venció y  puso totalmente en fuga, lejos de sí, al hombre viejo con sus obras, y entonces ellos la  constituyeron en guarda de sus viñas, es decir, de los pensamientos y de las doctrinas  divinas, de las cuales pueda beber el vino que alegra su corazón. 

Hazme saber tú, a quién ama mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde  sesteas a mediodía, para que no ande yo como tocada con velo de novia tras los  rebaños de tus compañeros (,). 

Quien dice esto, es todavía la esposa, pero al esposo y no ya a las hijas de Jerusalén.  Por consiguiente, desde lo del comienzo: Que me bese, hasta la última frase: tras los  rebaños de tus compañeros, todo lo que se dice son palabras de la esposa. Pero el  pensamiento está, en primer lugar, dirigido a Dios; en segundo, al esposo, y en tercero, a  las doncellas. Ocupando entre éstas y el esposo el punto medio y como haciendo las veces  del corifeo, según el género dramático, la esposa ha dirigido sus palabras, ora a aquellas,  ora al esposo, respondiendo también a las hijas de Jerusalén. Ahora, pues, estas últimas  palabras las dirige al esposo preguntándole dónde apacienta el ganado a mediodía y dónde  sestea, pues teme que, al andar buscándole, pueda ir a parar a los lugares en que tienen  sesteando sus rebaños los amigos del esposo. Ahora bien, por estas palabras se pone de  manifiesto que este esposo es también pastor. Más arriba habíamos aprendido que también  era rey, porque indudablemente rige a hombres; es pastor, porque apacienta ovejas; es  esposo, porque tiene una esposa para que reine con él, según lo que está escrito: Está la  reina a tu derecha, con vestido dorado. Este es el contenido del drama mismo en su  sentido, digamos, literal. 

Pero indaguemos ahora su significado interior y, si es menester anticipar en algo lo que  se tratará después, a fin de esclarecer cuál es el sentimiento de estos compañeros,  recordemos aquel pasaje en que se escribe que las reinas son sesenta, pero entre todas,  una sola es la paloma, única la perfecta y única la partícipe del reino. Las demás, inferiores  ya, son las que se designan como ochenta concubinas; y aún después de la serie de  concubinas, están puestas las doncellas, que son innumerables. Ahora bien, todas  éstas son las diferencias propias de aquellos que, creyendo en Cristo, se unen a él con  diferente disposición. Así por ejemplo, digamos que la Iglesia entera es, en figura, el cuerpo  de Cristo; lo dice el Apóstol y declara que en este cuerpo los miembros son diferentes:  unos son los ojos, otros las manos y otros los pies, y que cada cual se ajusta como  miembro de este cuerpo en razón de los méritos de sus actos y de su celo. Debemos,  pues, entender también nuestro pasaje según esta imagen y pensar que en este drama  nupcial unas almas, que se unen al esposo con un afecto más generoso y noble, tienen  junto a él la dignidad y el afecto de reinas; que otras, cuya estima es sin duda inferior, tanto  en sus progresos como en sus virtudes, ocupan el lugar de las concubinas; y que otras, el  de las doncellas, que parecen estar puestas fuera del palacio, aunque no fuera de la ciudad  regia; pero que las últimas y a la zaga de todas las que hemos mencionado están las que  son llamadas ovejas. Sólo que, si miramos con más atención, quizás todavía hallemos  otras almas inferiores a todas ellas, las últimas de todas, a saber, las que hacen número en  los rebaños de los compañeros del esposo. Porque se dice que también ellos tienen  rebaños, en los cuales no quiere la esposa ir a dar, y por eso pide al esposo que le diga  dónde apacienta él su rebaño, dónde sestea a mediodía, para que no ande yo -dice-  como tocada con velo de novia tras los rebaños de tus compañeros. Se discute si estos  compañeros, de los cuales se dice que tienen algunos rebaños, obran así porque trabajan  para el esposo y actúan bajo sus órdenes como rabadán de los pastores (puesto que se  llaman compañeros suyos), o bien porque tiene algo propio y aparte y que no se aviene con  la voluntad del esposo: de hecho la esposa rehuye y teme ir a dar en los rebaños de los  compañeros al andar buscando a su esposo. Y en cuanto a lo que dijo: para que no ande  yo, no con velo de novia, sino como tocada con velo de novia, indaga si es que con ello  está insinuando que hay alguna o algunas de las compañeras que, como esposas, lleven  ellas también vestido nupcial y vayan veladas y, como dice el Apóstol, con el velo y el  poder en la cabeza. Y para que la explicación de este discurso resulte más clara,  sigamos una vez más lo que se va diciendo al hilo del plan del drama.  La esposa solicita encarecidamente de su esposo que le indique el lugar de su retiro y  descanso, ya que, impaciente de amor, ansía escuchar al esposo también a mediodía,  sobre todo en ese momento en que la luz es más clara y el brillo del día perfecto y puro,  para estar a su lado mientras apacienta las ovejas o las hace refrescarse. Y con empeño  quiere saber el camino que ha de seguir hasta él, no sea que, de no estar bien instruida en  los vericuetos de este camino, venga a dar en los rebaños de los compañeros y entonces  parezca asemejarse a alguna de aquellas que se llegan con velo de novia a los  compañeros y no se cuidan de su pudor ni se guardan de andar correteando ni de hacerse  ver de la multitud. Pero yo, dice, que no quiero que me vea nadie más que tú solo, deseo  saber por qué camino llegaré a ti para que quede en secreto, nadie se interponga y ningún  testigo extraño e inoportuno salga a mi encuentro. Y acaso busque los lugares en que el  esposo apacienta sus ovejas y le manifieste su reserva de no querer toparse con los  rebaños de los compañeros, movida por este propósito: hacer que el esposo aleje sus  ovejas de sus compañeros y las apaciente aparte, con el fin de, no sólo que los demás no  vean a la esposa, sino también que ésta pueda disfrutar más en secreto de los ocultos e  inefables misterios del esposo. Veamos, pues, ahora, cada punto en particular. 

En primer lugar, mira, efectivamente, a ver si podemos decir que por esposo debe  entenderse el Señor, cuya parte fue Jacob y cuya heredad fue Israel, y por sus  compañeros, aquellos ángeles de cuyo número dice: Cuando el Altísimo dividía las gentes  y dispersaba a los hijos de Adán, estableció los términos de los pueblos según el número  de los ángeles de Dios: y quizá los rebaños de los compañeros del esposo son todos  estos pueblos que, como ovejas, han sido puestos bajo el pastoreo de los ángeles; en  cambio, el rebaño del esposo, aquellos de quienes se dice en el Evangelio: Mis ovejas  oyen mi voz. Mira, efectivamente, y observa con atención, por qué se dice: Mis ovejas,  como si hubiera otras ovejas que no son suyas, lo que justamente él mismo dice en otro  lugar: Porque vosotros no sois de mis ovejas. Todo ello se verá que hasta en sus  pormenores se ajusta adecuadamente a este oculto misterio. Estando así las cosas, tuvo  razón la esposa en querer que el rebaño de cada compañero se interpretara como esposa  de ese compañero, y la describe tocada con velo de novia. Más como quiera que ella tenia  la certeza de estar por encima de todas las otras, no quiere parecer semejante a ninguna  de ellas, como quien sabe que debe sobrepujar a aquellas esposas de los compañeros a  las que define como tocadas con velo de novia, tanto, cuanto su esposo sobresale de sus  compañeros. Sin embargo, se verá que tuvo además otros motivos para sus  averiguaciones, ya que sabe que tarea del buen pastor es esforzarse por buscar los  mejores pastos para sus ovejas y encontrar para descanso del calor de mediodía las más  verdes y umbrías florestas. Esto, en verdad, los compañeros del esposo no saben hacerlo  ni manifiestan tanto arte o tanto empeño en escoger los pastos, y por esto dice ella: Hazme  saber dónde apacientas el rebaño, dónde sesteas a mediodia, pues ansía ese  momento en que la claridad se difunde más abundante sobre el mundo y en que el día es  más pleno y la luz más pura y rutilante. Entonces, dice, hazme saber, tú a quien ama mi  alma, dónde apacientas el rebaño, dónde sesteas a mediodía, para que no ande yo como  tocada con velo de novia tras los rebaños de tus compañeros. 

Ahora la esposa ha llamado al esposo con una denominación nueva. Efectivamente,  porque sabía que él es el hijo del amor, más aún, que es el amor que procede de Dios,  como denominación le dice esto: a quien ama mi alma y con todo, no dijo: a quien amo,  sino: a quien ama mi alma, pues sabía que al esposo no se le debe amar con cualquier  amor, sino con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el corazón. ¿Dónde  apacientas el rebaño -dice-, dónde sesteas a mediodía? Tengo para mí que de este  lugar que ahora la esposa desea aprender y oir del mismo esposo, el profeta dice, puesto él  también bajo el mismo pastor: El Señor es mi rey (o como leemos en otros ejemplares: El  Señor es mi pastor) y nada me faltará. Y como sabía que los otros pastores, por culpa  de su desidia o de su torpeza, careaban sus rebaños en lugares demasiado áridos, dijo del  mejor de los pastores, el Señor: En verdes praderas, allí me hizo recostar; hacia fuentes  tranquilas me condujo; con esto puso de manifiesto que este pastor provee a sus  ovejas de aguas, no sólo abundantes, sino también saludables y puras, en todo  reparadoras. Ahora bien, como quiera que de esta situación en que, como oveja, vivía bajo  un pastor, se cambia a las realidades intelectuales y más elevadas y en ellas hizo  progresos; y como esto lo consiguió por la conversión, añade: Convirtió mi alma; me  condujo por sendas de justicia, por amor de su nombre. A partir de aquí, sin duda,  puesto que había progresado hasta el punto de caminar por las sendas de la justicia y, por  otra parte, la justicia tiene frente a sí como oponente a la injusticia y, por tanto,  necesariamente el que camina por la senda de la justicia tendrá que combatir a los  contrarios, confiando en la fe y en la esperanza, dice sobre ello: Pues, aunque ande en  medio de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.  Luego, como dando gracias al que le inculcara las disciplinas del pastoreo, dice: Tu vara y  tu cayado, por los que aparezco instruido en el oficio de pastor, ellos me consolaron.  Más, desde este punto, cuando el profeta se ve trasladado de los pastos pastoriles a los  manjares intelectuales y a los místicos secretos, añade: Preparaste ante mí una mesa,  frente a los que me atribulan; ungiste mi cabeza con aceite, y tu copa embriagadora ¡qué  excelente!, y tu misericordia me acompañará todos los días de mi vida, para que habite en  la casa del Señor a lo largo de los dias. Por eso aquella primera instrucción, esto es, la  pastoril, se dio al comienzo, para que, puesto en verdes praderas, fuera conducido a las  fuentes tranquilas. En cambio, lo que sigue se ocupa de los progresos hacia la perfección.  Mas ya que hemos utilizado el tema de los pastos y del verdor, parece oportuno  confirmar también lo que hemos dicho desde los Evangelios. También aquí he hallado que  este buen pastor habla de los pastos de las ovejas, cuando, al confesarse pastor, recuerda  que también es puerta, y dice: Yo soy la puerta; el que por mí entre, se salvará; y entrará y  saldrá y hallará pastos. También a éste pregunta ahora la esposa, para oír y aprender  de él a qué pastos conduce las ovejas y en qué espesuras conjura los calores del  mediodía; y mediodía llama a aquellos secretos del corazón con los que el alma consigue  del Verbo de Dios una luz más clara de conocimiento: es, efectivamente, el momento en que  el sol alcanza la más alta cima de su carrera. Por esa razón, si alguna vez el sol de  justicia, Cristo, revela a su Iglesia los altos y difíciles secretos de sus virtudes, parecerá  que le hace conocer los amenos pastos y los cubiles de mediodía, ya que, cuando todavía  está en el inicio de su aprendizaje y recibe de él, por decirlo así, los rudimentos de la  ciencia, entonces el profeta dice: Y la ayudará al clarear el alba. Por eso ahora, puesto  que busca ya y desea realidades más perfectas y elevadas, pide la luz meridiana de la  ciencia.  Con esto pienso que se relaciona lo que se refiere también de Abrahán: Después de  muchas instrucciones, mediante las cuales Dios, apareciéndosele, le fue educando y  enseñando sobre asuntos particulares, se le apareció Dios junto a la encina de Mambré,  estando él sentado a la entrada de su tienda a mediodía. Y alzó los ojos y miró, y he aquí  que tres hombres estaban parados cerca de él. Pues, si creemos que esto fue escrito  por la acción del Espíritu Santo, pienso que no sin razón plugo al divino Espíritu que se  consignara en las páginas de la Escritura incluso el tiempo y la hora de la visión: el registro  de esta hora y de este tiempo tiene que añadir algo al conocimiento de los hijos de  Abrahán, quienes, lo mismo que han de realizar las obras de Abrahán, han de esperar  también tener estas visitas. Efectivamente, el que puede decir: La noche está avanzada y el  día se acerca. Como en pleno día, procedamos con decoro, no en comilonas y  borracheras, no en lujurias y desenfreno, no en pendencias y envidias, cuando haya  sobrepasado todo esto parecerá que, habiendo dejado atrás ese tiempo en que la noche  está avanzada y el día se acerca, se apresura, no hacia el comienzo del día, sino hacia el  mediodía, de manera que también él llega a la gracia de Abrahán. En efecto, si la luz de la  mente y la pureza del corazón que en él hay son claras y refulgentes, dará la impresión de  tener en sí mismo el mediodía; y por causa de esa pureza del corazón, como puesto al  mediodía, sentado junto a la encina de Mambré, cuyo significado se relaciona con  visión, verá a Dios. Por eso se sienta junto a la visión al mediodía aquel que invita a ver  a Dios. 

De ahí, en fin, que se diga, no que está sentado dentro de la tienda, sino fuera, a la  entrada de la tienda, pues fuera y aparte del cuerpo se halla la mente del que está lejos de  los pensamientos corporales y lejos de los deseos carnales, y por eso Dios le visita, porque  está fuera de todo eso.  Al mismo misterio pertenece también el hecho de que José, al acoger a sus hermanos en  Egipto, los hace comer con él a mediodía, y ellos le rinden homenaje con sus presentes a  mediodia. Por último, creo que ésta es la razón de que ningún evangelista quisiera  escribir que lo que hicieron los judíos contra el Salvador ocurrió al mediodía: aunque en  todo caso la hora sexta no da a entender otra cosa que la hora del mediodía, no obstante,  ninguno nombró al mediodía: Mateo dice así: Desde la hora sexta, las tinieblas cayeron  sobre la tierra hasta la hora nona; Lucas, por su parte: Era ya casi la hora sexta y las  tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora nona, por eclipsarse el sol; en cuanto a  Marcos: Llegada la hora sexta, las tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora nona.  De aquí se colige que, ni en la visita de Abrahán ni en el banquete de los patriarcas en casa  de José necesitaba este momento ser designado por el nombre del número sexto, sino al  contrario, por el de mediodía. Efectivamente, la esposa, que ya se simbolizaba en estos  personajes, quería saber dónde apacentaba su rebaño el esposo y dónde tenía el  sesteadero, y por eso nombra el mediodía. En cambio, los evangelistas, en los hechos que  narraban, necesitaban, no la hora del mediodía, sino el número de la hora sexta, porque su  intención era narrar el sacrificio de la víctima que se ofreció en el día de Pascua por la  redención del hombre, el cual fue formado por Dios el día sexto, después que la tierra hubo  producido seres vivientes según su género: cuadrúpedos, reptiles y animales de la  tierra. Por consiguiente, en el pasaje que nos ocupa, la esposa desea ser iluminada con  la luz plena de la ciencia, para evitar que andando errante a causa de su ignorancia, venga  a asemejarse a aquellas escuelas de los doctores, que trabajan, no por la sabiduría de  Dios, sino por la de los filósofos y príncipes de este mundo. Es, efectivamente, lo que  también el Apóstol parece decir en aquel pasaje en que afirma: Hablamos de la sabiduría  de Dios misteriosa, escondida, que ninguno de los príncipes de este mundo ha  conocido. Y esto mismo da a entender nuevamente cuando dice: Nosotros no hemos  recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo  que Dios nos ha dado. Por esta razón la esposa de Cristo busca los rediles de mediodía  y pide a Dios la plenitud de la ciencia, para no ser ni parecida a una de esas escuelas de  filósofos, que se llaman veladas porque, en ellas la plenitud de la verdad está  encubierta y velada. En cambio, la esposa de Cristo dice: Mas nosotros miramos a cara  descubierta, como en un espejo, la gloria de Dios. 

LIBRO SEGUNDO ()

Si no te conoces, tú, buena (o bella) entre las mujeres, sigue las huellas de los  rebaños, y apacienta tus cabritos entre las tiendas de los pastores (,). 

De uno de los siete que la fama celebra entre los griegos como señeros en sabiduría, se  ha transmitido, junto con otras, esta admirable sentencia: Conócete a ti mismo. Sin  embargo, Salomón, que ya en nuestro prólogo mostramos que había precedido a todos ellos  en tiempo, en sabiduría y en conocimiento de las cosas, dice lo mismo hablando al alma  como a una mujer y con cierto tono amenazador: Si no te conoces a ti misma, oh bella entre  las mujeres; si no reconoces que las causas de tu belleza están en el hecho de haber  sido creada a imagen de Dios, por lo cual hay en ti tanto esplendor natural; y si no sabes  lo bella que eras desde el principio, por más que ahora aventajes ya a las demás mujeres y  entre ellas seas la única en ser llamada bella, con todo, si no te conoces a ti misma, quién  eres, pues yo no quiero que tu belleza parezca buena por comparación con las menos  bellas, sino que haya en ti correspondencia contigo misma y te pongas al nivel de tu propia  dignidad; si no haces todo esto, yo te ordeno que salgas y camines sobre las últimas huellas  de los rebaños, y que no apacientes ya ovejas ni corderos, sino cabritos, es decir,  aquellos que por su depravación y su lascivia estarán a la izquierda del rey que preside en  el juicio. Y cuando te haya introducido en mi regia cámara del tesoros y te haya mostrado  cuáles son los bienes supremos, si no te conoces a ti misma, te mostraré también cuáles son  los supremos males, para que de unos y de otros saques provecho, tanto por miedo a los  males como por deseo de los bienes. Efectivamente, si no te conoces a ti misma y vives  ignorándote y sin aplicarte con ardor al conocimiento, es bien seguro que no tendrás tienda  propia, sino que andarás merodeando por las tiendas de los pastores, y entonces, entre las  tiendas de éste o de aquel pastor, apacentarás los cabritos, animal inquieto y errátil, carne  de pecado. Ahora bien, esto lo sufrirás hasta que por la fuerza de las cosas y por  experiencia propia comprendas lo malo que es para el alma no conocerse a si misma y su  propia belleza, por la que aventaja a las demás, no a las vírgenes, sino a las mujeres, es  decir, a las que han padecido la corrupción y no permanecieron en la integridad de su  virginidad. Esto es lo que, después de todo cuanto había hablado la esposa y siguiendo el  plan del drama, dice el esposo a la esposa con cierta gravedad conminatoria, tratando de  animarla para que se aplique al conocimiento de  si misma. 

Pero es lógico que ahora, como hicimos con lo demás, apliquemos también esto a Cristo  y a la Iglesia, pues Cristo, hablando a su esposa, es decir, a las almas de los creyentes,  estableció la cumbre de la salvación y de la dicha en el conocimiento de si mismo. Sin  embargo, de qué manera el alma se conoce a si misma, creo que no se puede explicar ni  fácil ni brevemente; con todo, intentaremos aclarar algunas cosas, entre las muchas que  hay, según nuestras fuerzas. 

Mi opinión en este caso es que el alma debe abordar el conocimiento de si misma por  doble camino: qué es ella misma verdaderamente y de qué manera se comporta; es decir,  qué tiene en su substancia y qué en sus sentimientos, de suerte que pueda comprender,  por ejemplo, si es de buenos o de malos sentimientos, de rectos o de torcidos propósitos; y  en el caso de ser éstos ciertamente rectos, si tiene el mismo empeño para todas las  virtudes, tanto de pensamiento como de obra, o bien solamente para las cosas necesarias y  que están a mano. Y también si está en situación de progresar de modo que vaya creciendo  por la comprensión de las cosas y por el aumento de las virtudes, o bien se ha parado y  asentado en el punto al que pudo llegar. Además, si se dedica a cultivarse exclusivamente a  sí misma, o bien se esfuerza por aprovechar a otros y aportarles.un poco de utilidad, ya con  la palabra de la doctrina, ya con los ejemplos de su obrar. 

En cambio, si reconoce que no es de buen sentimiento ni de recto propósito, en esto  mismo podrá comprender si le falta bastante aún y anda lejos del sendero de la virtud, o  bien si se encuentra ya en el camino mismo y se esfuerza por caminar con deseo de  alcanzar lo que está delante y de olvidar lo que queda atrás, pero sin acercarse todavía;  o bien si está próxima, ciertamente, pero no ha llegado aún a la perfección. Con todo, en  este punto me parece que el alma que se conoce a si misma necesita saber si esos mismos  males que obra los realiza por sentimiento y por gusto o bien por cierta fragilidad y como  quien obra-según dice aquel-lo que no quiere, y hace lo que aborrece; y a su vez, si  lo bueno lo realiza con buen sentimiento y recto propósito. Por ejemplo, si refrena su ira  para con unos y en cambio le da rienda suelta para con otros, o bien la refrena siempre y  no la muestra con ninguno en absoluto. De modo parecido también la tristeza: si en unos  casos la espanta y en otros la acepta, o bien la rechaza de plano en todos los casos. Y lo  mismo por lo que se refiere al temor y a todos los demás sentimientos que se oponen a las  virtudes.  Pero el alma que se conoce a si misma tiene todavía necesidad de saber si está muy  ávida de gloria, o poco o nada en absoluto. Esto lo puede colegir ella comprobando si se  complace en las alabanzas mucho, medianamente o nada en absoluto, y si en las injurias  se entristece bastante, poco o nada en absoluto. Pero incluso en el dar y el recibir se refleja  el alma que se conoce a si misma: si lo que reparte y ofrece lo reparte y lo ofrece con un  sentimiento de comunicación y como quien se complace en que haya igualdad entre los  hombre, o bien -como dice aquel- con tristeza y por obligación, o cuando menos  buscando el agradecimiento de los que reciben o de los que se enteran. Mas también en el  recibir: el alma que se conoce a si misma observará si lo que recibe la deja indiferente, o  bien se goza en ello como en un bien. Pero el alma que nos ocupa habrá de examinarse a  si misma también sobre el alcance de su espíritu, para saber si fácilmente le pone en  movimiento el relato de cualquier cosa verosímil y se deja embaucar por la habilidad, la  dulzura o la astucia de los discursos, o bien esto lo padece raramente o nunca en absoluto.  Pero baste lo que hemos dicho sobre este género de conocimiento. Sin duda el que quiera  otras comparaciones parecidas podrá recoger un sin número de ellas, por las cuales el  alma probará que se conoce a si misma y que contempla su belleza, la que recibió a imagen  de Dios en la creación, con tal que haya podido restaurarla y restablecerla.  Esto es, pues, lo que enseña nuestro pasaje al alma, bajo la figura de la mujer, para que  pueda conocerse a sí misma, y dice: Si no te conoces a ti misma, esto es, si no guías  tus sentimientos con ayuda de las diversas indicaciones arriba mencionadas y si no eres  capaz de discernir cada cosa: lo que debes hacer y lo que debes evitar, lo que te falta y lo  que te sobra, lo que debes en mandar y lo que debes conservar; en cambio, si quieres  obrar indiferentemente entre las otras almas de la vulgar vida de los hombres (entre las que  aquí llama mujeres y entre las cuales tú eres bella por haber recibido ya los besos del  Verbo de Dios y haber visto los secretos de su cámara del tesoro); si, repito, no te conoces  a ti misma y en cambio quieres obrar indiferentemente como el vulgo común, sal y sigue las  huellas de los rebaños, es decir: te estarás entre el resto del rebaño si, después de  todo lo que se te ha confiado, eres incapaz de obrar algo egregio y de apartarte del trato  gregario, por no conocerte a ti misma. Y estarás no sólo en el rebaño, sino en las huellas  del rebaño: y es que vendrá a ser el último y postrero de todos el que no comprendió  sus preeminencias. Y por eso, en cuanto descuida la ciencia, necesariamente se verá  zarandeada por todo viento de doctrina hacia el engaño de los errores, de suerte que  plantará su tienda ahora junto a aquel pastor, es decir, maestro de la palabra, luego junto al  otro; y así en todas partes andará en continuo vaivén apacentando, no ovejas, que son  animales simples, sino cabritos -los sentidos lascivos e inquietos, dedicados al pecado-,  y frecuentando la compañía de diversos maestros buscados expresamente para esto. Y tal  será la pena para la culpa del alma que no se esfuerce en conocerse a sí misma y por  seguir al único pastor que dio su vida por sus ovejas.  Es éste un aspecto por el que el alma debe comprenderse a sí misma en sus  sentimientos y en sus acciones. Pero hay otro aspecto más profundo y más difícil, por el  que se manda al alma que, con todo, ya es bella entre las mujeres, conocerse a si misma.  Si esto logra, puede esperar para sí todos los bienes; si no, que sepa ya que habrá de salir  tras las huellas de los rebaños y apacentar los cabritos entre las tiendas de pastores que le  son extraños. Ea, pues, comencemos a examinar también, según nuestra capacidad, este  aspecto del conocimiento. 

La palabra divina dice a través del profeta: Haced brillar para vosotros la luz de la  ciencia. Ahora bien, entre los dones espirituales, uno es el don mayor, el que otorga el  Espíritu Santo: la palabra de ciencia, cuyo objetivo principal es el que en el Evangelio  de Mateo se describe así: Nadie conoció al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoció  alguien, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo; en el de Lucas, así: Nadie  sabe quién sea el Hijo, sino el Padre; y nadie sabe quién sea el Padre, sino el Hijo y a  quien el Hijo quisiere revelarlo; en cambio, en el de Juan, está escrito: Como el Padre  me conoce, y yo conozco al Padre; y en el Salmo XLV, se dice: Sosegaos, y conoced  que yo soy Dios. Por consiguiente, el deber primordial de la ciencia es conocer la  Trinidad; en segundo lugar, empero, conocer lo que ha creado, según lo que decía aquel:  Pues él mismo me dio la verdadera ciencia de cuanto existe, de la substancia del mundo,  de las propiedades de los elementos, del principio, del fin y del medio de los tiempos  etc.. Por otra parte, además de estos conocimientos, el alma tendrá también cierto  conocimiento de si misma, por medio del cual debe saber cuál es su substancia: si es  corpórea o incorpórea, y si es simple o está compuesta de dos o de tres o incluso de varios  elementos. Pero también, conforme a los problemas planteados por algunos, si ha sido  creada o nadie en absoluto la ha creado; y, si ha sido creada, cómo ha sido creada: si,  como algunos piensan, el semen corporal contiene ya su substancia y entonces su origen  se transmite juntamente con el del cuerpo, o bien proviene de fuera ya perfecta y es  introducida en el cuerpo preparado y formado ya en las entrañas de las mujer. Y si es así,  entonces debe saber si viene recién creada, y en ese caso será creada tan pronto como  aparece formado el cuerpo, hasta el punto de que pueda creerse que la causa de su  creación fue la necesidad de animar el cuerpo; o bien, si fue creada mucho tiempo antes y  se piensa que por alguna causa vino para asumir el cuerpo; y si se cree que se rebaja a  éste por alguna causa, deber de la ciencia es también tratar de saber cuál pueda ser esa  causa. 

Pero, además, debe investigarse si el alma se reviste del cuerpo una sola vez por todas  y luego, cuando lo deja, no vuelve jamás a buscarlo, o bien, tras haberlo tomado y depuesto  una vez, vuelve a tomarlo, y si, tomado por segunda vez, lo conserva siempre o se  desprende nuevamente de él en algún momento. Y como quiera que, según la autoridad de  las Escrituras, es inminente la consumación del mundo y entonces esta condición  corruptible se transformará en incorruptible, no parece dudoso que, en la condición de  la vida presente, el alma no puede venir al cuerpo segunda y tercera vez. Efectivamente, si  se acepta esto, la consecuencia necesaria será que, al ir sucediéndose esos regresos al  cuerpo, el mundo no conocerá un fin. 

Todavía debe el alma investigar más para conocerse: si existe algún orden o si hay  algunos espíritus de su misma substancia, o si hay otros, no de la misma substancia, sino  diferentes de ella, es decir, si existen también otros seres racionales como lo es ella, y otros  carentes de razón; y si es su substancia la misma que la de los ángeles, pues se cree que  lo racional no difiere en absoluto de lo racional. Y también: supuesto que no es tal por  substancia, sino que lo es por gracia, si lo ha merecido, o bien, si no puede en modo alguno  hacerse semejante a los ángeles, a no ser que esto se deba a una cualidad o a una  semejanza de su naturaleza: y es que, al parecer, se puede recuperar lo que se ha perdido,  pero no se puede conseguir lo que el Creador no haya otorgado desde el principio.  Pero el alma, para conocerse a sí misma debe todavía seguir investigando si la virtud  puede venir a ella y puede desaparecer; o bien, si es inmutable y, una vez adquirida, ya no  se pierde jamás. Pero, ¿qué necesidad hay de traer a colación más instrumentos que  hagan posible al alma conocerse a sí misma para evitar que, por su descuido en conocerse  perfectamente, reciba la orden de salir siguiendo las huellas de los rebaños y apacentar los  cabritos, y esto, no junto a su propia tienda, sino entre las tiendas de los pastores, siendo  así que quien tenga voluntad de proseguir esta investigación podrá tomar de lo que ya  hemos dicho abundantísimas ocasiones para, según sus posibilidades, ejercitarse en la  palabra de la ciencia? 

Sin duda alguna, todo esto se lo puede decir el Verbo de Dios  al alma que, ciertamente va progresando, pero que no ha subido aún a la cima de la  perfección. Esta alma, por el hecho de estar progresando, es llamada bella, sin embargo,  para que pueda también llegar a la perfección, necesita de esta advertencia: si recorriendo  cada uno de los interrogantes que hemos propuesto no se conoce a si misma y no ejercita  vigilante en la palabra de Dios y en la ley divina, le tocará andar cosechando sobre cada  punto opiniones bien diversas e ir a la zaga de hombres que no han hablado palabra  notable ni que proceda del Espíritu Santo. Esto es, en efecto, lo que significa salir siguiendo  las huellas de los rebaños, y lo mismo seguir la doctrina de quienes, ellos mismos, han  permanecido siendo pecadores y no han podido ofrecer remedio alguno a los que pecan.  Quien sigue a éstos, ciertamente parecerá que apacienta a los cabritos rondando alrededor  de las tiendas de los pastores, es decir, de las diversas escuelas de los filósofos. Mira,  pues, atentamente y más de lleno lo terrible que es cuanto se simboliza bajo esta figura. Sal  -dice- siguiendo las huellas de los rebaños. Es como si hablara al alma que ya está  dentro y apostada en el interior de los misterios pero que, por haber descuidado el  conocerse a si misma y preguntarse quién es y qué y cómo debe obrar, o qué no debe  obrar, se oye decir: Sal, como si por culpa de esta su desidia la enviara fuera el que  preside. Así es un peligro tremendo para el alma el descuidar la ciencia y el conocimiento  de si misma.  Sin embargo, puesto que hemos expuesto un doble modo para conocerse el alma a sí  misma, quizá le parezca a alguien que, según el primer modo, el alma que descuida  examinar sus costumbres y acciones, indagar sus progresos y sondear sus pecados, es de  razón que le diga: Sal, dando la impresión de arrojar fuera a la que estaba dentro. Pero en  cambio, si la cosa ocurre según la otra versión, por la que dijimos que el alma debe conocer  su naturaleza y su substancia, así como su condición presente, pasada y futura, entonces  créase que el asunto es grave. En efecto, ¿qué alma encontraremos fácilmente de esta  categoría, tan perfecta y tan poderosa que le resulten claras la razón y la comprensión de  todos estos problemas? A esto podemos responder que la palabra que tenemos entre  manos no va dirigida a todas las almas; el esposo no habla aquí a las doncellas ni a las  demás mujeres ni a las ochenta concubinas ni a las sesenta reinas, sino a la única que  entre todas las mujeres es llamada bella y perfecta. Por donde se pone de manifiesto  que todo esto va dicho a cada una de las almas predilectas a las que Dios, junto con la  gracia, dio mucha capacidad de sentir y de comprender, pero que, sin embargo, descuidan  partes de las ciencias y no hacen el menor esfuerzo por conocerse a si mismas. Por eso las  conmina a ellas la palabra divina: porque mucho se les exige a quienes mucho se da; y  porque el humilde será digno de misericordia y de perdón, mientras los poderosos serán  poderosamente castigados. Por consiguiente, oh alma que eres entre todas la más bella  y la más sobresaliente, por ejemplo, en doctrina, si tú también te descuidas a ti misma y te  empeñas en seguir ignorándote, ¿cómo podrán ser instruidos los que desean ser  edificados, y cómo ser confundidos y refutados los contradictores? Por eso es justo que con  cierto tono conminatorio se le diga: Sal siguiendo las huellas de los rebaños y apacienta  tus cabritos entre las tiendas de los pastores. 

También se puede aducir para esto mismo aquello que escribe Moisés: si una mujer  israelita comete adulterio, sea lapidada; pero si es hija de sacerdote, entonces  quemada. Así, pues, parecerá justa la amenaza contra aquellos que, a pesar de su  capacidad para la ciencia y el conocimiento, sin embargo, por desidia los descuidan: contra  estos es justísima la indignación del esposo, pues sabe que la negligencia de uno sólo  redunda en perjuicio de muchos. Una alma de esta índole, efectivamente, parecerá  semejante a aquel que, habiendo recibido un denario, lo enterró para evitar que el amo del  dinero sacase de él alguna ganancia; o bien, a aquel de quien se dice que Dios lo mató  porque era un malvado, a saber, Onán, el cual, habiendo recibido el semen de la ciencia  natural, lo desparramaba en tierra por mirar con malos ojos a la posteridad. También, si  verdaderamente van dirigidas a la Iglesia, como ya dijimos arriba, estas palabras de  conminación, por pastores habremos de entender los príncipes de este mundo, o bien  los ángeles bajo cuyo cuidado están los restantes pueblos, ya sea porque la suerte lo  dispuso, ya por algunas causas más particulares. Pero en cambio, si dicha amenaza se  refiere a toda alma que descuida el conocerse a si misma, entonces por pastores debemos  entender los sabios y maestros de este mundo, que enseñan la sabiduría de este  mundo. En resumen, debe entenderse que el alma, sobre todo la que es buena y bella  en los sentimientos y de talento despierto, necesita conocerse a si misma y empeñarse en  tal conocimiento ejercitándose en la doctrina y aplicándose a las cosas divinas, y dejándose  guiar en esto por el espíritu de Dios y por el espíritu de adopción. Ahora bien, si esta  alma se despreocupa de si misma y abandona sus ocupaciones divinas, entonces por  fuerza habrá de aplicarse a las aficiones mundanas y a la sabiduría de este siglo, y ser  guiada nuevamente, por el espíritu de este mundo, en el temor. Es lo que señala el Apóstol  cuando dice: Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que  viene de Dios; y otra vez: Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para  recaer en el temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos:  ¡Abba, Padre!. Todo esto es cuanto se nos pudo ocurrir sobre el pasaje presente; ahora  pasemos ya a los que siguen. 

A mi caballería, entre los carros del Faraón te he comparado, oh tú, que me  eres tan cercana (,). 

El sentido literal parece manifestar lo siguiente: Como en Egipto entonces, dice el  esposo, cuando el Faraón, persiguiendo al pueblo de Israel, avanzaba con carros y  caballería, y mi caballería (es decir, de mi esposo, el Señor) sobrepujaba con mucho a los  carros del Faraón y era superior, puesto que los venció y hundió en el mar, así tú  también esposa mía, que me eres tan cercana, sobresales por encima de todas las mujeres,  hecha semejante a mi caballería que, comparada con los carros del Faraón, es ciertamente  más poderosa y magnifica. Este me parece ser el orden del discurso y creo que en tal  dirección apuntan las palabras. 

Pero veamos ahora si por ventura, siguiendo la interpretación mística, las almas que se  hallan bajo el Faraón espiritual y bajo los espíritus del mal puede decirse que sean  los carros del Faraón y sus cuadrigas, que él mismo guía y conduce para perseguir al  pueblo de Dios y oprimir a Israel. Porque lo cierto es que las tentaciones y tribulaciones que  los demonios suscitan a los santos, las suscitan valiéndose de algunas almas apropiadas y  convenientes para eso. Subidos a ellas, como si fueran carros, hostigan y atacan, ora a la  Iglesia de Dios, ora a cada uno de los fieles. Respecto de la caballería del Señor, sobre  cuál sea esta su caballería, realmente en el Éxodo, donde son derrotados y hundidos en el  mar los carros del Faraón, no hallamos nada escrito, a no ser únicamente que el Señor  anegó en el Mar Rojo los carros del Faraón y todo su ejército. Sin embargo, en el libro  cuarto de los Reyes encontramos que Eliseo dice a su criado, asustado por la llegada  de los enemigos, que habían venido con carros y caballería: No temas, porque hay más  con nosotros que con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Señor, abre los ojos de este criado, para  que vea. Y el Señor abrió sus ojos, y vio: el monte estaba lleno de gente a caballo, y  carros de fuego habían descendido y rodeaban a Eliseo. Pero también en el profeta  Habacuc leemos con toda claridad y evidencia acerca de la caballería del Señor, que monta  en sus caballos; éstas son, pues, las palabras de la Escritura: ¿Acaso, Señor, te aíras  contra los ríos y te enfureces contra los ríos, o lanzas tu ímpetu contra el mar? Porque  montas en tus caballos y tu caballería es la salvación. Hay, pues, los caballos del  Señor, en los que monta él mismo, y su caballería. Estos yo creo que no son otros que las  almas que aceptan el freno de su disciplina y llevan el yugo de su dulzura, y que se dejan  guiar por el espíritu de Dios: y en esto tienen su salvación. 

En el Apocalipsis de Juan, leemos que se le apareció un caballo y, sentado sobre él, uno  que es fiel y veraz y que juzga con justicia, cuyo nombre es el Verbo de Dios. Dice, pues: Y  vi el cielo abierto; y había un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él era llamado  fiel y veraz y que juzga y pelea con justicia. Y sus ojos eran como llama de fuego, y en su  cabeza, muchas diademas, con un nombre escrito que nadie más que él conocía. Y vestía  un manto empapado en sangre, y su nombre era Verbo de Dios. Y su ejército estaba en el  cielo, y le seguían en caballos blancos, vestidos de lino blanco y puro. Pero  necesitamos que la gracia de Dios nos abra la significación de todo esto para que podamos  entender qué nos indican estas visiones, quién pueda ser el caballo blanco, y quién el que  está sentado sobre él, cuyo nombre es Verbo de Dios. Pues bien, quizás alguno diga que el  caballo blanco es el cuerpo que el Señor tomó y que fue como vehículo del que en el  principio estaba en Dios, Dios Verbo. Otro en cambio dirá que es el alma que tomó el  primogénito de toda criatura, y de la que decía: Tengo poder para entregarla y tengo  poder para tomarla de nuevo. Otro pensará que los dos a la vez, el cuerpo y el alma,  como si el caballo se dijera que es blanco cuando no hay pecado. Pero todavía habrá un  cuarto que dirá que el caballo blanco es la Iglesia -que también es llamada cuerpo  suyo- en cuanto que no tiene mancha ni arruga, y él la santificó para sí en el baño del  agua. Pues bien, de acuerdo con estos puntos habrá que interpretar también cada uno  de los que siguen: la milicia del cielo, el ejército del Verbo de Dios y cómo cada uno de los  que siguen al Verbo de Dios montan caballos blancos y visten lino blanco y puro. Por esto  Cristo compara y asemeja su Iglesia a este caballo blanco, por el que es transportado él  mismo que se llama Verbo de Dios, o bien a esta caballería celeste que le sigue montada  sobre caballos también blancos. 

Entre los carros el Faraón: podemos entenderlo en el sentido  siguiente: cuanto esta caballería del Señor vence y sobrepuja a la caballería y carros del  Faraón, tanto sobrepujas y vences tú, que eres bella entre las mujeres, a todas las demás  almas que llevan todavía el yugo del Faraón y soportan a sus jinetes; o bien, que esta  caballería mía, que por el baño del agua se tornó limpia, pura y blanca y mereció llevar  como jinete al Verbo de Dios, fue tomada de entre los carros del Faraón. De allí,  efectivamente, proceden todos los creyentes, pues Cristo vino a este mundo para salvar a  los pecadores. Por eso el sentido de este versículo puede aplicarse de esta manera: A  mi caballería, que antes estuvo entre los carros del Faraón y que ahora me sigue en  caballos blancos, purificada en el baño del agua, yo te comparo, a ti, que me eres tan  cercana. Dichosas, pues, las almas que curvaron su espalda para recibir encima como  jinete al Verbo de Dios y soportan su freno, de modo que pueda él llevarlos a donde quiera  y los guíe con las riendas de sus mandamientos: porque ya no andan por propia voluntad,  sino que en todo las lleva y las trae la voluntad del jinete. Y como quiera que la Iglesia está  formada por la unión de muchas almas y el ejemplo de vida lo recibe de Cristo, quizá se  pueda pensar que dicho ejemplo no lo ha recibido de la misma divinidad del Verbo de Dios,  que ciertamente está muy por encima de todos los actos y sentimientos que deben darse  como ejemplo a los hombres, sino que la misma alma que él asumió y en que reside la  perfección misma es la que se propone como ejemplo y a la que aquí describe: tú que  me eres tan cercana; y ella es también a la que debe asemejarse la Iglesia, que está  formada por la unión de muchas almas, es decir, de aquellos que anteriormente estuvieron  bajo el yugo y entre los carros del Faraón y que son llamados: caballería del Señor. Ahora  bien, de estas dos interpretaciones, tú que lees comprobarás cuál es la que mejor conviene  al versículo propuesto. 

Qué hermosas se han vuelto tus mejillas, como de tórtola; tu cerviz, como  collar (,). 

El orden del presente drama parece tener su lógica: después que el esposo se ha  servido de una severa conminación a la esposa, asegurándole que, si no se conocía a si  misma, habría de salir siguiendo las huellas de los rebaños y apacentar, no ovejas sino  cabritos, ella, ante el rigor de la advertencia, se ruborizó, pero al esparcirse el rubor  vergonzoso por su cara, había embellecido sus mejillas, destacando su hermosura mucho  más que antes; y no solamente las mejillas, que también su cerviz se vio tan hermoseada  que parecía engalanada con collares. La belleza de las mejillas se compara a las tórtolas,  porque por esta ave se indica a la vez la franqueza del rostro y la diligencia. Tal es la  interpretación literal del drama. 

Pero vayamos al grano. El apóstol Pablo, escribiendo a la Iglesia de Corinto, dice así:  Pues tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Y si el pie dijera: Porque no  soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no va a ser del cuerpo? Y si la oreja dijese: Porque  no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no va a ser del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese  ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas Dios puso  cada miembro en el cuerpo como quiso. Y después de haber disertado mucho sobre  esto, dice al final: Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su  parte. Y escribiendo a los Efesios dice también: Sumisos los unos a los otros en el  temor de Cristo. Las mujeres estén sujetas a sus maridos, como al Señor: porque el marido  es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, y él es el Salvador del cuerpo.  Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en  todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo amó a su Iglesia y se  entrego a si mismo por ella, para santificarla limpiándola en el baño del agua, por la  palabra, y presentársela gloriosa a si mismo, una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga  ni nada parecido, sino que fuese santa e inmaculada. Y un poco más abajo, dice:  Porque nadie aborrecido jamás a su propia carne, antes bien la sustenta y regala, como  también Cristo a su Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo etc.. 

Por estas palabras se nos enseña que la esposa de Cristo, que es la Iglesia, es también  su cuerpo y sus miembros. Por consiguiente, si oyes nombrar los miembros de la esposa,  entiende por ello los miembros de la Iglesia. Entre ellos, como hay unos que se llaman ojos,  indudablemente por la luz de la inteligencia y de la ciencia, y otros oídos, porque oyen la  palabra de la doctrina, y otros manos, por las buenas obras y los servicios religiosos, así  también hay otros, y se llaman las mejillas. Ahora bien, se llaman mejillas las partes del  rostro en que se reconoce la dignidad y la modestia del alma: indudablemente, por ese  apelativo se señala de entre los miembros de la Iglesia a aquellos que cultivan la dignidad  de la castidad y del pudor. Por tanto, a través de ellos se dice a todo el cuerpo de la Iglesia:  Qué hermosas se han vuelto tus mejiilas. Y observa que no dijo: Qué hermosas son tus  mejillas, sino: Qué hermosas se han vuelto tus mejillas, para hacer ver que antes no  habían sido tan hermosas, pero que después de recibir los besos del esposo, y después  que éste, que anteriormente hablaba por medio de los profetas, se hizo presente y limpió  para si a la Iglesia con el baño del agua e hizo que no tuviera mancha ni arruga y le dio  facultad para conocerle a él, entonces sus mejillas se volvieron hermosas. Entonces,  efectivamente, la castidad, el pudor y la virginidad, que antes faltaban, se fueron  esparciendo por las mejillas de la Iglesia con magnifico esplendor. Con todo, este aspecto  de las mejillas, es decir, del pudor y de la castidad, se compara a las tórtolas. Se cuenta  que la naturaleza de las tórtolas es tal, que ni el macho se acerca más que a una sola  hembra ni la hembra soporta más que a un solo macho, de modo que, si ocurre que el uno  muere y el otro sobrevive, en éste muere a la vez que el cónyuge todo deseo de unión. Por  tanto, la comparación de la tórtola se adapta convenientemente a la Iglesia, bien porque  después de Cristo no conoce unión con ningún otro marido, bien porque en ella anda  revoloteando, como si fuera de tórtolas, una gran abundancia de pudor y de castidad.  En este mismo sentido debemos interpretar también la cerviz de la esposa. 

Indudablemente por ella debemos entender las almas que aceptan el yugo de Cristo, que  dice: Tomad sobre vosotros mi yugo, porque mi yugo es suave. Por tanto, a su  obediencia se la llama su cerviz. Por eso su cerviz se torna hermosa como un collar, y con  razón. Efectivamente, a la que antes hiciera fea la desobediencia del pecado, ahora la hace  hermosa y magnifica la obediencia de la fe. Por eso tu cerviz se ha vuelto hermosa como un  collar: de hecho, en ambas expresiones se sobreentiende: se ha vuelto hermosa. Por collar,  entiende aquí el conjunto de joyas engarzadas en cadena, que se suelen colgar de la  cerviz, de donde arrancan y descienden a lo largo del cuello los demás aderezos. Por eso  comparó la cerviz de la esposa al adorno mismo que se suele poner en la cerviz y el cuello.  Así lo hemos entendido. Dijimos que la cerviz significa sujeción y obediencia, porque la  esposa toma sobre si, digamos, el yugo de Cristo, y presta obediencia a su fe. Por eso el  adorno de su cerviz, o sea, de su obediencia, es Cristo. El fue, en efecto, el primero que se  hizo obediente hasta la muertes y, como por la desobediencia de uno solo-es decir, de  Adán-todos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno -esto es,  Cristo- todos serán constituidos justos. Por eso, el adorno y el collar de la cerviz de la  Iglesia es la obediencia de Cristo. Y no sólo eso: también la cerviz de la Iglesia, esto es, su  obediencia, se hace semejante a la obediencia de Cristo, y ésta es el collar de la cerviz. Por  consiguiente, grande es en esto la alabanza para la esposa, grande la gloria para la Iglesia,  donde imitar su obediencia es igual que imitar la obediencia de Cristo, que es objeto de  imitación por parte de la Iglesia. Esta misma especie de collar se menciona también en el  Génesis como entregado por el patriarca Judá a su nuera Tamar, cuando se unió con ella  creyéndola meretriz. Este misterio no resulta evidente para todos, por lo que se  interpreta así: Cristo ha dado a la Iglesia, que él había reunido sacándola de la prostitución  de múltiples doctrinas, estas prendas de la perfección futura, y le ha impuesto sobre la  cerviz este collar de obediencia. 

Imitaciones de oro haremos para ti, con realces de plata, mientras el rey esté  en su lecho (,-). 

Dijimos arriba que este libro, compuesto a modo de drama, va desarrollando su trama  por el cambio de personajes, y así parece que ahora estas palabras las dicen a la esposa  los amigos y compañeros del esposo, los cuales, según la interpretación mística y según ya  dijimos arriba, pueden interpretarse como ángeles o también como profetas o patriarcas.  Efectivamente, no sólo cuando el Señor, tras su bautismo, de manos de Juan, fue tentado  por el diablo en el desierto, los ángeles se le acercaron y le sirvieron, sino que ya le  habían servido siempre, antes de su venida y presencia corporal. Porque ya la ley se dice  que fue ordenada por los ángeles en mano del mediador. Y el Apóstol, escribiendo a  los Hebreos, dice: Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme.... Por eso se  les puso junto a la esposa, niña aún, como tutores y procuradores, con la ley por  pedagogo, hasta que llegase la plenitud de los tiempos y enviase Dios a su Hijo, hecho  de mujer, hecho bajo la ley, y entonces a la que estaba bajo tutores, procuradores y  pedagogos-la ley- la condujera a recibir los besos del Verbo mismo de Dios, es decir, su  doctrina y sus palabras. Por este motivo, antes que llegase el momento de todo esto, la  esposa había sido honrada en muchas ocasiones por el servicio de los ángeles, que  entonces se aparecían a los hombres y hablaban lo que la realidad y el tiempo exigían. 

No vayas a pensar que yo hablo de esposa o de Iglesia a partir de la venida del Salvador  en la carne, sino desde el comienzo del género humano y desde la misma creación del  mundo; es más, para remontarme de la mano de Pablo hasta el origen del misterio, antes  incluso de la creación del mundo. Porque así dice Pablo: Según nos escogió en Cristo  antes de la formación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en  el amor, predestinándonos para ser adoptados hijos. Y en los Salmos se escribe:  Acuérdate, Señor, de tu congregación, la que adquiriste desde el comienzo. En efecto,  los primeros fundamentos de la congregación de la Iglesia se pusieron inmediatamente  después del comienzo, lo que hace decir a Pablo que la Iglesia se edifica sobre el  fundamento, no sólo de los apóstoles, sino también de los profetas.  Entre los profetas, sin embargo, se enumera también a Adán, por haber profetizado el  gran misterio referido a Cristo y a la Iglesia, cuando dijo: Por tanto, dejará el hombre a su  padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Es, pues,  evidente que Pablo se refiere a esta frase al decir: Este misterio, grande es: mas yo lo digo  con respecto a Cristo y a la Iglesia. Pero incluso cuando el mismo Apóstol dice: Así  como Cristo amó a su Iglesia y se entrego a si mismo por ella, santificándola en el baño  del agua, no indica en absoluto que la Iglesia no existiese antes, pues, ¿cómo hubiera  podido amar a la que no existía? En realidad existía en todos los santos que habían vivido  desde el comienzo del mundo. Vino, pues a ella, porque le amaba, y así también él participó  de lo mismo, y se entregó a sí mismo por ellos. Ellos eran, efectivamente, la Iglesia  que él amó para acrecentarla en número, honrarla con las virtudes y trasladarla de la tierra  al cielo por el amor perfecto. Por este motivo, ya desde el comienzo la sirvieron los profetas  y la sirvieron los ángeles. ¿Pues qué otra cosa ocurrió cuando tres hombres se aparecieron  a Abrahán que estaba sentado junto a la encina de Mambré?, aunque esa aparición de  ángeles manifestaba algo más que un servicio angélico: allí se revelaba, efectivamente, el  misterio de la Trinidad. Esto mismo sucedía en el Éxodo cuando se dice que el ángel  del Señor se apareció a Moisés entre llamas de fuego en la zarza, pues a reglón seguido se  escribe que en el ángel había hablado el Señor y Dios, y a este Dios se le designa como el  Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Algunos herejes, al leer esto,  dijeron que el Dios de la ley de los profetas es muy inferior a Jesucristo y al Espíritu Santo,  y han llevado su impiedad a tal punto que, efectivamente, ponen la plenitud en Cristo y en  el Espíritu Santo, y en cambio la imperfección y la debilidad en el Dios de la ley. Pero de  esto, para otra ocasión. Ahora nuestro propósito es mostrar cómo los santos ángeles, que  antes de la venida de Cristo cuidaban de la tutela de la esposa, niña todavía, son los  amigos y compañeros del esposo, que parecen decirle a ella: Imitaciones de oro te  haremos, con realces de plata, mientras el rey esté en su lecho. Así pues, indican que  ellos no harán para la esposa objetos de oro (porque ni oro tenían que fuese digno de ser  ofrecido a la esposa), sino que en vez de oro prometen hacer imitaciones de oro, y no una  imitación, sino muchas. Lo mismo afirman también sobre la plata, solo que, como si tuvieran  cierta cantidad de plata, aunque pequeña, prometen que le harán, no imitaciones, sino  realces de plata, visto que no disponían de tanta cantidad de plata como para producir con  ella una obra compacta y sólida, pero sí para hacer solamente realces, intercalando  pequeños dibujos, como punteados, en el trabajo de imitación de oro que le harían. Estos  son los adornos que hacen a la esposa los amigos del esposo, de que hablamos más  arriba. 

Pero ¿qué secretos encierra en  ellos? ¿Qué alcance tiene la misma novedad de la expresión? Oremos al Padre del esposo  y Verbo omnipotente para que él mismo nos abra las puertas de este arcano y podamos ser  iluminados no sólo para entender esto, sino también para darlo a conocer y explicarlo de  acuerdo con la capacidad de los que lo leyeren, con un lenguaje espiritual moderado. En  muchas ocasiones hemos demostrado que el oro es símbolo de la naturaleza invisible e  incorpórea, mientras que la plata simboliza la facultad de la palabra y de la razón, según lo  que dice el Señor por el profeta: Os di plata y oro, pero vosotros hicisteis Baales de plata y  de oro, con lo cual quiere dar a entender que les dice: Os he dado el sentido y la razón  con que pudierais percibir que yo soy Dios, y honrarme; pero vosotros habéis trastocado el  sentido y la razón que hay en vosotros, para honrar a los demonios. Pero se dice también:  Las palabras del Señor, palabras limpias, plata refinada en el fuego,; y en otro lugar se  recuerda: Plata escogida es la lengua del justo. Y a buen seguro, los Querubines se  dicen de oro, porque realmente significan plenitud de la ciencia de Dios. Y se manda  también que en la tienda del testimonio se ponga un candelabro de oro macizo, el cual  yo creo que es figura de la ley natural, en que está contenida la ley del conocimiento. Más,  ¿para qué andar acumulando muchos testimonios, cuando todo el que quiera saber tiene a  mano numerosos pasajes de la Escrituras en que se indica que el oro dice relación con el  sentido y la razón; la plata, en cambio, con la palabra y el lenguaje? Ahora, pues, démonos  prisa en examinar de qué manera, según lo que anunciamos de antemano, los amigos del  esposo dicen que harán para la esposa imitaciones de oro con realces de plata.  Pues bien, en vista de que la ley que fue ordenada por los ángeles en la mano de un  mediador contenía la sombra de los bienes venideros, pero no la imagen misma de  las cosas, y que todo lo que acontecía a aquellos de quienes se habla en la ley les  acontecía en figura y no en la realidad, mi opinión es que todo esto fueron  imitaciones de oro, que no oro verdadero. La razón es que debe entenderse el oro  verdadero en relación con las realidades incorpóreas, invisibles y espirituales; en cambio,  por imitación de oro, en que no está la realidad misma, sino la sombra de la realidad, deben  entenderse estas cosas corpóreas y visibles. Por ejemplo, imitación de oro fue aquella  tienda de la que dice el Apóstol: Porque no entró Jesús en el santuario hecho de mano,  figura del verdadero, sino en el mismo cielo. Por consiguiente, las cosas que hay en el  cielo, invisibles e incorpóreas, son las verdaderas; en cambio, éstas que hay en la tierra,  visibles y corporales, se dice que son imágenes de las verdaderas, pero no las verdaderas.  Pues bien, éstas son las que se llaman imitaciones de oro, y entre ellas están: el arca de la  alianza, el propiciatorio, los querubines, el altar del incienso, la mesa y los panes de la  proposición; pero también el velo, las columnas, las trancas de las puertas, el altar de los  holocaustos, el templo mismo y todo cuanto está escrito en la ley. Todas estas cosas eran  imitaciones de oro. Más aún, el mismo oro visible, por ser visible, no era oro verdadero, sino  imitación del oro verdadero, invisible. Estas, pues, son las imitaciones de oro que hicieron  para la esposa -la Iglesia-los amigos del esposo, es decir, los ángeles y los profetas, que  cumplieron su servicio en la ley y en los demás misterios. Creo que Pablo, por entenderlo  así, decía: En el culto a los ángeles, en lo que ve, vanamente hinchado por su propio  sentido carnal. Por eso la religión y el culto judíos son en su totalidad imitaciones de  oro. Ahora bien, cuando uno se convierte al Señor y le arrancan el velo, entonces ve el  oro verdadero: de este oro, los amigos del esposo, antes que él se presentase y se diera a  conocer, hicieron imitaciones para la esposa, con el fin de que, incitada y estimulada por  estas imitaciones, ansiase el oro verdadero. Esto es, efectivamente, lo que Pablo indica al  decir: Y estas cosas acontecían en figura y fueron escritas por atención a nosotros, en  quienes ha llegado el fin de los tiempos. Pero este fin de que habla Pablo no debes  entenderlo en sentido temporal, porque el fin temporal alcanzará a muchos, en atención a  los cuales no se escribieron estas cosas, ya que tampoco las entenderían de este modo.  Por fin de los tiempos entiende más bien la perfección de las cosas, perfección que habían  alcanzado Pablo y otros que se le parecen, y por ellos se escribieron estas cosas. Pues  bien, hemos dicho en digresión todo esto, porque queríamos poner de manifiesto de qué  manera los amigos del esposo dicen a la esposa que le harán imitaciones de oro con  realces de plata, a saber: por medio de cuanto transmitieron por escrito en la ley y en los  profetas, en figuras, imágenes, semejanzas y parábolas.  Ahora bien, entre todo esto, existen también algunos pequeños realces de plata, es  decir, indicios del sentido espiritual de la palabra y de la interpretación racional, aunque  bastante raros y exiguos. Efectivamente, antes de la venida del Señor, apenas si algún  profeta desveló en alguna ocasión una pizca del discurso oculto: por ejemplo, Isaías,  cuando dice: La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y la casa de Judá,  plantel amado; y de nuevo en otro lugar: Las muchas aguas son la muchedumbre de  las gentes. Y Ezequiel, al nombrar a las dos hermanas Oholá y Oholibá, hace la  distinción: una es Samaria; la otra, Judea. Y si queda aún alguna otra cosa aclarada por  la interpretación de los propios profetas, todas ellas son realces de plata. Pero cuando vino  el Salvador y Señor nuestro Jesucristo dando a conocer todo con la palabra de su  poder, en su Pasión se dio ya un indicio de que todo cuanto se mantenía escondido y  era secreto sería sacado a la luz y se haría manifiesto, por cuanto el velo del templo con  que se ocultaba el santo de los santos y los misterios se rasgó de arriba a bajo,  anunciando así que a la vista de todos quedaba lo que se había tenido escondido dentro.  Así, pues, todo cuanto se nos había servido por medio de los ángeles y los profetas fue  imitación de oro con pequeños y exiguos realces de plata. En cambio, lo que nos fue  entregado personalmente por obra de nuestro Señor Jesucristo se fijó en oro verdadero y  plata maciza. 

Evidentemente no se promete que las imitaciones de oro que hacen los amigos del  esposo durarán para siempre, al contrario, ellos mismos se fijan un tiempo al decir: mientras  el rey esté en su lecho (/Ct//). En efecto, cuando el rey, acostado, haya dormido  como un león y como un cachorrillo de león, y luego el Padre lo haya despertado y él  resucite de entre los muertos, los que entonces se configuren con su resurrección ya no  permanecerán en la imitación del oro, es decir, en el culto de las realidades corpóreas, sino  que recibirán por ellas oro verdadero, al creer y esperar, no las cosas que se ven, sino las  que no se ven, no las cosas de la tierra, sino las del cielo, donde está Cristo sentado a  la derecha del Padre, y dirán: Y si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora  ya no le conocemos así. Por este motivo no se servirán ya de pequeños realces de  plata, sino de plata disponible a manos llenas. Efectivamente, escucharán que en  aquella imitación del oro, la piedra que se dice que seguía y daba de beber al pueblo, es  Cristo; el mar es el bautismo; la nube, el Espíritu Santo; el maná, el Verbo de Dios; el  cordero pascual, el Salvador; la sangre del cordero, la pasión de Cristo, y el velo que está  en el santo de los santos y oculta las cosas divinas y secretas, su carne. Y otros  incontables misterios irán manifestándose gracias a la resurrección, explicados, no ya con  un pequeño realce, como antes, sino con amplísima exposición. Sin embargo, para que  todavía resulte más clara la expresión: mientras el rey esté en su lecho, citaremos de la  segunda profecía de Balaán lo que en ella se contiene referente a Cristo; dice así: Nacerá  una estrella de Jacob y un hombre saldrá de su descendencia y dominará sobre muchos  pueblos; será ensalzado como Gog su reino y crecerá su reino. Dios lo sacará de Egipto,  como gloria de unicornio, y devorará a las gentes sus enemigas, desmeollará sus huesos,  y las asaeteará con su flechas. Echando, reposará como un león, y como cachorro de león.  ¿Quién lo despertará?. Considera, pues, con mayor atención todo esto y mira cómo se  recuerda que toda imitación de oro perdura hasta el tiempo postrero, es decir, mientras el  rey descansa. Después será ensalzado como Gog -esto es, sobre los tejados- su reino,  a saber, cuando sea trasladado de la tierra a las moradas del cielo. Pero todo esto lo  hemos tratado ya con más amplitud, según Dios nos dio a entender, en el comentario al  libro de los Números.  Indaguemos si realmente también a los santos padres y a los profetas, que suministraron  la palabra antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, les fue otorgada la gracia de esa  perfección que es de oro verdadero, o bien ellos solamente comprendieron que estas cosas  ocurrirían, y sólo en espíritu previeron que vendrían; y también si cuando el Señor dijo  de Abrahán que había deseado ver su día, que lo había visto y se había regocijado, lo  dijo sólo porque Abrahán previó en espíritu que esto sucedería. Pero este planteamiento  quizá lo confirme aún mejor aquel pasaje que dice: Muchos justos desearon ver lo que  vosotros estáis viendo, y no lo vieron; y oir lo que estéis oyendo, y no lo oyeron. Con  todo, ni siquiera a ellos pudo faltarles la perfección que procede de la fe, pues,  efectivamente, lo que nosotros creemos que ya está realizado ellos creían con mayor  expectación que habría de realizarse. Por eso, de la misma manera que desde la venida de  Cristo la fe de lo acontecido condujo a los creyentes a la cima de la perfección, así también  a aquellos los condujo a la cima de la perfección la fe de lo que habría de acontecer.  Si referimos la interpretación a cada alma en particular, aparecerá que, mientras el alma  es todavía niña e imperfecta y está puesta bajo tutela de tutores y curadores, bien sean  los doctores de la Iglesia, bien los ángeles de los que se dicen que son custodios de los  niños y están siempre viendo la faz del Padre que está en los cielos, para ella sólo se  hacen imitaciones de oro, ya que no se alimenta con los fuertes y sólidos manjares del  Verbo de Dios, sino que es educada a base de semejanzas, como si dijéramos que es  instruida a base de parábolas y ejemplos, en razón de los cuales se dice que Cristo crecía  en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres. Por eso se educa en  estas imitaciones y se hacen para ella pequeños realces de plata. Efectivamente, de  cuando en cuando se abre para los educandos algunos pequeños y raros resquicios de los  más secretos misterios, para hacerles concebir el deseo de revelaciones más importantes:  porque no se puede desear nada que se desconoce por completo. Por consiguiente, de la  misma manera que a los principiantes y que están en los rudimentos no se les puede  revelar todo de golpe, así tampoco se les debe ocultar por completo los misterios  espirituales, sino que, como dice la palabra divina, se deben hacer para ellos realces de  plata y se deben prender en sus almas algunas chispas de comprensión espiritual, para que  de alguna manera vayan tomando el gusto a la dulzura que deben desear, no sea que,  como dijimos, si la ignoran por completo, no la deseen en absoluto. Sin embargo, en cuanto  al hecho de que llamemos niña al alma, que nadie lo tome como si dijéramos que es niña  según la substancia: llamamos niña al alma que carece de instrucción y en la que es débil  la capacidad de comprender y mínima la experiencia. 

Conviene, en consecuencia, que esto se dé mientras el rey está en su lecho, es  decir, mientras dicha alma va progresando hasta el punto de comprender al rey y tenerlo  descansando dentro de ella misma. Porque así dice este rey: Pondré mi morada en ellos y  andaré entre ellos; en realidad, entre aquellos que presentan al Verbo de Dios una tal  anchura de corazón, que incluso pueda decirse que él se pasea por ellos, es decir, por  espacios de compresión más amplia y de conocimiento más dilatado. Por eso se dice que  descansa así en el alma, en aquella indudablemente de la que el mismo Señor dice por  medio del profeta: ¿Sobre quién descansaré, si no es en el humilde y manso y que tiembla  ante mi palabra? Por eso este rey, que es el Verbo de Dios, tiene su lecho en el alma  que ha llegado ya a la perfección, con tal, sin embargo, que en ella no haya pecado alguno  y, en cambio, esté llena de santidad y llena de piedad, de fe, de amor, de paz y de todas las  virtudes: entonces, efectivamente, place al rey acostarse y tener en ella su yacija. A esta  alma se dirigía el Señor cuando decía: Yo y mi Padre vendremos y comeremos con él y  haremos morada en él. Ahora bien, ¿por qué no iba Cristo a descansar allí donde come  con el Padre y donde hace su morada? ¡Dichosa la amplitud de aquella alma y dichoso el  camino pavimentado de aquella mente donde el Padre y el Hijo y sin duda el Espíritu Santo  descansan, comen y hacen morada! ¿Con qué medios y con qué recursos crees que se  mantiene a tales convidados? Allí la paz es el primer manjar; la humildad se sirve a la vez  que la paciencia; también la mansedumbre y la apacibilidad, y la suma de toda suavidad: la  pureza de corazón. Sin embargo, en este banquete el puesto principal lo ocupa el amor. Y  así es como en esta tercera interpretación hemos podido referir también a cada alma  aquello que dijo: Imitaciones de oro te haremos, con realces de plata, mientras el rey esté  en su lecho.

Mi nardo exhaló su olor (o bien: el olor de él) (,).

En la representación del drama, parece darse a entender que, después de aquellas  palabras, la esposa entró donde estaba el esposo y lo ungió con sus perfumes, pero de una  forma maravillosa: como si el nardo, que antes, mientras estaba en la esposa, no había  dado olor, hubiera exhalado su fragancia en seguida que tocó el cuerpo del esposo, tanto  que pareció que éste no recibía del nardo el olor, sino al revés, que el nardo lo recibía del  propio esposo. Pero si leemos según la variante que aparece en otros ejemplares: Mi nardo  exhaló el olor de él, entonces descubrimos algo todavía más divino, a saber, que este  perfume de nardo con que fue ungido el esposo tomó no sólo su olor natural de nardo, sino  también el olor del propio esposo, y este olor es el que hizo percibir a la esposa, de modo  que ésta recibió en el perfume con que le ungió y gracias a él la fragancia del esposo.  Parece como si la esposa dijera: Mi nardo, con el que ungí a mi esposo, al retornar hacia  mí, me trajo el olor del esposo y, como si su propio olor natural quedase superado por la  fragancia del esposo, me trajo esta misma fragancia. Esta es la explicación del drama en su  sentido literal; pasemos ahora ya a su interpretación espiritual.

Representemos aquí a la esposa-Iglesia en la persona de María, de la que  oportunamente se dice que trae consigo una libra de perfumes de nardo puro muy caro,  unge los pies de Jesús y los enjuga con sus propios cabellos, y así gracias a su  cabellera, recibe y recupera para sí el perfume, impregnado ahora de la calidad y virtud del  cuerpo de Jesús; al atraer hacia ella, no tanto el olor del nardo, gracias al perfume, como el  olor del mismo Verbo de Dios, gracias a sus propios cabellos con los que le enjugaba los  pies, puso también sobre su cabeza la fragancia no tanto del nardo, como de Cristo, y podía  decir: Mi nardo, derramado en el cuerpo de Cristo, devuelve el olor de éste. Seguidamente  mira cómo se narra esto: María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió  los pies de Jesús, y los enjugó con su cabellera; y toda la casa -añade- se llenó del olor  del perfume (/Jn//) . Esto indica ciertamente que el olor de la doctrina que procede  de Cristo y la fragancia del Espíritu Santo llenaron toda la casa de este mundo y la casa de  toda la Iglesia. O bien, cuando menos llenaron toda la casa del alma que tomó parte en el  olor de Cristo ofreciendo primero el don de su fe, como perfume de nardo, y luego  recibiendo por esto la gracia del Espíritu Santo y la fragancia de la doctrina espiritual. Por  eso, ¿qué más da que en el Cantar de los Cantares sea la esposa la que unge con perfume  al esposo, y en el Evangelio unja la discípula al Maestro y María a Cristo, pues ella espera,  como dijimos, que desde ese perfume vuelva a ella el olor del Verbo y la fragancia de  Cristo, y por eso mismo puede decir: Somos buen olor de Cristo para Dios?  Y como quiera que este perfume estaba lleno de fe y de preciosos sentimientos, por eso  Jesús atestiguó a su favor diciendo: Ha hecho una buena obra conmigo. Y también en  el Cantar de los Cantares, después de bastantes versículos; se aceptan los brotes de la  esposa como aquí se acepta la acción de María: Tus brotes, un paraíso con fruto de  árboles frutales, alheña con nardos, nardo y azatrán. Por tanto aquí se aceptan los  brotes y los dones de la esposa. Por cierto, también hemos observado que en estas  palabras que acabamos de mencionar el nardo aparece primero en plural, y después en  singular; creo que la expresión se atiene al criterio siguiente: el comerciante del reino de los  cielos primero negocia con muchas perlas, hasta que topa con una que es preciosa. Y  quizá lo que dice: Tus brotes, un paraíso con fruto de árboles frutales, indica que aquellos  frutos, con muchos nardos, que producíamos gracias a las instrucciones y a la doctrina de  los profetas, mientras que, con la doctrina del mismo Señor nuestro Jesucristo, nuestros  brotes y dones no producen muchos nardos, sino uno sólo. 

Pero volvamos ahora a la esposa, que dice: Mi nardo  exhaló su olor, y a ver si también en este pasaje que nos ocupa podemos entender que,  si alguna vez somos capaces de hacer una exposición integra y ajustada sobre la divinidad  de Cristo, y de refrendar con afirmaciones apropiadas su poder y su majestad, entonces  acaso pueda con razón decir la Iglesia aquella, o bien el alma, que así podrá exponer  abiertamente su gloria: Mi nardo exhaló su olor. Y no debe extrañar si Cristo, lo mismo  que es manantial y de él fluyen ríos de agua viva, y lo mismo que es pan y da la vida  eterna, así también es nardo que exhala su olor y perfume que hace cristianos a los que  unge con él, como dice el Salmo: No toquéis a mis cristos. Y quizá, según lo que dijo el  Apóstol, en quienes tienen los sentidos ejercitados en discernir el bien y el mal, Cristo  se convierte en objeto total y singular para cada uno de los sentidos del alma, y por eso  se llama: verdadera luz, para que los ojos del alma tengan con qué ser iluminados;  palabra, para que los oídos tengan qué oir; también pan de vida, para que tenga  qué gustar el gusto del alma. Pues bien, por eso, así mismo, se le llama perfume o nardo:  para que el olfato del alma tenga la fragancia del Verbo. Y por lo mismo se dice también de  él que es palpable, que se le puede tocar con la mano, y que es el Verbo hecho carne:  para que la mano interior del alma pueda palpar la palabra de la vida. Todas estas cosas  vienen a ser el único y mismo Verbo de Dios, quien, trocado en cada una de ellas por los  afectos de la oración, no deja un solo sentido del alma privado de su gracia. 

Bolsita de áloe bien atada es mi amado (o mi sobrino), para mi: Entre  mis pechos permanecerá (o posará) (,). 

Por lo que parece, son todavía palabras de la esposa, que habla  a las doncellas. Primero había dicho, efectivamente, que su nardo había dado su olor al  esposo y que, gracias al perfume con que le había ungido, ella había recibido la fragancia  de su olor. Pero ahora dice: mi amado exhala gota de áloe para mí, es decir, no esparcido  ni -si se prefiere- desparramado, sino atado y estrechamente apretado, para que el olor  del mismo perfume se hiciera más denso y penetrante y este olor tal cual, dice, permanece  y se queda entre mis pechos y hace su descanso y su mansión en el lugar de mi pecho. Sin  embargo, en cuanto al hecho de que la esposa ha llamado ahora por primera vez al esposo  sobrino (amado) y que a lo largo de casi todo el libro se utiliza frecuentemente este  apelativo, me parece que lo propio es que en primer lugar busquemos la causa de tal  denominación y expliquemos de dónde y por qué se dice sobrino. Sobrino se llama al hijo  de un hermano. Indaguemos, pues, en primer lugar, quién es el hermano de la esposa del  que éste es hijo. Podemos decir que la esposa es ciertamente la Iglesia que proviene de los  gentiles; su hermano es en realidad el pueblo primero, y hermano, claro está, mayor. Y  como quiera que Cristo según la carne nace de aquel pueblo, por eso la Iglesia de los  gentiles le llama hijo del hermano. Por lo que hace a la expresión: Bolsita de áloe bien  atada es mi sobrino para mi, indica el misterio del nacimiento corporal de Cristo.  Efectivamente, el cuerpo parece en cierto modo que sea una especie de ligadura y vínculo  del alma, y, en Cristo, esa atadura mantiene amarrada la gota de áloe de su poder y  bondad divinas.  Pero, si todo eso lo referimos a cada una de las almas, entonces por bolsita de áloe bien  atada entendemos la cohesión y compacidad del contenido de las doctrinas y la trabazón  de los pensamientos divinos: efectivamente, los principios de la fe están fuertemente  ligados entre sí y amarrados por los lazos de la verdad. Así mismo la ley dice que es puro el  vaso que está atado, pero impuro el que estuviere suelto, no atado. Y de esto era figura el  hecho de que Cristo, en quien nunca hubo suciedad alguna de pecado, fuera llamado  bolsita de áloe bien atada. Y por eso el alma no debe tocar nada que esté suelto y que no  esté sostenido por la razón y trabado por la verdad de las doctrinas, para no convertirse en  inmunda, porque efectivamente, el que toque algo inmundo, inmundo será, según la ley  , ya que a él lo habrá tocado un sentimiento irracional y ajeno a la sabiduría de Dios, y  lo convertirá en inmundo. 

Pero mira también si acaso podemos entender que el Hijo de Dios, encarnado, es  llamado gota de áloe como si con ello se expresara algo pequeño y exiguo, en el  sentido de lo que dice Daniel acerca de él: que era una piedrecita desprendida del monte  sin intervención de mano alguna y que luego se convirtió en una gran montaña; o como  en el libro de los doce profetas se dice que será la gota la que congregará al pueblo;  efectivamente, así está escrito en los profetas: Y ocurrirá que de la gota de este pueblo  será congregado Jacob. Y es que convenía que el que venía a reunir no sólo a Jacob  sino también a todos los gentiles, que, como dice el profeta, fueron considerados como la  gota de una herrada, anonadándose de su forma divina, él mismo se hiciera gota  para así venir y congregar la gota de los gentiles y además la gota del resto de Jacob. Por  otra parte, en el Salmo XLIV se dice al amado, al que también se aplica el Salmo: Mirra,  gota de áloe y casia exhalan tus vestidos. Efectivamente, de los vestidos del Verbo de  Dios, que son la doctrina de la sabiduría, proceden: la mirra, como signo de la muerte  aceptada en favor del género humano; la gota de áloe, despojada -según dijimos arriba-  de la forma de la divinidad, como dignación de asumir la forma servil; y la casia, porque esta  clase de hierba, dicen, se nutre y robustece en agua constante, y por eso indica la  redención del género humano otorgada por medio de las aguas del bautismo. Así pues, la  esposa, cual si hablara en un drama nupcial, dice que su amado, bolsita de áloe bien atada,  ha posado entre sus dos pechos: como ya indicamos arriba, por pechos se entiende la  parte principal del corazón en que la Iglesia tiene a Cristo, y el alma al Verbo de Dios, bien  atado y sujeto con las ligaduras de su deseo, pues solamente podrá recibir el olor de la  fragancia y suavidad del Verbo de Dios quien le tenga bien sujeto en su corazón con todo  su afecto y con todo su amor. 

Racimo de alheña es mi amado para mi, en las viñas de Engadí (I,). 

Por lo que atañe a la interpretación literal, hay alguna ambigüedad en la expresión:  Racimo de alheña es mi amado para mi; efectivamente, la uva florida también se dice  alheña, y la alheña, por su parte, es un arbusto que produce un fruto florido semejante a la  uva florida. Sin embargo, la frase parece más bien referirse al fruto de la vid, puesto que  se menciona a las viñas de Engadí. Ahora bien, Engadí es una campiña de Judea,  abundante no tanto en viñas como en bálsamos. Tal es, pues, el sentido literal de cuanto la  esposa dice a las doncellas, entendido como sigue: Primero: Mi nardo me ha traído el olor  de mi esposo; luego: Bolsita de áloe bien atada se ha hecho para mí mi amado, que posa  entre mis pechos; y en tercer lugar: Racimo de alheña de las viñas de Engadí, que supera a  cuanto de suave existe entre los olores y las flores. Todo ello para hacer que las doncellas,  al oírlo, se sientan más y más impulsadas al amor y deseo del esposo. En cuanto a la razón  de enumerar separadamente y por orden: Primero su nardo, luego la bolsita de áloe y por  último el racimo de alheña, es porque mediante esa gradación quiere dar a entender ciertos  progresos del amor.  Pero veamos ya cuál es el sentido espiritual. Si suponemos que el llamado racimo se  refiere al fruto de la vid, entonces lo interpretamos en el sentido de que de la misma manera  que el Verbo de Dios se dice sabiduría, virtud, tesoro de ciencia y otras muchas cosas, así  también se dice vid verdadera. En este caso, de la misma manera que el Verbo a  aquellos para quienes se hace sabiduría y ciencia no los convierte en sabios y ricos en  ciencia y virtudes repentinamente, sino siguiendo cierto progreso gradual, adecuado a la  aplicación, a la intención y a la fe de los que participan de él en la sabiduría, en la ciencia o  en la virtud, así también en aquellos en quienes se hace vid verdadera no les produce  repentinamente racimos maduros y dulces, ni en un instante se les convierte en delicioso  vino que alegra el corazón del hombre, sino que antes produce para ellos solamente el  delicado aroma de la flor, para que la gracia de su propia fragancia se introduzca en los  comienzos del alma de modo que luego pueda ésta soportar la crudeza de las tribulaciones  y pruebas que por causa del Verbo de Dios se suscitan contra los creyentes. Y así,  finalmente, les ofrece la dulzura de su madurez, hasta que los lleve al lagar donde se  derrama la sangre de la uva, la sangre de la Nueva Alianza, para ser bebida el día de la  fiesta en la planta superior, donde está preparada una gran mesa. Así pues, es  necesario que a través de cada uno de estos grados de progreso vayan caminando  aquellos que, iniciados por medio del sacramento de la vid y del racimo de alheña, son  llevados a la perfección y se empeñan en beber el cáliz de la Nueva Alianza recibido de  Jesús. 

Pero si hemos de entender por alheña el arbusto de su especie, cuyo fruto y cuya flor  dícese que posee no tanto suavidad de olor como fuerza para calentar y animar, entonces  indudablemente se interpreta como fuerza del esposo que hace a las almas entrar en calor  respecto de su fe y de su amor a él, la misma que inflamaba a aquellos que decían: ¿No  ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos explicaba las Escrituras?. O  bien se dice que este racimo florido proviene de las viñas de Engadí, y por otra parte Engadí  se traduce: el ojo de mi prueba; pues bien, si alguien logra comprender cómo, sobre la  tierra, la vida del hombre es prueba y comprende cómo en Dios se libra de la tentación y  reconoce la naturaleza de su prueba hasta el punto de poder decirse de él: En todo esto no  pecó con sus labios delante de Dios, para éste, el Verbo de Dios se hace racimo de  alheña de las viñas de Engadí. Debe, sin embargo, notarse que las palabras de la esposa  están referidas de tal manera que el nardo, la bolsita de áloe bien atada y el racimo de  alheña le pertenecen a ella sola, como es natural en quien ha alcanzado ya estos  progresos. Efectivamente, solamente es perfecta el alma que tiene su sentido del olfato tan  puro y limpio que puede percibir la fragancia del nardo, de la gota de áloe y de la alheña,  que proceden del Verbo de Dios, y penetrarse de la gracia del olor divino.

LIBRO TERCERO

¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana! ¡Mira que eres hermosa!  Tus ojos, palomas.

Por segunda vez ya el esposo interviene dialogando con su esposa. En su primera intervención, el esposo la invitó a conocerse a sí misma diciéndole que verdaderamente era hermosa entre las mujeres, pero que, si no se conocía a sí misma, estaría expuesta a ciertas consecuencias. Y como si ella se hubiera lanzado a todo correr en el conocimiento de sí misma con el sentido y con la inteligencia, la compara a sus caballos (o a su caballería) con los que alcanzó a los carros del Faraón. A la vez y debido a su intenso pudor y a la presteza de su conversión, compara sus mejillas a las tórtolas y su cerviz a espléndido collar. Ahora, sin embargo, ya la declara hermosa, y hermosa, no como al principio, únicamente entre las mujeres, sino en cuanto que está muy cercana a él; y todavía la eleva a un título mayor de alabanza y declara que no sólo es hermosa cuando está próxima, sino que, aún cuando ocurra que esté ausente, incluso entonces es hermosa. Esto es, en efecto, lo que indica el hecho de que, tras haber dicho: ¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana!, añade a secas, sin más aditamento: ¡Mira que eres hermosa!.

Con todo, anteriormente no le había alabado los ojos; creo que la razón es ésta: porque su progreso no alcanzaba todavía hasta la visión propia de la comprensión espiritual; por eso ahora dice: ¡Tus ojos, palomas!. En esto se pone de manifiesto un gran progreso, en el sentido de que la que antes era llamada hermosa solamente entre las mujeres ahora lo es en cuanto cercana, indudablemente porque del mismo esposo recibe el esplendor de su belleza y de tal suerte que, recibida de él la belleza una vez por todas, aun cuando le ocurra tener que sufrir un poco la ausencia del esposo, no obstante sigue siendo hermosa. Ahora bien, en cuanto al hecho de ser comparados a palomas sus ojos, en realidad ocurre porque la esposa entiende las Escrituras, no ya según la letra, sino según el espíritu, y ve en ellas los misterios espirituales. Efectivamente, la paloma simboliza al Espíritu Santo , y por eso, entender la ley y los profetas en sentido espiritual es tener los ojos de la paloma.

Aquí, ciertamente, se llama palomas a los ojos de la esposa; sin embargo, en los Salmos, un alma así desea que le den alas de paloma para poder volar hasta la inteligencia espiritual de los misterios y descansar en los atrios de la sabiduría (/SAL///). Ahora bien, si uno es capaz de dormir-es decir, de acomodarse y descansar-en medio de los lotes sorteados y de comprender la razón de tales suertes y conocer los motivos del juicio divino, entonces se le prometen, no sólo alas de paloma con que pueda volar en la interpretación espiritual, sino también alas plateadas, es decir, realzadas con el adorno de la palabra y de la razón. Y de las plumas de su dorso se dice que tenían reverberos de oro, en lo cual se significa la constancia de la fe y la estabilidad de las doctrinas. Por eso, si de Cristo se dice que es cabeza, creo que en modo alguno puede parecer absurdo el decir que son Espíritu Santo los ojos de aquellos que comprenden y que juzgan espiritualmente, según el hombre interior. Y quizá por esta razón, en la ley, lo mismo que se estableció un cordero por cuyo sacrificio el pueblo se purificaba en la Pascua, así también se establecieron las palomas con que se purificaba el hombre al entrar en este mundo. Pero hablar de esto ahora y discutir las cualidades de las victimas sería excesivamente largo y en modo alguno acorde con la obra que intentamos. Baste, pues, haber recordado lo dicho, en atención al contenido de la expresión: Tus ojos, palomas, como si dijera: tus ojos son espirituales, pues ven espiritualmente y comprenden espiritualmente.

Quizás, por un misterio todavía más profundo, la expresión: ¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana! pueda entenderse como dicha del tiempo presente, puesto que también aquí es hermosa la Iglesia, ya que está cercana a Cristo e imita a Cristo. Ahora bien, lo que repite diciendo: ¡Mira que eres hermosa! puede pertenecer al tiempo futuro, donde la Iglesia no será ya hermosa y radiante sólo por la imitación, sino también en su propia perfección. Si aquí dice que sus ojos son palomas, es para que se entienda que las dos palomas, con sus pares de ojos, son el Hijo de Dios y el Espíritu Santo. Y no te extrañes de que a los dos se les denomine palomas puesto que a los dos también se les llama abogados, según afirma el evangelista Juan: al Espíritu Santo le llama Paráclito, que significa abogado; y de Cristo dice en su Carta que es abogado ante el Padre en pro de nuestros pecados. Y en el profeta Zacarías, los dos olivos colocados a derecha e izquierda del candelabro creemos que también representan al Unigénito y al Espíritu Santo.

¡Mira que eres hermoso, amado mío, mira qué apuesto! Nuestro lecho es umbrío (,).

Parece que ahora, por primera vez, la esposa ha examinado con mayor atención la belleza de su esposo y ha considerado con aquellos ojos que se dijo que era de paloma la dignidad y el aspecto del Verbo de Dios. Y es que realmente es imposible examinar detenidamente y reconocer cuán grande es la magnificencia del Verbo sin antes haber recibido ojos como de paloma, es decir, la comprensión espiritual. Por otra parte, el lecho que dice que le es común con el esposo tengo para mí que indica el cuerpo éste del alma, la cual, encerrada todavía en él, ha sido considerada digna de ser admitida a ser consorte del Verbo de Dios. Y menciona que es un lecho umbrío, es decir, no árido, sino fructífero y como sombreado por la densidad de buenas obras. Ahora bien, estas cosas las dice la esposa, esto es, el alma que tiene ya ojos de paloma. Sin embargo, los que solamente creen al esposo, pero no pudieron examinar intensamente cuánta belleza hay en el Verbo de Dios, dicen: Le vimos, y no tenía apariencia ni hermosura; mas su aspecto era despreciable y desecho entre los hombres. En cambio, el alma que ha progresado bien y que ha sobrepasado ya el grado de las doncellas, de las ochenta concubinas y de las sesenta reinas, ésta puede decir: ¡Mira que eres hermoso, amado mío, mira qué apuesto! . Y si, estando todavía en el cuerpo, comprendo la consistencia de los sentidos espirituales y que la inteligencia de las divinas Escrituras está protegida por sombra tan densa que el fuego más impetuoso, que suele abrasar a muchos y resecar sus frutos, a mí, sin embargo, no consigue ofuscarme, como tampoco una violenta tentación logra resecar en mí la semilla de la fe, entonces puedo decir que nuestro lecho es umbrío. Por otra parte, la esposa dice: Nuestro lecho, como indicando que su cuerpo le es común con el esposo: entiéndelo como dicho en la línea de aquella comparación de Pablo, cuando dijo que nuestros cuerpos son miembros de Cristo. Efectivamente, cuando dice «nuestros cuerpos», viene a hacer ver que este cuerpo es de la esposa; en cambio, cuando menciona los «miembros de Cristo», viene a indicar que esos mismos cuerpos son también cuerpo del esposo. Por eso, si estos cuerpos son umbríos, esto es-como dijimos arriba-repletos de obras buenas y colmados por la densidad de los sentidos espirituales, de tales cuerpos se puede decir: De día el sol no te abrasará ni la luna de noche (/SAL///) . El sol de la tentación, efectivamente, no quema al justo que descansa a la sombra del Verbo de Dios, y es que el sol éste que quema al justo no es digno de condena, sino más bien aquel que se transforma en ángel de luz.

Por eso se llama al amado hermoso y apuesto, y cuanto más se lo pueda examinar con los ojos espirituales, tanto más bello y apuesto se le encuentra, porque no sólo aparecerán maravillosos su aspecto y su belleza, sino que al mismo que le mira y considera, le nacerán una gran hermosura y un aspecto nuevo y maravilloso, según lo que dijo el Apóstol al observar la belleza del Verbo de Dios: Porque, aunque este nuestro hombre exterior se vaya despostando, el interior, empero, se va renovando de día en dia. Por eso es de razón que un alma como ésta tenga su cuerpo como lecho común con el Verbo: efectivamente, el poder divino llega hasta agraciar al cuerpo cuando en él deposita el don de la castidad y la gracia de la continencia y de todas las demás obras buenas. Examina además atentamente si el cuerpo que tomó Jesús puede quizá también ser considerado como lecho común suyo con la esposa, porque, de hecho, gracias a él, la Iglesia se ha unido a Cristo y ha podido participar del Verbo de Dios, en cuanto que éste se dice mediador entre Dios y los hombres y según lo que dice el Apóstol: En él tenemos entrada mediante la fe, en la esperanza de la gloria de Dios.

Los maderos de nuestras casas son de cedro; nuestras vigas, de ciprés (,).

Parece que a las graciosas palabras que la esposa le había dirigido antes, el esposo responde con estas otras, intentando enseñarla cómo son estas casas que les son comunes y qué clase de material tiene su entablado. Tal es el contenido de su interpretación literal. En la realidad, parece que Cristo está describiendo a la Iglesia, que es casa espiritual y casa de Dios, según enseña Pablo cuando dice: Y si tardo en ir, para que sepas cómo conviene que te portes en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. Por consiguiente, si la Iglesia es casa de Dios, como quiera que todo lo que tiene el Padre es del Hijo, también la Iglesia es casa del Hijo de Dios. Por otra parte, es frecuente hablar de iglesias, en plural, como donde dice: Nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios. El mismo Pablo escribe además a las iglesias de Galacia y Juan a las siete iglesias. Por eso, bien la Iglesia, bien las iglesias, son las casas del esposo y de la esposa, o bien las casas del alma y del Verbo de Dios, y en ellas el entablado es de cedro. Leemos también que hubo algunos cedros de Dios sobre los cuales se dice que la viña que fue trasladada de Egipto extendió sus sarmientos, como se dice en el Salmo: Sus sombras cubrieron los montes y sus sarmientos los cedros de Dios. Es evidente, pues, que con estas palabras se denomina a la Iglesia cedros de Dios. Por tanto, cuando el esposo dice: Los maderos de nuestras casas son de cedros, debemos entender que cedro de Dios son los que protegen a la Iglesia, y entre ellos hay algunos que son más robustos y que llamamos vigas. Y yo creo que a los que en la Iglesia administran bien el episcopado se les puede con propiedad llamar vigas que sustentan y protegen a todo el edificio, ya contra los daños de las lluvias, ya contra los ardores del sol. Luego, en segundo lugar, pienso que se llama maderos a los presbíteros. Y creo también que las vigas se dice que son de ciprés, porque tienen una resistencia más robusta y olor suave, y por eso representan al obispo, sólido en las obras y fragante por la gracia de la doctrina. De modo parecido, llamó cedros a los maderos, para señalar que los presbíteros deben estar llenos de incorruptible virtud y del aroma de la ciencia de Cristo.

Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles; como el lirio entre las espinas, así la que me es cercana entre las hijas (,-).

Estas palabras, por lo que parece, las pronuncia el que es esposo, Verbo y sabiduría, hablando de sí mismo y de la esposa a sus amigos y compañeros. Pero teniendo en cuenta el criterio de interpretación que nos hemos propuesto, debemos entender que estas palabras las pronuncia Cristo hablando de la Iglesia, y él mismo dice ser la flor del campo y el lirio de los valles. Se llama campo a un terreno llano dedicado al cultivo y labrado por agricultores; en cambio los valles señalan más bien lugares rocosos e incultos. Pues bien, por el campo podemos entender también aquel pueblo que se cultivaba mediante los profetas y la ley; por el valle, en cambio, el lugar rocoso e inculto de los gentiles. Por eso este esposo fue flor en el pueblo judío; mas, como quiera que la ley no condujo a nadie hasta la perfección, por eso el Verbo de Dios no pudo en él hacer progresar la flor hasta alcanzar la perfección del fruto. En cambio, en este valle de los gentiles fue lirio. Pero, ¿qué clase de lirio? Indudablemente, la misma de aquel que en los Evangelios dice que el Padre viste: Ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de estos. Por eso el esposo se hace lirio en este valle, porque en él el Padre celeste le vistió con un vestido tal de carne, cual ni siquiera Salomón en toda su gloria pudo poseer. Efectivamente, Salomón no tuvo una carne no manchada por la concupiscencia del varón y la unión de la mujer, ni absolutamente libre de pecado.

Pero el esposo parece también mostrar por qué, habiendo sido flor en el campo, en los valles quiso hacerse lirio. Efectivamente, aun cuando en el campo fue flor durante mucho tiempo, de ese mismo campo dice que ninguna otra flor creció en él a su imagen y semejanza. Sin embargo, en cuanto se hizo lirio en los valles, al punto la que le es próxima se hizo también lirio, imitándole; valió la pena, porque él se había hecho lirio para que también se hiciera lirio la que le es cercana, esto es, cada alma que se le acerca y sigue su ejemplo imitándole. En cuanto a la expresión: Como el lirio entre las espinas, así la que me es cercana entre las hijas, la interpretaremos como dicha de la Iglesia de los gentiles, bien porque brotó entre los infieles e increyentes, como si brotara de las espinas, bien porque se dice que se halla entre espinas por causa de las punzadas de los herejes que a gritos la asaltan alrededor. Esto último parecerá más probable, teniendo en cuenta lo que se dice: Así la que me es cercana entre las hijas, porque el esposo no hubiera llamado hijas a las almas que nunca llegaron a creer. En cambio, los herejes vienen primero a la fe y después se desvían del camino de la fe y de la verdad de la doctrina divina. Como lo dice el apóstol Juan en su Carta: Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros; porque, si hubieran sido de los nuestros, ciertamente hubieran permanecido con nosotros.

Podemos, por otra parte, referirlo a cada alma y decir que para el alma que por su simplicidad y lisura puede llamarse campo, el Verbo de Dios se hace flor y le enseña el comienzo de las buenas obras, mientras que, para aquellas que buscan ya mayor profundidad y escudriñan realidades más escondidas, como en los valles, el Verbo se hace lirio, tanto por la claridad de su pudor como por el fulgor de su sabiduría, para que también ellas se conviertan en lirios que brotan de entre las espinas, esto es, que rehuyen los pensamientos y preocupaciones mundanales que en el Evangelio se compararon a las espinas.

Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los hijos: a su sombra deseé estar y me senté, y su fruto es dulce en mi boca (,).

Convenía, en verdad, que el esposo dijese, respecto de sí mismo, qué era en el campo y qué era en los valles, y respecto de su esposa, quién era ella y cuál su consideración entre las demás hijas. Sin embargo, no era conveniente que la esposa, al responder a todo eso, dijera algo sobre ella misma, sino sólo quedar toda ella presa de admiración hacia el esposo y absorta en sus alabanzas. Por eso le compara al manzano. [Mas, para evitar que, por la semejanza de las palabras, algunos más simples crean que el árbol del malo es un «árbol malo» y que se llama así por su maldad, vamos a decir «árbol del malo», sirviéndonos del termino griego, más claro que malo para los simples y para algunos latinos. En todo caso, es preferible ofender a los gramáticos a causar algún escrúpulo en los lectores al exponer la verdad]. Así, pues, compara al esposo con el manzano, y a sus compañeros con los demás árboles silvestres. Pero al esposo lo compara con el manzano de una manera tan particular, que puede añadir que ella deseó sentarse a su sombra y afirmar que su fruto resultó dulce en su boca. Y estas palabras parece dirigirlas a las doncellas, lo mismo que antes el esposo había hablado a sus compañeros.

Pero veamos ahora, conforme al significado interior, a quiénes llama la esposa hijos, entre los cuales afirma que el esposo descuella como el manzano destaca sobre los otros árboles del bosque, y a ver si, según la doble interpretación que arriba hicimos de las hijas y las espinas, también aquí podemos interpretar como hijos aquellos que alguna vez lo fueron y ya no son, o bien la muchedumbre de servidores celestiales. Efectivamente, al principio, a todos se refería lo que está escrito: Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altisimo.

Pero luego se interpuso la diferencia, por lo que dice: Con todo, como hombres moriréis, y caeréis como uno de los príncipcçes. Mas también con esto se relaciona el pasaje: Porque, ¿quién sobre las nubes se igualará con el Señor? ¿O quién se hará semejante a él entre los hijos de Dios?. Por eso, como el manzano sobresale entre los otros árboles del bosque, así también el esposo entre los demás hijos, pues tiene un fruto que supera a todos, no sólo en sabor, sino también en olor, y que satisface a los dos sentidos del alma, esto es, al gusto y al olfato. El hecho es que la Sabiduría nos prepara su mesa con diversos manjares, y en ella, no sólo pone el pan de vida, sino que inmola la carne del Verbo; y no sólo mezcla en la copa su vinos, sino también sirve en abundancia manzanas dulces y olorosas que, además de endulzar labios y boca, conservan luego dentro de ésta el dulzor. Por otra parte, podemos entender por árboles silvestres los ángeles que aparecen como autores de cada herejia: así la Iglesia, comparando la dulzura de la doctrina de Cristo con la aspereza de las enseñanzas heréticas y con su estéril e infructífera doctrina, parece decir que las manzanas dulces y olorosas son las doctrinas ortodoxas que se predican en la Iglesia de Cristo, y en cambio, los árboles silvestres son las doctrinas que los diversos herejes sustentan. Y de estos infructíferos árboles silvestres habla, a lo que parece, lo que está escrito en el Evangelio: Mira, la segur está ya puesta a la raíz del árbol, por eso todo árbol que no haga buen fruto será cortado y echado al fuego. Por eso el amado de la esposa está, como el manzano, en la Iglesia de Cristo, mientras los herejes todos, como árboles silvestres improductivos, por juicio divino están para ser cortados por la segur y arrojados al fuego.

La esposa, pues, desea sentarse a la sombra de este manzano, esto es, la Iglesia, como dijimos, bajo la protección del Hijo de Dios, o bien el alma que rehuye todas las demás doctrinas y se abraza exclusivamente al único Verbo de Dios, cuyo dulce fruto conserva en la boca, a saber, meditando sin cesar la ley de Dios y rumiándola siempre como animal puro. Sin embargo, por lo que se refiere a esta sombra bajo la cual la Iglesia dice que deseó sentarse, no creo fuera de lugar el citar aquí lo que hayamos podido encontrar en las sagradas Escrituras, con el fin de conocer de manera más digna y más excelente qué sombra es esa del manzano. Dice Jeremías en sus Lamentaciones: El espíritu de nuestro rostro, Cristo el Señor, fue apresado en nuestra corrupciones: a él hablamos dicho: A tu sombra viviremos entre los gentiles. ¿Estás viendo, pues, cómo el profeta, movido por el Espíritu Santo, dice que la sombra de Cristo presta vida a los gentiles? ¿Y cómo su sombra no va a darnos vida a nosotros, cuando en la concepción de su cuerpo se dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra? Por lo tanto, si en la concepción de su cuerpo actuó la sombra del Altísimo, es de razón que la sombra de Cristo dé vida a los gentiles, y razón tiene su esposa, la Iglesia, para desear sentarse bajo la sombra del manzano, con la indudable finalidad de participar de la vida que hay a su sombra. En cambio, la sombra de los restantes árboles del bosque es tal que quien se sienta bajo ella parece estar sentado en región y sombra de muerte.

Pero, con el fin de que se haga más y más claro el pasaje que tenemos entre manos, indaguemos todavía cómo es que el Apóstol dice que la ley contiene la sombra de los bienes futuros, y recuerda que todo lo escrito acerca de las fiestas, sábados y neomenias es sombra de los bienes futuros -hablando, claro está, de cuanto se cumplía según la letra-, y cómo afirma que todo el culto de los antiguos es bosquejo y sombra de las realidades celestes. Si la cosa es verdaderamente así, entonces quedará bien claro que bajo la sombra de la ley se sentaban todos los que estaban bajo la ley y poseían la sombra de una ley más verdadera. Nosotros, por el contrario, somos ajenos a la sombra de éstos, puesto que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Sin embargo, aunque no estamos bajo la sombra que hacía la letra de la ley, estamos, con todo, bajo una sombra mejor, porque estamos viviendo entre los gentiles bajo la sombra de Cristo. Es realmente un progreso pasar de la sombra de la ley a la sombra de Cristo: con ello, puesto que Cristo es vida, verdad y camino, primeramente nos pondremos a la sombra del camino, a la sombra de la vida y a la sombra de la verdad, para poder comprender en parte y como en un espejo, confusamente, y luego, si caminamos por este camino que es Cristo, podremos llegar a comprender cara a cara lo que antes viéramos como en sombra y por enigmas.

Indudablemente, nadie podrá llegar a las realidades verdaderas y perfectas, si antes no ha deseado ansiosamente sentarse bajo esta sombra. El mismo Job dice que la vida entera del hombre es sombra sobre la tierra, y creo que la razón es esta: el alma en esta vida se encuentra cubierta por la sombra de este craso y tosco cuerpo. Por eso es de necesidad que todos cuantos están en esta vida se hallen bajo alguna sombra. Pero algunos están sentados en la región de la sombra de muerte: son los que no creen en Cristo. La Iglesia, en cambio, dice confiada: Deseé estar bajo la sombra del esposo y me senté, eso a pesar de que hubo un tiempo en que, sentándose a la sombra de la ley, uno podía defenderse del rigor del calor y del fuego. Pero aquel tiempo pasó; ahora hemos de acudir a la sombra del manzano, y aunque la sombra de que uno disfruta sea diversa, con todo, parece necesario que toda alma tenga una sombra mientras está en la vida presente, y creo que por causa del ardor de aquel sol que, en cuanto sale, inmediatamente comienza a secar y a matar la semilla que tiene raíces poco profundas. Sólo que la sombra de la ley repele este ardor flojamente; en cambio, la sombra de Cristo, bajo la cual vivimos ahora entre los gentiles, es decir, la fe en su encarnación, lo desvía y lo apaga por completo: de hecho, al sol que abrasaba a los que caminaban bajo la ley, en el momento de la Pasión de Cristo lo vieron caer del cielo como un relámpago. Por otra parte, el tiempo de la sombra de Cristo tendrá su término al final del mundo, porque, como dijimos, después de la consumación de este mundo, ya no veremos la verdad como a través de un espejo y por enigmas, sino cara a cara. Creo que algo parecido es aquello que está escrito: Bajo la sombra de tus alas exultaré. Pero en los versos siguientes de este mismo libro dice la esposa: Mi amado, para mi, y yo para él, que apacienta entre los lirios, hasta que apunte el día y huyan las sombras, con lo cual quiere hacer saber que vendrá un tiempo en que todas las sombras desaparecerán y por la misericordia de Dios solamente la verdad quedará patente.

Respecto de lo otro que dice: Y su fruto es dulce en mi bocal, creo que está hablando del alma que en su boca no tiene nada muerto, nada insensible, y que en nada se parece a aquellos de quienes se dice: Sepulcro abierto en su garganta. Efectivamente, se llama sepulcros a las bocas de todos cuantos profieren palabras de muerte y destrucción, como son todos los que hablan contra la verdadera fe o profieren algo contra la enseñanza de la castidad, de la justicia y de la sobriedad. Las bocas de todos estos son, pues, sepulcros y lugares de muerte, y de ellas sólo salen palabras de muerte. Pero el contrario, el justo dice: ¡Cuán dulces a mi boca son tus palabras!. Y otro que enseñaba palabras de vida, dice así: Nuestra boca está abierta a vosotros, corintios, nuestro corazón está ensanchado. Y todavía otro, que abrió su boca a la palabra de Dios, dice: Abrí mi boca y atraje el espíritu.

Introducidme en la casa del vino (,).

Son éstas, todavía, palabras de la esposa, pero, según creo, van dirigidas a los amigos y familiares del esposo a los que parece pedir que la introduzcan en la casa de la alegría, donde se bebe el vino y se preparan los banquetes. Efectivamente, la que ya había visto la regia cámara del tesoro, ahora desea también entrar al banquete real y disfrutar del vino de la alegría. Ya dijimos arriba que por amigos del esposo debemos entender los profetas y todos los que desde el comienzo del mundo sirvieron al Verbo de Dios: a éstos precisamente es a quienes la Iglesia de Cristo o el alma que se abraza al Verbo de Dios dice que la introduzcan en la casa del vino, esto es, allí donde la sabiduría templó en la copa su vino, y por medio de sus criados suplica a todo necio y menesteroso de sentido diciendo: Venid, comed mis panes y bebed el vino que yo he templado para vosotros. Esta es la casa del vino y la casa del banquete, banquete en el que todos los que vienen de oriente y de occidente se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios. A esta casa y a este banquete conducen los profetas a las almas que, no obstante, les escuchan y les comprenden; y lo mismo ocurre con los santos ángeles y las potestades celestiales que han sido enviados en servicio, a favor de los que heredan la salvación. Este es el vino en cuyo honor se escribieron los salmos que llevan por título: Por el lagar. Este es el vino vendimiado de aquella vid que dice: Yo soy la vid verdadera y que el Padre, celestial labrador, ha exprimido. Este es el vino que produjeron aquellos sarmientos que permanecieron en Jesús, no sólo en la tierra sino también en el cielo. Así es como entiendo esto que oigo decir: Todo sarmiento que no permanece en mi no puede producir fruto. Efectivamente, nadie produce el fruto de este vino, si no es el que permanece en la palabra, en la sabiduría, en la verdad, en la justicia, en la paz y en todas las virtudes. Este es el vino con el que los justos y los santos todos consideraron deseable embriagarse. Y creo que esto ya lo consideraba en su espíritu Noé cuando se dice que se embriagó; y David admiró el cáliz de este banquete y dijo: Y tu copa embriagadora ¡qué hermosa es!. Por eso es en esta casa del vino donde desea entrar la Iglesia o toda alma que busca lo perfecto, para disfrutar de las doctrinas de la sabiduría y de los misterios de la ciencia, como se disfruta de un delicioso convite y de la alegría del vino.

Por otra parte, debemos saber que, de la misma manera que existe este vino que se exprime de las doctrinas verdaderas y se templa en la copa de la ciencia, así también hay un vino dañino con el que se embriagan los pecadores y los que aceptan las perniciosas doctrinas de la falsa ciencia. De éstos dice Salomón en los Proverbios: Porque éstos comen manjares de maldad y se embriagan con vino de iniquidad. Y de este mismo vino de iniquidad leemos en el Deuteronomio: Su cepa era de la vid de Sodoma, y sus pámpanos de Gomorra; sus uvas, uva de ira, y sus racimos, amargos; ponzoña de áspides y veneno de víboras era su vino. Por otra parte, el vino que procede de la vid verdadera siempre es nuevo. Efectivamente, gracias a los progresos de los que aprenden, siempre se está renovando el conocimiento de la sabiduría y de la ciencia divinas. Y por eso Jesús decía a sus discípulos: Lo beberé nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Efectivamente, gracias a la sabiduría de Dios, el conocimiento de las realidades secretas y la revelación de los misterios se está constantemente renovando, no sólo entre los hombres, sino también entre los ángeles y las potencias celestiales.

Ordenad en mi el amor (,).

Son aún palabras de la esposa dirigidas a los mismos, sólo que entre éstos quizá podamos también considerar a los apóstoles de Cristo. En cuanto a lo que dice: Ordenad en mi el amor, significa lo siguiente. Sin duda todos los hombres aman algo, y no hay uno solo que, llegado a la edad de amar, no ame algo, como ya dimos a entender suficientemente en el prólogo de esta obra. Pero el amor que nos ocupa, sin embargo, en algunos procede conforme a un orden y ajustado a una regla, mientras que en la mayoría procede contra el orden. Ahora bien, se dice que el amor procede en uno contra el orden cuando, o bien ama lo que no debe, o bien ama lo que debe pero más o menos de lo justo. Por eso se dice que en éste el amor es desordenado; en cambio en aquellos -y creo que son muy pocos-que caminan por la senda de la vida sin desviarse ni a derecha ni a izquierda, y únicamente en éstos, el amor está ordenado y mantiene su regla. Ahora bien, el orden y la medida de este amor es, v. gr.: En amar a Dios, no hay límite ni medida, sino esta sola: que le des todo cuanto tienes; efectivamente, en Cristo Jesús hay que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas: por eso en este amor no hay medida ninguna. Sin embargo, en el amor al prójimo hay cierta medida: Amarás-dice- a tu prójimo como a ti mismo. Por eso, si en el amor a Dios haces menos de lo que puedes y de lo que dan de sí tus fuerzas, o si entre ti y tu prójimo no mantienes la igualdad, sino que haces alguna distinción, entonces el amor no está ordenado en ti, pues ni siquiera guarda su propia norma.

Mas, como quiera que estamos tratando sobre el orden del amor, pongamos mayor empeño en indagar por separado a quiénes es necesario amar y cuánto se debe amar, porque si, como dice el Apóstol, somos miembros los unos de los otros, creo que debemos tener para con el prójimo un afecto tal que no amemos a nuestros prójimos como a cuerpos ajenos, sino como a nuestros propios miembros. Por eso, atendiendo al principio de que somos miembros los unos de los otros, conviene que tengamos para con todos el mismo y parecido amor. Sin embargo, atendiendo también a este otro principio de que en el cuerpo hay miembros que son más honorables y nobles y otros que son menos honorables e inferiores, creo que, en desquite, la medida del amor debe darse en proporción con los méritos y dignidad de los miembros. Por eso, si uno se propone obrar racionalmente en todo según el Verbo de Dios y templar incluso sus efectos, creo que debe conocer y mantener el orden del amor para con cada uno de los miembros. Sin embargo, para que resulte más claro lo que decimos, echemos mano de argumentos algo más patentes.

Por ejemplo, si uno se afana en la palabra de Dios e instruye e ilumina nuestras almas, nos enseña el camino de la salvación y nos transmite una regla de vida, ¿no te parece a ti que éste, ciertamente, es prójimo, pero que debe ser amado mucho más que otro prójimo que no haya hecho nada de todo eso? Porque, aunque a éste efectivamente, debamos amarlo por el hecho de que somos miembros de un solo cuerpo y de una sola substancia, con todo, debemos amar mucho más al primero, quien, aún teniendo para con nosotros el mismo derecho de prójimo que tienen todos los demás, sin embargo, presenta un mayor motivo de amor hacia él, porque enseña el camino de Dios y confiere al alma la salvación con las iluminaciones de la divina palabra. Porque, si yo ando errado y a punto de caer en el precipicio pecando con una mujer, y alguien me devuelve a la luz de la piedad, me arranca de la misma muerte, me retrae hacia la salvación, y me libra de las fauces mismas de la muerte eterna, ¿no te parece que debo amarle, después de Dios, con la misma plenitud de amor con que amamos a Dios, si es posible? Y para que no pienses que así lo que hacemos es presumir, escucha al Apóstol, que dice sobre los que se afanan en la palabra de Dios: Y que tengáis en la mayor estima en el amor a los tale, por causa de su trabajo

Veamos ahora todavía otro orden del amor, es decir, del que se debe tener al prójimo. Si se trata de uno que realmente no tiene la gracia de enseñar o de instruir ni la de predicar la palabra de Dios, pero, sin embargo, es un varón de santa vida, inocente, puro y que camina irreprochablemente en los mandamientos y preceptos del Señor¿te parece a ti que a este hombre con tales prendas debemos tenerlo en el mismo orden de amor en que tenemos al que nada hizo de todo eso, no obstante que a uno y a otro llamamos prójimo? ¿Acaso no deberemos tener a éste en la mayor estima en el amor por su obra y por el mérito de su vida, según lo dicho por el Apóstol, lo mismo que estimamos por la obra de sus vidas a los que se afanan en la palabra de Dios? Hay todavía otra regla del amor. Se nos manda, efectivamente, amar a nuestros enemigos. Pero veamos también si en estos casos hay un solo modo de amar o si también aquí puede aplicarse la palabra que dice: Ordenad en mi el amor. Pues bien, yo creo que también aquí hay un orden del amor. Por ejemplo: yo tengo un enemigo que,en lo demás, se porta bien, es honesto y sobrio, y cumple los mandamientos de Dios en su mayor parte, aunque, como hombre, yerra en algo; y tenemos otro que también es enemigo nuestro, ciertamente, pero además es enemigo de su alma y de su vida, pronto para el crimen, rápido en la infamia, y que a nadie considera digno de veneración y respeto: ¿no te parece también que entre ambos enemigos el amor tiene que hacer cierta distinción? Por estos ejemplos quedará suficientemente claro-así lo pienso-que la fuerza del amor es ciertamente una sola pero que, sin embargo, hay muchas causas y muchos modos de amar, y por eso ahora la esposa dice: Ordenad en mí el amor, esto es, enseñadme las diversas reglas del amor.

Y si todavía parece que queda algo por añadir a lo dicho, podemos también citar lo que dijo el Apóstol: Maridos, amad a vuestras mujeres, como a vuestros cuerpos, así como Cristo amó a su Iglesia. Pues, ¿qué? ¿Acaso los maridos deben amar a sus mujeres y en cambio no deben en absoluto amar a las demás mujeres en toda castidad y santidad? ¿Es que ellas no forman también parte del prójimo? ¿O se ha de consagrar el amor sólo a la consorte, a la madre o a la hermana, con tal que sean fieles y estén unidas a Dios, y no dedicar el más mínimo amor a ninguna otra mujer, aunque también sea parte del prójimo? Esto puede parecer absurdo, pero, según el orden del mandamiento, también a éstas se les debe dedicar un amor casto. Por tanto, respecto de las mismas personas del sexo femenino a las que se debe amar, irremediablemente debe fijarse cierto orden en el amor y debe haber ciertas distinciones. Efectivamente, a la madre se le debe amar con los máximos honores; en segundo grado, y naturalmente con cierto respeto, a las hermanas. A las esposas, en cambio, se les debe amar con un amor especial y diferente de los anteriores. Ahora bien, después de estas personas, se debe amar también a cada mujer, según dijimos, con toda castidad y en razón de sus motivos y de sus méritos. Según este principio, observaremos el mismo orden cuando se trata del padre, de los hermanos y de los demás parientes. Sin embargo, respecto de los santos que nos han engendrado en Cristo, así como de los pastores y obispos, de los presbíteros que presiden la palabra de Dios, de los que prestan bien su servicio en la Iglesia y de los que superan a los demás en la fe, ¿cómo no se va a tener por ellos, en atención a los méritos de cada uno, un amor incomparablemente superior al que se puede tener por los que o no hicieron nada de todo eso o sólo lo hicieron a medias? Pero incluso entre padres fieles e infieles y entre hermanos y hermanas fieles e infieles, ¿no va a ser posible establecer diferencia de unos a otros y amar a cada uno siguiendo un orden?

La esposa, al observar esa diversidad y coligiendo de todo ello que el alma que tiende a la perfección necesita el conocimiento de todo cuanto le permite medir el amor según lo exige el orden y el lugar en cada caso, dice a los amigos del esposo, a los que sirven al Verbo de Dios: Ordenad en mí el amor, o sea, enseñadme y dadme a conocer de qué manera debo guardar el orden del amor en cada caso. Porque, según dijimos, efectivamente todos los hombres, por el hecho de ser nuestros semejantes, deben ser amados por nosotros de manera semejante; es más: toda criatura racional debe igualmente ser amada por nosotros, porque también nosotros somos racionales. Sin embargo, al amar a cada uno, además del hecho de ser hombre y ser racional, hay que añadir otras consideraciones, por ejemplo: si supera a los otros en las costumbres, en las obras, en los propósitos, en la ciencia o en los esfuerzos, y entonces, en conformidad con esos elementos, al amor de orden general hay que añadirle cierto amor especial proporcionado al mérito de cada cual. Sin embargo, para tener acerca de todo esto una mayor autoridad, tomemos ejemplo de Dios mismo. Efectivamente, Dios ama por igual todo lo que existe, y nada aborrece de cuanto ha hecho, pues nada ha creado que deba aborrecer; con todo, no por eso amó lo mismo a los egipcios y a los hebreos, al Faraón y a Moisés y a Aarón. Como tampoco amó por igual a los demás israelitas que a Moisés, a Aarón y a María, ni amó a Aarón y a María como amó a Moisés. Aunque es verdad lo que se le dice: Tú perdonas a todos, porque tuyo es todo, Señor amante de las almas, pues tu espíritu de incorrupción está en todas las cosas, no obstante, aquel que todo lo dispuso con medida, número y peso sin duda atempera la balanza de su amor según la medida de los méritos de cada uno. ¿Es que vamos. a pensar que Dios amó a Pablo cuando perseguía a la Iglesia de Dios lo mismo que le amó cuando por ella soportaba persecuciones y tormentos, y cuando decía que sobre él pesaba la preocupación por todas las iglesias?

Es muy importante que ahora, entre estos órdenes del amor, intercalemos alguna consideración sobre el afecto del odio, que parece opuesto al afecto del amor, porque el Señor dice también: Yo seré enemigo para tus enemigos y adversario para tus adversarios, y además: ¿Al impío das ayuda y eres amigo del que aborrece al Señor?. Estos pasajes tienen la misma solución que presentan aquellos dos que dicen: Honra a tu padre y a tu madre, y también: El que no odia a su padre, etc. realmente, la sobreabundancia de amor a Dios parece generar el afecto contrario en aquellos que se le oponen, pues no puede haber concordia entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial, ni tener el fiel parte con el infiele.

Expuesto lo anterior, según hemos podido, sobre el orden del amor, el camino está abierto para comprender qué es lo que la esposa, esto es, la Iglesia o el alma que tiende a la perfección, pide que le hagan los amigos del esposo, porque antes había pedido ya ser introducida en la casa del vino, donde indudablemente había comprendido que, entre todo lo que había visto, sobresalta y destacaba la gracia del amor, y había aprendido que el amor era lo más grande y lo único que nunca deja de ser: por eso ahora pide que la enseñen el orden del amor, no sea que, si por acaso hace algo desordenado, reciba del amor alguna herida, como luego dice: Estoy herida de amor. Por otra parte, si lo interpretamos como dicho de los ángeles, a los cuales la esposa pide instrucción y protección, no parecerá fuera de lugar si tenemos en cuenta lo que se dice del pueblo de Dios: Alegraos, gentes, con su pueblo, y confórtenle todos los ángeles de Dios; y como en otro lugar se dice: El ángel del Señor acampa en derredor de los que le temen y los librará; y en otra parte: No despreciéis a ninguno de estos pequeños que están en la Iglesia, porque sus ángeles están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Pero incluso en el Apocalipsis de Juan da el Hijo de Dios testimonio al ángel de Tiatira en favor del amor que el mismo ángel había ordenado en la Iglesia que tenía confiada; así está escrito: Conozco tus obras y tu amor y tu fe y tu servicio y tu paciencia, y tus últimas obras, mayores que las primeras. Pero tampoco parecerá absurdo, aunque lo refiramos a los profetas, que sirvieron al Verbo de Dios antes de la venida del esposo: la Iglesia parecería querer aprender el orden del amor por medio de sus doctrinas, esto es, ser instruida por los libros proféticos. Mas tampoco será incongruente si decimos que todos los santos que salieron de esta vida amando todavía a los que quedaban en este mundo, se preocupan por la salvación de éstos y los ayudan con sus oraciones y con su intercesión ante Dios: de hecho, en los libros de los Macabros está escrito así: Este es Jeremías, profeta de Dios, el que ora mucho por su pueblo. Por último, no extrañará que, como ya dije más arriba, también pueda aplicarse a los apóstoles: gracias a ellos, en efecto, toda la Iglesia de Dios, o el alma que busca a Dios, es introducida en la casa del vino, como arriba dijimos, es colmada de perfumes y aromas y es recostada entre manzanos, como leemos poco después, para aprender íntegramente el orden y la razón del amor.

Sostenedme con perfumes, apoyadme en los manzanos, porque estoy herida de amor (,).

En el texto griego, tenemos: Sostenedme «en amyrois», nombrando así al amyron, una clase de árbol que los traductores latinos confundieron con la mirra, por lo que han traducido perfumes. Por tanto, he aquí el sentido de este pasaje: después de haber oído de la boca misma del esposo las palabras que éste le dirigió; después de haber entrado en la cámara del tesoro del rey, en la casa del vino y en el lugar del banquete y de la sabiduría, y después de haber visto allí las victimas y la copa mezclada con los misterios del esposo, la esposa, como pasmada y herida por la admiración de todo eso, pide además a los amigos y compañeros del esposo que la mantengan firme y, como si desfalleciese, que la sostengan apoyada un poco sobre el árbol de amyro o sobre el manzano. Maltrecha, efectivamente, por la herida de amor, busca afanosa el alivio de los árboles y de los bosques. Esto, según la letra.

Mas, para que de todo esto podamos exponer la interpretación espiritual, necesitamos aquella gracia que mereció obtener de Dios el mismo Salomón, el cual aprendió a conocer la naturaleza de todas las raíces, árboles y plantas existentes, de modo que también nosotros podamos conocer cuál es la naturaleza y cuál la virtud del árbol del amyro, para que nuestra interpretación espiritual resulte perfectamente adecuada. Ahora bien, la única noticia que sobre este árbol ha llegado a nosotros es que tiene un olor suave, pero que no produce fruto alguno. El manzano, en cambio, es de todos conocido: todos saben, no sólo que produce fruto, sino que produce un fruto muy oloroso y dulcísimo. De ahí que a todos los hombres se les llame también árboles: buenos o malos, fructíferos o infructíferos, como dice el Señor en el Evangelio: O hacéis al árbol bueno, y su fruto será bueno; o hacéis al árbol malo y su fruto será malo; y: Todo árbol que no hace buen fruto se corta y se echa al fuego. Ahora bien, entre los hombres se distinguen tres categorías: unos, que no producen fruto alguno, y otros que lo producen; pero, entre éstos que lo producen, unos dan frutos buenos y otros malos. Por eso aquí la esposa, esto es, la Iglesia de Cristo, pide que la mantengan firme y que la apoyen justamente sobre un manzano, que produce frutos buenos; y con toda cuenta y razón. Efectivamente, la Iglesia se sustenta y se apoya sobre aquellos que fructifican y crecen en buenas obras.

Pero entonces, ¿qué significa eso de que quiere sustentarse y apoyarse en los amyra, árboles infructíferos y sólo provistos de olor? Yo creo que, en éstos que sólo disfrutan de olor y que todavía no producen frutos de fe, está señalando a aquellos de quienes dice Pablo, escribiendo a los Corintios: Que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, de ellos y nuestro: por el hecho, pues, de invocar el nombre de nuestro Sepor Jesucristo y gracias a esa misma invocación del nombre, tienen en sí mismos cierta suave fragancia; mas, por el hecho de no acercarse a la fe, con toda confianza y libertad, no producen fruto alguno de fe. En este lugar, podemos entender los catecúmenos de la Iglesia, sobre los cuales se apoyan parcialmente las iglesias. Efectivamente, tienen en sí mismos no poca confianza y mucha esperanza de que también ellos alguna vez se harán árboles fructíferos y serán plantados en el huerto de Dios, por el Padre mismo, que es el labrador. El es, en efecto, el que planta esta clase de árboles en la Iglesia de Cristo, que es el huerto de las delicias, según dice también el Señor: Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada.

Pero la Iglesia se apoya también sobre los manzanos, y así descansa. Por estos manzanos debemos entender las almas que diariamente se van renovando a imagen del que las creó. Ahora bien, porque, al renovarse, van recuperando la imagen del Hijo de Dios, con toda razón se las llama manzanos, ya que en páginas anteriores se dijo de su mismo esposo que era como un manzano entre los árboles silvestres. Y no te sorprendas de que, siendo siempre el mismo, se le llame también árbol de la vida y de otras diversas maneras, puesto que él mismo recibe también los nombres de pan verdadero, vid verdadera, cordero de Dios y muchos otros. En realidad, el Verbo de Dios se hace todo esto para cada uno, según lo exige la capacidad o el deseo del que participa de él: algo así como el maná, que, a pesar de ser un único manjar, sin embargo, a cada uno le hacía percibir el gusto que deseaba. Por eso él no sólo se ofrece como pan a los hambrientos y como vino a los sedientos, sino que también se presenta como fragante manzano a los que quieren recrearse con él. Por eso también la esposa, bien comida y repuesta ya, pide que la apoyen en los manzanos, consciente de que, para ella, en el Verbo no sólo está toda comida, sino también todo deleite, y por entre ellos corre principalmente, de acá para allá, cuando se siente herida por las saetas del amor.

Si hay alguien que alguna vez se abrasó en este fiel amor del Verbo de Dios; si hay alguien que, como dice el profeta, ha recibido la dulce herida de su saeta escogida; si hay alguien que ha sido traspasado por el dardo amoroso de su ciencia, hasta el punto de suspirar día y noche por él, de no poder pronunciar ni querer oir otra cosa, de no saber ni gustar, pensar, desear o esperar más que a él: esta alma con toda razón dice: Estoy herida de amor, y la herida la recibí de aquel de quien dice Isaías: Y me puso como saeta escogida, y me guardó en su aljaba. Es conveniente que Dios golpee a las almas con tales heridas, que las traspase con tales saetas y dardos, y que las llague con tales heridas salutíferas, para que también ellas, puesto que Dios es amor, puedan decir: Porque estoy herida de amor.

Es verdad que en esta especie de drama de amor, es la esposa la que dice haber recibido heridas de amor; sin embargo, un alma abrasada en amor a la sabiduría de Dios puede igualmente decir: Estoy herida de sabiduría; estoy refiriéndome al alma que ha podido considerar atentamente la belleza de la sabiduría de Dios. Y otra alma, considerando la magnificencia de la fuerza del Verbo de Dios y admirando su poder, puede así mismo decir: Estoy herida de poder; un alma, creo yo, tal como era aquella que decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la fuerza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?. Otra alma que arde en amor por su justicia y que considera atentamente la justicia de sus favores y de su providencia, indudablemente puede también decir: Estoy herida de justicia. Y otra que examina la inmensidad de su piedad y de su bondad, se expresa de modo semejante. Pero todas ellas tienen de común esta herida de amor con que la esposa se proclama herida.

Sin embargo, es menester saber que, así como existen estas saetas que causan heridas salutíferas al alma deseosa de bienes, existen también las saetas de fuego del maligno, que hieren de muerte al alma que no está protegida con el escudo de la fe; de tales saetas dice el profeta: Mira, los pecadores tensaron el arco, prepararon sus sectas en la aljaba, para asaetear en lo obscuro a los rectos de corazón. Aquí llama pecadores que asaetean en lo obscuro, a los demonios invisibles, y éstos son los que tienen saetas: unos, de fornicación, y otros, de codicia y avaricia, saetas que hieren a muchísimos; tienen también saetas de jactancia y vanagloria, pero éstas son tan sutiles que el alma apenas si se siente herida y traspasada por ellas, a no ser que se halle revestida con las armas de Dios y esté inmóvil y vigilante contra las astucias del diablo, cubriéndose por entero con el escudo de la fe y sin dejar desnuda de fe la más mínima parte del cuerpo. Ya pueden los demonios disparar cuantas saetas quieran que, si encuentran la mente del hombre protegida por la fe, aunque fueran saetas encendidas y aunque ardieran con las llamas de las pasiones y con los incendios de los vicios, la fe plena apaga todas.

Su izquierda, bajo mi cabeza, y su derecha me abraza (,).

Es la descripción de un drama de amor: de la esposa que se apresura a unirse con su esposo; con todo, es un poco fácil, por decirlo así, en usar denominaciones bastante francas del cuerpo. Pero tal sé todavía más rápido en volverte hacia el espíritu vivificante y, rehuyendo las denominaciones corporales, examina realmente con atención cuál es la izquierda del Verbo de Dios y cuál es su derecha, y también cuál es la cabeza de su esposa, esto es, del alma perfecta o de la Iglesia, y que no te arrastre el sentido carnal y pasional. En realidad, aquí la derecha y la izquierda del esposo son las mismas que se atribuyen a la sabiduría en los Proverbios, donde dice: Largura de vida está en su derecha, y en su izquierda, riquezas y glorias. Y como no pensarás que aquí se llama sabiduría a alguna mujer por el hecho de llamarla con nombre femenino, así tampoco en nuestro texto, por el hecho de que se llame al esposo, el Verbo de Dios con nombre masculino, debes interpretar en sentido corporal su izquierda o su derecha, ni entender los abrazos de la esposa o del alma en razón del género femenino. Efectivamente, el Verbo de Dios, por más que en griego se expresa con nombre masculino y en latín con nombre neutro, está, sin embargo, por encima de todo género: masculino, neutro o femenino; y por encima de todo cuanto atañe a este punto, debemos entender todo esto de que venimos hablando: y no sólo el Verbo de Dios, sino también la Iglesia y el alma perfecta, que también se denomina esposa. De hecho así dice también el Apóstol: En Cristo no hay varón ni mujer, sino que todos somos uno en él. Por otra parte, en atención a los hombres que son incapaces de entender de otra manera, si no es mediante estas expresiones de uso común, todo esto lo ha referido la Escritura divina utilizando la manera humana de hablar, con el fin de que nosotros lo oigamos con las palabras conocidas y habituales, pero lo entendamos en el servido que corresponde a la dignidad de las realidades divinas e incorpóreas.

Efectivamente, como aquel que afirma ser amante de la belleza de la sabiduría lo que hace es mostrar que ha transferido al estudio de la sabiduría el natural afecto de amor que hay en él, así también aquí la esposa, es decir, el alma o la Iglesia pide que su esposo, el Verbo de Dios, le sostenga la cabeza con su izquierda, y con su derecha la abrace y le estreche todo el resto del cuerpo.

La izquierda es aquella en que se dice que la sabiduría contiene riquezas y gloria. Ahora bien, ¿qué riquezas y qué gloria tiene la Iglesia, si no son las que recibió de aquel que, siendo rico, se hizo pobre para que la Iglesia se hiciera rica con su pobreza? ¿Y qué gloria? Indudablemente, aquella de la que dice: Padre, glorifica a tu Hijo, señalando, sin duda, la gloria de la Pasión. Por eso la fe en la Pasión de Cristo es la gloria y las riquezas de la Iglesia contenidas en su izquierda. Por otra parte, la izquierda del Verbo de Dios creo que se debe interpretar así, como hemos hecho, porque el Verbo ha realizado ciertos planes de salvación: unos, antes de la encarnación, y otros, gracias a la encarnación. Aquella parte del Verbo de Dios que llevó a término esos planes antes de encarnarse, puede mirarse como derecha; en cambio, la que obró gracias a la encarnación se puede llamar izquierda. De ahí que se diga que en la izquierda tiene gloria y riquezas: efectivamente, por la encarnación buscó riquezas y gloria, o sea, la salvación de todos los pueblos. En cambio, en su derecha se dice que hay largura de vida: con ello indudablemente se indica aquella parte suya que, en el principio, con Dios, era Verbo Dios, eternidad. Esta izquierda es la que la Iglesia, cuya cabeza es Cristo, desea tener bajo su cabeza y así tenerla protegida con la fe en la encarnación de él; en cambio, desea ser abrazada con su derecha, es decir, conocer y ser instruida sobre todas aquellas cosas que, realizadas gracias a la encarnación, se tenían en secreto y ocultas todo el tiempo que precedió a ésta. Efectivamente, por derecha debe entenderse todo lo de allá, donde no hay en absoluto lugar para las miserias, los pecados o las caídas por fragilidad; por izquierda, empero, todo lo de acá, donde él curó nuestras heridas y cargó con nuestros pecados, hecho él mismo por nosotros, pecado y maldición; todo esto, aunque sustenta la cabeza y la fe de la Iglesia, no obstante se llamará con razón izquierda del Verbo de Dios, pues se nos recuerda que, entre todo esto, no ha traído algo más además de su naturaleza, que es todo derecha y todo luz y esplendor y gloria.

LIBRO TERCERO ()

Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las virtudes y las fuerzas del campo: ¡Si quisierais levantar y despertar el amor hasta que quiera! (,).

Sigue la esposa hablando a las doncellas y las incita y las exhorta, mas aún las conjura por lo que sabe que les es querido y grato a que comiencen a levantar al amor, que yace efectivamente en ellas, y a despertarlo, como si en ellos siguiere durmiendo. y a tenerlo levantado y despierto justamente hasta que el esposo quiera, y a no obrar en cuestión de amor ni más ni menos de lo que permita la voluntad de él. Esta es, en efecto, la perfección de la esposa enamorada, que no quiere que nadie haga algo contra el pensar y el querer del que ella ama. Y para que las doncellas no obren en esto con negligencia y perezosamente, las conjuras por las virtudes del campo, es decir, por los brotes y renuevos que hay en el campo, y por sus fuerzas, o sea, por lo que en él está sembrado, sin duda. Por este orden y con esta combinación de expresiones, va avanzando el argumento del drama histórico. Ahora busquemos ya qué secretos esconde.

Cada alma, sobre todo la que es hija de Jerusalén, tiene algún campo propio que le ha sido adjudicado en virtud de cierto misterioso capital de méritos por obra de Jesús. Como fue aquel campo de Jacob cuya fragancia conmovió al patriarca Isaac y le hizo hablar en términos místicos: Mira: el olor de mi hijo, como el olor del campo repleto, que el Señor ha bendecido. Tiene, pues, cada alma, como dijimos, su propio campo, y este campo es su conducta y su vida. En este campo, el alma diligente y aplicada trabaja bastante y se afana en plantar los buenos sentimientos y en cultivar todas las virtudes del espíritu, y no solamente las virtudes del espíritu, sino también la fuerza de las obras, para, con ellas, poder cumplir los trabajos de los mandamientos. Por eso, como dijimos, cada alma tiene su propio campo, que cultiva, planta y siembra, según lo explicado. Por otra parte, hay también un campo único y común de todas las hijas de Jerusalén a la vez, del que Pablo dice: Sois campo de Dios. Por este campo común entendamos el ejercicio de la fe y del género de vida de la Iglesia, en el que es cierto que hay virtudes celestes y fuerzas de dones espirituales. Por supuesto, cada alma que ahora se llama aquí hija de Jerusalén, sabedora de que tiene por madre a la Jerusalén celestial, debe contribuir con algo para cultivar este campo y desear que sea digno de la posesión celeste.

Así pues, por las virtudes de este campo, la Iglesia pide a las doncellas y a los principiantes en la fe que despierten y hagan levantar el amor de Cristo, y les dice: ¡Si quisierais levantar y despertar al amor, hasta que quiera!, o sea: Si habéis llegado ya al punto de poder comenzar a obrar, no por el espíritu del temor, sino por el espíritu de la adopción, y si en esto vuestros progresos son tales que en vosotros el amor perfecto echa fuera al temor y podéis ya levantar y exaltar y avivar en vosotros al amor, en ese caso, levantadlo y exaltadlo durante todo el tiempo que quiera el mismo hijo del amor, mejor aún, el mismo que es amor, que nace de Dios, y así evitaréis que, pensando que bastan las medidas de amor humano en asunto de amor de Dios, hagáis algo que desmerezca de Dios. Efectivamente, la medida del amor de Dios es únicamente ésta: que se le ame tanto cuanto él mismo quiere; ahora bien, la voluntad de Dios siempre es la misma, nunca se muda: por esta razón no se admite en el amor de Dios mutación ni límite alguno. Por lo demás, debe observarse que la esposa no dijo: ¡Si quisierais recibir al amor!, sino ¡Si quisierais levantar al amor!, que, sí, está en vosotras, pero yace por el suelo y todavía no está en pie; y luego, tampoco dice: ¡Si quisierais encontrar!, sino: ¡Si quisierais despertar al amor!, como si éste se encontrase dentro de ellas, ciertamente, pero tendido y durmiendo hasta que encuentre quien le despierte. Creo que este amor es el que Pablo intentaba despertar, por hallarlo dormido todavía en sus discípulos, cuando decía: Despiértate, tú que duermes, y tocarás a Cristo.

¡La voz de mi amado! (,)

Es conveniente que advirtamos con frecuencia que este libro está compuesto a modo de drama. El presente versículo que acabamos de proponer viene a indicar lo siguiente: la esposa está hablando a las doncellas, hijas de Jerusalén, cuando, repentinamente siente a lo lejos la voz del esposo que parece hablar con alguien; entonces, ella corta la conversación con las doncellas, se vuelve aplicando el oído al ruido de palabras que le ha llegado y exclama: ¡La voz de mi amado!. Pues bien, date cuenta de que el esposo, antes de aparecer a la vista de la esposa, se da a conocer solamente por su voz; luego se muestra ya a las miradas de ella, pero saltando sobre algunos montes cercanos al lugar donde moraba la esposa, y franquea los collados y los montes, no ya a grandes zancadas, sino a brincos, igual que los ciervos y las cabras, y así, a toda prisa, viene hasta la esposa. Pero luego, cuando llega a la casa en que mora la esposa, advierte que se para un poco detrás de la casa, de modo que su presencia sea percibida, pero sin dar todavía señales manifiestas y claras de querer entrar en la casa, porque primero quiere, como cualquier enamorado, mirar a la esposa a través de las ventanas. Advierte por otra parte que cerca de la casa de la esposa hay redes y trampas, colocadas por si ella misma o alguna de sus compañeras entre las hijas de Jerusalén sale alguna vez, para atraparlas. Lo cierto es que el esposo llega hasta estas redes; no pudiendo ser atrapado por ellas, porque él es mucho más fuerte, las rompe y, una vez rotas, pasa por encima y hasta mira a través de ellas. Y después de hacer esto, dice a la esposa: ¡Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, esposa mía, paloma mía!. Dice esto a la esposa para mostrarle con hechos que debe ya, con total confianza, despreciar las redes que le había tendido el enemigo, y que no tema las trampas, que ya ha visto como él las ha roto. Y luego, para incitar a la esposa a que se dé todavía más prisa por venir a él, le dice: Ya pasaron los que tan malos tiempos parecían; el invierno que te servía de pretexto ha quedado atrás; las lluvias inútiles se fueron, y ha llegado ya la estación florida: no te demores más, ponte en camino y ven a mí. Mira, en efecto, cómo los labradores, porque ya la primavera ha sonreído, labran sus viñas; mira, se oye también el canto de los pájaros y cómo la tórtola reanuda su grato y sonoro zureo. Y la higuera, segura ya de la templada primavera, echó sus yemas; las vides, por su parte, están tan seguras de la bonanza del tiempo, que se atreven a cerner y a exhalar su fragancia.

Estos indicios de la bonanza del tiempo se los presenta el esposo a la esposa para animarla a emprender con audaz confianza el camino hacia él. Pero también le describe el lugar en que quiere que ella descanse con él, y le dice que el abrigo de una peña contigua al muro (o al lugar que está delante del muro) resulta un lugar muy sombreado: allí quiere que ella vaya y allí, cuando se haya quitado el velo, quiere verla la cara al descubierto: para que el esposo la conozca cara a cara; y no sólo para que el esposo vea su cara descubierta y libre, sino también para que oiga allí su voz, seguro ya de que su rostro es hermoso y de que su voz es suave y deliciosa. Pues bien, aunque anticipando algo, hemos presentado junto todo esto para no interrumpir el hilo de la trama dramática y literal. Así, en nuestra pequeña anticipación, hemos ido siguiendo la trama hasta el lugar en que dice: Porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso.

Por esta razón, ahora, volviendo atrás, veamos qué quiere decir: ¡La voz de mi amado!. Por la voz sola es como primero conoce la Iglesia a Cristo. Efectivamente, Cristo envía primero su voz a través de los profetas y así, aunque no se le veía, sin embargo se le oía. Ahora bien, se le oía gracias a lo que se anunciaba acerca de él, y la esposa, esto es, la Iglesia que se venía congregando desde el comienzo del tiempo estuvo siempre escuchando solamente su voz hasta que pudo verle con sus ojos y decir: Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados. Saltaba, efectivamente, sobre los montes que son los profetas y sobre los santos collados, o sea, aquellos que en este mundo fueron portadores de su imagen y de su aspecto. No obstante, si interpretas que salta sobre todos los montes que simbolizan a los apóstoles, y que está por encima de todos los collados, a saber de aquellos que se escogió y que envió en segundo lugar, tampoco resultará incongruente.

En todo esto, se vuelve semejante a la gacela y al cervatillo: a la gacela, porque la vista de ésta supera a la vista de cualquier animal; al ciervo, porque éste llega para dar muerte a la serpientes. Pues bien, toda alma (con tal que haya alguna que esté bien sujeta por el amor del Verbo de Dios), si alguna vez se encuentra empeñada en una discusión de palabras, cuando-como sabe todo el que lo ha experimentado-se llega a un punto embarazoso y no se halla salida para las dificultades de las proposiciones y cuestiones; si alguna vez, digo, esa alma está acorralada por las expresiones enigmáticas y obscuras de la ley y de los profetas, si por ventura se da cuenta de que él está presente, y de lejos percibe el sonido de su voz, al punto se siente aliviada. Y en cuanto él comienza a acercarse más y más a sus sentidos y a iluminar lo que está obscuro, entonces el alma lo ve saltar los montes y los collados, es decir, ve como le va sugiriendo a ella los sentidos de un excelso y profundo conocimiento, de suerte que esta alma puede con razón decir: Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados.

Estas cosas las decimos, con todo, sin olvidar que más arriba el esposo había ya hablado cara a cara a la esposa, pero, como también hemos dicho con frecuencia, este librito contiene una especie de drama y, por tanto, en él, unas cosas se dicen en presencia de los personajes y otras en su ausencia, y el cambio de personajes se lleva de tal modo que la alternancia de presentes y de ausentes parece estar convenientemente ajustada. De hecho, aunque el esposo promete y dice a su esposa, esto es, sus discípulos elegidos: Mirad, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, sin embargo, otra vez, hablando por medio de parábolas, dice que un amo llamó a sus criados y les repartió dinero a cada uno para que negociaran con él, y se marchó; y luego dice que partió a reclamar para si un reino; y después, como si hablara del esposo ausente, dice que a media noche hubo gran clamor de gente que decía: ¡Viene el esposo!. Pues así el esposo: ora está presente, y enseña, ora está ausente, y se le desea: y lo uno y lo otro se aplica, ya a la Iglesia, ya al alma diligente. En efecto, cuando se permite que la Iglesia padezca persecuciones y tribulaciones, parece estar ausente de ella, y luego, cuando progresa en paz y florece en la fe y en las buenas obras, se entiende que está presente en ella. Pero también el alma, cuando busca el sentido de algo y desea conocer lo más obscuro y oculto, mientras no puede encontrarlo, para ella el Verbo de Dios está ausente, sin duda. En cambio, cuando le venga a la mente y se le muestre lo que buscaba, ¿quién dudará que el Verbo de Dios está presente en ella, que le ilumina la mente y que le da la luz del conocimiento? Y nos damos cuenta de que a veces se nos substrae y a veces está presente, según que nuestros sentidos se cierren o se abran en cada dificultad. Y esta situación la sufrimos mientras no nos volvamos tales que él se digne, no solamente visitarnos, sino también permanecer en nosotros según lo que, al preguntarle un discípulo: Señor, ¿qué pasa para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?, respondió el Salvador: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

Por esta razón, si también nosotros queremos ver al Verbo de Dios que salta sobre los montes y que exulta sobre los collados, oigamos primero su voz y, cuando ya la hayamos oído en todo, entonces podremos verle también, tal como en el presente pasaje se describe que le vio la esposa. Efectivamente, aunque ella le hubiera visto antes, sin embargo no lo había visto tal como ahora: saltando sobre los montes, brincando sobre los collados, asomándose a las ventanas y mirando a través de las celosías; más bien parece que primero le había visto en tiempo de invierno. Por eso le dice ahora por primera vez: Porque el invierno ha pasado. Por consiguiente, como el hecho mismo indica, también se muestra a la esposa durante el invierno, es decir, en tiempo de pruebas y de tribulaciones. Pero es muy otra esa visita, en la que la esposa es visitada por breve tiempo y nuevamente es abandonada, para ser probada, y otra vez buscada para que su cabeza esté apoyada y su cuerpo abrazado, para evitar que vacile en la fe o a su cuerpo lo aplaste el peso de las tentaciones. Por tanto, yo creo que era tiempo de invierno cuando la esposa pedía que la izquierda del esposo sustentase su cabeza, esto es, la cima de su fe, y que la derecha abrazase todo su cuerpo. En cambio, esta visión de ahora, que aparece viniendo de los montes y collados, yo creo que significa la altura y la fuerza de los dones espirituales. En cuanto al hecho de que mira por las ventanas, para mí es que proporciona luz a los sentidos. Y las redes que rompe y que aplasta creo que significan las trampas del diablo, puesto que habían cumplido, pasado ya, como el invierno, el tiempo de la tentación. También se muestran los signos de la primavera y del verano, como se dice en los salmos: El verano y la primavera, tú los hiciste. Desde entonces, la Iglesia ha hecho brotar las flores de las obras perfectas, una vez superadas las tentaciones y cumplida la faena de la poda, como se expondrá en sus lugares cuando tratemos de ello.

Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados (,).

Ya hemos explicado arriba el orden literal. Ahora debemos ver cómo es que Cristo viene saltando sobre los montes y brincando sobre los collados (saltando, mejor que pasando; es el significado del término usado). Pues bien, Isaac, caminando y progresando, se iba haciendo mayor, hasta que se hizo muy grande Por su parte, Pablo progresa, no ya caminando, sino corriendo, cuando dice: He acabado la carrera. Ahora bien, nuestro Salvador, el esposo de la Iglesia, no se dice ya que camina ni que corre, sino, más aún, que salta y que brinca sobre montes y collados. Efectivamente, si consideras cómo en tan breve espacio de tiempo la palabra de Dios ha recorrido el mundo, invadido por las falsas supersticiones, y le ha hecho venir al conocimiento de la fe verdadera, comprenderás de qué manera salta sobre los montes, a saber, venciendo con sus saltos los más grandes reinos e inclinándolos a recibir el conocimiento de la religión verdaderamente divina; y de qué manera brinca sobre los collados, cuando también a los reinos pequeños los somete velozmente y los conduce al amor del culto verdadero. Y así, saltando de lugar en lugar, de reino en reino y de provincia en provincia, con la iluminación de su predicación por medio de aquel que decía que desde Jerusalén y alrededores hasta el Ilírico había llenado todo del Evangelio de Cristo, comprenderás como viene saltando sobre los montes y brincando sobre los collados.

Pero además puede interpretarse de otra manera, como ya dijimos arriba, puesto que Moisés escribió efectivamente sobre él, y los profetas también le anunciaron. Sin embargo, ocurre que este anuncio, en la lección del Antiguo Testamento, tiene encima un velo que lo oculta. Pero, cuando se le quita el velo a la esposa, esto es, a la Iglesia convertida al Señor, inmediatamente ella ve al esposo que salta sobre estos montes, es decir, sobre los libros de la ley, y que, sobre los collados de los libros de los profetas, por la claridad con que se revela, no sólo se manifiesta, sino que salta, es decir, como si al volver cada página del texto profético encontrara que Cristo salta fuera de ellas, y como si ahora, quitado al fin el velo que antes recubría cada pasaje del texto, le sintiera como rebullir y emerger y prorrumpir ya en evidente revelación. Yo pienso que justamente por esta razón Jesús mismo, al ir a transfigurarse, no escogió alguna planicie o algún valle, sino que subió a un monte y allí se transfiguró: para que tú sepas que él aparece siempre en los montes o en los collados, y para enseñarte que nunca debes buscarle en otra parte que en los montes de la ley y de los profetas.

En cuanto al hecho de que también se llama montes a todos los santos, hallarás que se indica en muchos lugares de las Escrituras, como dicen los Salmos: Su cimiento, sobre los montes santos; y en otra parte: Alcé mis ojos a los montes, de donde me vendrá el auxilio Efectivamente, en las tribulaciones recibimos el auxilio de las sagradas Escrituras. Podemos, además, entender por los montes sobre los cuales se dice que el Verbo de Dios salta y, por así decirlo, se alza con más libertad, el Nuevo Testamento; en cambio, por los collados sobre los que el Verbo parece como que brinca después de estar largo tiempo encerrado y oculto, los libros del Antiguo Testamento. También en Jeremías, los cazadores y pescadores enviados a capturar hombres para la salvación se dice que los cazan en los montes y en los collados, pues dice así: Mirad, yo envío muchos pescadores, y muchos cazadores, y los cazarán sobre todo monte y sobre todo collado. Sin embargo, yo pienso que esto más bien se cumplirá en el tiempo venidero del fin del mundo, cuando, según la parábola evangélica, en el momento de la siega los ángeles serán enviados para separar el trigo de la cizaña: el que haya llevado una vida elevada y una conducta excelente será hallado en los montes o en los collados. No será hallado en los lugares bajos y hundidos, ni donde puede parecer mezclado con la cizaña, sino colocado sobre los elevados pensamientos y en la cima de la fe, siempre abrazado al Verbo de Dios, que salta sobre los montes y brinca sobre los collados. Esto mismo se dice también en el Evangelio con otra parábola distinta, si bien de igual significado: Si alguno se encuentra sobre el terrado, que no baje a tomar algo de su casa

Todavía puede sugerirnos otro significado el riquísimo contenido del presente versículo. Efectivamente, cualquiera que con fe plena cree en Dios puede ser llamado monte o collado, según la perfección de su vida y la magnitud de su conocimiento. Y aunque en algún tiempo haya sido valle, puesto que en él Jesús va creciendo en edad, en sabiduría y en gracia, todo valle será rellenado; en cambio, todos los soberbios y los que se ensalzan como montes y collados serán humillados, porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Indudablemente, de estos mismos que se humillan se dice también: Los que confían en el Señor son como el monte de Sión; y de Jerusalén se dice: Tiene montes alrededor. Esto me hace también pensar que nuestro Salvador, como por el hecho de llamársele piedra desprendida del monte sin intervención de mano y convertida en un gran monte se le llama rey de reyes y pontífice de pontifices, con toda razón puede también ser llamado monte de montes.

Sin embargo, para que también quepa la tercera interpretación, apliquemos la expresión a cada alma. Si hay algunos más capaces de escoger al Verbo de Dios y que han bebido el agua que Jesús les dio, y ésta dentro de ellos se ha convertido en manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna; si hay algunos, digo, en quienes el Verbo de Dios está borbolleando sin parar de pensamientos y sentimientos, como en flujo perenne, sobre éstos, transformados con razón en montes y collados de vida, de ciencia y de doctrina, se dice que salta y brinca de la manera más digna el Verbo de Dios, convertido en ellos, por la afluencia de doctrina, en fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna.

Semejante es mi amado a la gacela y al cervatillo sobre los montes de Betel (,).

Que la gacela y el cervatillo se cuentan entre los animales puros resulta evidente por lo que se escribe en el Deuteronomio, donde efectivamente está escrito: Estos son los animales que comeréis: el ternero y el cordero, del ganado; el cabrito de entre las cabras, el ciervo y la gacela, el búfalo, el rebeco, el gamo, el antílope y la jirafa. Y que al santo se le compara con el ciervo, se contiene en muchos lugares de la divina Escritura, como en el Salmo donde se dice: Como el ciervo ansia las fuentes del agua, así mi alma tiene ansia de ti, Dios mío. Sin embargo, en las palabras citadas del Deuteronomio, no parece que debamos considerar negligentemente el digno orden en que se enumera a los animales puros. Efectivamente, van escritos: el primero, el ternero; el segundo, el cordero; y el tercero, el cabrito. Y entre los animales que, según el mismo Moisés, no se ofrecen en el altar, nombra en primer lugar al ciervo, y en el segundo, a la gacela, y así, por orden, enumera luego los restantes animales. La razón de todo esto resulta clara y evidente para cuantos han recibido por medio del Espíritu Santo una gracia espiritual más abundante en el don de la ciencia. A nosotros, por el momento, puesto que ahora, en la exposición de este versículo, nos corresponde hablar del ciervo y de las gacelas, nos parece conveniente reunir de las divinas Escrituras, según nuestras fuerzas, cuanto se refiere acerca de estos animales, de los cuales el mismo Moisés, al hablar de las carnes no ofrecidas al altar que podrían comer a placer, dice: como la gacela y el ciervos. Algo verdaderamente egregio sobre el ciervo lo dice el Salmo XXVIII, cuando describe por orden la fuerza y la eficacia de la voz de Dios: Voz del Señor que perfecciona a los ciervos (esto es, que hace perfectos a los ciervos) y desbrozará las espesuras. Efectivamente, como se dice que la voz del Señor corta la llama del fuego y sacude al desierto, así afirma que hace perfectos a los ciervos y que desbroza las espesuras. Mas también en Job hallamos que se hace referencia del ciervo, allí donde el Señor dice a Job hablándole a través del torbellino y de la nube: ¿O miraste tú los partos de los ciervos? ¿O contaste tú los meses completos hasta el parto? ¿Es que aliviaste tú sus dolores o alimentaste a sus recién nacidos, o despachas sin dolores sus partos? Se separarán violentamente sus hijos y se multiplicarán con los nacimientos: partirán y no regresarán. A esto habrá que añadir lo que leemos en los Proverbios: El ciervo amigo y el gracioso cervatillo te hablan. Esto es lo que, por el momento, se me ha ocurrido acerca del cervatillo.

Ahora bien, si hemos citado todo eso, no ha sido para hablar con doctrina de humana sabiduría, sino con doctrina del Espíritu, comparando lo espiritual con lo espiritual. Por consiguiente, invoquemos a Dios, Padre del Verbo, para que nos manifieste los secretos de su palabra, aleje nuestro pensamiento de la doctrina de la humana sabiduría y nos levante y nos suba a la doctrina del Espíritu, de modo que no hablemos lo que percibe el oído carnal, sino lo que contiene la voluntad del Espíritu Santo. El apóstol Pablo nos enseña a comprender las cosas invisibles de Dios a través de las visibles, y a contemplar, sobre la base de la razón y de la semejanza, las cosas que no se ven, partiendo de las que se venta. Con ello Pablo nos demuestra que este mundo visible nos instruye sobre el invisible, y que esta situación terrenal contiene ciertas reproducciones de las realidades celestes, de modo que desde las cosas de abajo podemos subir a las de arriba, y por las que vemos en la tierra podemos percibir y comprender las que hay en el cielo. A semejanza de estas realidades celestes, para que se pudieran percibir y colegir más fácilmente las diferencias, el creador confirió la forma a las creaturas terrenales. Y, como hizo al hombre a su imagen y semejanza, quizá también creó las demás creaturas a imagen de ciertas realidades celestes por razón de semjanza. Y quizá también cada una de las realidades terrenas tiene imagen y semejanza en las celestes hasta tal punto, que el mismo grano de mostaza, que es la más pequeña entre todas las semillas, tiene su tanto de imagen y semejanza en los cielos; y el hecho de que tenga un desarrollo natural tan complejo que, aún siendo la más pequeña entre las semillas, se hace el mayor de los arbustos, tanto que las aves del cielo pueden venir y habitar en sus ramas, hace que tenga semejanza, no sólo de cualquier realidad celeste, sino del mismo reino de los cielos. Por eso es posible que también las demás semillas que hay en la tierra tengan en los cielos alguna semejanza y razón. Y si esto tienen las semillas, también lo tendrán las plantas; y si las plantas, también sin duda los animales: alados, reptiles o cuadrúpedos.

Pero todavía se puede entender otra cosa: como el grano de mostaza no ofrece una sola semejanza, es decir, la del reino de Dios y morada de los pájaros en sus ramas, sino que tiene también otra semejanza, a saber: es imagen de la perfección de la fe, tanto que, si uno tiene de fe así como un grano de mostaza, puede decir al monte que se traslade, y él se trasladará, de la misma manera es posible que también las demás cosas terrenas sean portadoras de imagen y semejanza de las realidades celestes, no ya en un solo aspecto, sino en varios. Y como, por ejemplo, en el grano de mostaza son muchas las propiedades que representan imágenes de las realidades celestes, y la última de todas es el uso que de él hacen los hombres en servicio del cuerpo, así también en los demás: semillas, plantas, raíces de hierbas, e incluso los animales, podemos entender que ciertamente prestan a los hombres un uso y un servicio corporal, pero que tienen además formas e imágenes de realidades incorpóreas con las cuales el alma puede aprender e instruirse para contemplar también las realidades invisibles y celestes. Y posiblemente sea esto lo que dice aquel escritor de la divina sabiduría: El mismo fue quien me dio el conocimiento verdadero de cuanto existe, para que conociera la substancia del mundo y las propiedades de los elementos, el principio el fin y el medio de los tiempos, el cambio de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, las violencias de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces; conocí cuanto está oculto y lo que no se ve. Así pues, mira a ver si de estas palabras de la Escritura podemos colegir con mayor lucidez y evidencia lo que nos habíamos propuesto examinar. Efectivamente, este escritor de la sabiduría divina, después de haber hecho la enumeración de todo. a lo último dice que había recibido el conocimiento de lo que está oculto y de lo manifiesto, dando sin duda a entender que cada una de las cosas que están manifiestas se relaciona con alguna de las que estás ocultas, o sea, que todas las cosas visibles tienen alguna relación de semejanza con las invisibles. Por eso, como quiera que al hombre que vive en la carne no le es posible conocer nada de lo oculto e invisible, si no concibe alguna imagen y semejanza extraída de lo visible, yo pienso que ésta es la razón por la que el que todo lo hizo con sabiduría creó en la tierra cada una de las especies con tal disposición que en ellas depositó cierta doctrina y cierto conocimiento de las cosas invisibles y celestiales, para que, gracias a esa doctrina y a ese conocimiento, la mente humana vaya elevándose al conocimiento espiritual y busque entre las realidades celestes las causas de las cosas y así, instruida por obra de la sabiduría de Dios pueda también ella decir: Conocí cuanto está oculto y lo que no se ve.

De acuerdo con lo precedente, conoce también la substancia del mundo, y no sólo ésta de acá, visible y corpórea, sino también la incorpórea e invisible, que está en lo oculto. Conoce también los elementos del mundo, los visibles y los invisibles, así como las propiedades de uno y de otros. Pero, en cuanto a lo que dice de que conoce el principio, el fin y el medio de los tiempos, se entiende: principio del mundo visible, ciertamente el mismo principio que Moisés señaló hace algo más de . años completos; medio, también según el cálculo de los tiempos; fin, el que esperamos cuando el cielo y la tierra hayan pasado. Sin embargo, según el conocimiento de las realidades ocultas, entendemos: principio, el que entiende quien ha sido instruido por la sabiduría de Dios, el que ningún tiempo ni siglo alguno puede contener; medio, las realidades presentes; fin, las realidades venideras, es decir, la perfección y consumación del universo, que, con todo, se puede comprender por conjeturas sobre la base de las cosas visibles. Mas también el cambio de los solsticios, la sucesión de las estaciones y los ciclos del año importa relacionarlos con los cambios y mutaciones invisibles de las cosas incorpóreas. Y también conviene relacionar los ciclos de los años temporales y presentes con años más antiguos y perdurables, según aquel que decía: Y tuve en mi mente los años eternos. Por otra parte, quien mereció el conocimiento de lo oculto y de lo manifiesto tampoco duda, por lo que hace a las posiciones de las estrellas, en relacionar lo que se ve abiertamente con lo que está en lo oculto, y dice que existe cierto linaje de santos, descendiente en primer lugar de la estirpe de Abrahán, que son como las estrellas del cielo; y según el conocimiento de las cosas ocultas, referirá las estrellas a la gloria de la futura resurrección, siguiendo a aquel que dijo: Otra es la gloria del sol y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella difiera de la otra en gloria. Así también será en la resurrección de los muertos.

Es el mismo sentido debes comprender lo que se dice sobre la naturaleza de los animales y sobre el instinto de las fieras. En realidad, si no hubieran conocido bien la naturaleza de los animales, nunca el Salvador hubiera dicho en los Evangelios: Decid a esta zorra, ni Juan hubiera dicho de algunos: ¡Serpientes, raza de víboras!, ni el profeta diría de otros: Pararon en caballos sementales, ni tampoco el otro: El hombre, que gozaba de gran honor, no lo comprendió; se puso al nivel de las bestias irracionales y se hizo semejante a ellas. Bien conocía los instintos de las fieras aquel que decía: Su ira, como veneno de serpiente, de un áspid sordo y que se tapa el oido. Este será también el criterio para interpretar lo que dice de las violencias de los espiritus; visiblemente, habla de los vientos y del hálito del aire, pero, invisiblemente, de las violencias de los espíritus inmundos a los que Pablo llamó vientos de doctrina. Luego ya se sigue que conoce los pensamientos de los hombres: corporalmente, cierto, los que proceden del corazón humano, pero, invisiblemente, entiende aquellos que meten en los hombres pensamientos malos y pésimos, como está escrito en el Evangelio: El diablo ya había metido en el corazón de Judas que le entregase; y como se dice en los Proverbios: Si el espíritu del potentado sube contra ti, no abandones tu puesto, que la cordura refrenará tus grandes yerros.

Pero también existe alguien que es autor de buenos pensamientos, y creo que por ese motivo está escrito en los Salmos: Dichoso el hombre cayo auxilio viene de ti, Señor: dispuso ascensiones en su corazón, y aún: El pensamiento del hombre te alabará, y los demás pensamientos celebrarán tu día de fiesta. Por consiguiente, según lo que hemos dicho antes, todas las cosas visibles pueden ser relacionadas con las invisibles, las corpóreas con las incorpóreas y las manifiestas con las ocultas, de modo que la misma creación del mundo puede entenderse como hecha por la divina sabiduría con una disposición tal que, sirviéndose de las cosas mismas como ejemplos, nos enseñe sobre las realidades invisibles, y de lo terrenal nos transporte a lo celestial.

Por otra parte, estas razones no afectan sola y exclusivamente a las criaturas, que también la divina Escritura está compuesta con parecida y sabia técnica. Efectivamente, por razones ocultas y misteriosas, el pueblo es sacado visiblemente del Egipto terreno de acá y emprende el camino del desierto, donde había serpientes que mordían, escorpiones y sed, donde no había agua, etc.: añádase cuanto se narra que ocurrió. Todo esto, como dijimos, contiene imágenes y figuras de algunas realidades ocultas. Y esto no lo encontrarás solamente en los escritos de los antiguos, sino también en los hechos de nuestro Señor y Salvador que se refieren en los Evangelios. Por consiguiente, si, según lo que hemos probado anteriormente, todas las cosas que están manifiestas tienen relación con cosas que están ocultas, no cabe la menor duda de que este ciervo visible y la gacela, que en el Cantar se describen según los rasgos de la naturaleza corporal, también pueden ser referidos a algunas causas de cosas incorpóreas, de modo que incluso a estos ciervos invisibles y ocultos parece que puede aplicarse aquello de: Voz del Señor, que perfecciona a los ciervos. Efectivamente, ¿qué perfección les puede venir de la voz del Señor a estos ciervos visibles? ¿O qué doctrina descendió jamás hasta ellos de la voz del Señor? Si en cambio buscamos los ciervos invisibles, cuya imagen y forma lleva este animal corpóreo, hallarás que por la voz del Señor pueden ser conducidos hasta la suma perfección.

Ahora bien, de un modo digno de la divina majestad, debemos advertir qué clase de ciervos son éstos a cuyo parto conviene que el Señor asista observando y ofreciendo a las parturientas sus, digamos, oficios médicos, hasta que hayan parido unos hijos tales que se enfrenten y persigan a la raza de las serpientes. Pero no sólo es conveniente que el Señor asista al parto de tales ciervos, evitando así que aborten; también conviene que lleve cuenta de los meses de gestación hasta el parto y que vigile sus trabajos y dolores para que sus crías no caigan en vacío, sino que su nacimiento sea perfecto; y que estén de parto hasta que Cristo se haya formado en ellos. Las crías de estos ciervos, el propio Señor las alimenta, las de aquellos, digo, que arrojan sobre el Señor sus cargas para que él mismo los alimente y para que atienda a los dolores de sus partos cuando del temor de Dios conciban en su seno, se pongan de parto y den a luz espíritu de salvación. Los dolores de esta clase de partos los atiende y cuida el Señor mismo. Pero también provoca los dolores en ellos, para que vayan andando y llorando mientras lleven sus semillas y estén entre los dolores de los hombres y sean azotados con los hombres, para evitar que los corone la soberbia. Estos mismos ciervos, como dice, separan a sus hijos. En realidad, los que han engendrado mediante el Evangelio separan de los lazos del pecado y de las trampas del diablo a los que han engendrado, para que nunca más estén sujetos a la voluntad de éste. También estos hijos, como dice, se multiplicarán y no regresarán. Realmente, no imitarán a la mujer de Lot, no se volverán para atrás, pues saben que quien pone su mano sobre el arado, si mira atrás, no es apto para el reino de los cielos, al contrario, continuamente van olvidando lo que atrás quedó y se lanzan a lo que tienen por delante.

Pues tales son los ciervos que la voz del Señor hace ser perfectos. ¿Y qué voz del Señor, sino la que tenemos en la ley y los profetas y que llegó hasta Juan, la que era voz del que clama en el desierto? En realidad, la misma voz de Juan, que decía: Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios, hacia perfectos a los ciervos, para que fuesen perfectos en el mismo sentimiento y en el mismo conocimiento; el que es así bien puede decir: Como el ciervo ansía las fuentes del agua, así mi alma tiene ansia de ti, Dios mio. Y también, el ciervo amigo, ¿quién otro podría ser, sino aquel que aplasta a la serpiente que sedujo a Eva y que con el soplo de su palabra le inoculó el veneno del pecado, contagiando así de prevaricación a toda su prole venidera? Es el que vino a eliminar en su carne las enemistades que el pernicioso mediador había creado entre Dios y el hombre. Ahora bien, por gracioso cervatillo puede entenderse el Espíritu Santo, de quien obtienen gracias espirituales y dones celestiales los sedientos y ansiosos de Dios.

Todo esto lo hemos dicho para que resultara más evidente la causa por la que la esposa compara a su amado con el cervatillo. Si además hemos de indagar porqué se le compara, no con el ciervo, como en otros lugares, sino con el cervatillo, considera esto: Siendo de condición divina, un niño se nos ha dado, un niño nos ha nacido; y su poder, sobre sus hombros; por tanto, cervatillo, porque nació niño chiquito.

Más quizá también se puede entender por ciervos algunos santos como Abrahán, Isaac, Jacob, David, Salomón y todos los demás de cuya semilla descendió Cristo según la carne: el Señor hizo perfectos a estos ciervos, cuyo cervatillo es este niño que de ellos nació según la carne. También me empuja aquello que está escrito en el Salmo CIII, donde dice: Los montes altos, para los ciervos. Pues bien, de los ciervos ya dijimos más arriba que por ellos se entiende algunos santos que vinieron a este mundo para aniquilar el veneno de la serpiente. Por eso, veamos ahora quiénes son estos montes excelsos que parecen como acotados para los ciervos exclusivamente, pues nadie, sino los ciervos, puede subir a ellos. Yo pienso que llamó montes altos a las personas de la Trinidad, pues nadie es capaz de subir a su conocimiento, a menos que se haga ciervo. Pero a estos mismos que aquí reciben el nombre de montes, en plural, en otros lugares se les llama, en singular, monte alto, como dice Isaías: Súbote a un monte alto, tú que evangelizas a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que evangelizas a Jerusalén. Efectivamente, el mismo que se interpretaba como Trinidad, por la distinción de las personas, aquí se entiende como Dios uno, por la unidad de substancia. Y baste con esto para lo que atañe al cervatillo.

Veamos ahora de qué manera el amado es también comparado con la gacela. Este animal, por lo que hace al vocablo griego, recibe su nombre en razón de su vista agudísima. ¿Y quién puede ver como ve Cristo? Sólo él, efectivamente, ve, es decir, conoce al Padre. En realidad, aunque se dice que los limpios de corazón verán a Dios (/Mt//), indudablemente le verán, pero gracias a Cristo que lo revela: y es que la gacela es de tal naturaleza que, no sólo ve ella agudísimamente, sino que también presta su vista a los demás. En efecto, los expertos en la medicina afirman que este animal tiene entre sus vísceras cierto humor que cura la ceguera de los ojos y agudiza toda vista bastante debilitada. Por eso se compara a Cristo con la gacela, porque, no sólo él ve al Padre, sino que hace que los demás le vean, después de curarles él mismo la vista. Sin embargo, pon atención, cuando oyes que se ve al Padre, no vayas a percibirle como algo corpóreo y a creer que Dios es visible. La vista con que se ve a Dios no es del cuerpo, sino de la mente y del espíritu. El mismo Salvador, haciendo en el Evangelio tal distinción, en términos exactos, no dijo: Nadie ha visto al Padre, sino el Hijo, sino: Nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Efectivamente, a cuantos hace que conozcan a Dios les da el espíritu de ciencia y el espíritu de sabiduria, para que por medio de ese mismo espíritu conozcan a Dios. Y por eso decía a sus discípulos: El que me ha visto, ha visto al Padre (/Jn//), y en verdad que no seremos tan torpes como para pensar que quien ve a Jesús corporalmente ve también corporalmente al Padre, a no ser que admitamos que los escribas, los fariseos, los hipócritas, el mismo Pilato, que lo hizo azotar, y el pueblo entero que gritaba: ¡Crucifícale, crucifícale!, porque habían visto a Jesús corporalmente vieron también a Dios Padre. Y esto no sólo es absurdo, es también impío. En realidad, de la misma manera que, cuando las turbas le estrujaban mientras caminaba con sus discípulos, de ninguno de cuantos le estrujaban se dice que lo tocó, sino solamente aquella mujer que padecía flujo de sangre, que vino y tocó la orla de su vestido, y de ella sola dio Jesús testimonio diciendo: Alguien me ha tocado, porque yo he sentido que una fuerza ha salido de mí, así también, aunque fuesen muchos los que le veían, de ninguno se dice que lo vio, sino sólo aquel que reconoció que él era el Verbo de Dios y el Hijo de Dios, en el cual se dice que se ve y se conoce también al Padre.

Sin embargo, tampoco podemos pasar por alto el hecho de que antes se comparaba al esposo con la gacela y ahora con el cervatillo, siendo así que el ciervo parece un animal mayor que la gacela. Mira bien, pues, no sea que la razón de ello esté en la siguiente explicación: puesto que la salvación de los creyentes consta de doble elemento: el conocimiento de la fe y la perfección de las obras, la explicación racional de la fe, que, como hemos dicho, se compara con la gacela por razón de la agudeza de la vista en la contemplación, constituye el primer escalón de la salvación; en cambio, en segundo lugar se menciona la perfección de las obras, que tiene como figura al ciervo, el cual vence y aniquila el veneno de las serpientes, es decir, las artes diabólicas. En este sentido dice la esposa que su amado es semejante a la gacela y al cervatillo sobre los montes de Betel. Betel, empero, significa casa de Dios. Por consiguiente, podemos interpretar los montes que están en la casa de Dios como los libros de la ley y de los profetas, y no sólo ellos, también los escritos evangélicos y apostólicos, con los cuales se perfecciona y se contempla la fe de Dios y se lleva a cabo la perfección de las obras.

Vedle, se ha parado detrás de nuestra pared, asomándose a las ventanas, atisbando por las celosías. Mi amado responde y me dice (,-).

Cuando considero las dificultades para investigar los significados de estas palabras de la divina Escritura que acabamos de proponer, me parece encontrarme en situación parecida a la de aquel que sale a rastrear la caza valiéndose del olfato de un buen sabueso. Ocurre alguna vez que mientras el cazador, atento sólo a las huellas, cree estar ya cerca de las ocultas madrigueras, de repente el perro pierde el rastro y tiene que volver sobre sus pasos por las mismas sendas antes recorridas, aguzando aún más el olfato, hasta que halla el punto en que la caza, de una arrancada más potente, tomó sin que la vieran otro sendero; y cuando el cazador da con éste, lo sigue más animado por la esperanza cierta de la presa y más seguro por la consistencia de las huellas. Así también nosotros cuando perdemos, por así decirlo, el rastro de la explicación propuesta, volvemos un poco sobre nuestros pasos y entonces, siguiendo un plan de exposición más amplio que el anterior, esperamos que el Señor nuestro Dios ponga en nuestras manos la caza y que nosotros, preparándola y sazonándola según la ciencia de la madre Raquel, con las salsas de la palabra racional, merezcamos obtener las bendiciones del padre espiritual Jacobo. Esta es la razón por la que, como dijimos, es necesario repetir brevemente lo dicho y reelaborar la explicación anterior, para que se haga patente cuál es el sentido más acertado.

Así pues, tengo para mí que desde el comienzo de la acción dramática, la esposa está fuera, en una encrucijada, y el amor del esposo la hace mirar a una parte y a otra, por si éste viene, por si aparece; y no quiere tomar ningún camino mientras ignore de qué parte vendrá el esposo, ni quiere estarse en casa, sino fuera y ser juguete del deseo, y decir: Que me bese con el beso de su boca. Pero, cuando llega el esposo, dice: Son tus pechos mejores que el vino etc., hasta el pasaje en que dice: Correremos tras de ti. Luego, amada ya y recibiendo del esposo mismo el pago de su amor, es introducida en la cámara del tesoro del esposo, y dice: El rey me introdujo en su cámara del tesoro. Todo lo demás que viene luego escrito lo habla estando dentro y dirigiéndose al esposo, en presencia y con asistencia de las doncellas de la esposa y los compañeros del esposo. Sin embargo, debe entenderse que el esposo, como hombre que es, no siempre está en casa ni siempre sentado junto a la esposa, que sí permanece dentro de casa; él sale con frecuencia, y ella, como en penas de amor por él, le busca ausente; y él, a veces, vuelve a ella. Esta es, a mi juicio, la razón por la que, a lo largo del libro, el esposo unas veces es buscado como ausente y otras habla con la esposa como estando presente. Por su parte, la esposa, a pesar de haber visto en la cámara del tesoro del esposo muchas y magníficas cosas, pide además que la introduzca en la casa del vino. Pero, una vez que ha entrado, cuando ve sin lugar a dudas que el esposo, como hombre que es, no permanece en casa, entonces, de nuevo atormentada por su amor, sale fuera y se pone a dar vueltas yendo y viniendo alrededor de la casa, entrando y saliendo y mirando por todas partes para ver cuándo regresa a ella el esposo. Y súbitamente lo ve que, salvando a saltos descomunales las crestas de los montes, desciende hacia la casa donde la esposa arde en penas de amor por él. Al llegar a la pared de la casa, el esposo se para un poco detrás de ella, examinando algo, como suele hacerse, o pensando para él. Pero, sintiendo él también ya algo de amor hacia la esposa, aprovechando su estatura, que llega hasta las ventanas de la casa (ventanas que tienen una parte de obra que llaman reticulada), se asoma por ellas; sin embargo, al ser más alto que las ventanas, llega a tocar la parte superior de la obra reticulada y, atisbando a través de la celosía, habla a la esposa y le dice: Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mia. Este es uno de esos pasajes que hemos señalado como particularmente difíciles a la hora de exponer el plan interno y de explicar el significado; pero creo también que puede hacerlos más claros la repetición de los rastreos y búsquedas arriba descrita.

En cambio, la interpretación espiritual no se presenta tan trabajosa y difícil en este texto. Efectivamente, la esposa del Verbo, el alma, que está en la casa real, esto es, en la Iglesia, aprende del Verbo de Dios todo lo que está depositado y escondido en el regio palacio y en la cámara del tesoro del rey: aprende que en esta casa, que es la Iglesia del Dios vivo, hay también bodegas para el vino aquel que se juntó en los santos lagares, bodegas, no sólo del vino nuevo, sino también del añejo y dulce que es la doctrina de la ley y de los profetas. Cuando ya está suficientemente ejercitada en esto, recibe en sí al mismo que en el principio estaba junto a Dios Verbo, pero que no permanece siempre con ella-esto no es posible a la naturaleza humana-sino que a veces la visita y a veces la deja, para que así ella le desee más aún. Ahora bien, cuando el Verbo de Dios la visita-según el sentido del versículo propuesto-se dice que viene a ella saltando por los montes, es decir, revelándole los excelsos y elevados conceptos de la ciencia divina, hasta que consiga edificar la Iglesia, que es la casa del Dios vivo, columna y apoyo de la verdad; luego se para junto a la pared (o detrás de la pared), para no esconderse del todo ni estar por completo a la vista.,Efectivamente, el Verbo de Dios y la palabra de ciencia no se revela abiertamente y a la vista de todos, ni de modo que lo pisoteen, sino que se le encuentra solamente cuando se le ha buscado, y se le encuentra, como dijimos, no a la vista de todos, sino encubierto y como escondido tras la pared.

Por otra parte, el alma que está en la iglesia, no debe entenderse que se halla situada dentro de las paredes de un edificio, sino dentro de las defensas de la fe y del edificio de la sabiduría, y encubierta por las cimas excelsas del amor. En realidad, el buen propósito y la fe de la recta doctrina son las que hacen el alma estar en la casa que es la Iglesia. Esta casa tiene unas piezas que se llaman cámara del tesoro, casa del vino o cualquier otro nombre, siempre en razón de la distinta escala de gracias y de la diversidad de dones espirituales. Así pues, también la pared es ahora una parte de esta casa y puede indicar la solidez de la doctrina; junto a ella se para el esposo, pero él, respecto de ella, es tan alto que sobrepasa al edificio entero y puede mirar a la esposa, esto es, al alma. Y todavía no se manifiesta a ella abiertamente y por entero, sino que, como atisbando a través de la celosía, la exhorta y la incita a no quedarse dentro sentada y perezosa, sino a salir fuera y a intentar verle, no ya a través de las ventanas y celosías ni por medio de un espejo y por enigmas, sino saliendo fuera y estando cara a cara. Por eso ahora, ya que no puede verlo de esa manera, se pone, no delante, sino detrás de él y detrás de la pared. Por su parte, el esposo se asoma a las ventanas, que sin duda estaban abiertas para recibir la luz y tener alumbrada la casa; asomándose, pues, y mirando a través de ellas, el Verbo de Dios incita al alma a levantarse y a venir a él.

SENTIDOS/VENTANAS: Podemos demás entender por ventanas los sentidos corporales, a través de los cuales puede penetrar la muerte o la vida en el alma; de hecho así lo consigna el profeta Jeremías cuando dice hablando de los pecadores: La muerte ha subido por vuestras ventanas (Jr//). ¿Cómo sube por las ventanas la muerte? Si los ojos del pecador vieron a una mujer y él cometió adulterio con ella en su corazón: así es como la muerte entró en esa alma a través de las ventanas de los ojos. Y si alguien da oídos a vanos rumores y especialmente a la falsa ciencia de las doctrinas perversas, entonces la muerte entra en el alma por las ventanas de los oídos. En cambio, si el alma, contemplando el esplendor de las creaturas, comprende que Dios es el creador de todo, y admira sus obras y alaba al creador de todas ellas, entonces es la vida la que entra en esta alma a través de las ventanas de los ojos. Y cuando uno inclina su oído hacia el Verbo de Dios y se deleita en las razones de su ciencia y su sabiduría, en el alma de este hombre entra la luz de la sabiduría a través de las ventanas de los oídos. Por eso el Verbo de Dios, mirando por esas ventanas y dirigiendo sus miradas a la esposa, la exhorta a levantarse y a venir a él, esto es, a dejar las cosas corpóreas y visibles y apresurarse hacia las realidades incorpóreas, invisibles y espirituales, puesto que las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas. Así también se dice que el espíritu de Dios va de acá para allá buscando almas dignas y capaces de convertirse adecuada y rectamente en habitáculo de la sabiduría. Por otra parte, el hecho de que mire a través de las celosías sin duda significa que el alma, mientras está en la casa de este cuerpo, no puede captar la sabiduría de Dios en su desnuda claridad, sino que, a través de ciertos ejemplos, indicios e imágenes de las realidades visibles, puede contemplar las realidades invisibles e incorpóreas. Y esto es lo que significa que el esposo la mire a través de las celosías. Pero si esto lo interpretamos refiriéndolo a Cristo y a la Iglesia, la casa en que habitaba la Iglesia significa las Escrituras de la ley y de los profetas, pues en ellas, efectivamente, se halla la cámara del tesoro del rey repleta de todas las riquezas de conocimiento y de sabiduria; allí está también la casa del vino, esto es, la doctrina moral y mística que alegra el corazón del hombre. En este sentido, Cristo, al venir, se paró un poco detrás de la pared del Antiguo Testamento: se paró, en efecto, detrás de la pared, puesto que no se manifestó al pueblo, pero, cuando llegó el tiempo y por las ventanas de la ley y de los profetas, esto es, por medio de lo que sobre él se anunciaba, comenzó a dejarse ver y a mostrar a la Iglesia que él tenía también un asiento dentro de la casa, esto es, dentro de la letra de la ley, entonces la exhorta a salir de allí y venir fuera hacia él. Efectivamente, si no sale, si no camina y no progresa pasando de la letra al espíritu, no puede unirse a su esposo ni incorporarse a Cristo. Por eso la llama y la invita a pasar de lo carnal a lo espiritual, de lo visible a lo invisible y de la ley al Evangelio.

Y por eso le dice: Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mia, Y aunque sea anticipando algo de lo que diremos luego, por no perder ahora algo del sentido completo de este pasaje, añadamos que posiblemente esa misma es la razón de cuanto le dice a continuación: Mira, el invierno ya ha pasado y la lluvia se fue: para indicar el tiempo de la Pasión, pues Cristo padeció acabado el invierno y con las lluvias ya idas; y a la vez para dar a entender, gracias a la interpretación espiritual, que, hasta el tiempo en que padeció Cristo, hubo lluvia sobre la tierra. Efectivamente, el Señor todavía mandaba a las nubes, es decir, a los profetas, que hicieran caer sobre la tierra la lluvia de la palabra. Mas, como quiera que los ministerios proféticos terminaron con Juan Bautista, puede con toda razón decirse que las lluvias habían cesado y desaparecido. Por lo demás, las lluvias no cesaron para daño de los creyentes, sino para mayor ganancia de la Iglesia. Realmente, ¿qué necesidad hay de lluvias allí donde el río alegra la ciudad de Dios, donde en cada corazón creyente brota un manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna? ¿Y para qué se necesitan las lluvias donde ya aparecieron las flores en nuestra tierra y donde, desde la venida del Señor, no se ha vuelto a cortar una higuera que antes no diera fruto? Ahora, efectivamente, ha producido ya sus higos. Y también las viñas han exhalado su fragancia. De ahí que uno que provenía de esta viña dijera: Porque para Dios somos buen olor de Cristo en los que se salvan y en los que perecen. Pero en fin, como advertimos arriba, hemos anticipado estas consideraciones, antes de llegar a los textos mismos de la Escritura, para evitar que se nos escaparan los sentidos que ahora se nos ocurrían. Es hora, pues, de volver sobre cómo dice que mira a través de la celosía. Está escrito: Porque no en vano se tienden las redes a las aves; y también se manda al justo que, si incurre en el pecado, escape como el gamo del lazo y como el pájaro de las redes. De hecho, la vida de los mortales está plagada de lazos de ofensas y de redes de engaños, lazos y redes que tiende contra el género humano aquel que se llama Nemrod, gigante cazador frente al Señor. Realmente, ¿quién puede ser verdadero gigante, si no el diablo, que también se revela frente a Dios? Por eso llamamos redes a los lazos de las tentaciones y a las trampas de las asechanzas del diablo. Y como quiera que estas redes las había tendido el enemigo por todas partes y en ellas había envuelto a casi todos, era necesario que viniese uno que fuera más fuerte y mayor que ellas, para que las triturase y así dejase expedito el camino para cuantos le sigan. Por esta razón también el Salvador, antes de unirse con la Iglesia, fue tentado por el diablo: para vencer las redes y poder mirar por ellas y, a través de ellas, llamar hacia sí a la Iglesia, con el fin, sin duda alguna, de enseñarla y mostrarle que no se debe venir a Cristo por el ocio y los placeres, sino a través de muchas tribulaciones y pruebas. Por eso no hubo nadie que pudiera vencer semejantes redes, porque, como está escrito, todos pecaron; y aún sigue la Escritura: No hay un justo en la tierra que haga el bien y nunca peque; e insiste: Nadie está limpio de suciedad, ni aunque su vida dure un solo día Por eso únicamente nuestro Señor y Salvador Jesucristo no cometió pecado, sin embargo el Padre le hizo pecado por nosotros, para que en la carne semejante a la del pecado y a causa del pecado condenase al pecador.

Vino, pues, a estas redes, pero únicamente él no se vio envuelto por ellas, antes al contrario él las rompió y las trituró, y dio así a su Iglesia confianza para atreverse ya a quebrar los lazos, atravesar por las redes y decir toda animosa: Nuestra alma se escapó cual pájaro del lazo de los cazadores: el lazo se rompió y nosotros quedamos libres. Pero, ¿quién quebrantó los lazos, sino el único al que ellos no pudieron atrapar? Efectivamente, aunque él también estuvo sujeto a la muerte, voluntariamente, que no forzado por el pecado, como nosotros, él fue el único libre entre los muertos. Y por que fue libre entre los muertos, una vez vencido el que tenía el imperio de la muerte, arrancó la cautividades que subsistía para la muerte. Y no sólo él mismo se resucitó de entre los muertos, sino que junto con él resucitó a los que estaban cautivos de la muerte y junto con él los hizo sentar en los cielos. Por eso, subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, no sólo liberando sus almas, sino también resucitando sus cuerpos, según atestigua el Evangelio: y muchos cuerpos de santos resucitaron, y se aparecieron a muchos y entraron en Jerusalén, la santa ciudad del Dios vivo. Esta es la interpretación de las redes, que hemos puesto en segundo lugar; ahora el lector juzgará cual de las dos es más digna de ser aplicada a místicos coloquios.

 

LIBRO CUARTO

Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mía, porque, mira, el invierno ha pasado, la lluvia cesó y se fue sola; han aparecido las flores en la tierra; ha llegado el tiempo de la poda; la voz de la tórtola se ha oído en nuestra tierra. La higuera ha echado sus yemas, y las vides en cierne exhalaron su fragancia (,-).

[Bae -] Ya describimos más arriba el contenido del plan dramático; ahora veamos en qué sentido debemos entender lo que el Verbo de Dios dice al alma digna de él y apta para él, y lo que Cristo dice a la Iglesia. En primer lugar es el Verbo de Dios quien habla a esta hermosa y digna alma, a la que, a través de los sentidos corporales, esto es, por la vista de la lectura y por el oído de la doctrina, como a través de las ventanas, ya se apareció, y ya le mostró su gran estatura, gracias a la cual, como vimos también arriba, puede hablarla asomándose e incitarla a que salga fuera y que, puesta ya fuera de los sentidos corporales, deje de estar en la carne y merezca oír: Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu. Efectivamente, el Verbo de Dios no podría decirle de esta manera que le es tan cercana, si ella no se uniera a él y se hiciera con él un solo espiritu, ni la llamaría hermosa, si no viera que su imagen se renueva de día en dia, y no le diría: Paloma mía, si no la viera capaz de recibir el Espíritu Santo, que descendió en forma de paloma sobre Jesús en el Jordán. Efectivamente, esta alma había concebido amor al Verbo de Dios y deseaba llegar a él en raudo vuelo, diciendo: ¿Quién me dará alas como de paloma, para volar y descansar? Volaré con los sentidos, volaré con las interpretaciones espirituales, y descansaré cuando haya comprendido los tesoros de su sabiduría y de su ciencia.

En realidad, yo creo que, de la misma manera que quienes reciben la muerte de Cristo y mortifican sus miembros acá en la tierra se hacen participes de una muerte semejante a la suya, así también éstos que reciben la fuerza del Espíritu Santo y que son por él santificados y colmados de sus dones, como quiera que él apareció en forma de paloma, también ellos se vuelven palomas, para volar de los lugares terrenales y corpóreos a los celestiales, en alas del Espíritu Santo. Que si hay un tiempo oportuno para que esto sea posible, lo señala a renglón seguido: Porque, mira, el invierno ha pasado; la lluvia cesó y se fue. Efectivamente, el alma no se junta y une al Verbo de Dios si antes no se alejan de ella todo invierno de perturbaciones y toda borrasca de vicios, para no andar ya más fluctuando a la deriva ni ser juguete de todo viento de doctrina. Por eso, cuando todos estos obstáculos se hayan alejado del alma, y hayan huido de ella las tormentas de los deseos, entonces comenzarán a brotar en ella las flores de las virtudes; entonces llegará para ella el tiempo de la poda y, si algo hubiera de superfluo y menos útil en sus sentidos o en sus facultades espirituales, lo cortará y se atendrá a las perlas de la inteligencia espiritual. Entonces también oirá la voz de la tórtola, es decir, la voz de aquella sabiduría más profunda de Dios, oculta en el misterio. Esto es realmente lo que indica la mención de la tórtola. Efectivamente, esta ave pasa su vida en parajes bastante ocultos y apartados de la muchedumbre, y ama la soledad de los montes y el retiro de los bosques, lejos siempre de la multitud y siempre ajena a las turbas.

¿Y qué más hay que pueda favorecer la oportunidad y amenidad de este tiempo? La higuera -dice-ha echado sus yemas. No todavía, ciertamente, los frutos mismos del Espíritu Santo que son gozo, amor, paz, etc., pero sí ya el germen de tales frutos: eso comienza a producir el espíritu del hombre que en el texto mismo recibe alegóricamente el nombre de higuera. De hecho, en la Iglesia los diversos árboles simbolizan generalmente a las distintas almas de los creyentes, de quienes se dice: Todo árbol que no plantó mi Padre del cielo será desarraigado; y también Pablo, que se dice ayudante de Dios en la labranza de Dios, afirma: Yo planté, Apolo regó; y el Señor en los Evangelios: O haced el árbol bueno, y su fruto será bueno; o haced el árbol malo, y su fruto será malo. Efectivamente, lo mismo que en la Iglesia los distintos creyentes están simbolizados por diversos árboles, así también en cada alma las diversas virtudes y facultades están representadas por diversos árboles. Por eso en el alma hay también cierta higuera que echa sus yemas; y también una vid que florece y exhala su fragancia; y el labrador celestial, el Padre, poda los pámpanos de esta vid para que dé más fruto. Pero antes esa vid alegra al olfato con la suavidad de la fragancia que trasciende de su flor, según aquel que decía: Porque para Dios somos buen olor de Cristo en todo lugar.

Por consiguiente, cuando el Verbo de Dios ve en el alma tales inicios de virtud, la llama para que se apresure a salir y venga a él, y ella, desechando todo lo corpóreo, viene a él y se hace partícipe de su perfección. Por esta razón, pues, como si ella yaciera todavía por tierra, apoyada en las realidades corporales, le dice primero: Levántate; y como si ella hubiera obedecido inmediatamente y hubiera seguido al que la llamaba, la alaba y hace que le oiga decir: Tú que me eres tan cercana, paloma mía. y luego, para que ella no sienta miedo ante los torbellinos de las tentaciones, le anuncia que el invierno se retiró y que la lluvia ya cesó y se fue. Bien ha señalado la naturaleza de los vicios y de los pecados con una sola y admirable frase, al decir que el invierno y la lluvia, que descienden del pecado y de la borrasca de los vicios, han desaparecido, indicando por ello que los pecados no tienen substancia ninguna. Efectivamente, los vicios que dejan al hombre no se juntan luego para formar alguna otra substancia, sino que se van y se desvanecen disueltos en ellos mismos y se reducen a nada. Y por eso dijo: cesó y se fue. Por consiguiente, hay bonanza en el alma cuando aparece el Verbo de Dios y el pecado desaparece; y así, por último, cuando florezca la viña, comenzarán a germinar las virtudes y los árboles de frutos de buenas obras.

Pero Cristo vuelve ahora a decir estas palabras a la Iglesia y encierra en el ciclo de un año toda la extensión del tiempo presente. Y así, como invierno, indica: bien el tiempo en que el granizo, los torbellinos y los demás castigos de las diez plagas azotaban a los egipcios, bien cuando Israel sostenía diversas guerras, o bien, incluso, cuando se opuso al Salvador y, arrebatado por el torbellino de la incredulidad, se hundió en el naufragio de la fe. Por eso, cuando a causa del pecado de ellos vino la salvación para los gentiles, es decir, ahora, llama él a la Iglesia hacia sí y le dice: Levántate y ven a mí, porque ya se acabó el invierno que hundió a los incrédulos y a vosotros os retenía en la ignorancia. También pasó la lluvia, es decir, ya no mandaré a las nubes, esto es, a los profetas que hagan caer la lluvia de la palabra sobre la tierra; la misma voz de la tórtola, o sea la misma sabiduría de Dios, hablará en la tierra y dirá: Yo mismo, el que hablaba, estoy presente.

Por eso en la tierra aparecieron las flores de los pueblos creyentes y de las iglesias nacientes. Pero también ha llegado el tiempo de la poda por medio de la fe en mi Pasión y en mi Resurrección. Efectivamente, se podan y se quitan los pecados de los hombres cuando en el bautismo se les da el perdón de los pecados. Y la voz de la tórtola ya no se oye en la tierra, como dijimos, a través de los distintos profetas, sino por boca de la misma sabiduría de Dios. Y la higuera echa sus yemas: puede entenderse, ya de los frutos del Espíritu Santo, que ahora por primera vez se manifiesta y se muestra a la Iglesia, ya también de la letra de la ley, que antes de la venida de Cristo estaba cerrada, encadenada y recubierta con cierto revestimiento de comprensión carnal. Mas, gracias a la venida y presencia de Cristo, ha brotado de ella el germen de la comprensión espiritual y se ha hecho patente el verde y vital significado que en ella se encubría; de esta manera la Iglesia, a la que Cristo tenía oculta en la higuera, esto es, en la ley, no aparece árida ni sigue a la letra que mata, sino al espíritu que florece y da vida.

Ahora bien, también de las viñas se dice que han florecido y exhalado su fragancia. Por viñas o vides en cierne podemos ciertamente entender las diversas iglesias diseminadas por todo el orbe: Realmente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y la casa de Judá, plantel amado. Cuando estas viñas se acercan por primera vez a la fe, se dice que florecen; y cuando se adornan con la suavidad de sus obras piadosas, se dice que exhalan su fragancia; y pienso que no sin razón, en vez de decir Exhalaron fragancia, ha dicho: Exhalaron su fragancia: así demuestra que en cada alma existe una capacidad de poder y una libertad de voluntad con las cuales le es posible obrar todo lo que es bueno. Pero, corno quiera que este bien de naturaleza quedó arruinado con ocasión del pecado y dio en la cobardía y en la disolución, cuando es reparado por medio de la gracia y reconstituido por medio de la doctrina del Verbo de Dios, entonces vuelve a exhalar indudablemente aquella fragancia que Dios creador había puesto primeramente en ella, pero que la culpa del pecado le había arrebatado. Puede también entenderse por vides o viñas las fuerzas celestiales y angélicas, las cuales dan con largueza a los hombres su fragancia, esto es, el bien de la doctrina y de la instrucción con que educan e instruyen a las almas hasta que éstas llegan a la perfección y comienzan a ser capaces de recibir a Dios; como dice también el Apóstol escribiendo a los hebreos: ¿No son todos ellos espíritus servidores enviados para servir, en provecho de los que serán herederos de la salvación?. Y por eso se dice que de éstos mismos reciben los hombres la primera flor y la fragancia de las buenas obras, pero que los frutos mismos de la vid deben esperarlos de aquel que dijo: No beberé más del fruto de esta vid, hasta que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Por eso las flores y frutos perfectos deben esperarse de él; en cambio los inicios y, por decirlo así, la fragancia del progreso pueden ser suministrados por las potestades celestiales o incluso por medio de aquellos que, como dijimos arriba, dicen: Porque somos para Dios buen olor de Cristo en todo lugar. Pero también podemos interpretar de otra manera el texto que tenemos entre manos y decir que parece como si fuera una profecía referida a la Iglesia: por medio de ella, ésta es llamada a las futuras promesas y, como si ya fuera después del fin del mundo y hubiese llegado el momento de la resurrección, se le dice: Levántate. Y como quiera que el pasaje éste señala inmediatamente la obra de la resurrección, la Iglesia, como si se hubiese vuelto más luminosa y resplandeciente por obra de la resurrección, es invitada al reino y se le dice: Ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mía, porque el invierno ha pasado; aquí el invierno designa sin duda alguna las borrascas y tempestades de la vida presente, borrascas y tempestades de tentaciones que agitan la vida de los hombres. Así pues, este invierno, con sus lluvias, pasó y se fue para sí: para sí obra realmente cada uno en esta vida todo cuanto hace. Por otra parte, las flores que han aparecido en la tierra representan el comienzo de las promesas. Por el tiempo de la poda entiende el hacha aplicada a la raíz del árbol al final del mundo, para talar todo árbol que no hace fruto. Por la voz de la tórtola que se oye en la tierra de las promesas, la que heredarán los mansos, entiende la persona de Cristo que enseña cara a cara y ya no a través de un espejo y por enigmas. Por la higuera que echa sus yemas, entiende los frutos de toda la congregación de los justos. En fin, aquellas santas y bienaventuradas potestades angélicas, a las cuales se unirán por la resurrección todos los elegidos y bienaventurados, que serán como ángeles de Dios, son las vides y las viñas en cierne que reparten a cada alma su fragancia y la gracia que estas mismas almas habían recibido del creador al principio y que, tras haberla perdido, recuperan ahora; y por último, con la dulzura de su fragancia celestial, consiguen alejar de esas almas el hedor de la mortalidad y de la corrupción.

Levántate y ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mía; al abrigo de la peña, junto al antemuro, muéstrame tu rostro y hazme oir tu voz, porque dulce es tu voz y hermosa tu cara (,-).

Según el plan de la acción dramática, el esposo, que había venido hasta la esposa saltando por los montes y brincando por los collados, al divisarla y verla a través de las ventanas, por segunda vez le dice: Levántate y ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mia. Sólo que ahora añade la indicación del lugar al que ella debe acudir, lugar situado al amparo y abrigo de la peña. Sin embargo, dicho lugar no está junto al muro sino junto al antemuro. Ahora bien, se dice antemuro cuando por fuera de los muros que circundan la ciudad se ha construido otro muro y tenemos un muro delante de otro muro. Entonces, al estar la esposa cubierta con velo, casi como por respeto, el esposo mismo le pide que tan pronto como llegue al lugar que antes le indicó como más escondido, eche hacia atrás el velo y le muestre su rostro. Y, puesto que la esposa, por su mucho respeto, sigue callada, el esposo desea oír también de vez en cuando su voz y deleitarse con sus palabras, y por eso le pide que le deje oir su voz.

Sin embargo, parece que ni el rostro ni la voz de la esposa le son totalmente desconocidos; con todo, ha transcurrido algún tiempo durante el cual ni vio su cara ni oyó su voz. Este es el plan del drama, según el texto. Se puede añadir a eso que es tiempo de primavera, cuando, como se sabe, las flores aparecen en la tierra, resuena el zureo de la tórtola y los árboles echan sus yemas. Por este motivo el esposo invita en el momento oportuno a la esposa a salir, pues sin duda alguna ella había pasado todo el invierno encerrada, sin moverse de casa. Pero no creo que esto, por lo que atañe al sentido literal del pasaje, ofrezca alguna utilidad para los lectores, ni siquiera que la narración mantenga cierta ilación, como hallamos en otras narraciones de la Escritura. De ahí que sea necesario trasladar el pasaje entero a la interpretación espiritual. En primer lugar, entiende por invierno del alma cuando las olas de las pasiones y las borrascas de los vicios la sacuden y las duras ventoleras de los espíritus malignos la azotan. Mientras se halla en esta situación, el Verbo de Dios no la exhorta a salir fuera sino a estar recogida en si misma, a fortificarse por todas partes y a cubrirse contra las perniciosas ventoleras de los espíritus malignos. En esas circunstancias, no brotan en ella las flores de los estudios sobre las divinas Escrituras ni resuenan, como a través de la voz de la tórtola, los misterios de la más profunda sabiduría. Ni siquiera su olfato percibe un poco de gracia como procedente de las flores de la viña ni su vista se recrea con las yemas de la higuera: en las tempestades de las tentaciones, le basta con permanecer segura y protegida de la caída del pecado, porque, si consigue mantenerse ilesa, entonces el invierno habrá pasado para ella y habrá llegado la primavera.

Efectivamente, para ella es primavera cuando se da reposo al alma y sosiego a la mente. Entonces viene a ella el Verbo de Dios, entonces la llama hacia si y la exhorta a salir, no sólo fuera de la casa, sino también fuera de la ciudad, es decir, a ponerse fuera no sólo de los vicios de la carne, sino también de todo cuanto de corpóreo y visible se contiene en el mundo. Ya explicamos arriba, en efecto, que el mundo está simbolizado por la ciudad. Así pues, el alma es llamada fuera de la muralla y conducida hasta el antemuro, cuando, desechando y abandonando todo lo que es o parece temporal, se lanza al alcance de las realidades que no se ven y son eternas. Se le hace ver también que este camino debe hacerlo al abrigo de la peña y no a la intemperie, para evitar que padezca los ardores del sol y otra vez se vuelva morena y tenga que repetir: El sol me ha descuidado: tal es el motivo de hacer el camino al abrigo de la peña. Por otra parte, no quiere que este abrigo sea de frondas o de paños o de pieles; quiere que su abrigo sea la peña, es decir, la firme y sólida doctrina de Cristo. Pablo, efectivamente, declara que Cristo es peña, cuando dice: Y la peña era Cristo. Por eso, si el alma se protege y cubre con la doctrina y la fe de Cristo, puede con toda seguridad llegar al lugar secreto donde a cara descubierta podrá contemplar la gloria del Señor.

Con toda razón se cree que este abrigaño de la peña es seguro, pues el mismo Salomón dice en los Proverbios que sobre la peña no es posible descubrir huellas de serpiente; dice así, en efecto: Hay tres cosas que me es imposible comprender y una cuarta que ignoro: el rastro del águila en vuelo; el rastro de serpientes sobre la peña; el rastro de la nave sobre el mar y el rastro del hombre en la juventud. Efectivamente, rastros de serpiente, esto es, cualquier señal de pecado, imposible hallarla en esta peña que es Cristo, pues sólo él no cometió pecado. Por consiguiente, al abrigo de esta peña, el alma llega segura al antemuro, esto es, a contemplar las realidades incorpóreas y eternas. De la misma peña, pero con otras expresiones, dice David en el Salmo XVII: Y puso mis pies sobre peña y enderezó mis pasos. Y no te sorprendas si esta peña es en David fundamento y regla del alma, gracias a la cual ésta se encamina hacia Dios, mientras en Salomón es abrigo del alma que camina hacia los místicos secretos de la sabiduría, ya que, de hecho, al mismo Cristo, ora se le llama camino, por el que van los creyentes, ora incluso precursor, como dice Pablo: Donde entró por nosotros, como precursor Jesús. Parecido es también lo que dice Dios por medio de Moisés: Yo te pondré en una hendidura de la peña y verás mis espaldas. Por consiguiente, esta peña que es Cristo no está cerrada por todas partes, sino que tiene una hendidura. Pues bien, hendidura de la peña es la que revela y hace a los hombres conocer a Dios. Por eso nadie conoce al Padre sino el Hijo. Por eso nadie ve las espaldas de Dios, esto es, lo postrero que ocurrirá en los últimos tiempos, si no se pone en la hendidura de la peña, es decir, cuando conozca esas postrimerías por habérselas revelado Cristo.

Y por eso este Verbo de Dios invita al alma, que al abrigo de la peña ha ido acercándose, a llegar al antemuro para que, como arriba ya dijimos, contemple las realidades que no se ven y que son eternas; y allí le dice: Muéstrame tu rostro, en realidad, para ver si no le queda ya en el rostro nada del viejo velo y puede así observar con intrépidas miradas la gloria del Señor; entonces ella misma podrá decir: Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, llera de gracia y de verdad. Y cuando sea digna de que diga de ella lo mismo que se decía de Moisés: que Moisés hablaba y el Señor respondia, entonces se cumplirá en ella lo que dice: Hazme oir tu voz.

Por cierto, su alabanza aparece realmente grande en estas palabras: Porque dulce es tu voz; así, efectivamente, lo decía el sapientísimo profeta David: Que le sea dulce mi plática. Dulce es la voz del alma cuando habla palabras de Dios, cuando trata de la fe y de la doctrina de la verdad y cuando explica los designios de Dios y sus juicios. Si, en cambio, de su boca salen necedades, bufonadas o mera vanidad, o una palabra ociosa de que habrá de rendir cuentas el día del juicio, entonces su voz es áspera y desagradable. De semejante voz, Cristo aparta el oído. Y por esta razón toda alma perfecta pone guarda en su boca y puerta de seguridad a sus labioso, para así pronunciar siempre palabras tales que, bien aliñadas con sal, resulten gratas a los oyentes, y el Verbo de Dios pueda decir de ella: Porque dulce es tu voz .

Dice también: Y hermosa tu cara. Si entiendes por ésta aquella cara de la que dice Pablo: Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta, y también cuando dice: Mas entonces veremos cara a cara, entonces comprenderá cuál es la cara del alma que el Verbo de Dios alaba y llama hermosa. Indudablemente aquella cara que de día en día se va renovando a imagen del que la creó y que no tiene en sí mancha ni arruga ni nada semejante, sino que es santa e inmaculada, tal cual Cristo se presentó la Iglesia a sí mismo, esto es, las almas que han llegado a la perfección, pues todas juntas forman el cuerpo de la Iglesia. Este cuerpo ciertamente aparecerá hermoso y digno, si las almas que lo forman permanecen en toda dignidad de perfección. Porque de la misma manera que el alma, cuando es presa de la ira, vuelve la cara del cuerpo alborotada y fiera, y en cambio, cuando permanece apacible y sosegada la torna plácida y suave, así la cara de la Iglesia: se la proclama hermosa o fea en razón de los hábitos y costumbres de los creyentes, según lo que está escrito: Signo del corazón en los buenos es la cara alegre; y en otro lugar: El corazón alegre hermosea la cara; el corazón en pena la abate de tristeza. Por eso el corazón está alegre cuando tiene en si el espíritu de Dios, cuyo primer fruto es el amor, pero, el segundo, es el gozo. De estos pasajes, a mi entender, sacaron algunos sabios del mundo aquella sentencia que dice que sólo el sabio es hermoso, en cambio todo malvado es feo.

Nos queda todavía por decir también algo con más claridad sobre el término «antemuro». Como arriba dijimos, significa un muro delante de otro muro, descripción que también se da en Isaías, de esta manera: Pondrá muralla y antemuro. La muralla es la protección de la ciudad; ahora bien, otro muro delante de la muralla o alrededor, significa una protección mayor y más fuerte. Por él se da a entender que el Verbo de Dios cuando llama al alma y la saca de las ocupaciones corporales y de los sentidos corpóreos, desea instruirla sobre los misterios del mundo futuro y de ahí buscarle protección para que, fortificada y protegida por la esperanza de los bienes futuros, ni los halagos puedan vencerla en nada ni las tribulaciones abatirla.

Veamos ahora también de qué modo Cristo dice estas cosas a la Iglesia, que le es tan cercana y tan hermosa: hermosa para él sólo, y para nadie más. Esto es lo que indica cuando dice: Hermosa mía. Por eso ella es a la que Cristo despierta y a la que anuncia el Evangelio de resurrección, y por eso le dice: Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía. Por otra parte, le dio también alas de paloma después de haber descansado en medio de los lotes. Ahora bien, la Iglesia fue llamada en el medio, entre las dos llamadas de Israel. Efectivamente, primero fue llamado Israel, y luego, cuando él tropezó y cayó, fue llamada la Iglesia; pero, cuando haya entrado la totalidad de los gentiles, entonces nuevamente será llamado todo Israel, y se salvará. La Iglesia duerme entre esos dos lotes o llamadas, y por eso le dio también alas plateadas de paloma, que significan las alas místicas de los dones del Espíritu Santo. Y las plumas de su espalda, con verdor de oro (como leen algunos; o según traen otros ejemplares: con palidez de oro): esto puede indicar que la segunda llamada que habrá, según el Apóstol, para Israel, no será en la observancia de la ley, sino en el gran valor de la fe. El hecho es que la fe que florece en virtudes toma el aspecto del oro verdoso. También se puede decir que la Iglesia duerme o descansa en medio de aquellos lotes, esto es, en medio de los dos Testamentos; y las alas plateadas pueden indicar los sentidos de la ley; por el oro de las plumas de su espalda puede entenderse el don del Evangelio.

Esta es, pues, la Iglesia a la que Cristo dice: Vente, paloma mía, y ven al abrigo de la peña. Con esta expresión la enseña a venir cubierta, para que no la dañen las tentaciones que la asaltan; y también la enseña a caminar oculta, bajo la sombra de la peña, diciendo: Espíritu de nuestro rostro, Cristo el Señor, a quien dijimos: A su sombra viviremos entre las gentes. Por lo demás, camina oculta y cubierta, porque debe tener señal de potestad en la cabeza, por causa de los ángeles. Pero, cuando llega al antemuro, o sea, a la condición del mundo futuro, allí le dice: Muéstrame tu rostro y hazme oir tu voz, porque dulce es tu voz. Quiere oír la voz de la Iglesia porque, cuando uno le reconoce a él delante de los hombres, él también le reconoce delante de su Padre que está en los cielos. Porque dulce es tu voz. ¿Y quién no reconocerá que es dulce la voz de la Iglesia católica, que confiesa la verdadera fe, y en cambio áspera y desagradable la voz de los herejes, que no hablan doctrinas de verdad, sino blasfemias contra Dios y maldad contra el Altísimo? Así también, la casa de la Iglesia es hermosa; disforme y fea la de los herejes: con tal que haya quien sepa bien verificar la belleza de una cara, esto es, que haya algún espiritual que sepa examinarlo todo. Efectivamente, a los hombres ignorantes y animales les parecen más hermosos los sofismas de la mentira que las doctrinas de la verdad.

Por otra parte, respecto del antemuro podemos todavía añadir lo siguiente: el antemuro es el seno del Padre; estando en él, el Hijo unigénito da a conocer todo y revela a su Iglesia cuanto se contiene en el seno secreto y escondido del Padre. De ahí que uno al que él había instruido dijera: A Dios nadie lo vio jamás: el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, él le reveló. Por eso Cristo llama allí a su esposa, para enseñarla todo lo que hay en el Padre, y decirle: Porque os he dado a conocer todas las cosas que oí de mi Padre; y además: Padre, quiero que donde yo estoy ellos estén también conmigo.

Cazadnos las raposas, las raposillas que destruyen las viñas, y nuestras viñas florecerán (,).

Siguiendo la trama de la acción dramática, ha habido cambio de personajes: el esposo no habla ya a la esposa, sino a los compañeros, y les dice que cacen las raposillas que andan echando a perder las viñas, las cuales muestran ya las primeras yemas, y no las dejan llegar a florecer. Por eso manda cazarlas, mirando por la salud y el provecho de las viñas.

Pero, en la línea comenzada, también este pasaje debemos explicarlo valiéndonos de la interpretación espiritual. Y si referimos su contenido al alma que se une con el Verbo de Dios, entonces yo creo que por las raposas debemos entender las potestades enemigas y los demonios malvados que, por medio de torcidos pensamientos y errónea interpretación, exterminan en el alma la flor de las virtudes y aniquilan el fruto de la fe. Por eso la previsión del Verbo de Dios, que es el Señor de las potestades, manda a sus ángeles-los que habían sido enviados al servicio de los que reciben la herencia de la salvación-que en cada una de las almas den caza a los malos pensamientos inoculados por los demonio, de modo que, eliminados, puedan ellas producir el fruto de la virtud. Y los ángeles cazan los malos pensamientos en el hombre cuando sugieren a la mente que esos pensamientos no proceden de Dios, sino del espíritu maligno, y cuando dan al alma la capacidad de discernir los espíritus, para que comprendan qué pensamiento viene de Dios y cuál del diablo. Así, para que sepas que hay pensamientos que el diablo mete en el corazón de los hombres, mira lo que está escrito en el Evangelio: Como el diablo ya había metido en el corazón de Judas Iscariote que le entregase. Hay, pues, pensamientos de esta índole que los demonios inyectan en el corazón de los hombres. Pero, como quiera que la divina Providencia no falla, para evitar que por la insolencia de los tales se viera perturbada la libertad de la voluntad y no fuera justa la causa del juicio, confía el cuidado de los hombres a los ángeles buenos y a las potestades amigas, para que, cuando los engañadores comiencen, como raposas, a acometer al hombre, le ayuden oportunamente con sus auxilios. Y por eso se dice: Cazadnos las raposillas.

Ct ,  Tentación

Tiene el esposo razón al mandar cazarlas y atraparlas mientras son todavía pequeñas. Efectivamente, mientras un mal pensamiento está todavía en los comienzos, puede ser expulsado fácilmente del corazón. Pero si se repite con frecuencia y permanece largo tiempo, sin duda alguna induce al alma a consentir, y después que el consentimiento se afirma en el corazón, es inevitable que tienda a realizarse. Por eso, mientras está en los comienzos y es pequeño, ese pensamiento debe ser cazado y rechazado, no sea que se haga adulto e inveterado, y ya no sea posible expulsarle. Así, Judas tuvo el comienzo del mal en su amor al dinero, y este amor fue su raposilla; cuando el Señor vio que ésta dañaba el alma de Judas, como viña en cierne, quiso cazarla y echarla fuera, y por eso le confió la bolsa del dinero, para que, poseyendo lo que amaba, cesara en su codicia; sólo que él, como quien tenía libre voluntad, no aceptó la sabiduría del médico, sino que fue abandonándose más y más a aquel pensamiento que arruinaba el alma, y no al que le salvaba.

Pero si entendemos este pasaje referido a Cristo y a la Iglesia, entonces las palabras parecen dirigirse a los doctores de la Iglesia, y que a ellos se les confía la captura de las raposas que destruyen las viñas. Por otra parte, por las raposas podemos entender los perversos doctores de las doctrinas heréticas, los cuales, con la astucia de sus argumentos, seducen a los corazones de los inocentes y arruinan la viña del Señor para que no florezca con la recta fe. Por eso se manda a los doctores católicos que, mientras estas raposas son todavía pequeñas y aún no han engañado a muchas almas, sino que su mala doctrina está en los comienzos, ellos se den prisa en argüirlos y refrenarlos, en refutarlos, oponiéndoles la palabra de la verdad, y en cazarlos con afirmaciones verdaderas. Porque, si son condescendientes con ellos en los comienzos, su palabra reptará como repta la gangrena y se hará incurable, y entonces se encontrarán con que muchos de los engañados comenzarán ya a luchar en favor de ellos y a defender a los autores del error aceptado. Por eso es conveniente cazar las raposillas, y refutar así con afirmaciones verdaderas los taimados sofismas de los herejes inmediatamente, en sus mismos comienzos.

Por lo demás, para que resulte más claro y evidente lo que afirman nuestras dos interpretaciones, reunamos ahora de los libros sagrados los pasajes en que se menciona a dicho animal. Hallamos, pues, en el Salmo LXII, acerca de los impíos, lo siguiente: Pero ellos buscaron en vano mi alma: bajarán a lo profundo de la tierra, serán entregados al filo de la espada y serán porción de las raposas. Y en el Evangelio de Mateo, al escriba que le decía: Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas, el Salvador contestó: Las raposas tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos donde descansar; en cambio el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Igualmente en el Evangelio de Lucas, a los que dijeron al Señor: Sal y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar, Jesús responde: Id, y decid a esa raposa: Mira, yo echo demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. También en el libro de los Jueces, Sansón, al serle quitada la mujer, que era de raza filistea, le dice al padre de ella: Esta vez seré inocente para con vosotros los extranjeros (=los Filisteos) si os hago algún mal. Y fue Sansón y apresó  raposas; y tomando teas, ató a las raposas rabo con rabo y puso una tea entre cada dos rabos de las raposas y, encendiendo las teas, soltó a las raposas entre las mieses de los extranjeros y quemó todas sus hacinas y mieses, y sus viñas y olivares. Y todavía en el libro Il de Esdras, Tobías el ammonita, cuando trataba de impedir a los que habían regresado de la cautividad que edificaran el templo y la muralla, dice a los extranjeros: ¿Es que éstos van a sacrificar y a comer en este lugar lo que han inmolado? ¿No subirán las raposas y destruirán su muralla, la que están edificando con piedras?.

Estos son los pasajes de la divina Escritura que por el momento se me han ocurrido, en los cuales se menciona a este animal. Por ellos, todo avisado y prudente lector podrá juzgar si en lo que precede hemos expuesto una interpretación acertada para explicar lo que dice: Cazadnos las raposillas. Y aunque resulta muy trabajoso explicar uno por uno los ejemplos aducidos, con todo, intentaremos tocar brevemente lo que podamos. Veamos en primer lugar el pasaje del Salmo LXII, donde el justo, porque los impíos le perseguían, cantaba diciendo: Pero ellos buscaron en vano mi alma: bajarán a lo profundo de la tierra, serán entregados al filo de la espada y serán porción de las raposas. En este pasaje se pone de manifiesto que los malvados doctores, que quieren engañar al alma del justo con vacías e inútiles palabras, se dice que penetran en lo profundo de la tierra en cuanto que el objeto de su saber y el de su hablar es la tierra; y descienden a su parte más profunda, esto es, a lo más profundo de la insensatez. Efectivamente, yo creo que los que viven carnalmente se dice que son tierra y que habitan en la tierra, porque solamente se perjudican a sí mismos. Y los que interpretan las Escrituras con significados terrenos y carnales y engañan a otros con su enseñanza, por el hecho de inventarse argucias y pruebas de sabiduría carnal y terrena, se dice que descienden a lo profundo de la tierra; o cuando menos, puesto que quienes enseñan cosas terrenas pecan más gravemente que quienes viven según ellas, también les amenaza un castigo más grave: se profetiza que éstos mismos serán entregados al filo de la espada, quizá de aquella espada llameante y flexible.

Veamos, por otra parte, de qué manera serán porción de las raposas. Toda alma es: o bien porción de Dios o bien porción de quien ha recibido poder sobre los hombres. Efectivamente, cuando el Altísimo dividía los pueblos y dispersaba a los hijos de Adán, estableció los límites de los pueblos según el número de los ángeles de Dios, y Jacob fue la porción del Señor. Por eso y puesto que queda comprobado que toda alma está o en la porción de Dios o en la de otro cualquiera, ya que, efectivamente, por causa de la libertad de voluntad es posible que cada uno pase de la porción del otro a la porción de Dios si, con ayuda de él, escoge lo mejor, o bien a la porción de los demonios, si elige lo peor, por esa razón, digo, en el Salmo se hace mención de ellos: los que en vano buscaron el alma del justo serán porción de las raposas, como si dijera que serán porción de los peores y más malvados demonios, de suerte que cada potestad maligna y engañosa, por cuyo medio se han introducido los engaños y fraudes de la falsa ciencia, se llaman, en sentido figurado, raposas; y los que han sido inducidos a abrazar este error y no quieren asentir a las saludables palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedads, sino que sufren el ser engañados por los tales, éstos, digo, se hacen porción de semejantes raposas, y con ellas bajarán a lo profundo de la tierra. Estos mismos son también aquellos entre los cuales, según el Evangelio, las susodichas raposas tienen sus madrigueras, y en éstas el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Es de creer que a Herodes se le llamó raposa por causa de su falaz astucia.

Ahora bien, respecto de Sansón, del que se menciona que apresó  raposas, que las juntó atándoles los rabos, que puso teas encendidas en medio de cada dos rabos, que las soltó por los sembrados de los extranjeros y quemó hacinas y mieses, olivares y viñas, me parece muy difícil interpretar su figura o idea. No obstante, intentemos extraer algo de ello, según nuestras fuerzas, y supongamos, de acuerdo con lo explicado anteriormente, que estas raposas son los falaces y perversos doctores. Sansón, que es figura del verdadero y fiel doctor, los caza con la palabra de la verdad y los ata rabo con rabo, es decir, puesto que mutuamente se contradicen y creen y enseñan cosas contrapuestas entre si, los refuta tomado de sus mismas palabras argumentos y proposiciones, luego envía entre las mieses de los extranjeros el fuego de sus conclusiones y con los propios argumentos de ellos quema todos sus frutos y sus viñas y olivares de pésimo producto. Y en cuanto al número de  raposas, que eran diversas y discordantes entre sí, indica la triple forma de los pecados. Efectivamente, todo pecado se comete con la acción, con la palabra o con el consentimiento de la mente.

Sin embargo, tampoco debemos pasar por alto lo que dijimos que estaba escrito en el libro II de Esdras: Cuando se edificaba el Santo de los santos, esto es, cuando se fundamentaba la fe de Cristo y los misterios de sus santos, los enemigos de la verdad y contrarios a la fe, que son los sabios de este mundo, al ver que las murallas del Evangelio se alzan sin artificio retórico y sin maestría filosófica, como por burla van diciendo que es facilísimo poder destruirlo con la astucia de la palabra por medio de hábiles falacias y argumentos dialécticos. Baste por ahora cuanto hemos dicho, según lo permitió la brevedad, acerca de los ejemplos citados.

Volvamos ahora al tema. Parece, pues, que en el Cantar de los Cantares el esposo manda a las potestades sus amigas que cacen y confuten a las potestades contrarias que asedian a las almas de los hombres, para evitar que les arruinen los inicios de la fe y las flores de la virtud bajo la apariencia de alguna secreta y oculta sabiduria; estas potestades se esconden, como raposas en sus madrigueras, en los hombres que se entregan a la búsqueda de esa sabiduría. Y para que puedan ser confutados e impugnados más fácilmente, se manda proceder a la captura mientras las raposas son todavía pequeñas y están al comienzo de su pésima obra de persuasión; efectivamente, si llegaran a crecer y a convertirse en raposas adultas, los amigos del esposo no podrían ya darles caza; quizá solamente pudiera hacerlo el propio esposo. Pero también todos los santos doctores y maestros de la Iglesia han recibido poder para cazar las raposas, lo mismo que lo recibieron para aplastar serpientes y escorpiones; en realidad se les ha dado poder contra toda potestad del enemigo. Indudablemente, una de estas potestades del enemigo es la raposa que destruye las viñas en cierne y que se manda que sea capturada mientras es pequeña, lo mismo que en el Salmo CXXXVII se llama dichosos al que agarra los niños de Babilonia y los estrella contra la peña, y no permite que en él mismo crezca y se haga mayor el sentido de los babilonios, sino que lo agarra y lo estrella contra la piedra en sus comienzos, cuando, efectivamente, es fácil de aniquilar.

Por esta linea discurre el plan de exposición de la perícopa: Cazadnos las raposas, las raposillas que destruyen las viñas en cierne. En cuanto al «nos» de cazadnos, puede entenderse: para mi, el esposo, y para la esposa; o bien para mi y para vosotros, mis compañeros.

Pero también se puede entender así: Cazadnos las raposas, y después de puntuar con una coma, seguir: que destruyen las pequeñas viñas, aplicando pequeñas no a las raposas, sino a las viñas: así se entendería que las potestades adversas pueden destruir las viñas pequeñas, esto es, las almas tiernas y principiantes, pero no pueden ni lastimar a las firmes y robustas, como se dice en el Evangelio: Si alguien escandaliza a uno de estos pequeños; aquí se da a entender que el alma adulta y perfecta no se puede escandalizar, pero sí la pequeña e imperfecta, como se dice en el Salmo: Mucha paz tienen los que aman tu nombre, no hay para ellos escándalo. De modo parecido se puede interpretar que toda viña, es decir, toda alma principiante, puede ser lastimada por las raposas, o sea, por los malos pensamientos o por los perversos doctores, pero no el alma perfecta y fuerte. Sin embargo, si los buenos doctores cazan estas raposas y las expulsan del alma, entonces ella progresará en las virtudes y florecerá en la fe. Amén.

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 La división entre los libros III y IV, habitual en las ediciones impresas, no aparece en la mayoría de los manuscritos, que reparten la obra en tres libros.