SOBRE LA ORACIÓN
(Cap. XIII al XVII)
EL EJEMPLO DE CRISTO
XIII. 1. Y si Jesús practica la oración y no en vano, sino consiguiendo mediante ella lo que no hubiera obtenido tal vez sin ella, ¿quién de nosotros será negligente en la oración? Dice en efecto San Marcos: "Y a la mañana, mucho antes de amanecer se levantó, salió y se fue a un lugar desierto y allí oraba". Y San Lucas: "Y acaeció que, hallándose El, orando en cierto lugar así que acabó, le dirigió la palabra uno de los discípulos" y en otro lugar: "Pasó la noche orando a Dios". Y por su parte San Juan describe la oración de Cristo cuando nos dice: "Esto dijo Jesús, y levantando sus ojos al cielo, añadió: Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo; para que tu Hijo te glorifique". Y aquella frase "sabía que siempre me oyes", pronunciada por el Señor y anotada por el mismo evangelista, muestra que el que siempre ora, es también escuchado siempre.
Eficacia de la oración. ‑ Ejemplos de la Escritura.
2. ¿Y para qué es necesario enumerar aquí a todos los que orando como es debido consiguieron de Dios los mayores beneficios? Porque fácil resultaría a todos hacer una abundante selección de casos, a base de la Sagrada Escritura.
En efecto, Ana contribuyó a engendrar a aquel Samuel, que sería parangonado con el mismo Moisés, porque no teniendo descendencia, tuvo fe y oró al Señor. Y Ezequías, cuando aún se veía privado de hijos y había sido ya avisado por boca de Isaías de que iba a morir, oró y fue admitido en la genealogía del Salvador. Y estaba el pueblo para perecer por un solo edicto provocado por las insidias de Aman, cuando la oración y el ayuno de Mardoqueo y de Ester fueron escuchadas dando origen así, aparte de las fiestas ya establecidas por Moisés, a un día, señalado por Mardoqueo, que sería destinado a la alegría del pueblo. Judit, después de elevar a Dios su plegaria, logró vencer con la ayuda de Dios a Holofernes, causando así una sola mujer hebrea la deshonra en la casa de Nabucodonosor, Ananías, Azarías, y Misael fueron escuchados y merecieron que soplara un "viento fresco" que impedía actuara sobre ellos el fuego (Dan. 3, 5). En el lago de. Babilonia las bocas de los leones se mantuvieron refrenadas por las oraciones de Daniel (Dan. 6, 22. 117). Y Jonás, que ya desde el vientre del cetáceo que lo engulló no había perdido la esperanza de ser escuchado, una vez expulsado de su seno, llevó a cabo felizmente entre los ninivitas la misión profética antes solo intentada.
La experiencia cotidiana.
3. ¿Y cuántos favores cada uno de nosotros podríamos contar si, recordando con ánimo agradecido los beneficios recibidos, quisiéramos hacer con ellos una alabanza a Dios? Pues almas que por mucho tiempo permanecieron sin descendencia, afectadas de esterilidad en lo más noble de su ser y con síntomas de muerte en su alma, una vez fecundadas por el Espíritu Santo en la oración asidua, concibieron pensamientos saludables y llenos del conocimiento de la verdad. Y con ser innumerables las fuerzas adversas que frecuentemente arremeten contra nosotros con el deseo de apartarnos de la confianza divina, ¡cuántos enemigos fueron vencidos: Pero hemos permanecido en nuestra confianza porque "estos confían en sus carros, aquellos en sus caballos"; pero nosotros "al invocar el nombre del Señor, nuestro Dios" (Ps. 19, 8) vemos la verdad de que "vano es el caballo para la salvación" (Ps. 32, 17).
Al mismo príncipe del ejército enemigo, falaz y engañoso, que atemoriza a muchos incluso de los que piensan que han alcanzado ya la fe, a ese mismo enemigo lo elimina muchas veces el que se ha confiado a las alabanzas de Dios: pues no otra cosa que "alabanza" significa el nombre de Judit, ¿Y cuántos hay que viéndose cercados por tentaciones difíciles de superar y más ardientes que una llama, nada sufrieron de ellas, antes escaparon totalmente ilesos, no recibiendo del ardor del fuego enemigo ni el menor daño? Y ¿para qué recordar otras cosas? Cuántas fieras ‑quiero decir espíritus malignos y hombres malvados‑ exasperadas contra nosotros, reprimieron sus bocas por nuestras oraciones no pudiendo siquiera mover los dientes contra los que entre nosotros se habían hecho miembros de Cristo. Porque muchas veces en favor de cada santo "quiebra é1 Señor las quijadas de los leones y desaparecen como agua que se va" (119). Y sabemos también que con frecuencia los que han querido esquivar los divinos mandatos, vencidos al principio por la muerte, mediante la penitencia se han salvado dé tan gran mal, habiéndoles bastado, aunque la muerte los tuviera ya en sus garras, el no desesperar de poder ser salvados: "Porque destruirá el Señor a la muerte para siempre, y enjugará las lágrimas de todos los rostros".
4. Me ha parecido necesario añadir algunas consideraciones después de enumerar las ventajas y eficacia de la oración, con ánimo de disuadir a los que desean una vida espiritual en Cristo de que pidan en la oración cosas exiguas y terrenas, y con el propósito de estimular en los lectores de este escrito el afán por las cosas místicas, de las que eran símbolo las que he referido. Pues la petición de todas estas cosas espirituales y místicas ya mencionadas siempre es formulada de una manera cabal no por quien milita "según la carne", sino por quien mortifica "con el espíritu las obras de la carne", produciendo en muchos casos los efectos que el sentido anagógico (figurado), revela a los que lo investigan; efectos que son distintos de la aparente utilidad que sobrevenga a los que oran ateniéndose al sentido literal. Así también nosotros hemos de cuidar que no sea infecunda nuestra alma, y hemos de escuchar con oídos espirituales la ley espiritual, para que dejemos de ser estériles y seamos atendidos como Ana y Ezequías, y nos veamos libres como Mardoqueo, Ester y Judit, de los insidiosos enemigos, espíritus de maldad. Egipto es un horno de hierro, símbolo de todo lugar terreno. Por eso cualquiera que ha huido de Egipto, es decir, que ha escapado a la malicia de la vida humana y no se ha inflamado por el pecado, ni ha tenido como el clívano el corazón lleno de fuego, dará mayores gracias a Dios que los que, una vez abrasados por la llama, han experimentado el alivio del agua. Y quien, cuando ha orado diciendo "No entregues a las fieras el alma que te confiesa", ha sido escuchado, no recibiendo herida de serpiente ni de basilisco por haber "pisado con la virtud de Cristo y haber hollado al león y al dragón"; y quien por haber usado la egregia potestad otorgada por Cristo de "andar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda potencia enemiga", no ha recibido ninguna injuria de parte de ellos, ha de dar mayores gracias que Daniel, por haber sido librado de fieras más terribles y nocivas. Además quien sabiendo de qué monstruo es figura el que engulló a Jonás y entiende que es aquél de quien dijo Job "maldígala el que maldice aquel día, el que está para agarrar al Leviatán", ese tal si por un lapso de infidelidad viniere a caer en el vientre del gran monstruo, que ore arrepentido, y saldrá de allí y una vez fuera, si persevera en observar los mandamientos de Dios, podrá, profetizando con ayuda del Espíritu, ser ocasión de salud para los ninivitas de hoy día que también están en riesgo de perecer, pues sintiéndose cómodo por la misericordia divina, no querrá que Dios mantenga una actitud de dureza para con los penitentes.
5.‑. Por los grandes prodigios que Samuel realizó, según las Escrituras, mediante la oración, los puede realizar también ahora cualquiera de los que están verdaderamente dedicados a Dios, haciéndose dignos de ser por ello escuchados. Dice en efecto la Sagrada Escritura: "quedaos todavía para que veáis el prodigio que va a obrar el Señor a vuestros ojos. ¿No estamos en el tiempo de la siega de los trigos? Pues yo voy a invocar al Señor y tronará y lloverá" y añade en seguida: "Invocó Samuel al Señor, y aquel mismo día dio el Señor truenos y lluvia". Y a todos los santos y a los discípulos legítimos de Cristo dice el Señor: "Levantad los ojos y mirad los campos, que están amarillos para la siega. El que siega recibe su salario y recoge el fruto para la vida eterna". En este tiempo de la siega el Señor hace grandes prodigios a vista de los que oyen a los profetas, enviando desde el cielo truenos y lluvia que empapen el alma, a ruegos del que está unido al Espíritu Santo; y de esta manera el que antes estaba en pecado, sentirá un gran temor reverencial de Dios y asombro ante el dispensador del favor divino, a quien sus atendidas plegarias prestan honra y venerabilidad. También Elías, después de estar cerrado el cielo a los impíos durante tres años y tres meses, lo abrió de nuevo con su palabra divina; y esto mismo hace siempre el que con su oración obtiene para él alma la lluvia antes denegada a los hombres por sus pecados.
PEDIR COSAS ELEVADAS
XIV. 1. Una vez hecha esta exposición de los beneficios que recibieron los santos por la oración, entenderemos la recomendación de Cristo: "Pedid lo grande, y lo pequeño se os dará por añadidura, y pedid cosas celestiales y las terrenas se os darán también". Todos los símbolos e imágenes, en comparación de las realidades espirituales, son menudencias terrenales y por eso con toda razón, cuando el Verbo de Dios nos exhorta a imitar las oraciones de los santos, para que pidamos en verdad lo que ellos solo en figura conseguían, nos dice que pidamos cosas celestiales y elevadas simbolizadas por las cosas terrenas y exiguas. Como si dijera: Vosotros que queréis ser espirituales, pedid en la oración cosas celestiales, para que, una vez obtenidas, como celestiales, seáis herederos del reino de los cielos y como elevados, disfrutéis de los mayores bienes. Pues los terrenos y pequeños, que precisáis por exigen cías de vuestro cuerpo., el Padre os los concederá a medida que los necesitéis.
Cuatro clases de oración.
2. Como el Apóstol San Pablo en su primera Carta a Timoteo emplea cuatro nombres correspondientes a otros tantos conceptos afines a este de oración, será útil, una vez propuesto el texto, someterlos a consideración para tratar de delimitar su significación exacta. El texto dice así: "Ante todo te ruego que se hagan peticiones, adoraciones, súplicas y acciones de gracia por todos los hombres". Entiendo según eso que petición son las preces elevadas por alguien, en plan de súplica, para conseguir lo que necesita. La adoración es el acto por el que uno se dirige a Dios con ánimo de alabarle. La súplica es una petición hecha a Dios por quien tiene una cierta mayor confianza. La acción de gracias es el reconocimiento, unido a las oraciones, de los favores obtenidos de Dios.
Petición.
3. Un ejemplo de petición lo tenemos en la conversación de Gabriel con Zacarías que como es probable habría estado pidiendo el nacimiento de Juan. Dice así el texto sagrado: "No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada, e Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Juan". Otro ejemplo es lo que se refiere en el Éxodo después del episodio del becerro de oro: "Moisés imploró al Señor, su Dios, y le dijo: ¿Por qué ¡oh, Señor: vas a desfogar tu cólera contra tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y brazo fuerte?". Y en el Deuteronomio se dice: "Y oré ante el Señor por segunda vez, durante cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan y sin beber agua por todos los pecados que vosotros habíais cometido". Y en el libro de Ester: "Y Mardoqueo oró al Señor, haciendo memoria de todas sus obras, diciendo: Señor, Señor, Rey Omnipotente". "Y la misma Ester oraba al Señor, Dios de Israel, diciendo: Señor mío, tú que eres nuestro Rey".
Adoración.
4. De la adoración hay ejemplos en Daniel: ''Azarías, puesto en pie, abriendo sus labios en medio del fuego, prorrumpió en alabanzas". Y en Tobías: "Y con dolor me puse a orar diciendo: Justo eres, Señor, y justas todas tus obras; todos tus caminos son misericordia y verdad; juzgas siempre según verdad y justicia". Como el lugar que hemos citado de Daniel está anotado con un obelo indicando que no se encuentra en el texto hebreo, y el libro de Tobías s rechazado por los judíos como no canónico, aduciré el caso de Ana, tomado del libro primero de los Reyes: "Ella, amargada el alma, adoraba al Señor, derramando muchas lágrimas, e hizo un voto diciendo: ¡Oh, Señor de los ejércitos:, si te dignas reparar en la angustia de tu esclava, etc.". Del mismo modo en Habacuc: "Plegaria de Habacuc, profeta, en canto. Señor, oí tu mensaje y he temido; considero, Señor, tus obras y he quedado maravillado. En medio de dos animales serás reconocido; cuando se acerquen los años, serás conocido". Esta oración, por ir unida a las alabanzas divinas, prueba bastante la definición de esta clase de oración. Mas también en Jonás: "Desde el vientre del pez dirigió Jonás su alabanza al Señor, su Dios, diciendo: Clamé al Señor en mi angustia y El me oyó; desde el seno del Seol clamé y Tú me oíste, me echaste a lo profundo, al seno de los mares, envolviéndome las corrientes".
Súplica.
5. Ejemplo de súplica lo tenemos en el Apóstol que con todo acierto a nosotros nos atribuye la oración de adoración, y la de súplica al Espíritu Santo, como de más ascendiente y de mayor confianza con aquel a quien se pide "porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inefables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del espíritu, por que intercede por los santos según Dios". Es decir, mientras nosotros oramos, el Espíritu intercede intensamente.
También me parece que fue una súplica lo que dijo Josué para que el sol se detuviera contra Gabaón: "aquel día, el día en que el Señor entregó a los amorreos en las manos de los hijos de Israel, habló Josué al Señor y a la vista de Israel dijo: Sol, detente sobre Gabaón; y tú, luna, sobre el valle de Ayalón".
También creo que en el libro de los Jueces Sansón dijo en actitud suplicante: "Muera yo con los filisteos, cuando sacudió tan fuertemente las columnas que la casa se hundió sobre los príncipes de los filisteos y sobre todo el pueblo que allí estaba". Pues aunque no se dice que Josué y Sansón elevaron plegarias a Dios, sino tan solo que hablaron, su intervención parece que fue una auténtica súplica, distinta de la adoración si se toman los vocablos en su valor apropiado.
Acción de gracias.
Un modelo de acción de gracias es aquella expresión de Nuestro Señor: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños". Esa palabra "te alabo" es lo mismo que "te doy gracias".
6. La petición, la súplica y la acción de gracias pueden razonablemente dirigirse también a los santos; la súplica y la acción de gracias no sólo a los santos, sino también a los otros hombres; la petición en cambio únicamente a los santos, si se encuentra algún Pablo o Pedro que nos ayude y nos haga dignos de disfrutar la potestad concedida a ellos de perdonar los pecados. Por tanto, si hemos hecho tal vez injuria a alguno que no sea santo, nos está permitido, cuando advertimos nuestro pecado, pedirle que nos perdone la ofensa. Pues si a los hombres santos hay que dirigir esas súplicas, ¿cuánto más habrá que dar gracias a Cristo, del que por voluntad del Padre tantos beneficios hemos recibido? Pero hay que suplicarle como Esteban cuando decía "Señor, no les tomes en cuenta este pecado". Y hemos de decir imitando al padre del lunático: "Te ruego, Señor, que te apiades de mi hijo" o de mí mismo o de cualquiera.
La oración solo al Padre, a través del Hijo.
XV. 1. Si entendiéramos la esencia de la oración, observaremos que a ningún ser creado puede dirigirse, ni siquiera al mismo Cristo, sino únicamente a Dios, Padre universal, a quien debemos orar según El nos enseñan.
Pues cuando le dijeron "enséñanos a orar" (146) no nos enseña que oremos a El mismo, sino al Padre, diciendo "Padre nuestro que estás en los cielos, etc.". Porque admitido, como en otro lugar se prueba, que el Hijo es distinto del Padre según la sustancia, o hay que dirigir la oración al Hijo y no al Padre, o a los dos, o a solo el Padre. Pero que haya de dirigirse la oración al Hijo sin el Padre todo el mundo reconocerá que es una afirmación absurda y contra la evidencia. Si hemos de orar a los dos, es claro que hemos de usar el plural en nuestras plegarias, "otorgadnos, beneficiadnos, concedednos, guardadnos" o algo parecido. Y esto ni es coherente de suyo ni puede mostrarse que las Escrituras hayan dado fe de este plural en boca de nadie. Resta solo, según eso, que se dirija la oración únicamente al Padre, aunque no sin el Pontífice que por el mismo Padre ha sido constituido con juramento según el salmo: "Juró y no se arrepintió: tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquísedec".
2. Cuando pues los Santos en sus oraciones dan gracias a Dios, se las dan a través de Cristo Jesús. Pues como no conviene que el que pretende orar correctamente ruegue al que también él ora, sino a Aquel a quien nos enseñó Nuestro Señor Jesús a invocar en la oración, esto es al Padre; así tampoco se han de dirigir oraciones al Padre sin el Hijo. Y esto lo expresa El claramente cuando dice: "En verdad, esta verdad os digo: Cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo". No dice pues: Pedidme, ni: Pedid al Padre simplemente, sino "si algo pedís al Padre, os lo dará en mi nombre". Porque hasta que Jesús enseñó estas cosas, nadie había pedí do al Padre en nombre del Hijo, era verdad lo que Jesús decía: "hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre" y verdad era también: "Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo".
3. Pero si alguno piensa que se ha de orar al mismo Cristo, confundido por el significado de "adoración" y aduce el texto "adórenlo todos los ángeles de Dios" (149) que en el Deuteronomio se refiere a Cristo sin discusión, habrá que decirle, que también la Iglesia, llamada Jerusalén por el profeta, se dice ha de ser adorada por reyes y reinas que serán sus ayos y nodrizas, con estas palabras: "He aquí que yo tiendo mi mano a las gentes y alzaré mi bandera a las naciones; y traerán en brazos a tus hijos y en hombros a tus hijas. Reyes serán tus ayos y reinas tus nodrizas. Postrados ante ti, rostro en tierra, lamerán el polvo de tus pies. Y sabrás que yo soy el Señor y no serás confundido".
4. Y el que rehusó ser llamado "bueno" porque solo Dios tiene derecho a llamarse así, ciertamente habría rehusado que se le adorara. Por eso dice: solo hay que orar al Padre a quien también yo oro, como sabéis por las Sagradas Escrituras. No debéis orar a quien ha sido constituido por el Padre como Pontífice en vuestro favor, recibiendo del Padre el oficio de abogado, sino al Padre por medio del Pontífice y del abogado "que pueda compadecerse de nuestras flaquezas, tentado en todo a semejanza nuestra, pero tentado por concesión del Padre, fuera del pecado". Mirad pues qué gran don habéis obtenido de mi Padre cuando por la regeneración en mí recibisteis el espíritu de adopción para ser llamados hijos de Dios y hermanos míos. Porque ya leísteis lo que yo dije al Padre de vosotros por boca de David: "Hablaré de tu nombre a mis hermanos y te ensalzaré en medio de la asamblea". Y no es razonable que se dirija al hermano la oración de los que tienen a un mismo Padre. Solo al Padre conmigo y a través de mi habéis de dirigir vuestra oración.
HAY QUE PEDIR COSAS ELEVADAS.
XVI. 1. Oyendo a Jesús decir estas cosas, roguemos a Dios por mediación de El, dirigiendo todas las mismas plegarias, sin divisiones en cuanto al modo de hacer oración.
¿No es verdad que estamos divididos si unos oramos al Padre y otros al Hijo? La gente sencilla, que ilógica e inconscientemente ruega al Hijo, bien sea con el Padre o sin el Padre, comete un pecado de ignorancia.
Oremos pues al Padre como a Dios; pidámosle como a Padre, roguémosle como a Señor; démosle gracias como a Dios, como a Padres y como a Señor, mas no porque sea señor de esclavos enteramente tales; pues con toda razón puede el Padre considerarse Señor de su Hijo, y Señor de aquellos que mediante El llegaron a ser hijos. Mas así como "no es Dios de muertos, sino de vivos"; así no es Señor de esclavos innobles, sino de quienes ennoblecidos al principio por el temor, a causa de su infancia, después por la caridad llegan a una servidumbre más dichosa que la del temor. Porque también en el alma de los siervos de Dios y de sus hijos hay caracteres visibles solo para el que escruta los corazones.
2. Así pues todo el que pide a Dios cosas terrenas e insignificantes no presta oídos a Dios que, sin pensar otorgar nada terreno y pequeño, ordenó pedir cosas celestiales y grandes.
Lo material es como sombra.
Y si alguno objeta que ha habido cosas materiales concedidas a los santos en virtud de la oración y que incluso el Evangelio enseña que hemos de pedir también cosas terrenas y pequeñas, se le ha de dar por respuesta que cuando alguien nos regala cualquier objeto no puede decirse que nos ha regalado la sombra de ese objeto, ya que no nos lo da pensando hacernos un doble regalo, el del cuerpo y el de la sombra, sino proponiéndose únicamente darnos el objeto; lógicamente lo recibimos con su sombra. Y que de modo análogo ‑si lo pensamos sensatamente‑ los favores que fundamentalmente nos ha otorgado Dios son elevados y celestiales dones espirituales, mientras que las cosas terrenas, concedidas en utilidad de los santos como premio a su fe, o por libre voluntad del donante, son como secuelas de aquellas. Dios cuando da tiene una voluntad sabia, aunque nosotros no podamos descubrir en cada caso la razón y motivo por los que actúa.
3. Así el alma de Ana, sanada de una cierta esterilidad, quedó más fecunda que grávido quedara su cuerpo con Samuel. Y más hijos divinos engendró con su mente Ezequías que descendencia con su semen corpóreo. Más bien fueron librados de acechanzas espirituales Ester, Mardoqueo y el pueblo que de Aman y de los que conspiraban su perdición. Más eficazmente deshizo Judit las fuerzas del príncipe que quería corromper su alma, que las del mismo Holofernes. ¿Y quién no confesará que la bendición espiritual dada por Isaac a Jacob "te dé Dios el rocío del cielo" (155) alcanzó a Ananías y a sus compañeros más ampliamente que el rocío material con que se superaron las llamas de Nabucodonosor? Más bien refrenó Daniel las bocas de los leones invisibles para que nada pudieran hacer en su alma, que la de los otros reales conocidos por cuantos leemos las Escrituras, ¿y quién ha escapado del vientre de la fiera marina sometida por Jesús nuestro Salvador y devoradora de todos cuantos ruegan a Dios, quién como Jonás que por su santidad se hizo partícipe del Espíritu Santo?
VARIEDAD DE LOS FAVORES MATERIALES
XVII. 1. Por otra parte no es de extrañar que a todos los que reciben cuerpos de los que por así decirlo producen esas sombras, no se les dé la misma clase de sombra y que a algunos incluso no se les dé ninguna; porque a los que estudian las cuestiones científicas y concretamente las relaciones de las sombras con respecto al objeto proyector les resulta claro que este mismo fenómeno se da también en los cuerpos físicos. Algunos de estos cuerpos físicos no proyectan sombra durante un cierto tiempo; otros, por así decirlo, proyectan una sombra reducida, otros, en fin, más larga. No será pues nada monstruoso si alguna vez por decisión del que nos otorga las cosas principales, debido a ciertas razones ocultas y misteriosas en armonía con el favorecido, sucede que al dar lo fundamental no acompañe sombra alguna. También puede ocurrir ‑siguiendo la comparación‑ que unas veces no sean sus sombras las más pequeñas, aunque tampoco las mayores de todas; mientras otras veces sí serán las menores en comparación con otras mayores que proyecten otros cuerpos. Pues así como al que busca los rayos del sol, una vez conseguido esto, que haya sombra del cuerpo o no la haya, no le resulta ni agradable ni molesto, pues obtiene lo que más precisa, aunque esté privado de sombra o aunque tenga más o menos; así también si logramos los bienes espirituales, y somos iluminados por Dios para la plena obtención de los verdaderos, no andaremos buscando con ánimo miope un objeto baladí como es la sombra. Porque todas las cosas materiales y corporales, sean al cabo las que fueren, tienen el valor de una sombra inconsistente y leve, y no pueden compararse con los dones saludables y santos del Dios del universo. ¿Qué comparación cabe entre las riquezas materiales y aquellas por las que somos "enriquecidos en toda palabra y en todo conocimiento"?.
2. Y quien concibiere en su mente cuál es la hermosura de aquella esposa amada por el esposo ‑que es el Verbo de Dios‑, quiero decir la hermosura del alma fruto de una hermosura que supera al cielo y al mundo, se avergonzará de agraciar con el mismo nombre de hermosura la hermosura corporal sea de mujer, sea de niño o de hombre; ya que la carne no es capaz de una hermosura verdadera, sino que toda ella es torpeza. Pues toda carne es a modo de heno, y su gloria que muestra a los ojos, la que se denomina hermosura de las mujeres o de los niños, es comparable a una flor del campo según la expresión del profeta: "Toda carne es como hierba y toda su gloria como flor del campo. Se seca la hierba, marchítase la flor, pero la palabra de Nuestro Señor permanece para siempre". ¿Y quién llamará ya propiamente nobleza la que suele denominarse nobleza entre los hombres, una vez que ha conocido la auténtica nobleza de los hijos de Dios? Y cuando la mente haya visto el Reino firme de Dios, cómo no despreciará todo reino terreno como de ningún valor? Y cuando la mente humana, en cuanto le permita su condición actual de dependencia del cuerpo, contemple la milicia angelical y los arcángeles de los ejércitos de Dios: los tronos, las dominaciones, los principados y las potestades supracelestes; y cuando comprenda que ella puede gozar ante Dios de honor semejante, ¿cómo, aunque sea más débil que una sombra, cuando compare con ellos las cosas que admiran los ignorantes, no las despreciará también como vulgares y de ningún precio y las desatenderá, aunque se le ofrezcan, para no dejar de alcanzar los verdaderos principados y las potestades divinas? Se han de pedir pues aquellas cosas que son principales, y verdaderamente grandes y celestiales; mas las que son accesorias y acompañan a las principales como sombras, se han de atan donar al arbitrio da Dios, "porque sabe El lo que precisamos para nuestro cuerpo mortal, antes de que se lo pidamos".
(Homilías sobre el Evangelio de San Lucas, II, 18-20)
Cumplidos los doce años, Jesús se queda en Jerusalén. Sus padres, no sabiendo donde estaba, lo buscan con inquietud, y no lo encuentran. Lo buscan entre los parientes próximos, lo buscan entre los compañeros de viaje, lo buscan entre los conocidos, pero no lo encuentran con ninguna de esas personas. Jesús es buscado por sus padres, por el padre putativo que lo había acompañado y custodiado cuando habían bajado a Egipto, y, aunque lo busca, no lo encuentra inmediatamente. En efecto, no se halla a Jesús entre los parientes y amigos según la carne, no está entre los que se hallan unidos a Él corporalmente. Mi Jesús no puede ser encontrado entre la muchedumbre.
Aprende donde lo encuentran quienes lo buscan, para que así también tú, buscándolo con José y con María, lo puedas hallar. Al buscarlo—dice el Evangelista—lo encontraron en el templo. No lo encontraron en un lugar cualquiera, sino en el templo, y no simplemente en el templo, sino en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles (Lc 2, 46). Busca tú también a Jesús en el templo de Dios, búscalo en la Iglesia, búscalo entre los maestros que están en el templo y no salen de allí. Si así lo buscas, lo encontrarás. Y además, si alguno dice ser un maestro y no posee a Jesús sólo tiene el nombre de maestro, y por esto no se puede hallar en él a Jesús, Verbo y Sabiduría de Dios.
Lo encuentran—dice—en medio de los doctores. Como está escrito en otro pasaje a propósito de los profetas, en el mismo sentido debes entender ahora las palabras en medio de los doctores. Dice el Apóstol: cuando uno que está sentado recibe una revelación, debe callarse el primero (1 Cor 14, 30). Lo encuentran sentado en medio de los doctores más aun, mientras está allí, no sólo está sentado, sino escuchándoles y preguntándoles. También ahora Jesús está presente, nos pregunta y nos oye hablar.
El texto continúa: y todos estaban admirados. ¿Qué admiraban? No las preguntas que les hacía, aunque fueran extraordinarias, sino las respuestas. Una cosa es preguntar, y otra responder.
Jesús interrogaba a los maestros, pero, como no eran capaces de responder, tenía que contestar a las preguntas que Él mismo había formulado. Y como responder no significa sólo hablar después del que lo ha hecho en primer lugar, sino que—según la Sagrada Escritura—significa impartir una enseñanza, deseo que sea la ley divina quien te lo enseñe (...).
Y buscándole, no le hallaron entre los parientes. La familia humana no podía contener al Hijo de Dios. No le encontraron entre los conocidos, porque la potencia divina sobrepasa cualquier conocimiento y ciencia humana. ¿Dónde lo encuentran? En el templo, pues allí está el Hijo de Dios. Cuando busques al Hijo de Dios, búscalo primero en el templo, apresúrate a andar al templo, y allí encontrarás a Cristo, Verbo y Sabiduría, es decir, Hijo de Dios (...).
Jesús es hallado en medio de los maestros, y, una vez descubierto, dice a los que le buscan: ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo estar en la casa de mi Padre? Atengámonos al sentido más inmediato, armémonos antes que nada contra la impiedad de los herejes que pretenden que ni el Creador ni el Dios de la Ley y de los profetas sea el Padre de Jesucristo. He aquí afirmado que el Padre de Cristo es el Dios del templo (...).
Pero como se dice que ellos no comprendieron estas palabras, debemos estudiar con mayor atención el significado de la Escritura. ¿Estaban, pues, tan privados de inteligencia y de sabiduría que no sabían lo que quería decirles Jesús, y que no comprendían que con las palabras Yo debo estar en la casa de mi Padre aludía al templo? ¿O tal vez esas palabras tienen un significado más alto, capaz de edificar a los oyentes? ¿No quieren quizá expresar que cada uno de nosotros, si es bueno y perfecto, pertenece a Dios Padre? Y así, en sentido amplio, el Salvador se refiere a todos los hombres, enseñándonos que Él sólo se encuentra en los que pertenecen al Padre. Si uno de vosotros pertenece a Dios Padre, tiene a Jesús dentro de sí. Creamos, por tanto, a las palabras de Aquél que dice: Yo debo estar en la casa de mi Padre. Este templo de Dios es más espiritual, más vivo y más verdadero, que el templo construido a modo de símbolo por mano de los hombres.
Sacerdote y Víctima
(Homilías sobre el Génesis, Vlll, 6-9)
Tomó Abraham la leña del holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac, mientras él llevaba el fuego y el cuchillo; y los dos se pusieron en camino (Gn 22, 6). El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio holocausto era figura de Cristo, que también cargó sobre sí la cruz (Jn 19, 17). Por otra parte, llevar la leña del holocausto es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es a la vez víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: los dos se pusieron en camino. En efecto, Abraham, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo; pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que cumplía también una función sacerdotal.
¿Qué es lo que sigue? Isaac dijo a su padre Abraham: padre (Gn 22, 7). En este momento, la voz del hijo es una tentación para el padre. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y aunque su fe le obligaba a ser inflexible, Abraham, con todo, le responde con palabras de igual afecto: ¿qué deseas, hijo mío? E Isaac: tenemos fuego y leña; pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? (Gn 22, 7). Abraham le contestó: Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mio (Gn 22, 8).
Me conmueve la respuesta de Abraham, tan cuidadosa y cauta. Algo debía de prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente, le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo, pues también la sabiduría se ha edificado una casa (Prv 9, 1) y Él se humilló a sí mismo hasta la muerte (Fil 2, 8). Todo lo que lees acerca de Cristo, no ha sido hecho por necesidad, sino libremente.
Prosiguieron juntos el camino, y llegaron al lugar que Dios le había indicado (Gn 22, 8-9). Una vez en el sitio que el Señor le había mostrado, a Moisés no se le permite subir; antes le dicen: quita las sandalias de tus pies (Ex 3, 5). Abraham e Isaac no reciben ninguna indicación semejante, sino que suben sin descalzarse. Quizá el motivo de esta diversidad resida en que Moisés, aunque grande, venía de Egipto, y llevaba sus pies atados con lazos de mortalidad; Abraham e Isaac, en cambio, no tienen nada de eso. Llegan al lugar señalado, Abraham edifica un altar, pone encima la leña, ata al muchacho y se dispone a degollarle.
Sois muchos los que os encontráis en la Iglesia de Dios, escuchando estas cosas. Bastantes sois padres. Ojalá que al escuchar esta narración, alguno de vosotros se llene de tanta constancia y fuerza de ánimo que si por casualidad pierde un hijo—incluso si es hijo único y amadísimo—, a causa de la muerte común que corresponde a todos los hombres, tome como ejemplo a Abraham, poniendo ante los ojos su grandeza de ánimo. Es verdad que a ti no se te pide tanto: atar a tu propio hijo, obligarlo, preparar la espada y degollarlo. No se te piden todos estos servicios. Por eso, sé al menos constante en el propósito y en el ánimo: fuerte en la fe, ofrece con alegría tu hijo a Dios; sé sacerdote de la vida de tu hijo, pues no conviene el llanto al sacerdote que inmola a Dios.
¿Quieres que te muestre que esto se te pide? Dice el Señor en el Evangelio: si fuerais hijos de Abraham, realizaríais las obras que él hizo (Jn 8, 39). Esta es la obra de Abraham. Cumplidlas también vosotros, pero no con tristeza, porque Dios ama al que da con alegría (1 Cor 9, 7). Si os mostráis prontos para el servicio de Dios, también se os dirá: sube a una tierra elevada y al monte que te mostraré, y ofréceme allí a tu hijo (Gn 22, 2). No en las profundidades de la tierra, ni en el valle del llanto (Sal 83, 7), sino en montes altos y excelsos ofrece a tu hijo. Demuestra que la fe en Dios es más fuerte que los afectos de la carne. Abraham, en efecto, amaba a su hijo Isaac, pero antepuso el amor de Dios al amor de la carne, y por eso se halló no en las entrañas de la carne, sino en las entrañas de Cristo (Fil 1, 8); esto es, en las entrañas del Verbo de Dios, de la Verdad, de la Sabiduría.
Continúa: Abraham cogió el cuchillo y extendió luego su brazo para degollar a su hijo. Pero el Ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!». Él contestó: «Aquí me tienes ». Y le dijo: «No extiendas tu brazo sobre el niño, ni le hagas nada. Ahora sé que en verdad temes a Dios» (Gn 22,10-12).
En relación a este discurso, se suele objetar que Dios dice que ahora sabe que Abraham teme a Dios, como si antes lo hubiese ignorado. Dios, en efecto, lo sabía, no le estaba oculto, puesto que es Aquél que conoce todas las cosas antes de que sean (Dan 13, 42); pero han sido escritas para ti. Ciertamente, también tú has creído a Dios, pero si no realizas las obras de la fe (cfr. 2 Tes 1, 11), si no obedeces a todos los mandamientos, incluso a los más difíciles; si no ofreces el sacrificio y no muestras que no antepones a Dios ni el padre, ni la madre, ni los hijos (cfr. Mt 10, 37), no se reconocerá que temes a Dios, y no se dirá de ti: ahora sé que temes a Dios.
(...). Estas cosas se le han dicho a Abraham; ha sido proclamado que él teme a Dios. ¿Por qué? Porque no ha perdonado a su hijo. Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte par todos nosotros (Rm 8, 32). Ved cómo rivaliza Dios con los hombres en magnanimidad y generosidad: Abraham ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte, por todos, al Hijo inmortal. ¿Qué diremos nosotros ante estas cosas? ¿Cómo podré pagar a Dios por todos los beneficios que me ha concedido? (Sal 116, 12).
Dios Padre, por nosotros, no perdonó a su propio Hijo. ¿Quién de vosotros podrá oír alguna vez la voz del ángel, que le dice: ahora sé que temes a Dios, porque no has perdonado a tu hijo (Gn 22, 12), o tu hija, o tu mujer, dinero, o los honores y ambiciones del mundo, sino que todo esto lo has despreciado, y todo lo has tenido por estiércol para ganar a Cristo (cfr. Fil 3, 8); porque has vendido todas las cosas, has dado el dinero a los pobres y has seguido la palabra de Dios (cfr. Mt 19, 21)? ¿Quién podrá oír pronunciar al ángel palabras de este tipo?
Abraham escuchó esta voz, que le decía: porque no has perdonado a tu hijo único por mí (Gn 22, 12). Y alzó los ojos y vio tras sí un carnero enredado por los cuernos en la espesura (Gn 22, 13). Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena conocer en qué se parecen uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí lo fue.
Cristo es el Verbo de Dios, pero el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). Por una parte, pues, Cristo viene de arriba; por otra, ha sido asumido de la naturaleza humana y de las entrañas virginales. Cristo, en efecto, padeció pero en la carne; sufrió la muerte, pero en la carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decia Juan: éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). El Verbo permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es a la vez víctima y sacerdote. En efecto, según el espíritu ofrece la víctima al Padre; según la carne, Él mismo se ofrece sobre el altar de la cruz.
El Magníficat de María
(Homilías sobre el Evangelio de San Lucas, Vlll, 1-7)
Examinemos la profecía de la Virgen: mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador (Lc 1, 46).
Nos preguntaremos de qué modo el alma puede engrandecer al Señor ya que Dios no puede recibir ni aumento, ni disminución: es El que es. ¿Por qué, entonces, dice María: mi alma engrandece al Señor?
Si considero que el Señor y Salvador es la imagen de Dios invisible (Col 1, 15), y si reconozco que mi alma ha sido hecha a imagen del Creador (cfr. Gn 1, 27) para ser imagen de la imagen (en realidad, mi alma no es propiamente la imagen de Dios, sino que ha sido creada a semejanza de la primera imagen), podré entonces entender las palabras de la Virgen. Los que pintan imágenes, una vez elegido, por ejemplo, el rostro de un rey, se esfuerzan con toda su habilidad artística en reproducir un modelo único.
Del mismo modo, cada uno de nosotros, transformando su alma a imagen de Cristo, compone de Él una imagen más o menos grande, algunas voces oscura y sucia, otras clara y luminosa, que corresponde al original. Por tanto, cuando haya pintado grande la imagen de la imagen, es decir mi alma, y la haya engrandecido con las obras, con el pensamiento, con la palabra, entonces la imagen de Dios se agrandará, y el mismo Señor, del cual el alma es imagen, será glorificado en nuestra misma alma. Pero si somos pecadores, el Señor, que antes crecía en nuestra imagen, disminuye y mengua.
Para ser más precisos, el Señor no disminuye ni decrece, sino nosotros: en vez de revestirnos con la imagen del Salvador, nos cubrimos con otras imágenes; en lugar de la imagen del Verbo, de la sabiduría, de la justicia y de las demás virtudes, asumimos el aspecto del diablo, hasta el punto de que podemos ser llamados serpientes, raza de víboras (Mt 23, 33).
Pues bien, primero el alma de María engrandece al Señor y, después, su espíritu se alegra en Dios; es decir, si no crecemos primero, no podremos luego exultar.
Y añade: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava (Lc 1, 48). ¿En qué humildad de María ha fijado su mirada? La Madre del Salvador, que llevaba en su seno al Hijo de Dios, ¿qué contenía de humilde y bajo? Al decir: ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, es como si afirmase: ha mirado la justicia de su esclava, ha mirado su templanza, ha mirado su fortaleza y su sabiduría. Es justo, en efecto, que Dios dirija su vista hacia las virtudes. Alguno podría decir: entiendo que Dios mire la justicia y la sabiduría de su esclava; pero no está demasiado claro por qué se fija en la bajeza. Quien piense de este modo debe recordar que en la misma Escritura se considera la humildad como una de las virtudes.
El Salvador dice: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 29). Si queréis conocer el nombre de esta virtud, o sea, como es llamada por los filósofos, sabed que la humildad sobre la cual Dios dirige su mirada es aquella misma virtud que los filósofos llaman atufiá o metriótes. Nosotros podemos definirla mediante una perífrasis: la humildad es el estado de un hombre que lejos de hincharse, se abaja. Quien, se hincha, cae, como dice el Apóstol, en la condena del diablo—el cual comenzó con la hinchazón de la soberbia—. Por eso, el Apóstol nos pone en guardia: para no caer, hinchado de orgullo, en la condena del diablo (l Tim 3, 6).
Ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava: Dios me ha mirado—dice María—porque soy humilde y porque busco la virtud de la mansedumbre y del pasar oculta.
Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1, 48). Si entiendo todas las generaciones según el significado más común, sostendré que se alude a los creyentes. Pero si busco averiguar el significado más profundo, entenderé lo preferible que resulta añadir: porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso (Lc 1, 49). Precisamente porque todo el que se humilla será ensalzado (Lc 14, 11), Dios ha puesto los ojos en la bajeza de Santa María; por eso ha hecho a través de Ella grandes cosas el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo.
Y su misericordia se derrama de generación en generación (Lc 1, 50). No es sobre una generación, ni sobre dos, ni sobre tres, ni siquiera sobre cinco se extiende la misericordia de Dios; sino que se derrama eternamente de generación en generación.
Manifestó el poder de su brazo en favor de los que le temen (Lc 1, 51). También tú, si eres débil, si te apoyas en el Señor, si le temes, podrás escuchar la promesa que el Señor responde a tu temor.
¿De qué promesa se trata? Escucha: ha desplegado su poder en favor de los que le temen. La fuerza o el poder es atributo real. En efecto, la palabra kratos, que podríamos traducir por poder, se aplica al que gobierna o quizá al que tiene todo en su poder. Pues bien, si tú temes a Dios, Él te comunicará su fuerza y su poder, te concederá el reino, en el que tú, sometido al Rey de reyes (Ap 19, 16), poseas el reino de los cielos, en Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (1 Pe 4, 11).
A la hora de rezar
(Tratado sobre la oración VlIl, 2—Xll, 1)
Es sumamente provechoso, al tratar de hacer oración, mantenerse constantemente en la presencia de Dios y hablar con Él como se dialoga con una persona a la que se tiene presente. Así como las imágenes almacenadas en la memoria suscitan pensamientos que surgen cuando aquellas figuras se contemplan en el ánimo, así también creemos que es útil el recuerdo de Dios presente en el alma, que capta todos nuestros movimientos, incluso los más leves, cuando nos disponemos a agradar a quien sabemos presente dentro de nosotros, a ese Dios que examina el corazón y escruta las entrañas.
Incluso en el supuesto de que no recibiese otra utilidad quien así dispusiera su mente para la oración, no se ha de considerar pequeño fruto el hecho mismo de haber adoptado durante el tiempo de la oración una actitud tan piadosa. Y si esto se repite con frecuencia, los que se dedican con asiduidad a la oración bien saben cómo este ejercicio aparta del pecado e invita a la práctica de las virtudes. Si el simple hecho de recordar la figura de un varón sensato y prudente provoca en nosotros el deseo de emularlo, y frecuentemente refrena los impulsos de nuestra concupiscencia, Cuánto más el recuerdo de Dios, Padre universal, a lo largo de la oración, ayudará a los que se persuaden de estar en su presencia y procuran hablar con quien les escucha! (...).
Sin embargo, mayor provecho obtendríamos si entendiéramos cuál es el modo conveniente de orar y lo pusiéramos en práctica. El que a la hora de rezar procura concentrarse y pone todo su esfuerzo en escuchar, terminará oyendo: heme aquí; y antes de terminar la oración logrará deponer toda dificultad relacionada con la providencia (...). Pues el que se conforma con la Voluntad divina y se acomoda a todo lo que sucede, ése se encuentra libre de toda atadura, no alza nunca amenazante sus manos contra Dios, que ordena todo para nuestra formación, y no murmura en lo secreto de su pensamiento sin que lo escuchen los hombres (...).
El Hijo de Dios es Pontífice de nuestras oblaciones y abogado ante el Padre en favor nuestro: ora por los que oran y suplica por los que suplican; sin embargo, no intercederá por quienes asiduamente no ruegan a través de Él, ni defenderá como cosa propia delante de Dios a los que no pongan en práctica su enseñanza de que es necesario orar siempre sin desfallecer (...). Y en cuanto a los que confían en las veracísimas palabras de Cristo, ¿quién no arderá en deseos de orar sin desmayo ante su invitación: pedid y se os dará, pues todo el que pide recibe (Lc 11, 9-10)?
No sólo el Pontífice se une a la oración de los que oran debidamente, sino también los ángeles, que se alegran en el cielo más por el pecador que hace penitencia que por noventa y' nueve justos que no precisan de ella (Lc 15, 7); y del mismo modo también las almas de los santos que ya descansaron (...). En efecto, si los santos [los fieles cristianos] ven en esta vida sólo mediante espejo y en enigma, mas en la futura cara a cara, es absurdo no sostener lo mismo, guardadas las debidas proporciones, acerca de las demás facultades y virtudes, y más aún teniendo en cuenta que en el cielo se perfeccionan las virtudes adquiridas en esta vida. Una de las principales virtudes, según la mente divina, es la caridad con el prójimo, virtud que los santos tienen en relación a los que se debaten todavía en la tierra (...). Y más cuando Cristo ha afirmado que se encuentra enfermo en cada fiel enfermo; y también que está en la cárcel, en el desnudo, en el huésped, en el que tiene hambre y en el que tiene sed. Pues ¿quién ignora, a poco que haya manejado el Evangelio, que Cristo se atribuye a sí mismo y considera como propias las cosas que sobrevienen a los que creen en Él?
En cuanto a los ángeles de Dios, si se acercaron a Jesús y le servían, no hay que pensar que limitaron este ministerio al corto espacio de tiempo que abarca la vida mortal de Cristo entre los hombres (...). Pues ellos, durante el tiempo mismo de la oración, avisados por el que ora acerca de lo que necesita, lo cumplen, si pueden, en virtud del mandato universal que han recibido (...). Ya que el que tiene contados los cabellos todos de la cabeza (Mt 10, 31) de los fieles, los reune convenientemente al tiempo de la oración, procurando que el que ha de hacer de dispensador de su beneficio fije su atención en el necesitado que pide confiadamente; así hay que pensar que se reúnen a veces los ángeles, como observadores y ministros de Dios, y se hacen presentes al que ora para tratar de obtener lo que solicita.
También el ángel particular de cada uno, que tienen aún los más insignificantes dentro de la Iglesia, por estar contemplando siempre el rostro de Dios que está en los cielos (cfr. Mt 18, 10), viendo la divinidad de nuestro Creador, une su oración a la nuestra y colabora, en cuanto le es posible, a favor de lo que pedimos.
* * * * *
Orígenes, In Cor fragm. 47 (JThS 10 (1909) 29ss.)):
"Veamos ya cómo debemos comprender los que escuchamos la palabra de Dios aquello de 'Nadie que habla en posesión del Espíritu de Dios dice: Maldito sea Jesús. Es posible que para los que no son peritos en la materia resulte dudoso de si ciertos individuos hablan o no movidos por el Espíritu de Dios, siendo así que (en realidad) maldicen a Jesús"
Orígenes, In Mat comm. Series 33:
"También sobre el Espíritu Santo, porque fue el mismo que estuvo en los patriarcas y profetas y que luego fue dado a los apóstoles"
Orígenes, 1 Reyes 4,2:
"... Del Espíritu Santo, del que creemos que inspiró la Escritura... ; el autor de estos discursos creemos que no es un hombre sino el Espíritu Santo que inspira a los hombres".
Orígenes, 1 Reyes 7,6.11:
"(Juan Bautista manda preguntar si Jesús es el Cristo)... algunos no comprendiendo el sentido de estas palabras dicen: 'Juan, a pesar de ser tan grande, no conocía a Cristo, pues el Espíritu Santo se había alejado de él'... Sabía grandes cosas de Cristo y por eso no quiso aceptar su humillación. Considera que algo semejante le aconteció a Juan. Estaba en prisión sabiendo grandes cosas de Cristo: había contemplado los cielos abiertos, había visto al Espíritu Santo descender del cielo y bajar sobre el Salvador; porque había tal gloria dudaba y quizás no podía creer que uno tan glorioso debía descender al infierno y al abismo".
Orígenes, 1 Reyes 9,4:
"Si pues quien profetiza edifica la Iglesia y Samuel poseía el don de profecía -de hecho no lo había perdido puesto que no había pecado porque pierde el don de profecía solamente aquel que después de haber profetizado lleva a cabo alguna acción indigna del Espíritu Santo, que por esto mismo lo abandona y huye de su corazón. Precisamente esto era lo que temía David después del pecado, y decía: `No alejes de mí tu santo Espíritu'...".
Orígenes, Hom. IV in Ex., 2:
"Si creemos que estas Escrituras son divinas y escritas por el Espíritu Santo, no creo que pensemos algo tan indigno del Espíritu divino como para afirmar que, en una obra tan importante, se debe al azar esta variación Ciertamente me confieso el menos idóneo y el menos capaz para sondear los secretos de la divina Sabiduría en semejantes variaciones. Sin embargo, veo que el apóstol Pablo, porque habitaba en él el Espíritu Santo, se atrevía a decir con confianza: Pero a nosotros nos lo ha revelado Dios por medio de su Espíritu. En efecto, el Espíritu escruta todo, incluso lo más profundo de Dios" .
Orígenes, Hom VIII in Ex., 4:
"Así, cuando venimos a la gracia del bautismo, renunciando a los otros dioses y señores, confesamos un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero, al confesar esto, a no ser que amemos al Señor Dios nuestro con todo el corazón y con todo el alma y nos adhiramos a El con toda nuestra fuerza, no quedamos convertidos en la porción del Señor, sino que quedamos colocados como en una especie de frontera, y sufrimos las ofensas de aquellos de los que huimos, sin encontrar propicio al Señor en quien nos refugiamos, al que no amamos con un corazón total e íntegro...".
Orígenes, Comentario al Evangelio de Juan, fragmento XXXVII.CXXIV:
"(Jn 3,8) Sus palabras adquieren este significado profundo: el Espíritu Santo se acerca solamente a aquellos que son virtuosos mientras que se aleja de los malvados. El alejamiento y la cercanía no hay que entenderlas en un sentido locativo sino en el sentido en que estas expresiones se pueden aplicar a lo que es incorpóreo. Por lo tanto, dado que el Espíritu Santo se mantiene alejado de los malvados y llena a los que poseen fe y virtud, por esto con acierto se dice: El Espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8). Sin embargo, aunque si el Espíritu sopla donde quiere, Nicodemo que no lo posee en sí mismo (en cuanto no ha creído en Jesús, como se debe), oye solamente la voz pero no sabe a donde va ni a donde viene. Quien se acerca a las Escrituras del Espíritu sin comprenderlas, oye solamente la voz del Espíritu, mientras que quien se empeña en la lectura y en el examen de las Escrituras, en cuanto las comprende sabe donde comienza y donde termina la vía que el Espíritu recorre mediante la enseñanza de las palabras divinas. Porque si uno conoce el motivo por el que la enseñanza del Espíritu viene dada a los hombres sabe de donde viene; y si ve por qué motivo es impartida sabe donde termina".
In Jo 1, 6: MG 14. 32
«No dudo en afirmar que entre todas las Escrituras ocupan un lugar privilegiado los Evangelios; y entre los Evangelios pertenece el primer puesto al que escribió Juan. Mas nadie puede captar su sentido a no ser que se haya reclinado sobre el pecho de Jesús y haya asimismo aceptado de Jesús a María como madre suya. Y a fin de ser este otro "Juan", es preciso que (lo mismo que Juan) se convierta uno en quien pueda ser designado por Jesús cual si fuera el mismo Jesús. Todos cuantos en efecto juzgan de manera ortodoxa acerca de María, saben que no tuvo otro hijo que Jesús, y sin embargo dice Jesús a su madre: "Ahí tienes a tu hijo". Advierte que no dice: También él es tu hijo. Equivalen, pues, sus palabras a decir: Mira, ahí tienes a Jesús, a quienes tú has dado a luz. En efecto, quien ha llegado a la perfección no vive ya más sino que Cristo vive en él; y porque Cristo vive en él, le han sido dicho a María las palabras: Ahí tienes a tu hijo». (·Orígenes.In Jo 1, 6: MG 14. 32)