TEÓFILO DE ANTIOQUÍA

 

I. Dios uno y trino.

La forma de Dios es inefable e inexplicable: no puede ser vista por ojos carnales. Por su gloria es incomprensible; por su grandeza es inalcanzable; por su sublimidad es impensable; por su poder es incomparable; por su sabiduría es inigualable; por su bondad, inimitable; por su beneficencia, inenarrable. En efecto, si lo llamo Luz, nombro lo que es creatura suya; si le llamo Palabra, nombro su principio; si le llamo Razón, nombro su inteligencia; si le llamo Espíritu, nombro su respiración; si le llamo Sabiduría, nombro lo que de él procede; si le llamo Potencia, nombro el poder que tiene; si le llamo Fuerza, nombro su principio activo; si le llamo Providencia, nombro su bondad; si le llamo Reino, nombro su gloria; si le llamo Señor, le digo Juez; si le llamo Juez, le digo Justo; si le llamo Padre, le digo todo; si le llamo Fuego, nombro su ira. Me dirás—¿Es que Dios puede estar airado?— Ya lo creo: está airado contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de los justos, el juez y castigador de los impíos.

Los hombres de Dios, portadores del Espíritu Santo y profetas, inspirados por el mismo Dios y llenos de su sabiduría, llegaron a ser discípulos de Dios, santos y justos. Por ello fueron dignos de recibir la recompensa de convertirse en instrumentos de Dios y de recibir su sabiduría, con la cual hablaron sobre la creación del mundo y sobre todas las demás cosas... Y en primer lugar nos enseñaron todos a una que Dios lo hizo todo de la nada: porque nada fue coetáneo con Dios, sino que siendo Dios su propio lugar y no teniendo necesidad de nada y existiendo desde antes de los siglos, quiso hacer al hombre para dársele a conocer. Entonces preparó para él el mundo, ya que el que es creado está necesitados mientras que el increado no necesita de nada.

Ahora bien, teniendo Dios en sus propias entrañas a su Verbo inmanente (endiatheton), lo engendró con su propia sabiduría, emitiéndolo antes de todas las cosas. A este Verbo tuvo como ministro de lo que iba creando, y por medio de él hizo todas las cosas. Éste se llama principio, siendo Príncipe y Señor de todas las cosas que por medio de él han sido creadas. Éste, pues, que es espíritu de Dios, y principio, sabiduría y potencia del Altísimo, descendió a los profetas, y por medio de ellos habló lo que se refiere a la creación del mundo y a las demás cosas. Porque no existían los profetas cuando se hacia el mundo, pero sí la Sabiduría de Dios que en él estaba y su Verbo santo que siempre le asistía...

El Dios y Padre del universo es inabarcable: no se encuentra limitado a un lugar, ni descansa en sitio alguno. En cambio, su Verbo, por medio del cual hizo todas las cosas y que es su propia potencia y sabiduría, tomando la figura del Padre y Señor del universo, fue el que se presentó en el paraíso en forma de Dios y conversaba con Adán. La misma Escritura divina nos enseña que Adán decia haber oído su voz: ahora bien, esta voz ¿qué otra cosa es sino el Verbo de Dios, que es su propio Hijo? Es Hijo no al modo en que los poetas y mitógrafos hablan de hijos de los dioses nacidos por unión carnal, sino como explica la verdad que existe el Verbo inmanente (endiatheton) desde siempre en el corazón de Dios. Antes de hacer nada tenía a este Verbo como consejero, como que era su propia mente y su pensamiento. Y cuando Dios quiso hacer efectivamente lo que había deliberado hacer, engendró a este Verbo emitido (prophorikon) como primogénito de toda la creación: con ello no quedó él vacío de su propio Verbo, sino que engendró al Verbo y permaneció conversando para siempre con él. Esto nos enseñan las santas Escrituras y todos los inspirados por el Espíritu, entre los cuales Juan dice: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios» (Jn 1, 1), significando que en los comienzas estaba Dios solo, y en él su Verbo. Y luego dice: «Y el Verbo era Dios: todo fue hecho por él, y sin él nada se hizo» (Jn 1, 2-3). Así pues, el Verbo es Dios y nacido de Dios, y cuando el Padre del universo así lo quiere lo envia a determinado lugar, y cuando está allí, puede ser oído y visto y puede ser encontrado en un lugar determinado por haber sido enviado por Dios...

II. El pecado de Adán.

Habiendo Dios puesto al hombre en el paraíso para que lo trabajara y lo guardara ... le mandó que comiera de todos los frutos y, naturalmente, también del árbol de la vida, sólo le mandó que no comiera del árbol de la ciencia. Y Dios lo trasladó de la tierra de la que había sido creado al paraíso, para que pudiera programar, y para que, creciendo y llegando a ser perfecto y hasta declarado dios, llegara a subir al cielo, poseyendo la inmortalidad, ya que el hombre fue creado en condición intermedia, ni del todo mortal ni simplemente inmortal, sino capaz de lo uno y de lo otro... Ahora bien, el árbol de la ciencia en sí mismo era bueno, y bueno era su fruto. No estaba en el árbol, como piensan algunos, la muerte, sino en la desobediencia. Porque en su fruto no había otra cosa que la ciencia, y la ciencia es buena si se hace de ella el uso debido. Pero por su edad Adán era todavía niño, y por eso no podía recibir la ciencia de modo debido. Aun ahora, cuando nace un niño, no puede inmediatamente comer pan, sino que primero se alimenta de leche, y luego, al ir adelantando en edad, pasa al alimento sólido. Algo así sucedió con Adán. Por tanto, no fue como por envidia, como piensan algunos, por lo que Dios le mandó que no comiera del conocimiento. Además, quería probarle para ver si era obediente a su mandamiento, y quería también que permaneciera más tiempo sencillo e inocente en condición de niño. Porque es cosa santa no sólo con respecto a Dios sino aun con respecto a los hombres que los hijos se sometan a sus padres en sencillez e inocencia. Ahora bien, si los hijos han de someterse a sus padres, mucho más a Dios, Padre del universo. Además, es cosa indecorosa que los niños pequeños sientan por encima de su edad, porque así como uno crece en edad por las etapas debidas, así también en la inteligencia. Por otra parte, cuando una ley manda abstenerse de algo y uno no obedece, está claro que no es la ley la que nos trae el castigo, sino la desobediencia y la transgresión... Así fue la desobediencia la que hizo que el primer hombre fuera arrojado del paraíso: no es que el árbol de la ciencia tuviera nada malo, sino que como consecuencia de la desobediencia el hombre se atrajo los trabajos, el dolor, la tristeza, cayendo finalmente bajo la muerte.

Pero Dios hizo un gran beneficio al hombre al no dejar que permaneciera para siempre en el pecado. En cierta manera semejante a un destierro, lo arrojó del paraíso para que pagara en un plazo determinado la pena de su pecado y así educado fuera de nuevo llamado... Y todavía más: así como a un vaso, si después de modelado resulta con algún defecto, se le vuelve a amasar y a modelar para hacerlo de nuevo y entero, así sucede también al hombre con la muerte: se le rompe por la fuerza, para que salga íntegro en la resurrección, es decir, sin defecto, justo e inmortal...

Alguno nos dirá: ¿Es que el hombre fue hecho mortal por naturaleza? De ninguna manera. ¿Fue, pues, hecho inmortal? Tampoco decimos eso. Se nos dirá: ¿Luego no fue hecho nada? Tampoco decimos eso: por naturaleza no fue hecho ni mortal ni inmortal. Porque si desde el principio Dios lo hubiera hecho inmortal, lo hubiera hecho dios. Al contrario, si lo hubiera hecho mortal, hubiera parecido que Dios era responsable de su muerte. Por tanto, no lo hizo ni mortal ni inmortal, sino... capaz de una cosa y de otra: de esta suerte, si el hombre se inclina a la inmortalidad guardando el mandamiento de Dios, recibiría de él como recompensa la inmortalidad y llegaría a ser dios; pero si, desobedeciendo a Dios, se entregaba a las cosas de la muerte, él mismo sería responsable de su propia muerte. Ahora bien, lo que el hombre perdió para sí por su descuido y desobediencia, eso mismo le regala Dios ahora por su amor y misericordia, con tal de que el hombre le obedezca. Y así como el hombre desobedeciendo se atrajo para sí la muerte, así obedeciendo a la voluntad de Dios puede el que quiera ganar para sí la vida eterna. Porque Dios nos ha dado una ley y unos mandamientos santos, y todo el que los cumpla puede salvarse y, alcanzada la resurrección, obtener como herencia la incorrupción.