TERTULIANO

TRATADO DE LA PACIENCIA

(DE PATIENTIA)

Con toda probabilidad este áureo tratado sobre "La Paciencia" lo escribió Tertuliano en los albores del siglo tercero, que precisamente eran los de su elevación a la dignidad de presbítero de la Iglesia de Cartago. Pertenece al grupo de obras ascéticas producidas por el gran Maestro Africano durante los seis primeros años de su sacerdocio. Entre ellas cabe destacar sus tratados sobre "La Oracirón", "La Penitencia" y "El bautismo", con los cuales se había propuesto resumir y completar la instrucción oral dada a los catecúmenos, describiendo y profundizando el hondo y misterioso sentido moral y litúrgico, que encerraban algunos ritos eclesiásticos de la iniciación cristiana.

Pero es fácil advertir que el tratado sobre "La Paciencia" carece de esta índole totalmente didáctica. No parece que haya sido compuesto tanto para los demás, cuanto para el mismo autor. Son consideraciones sobre la naturaleza de esta virtud, sobre los motivos cristianos que en verdad la elevan sobre la indiferencia (adiaforia) cínico-estoica. Son, en fin, meditaciones con las cuales trata él mismo de buscar razones que lo estimulen a sobreponerse a su carácter ardiente e impulsivo. En su nueva función sacerdotal, habrá advertido la necesidad de tolerar muchas de las consecuencias originadas, más en la debilidad y en la ignorancia que en la maldad de los que intentaba elevar a un ideal de perfección cristiana, si de veras deseaba conducirlos a meta tan sublime. Se habrá convencido de su deber de combatir la desanimación y la tristeza, que de continuo asaltan al que, deseando el bien de los demás, no se resigna a saber esperar que se produzca ese gran bien de verlos virtuosos con la lentitud que presupone el dominio propio, la eliminación de prejuicios, de intereses encontrados y de tantos otros escollos que dificultan el ascenso aun de las almas mejor dispuestas. En fin, no se le debió ocultar que para alcanzar éxito en su actividad sacerdotal había que moderar los ímpetus y sacrificar sus modos intransigentes en aras de la esperanza y de una constancia amable y fuerte; es decir, de la paciencia que es el valor que sabe sufrir y esperar.

Tampoco debía costarle mucho advertir que su elevación al orden sacerdotal no era sino una manifestación de la complacencia que los cristianos le expresaban por su valiente actividad apologista. Con verdadero placer de sus almas y con profundo sentimiento de acción de gracias a Dios, veían este su abogado erguirse ante los jueces no tan sólo para defenderlos contra el despotismo imperial sino también transformando, con habilidad insuperable, la defensa de las víctimas en una hiriente acusación contra los verdugos. Pero ahora que, como sacerdote, intentaba aportar una solución al gravísimo problema -en esos días particularmente planteado- de si era lícito a los cristianos concurrir a los espectáculos paganos del circo, del estadio y del teatro, las cosas cambiaban. Ha llegado hasta nosotros en un opúsculo titulado "De spectaculis", la solución por él presentada. Es una obra llena de erudición, concluyente y de una fuerza lógica que no admite réplica.

Tertuliano dice no, contra los cristianos flojos, contra los moralistas débiles y contra todas las opiniones que hasta entonces habían merecido el honor de ser discutidas. Pero su triunfo -si en realidad lo hubo- habrá dejado muchos requemores, no sólo por su forma intransigente y dura, reveladora de su intolerancia con los términos medios, las transacciones y las escapatorias de conciencia, sino y particularmente por su humor irónico, con el cual se daña tanto a los adversarios y a los que contra su voluntad se observan defendidos, como también a los partidarios mismos de su pensamiento y elevado ideal. Tan amarga situación -nueve años más tarde haría crisis en el ánimo de Tertuliano- pudo haber sido motivo de las meditaciones cuyo fruto es esta primera disertación cristiana -por lo menos en latín- sobre la virtud de la paciencia.

En ella nuestro autor despliega toda la opulencia de su arte retórica para presentarnos a la paciencia como virtud superior e imprescindible. Señala su origen en la conducta que el mismo Dios guarda para con los hombres, y de qué forma parte de la revelación de Cristo, así la distingue de la resignación fatalista y de la indiferencia calculada tan pregonadas bajo el nombre de paciencia por los filósofos paganos. Pondera su trascendente utilidad para sobreponerse a las grandes y difíciles circunstancias de la vida presente, después de haber demostrado que la impaciencia es la causa de todos los males que aquejan al hombre sobre la tierra. La coloca como fundamento de lo bueno y, a la vez, cual corona de todas las demás virtudes, inclusive la misma fe Destaca los genuinos modelos de la paciencia en su lucha contra la adversidad y asimismo como heraldos del poder divino. En vuelos de su entusiasta especulación, la idealiza hasta otorgarle casi atributos divinos, caracteres personales de compañera, discipula e hija de la suprema suavidad, Dios.

Concluye finalmente, invitando a todos a contemplar y gozar de la imponderable belleza de su rostro y el esplendor de su ropaje y porte. Por el contrario, advierte, a modo de contraste, que la paciencia inspirada por el demonio a sus secuaces, es perversa y perjudicial no quedándole otro fin que el mismo de su inspirador. Esta obra, como la mayoría de las de Tertuliano, tuvo notable influencia sobre los escritores cristianos latinos. Medio siglo después de su aparición, el gran obispo cartaginés, San Cipriano, en circunstancias muy difíciles de su glorioso pontificado, en momentos de apasionadas controversias, escribió también un tratado sobre este mismo tema2. Se titula "De bono patientia"; en él las meditaciones de Tertuliano aparecen reconsideradas aunque con un estilo de mayor suavidad, extensamente imitadas y hasta algunas frases literalmente calcadas. El gran obispo se honraba llamando maestro suyo al presbítero compatriota. En esta obra es cabalmente donde mejor se puede apreciar la magnitud de la influencia ejercida por Tertuliano sobre su póstumo discípulo y, por su intermedio, sobre sus numerosos herederos espirituales, que desde la metrópoli africana extendieron por toda la Iglesia la obra y el pensamiento de este eminente obispo y mártir. Empero, este libro sobre "La Paciencia", nueve años después de su publicación, lamentablemente iba a tener algo así como su propia réplica. Me refiero a otro de Tertuliano, titulado "De pallio", con el cual trató de hacer frente a la extrañeza y al desdén de los que habían criticado su cambio de indumentaria. "A toga ad pallium!" "¡Ha cambiado la toga por el manto!", exclamaban irónicamente los cartagineses al verlo con su nueva prenda de vestir.

Sin embargo, era todo un símbolo. Había, en efecto, cambiado súbitamente de vestido; pero antes, en la lenta amargura de su corazón, ¡él había ido cambiando su alma!... Entonces resolvió acabar con aquella poca paciencia con la cual había tratado de poner dique a sus arranques, al ímpetu incontenible de su espíritu inquieto. No podía sufrir las consecuencias de su carácter intransigente. Convenido del fracaso de sus exigencias para imponer a los fieles una disciplina moral de un rigorismo ajeno al Evangelio, impotente para aguantar la sorda resistencia que contra él había concitado, resuelve pasarse al montanismo, herejía que se adecuaba plenamente con sus aspiraciones y tendencias. La amargura, la burla, el desprecio exudan desalas páginas de "De pallio". "¡Cuántos desastres causa la impaciencia!"; había escrito este hombre verdaderamente notable...

Semejante decisión, casi incomprensible, es también una lección valiosa que sobre la paciencia nos da al verlo como se aleja de la Iglesia renunciando por un desmedido afán de rigor disciplinario a los principios de la fe y de la unidad. El desvelador de herejes y cismáticos se pasa a la herejía y al cisma por no poder soportar la paciencia, con que la Iglesia Católica, a imitación de su divino Fundador, soporta que la cizaña se mezcle con el trigo hasta el día en que sean aventados, en la esperanza de poderlos salvar a todos. Pareciera que para él mismo hubiese escrito a lo que afirma contra el pueblo judío: "!Se hubiera salvado si hubiera sido paciente!"

ARSENIO SEACE

CAPITULO I

IMPORTANCIA DE LA PACIENCIA

Confieso a Dios, mi Señor, que temo no poco por mí y quizás sea desvergüenza el que yo me atreva a escribir acerca de la paciencia. De ninguna manera soy capaz, como hombre carente de todo bien. Porque cuando es necesario demostrar e inculcar alguna cosa, entonces se buscan personas competentes que con anterioridad la hayan tratado y con decisión dirigido para poderla recomendar con aquella autoridad que procede de la propia conducta; sin que sus enseñanzas tengan que avergonzarse por falta de los propios ejemplos.

¡Ojalá que esta vergüenza trajese el remedio: de modo que la misma vergüenza de carecer de la que enseñamos a los otros, se convirtiera en maestra de lo que decimos! Con todo, hay algún tipo de bienes y también de males, de tan imponderable magnitud como la gracia de una inspiración divina. Porque lo que es sumo bien se halla al arbitrio de Dios, el cual por ser el único en poseerlo es también el único en dispensarlo, y esto a quien Él señala para conseguirlos a tolerarlos es indispensable dignarse hacerlo Por esta misma razón es de verdadero consuelo discurrir sobre aquello, de lo cual no podemos gozar; como los enfermos que faltándoles la salud, no terminan jamás de hablar de ella. Así yo -¡Oh miserable de mí! siempre consumido por la fiebre de mi impaciencia- para obtener esta virtud necesito suspirar y pedir y hablar de ella. Veo mi enfermedad y tengo presente que sin el socorro de la paciencia no se logra fácilmente la firmeza de la fe ni la buena salud de la doctrina cristiana. De tal modo Dios la antepuso, que sin ella nadie puede cumplir ningún precepto ni realizar ninguna obra grata al Señor.

Los mismos que viven como ciegos honran su excelencia proclamándola: virtud suma. Y aquellos filósofos paganos, que se atribuyen una animalesca sabiduría1, tanto la estiman que a pesar de hallarse, por muchos caprichos y envidias, divididos en sectas y opiniones, sin embargo tan sólo concuerdan con respecto a la paciencia, para cuyo estudio únicamente se ponen en paz. En ella están de acuerdo; en ella se unen, y de modo unánime se empeñan en fingir que la poseen. Buscan ser estimados por sabios, simulando ser pacientes. ¡Grande alabanza de ella es, el que se hagan merecedoras de honra y glorias sabios tan vanos! O quizás, ¿no será afrentoso que cosa tan divina se la revuelva con tales falacias? Véanlo ellos. Quizás dentro de poco tendrán que avergonzarse de que su sabihondez sea destruida con este mundo.

CAPITULO II

PACIENCIA DE DIOS CON LOS HOMBRES

A nosotros la obligación de practicar la paciencia no nos viene de la soberbia humana, asombrada de la resignación canina, sino de la divina ordenación de una enseñanza viva y celestial, que nos muestra al mismo Dios como dechado de esta virtud. Pues desde el principio del mundo Él derrama por igual el rocío de su luz sobre justos y pecadores. Estableció los beneficios de las estaciones, el servicio de los elementos y la rica fecundidad de la naturaleza tanto para los merecedores como para los indignos. Soporta a pueblos ingratísimos, adoradores de muñecos y de las obras de sus manos; y que persiguen su nombre y a su familia. Su paciencia aguanta constantemente la lujuria, la avaricia, la iniquidad insolente, a tal punto que, por esta causa, la mayoría no cree en Él porque jamás lo ven castigando al mundo.

CAPITULO III

PACIENCIA DE CRISTO

Estas manifestaciones de la sabiduría divina podrían parecer como cosa tal vez demasiado alta y muy de arriba. Pero, ¿qué decir de aquella paciencia que tan claramente se manifestó entre los hombres, en la tierra, como para ser tocada con la mano? Pues siendo Dios sufrió el encarnarse en el seno de una mujer y allí esperó; nacido, no se apuró en crecer; y adulto, no buscó ser conocido; más bien vivió en condición despreciable. Por su siervo fue bautizado, y rechaza los ataques del tentador con sólo palabras. De rey se hace maestro para enseñar a los hombres cómo se alcanza la salvación, buen conocedor de la paciencia, enseña por ella el perdón de las culpas. "No discute ni reclama; nadie lo oyó gritar en las plazas, no rompió la caña cascada ni apagó la mecha que humeaba." (Is. XLII, 2-3.) No había mentido el profeta, antes bien testimoniaba que Dios coloca su Espíritu en el Hijo con la plenitud de la paciencia. Porque recibió a todos cuantos lo buscaron; de ninguno rechazó ni la mesa ni la casa. Él mismo sirvió el agua para lavar los pies de sus discípulos. No despreció a los pecadores ni a los publicanos. Ni siquiera se disgustó contra aquel pueblo que no quiso recibirlo, aun cuando los discípulos quisieron hacer sentir a tan afrentosa gente el fuego del cielo (Luc IX, 52-56). Sanó a los ingratos y toleró a los insidiosos. Y si todo esto pudiera parecer poco, todavía aguantó consigo el traidor sin jamás delatarlo Y cuando fue entregado, lo condujeron como oveja al sacrificio sin quejarse, como cordero abandonado a la voluntad del esquilador. Y El que si hubiese querido, con una sola palabra hubiera podido hacer venir legiones de ángeles, ni siquiera toleró la espada vengadora de uno solo de sus discípulos. (Mat., XXVI, 51-53.) Allí precisamente no fue herido Malco, sino la paciencia del Señor. Por cuyo motivo maldijo para siempre el uso de la espada, y diole satisfacción a quien Él no había injuriado, restituyéndole la salud por medio de la paciencia, madre de la misericordia. No insistiré en que fue crucificado porque para eso había venido; pero acaso, ¿era necesario que su muerte fuese afrentada con tantos ultrajes? No; pero se le escupió, se le frageló, se le escarneció, le cubrieron de sucias vestiduras y fue coronado de las más horrorosas espinas.

¡Oh maravillosa y fiel equidistancia! Él, que había propuesto ocultar su divinidad bajo la condición humana, absolutamente nada quiso de la impaciencia humana. ¡Esto es sin duda lo más grande! Por esto sólo, ¡oh fariseos! deberíais haber reconocido al Señor, porque nadie jamás practicó una paciencia semejante. La magnitud de tal y tanta paciencia es una excusa para que la gente rehuse la fe; pero para nosotros es precisamente su fundamento, y su razón; y tan suficientemente clara que no sólo creemos movidos por las enseñanzas del Señor sino también por los padecimientos que soportó. Para los que gozamos del don de la fe, estos padecimientos prueban que la paciencia es algo natural de Dios, efecto y excelencia de alguna cualidad divinas.

CAPITULO IV

PACIENTE SUMISIÓN A DIOS

Ahora bien, si observamos que son los mejores siervos, los que soportan con buena voluntad el humor de su amo y lo sirven para merecer un premio que es fruto de su dedicación y de su complaciente sumisión, ¿cuánto más no debemos nosotros estar solícitos en el servicio del Señor, siendo servidores de un Dios vivo, cuyo juicio no tiene por castigo grillos de esclavitud, ni como premios gorros de libertad, sino penas o dichas eternas?

Evitemos por tanto, su severidad, y ganémonos su liberalidad sirviéndole con tanto mayor empeño cuanto más grande es el castigo con que amenaza y mayor el galardón que promete. Nosotros exigimos que nos sirvan no tan sólo los criados y aquellas otras personas que por algún derecho nuestro nos están obligadas, sino también los mismos animales domésticos y aun todas las bestias, porque entendemos que Dios las ha destinado y sometido a nuestro uso, y hasta parece que supiesen que deben obecedernos; y ¿será posible entonces que siendo tan buenos servidores nuestros los que Dios nos ha sometido, nosotros dudemos luego en obedecerle a El, Señor universal, de quien somos súbditos? ¡Cuánta injusticia y cuánta ingratitud! No es posible que la obediencia que se nos guarda por bondad de Dios, luego se la neguemos a Él nosotros mismos.

No he de insistir sobre esta nuestra obligación de obedecer a un Señor que es Dios; bastará que uno la reconozca para que luego sepa cuál sea su deber para con Él. Pero no ha de creerse, sin embargo, que la obediencia sea cosa extraña a la paciencia, pues aquélla nace de ésta. Jamás un impaciente puede ser obsequioso; como tampoco un paciente puede resultar desagradable. Por consiguiente, ¿cómo no vamos a discurrir intensamente acerca de la excelencia de una virtud que el mismo Señor, Dios conocedor y apreciador de todo lo bueno, ostentola en su misma persona? ¿Y quién puede dudar que un bien de Dios no debe ser apreciado con todas las fuerzas por aquellos que son de Dios? En esto, como en un compendio de su valor y defensa, se funda la alabanza y la recomendación de la paciencia.

CAPITULO V

ORIGEN Y MALES DE LA IMPACIENCIA

Proseguiremos pues, en nuestra disertación ya que no es simple ocio, sino más bien de utilidad el que se traten argumentos fundamentales para la fe. La locuacidad, aun cuando sea vituperable casi siempre, no lo es si se entretiene con temas edificantes. Ahora bien, cuando se investiga sobre alguna cosa buena, el método exige que se estudie también lo que le es opuesto, porque de esta manera se verá más claro lo que deba seguirse y, por consiguiente, más preciso lo que deba evitarse. Tratemos ahora pues, de la impaciencia.

Así como la paciencia se halla en Dios, así la impaciencia, su enemiga, es concebida y nace de nuestro enemigo. Con semejante origen queda patente cuán directamente la impaciencia es contraria a la fe. Porque lo concebido por el enemigo de Dios, en nada puede ser favorable a las cosas de Dios; y este mismo antagonismo sirve no sólo entre las obras sino también entre sus autores.

Y siendo Dios óptimo y el diablo por el contrario, pésimo; se deduce que por esta oposición esencial no pueden ser entre sí indiferentes; porque es imposible imaginarnos que algún bien nazca del mal. como tampoco que algún mal se origine del bien. Por consiguiente, yo descubro los principios de la impaciencia en el mismo diablo al no soportar con paciencia que Dios sometiese la creación entera al que era su imagen, es decir al hombre (Gn lll). Porque, en efecto, no se hubiera dolido si lo hubiese soportado, ni hubiera envidiado al hombre si no se hubiese dolido. Por esto engañó, porque envidiaba; y envidiaba porque le dolía; y le dolía por impaciente 8. No me preocupa averiguar si este ángel de perdición haya sido primero malo o impaciente, siendo evidente que la impaciencia nace con la maldad y la maldad viene de la impaciencia; y luego, coligadas entre sí e indisolubles, crecen en el regazo mismo de su padre. Y como éste ya desde el principio conocía por dónde entraba el pecado, e instruido por propia experiencia sobre lo que más ayuda a delinquir, llamó a la impaciencia en su ayuda para poder arrojar el hombre al crimen.

No puede tachárseme de temerario si afirmo que cuando la mujer se le acercó, en ese mismo instante se le inoculó la impaciencia por el aire mismo de la conversación con el diablo; de tal manera que nunca jamás pecara si con paciencia hubiese respetado la divina prohibición. Después, no soportando ella sola su caída, impaciente por hablar, acércase a a Adán -que no siendo todavía su marido no tenía obligación de atenderla- y así lo convierte en transmisor de una culpa que ella había sacado del mal. De este modo perece Adán por la impaciencia de Eva. Luego perece él mismo por culpa de su propia impaciencia, pues, en cuanto al mandato divino, no lo guardó; y en cuanto a la tentación diabólica, no la rechazó. Así, donde nació el delito, surgió la primera sentencia; y cuando comenzó el pecado del hombre, entonces aparece la justicia de Dios. Además, con la primera indignación de Dios, revélase también su primera paciencia, pues suavizó la violencia del castigo maldiciendo tan sólo al diablo.

Y fuera de este delito de impaciencia, ¿qué otro crimen había cometido el primer hombre? Era inocente, íntimo de Dios, moraba en el Paraíso; pero no bien cedió a la impaciencia, pierde la sabiduría divina y la capacidad de gozar de los bienes celestiales. Desde entonces es condenado a trabajar la tierra; y desterrado de la presencia de Dios comenzó a ser dominado fácilmente por la impaciencia, y así por todo lo demás, con que luego seguiría ofendiendo a Dios; porque no bien fue concebido este germen diabólico y fecundado por la maldad, procreó una hija, la ira, que ya nació amaestrada en toda clase de maldades. De este modo la impaciencia que había sumergido a Adán y a Eva en la muerte, también enseñó a su hijo Caín cómo ser homicida (Gn. IV 1-14).

En vano atribuiría yo todo esto a la impaciencia, si Caín -el primer homicida y primer fratricida- hubiese soportado pacientemente el justo rechazo de sus ofrendas, si no hubiese encolerizado contra su hermano, si finalmente a nadie hubiese matado. Porque ciertamente sin ira no habría matado, ni sin impaciencia se hubiese airado: lo cual prueba que la ira realizó lo que la impaciencia había planeado. Éstos son en verdad los principios de la impaciencia, todavía niña, aún en la cuna. Después, ¡cuánto horror con su rápido crecimiento! Porque si la impaciencia fue la primera en delinquir, se sigue que ella no sólo fue la primera sino también la única madre de todos los delitos. Como de su fuente, arrancan de ella los distintos canales de toda clase de crímenes.

Ya hablé del homicidio. El primero de los cuales lo ejecutó la ira, sin embargo tanto éste como los demás pecados que siguieron después, tienen por causa y origen a la impaciencia. A quien comete homicidio -hágalo por enemistad o por robo- antes que el odio o la avaricia, lo impulsó la impaciencia. Ninguna violencia existe que no sea fruto maduro de la impaciencia. Quién se hubiera insinuado hasta el adulterio si no hubiese sido impacientado por la lujuria? ¿Qué empuja a las mujeres a la venta de su honestidad, sino la impaciencia de conseguir el precio de la propia explotación'? Y como éstos, todos los demás crímenes que son gravísimos ante Dios. Tanto es cierto, que en síntesis puede afirmarse: todo pecado ha de atribuirse a la impaciencia porque todo mal es impaciencia contra el bien.

En efecto, el impúdico se impacienta contra la honestidad; el perverso, contra la bondad; el impío, contra la piedad, y el revoltoso, contra la tranquilidad. A tal punto, que para hacerse malo basta no soportar el bien. ¿Cómo, pues, no va Dios, reprobador de malos, a ofenderse contra tal monstruo de pecados? ¿Acaso no es cosa clara que el mismo Israel pecó siempre contra Dios por impaciencia? ¿No fue por esto que, olvidándose del divino poder que lo sacara de Egipto, exige de Aarón dioses conductores ofreciendo, para la fabricación de un ídolo, la contribución de su oro? (Éxod., XXXII, 1-6). ¿Y acaso no tomó como impaciencia las tan necesarias demoras de Moisés, que hablaba con Dios? ¿No es este mismo pueblo que, después de la nutridora lluvia del maná, después de la seguidora agua de la piedra, todavía desespera del Señor y no puede tolerar la sed de tres días?

Esta impaciencia le fue reprochada por Dios. No es necesario discurrir sobre cada uno de los demás casos, pues siempre pecaron por impaciencia. ¿Por qué maltrataron a los profetas, sino por la impaciencia de tener que oírlos? (Hech.. VII, 51-52, y Sb., II, 12-14). Aún al mismo Señor, ¿no fue por la impaciencia de tenerlo que ver? 10 ¡Se hubieran salvado de haber sido pacientes!

CAPÍTULO VI

LA PACIENCIA, CRISOL DE LA FE

Tan excelente es la paciencia que no sólo sigue a la fe sino que aún la precede (Gén., XV). En efecto, creyó Abraham a Dios, y Éste lo reputó por justo. Pero la paciencia probó su fe cuando le ordenó la inmolación de su hijo. Yo diría que no se probó su fe, sino que se lo destacó para modelo, porque bien conocía Dios a quien había aprobado por justo. Y no sólo escuchó pacientemente tan grave mandato, cuya realización hubiera desagradado al Señor, sino que lo hubiera ejecutado si Dios lo hubiese querido. ¡Con razón bienaventurado, porque fue fiel; con razón fiel, porque fue paciente! De este modo cuando la fe -gracias a una paciencia divina fue sembrada entre los pueblos por Cristo, descendiente de Abraham- colocó la gracia sobre la ley; para ampliar y cumplir la ley antepuso la paciencia como auxiliar, pues sólo ella era lo que faltaba a la enseñanza de la anterior justicia (Gál., III).

En efecto, antes se exigía "diente por diente y ojo por ojo", se daba mal por mal (Éxod., XXI, 23-25 y Deut., XIX, 21), porque aún no había llegado a la tierra la paciencia, porque tampoco había llegado la fe. Entonces la impaciencia se gozaba de todas las oportunidades que le ofrecía la misma ley. Así acontecía antes que el Señor y Maestro de la paciencia, hubiese venido. Pero cuando hubo llegado, la paciencia unió la gracia a la fe; entonces ya no fue lícito herir ni siquiera con una palabra, ni tampoco tratar de fatuo sin correr el riesgo de ser juzgado 11. Vedada pues la ira, calmados los ánimos, dominado el atrevimiento de la mano, vaciado el veneno de la lengua, la ley consiguió mucho más que lo que perdía, conforme a las palabras de Cristo que dice: "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen y orad por vuestros perseguidores para que podáis ser hijos del Padre Celestial" (Mt, V, 44). ¡Observa qué padre nos consiguió la paciencia! Por este capital precepto queda sancionada la universal doctrina de la paciencia, pues ni siquiera se permite tratar mal a los mismos que lo merecen.

CAPITULO VII

LA PACIENCIA Y LOS BIENES TEMPORALES

Hemos ya tratado sobre las causas de la impaciencia, ahora veremos otras obligaciones según se vayan presentando. Si el ánimo se halla perturbado a causa de la pérdida de los bienes familiares, casi no hay enseñanza del Señor que no inculque el desprecio de las cosas mundanas. Nada inspira tanto menosprecio del dinero como pensar que al Señor no se le encuentra jamás entre ninguna clase de riquezas. Siempre ensalza a los pobres; y a los ricos los amenaza con la condenación.

Si ordena el desprecio de la opulencia, la adelanta en la paciencia la resignación, para que no se haga cuenta de unas riquezas que se tienen que perder. En consecuencia, lejos de nosotros apetecer algo que el Señor tampoco quiso, sino que hemos de soportar sin pena su disminución y aun su pérdida. El Espíritu del Señor, por medio del Apóstol, declaró: "La codicia es la raíz de todos los males" (II Tm. Vl, 10). Y esto lo interpretamos diciendo que no está la codicia tan sólo en el afán de lo ajeno, sino también en lo que parece ser nuestro; pues esto mismo es ajeno. Nada en verdad es nuestro, ni siquiera nosotros, por cuanto todo es de Dios. De consiguiente, ni resentidos por el daño sufrido, lo llevamos con impaciencia doliéndonos de la pérdida de algo que no era nuestro, entonces estamos cerca de ser víctimas de la codicia. Codiciamos lo ajeno cuando con amargura sufrimos la pérdida de lo que no era nuestro.

El que se impacienta por las pérdidas, antepone lo terreno a lo celestial y muy de cerca peca contra Dios, pues ultraja al Espíritu que de El hemos recibido, posponiéndolo a las cosas terrenales. Perdamos, por tanto, con gusto lo que es terreno y defendamos lo celestial. Es preferible perder todo lo de este mundo, si con ello nos enriquecemos de paciencia. El que no se halla dispuesto a soportar el menoscabo proveniente del robo o de la violencia, o quizás del propio descuido, ignoro con qué facilidad y buena gana pueda extender su mano para dar limosna. Porque, ¿acaso se herirá a sí mismo, quien de ninguna manera tolera ser herido por otro? El perder con paciencia enseña a dar con liberalidad. No lamenta ser generoso quien no teme la privación; porque de otra manera, "¿cómo el que tiene dos túnicas dará una al que no tiene? ¿cómo al que roba la túnica ofrecemos la capa?" (Mt. V, 40). Y "¿cómo nos fabricaremos amigos con las riquezas" (Luc., XVI, 9) si tanto las amamos que no soportamos perderlas?

Nos perderemos con lo perdido. Porque, ¿encontraremos algo en este mundo que no debamos perder? Es propio de los paganos mostrar impaciencia por cualquier pérdida, porque ellos estiman al dinero más que a sus almas. Esto se deduce por cuanto se los ve que, dominados por la avaricia de las ganancias, soportan los grandes peligros del mar; o cuando por avidez de dinero defienden en los tribunales causas que ni siquiera dudan que están perdidas; o se contratan para los juegos y se enganchan en el ejército como mercenarios; y cuando, finalmente, asaltan en los caminos como si fueran bestias. Empero, a nosotros, que tanto nos diferenciamos de ellos, nos conviene dejar no el alma por el dinero, sino el dinero por el alma; o sea, ser generosos en dar y pacientes en perder.

CAPITULO VIII

LA PACIENCIA ENSEÑA A SOPORTAR LAS INJURIAS

Los que en esta vida llevamos no sólo el cuerpo sino la propia alma expuesta a la injuria de todos, y además hemos de sobrellevarlo todavía con paciencia, ¿nos vamos a sentir heridos por algún pequeño daño? ¡Lejos del siervo de Cristo una torpeza tal, como sería la que una paciencia ejercitada para afrontar pruebas muy grandes viniese luego a quebrarse delante de unas naderías! Por lo tanto, si alguno osase provocarte con su propia mano, hállese pronta la admonición del Señor, que dice: "AI que te hiriere en el rostro, ofrécele también la otra mejilla" (Mat., V, 39). Canse tu paciencia a la maldad, cuyo golpe ya sea de dolor como de afrenta, será frustrado y más gravemente contestado por el mismo Dios. Pues, más castigas al mal cuanto más lo soportas; y más castigado será por Aquel por quien los sufres.

Y si el veneno de una lengua reventase afrentándote o maldiciéndote, mira lo que fue dicho: "Cuando se os maldijere, gozaos" (Mat., V, 12). El mismo Señor ha sido maldecido en la ley, no obstante ser el único bendito (Deut., XXI, 23; Gál. lll, 13). Por tanto, nosotros sus siervos, sigamos al Señor, y con paciencia soportemos el ser maldecidos para conseguir ser bendecidos. Y cuando con escasa moderación se diga algo insolente o mal en contra de mi, entonces sería necesario que yo respondiese con idéntica amargura o con un silencio lleno de impaciencia; pero si por haber sido maldecido tuviese que maldecir, ¿cómo me he de considerar seguidor de las enseñanzas del Señor, las cuales afirman que el hombre no se mancha con la suciedad de los vasos sino con lo que sale de su boca? (Marc., VIl, 15-lX). Y además, ¿no hemos de dar cuenta de toda palabra vana y superflua? (Mat., Xll, 36). De todo lo cual se sigue que el Señor quiere apartarnos de ese mismo mal, que nos enseña a tolerar con paciencia cuando nos viene de otro.

Y ahora considera tú cuánta sea la ventaja de la paciencia; porque toda injuria -proceda de la lengua como de la mano- que intenta herirla se despunta con el mismo golpe, como dardo arrojado contra una piedra de inalterable dureza. Su intento, pues, es inútil e infructuoso; y todavía quizás con golpe de retorno se hiera el mismo que había arrojado la flecha. Luego, es evidente que el que desea herirte lo hace para que sufras, pues la ganancia del heridors se mide por el dolor del herido. Por tanto, si inutilizas su ganancia no doliéndote, es él quien deberá sufrir al ver frustrado su deseo. Entonces tú, no sólo saliste ileso, que es lo que más importa, sino que además de verte libre del dolor, todavía gozarás por haber malogrado la intención de tu adversario. He aquí cuánta sea la utilidad y la ventaja de la paciencia.

CAPITULO IX

LA PACIENCIA ATEMPERA EL DOLOR ANTE LA MUERTE

Ni siquiera esa especie de impaciencia que se origina de la pérdida de las personas allegadas, tiene excusa, aun cuando la defienda tan especial sentimiento de afecto. Hay que anteponerle el respeto debido a la intimación del Apóstol, que dice: "No os entristezcáis por la muerte de nadie, como los gentiles, que no tienen esperanza" (I Tesal., IV, 13). Y con razón. Si creemos en la resurrección de Cristo, creemos también en la nuestra, pues Él por nosotros murió y resucitó. Luego, constándonos la resurrección de los muertos, está demás el dolor por la muerte, y con mayor razón está demás la impaciencia de ese dolor. ¿Por qué, pues, te has de afligir si crees que no ha perecido? ¿Por qué has de llevar con impaciencia que se haya ido momentáneamente, el que crees que deba volver? Ausencia es lo que juzgas muerte. No se ha de llorar al que se nos adelante, sino tratar de alcanzarlo.

Sin embargo, este mismo deseo de alcanzarlo, también debe ser moderado por la paciencia. En efecto, ¿por qué has de sufrir con impaciencia la partida de aquel a quien pronto has de seguir'? Por lo demás, en estas cosas la impaciencia presagia mal de nuestra esperanza y es traición a nuestra fe. Asimismo ofendemos a Cristo cuando lloramos, como si fueran infelices, a los que fueron llamados por El. ¡Cuánto mejor expresa el deseo de los cristianos lo que dice el Apóstol: "Deseo ya ser recibido y estar con el Señor!" (Filip., 1, 23) 15 Por lo tanto, si con impaciencia sufrimos por los que alcanzaron su descanso, mostramos no quererlos alcanzar.

CAPÍTULO X

LA PACIENCIA, ENEMIGA DE LA VENGANZA

Otro muy grande estímulo para la impaciencia es la pasión de la venganza, tanto la que se pone a defensora del honor como la que se comete por maldad. Esta clase de honra es siempre tan vana, como la maldad es siempre odiosa ante Dios. Y lo es muy especialmente en este caso en que uno, provocado por la maldad de otro, se constituye a si mismo en juez con el fin de ejecutar la venganza. Esto es pagar con un nuevo mal; es duplicar el que se había cometido tan sólo una vez. Entre los malvados la venganza es considerada como un consuelo; pero entre los buenos se la detesta como un crimen. ¿Qué diferencia hay entre el provocador y el que a sí mismo se provoca? Que aquél comete el pecado antes, y éste lo comete después. Pero tanto el uno como el otro, son reos de crimen ante Dios, que prohibe y condena cualquier clase de maldad.

Ser el primero o el segundo en pecar no establece diferencia; ni el lugar distingue lo que iguala la semejanza del crimen. Porque de un modo absoluto está mandado que no se devuelva mal por mal (Rom., XII, 17). Por tanto, a iguales acciones corresponde igual merecido. ¿Cómo observaremos, pues, este precepto si de veras no despreciamos la venganza? A más de esto, si nos apropiamos el arbitrio de nuestra defensa, ¿qué clase de honor tributamos a Dios, que es nuestro Señor? Cualesquiera de nosotros -con ser vasos quebradizos- nos sentimos muy ofendidos cuando nuestros siervos se toman ellos mismos venganza contra sus compañeros. Por el contrario, no sólo alabamos a los que, recordando su humilde condición y el respeto debido a los derechos de su señor, nos ofrecen su paciencia dejando una satisfacción mucho más grande que aquella que ellos hubieran podido exigir. Ahora bien, ¿y esto mismo se lo negaremos nosotros a Dios, que es tan justo en ponderar y tan poderoso en realizar? ¿Qué cosa pensamos de este juez si no lo consideramos capaz de hacernos justicia? Y sin embargo, esto es lo que precisamente nos exige cuando dice: "Dejadme la venganza, que yo me vengaré" (Deut., XXXII, 35, y Rom., Xll, 19). Es decir: dame tu paciencia que yo la he de premiar.

Y cuando nos dice: "No quieras juzgar para no ser juzgado" (Mat., VIl, 1), ¿no nos exige la paciencia? ¿Y quién es el que no juzga a otro, sino el que es paciente y no se defiende? Además, ¿quién es el que juzga para perdonar? Porque si perdona, entonces se libra de la impaciencia propia del juez y roba, por tanto el honor al único juez, esto es a Dios 17. En verdad, ¡cuántos desastres causa la impaciencia! ¡Cuántas veces hubo que arrepentirse de haberse vengado! ¡Y en cuántas otras, la fuerza de la venganza fue más dañosa que las ofensas que la motivaron! Porque nada comenzado por la impaciencia ha podido concluir sin violencia. ¡Ni nada hay realizado por la violencia que no ofenda, que no arruine y que no caiga precipitadamente! Por otro lado, si la venganza es menor que la ofensa, te enloqueces; y si mayor, te abrumas. ¿Para qué, pues, la venganza si la impaciencia de su dolor no me deja dominar su violencia?

Si, por el contrario, descanso sobre la paciencia, no sufriré, y no teniendo de qué sufrir no tendré tampoco de qué vengarme.

CAPITULO XI

LA PACIENCIA, MADRE DE TODAS LAS VIRTUDES

Después de haber tratado -dentro de nuestras posibilidades- los temas principales sobre la paciencia, ¿sobre qué otros trataremos? ¿serán los de casa o los de afuera? Abundante y extensa es la labor del demonio. Variadísimos los dardos de este arquero dañino. A veces son pequeños y otras muy grandes. A los menores los desprecias en razón de su misma pequeñez; pero de los mayores, ¡huye a causa de su violencia! Cuando la injuria es pequeña, entonces no es necesaria la paciencia; pero cuando es grande, entonces sí que la paciencia es muy necesaria para curar la injuria. Esforcémonos en superar los daños que nos inflija el maligno; de modo que la competencia de nuestra serenidad de ánimo supere la astucia del enemigo. Cuando nosotros mismos, por imprudencia o capricho, nos causamos daño, sufrámoslo con paciencia ya que somos culpables. Y si creemos que Dios nos prueba, ¿a quién hemos de mostrar mayor paciencia que al Señor? Porque además de habernos enseñado a sufrir con alegría, le debemos agradecer que se haya dignado hacernos objeto de un castigo divino; pues dice: `'Yo a los que amo castigo'(Ap. lIl, 19, y Hebr.. Xll, 6). ¡Oh feliz el siervo de cuya corrección se interesa el Señor! ¡Dichoso aquel contra quien se digna enojarse y a quien corrigiendo nunca engaña con disimulo!

Como se puede ver, estamos siempre obligados al deber y servicio de la paciencia. De cualquier parte que venga la molestia: sea de nosotros, sea de las insidias del demonio o por amonestación de Dios, ha de intervenir la paciencia con su ayuda que, además de ser una merced grande de su condición, es también una felicidad. ¿A quiénes, en efecto, llamó el Señor dichosos sino a los pacientes? "Bienaventurados, dice, los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos" (Mat., V, 3). Nadie es pobre de espíritu perfectamente sino el humilde, y ¿quién es humilde sino el paciente? Pues, nadie puede humillarse a sí mismo, si antes no tuvo paciencia en la sumisión.

"Bienaventurados los mansos." De ninguna manera es posible suponer que estas palabras puedan referirse a los impacientes. Asimismo, cuando distingue los pacíficos con el título de dichosos y los llama hijos de Dios, ¿podrán por casualidad tenerse los impacientes por familiares de la paz? Necio sería quien tal pensase. Y cuando dice: "Gozaos y alegraos siempre que os maldijesen y os persiguiesen, mucho en verdad será vuestro premio en el Cielo". Ciertamente que no es a la impaciencia que se promete la alegría, porque nadie se goza en las adversidades si antes no las hubiese despreciado, y nadie puede despreciarlas sin la práctica de la paciencia.

CAPITULO XII

LA PACIENCIA AL SERVICIO DE LA PAZ Y DE LA PENITENCIA

En cuanto a la práctica de la paz tan agradable a Dios, ¿podrá el que es totalmente hijo de la impaciencia perdonar a su hermano no digo ya las setenta y siete veces o las siete. sino una sola vez por lo menos? ¿Quién será el que mientras se encamina al juez, pueda resolver su desacuerdo en forma amigable (Mut.. V, 23-24) si antes no amputa de su alma el dolor, la dureza y el resentimiento, verdaderas venas de la impaciencia'? Ninguno que tenga el ánimo agitado contra su hermano, podrá llevar su ofrenda al altar si antes no torna a la paciencia para poder reconciliarse con él. ¡Ay, cuánto peligro corremos si se pusiese el sol sobre nuestra ira!  De aquí que no sea lícito vivir sin paciencia ni siquiera un solo día.

Si la paciencia. como se ve, gobierna toda suerte de enseñanzas saludables, no es de maravillar que también ayude a la penitencia, cuyo oficio es socorrer a los caídos. Y así, cuando roto el matrimonio por aquella causa que hace lícito al marido o a la esposa a sufrir con perseverancia un género de viudez, entonces la paciencia ayuda a esperar, a desear y a rogar hasta que la penitencia llegue alguna vez a alcanzar la salvación del cónyuge descarriado. ¡Cuántos bienes le consigue la paciencia para cada uno de los dos! A uno lo ayuda a no ser adúltero; y al otro, lo corrige. También en este sentido tenemos las parábolas del Señor, llenas de santos ejemplos de paciencia. A la oveja perdida la busca y la encuentra la paciencia del pastor, pese a la impaciencia que, por tratarse únicamente de una sola, con facilidad la abandonara. Pero la paciencia se toma el trabajo de buscarla; y Aquél que es paciente, carga sobre sus hombros a la pecadora perdida (Luc., XIV, 3-5). Así tambien la paciencia del padre acoge, viste y alimenta al hijo pródigo; y todavía lo defiende de la disgustada impaciencia del hermano (Luc., XIV, 11-32). De este modo se salvó el que había perecido porque encontró a la paciencia, sin la cual no hubiese hallado a la penitencia.

La misma caridad -sacramento máximo de la fe y tesoro del nombre cristiano, exaltada por el Apóstol con toda la inspiración del Espíritu Santo- acaso ¿no se forja en las enseñanzas de la paciencia? En efecto, dice: "La caridad es magnánima", esto supone a la paciencia. "Es benéfica"; la paciencia no hace ningún mal. "No es envidiosa"; y esto es propio de la paciencia. "Ni se ensoberbece"; de la paciencia aprende a ser modesta. "No tiene hinchazón ni desprecia"; tampoco la paciencia. La caridad "no busca su negocio"; la paciencia ofrece el suyo si a otro le aprovecha; "ni se irrita", y sino ¿qué le quedaría a la impaciencia? "Por tanto -añade- la caridad todo lo soporta, todo lo tolera", y todo esto porque es paciente. Con razón "nunca pasará" mientras las demás virtudes se desvanecerán, pasarán. El don de lenguas, las ciencias, las profecías concluyen. En cambio la fe, la esperanza y la caridad permanecen: la te, que ha sido traída por la paciencia de Cristo; la esperanza, que es ayudada por la paciencia de los hombres; y la caridad, a la cual acompaña la paciencia enseñada por Dios mismo.

CAPITULO XIII

DE LA PACIENCIA DEL ALMA A LA PACIENCIA DEL CUERPO

En fin, hasta aquí se ha tratado de una paciencia espiritual y uniforme, constituida tan sólo en el alma; pero también la paciencia alcanza méritos delante de Dios de muchísimas maneras por medio del cuerpo. Este tipo de paciencia lo reveló el Señor por medio de la fortaleza de su cuerpo. Por tanto, si el alma guía al cuerpo, con facilidad le comunica la paciencia estableciéndola en él como en su morada. Pero, ¿qué clase de ganancias hará la paciencia por medio del cuerpo'? En primer lugar, gana con la mortificación de la carne, que es un sacrificio de humildad que aplaca a Dios. Le ofrece al Señor el desaliño y la pobreza de la comida, contentándose con un alimento sencillo y beber agua pura. Se enriquece si a esto añade el ayuno, y cuando consigue acostumbrar el cuerpo a la penitencia y a la modestia en el vestir.

Esta paciencia corporal hace recomendables las oraciones y asegura las plegarias porque abre los oídos de Cristo, nuestro Dios, desvaneciendo su severidad y provocando su clemencia. Así fue cómo aquel rey de Babilonia -que por haber ofendido al Señor, viose privado durante siete años de la forma humana (Daniel IV. 25-31)- ofreciendo la paciencia de su cuerpo sacrificado por la penitencia y la sordidez, recuperó el reino y satisfizo a Dios, que es lo que más deben desear los hombres. Pero más altos aún y más dichosos grados de paciencia corporal hemos de indicar, como que ella eleva a la santidad la continencia de la carne; sostiene a la viudez, conserva la virginidad, y al voluntario eunuco lo levanta hasta el reino de los cielos (Mal.. XIX 12). Todo lo cual nace de las fuerzas del alma; pero se perfecciona en la carne, que con la ayuda de la paciencia triunfa finalmente en las persecuciones. Y cuando aprieta la fuga, la carne lucha contra las incomodidades de la huida; y cuando la cárcel oprime, la carne sufre las cadenas, el cepo, la dureza del suelo, la privación de la luz y la falta de lo necesario para la vida.

Y si la sacan para experimentar la felicidad del segundo bautismo elevándola a la altura del divino trono, entonces nada la ayuda tanto como la paciencia del cuerpo, pero si "el espíritu está pronto", sin la paciencia "la carne es débil" (Mat., XXVI, 41). De esta manera ella es la salvación para el espíritu y para la misma carne. Cuando el Señor afirmó de la carne que era débil, entonces nos enseñó que era necesario fortalecerla con la paciencia contra todo lo que sería inventado para castigar y arrancar la fe; a fin de que con toda constancia pudiera tolerar los látigos, el fuego, la cruz, las bestias y la espada, todo lo cual lo dominaron con el sufrimiento los profetas y los apóstoles.

CAPÍTULO XIV

GRANDES MODELOS DE PACIENCIA

Contando con las fuerzas de la paciencia, Isaías no dejó de profetizar del Señor sino cuando fue aserrado vivo. San Esteban, mientras era apedreado, pedía perdón para sus enemigos (Act., VII, 59-60). ¡Oh cuán dichosísimo fue Job, el cual con toda clase de paciencia, desbarató todas las fuerzas del diablo! Jamás negó a Dios la paciencia ni la fe que le debía; ni cuando le arrebataron su hacienda, ni la totalidad de sus rebaños; ni cuando de un solo golpe perdió a sus hijos bajo las ruinas de la casa; ni siquiera cuando fue atormentado por una úlcera que cubría todo su cuerpo. ¡Contra él inútilmente ejercitó el diablo todas sus fuerzas! Éste es el mismo que, torturado por tantísimos dolores, jamás faltó al respeto a Dios, sino que se constituyó para todos nosotros en modelo y testimonio de la paciencia que debemos observar, tanto del espíritu como de la carne, tanto del alma como del cuerpo, para que no caigamos ante la pérdida de los bienes materiales, ni de las personas que nos son queridas, ni siquiera ante las aflicciones del cuerpo. ¡Qué féretro hizo Dios con este hombre para el diablo! !Qué estandarte desplegó contra el enemigo de su gloria, cuando este mortal, ante el amargo sucederse de los mensajeros, no abrió su boca sino para dar gracias a Dios; y cuando reprocha a su esposa que, hastiada de tantos males, les aconseja remedios perniciosos! Y ¿entre tanto? ¡Dios sonreía, mientras Satanás se despedazaba al ver cómo Job con gran serenidad de ánimo sacaba la asquerosa abundancia de sus llagas: o cuando se entretenía en devolver a sus cuevas y comida, los gusanos caídos de su destrozada carne!

Y así, este gran realizador de la victoria de Dios, después de haber mellado todos los dardos de las tentaciones con la armadura y el escudo de su paciencia, recuperó de Dios la salud de su cuerpo; y todo lo que había perdido volviólo a poseer por duplicado. Y si hubiese querido también los hijos se le hubieran restituido para que nuevamente fuera llamado padre por ellos. Prefirió, sin embargo, que se los devolviera en el último día. Tan seguro estaba de Dios que dilató así su total alegría, soportando voluntariamente esta pérdida para no vivir sin algún motivo de ejercitar la paciencia.

CAPITULO XV

ELOGIO Y SEMBLANZA DE LA PACIENCIA

El más excelente procurador de la paciencia es Dios. A tal punto que si en Él depositas la injuria, será tu vengador; si el daño, restituidor; si el dolor, médico; y si la muerte, resucitados. ¡Cuánta fortuna la de la paciencia, que tiene a Dios por deudor! Y no sin razón; porque la paciencia defiende todo lo que Él estima, e interviene en todas sus determinaciones: defiende la fe, gobierna la paz, sostiene el amor, instruye la humildad, espera la penitencia, completa la confesión, modera la carne, protege el espíritu, refrena la lengua, contiene la mano, combate las tentaciones, desvía los escándalos, perfecciona el martirio, consuela al pobre, modera al rico, no apremia al débil ni agobia al fuerte, satisface al fiel, destaca al noble, recomienda el criado a su patrón y el patrón a Dios. La paciencia es adorno en la mujer y distinción en el varón. Se le ama en los niños, se le alaba en los jóvenes y se la admira en los ancianos; y siempre, en todo sexo y edad, es hermosa. ¡Apresúrense los que desean contemplar su rostro y ornamento! Es su cara muy serena y plácida; su frente lisa, sin arrugas de enojo ni de tristeza; gozosa y mesuradamente caídas las cejas; los ojos bajos por modestia, no por satisfacción, y los labios sellados por un silencio dignitoso. Tiene el aspecto de persona inocente y segura. Mueve a menudo su cabeza con amenazante desdén contra el diablo. Finalmente, vístese de ropaje inmaculado, al talle de su cuerpo, sin ampulosidad ni arrastre.

Siéntase en el trono de aquel Espíritu dulcísimo y manso, que no quiso revelarse en medio del huracán, ni ocultarse en la tenebrosidad de la nube, sino en la serena brisa en la cual, a la tercera vez, Elías lo vio sencillo y afable. Por tanto, donde está Dios, allí mismo se halla su hija la paciencia. Por lo cual, cuando la gracia divina desciende a un alma, la acompaña inseparablemente la paciencia. Si así no fuera, ¿moraría siempre con nosotros? Temo que no sería por mucho tiempo. Pues la gracia, sin la compañía y ayuda de la paciencia, se sentiría molesta en cualquier lugar y tiempo, y no podría sufrir sola los ataques del enemigo sin los medios adecuados para resistirlos.

CAPITULO XVI

DIFERENCIA ENTRE LA PACIENCIA PAGANA Y LA CRISTIANA

La paciencia cristiana es una norma, una ciencia, algo verdadero y celestial; absolutamente distinta de la pagana, que es terrena, falsa y afrentosa. El diablo quiso copiar también en esto al Señor, enseñando a sus secuaces una paciencia del todo suya. Por la intensidad se parecen; pero difieren por su objeto: lo que tiene la una de fuerza para el mal, lo tiene la otra para el bien. Hablaré ahora de la paciencia diabólica. Ella hace que por una dote los maridos sean venales, o que por afán de dinero entreguen su esposa a la explotación. Ésta es también la paciencia que hace tolerar a los presuntos herederos tantos trabajos vergonzosos, condenándolos a ofrecer afectos falsos y obsequios obligados. Es la misma que encadena los parásitos hambrientos a sufrir protectores injuriosos, esclavizando su libertad a su glotonería. ¡Tales son las cosas que aprendieron los paganos de su paciencia! ¡Lástima que un nombre tan excelso, lo rebajen con acciones tan torpes! Porque la codicia los hace pacientes con sus esposas, con los ricos y con los poderosos; y tan sólo son impacientes con Dios.

Pero, váyase la tal paciencia a compartir con su jefe el fuego que le espera. Por el contrario, nosotros honremos la paciencia de Dios y la de Cristo. Paguémosle con la nuestra, la que Él gastó por nosotros. Y ya que creemos en la resurrección del espíritu y de la carne, ofrezcámosle la paciencia de nuestra alma y la de nuestro cuerpo.

TEXTOS

¡Mirad cómo se aman!

(Apologético 39)

Habiendo refutado las perversidades que se atribuyen [al cristianismo], mostraré ahora sus excelencias. Somos un cuerpo unido por una común profesión religiosa, por una disciplina divina y por una comunión de esperanza. Nos reunimos en asamblea o congregación con el fin de recurrir a Dios como una fuerza organizada. Esta fuerza es agradable a Dios. Oramos hasta por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal, por la paz general (...).

Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando desea. En esto no hay coacción alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, bebidas, o en despilfarros mundanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres; en ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, a los que trabajan en las minas o están desterrados en islas o prisiones. Éstos reciben pensión a causa de su fe, si sufren como seguidores de Dios.

Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos que dicen: mirad cómo se aman, mientras ellos se odian entre sí. Mira cómo están dispuestos a morir el uno por el otro, mientras ellos están dispuestos, más bien, a matarse unos a otros. El hecho de que nos llamemos hermanos lo toman como una infamia, sólo porque entre ellos, a mi entender, todo nombre de parentesco se usa con falsedad afectada. Sin embargo, somos incluso hermanos vuestros en cuanto hijos de una misma naturaleza, aunque vosotros seáis poco hombres, pues sois tan malos hermanos. Con cuánta mayor razón se llaman y son verdaderamente hermanos los que reconocen a un único Dios como Padre, los que bebieron un mismo Espíritu de santificación, los que de un mismo seno de ignorancia salieron a una misma luz de verdad (...), los que compartimos nuestras mentes y nuestras vidas, los que no vacilamos en comunicar todas las cosas. Todas las cosas son comunes entre nosotros, excepto las mujeres: en esta sola cosa en que los demás practican tal consorcio, nosotros renunciamos a todo consorcio (...).

¿Qué tiene de extraño, pues, que tan gran amor se exprese en un convite? Digo esto, porque andáis por ahí chismorreando acerca de nuestras modestas cenas, diciendo que son no sólo infames y criminales, sino también opíparas (...). Pero su mismo nombre muestra lo que son nuestras cenas, pues se llaman ágapes, que en griego significa amor. En ellas, todo se gasta en nombre y en beneficio de la caridad, ya que con tales refrigerios ayudamos a los indigentes de toda suerte, no a los jactanciosos parásitos que se dan entre vosotros (...). Considerad el orden que en ellas se sigue, para que veáis su carácter religioso: no se admite nada vil o contrario a la templanza. Nadie se sienta a la mesa sin haber antes gustado una oración a Dios. Se alimentan teniendo presente que incluso durante la noche han de adorar a Dios, y hablan teniendo presente que les oye su Señor (...).

El convite termina con la oración, como comenzó. De allí nos alejamos, no para unirnos a grupos de bandidos, ni para andar vagabundeando, ni para cometer obscenidades, sino en busca del mismo cuidado de la modestia y de la pureza, como quienes han cenado más disciplina que alimento.

Por qué confesar los pecados

(Sobre la penitencia Vlll, 4—X)

¿Qué pretenden las parábolas del Evangelio? ¿Qué nos enseñan? Una mujer perdió una dracma, e inmediatamente se puso a buscarla; en cuanto la encontró, invitó a sus amigas para que se alegraran con ella. ¿No es como la imagen de un pecador que vuelve a la gracia divina? Se extravía la oveja de un pastor, y el rebaño entero no le es más querido que esa única oveja: sale en su busca, la prefiere sobre todas las demás y, cuando la encuentra, la conduce al aprisco llevándola sobre sus hombros, porque estaba rendida de tanto errar.

Recordaré también a aquel padre bueno y paciente que recibe a su hijo pródigo, y lo acoge con cariño a pesar de que el muchacho, con su despilfarro, se arruinó. Pero estaba arrepentido, y el padre mata un ternero cebado y, con la alegría de un convite, da rienda suelta a su gozo. ¿Por qué? Porque había recuperado al hijo perdido. Lo sentía dentro de sí mismo como la prenda más querida, precisamente porque lo había vuelta a ganar.

¿Quién es para nosotros ese padre? Dios mismo. Nadie es tan padre nuestro como El, nadie manifiesta tanta piedad hacia nosotros. Él te acogerá como hijo suyo, aun cuando hayas dilapidado a manos llenas todo lo que habías recibido. Aunque vuelvas desnudo, te recibirá, precisamente porque has vuelto. Y sentirá más alegría con tu retorno que con el buen comportamiento de su otro hijo. A condición, claro está, de que tu arrepentimiento sea sincero: es decir, de que proceda de lo íntimo de tu corazón; de que estés dispuesto a reconocer el hambre que te aflige y la abundancia de que gozan alegremente los siervos de tu padre. A condición de que abandones la piara inmunda de puercos, vuelvas a tu padre y—aunque él se sienta justamente indignado—le digas: he pecado, padre mío; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. El reconocimiento de las propias culpas levanta y ennoblece al pecador, mientras el que intenta disimularlas, las agrava. En la confesión de los pecados se halla implícito el reconocimiento de las faltas y la verdadera contrición; si las disimulas, es señal de obstinación culpable.

El procedimiento para beneficiarse de este segundo perdón es más difícil que el del primero, que se obtiene en el Bautismo. Las pruebas que han de ofrecerse son más exigentes. No basta ya hacer un íntimo examen de conciencia; es preciso expresar el arrepentimiento con un rito claro y manifiesto. Este rito en griego se llama exomologesis, y consiste en confesar sinceramente al Señor las culpas que hemos cometido; no porque Él las ignore, sino porque declarándolas se satisface a la justicia divina. De la confesión oral procede la penitencia, y la penitencia mitiga la justa ira del Señor hacia el que ha pecado.

La exomologesis [rito de la Penitencia] comprende todo el proceso por el que el hombre se abate y se humilla ante la majestad de Dios, hasta el punto de conducirse de modo capaz de atraer sobre sí la piedad y misericordia divinas (...). Se propone avalorar las oraciones que dirigimos al Señor, con la aspereza del ayuno; removerse con lágrimas día y noche; invocar a Dios con todo el ardor de nuestra fe; arrodillarse a los pies del sacerdote... La Penitencia levanta al hombre precisamente cuando lo abate y lo postra en tierra; lo ilumina con una luz resplandeciente, cuando le mueve a reconocerse pobre y desvalido; lo justifica cuando le acusa; lo absuelve cuando le condena. Créeme: cuanto más severo seas contigo mismo, más perdonará y excusará Dios tus culpas. Sin embargo, estoy persuadido de que muchos evitan o difieren de un día para otro la Penitencia, como si este rito les pusiese en evidencia delante de los demás. De este modo demuestran que les preocupa más la estima de los hombres que la propia salvación. Se les puede comparar al enfermo que contrae un mal vergonzante y, movido por un falso pudor, evita que el médico conozca su verdadero estado, y acaba muriendo (...). Pero, dime, tú que muestras ahora tanto recato y tanta vergüenza: cuando se trataba de pecar tenías la frente alta y soberbia, y ahora, cuando es momento de calmar la justa indignación del Señor, ¿tiemblas? No reconozco ningún mérito ni al pudor ni a la timidez, si produce más daño que beneficio. Y es precisamente este falso sentido del pudor el que mueve a algunos hombres como a pensar: no te preocupes; es mejor que me pierda yo, con tal de que mi estimación quede a salvo.

Es verdad que, al reconocer las propias culpas, podría uno exponerse a un grave riesgo, si, por ejemplo, lo hiciese ante una persona pronta a insultarnos o a burlarse de nosotros, o cuando alguien esperase la ruina del otro para levantarse sobre la desgracia ajena, pisoteando lo que ya está caído. Pero estas cosas no pueden suceder entre hermanos, entre quienes participan de una misma esperanza, entre los que tienen de común el temor y la alegría, el dolor y los sentimientos. Si todos poseen un mismo espíritu, que procede del mismo Dios y Padre, ¿por qué te crees diferente de ellos?, ¿por qué huyes de los que están sujetos, igual que tú, a las mismas caídas y errores, como si ellos fuesen espectadores de tus luchas, prontos sólo al aplauso, y no en cambio gente muy cercana a ti, compañeros de tus mismas fatigas?

El cuerpo no permanece impasible ante el sufrimiento de uno de sus miembros; necesariamente se duele con él, y busca un remedio. Allí donde están uno o dos fieles, allí se encuentra la Iglesia, y la Iglesia se identifica con Cristo. Por eso, cuando tú tiendes las manos hacia tu hermano, estás tocando a Cristo, estás abrazando a Cristo, estás implorando a Cristo. Y cuando tus hermanos derraman lágrimas por ti, es Cristo quien sufre, es Cristo quien por ti suplica a su Padre, obteniendo fácilmente lo que como Hijo pide.

Vamos a decirlo francamente: si conservas ocultos tus pecados, ¿piensas obtener un gran beneficio?, ¿crees acaso que quedará a salvo tu honorabilidad? No. Aunque logremos ocultar nuestras faltas, en cuanto esto es posible al hombre, no las podremos esconder a los ojos de Dios. ¿Y vamos a comparar la estima de los hombres con la certeza de que Dios conoce nuestros pecados? ¿Qué es preferible: condenarse, ocultando las miserias a los ojos humanos, o reconocer sinceramente nuestras propias culpas?

Alguno podrá decir: ¡pero es muy costoso admitir los propios pecados, y confesarlos! Sí, pero del reconocimiento de la enfermedad procede la curación. Por otra parte, cuando se trata de arrepentirse, no hay que hablar tanto de lo que cuesta, sino de la luz y la salvación que ese acto de penitencia consigue para nuestro espíritu. Es muy doloroso, par ejemplo, ser quemado con un cauterio, o experimentar la acción de algunas medicinas; sin embargo, todos estos remedios se usan, aunque nuestro pobre cuerpo padezca, y su acción dolorosa se justifica en orden a la curación de la enfermedad. Cualquiera acepta de buen grado el mal presente, con la esperanza de un bien mayor de que gozaremos en un momento futuro.

La eficacia de la oración

(Sobre la oración, 28-29)

Esta es la hostia espiritual que destruyó los antiguos sacrificios. ¿A mí qué la muchedumbre de vuestros sacrificios?, dijo. Harto estoy de los holocaustos de carneros y de la grasa de corderos; no quiero sangre de toros ni de machos cabríos. ¿Quién ha pedido esto a vuestras manos? (Is 1, 11). Lo que ha exigido Dios, lo enseña el Evangelio. Vendrá la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, dijo. Pues Dios es espíritu (Jn 4, 23 ss) y, por consiguiente, exige adoradores de ese tipo.

Nosotros somos verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, que al orar con el espíritu, sacrificamos con el espíritu la oración como hostia propia y aceptable a Dios, es decir, la que exigió y proveyó para sí. Ésta, ofrecida de todo corazón, apacentada por la fe, cuidada por la verdad, íntegra por la inocencia, limpia por la castidad, coronada por la caridad, debemos conducirla al altar de Dios con la pompa de las buenas obras, entre salmos e himnos, para que impetre de Dios todo lo que conviene.

¿Qué negará Dios a la oración que proviene del espíritu y de la verdad, si es Él quien la exige? Leemos y oímos y creemos: ¡cuántas pruebas de su eficacia! La antigua oración ciertamente libraba de los fuegos, de las bestias y del hambre; sin embargo, no había recibido de Cristo la forma. Pues ¡con cuánta más eficacia opera la oración cristiana! No coloca al ángel del rocío en medio de llamas, ni obstruye la boca a los leones, ni proporciona la comida de los campesinos a los hambrientos, no desvía ninguna sensación de las pasiones aun cuando se haya concedido la gracia, sino que instruye a los que padecen, sienten y se duelen con sufrimientos, y con la virtud amplía la gracia para que la fe, al comprender por qué se sufre en nombre de Dios, sepa qué es lo que se consigue del Señor.

Pero también antes la oración imponía plagas, dispersaba ejércitos enemigos, impedía la utilidad de las lluvias. Ahora, en cambio, la oración aleja toda la ira de la justicia de Dios, está alerta por los enemigos, suplica por los peregrinos. ¿Qué tiene de admirable que sepa alejar aguas celestes la que también fue capaz de impetrar fuegos? Sólo la oración vence a Dios; pero Cristo quiso que ella no obrara nada malo y le confirió toda la fuerza del bien. Así, pues, ella no sabe nada más que alejar las almas de los difuntos del camino mismo de la muerte, corregir a los débiles, curar a los enfermos, expiar a los endemoniados, abrir las cerraduras de la cárcel, desatar las cadenas de los inocentes. Ella misma disminuye los delitos, repele las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, deleita a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las agitaciones, obstaculiza a los ladrones, alimenta a los pobres, gobierna a los ricos, levanta a los caídos, apoya a los que se están cayendo, sostiene a los que están en pie.

La oración es el muro de la fe, nuestras armas y nuestras lanzas contra el enemigo que nos observa por todas partes. Por tanto, nunca caminemos inermes. De día acordémonos de la guardia; por la noche, de la vigilia. Bajo las armas de la oración custodiemos el estandarte de nuestro emperador; esperemos la trompeta de los ángeles con la oración. Oran también todos los ángeles, ora toda criatura, oran y doblan las rodillas los ganados y las fieras y, saliendo de los establos y grutas, miran hacia el cielo no con ociosa boca, haciendo vibrar su aliento según su costumbre. También las aves entonces, levantándose, se erigen hacia el cielo y abren la cruz de sus alas en vez de las manos y dicen algo que parece oración.

¿Qué más se puede decir del deber de la oración? También oró el Señor mismo, para quien sea el honor y la virtud en los siglos de los siglos.

Felicidad del matrimonio cristiano

(A la mujer, 9)

¿Cómo podré expresar la felicidad de aquel matrimonio que ha sido contraído ante la Iglesia, reforzado por la oblación eucarística, sellado por la bendición, anunciado por los ángeles y ratificado por el Padre? Porque, en efecto, tampoco en la tierra los hijos se casan recta y justamente sin el consentimiento del padre. ¡Qué yugo el que une a dos fieles en una sola esperanza, en la misma observancia, en idéntica servidumbre! Son como hermanos y colaboradores, no hay distinción entre carne y espíritu. Más aún, son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu. Juntos rezan, juntos se arrodillan, juntos practican el ayuno. Uno enseña al otro, uno honra al otro, uno sostiene al otro.

Unidos en la Iglesia de Dios, se encuentran también unidos en el banquete divino, unidos en las angustias, en las persecuciones, en los gozos. Ninguno tiene secretos con el otro, ninguno esquiva al otro, ninguno es gravoso para el otro. Libremente hacen visitas a los necesitados y sostienen a los indigentes. Las limosnas que reparten, no les son reprochadas por el otro; los sacrificios que cumplen no se les echan en cara, ni se les ponen dificultades para servir a Dios cada día con diligencia. No hacen furtivamente la señal de la cruz, ni las acciones de gracias son temerosas ni las bendiciones han de permanecer mudas. El canto de los salmos y de los himnos resuena a dos voces, y los dos entablan una competencia para cantar mejor a su Dios. Al ver y oír esto, Cristo se llena de gozo y envía sobre ellos su paz.

III. El hombre pecador.

Cómo pudo Dios hacer al hombre capaz de pecar.

Paso ya a estas cuestiones vuestras, perros a los que el Apóstol echó a la calle (cf. Flp 3, 2), pues no dejáis de ladrar contra el Dios de la verdad. Estos son vuestros argumentos, que siempre andáis royendo como huesos: «Si Dios es bueno, y sabe lo que ha de suceder, y tiene poder para evitar el mal, ¿por qué toleró que el hombre, imagen y semejanza suya y aun de su misma sustancia en lo que al alma se refiere, fuese engañado por el diablo hasta el punto de que cayera en la muerte por no obedecer a la ley? Porque si Dios es bueno, no podía querer que esto sucediera; si conoce el futuro, sabía que esto tenía que suceder; si tenía poder para ello, debía haberlo evitado. De esta suerte, dadas estas tres propiedades de la majestad divina, nunca debiera haber sucedido lo que era incompatible con ellas. Por el contrario, si realmente sucedió así, es evidente que no podemos creer que Dios sea bueno, ni conocedor del futuro ni todopoderoso...»

Ahora bien, si en Dios se dan estas propiedades, según las cuales no debería haber sucedido ningún mal al hombre, y, con todo, tal mal sucedió, tendremos que considerar la condición del hombre, pues pudo suceder por parte de ella lo que no podía suceder por parte de Dios. En efecto, nos encontramos con que el hombre fue hecho por Dios como ser libre, capaz de arbitrio y decisión propia: precisamente es en esto donde más en particular se manifiesta que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Porque no es en su rostro o en sus rasgos corporales, que presentan en los hombres tanta diversidad, donde el hombre está hecho a imagen de Dios, que es siempre idéntico a sí, sino en aquello más esencial que procede del mismo Dios, esto es, el alma, que ha recibido el sello del ser divino en lo que se refiere a la libertad de arbitrio y de decisión. De no ser así, no se hubiese impuesto una ley a un ser que no habría sido capaz de prestar un obsequio libre a esta ley; ni se hubiera señalado castigo de muerte a la transgresión de la misma, si no se hubiera dado por supuesto que había en el hombre libertad para despreciar la ley. Y así, en las leyes del Creador que luego siguieron, descubrirás que Dios propone al hombre el bien y el mal, la vida y la muerte, y todo el sistema de disciplina ordenado por medio de los preceptos no supone otra cosa sino que Dios llama, amenaza y exhorta al hombre que, dotado de voluntad y de libertad, es capaz de obediencia o de rebelión.

...Pero si objetas que, si la libertad y decisión del hombre habian de resultar para él ruinosas, no debían habérselo dado, voy a defender que el hombre realmente tenía que haber sido hecho asi... La bondad y la sabiduría de Dios, que siempre actúan a una en nuestro Dios, son argumento de que tenía que ser de esta manera. Porque la sabiduría sin bondad no es sabiduría, ni la bondad sin sabiduría es bondad, a no ser que se admita el Dios de Marción, que ya hemos dicho que es bueno pero irracional. Convenía que Dios se diera a conocer: esto era cosa ciertamente buena y razonable. Convenía que hubiera un ser digno de conocer a Dios. ¿Qué ser tan digno podia pensarse fuera de la misma imagen y semejanza de Dios? También esto es, sin duda, bueno y razanable. Por tanto, convenia que se hiciera una imagen y semejanza de Dios con libertad de arbitrio y decisión, ya que en esta libertad es donde se descubre la semejanza e imagen de Dios... Hubiera sido extraño que el hombre fuera dueño y soberano de todo el mundo, pero no de si mismo: hubiera sido dueño de los demás, pero esclavo de sí mismo... Ahora bien, bueno por naturaleza sólo lo es Dios. El que es lo que es sin comienzo alguno, no tiene lo que es por institución, sino por naturaleza. En cambio el hombre, que todo cuanto es lo ha recibido, tiene un comienzo, y en este comienzo recibió el principio de su ser: por esto no está ordenado al bien por la misma naturaleza, sino por el acto de su creación... según que es bueno su creador, que es el creador de todos los bienes. Pues bien, a fin de que el hombre alcanzara su propio bien estando emancipado de Dios, de suerte que el bien del hombre fuera como propiedad y naturaleza suya propia, en la creación le fue dada por Díos como un título de emancipación la libertad de arbitrio y de elección, con la cual el hombre pudiera obrar el bien espontáneamente y como cosa propia. Esto exigian la bondad y la sabiduría... Le fue concedida plena libertad de elección en uno u otro sentido, de suerte que siempre fuese dueño de si para hacer libremente el bien y para evitar libremente el mal; pues, por otra parte, convenia que el hombre estuviera bajo el juicio de Dios y que fuese justo por sus méritos propios, es decir, libres. En efecto, no podía asignarse razonablemente una recompensa del mal ni del bien a aquel que fuese bueno o malo por necesidad, no por voluntad propia. Para esto se dio la ley, la cual no anula, sino que pone a prueba la libertad con que uno o libremente se somete o libremente la traspasa. Por esto tenían que estar ambos caminos abiertos al libre arbitrio... Es muy fácil que los que han caído para ruina del hombre, antes de examinar su condición y sin tener en cuenta la sabiduría del Creador, le culpen a éste lo sucedido. Pero si se considera bien la bondad de Dios desde el comienzo de su creación, uno se convencerá de que de Dios no puede haber salido nada malo; y al contrario, una reflexión sobre la libertad del hombre mostrará que ella es la culpable del mal que cometió 27.

El alma humana.

Definimos el alma humana como nacida del soplo de Dios, inmortal, incorpórea, de forma humana, simple en su sustancia, consciente de sí misma, capaz de seguir varios cursos, dotada de libre arbitrio, sometida a circunstancias externas, mudable en sus capacidades, racional, dominadora, capaz de adivinación y procedente de un tronco común. Ahora hemos de considerar cómo procede de un solo tronco, es decir, de dónde, cuándo y cómo la recibe el hombre. Algunos opinan que desciende de los cielos, creyéndolo con la misma fe indubitable con que prometen que ha de retornar allí... Me duele en el alma que Platón haya sido la despensa de que se han alimentado todos los herejes: porque éste es quien en el Fedón dice que las almas pasan de acá allá y de allá acá... 28

El alma es transmitida por los padres, juntamente con el semen.

¿Cómo es concebido un ser animado? ¿Se forman simultánea mente las sustancias del alma y del cuerpo, o más bien la una precede a la otra? Mantenemos que las dos son concebidas, formadas y perfeccionadas al mismo tiempo, de la misma manera que nacen simultáneamente, sin que ningún intervalo separe la concepción de las dos y dé prioridad a una sobre la otra. Juzgad el origen del hombre a partir de su fin. Si la muerte no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo, la vida, que es lo contrario de la muerte, no se puede definir más que como la unión del cuerpo y del alma. Si la separación de las dos sustancias se produce simultáneamente por la muerte, la ley de su unión nos obliga a pensar que la vida llega simultáneamente a las dos sustancias. Mantenemos, pues, que la vida empieza en la concepción, pues defendemos que el alma existe desde este momento, y el principio de la vida es el alma. Simultáneamente se une para la vida, lo que simultáneamente se separa en la muerte... Nadie, pues, sienta rubor si damos una interpretación que resulta necesaria. Ante la naturaleza hemos de sentir reverencia, pero no rubor. Es la concupiscencia, no la naturaleza, lo que hizo la cópula sexual vergonzosa. Son los excesos, no el uso establecido, lo que es impúdico, ya que el uso establecido está bendecido por Dios: «Creced y multiplicaos» (Gén 1, 28). Los excesos sí que están maldecidos, los adulterios, las violaciones, la prostitución. Pues bien, en este venerable uso del sexo por el que de la manera usual se unen el varón y la mujer, sabemos que tanto el alma como el cuerpo tienen su función: del alma viene el deseo, de la carne la ejecución; el alma instiga, la carne lo realiza. Así, de todo el hombre, a impulsos de un estímulo único que proviene de ambos elementos, surge la sustancia seminal, la cual recibe del elemento corporal su condición líquida, y del.elemento psíquico su calor. No quisiera correr un mayor riesgo de ofender la modestia que de probar la verdad; pero en aquel ardor de la máxima delectación en que el humor genital es eyaculado, ¿no sentimos que sale de nosotros también algo de nuestra propia alma, de suerte que sentimos una prostración y un desmayo que nos llega a oscurecer la vista? Éste es el semen psíquico, segregado por la misma alma, de manera semejante a como el humor corporal procede de la evacuación de la carne... Así como en el origen del hombre dos elementos diversos y distintos, el barro y el soplo, se unieron para formar un solo hombre, confundiéndose ambas sustancias para formar un ser único, así también mezclaron sus principios seminales, dando forma a la manera como tenía que propagarse desde entonces la especie. De esta suerte ahora los dos elementos, aunque sean distintos, fluyen unidos y simultáneamente por un mismo surco, y ambos dan como fruto en el campo apropiado a un hombre compuesto de ambas sustancias, el cual a su vez llevará dentro de sí la misma capacidad seminal, como está establecido en las leyes generales de la generación. Por tanto, de un solo hombre procede toda la multitud de almas que vemos; y en esto la naturaleza ha cumplido bien el mandato divino: «Creced y multiplicaos.» Y aun en las mismas palabras que precedieron a la creación del primer hombre, «hagamos al hombre» (Gén 1, 26), se anunció su plural posteridad cuando se añadió: «y dominen a los peces del mar». Y era natural, pues siempre la semilla es promesa de mies 29.

Dignidad de la carne humana en relación con el espíritu.

El barro fue hecho glorioso por la mano de Dios, y la carne todavía más gloriosa a causa de su soplo, por el cual perdió la rudeza de la carne y del barro y recibió la belleza del alma... Tú te preocupas de que tus vinos y tus ungüentos de gran precio se guarden en vasos de correspondiente calidad y que a tus espadas de un acero exquisito correspondan vainas de igual valor, ¿y piensas que Dios abandonará en cualquier vil cacharro lo que es sombra de su propia alma, aliento de su propio Espíritu, obra de su propia boca, de suerte que sea entregada a una condenación cierta por el mero hecho de haber sido puesta en sitio tan indigno? Pero, ¿hay que decir que colocó el alma en la carne, o más bien que la insertó y la combinó con ella? Tan íntimamente la entremezcló, que no puede darse como cierto si es la carne la que envuelve al alma o es el alma la que envuelve a la carne, si es la carne la que manifiesta al alma, o el alma la que manifiesta a la carne. Y aunque más bien hay que creer es el alma la que es servida y la señora, pues está más próxima a Dios, aun esto redunda en gloria de la carne, pues contiene aquello que es próximo a Dios y se hace partícipe de su soberanía. En efecto, ¿cómo puede el alma utilizar la naturaleza, cómo puede disfrutar del mundo, cómo puede saborear los elementos si no es a través de la carne?... Por la carne ha recibido una partícula del poder divino, pues no hay nada que no alcance con la palabra, aunque sólo sea por indicación tácita: y la palabra proviene de un órgano carnal... Todo está sometido al alma por medio de la carne, y, por tanto, todo está sometido a la carne. De esta suerte, la carne, aunque es tenida por sierva e instrumento del alma, se descubre como su compañera y coheredera en lo temporal. ¿Por qué pues no en lo eterno?

...Ninguna alma puede conseguir la salvación si no creyó mientras vivía en la carne: tan verdad es que la carne es el quicio sobre el que gira la salvación (caro salutis est cardo). Cuando Dios atrae a sí al alma, es la carne la que permite que el alma pueda ser atraída por Dios. La carne es lavada, para que el alma quede purificada. La carne es ungida, para que el alma quede consagrada. La carne es sellada, para que el alma quede protegida. La carne recibe la sombra de la imposición de las manos, para que el alma quede iluminada por el Espíritu. La carne se alimenta con el cuerpo y la sangre de Cristo, para que el alma quede cebada de Dios. Por tanto, no se puede separar en el premio lo que colaboró en un solo trabajo. Los sacrificios agradables a Dios —me refiero a la aflicción del alma, los ayunos, la abstinencia y todas las molestias anejas a estas prácticas—es la carne la que los realiza una y otra vez, a costa propia... 30

Dignidad de la carne, obra de Dios y destinada a Cristo. 

Mi propósito es vindicar para la carne todo aquel honor que le confirió el que la creó. Porque ya entonces la carne pudo gloriarse de que siendo tan poca cosa como es el limo de la tierra, llegó a encontrarse entre las manos de Dios... Este mero contacto hubiera bastado para hacerla feliz. Al tacto de Dios hubiera podido salir inmediatamente la figura modelada, sin más esfuerzo.. Pero era una cosa demasiado grande lo que se estaba construyendo con tal material: por esto tiene la gloria de ser honrado tantas veces cuantas se posa en él la mano de Dios, lo toca, lo pellizca, lo amasa, lo modela. Imagínate a Dios enteramente ocupado y entregado a este material, con sus manos, sus sentidos, su actividad, su ingenio, su sabiduría, su providencia y, sobre todo, con su amor que le dictaba los rasgos que modelaba. Porque cuando iba dando expresión al barro, estaba pensando en Cristo que tenía que ser hombre, es decir, barro, ya que el Verbo se haría carne, que entonces era tierra. Por esto empezó el Padre diciendo al Hijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (/Gn/01/26). E hizo Dios al hombre, lo hizo modelándolo, «a imagen de Dios lo hizo», es decir, de Cristo. Porque el Verbo era Dios, y, hecho a imagen de Dios, no intentaba apropiarse cosa ajena al asemejarse a Dios.

De esta suerte, aquel barro que tomaba ya entonces la imagen del Cristo que tenia que existir en la carne, no era sólo una obra de las manos de Dios, sino una prenda del mismo. ¿De qué puede servir ahora intentar oscurecer el origen de la carne trayendo a colación el nombre de tierra, elemento bajo y sucio? Aunque se hubiese tomado cualquier otro material para formar al hombre, lo que convendría traer a la memoria sería la grandeza del artífice, que es quien ennoblece el material al elegirlo y quien hace la obra trabajándolo...

El pecado del hombre y la resurrección.

Dice el Señor que vino a salvar lo que había perecido (cf. Mt 361 18, 11). ¿Qué piensas que era lo que había perecido? El hombre, sin lugar a dudas. ¿Todo el hombre, o parte de él? Ciertamente todo, ya que la transgresión, que fue la causa de la muerte del hombre, fue cometida tanto por el impulso del alma con su concupiscencia como por la acción de la carne con su placer. Con ello se escribió contra todo el hombre el veredicto de culpabilidad, por el que luego tuvo que pagar justamente la plena pena de muerte. Así pues, también el hombre entero será salvado, ya que el hombre entero cometió el delito... Seria indigno de Dios que devolviera a la salud la mitad del hombre, haciendo, por así decirlo, menos que los mismos gobernantes de este mundo, que siempre conceden el indulto en forma total. ¿Habrá que admitir que el diablo fue más fuerte para mal del hombre al lograr destrozarlo totalmente, mientras que Dios es más débil, ya que no lo restaura en su totalidad? Pero dice el Apóstol que «donde abundó el delito, sobreabundó la gracias (cf. Rom 5, 20).

La inmortalidad del hombre.

Esto es lo que hace la muerte: separar el cuerpo y el alma Ahora bien, los que hemos sido instruidos acerca del origen del hombre, nos atrevemos a declarar que la muerte no le ha venido al hombre por naturaleza, sino a causa de una culpa, y ésta tampoco es natural. Sin embargo, fácilmente se da el nombre de naturales a cosas que parecen ligadas a nuestra condición por nacimiento, aunque son adventicias. Si el hombre hubiese sido creado directamente para la muerte, se diría que la muerte es para él natural. Ahora bien, que no había sido creado para la muerte lo prueba el mandato que le imponia una amenaza condicional, diciendo que moriría según fuera su libre decisión. Por tanto, si no hubiese pecado, no hubiera muerto. Consiguientemente, no era natural lo que aconteció a causa de un acto de voluntad con poder para elegir y no por necesidad de la ley de la creación.

Todo el hombre quedó debilitado, aunque no totalmente corrompido, por el pecado.

Todas las cualidades otorgadas al alma en su nacimiento están aún ahora oscurecidas y pervertidas por aquel que en los origenes tuvo envidia de ellas. Por esto no se pueden distinguir claramente ni se pueden utilizar como convendría. No hay hombre a quien no se le pegue un espiritu malvado que le está acechando desde las mismas puertas del nacimiento... En el parto de todos los hombres interviene la idolatría... Por lo demás. el Apóstol tenía presente la clara palabra del Señor: «Si uno no nace del agua y del Espíritu, no entrará en el reino de Dios» (Jn 3, 5). Por tanto, toda alma ha de considerarse incluida en el estado de Adán en tanto no es incluida en el nuevo estado de Cristo. Hasta que no adquiere este nuevo estado, es inmunda, siendo objeto de ignominia en asociación con la carne. Porque, aunque la carne es pecadora y se nos prohibe «andar según la carne» (2 Cor 10, 2) y las obras de la carne son condenadas porque sus apetencias son contra el espíritu (cf. Gál 5, 17) y los que la siguen son tachados de carnales, sin embargo, la carne no es mala en sí misma. Por sí misma la carne no siente ni conoce nada para poder inducir a forzar al pecado. ¿Cómo podría hacerlo? Ella no es más que un instrumento, y aun un instrumento que no es como un siervo o un amigo, que son seres animados, sino como un vaso u otra cosa semejante de naturaleza corporal, no viviente. El vaso es instrumento para el que tiene sed: pero si el que tiene sed no se acerca el vaso, el vaso no le servirá nada. Lo distintivo de cada hombre no está en este elemento terreno. La carne no es el hombre, ni le da sus peculiares cualidades espirituales y personales, sino que es una cosa de sustancia y condición totalmente distinta del ser personal, aunque ha sido entregada al alma como posesión e instrumento para las necesidades de la vida. Por consiguiente, la carne es atacada en la Escritura porque el alma no hace nada sin la carne en los actos de concupiscencia, gula, embriaguez, crueldad, idolatría, y otros actos que no son meros sentimientos, sino acciones. En realidad, los sentimientos pecaminosos que no resultan en acciones suelen imputarse al alma: «El que mira con concupiscencia, ya ha cometido adulterio en su corazón» (Mt 5, 28). Por otra parte, ¿qué puede hacer la carne sin el alma en lo que se refiere a la virtud, la justicia, la paciencia, la modestia? No puedes acusar a la carne de mala, si no puedes mostrar que puede hacer el bien. Se lleva a juicio lo que ha servido para el delito, a fin de que en el mismo juicio de los instrumentos se manifieste todo el peso de culpa del delincuente. Si los cómplices resultan castigados, mucho mayor odio recae en el autor principal, y cuando ni el cooperador resulta inocente, mucho mayor es la pena del instigador.

Por consiguiente, el mal del alma es anterior y, fuera del que le viene añadido por la intrusión del espíritu malo, proviene de la falta original y es en cierto sentido connatural. Porque la corrupción de la naturaleza es como una segunda naturaleza que tiene su propio dios y padre, que no es otro que el autor de la corrupción. Con todo, sigue habiendo el bien en el alma, a saber, aquel bien original, divino y genuino que es propiamente suyo por naturaleza. Porque lo que procede de Dios propiamente no queda destruido, sino entenebrecido, ya que, en efecto, puede ser entenebrecido, puesto que no es Dios, pero no puede ser destruido, porque procede de Dios. Es lo que sucede con la luz que por más que un obstáculo le cierre el paso, sigue existiendo, aunque si el obstáculo es suficientemente opaco no aparece. Lo mismo sucede con el bien en el alma que está ahogada en el mal: según sea éste, el bien o desaparece del todo o surge como un rayo de luz por donde encuentra un espacio libre. Así, hay hombres pésimos y hombres muy buenos, aunque las almas son todas de una misma especie. Y en los peores hay algo bueno, y en los mejores algo malo. Sólo Dios no tiene pecado, y entre los hombres sólo Cristo no tiene pecado, porque es Dios... No hay ninguna alma sin pecado, porque ninguna hay que no guarde una semilla de bien. Por esto, cuando el alma se convierte a la fe y es restaurada en su segundo nacimiento por el agua y por el poder de arriba, se le quita el velo de su corrupción original y logra ver la luz en todo su esplendor. Entonces es recibida por el Espíritu Santo, de la misma manera que en el primer nacimiento había sido acogida por el espíritu inmundo. Y la carne sigue al alma en sus nupcias con el Espiritu como una dote, y se convierte en sierva, no del alma, sino del Espiritu. ¡Oh nupcias dichosas, si no se entrometiese el adulterio! 34.

IV. Sacramentos y vida cristiana.

Necesidad del bautismo después de la venida de Cristo.

(Según los herejes) el bautismo no es necesario, pues basta la fe: porque Abraham agradó a Dios sin ningún sacramento de agua, sino con el de la fe (nulllus aquae nisi fidei sacramento)... Sea que antes por la sola fe (hubiera salvación), antes de que el Señor padeciera y resucitara. Pero así que el objeto de la fe se amplió y hubo que creer en su nacimiento, su pasión y su resurrección, se amplió también el medio de salvación (ampliato sacramento) con la adición del sello del bautismo, que es, en cierta manera, como el vestido de la fe, que antes estaba desnuda. Ya no hay ahora posibilidad de eludir su ley, porque, en efecto, la ley del bautismo ha sido impuesta y su forma ha sido prescrita cuando se dice: «Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Esta ley se relaciona con aquella declaración: «Si uno no renaciera del agua y del Espíritu Santo no entrará en el reino de los cielos» (Jn 3, 5), la cual somete la fe a la necesidad del bautismo. Por esto desde entonces todos los que creían eran bautizados. Pablo, por ejemplo, así que creyó fue bautizado...

Simplicidad de los sacramentos y medios de santificación.

No hay nada que contribuya tanto a endurecer las mentes humanas como el contraste entre la simplicidad de las obras divinas tal como las vemos llevarse a cabo y la grandiosidad de los efectos que en ellas se prometen. En este punto, es tanta la simplicidad, la ausencia de pompa y de boato fastuoso y, en realidad, de elementos costosos, que un hombre es sumergido en el agua y bañado mientras se pronuncian unas pocas palabras, y en poco o nada vuelve a salir más limpio que antes: precisamente por esto resulta tan increíble que pueda así conseguirse la vida eterna. No me engaño al decir que, por el contrario, la solemnidades de los ídolos con su secreto, con su aparato teatral y costoso es lo que constituye toda la credibilidad y autoridad de aquellos. ¡Qué mísera es la incredulidad, que niega a Dios lo que es más propio de él, la simplicidad y el poder! ¿Por ventura no es maravilloso que en un simple lavatorio quede disuelta la muerte? Porque es maravilloso, no se quiere creer, mientras que precisamente por ello debía creerse más. ¿Cómo han de ser las obras divinas, sino mayores que todo lo que nos maravilla? También nosotros nos maravillamos, pero creemos. En cambio, la iniquidad se maravilla porque no cree: se maravilla de esas cosas simples y las tiene por vanas; se maravilla de esas cosas tan grandiosas, y las tiene por imposibles. Sea así, como tú piensas: la palabra divina te sale al encuentro de ambas objeciones: «Lo necio del mundo eligió Dios, para confundir su sabiduría» (1 Cor 1, 27). Y también: «Lo que es difícil para los hombres, es fácil para Dios» (Mt 19, 26). Porque si Dios es sabio y poderoso—cosa que admiten aun los que no hacen caso de él—, tiene razón para usar como materia de sus obras lo que es contrario a la sabiduría y al poder, es decir, la necedad y la imposibilidad: porque todo poder tiene su causa en aquello de donde se suscita... .

Figura y realidad del bautismo.

No hace diferencia alguna el que uno se bautice en el mar o en un estanque, en un río o en una fuente, en un lago o en un recipiente: ni hay diferencia entre aquellos que Juan bautizó en el Jordán y los que Pedro bautizó en el Tíber, así como no recibió ni más ni menos en orden a la salvación aquel eunuco a quien Felipe yendo de camino bautizó en una agua que al azar encontraron. Todas las aguas, en virtud de la cualidad de su mismo origen primero, llevan a cabo el misterio de la santificación (sacramentum sanctificationis consequuntur) por la invocación de Dios: entonces sobreviene al punto el Espiritu del cielo y permanece sobre las aguas, santificándolas con su propia virtud de suerte que, una vez así santificadas, queden impregnadas de fuerza santificadora. Hay en esto una analogía con una realidad bien sencilla: por los pecados nos manchamos con una especie de suciedad, y con el agua nos lavamos. Los pecados no aparecen en la carne: no aparecen sobre la piel de nadie las manchas de la idolatría, la lujuria o el robo, pero la suciedad de estas cosas está en el espiritu del que las ha cometido, porque el espíritu es el señor, y la carne es la sierva. Sin embargo, ambos se comunican mutuamente el reato de culpa, ya que la incitación fue del espiritu, y la ejecución de la carne. Entonces, habiendo recibido las aguas en cierto sentido una virtud medicinal por la intervención del ángel, el espiritu se disuelve como corporalmente en el agua, y la carne en la misma agua se purifica espiritualmente...

...Esto de que un ángel intervenga en el agua, aunque parezca cosa nueva tiene un precedente que era imagen de lo que había de suceder: Un ángel intervenía en la piscina de Betsaida removiendo las aguas. Estaban al acecho los que sufrían enfermedades, pues el que se adelantaba a bajar al agua dejaba de sentirse enfermo una vez bañado. Esta curación corporal era una imagen para explicar la curación espiritual, a la manera con que siempre las cosas carnales preceden a las espirituales de las que son figura (semper carnalia in figuram spiritalium antecedunt). Ahora bien, cuando creció en todos la gracia de Dios, creció también la virtud del agua y del ángel: lo que antes era remedio de los defectos del cuerpo, ahora es remedio del espíritu; lo que conseguía la salud temporal, ahora restablece la eterna; lo que antes liberaba a uno cada año, ahora salva todos los días a pueblos enteros de los que expulsa la muerte por la ablución de los pecados... Por este medio el hombre, que desde un principio había sido hecho a imagen de Dios, es restituido a su semejanza, y hay que notar que la imagen se entiende de la semejanza exterior (in effigie), la semejanza de la eterna (in aeternitate). En el bautismo recibe el hombre aquel Espíritu que originariamente había recibido por el soplo de Dios, y que luego perdió por el pecado.

Esto no quiere decir que alcancemos el Espiritu Santo por la misma agua, sino que la purificación del agua bajo el influjo del ángel nos prepara para el Espiritu Santo. También en esto una figura antecedió a la realidad: así como Juan fue el precursor del Señor que preparaba sus caminos, así el ángel que preside el bautismo adereza el camino para el Espiritu Santo, que ha de venir, con la expulsión del pecado que la fe impetra con el sello impuesto en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Porque si cualquier declaración queda establecida con tres testigos, mucho más lo será el don de Dios. Respecto a esta bendición tenemos como jueces de la fe los mismos que nos han prometido la salvación, y el número de estos nombres divinos es suficiente para que en nuestra esperanza estemos confiados. Y aunque el testimonio de la fe y la promesa de salvación está pendiente de estos tres, se añade necesariamente la mención de la Iglesia, porque donde están estos tres, el Padre, el Hijo y el Espiritu Santo, allí está la Iglesia, que es el cuerpo de los tres.

Luego, al salir del baño, somos ungidos con la santa unción, según aquella práctica antigua por la que los sacerdotes solían ungirse con el aceite de un cuerno, como Aarón fue ungido por Moisés. Y a causa del crisma, que significa unción, nos llamamos cristianos, es decir, ungidos... De esta suerte, la unción resbala sobre nosotros de una manera carnal, pero aprovecha de una manera espiritual, de la misma manera que el mismo bautismo que es un acto carnal por el que somos sumergidos en el agua tiene el efecto espiritual de liberarnos de los pecados...

Luego se nos imponen las manos en forma de bendición, mientras se llama y se invita al Espiritu Santo... Y aquel Espíritu Santísimo desciende gustoso del Padre sobre los cuerpos purificados y bendecidos, y también sobre las aguas del bautismo en las que, como reconociendo su prístina sede, descansa, como cuando bajó en forma de paloma hasta el Señor. La paloma declara la naturaleza del Espiritu Santo, siendo un animal cuyas características son la simplicidad y la inocencia, hasta el punto de que su cuerpo carece de hiel... .

El bautismo no se ha de conferir precipitadamente ni a los niños.

Los que tienen el oficio de bautizar saben que el bautismo no se ha de conferir temerariamente... «No deis lo santo a los perros, ni arrojéis vuestra piedra preciosa a los puercos» (Mt 7, 6). Y también: «No impongáis fácilmente las manos ni tengáis parte en los pecados ajenos» (1 Tim 5, 22)... Todo el que pide el bautismo puede engañar o puede engañarse, y así puede ser más conveniente demorar el bautismo según la condición y disposición de las personas, y también según la edad. ¿Qué necesidad hay, cuando realmente no la hay, de poner en peligro a los padrinos, los cuales por la muerte pueden faltar a lo prometido o pueden tener con el tiempo la decepción de haber apadrinado a uno de mala condición? Ciertamente dice el Señor (acerca de los niños): «No les impidáis que vengan a mí» (Mt 19, 14). Vengan enhorabuena cuando ya empiezan a ser crecidos, cuando son capaces de aprender, cuando se les pueda enseñar adónde van. Háganse cristianos cuando, puedan conocer a Cristo. ¿Para qué se apresura la edad inocente hacia la remisión de los pecados? En las cosas temporales se procede con mayor cautela: ¿por que confiar las cosas divinas a aquellos a quienes no se confían los bienes de la tierra? Que aprendan a pedir la salvación, para que claramente la des a los que la han pedido. Con no menor razón hay que diferirlo asimismo a los que no están casados, pues para ellos está al acecho la tentación: a las doncellas porque se desarrollarán, y a las viudas porque están libres: hay que esperar o a que se casen, o a que se fortalezcan con la continencia. El que entiende la responsabilidad del bautismo temerá más conseguirlo que diferirlo: una fe íntegr tiene segura la salvación .

Todos los pecados pueden ser perdonados.

Todos los pecados, ya fueren cometidos por la carne o por el espíritu, ya de obra o de intención, ha prometido que pueden avanzar perdón por la penitencia el mismo que fijó la pena por el juicio, pues dice al pueblo: "Haz penitencia y te daré la salvación" (Ez 18, 21.23). Por tanto, la penitencia es vida cuando antecede a la muerte. Tú, pecador, entrégate a esta penitencia, abrázala como el náufrago que pone su confianza en una tabla: ella te levantará cuando estás para ser hundido en las olas de los pecados, y te llevará al puerto de la divina clemencia... Arrepiéntete de tus errores, una vez que has descubierto la verdad. Arrepiéntete de haber amado aquello que Dios no ama, cuando ni siquiera nosotros toleramos que nuestros esclavos no odien aquello que nos molesta... Te preguntas: ¿Me será útil la penitencia, o no? ¿Por qué le das vueltas a eso? Es Dios el que manda que la hagamos...

No hay más que una penitencia después del bautismo.

Que nadie interprete mis palabras de suerte que piense tener ya camino libre para pecar, pues tiene camino libre para la penitencia, haciendo así de la abundancia de la clemencia celestial pretexto de entregarse libidinosamente a la temeridad humana. Nadie ha de hacerse malo porque Dios sea bueno, ni piense que cuantas veces es perdonado, tantas puede pecar. Porque habrá un límite para el perdón, mientras que no habrá un límite en el pecar. Ya que una vez escapamos con vida, considerémonos estar en peligro, aunque nos parezca que podremos escapar de nuevo. Muchas veces los que han salido con vida de un naufragio ya no quieren tener más que ver con las naves y el mar: con el recuerdo del peligro pasado, honran el beneficio divino de su salvación. Es de alabar el temor, y es de amar la humildad, para no ser de nuevo gravosos a la misericordia divina... El perversísimo enemigo del hombre no ceja nunca en su malicia y está particularmente furioso cuando ve al hombre liberado totalmente de sus pecados, y se enciende su ira cuando ve que se apaga su poder... Por esto, se pone a observar, atacar, rodear, para ver si puede herir los ojos con alguna concupiscencia carnal, o enredar la mente con ilusiones mundanas, o destruir la fe con el temor de los poderes terrenos, o desviar del camino seguro con tradiciones falseadas. No anda él corto de objetos de escándalo ni de tentaciones. Pero Dios, que preveía todos estos venenos, aun cuando hubiere quedado ya cerrada la puerta del perdón con el cerrojo del bautismo, quiso que quedara todavía algún camino abierto: y así dejó en el vestíbulo la puerta de la segunda penitencia, que pudiera abrirse para los que llaman a ella: pero ésta se abre ya una sola vez, pues es ya la segunda puerta. Después ya no podrá ser abierta de nuevo, si una vez hubiere sido abierta en vano. ¿No es bastante que se haya abierto una vez? Se te concedió lo que ya no merecías, pues habías perdido lo que habías recibido. Si se te concede la indulgencia del Señor, por la que puedes recuperar lo que habías perdido, muéstrate agradecido por este beneficio renovado o, mejor dicho, ampliado: porque es mayor cosa el restituir que el dar, ya que es peor la condición del que perdió algo que la del que simplemente nada recibió.

La pública confesión y penitencia.

Esta segunda y única penitencia es una cosa tan seria y estricta que ha de probarse con toda diligencia, y así no ha de ser meramente algo surgido de la propia conciencia, sino que ha de ser administrada con algún acto (exterior). Esto es lo que se llama confesión, con la que reconocemos ante Dios nuestro pecado, no porque él lo ignore, sino porque la confesión dispone para la satisfacción y de ella nace la penitencia, y con la penitencia Dios es aplacado. Por tanto, la confesión es aquella disciplina por la que el hombre se prosterna y se humilla, poniéndose en una actitud que atrae la misericordia. Esta disciplina impone que, aun en lo que se refiere al porte y vestido, el penitente se vista de saco y se postre en la ceniza, cubriendo de luto su cuepo y abatiendo su espíritu con el dolor, mostrando con esta triste compostura la mutación de aquello en que pecó. Además, ha de contentarse con la comida y la bebida más simple, no por causa de su estómago, sino de su espíritu: de ordinario el ayuno sirve de alimento a la oración, pasando los días y las noches ante el Señor con gemidos, lágrimas y sollozos, postrándose ante los presbíteros y arrodillándose ante los que son amados de Dios. y encargando a todos los hermanos que se hagan mensajeros de su oración. Todo esto constituye la confesión, a fin de que sirva de recomendación a la penitencia, rinda honor al Señor con el temor del peligro, de suerte que lo que ella pronuncia haga las veces de la indignación de Dios, y la aflicción temporal convierta no ya en inútiles, pero sí en írritos los suplicios eternos. La misma acusación y condenación de la confesión es absolución, y, créelo, cuanto menos te perdones a ti mismo tanto más te perdonará Dios.

El rigorismo de Tertuliano montanista.

Ese sumo pontífice, ese obispo de obispos (el papa Ceferino o Calixto), promulga ahora un edicto: «Yo absuelvo los pecados de adulterio y de fornicación a todos los que hayan hecho penitencia»... ¿Dónde habrá de publicarse tamaña liberalidad? Sobre las puertas de las casas de vicio, supongo yo, bajo los indicadores de su género de comercio. Este jaez de "penitencia" debiera proclamarse en el mismo lugar en que se comete el pecado. Este perdón debiera estar a la vista en los lugares a los que los hombres entrarán con la esperanza de obtenerlo. Sin embargo, este edicto es leído en las iglesias, es pronunciado en la Iglesia. en la Iglesia que es virgen. Ojalá que esta proclamación esté bien alejada de la que es esposa de Cristo...

Hay ciertos pecados cotidianos en los que todos caemos. ¿Quién puede escapar a pecados como un movimiento de ira irrazonable... o un acto de violencia física, o una calumnia impensada, o una blasfemia inconsciente, un faltar a lo prometido o una mentira proferida por vergüenza o compulsión? En nuestros negocios, en el trabajo de cada dia, en aquello con que ganamos nuestro sustento, en lo que vemos u oímos, nos encontramos con poderosas tentaciones. Si no hubiera perdón para ese género de faltas, nadie alcanzaría la salvación. Estas faltas serán perdonadas por la intercesión de Cristo ante el Padre. Pero hay otros pecados de naturaleza muy distinta, demasiado graves y demasiado perniciosos para que puedan ser perdonados. Tales son el asesinato, la idolatría, el fraude, el renegar de la fe, la blasfemia y, naturalmente, el adulte rio y la fornicación y cualquier género de violación del «templo de Dios». Cristo ya no intercederá por estos pecados: el que ha nacido de Dios no los cometerá jamás, y si los ha cometido, no será un hijo de Dios.

Tertuliano montanista niega la remisión de los pecados.

Si constase que los bienaventurados apóstoles hubiesen mostrado indulgencia para con las faltas cuyo perdón depende, no del hombre, sino de Dios, lo habrían hecho, no en virtud de una disciplina ordinaria, sino en virtud de su poder personal. Porque también resucitaron muertos, cosa que es de sólo Dios... Dices tú: «La Iglesia tiene poder de perdonar los pecados»... Ya que mantienes esta opinión, yo te pregunto: «¿De dónde presumes tú este derecho para la Iglesia?» Si es porque el Señor dijo a Pedro: «...lo que atares o desatares en la tierra será atado o desatado en los cielos» (cf. Mt 16, 18), es que presumes que la potestad de atar y de desatar se prolonga hasta tu persona, es decir, a toda la Iglesia que se relaciona con Pedro. ¿Quien eres tú para destruir y cambiar la manifiesta intención del Señor que confirió este poder a Pedro a titulo personal? «Sobre ti», dijo, «edificaré mi Iglesia», y «te daré las llaves», a ti, no a la Iglesia; y «lo que tú atares o desatares», no lo que otros ataren o desataren...

El matrimonio cristiano.

No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, la oblación divina confirma, la bendición consagra, los ángeles lo registran y el Padre lo ratifica. En la tierra no deben los hijos casarse sin el consentimiento de sus padres. ¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu. Son verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una, el espíritu es uno. Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se soportan mutuamente. Son iguales en la iglesia, iguales en el banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehuyen la compañía mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro... Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos cantará mejor. Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también él presente, y donde está él, el maligno no puede entrar.

La vida de los cristianos.

Voy a mostrar las verdaderas actividades de la «secta» cristiana: habiendo refutado las perversidades que se les atribuyen, mostraré sus excelencias. Somos un cuerpo unido por una común profesión religiosa, por una disciplina divina y por una comunión de esperanza. Nos reunimos en asamblea o congregación, con el fin de asaltar a Dios como en fuerza organizada. Esta fuerza es agradable a Dios. Oramos hasta por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal, por la paz genaral, para que el fin del mundo sea diferido. Nos reunimos para meditar las Escrituras divinas, por ver si nos ayudan a prever o a reconocer algo para los tiempos presentes. En todo caso, alimentamos nuestra fe con aquellas santas palabras, levantamos nuestra esperanza, fortalecemos nuestra confianza, robustecemos nuestra disciplina insistiendo en sus preceptos, En estas reuniones tienen lugar las exhortaciones, los reproches, las censuras divinas. Porque se juzgan las cosas con gran severidad, pues tenemos la certeza de andar bajo la mirada de Dios, dándose como una suprema anticipación del juicio futuro cuando uno ha cometido tales delitos que hacen sea excluido de la participación en la oración, en la asamblea y en todo acto piadoso. Nuestros presidentes son ancianos de vida probada, que han conseguido este honor, no con dinero, sino con el testimonio de su vida: porque ninguna de las cosas de Dios puede comprarse con dinero. Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando quiere. En esto no hay compulsión alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, o bebidas, o despilfarros chabacanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres, o ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, o a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, o a los que trabajan en las minas, o están desterrados en las islas o prisiones o en las cárceles. Estos reciben su pensión a causa de su confesión, con tal que sufran por pertenecer a los seguidores de Dios

Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros, lo que nos atrae la odiosidad de algunos, pues dicen: «Mira cómo se aman», mientras ellos sólo se odian entre sí. «Mira cómo están dispuestos a morir el uno por el otro», mientras que ellos están más bien dispuestos a matarse unos a otros. El hecho de que nos llamenos hermanos lo tienen por infamia, a mi entender sólo porque entre ellos todo nombre de parentesco se usa sólo con falsedad afectada. Sin embargo, somos incluso hermanos vuestros en virtud de nuestra única madre la naturaleza, por más que vosotros sois bien poco hombres, pues sois tan m