LA REGLA DE

LA PRIMERA Y SEGUNDA ORDEN

DE LOS HUMILLADOS

Arch. Curia Arciv. Milano. De la bula de Gregorio IX, I227 junio 7, "Cum felicis memoria"

PRÓLOGO

Dios es el origen de todo bien; Cristo es el fundamento de todo el edificio espiritual, sobre el cual toda la edificación construida crece hasta convertirse en un santo templo para el Señor, del cual dice el Apóstol: "Porque nadie puede poner otro fundamento fuera del que ha sido establecido, que es Cristo Jesús. Sin él nadie puede comenzar bien ni llegar a un buen término, como él mismo dijo: Sin mí nada podéis hacer.

Por lo cual, yo, escritor imprudente e inconsciente, le suplico, con la esperanza de contar con su ayuda, poniendo indignamente su nombre en mi boca, que se digne ser el fundamento y el arquitecto de esta obra.

CAP. 1.

COMO DEBERÁ SER EL PRELADO

Como hacen los pintores, primero dibujamos la cabeza, para luego ubicar mejor a los miembros. En esta regla, pues, comenzamos por describir la figura del prelado y como deba ser su comportamiento, de modo que los súbditos, ilustrados por su vida y conducta, progresen en la Regla de la Orden.

Los hermanos han de usar buen discernimiento para elegir un pastor capaz que, como un médico competente, use de gran cuidado y discreción, sabiendo emplear el mejor remedio para las necesidades de cada uno, y servirse de los ungüentos adecuados a cada herida, de modo que no recete a uno algo que le haga mal y le niegue a otro algo que le sirva de ayuda.

El prelado se mantenga constantemente vigilante de la limpieza de su pensamiento, se muestre solícito en el trabajo, discreto en el silencio, útil cuando habla, compasivo hacia cada prójimo, extasiado en la contemplación, solidario con los que obran el bien, celoso de la justicia sea firme en corregir los vicios de los pecadores.

Sobre todas las cosas el rector tiene que procurar ser limpio de pensamiento, de modo que ninguna inmundicia contamine al que recibe este oficio para que sea así capaz de limpiar las manchas de los corazones ajenos; es necesario que tenga las manos limpias el que pretende limpiar la suciedad de los demás.

Sea diligente en el trabajo, indicando así con la propia vida el camino a los súbditos. La grey, que sigue la voz y la conducta del pastor, será atraída mejor por el ejemplo que por la palabra. La palabra penetra más fácilmente los corazones cuando es avalada por la vida del que la pronuncia.

Sea discreto en el silencio y útil su palabra, de modo que no diga lo que tiene que ser callado ni omita lo que tiene que ser dicho. Como una palabra imprudente lleva al error, así un silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podrían haberlo abandonado. Cuando habla, tenga un cuidado extremo: si habla impulsivamente y fuera de lugar, abrirá aún más la herida del error en los corazones de los oyentes, y a pesar de que buscar sabiamente la unión del cuerpo, terminará provocando inconscientemente la fractura.

Dice a este respeto la Verdad: Tened la sal en vuestro interior, y vivid en paz. La palabra sal apunta a la sabiduría. Quien, pues, piensa hablar como un sabio, recele si su discurso no confunda la unidad de los oyentes, como dice Pablo: No saber más de lo que es conveniente.

Sea además de una singular ternura con el prójimo y se extasíe en la contemplación, de modo que sintiendo en sus entrañas las debilidades de los demás, por la altura de la meditación, apeteciendo las cosas invisibles aprenda a superarlas. De modo que por un lado, anhelando las cosas superiores, no termine descuidando las enfermedades de los prójimos, y, por el contrario, deje de ambicionar lo sublime preocupado por la enfermedad de los prójimos.

Aparezca de tal modo que los súbditos no tengan vergüenza de manifestarle las cosas ocultas; tolerante ante los vaivenes de las tentaciones de los pequeños, éstos recurran a él como al seno de una madre.

Sea humilde compañero de los que obran el bien y se muestre firme en su lucha contra los vicios de los pecadores. Sin dar muestras de preferencia hacia los buenos, y siendo exigente ante la culpa de los males haga reconocer la autoridad de su priorato. Tanto la disciplina como las reglas se dañan si una se observa sin la otra, de modo que esté siempre listo a aconsejar y amonestar en todo lo que le sea posible.

Su palabra apoye a los buenos, aguijonee a los malos, fortalezca a los tímidos, pacifique a los airados, mueva a los perezosos, inflame a los tibios, convenza a los desertores, ablande a los severos, consuele a los desesperados. Aquel que se llama guía muestre a sus seguidores el camino de la salvación, sea atento en la vigilancia, en la puerta tenga buen recaudo contra el enemigo, y si por acaso éste condujera a una oveja fuera del redil mediante el error, busque con toda su fuerza traer nuevamente a la perdida al aprisco del Señor, de modo que tenga el premio merecido al su nombre de pastor.

Elijan siempre prelados acordes con el boceto que brevemente acabamos de dibujar. Todos los años, en el día de la septuagésima, se reunirán todos los religiosos amigos y colaboradores de la familia de Cristo. Los que aún viven en justicia en este mundo y sirven en el temor de Dios y restituyen lo injustamente habido, los que visitan los enfermos, y distribuyen lo superfluo a los pobres, amando a Dios y al prójimo, a estos, les concedemos que con fraterna caridad, todos los años, en el día señalado, elijan tres hermanos temerosos de Dios y amantes de la fraternidad.

Estos tres, luego de tres días de ayuno, hecho por toda la asamblea, en constante oración a Dios, elijan el prelado que Dios les inspirare, o si les pareciere mejor, confirme al presente.

En dicha elección no haya acepción de personas, como dice el apóstol: En Dios no hay acepción de personas, al contrario, todo el que teme a Dios y obra la justicia le es agradable. Realizarán esta elección todos los años, sin excepción.

El elegido sea llevado al oratorio, si lo hubiera en el lugar de la elección, cantando el Te Deum laudamus. Postrados en tierra, vueltos hacia la cruz, dígase el Miserere mei, Deus et Ecce quam bonum y Pater noster. Haya un sacerdote que diga; Y no nos... líbranos del mal. Salva a tu siervo, Dios mío, que espera en ti. Envíale tu auxilio, Señor, desde el Santuario y desde Sión protéjelo. Sé Señor torre inexpugnable frente el enemigo y el perseguidor. Oye, Señor, mi oración. Nuestro clamor llegue hasta ti. Omnipotente, sempiterno Dios, ten piedad de su siervo y de toda tu grey, que a ti se encomienda, según tu clemencia dirígelo por el camino de la salvación eterna, y por tu gracia que desee lo que a ti es agradable y sea perfecto en toda virtud. Por Nuestro Señor. Todos responden: Amen. Desde el Superior hasta el último, se den el ósculo de paz, y desde entonces todos lo amen, honren y obedezcan como a un padre.

Si acaeciere, lo que nunca suceda, que entre aquellos que deben hacer la elección, hubieren discrepancia, si dos están de acuerdo, el tercero tendrá que consentir. Si cada uno quiere imponer su candidato, sean depuestos y sean nombrados otros tres que lo substituyan.

CAP. Il.

LO QUE DEBE HACER EL PRELADO LUEGO DE SU CONFIRMACIÓN.

Aceptado el hermano por los hermanos, convoque a dos o tres que teman a Dios, con cuyo consejo elija al ecónomo y al cocinero. Ordene y disponga, con prudencia y gran discreción todo lo que sea necesario al buen gobierno de la casa, de modo que en la casa del Señor no se encuentra nada desordenado, sabiendo que al fin deberá dar cuentas al Señor, para recibir de él, según lo mereciere, la corona o el tormento.

CAP. III.

COMO DEBE SER EL ECÓNOMO

Elíjase un Ecónomo entre los miembros de toda la congregación de los hermanos, que sea sabio, maduro en su conducta, sobrio, casto, no goloso, no orgulloso, no desordenado, no ofensivo, no lento, no pródigo, sino temeroso de Dios, que sea casi como un padre para toda la congregación.

Cuidará de todas las cosas que le fueren encomendadas, no presumirá hacer nada contra el mandato del prelado; haga los que se le encomiende; no apesadumbre a los hermanos; si algún hermano le pidiere, quizá, algo irracional, no lo apesadumbre ridiculizándolo, sino de modo pertinente y con humildad niegue la solicitud mal hecha; guarde su alma pensando en su corazón que quien bien administrare adquiere una buena reputación. Cuide con toda humildad y solicitud de los enfermos, niños, huéspedes, y pobres sabiendo que, sin duda, de todas estas cosas tendrá que dar cuentas en el día del juicio.

Cuide diligente y honestamente todos los utensilios y bienes de la casa, nada desatienda y ni se deje llevar por la avaricia, ni sea pródigo y despilfarrador de los bienes de los hermanos. Al contrario, haga todas las cosas con medida, según el mandato del prelado; muestre humildad en todo momento, y cuando no haya recursos, dé siempre una palabra buena por respuesta, como está escrito: Una palabra buena es el mejor de los regalos.

Tenga a su cuidado todas las cosas que le encomendare el prelado, y no alardee con cosas que le fueren prohibidas; establezca un presupuesto anual para los hermanos y lo entregue sin demora en el tiempo establecido, de modo que no se escandalicen los que aún son débiles. Fije un horario para proporcionar los hay que proporcionar y en el cual se solicite lo que hay que gestionar, de modo que nadie se irrite o se entristezca en la familia de Dios.

CAP. IV.

COMO DEBE SER EL PORTERO

En la puerta común de la familia del Señor se designado un hermano que sea de vida probada, sobrio y casto, paciente y sabio, que sepa dar y recibir respuestas. Tiene que ser hombre de una madurez tal como para no andar dando vueltas dado que el oficio de la puerta exige un máximo de obediencia y humildad. Deberá cerrar y abrir la puerta al horario establecido, y no dejar entrar ni salir a nadie sin autorización.

El portero tenga una celda junto a la puerta, para que los que llegan lo encuentren siempre presente y puedan recibir una pronta respuesta. Cuando alguien llame a la puerta, o cuando un pobre pida limosna, responderá Deo gratias y con toda mansedumbre y temor de Dios dé la contestación y a todo el que se presente debe recibirlo con caridad.

Obedezca al prelado o al que haga sus veces de modo que nadie salga fuera de las horas establecidas sin la debida licencia.

Si fuere desobediente e reincidente, será juzgado de igual modo que los otros ministros negligentes.

CAP Vº

LOS BIENES DE LA FAMILIA DEL SEÑOR

El prelado encomiende los bienes de la familia del Señor, en herramientas o vestidos, o en cualquier otra cosas, a hermanos fieles, que ofrezcan seguridad de vida y conducta. A ellos les entregará todas las cosas que considere provechoso conservar y recoger. Si fuere indolente con los bienes de los hermanos, sea corregido.

CAP. VI

CÓMO RECIBIR A LOS HUÉSPEDES

Todo huésped que llegue sea recibido como si fuera el mismo Cristo, porque él dijo: Fui huésped y me recibisteis. Se le demuestre un honor adecuado, especialmente a los hermanos en la fe y a los peregrinos.

El cuarto de los huéspedes, donde habrá suficiente ropa de cama, será encomendado a un hermano que posea en su alma el temor de Dios, de modo. La casa del Señor debe administrada con inteligencia por los sabios.

Nadie hable con los huéspedes a no ser aquél que ha sido encargado. Si se encontraren con él o lo vieren, lo saludarán humildemente y seguirán de largo, aclarándole que no tienen permiso para hablar con los huéspedes.

CAP. VI.

EL OFICIO DE LA COCINA

En el oficio de la cocina se ponga un hermano que pueda cumplir bien el oficio impuesto, al cual se le otorguen los necesarios descansos, de modo que sirva sin murmuración. Cuando tenga trabajo normal, cumpla con lo que le esta prescrito.

Esta consideración vale para todos los asuntos de la casa del Señor, de modo que puedan descansar los que lo necesitan y nuevamente cumplan la obediencia cuando queden libres.

CAP. VIII

COMO convocar EL CONSEJO

Siempre que hubiere un tema importante en la congregación, el prelado convoque a todos los hermanos y le notifique el asunto a ser consultado. Escuchando el consejo de los hermanos, juzgue prudentemente y haga lo que evalúe más útil.

Afirmamos que todos tienen que ser convocados al consejo porque el Señor frecuentemente revela lo que es mejor por medio de lo más jóvenes.

De este modo los hermanos den consejo con humilde sometimiento, de modo que no presuman descomedidamente defender su punto de vista, sino que en todo caso se sometan al juicio del prelado.

Todos han de obedecer lo que éste decida razonablemente. Así como es propio del discípulo obedecer al maestro, del mismo modo le compete al prelado disponer todos los asuntos con esmero y justicia.

Este debe guiarse en todas las cosas por la regla maestra, ni se atreva a dejarla de lado en algún asunto, de modo que en la congregación nadie se incline por seguir los deseos del propio corazón. Si alguien presumiere discutir porfiadamente algo con su prelado será separado del oratorio y de la mesa de los hermanos hasta que recapacite y satisfaga a Dios y al prelado.

El prelado, sin embargo, haga todas las cosas en el temor y observancia de la regla, sabiendo que, sin lugar a dudas, deberá rendir cuenta de sus actos ante el juicio imparcial de Dios.

Para los asuntos de menor importancia del monasterio, se acudirá solamente al consejo de los más ancianos, como está escrito: haz todas las cosas con el consejo y no te arrepentirás.

CAP. lX.

A QUÉ HORAS DEBEN ORAR LOS HERMANOS

Acerca de las principales horas en las cuales los hermanos deban atenta y reverentemente dedicarse a la oración, decía el profeta: "Me levantaba a media noche", y : "me acordé de ti durante la noche", y de nuevo: "Siete veces durante el día te alabé, Señor". Este sagrado número siete, será observado por nosotros rezando maitines, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas a lo largo de nuestro día de trabajo en obediencia. Cuando se habla de rezar siete veces al día, se refiere habitualmente a estas horas. En cada una de estas circunstancias alabemos a nuestro creador.

Cuando los hermanos se levantan en horas de la noche, a la primera señal se harán una señal de la cruz en la frente. Luego cada cual en secreto dirá: "Señor abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza". Después un salmo con Gloria. Una vez dicho: Dios ven en mi auxilio, provea a satisfacer las necesidades naturales del cuerpo y se apresure a ir al oratorio diciendo un salmo y el Padrenuestro.

Entrando en silencio, tomen con modestia, si hubiera, el agua bendita y aspérjanse con ella la cabeza.

Una vez todos reunidos, se postrarán, volviendo la cara hacia la cruz. Si fuere fiesta solemne, harán una inclinación, y puestas las manos sobre las rodillas, reciten las tres oraciones y una vez hecha la señal de la cruz, cada cual vaya con reverencia a su lugar.

Entonces digan cinco Padrenuestros por los difuntos, cinco por los familiares, cinco por los bienhechores. Terminados otros cinco por los difuntos, si hubiere un clérigo diga los capítulos, con voz clara: "Descanso eterno y paz perpetua. De las puestas del infierno salva, Señor, etc. Libera, Señor, las almas de tus siervos y de tus siervas de todo impedimento de los delitos, para que en la gloria de la resurrección, vivan resucitados en medio de tus santos y elegidos". Si no hubiere clérigo, cada uno por sí mismo, diga los capítulos en voz baja con la oración antedicha.

Terminados los cinco padrenuestros por los familiares, digan tres veces el Kirie y el Padrenuestro y los capítulos: "Acuérdate, Señor del bien de tu pueblo; Visítanos, etc. Acuérdate de tu congregación que creaste desde el inicio; Dios de quien es propio tener siempre piedad y perdonar atiende nuestra oración y libera por tu misericordia, a quienes estamos presos por las cadenas de los delitos".

Terminados otros cinco por los bienhechores, digan igualmente tres Kirie y Padrenuestros, y los capítulos: "Dios mío, salva a los hijos de tu esclava, que en ti esperan. Envíales, Señor, etc., desde Sión. Señor, escucha, etc., y el clamor. Extiende tu misericordia de tu auxilio sobre tus siervos y siervas, de modo que te busquen de todo corazón y obtengan lo que rectamente piden. Por Nuestro Señor..."

Terminadas estas oraciones se pondrán todos de pie en su lugar, por orden y con suma compostura y humildad, alaben a Dios, más con el corazón que con la boca, de modo su voz esté más cerca de Dios que de los hombres.

Si alguien echare continuamente flemas del pecho o de la nariz, se ponga detrás o al costado. No sea que alguien, mirando al enfermo por curiosidad, tenga náuseas y luego se pise con el pie el esputo lanzado, y cuando se curvan para la oración se ensucien los vestidos. Que no se vean dentro de la Iglesia, en el oratorio, por todo el convento y hasta por el atrio esputos pisados por los pies.

CAP. X.

LO QUE DEBEN HACER LOS HERMANOS LUEGO DE LA ORACIÓN NOCTURNA.

Después de la oración nocturna, los hermanos sigan rezando. Los que no quieran orar o bien trabajen o bien reposen en sus lechos.

CAP. XI.

ACERCA DE LA ANTIGUA DEVOCIÓN DE LAS VIGILIAS

La devoción de las vigilias es una tradición tradicional de los hombre santos: Esayas dice: Mi espíritu velaba durante la noche, buscándote, Dios mío. Y también David: Me levantaba media noche. Puesto que este es el tiempo en el que el ángel devastador golpeó a los primogénitos de los Egipcios, es conveniente que nos mantengamos en vigilia, no sea que caigamos en el trance de los Egipcios. El Salvador afirmó en el evangelio que vendría de nuevo a estas horas, por lo cual exhortó a sus oyentes diciendo: Felices los siervos que el Señor encontrare despiertos a su venida. Si por la tarde viniere el Señor y los encontrare vigilantes, y si los encontrare despiertos a media noche o al canto del gallo, felices serán aquellos siervos. Del mismo modo vosotros, dado que desconocéis la hora de la venida del Hijo del Hombre.

Jesús no solamente aprobó las vigilias con su palabra, sino también las confirmó con su ejemplo. Pues se atestigua en el evangelio que Jesús pasaba la noche en oración a Dios. Pablo y Silas, estando presos, a eso de la media noche, mientras rezaban un himno, escuchándolo todos, cuando ya no tenían esperanzas, de repente sobrevino un terremoto y rotos los cimientos de la cárcel, abiertas las puertas, todas las cadenas se soltaron.

Por todas estas razones, es conveniente recitar los salmos y orar y participar en los santos oficios, de modo que si sobreviniere nuestro fin, vigilantes, lo podamos esperar seguros.

CAP. XII.

LA HORA DE LAUDES

Cuando comience a alborear, se tocará la campana del oratorio, con suma reverencia y moderación. Los hermanos entren de modo que no molesten a los otros que están en oración.

A un signo del prelado , postrados en tierra, o inclinados si es día de fiesta, oren en la presencia del Señor, más con el corazón que con la boca diciendo el Padrenuestro.

Luego, de pie y armándose con el signo de la cruz, con suma humildad y decoro recen las laudes a Dios.

CAP. XIII.

LA ANTIGÜEDAD DE LOS MAITINES

Acerca de la antigüedad y autoridad de los maitines tenemos los siguientes testimonios.

Dice el profeta: Señor meditaré en ti durante los maitines. En otro lugar: Mis ojos se abrieron muy temprano , para meditar tus maravillas.

En el Nuevo Testamento, en el tiempo en el cual Nuestro Señor Jesucristo se dignó nacer en Belén, los fieles estrenaron el oficio de maitines.

Nuestro Señor y Salvador, resucitó del infierno cuando se alzaba la radiante luz de la mañana, por lo cual se cree que en ese tiempo se dará toda suerte de resurrección futura.

CAP. XIV.

EL ORDEN DEL CAPÍTULO

Cuando el prelado quisiere convocar el capítulo, todos deberán participar, por orden, en primer lugar los jóvenes. En el capítulo cada uno corrija sus faltas, humildemente y sin réplica, tal como lo disponga el prelado.

Cuando alguien fuera reconocido culpable o cuando algún hermano que tuviere que ser corregido fuera nombrado, se ponga de pie, sin decir nada, se postre rostro a tierra, y así será interrogados.

Responderá con el mea culpa y a una orden del prelado se pondrá de pie, en medio de la sala. De pie confiese su falta, o si la ignora, escuche en silencio al que lo interpeló. Si el acusado niega o ignora la imputación, un testigo deponga benévolamente, sin dar lugar a ningún altercado. Nadie podrá defender o excusar a otro sin el permiso del prelado.

Inclinándose con humildad, recibirá la satisfacción que le imponga el prelado y cuando éste lo ordene, volverá a su lugar.

Terminada la corrección, dígase de la forma antedicha por los abusos de los hermanos: Miserere mei, Padrenuestro, Salvos fac. Deus qui proprium est.

CAP. XV.

LA HORA PRIMA

Asistan devotamente a prima, donde antes del salmo 50, confiésense mutuamente, según la exhortación del Apóstol Santiago: Confesaos mutuamente.

Dirán:

Confieso a Dios y a la Bienaventurada María y a todos los santos y a ti, hermano, que mucho pequé en pensamiento, deseos, consentimiento, palabras y obras, por mi culpa; por lo cual te suplico ores por mí.

El prelado responderá:

Tenga misericordia de ti Dios omnipotente y te perdone todos tus pecados y lleve tu alma a la vida eterna.

CAP. XVI.

LO QUE SE DEBE HACER DESPUÉS DE PRIMA

Terminada prima, vayan a ejecutar el trabajo que tienen encomendado, guardando silencio, no hablando sino del mismo trabajo y por necesidad. Cuando comienzan el trabajo digan tres veces: Dios ven en mi auxilio. Y cuando lo terminen digan: Bendito seas, Señor, porque me ayudaste y me consolaste. Amen. Tenga misericordia de nosotros Dios omnipotente, Amen.

Se acordarán en todo momento de la palabra apostólica: Quien no trabaja, que no coma. Y del profeta que dice: Feliz serás porque comerás del trabajo de tus manos y todo te irán bien.

Nadie interrumpa un trabajo comenzado o comience otro nuevo sin la licencia del prelado o de su vice, a no ser urgido por evidente necesidad.

No digan nada de los oyen o sienten en comunidad, sino que lo callen, como si hubiesen jurado silencio perpetuo, a no ser al prelado o a quien está en su lugar.

Se observará siempre la regla evangélica que dice: Si tu hermano pecare en tu presencia, corrígelo en secreto, etc.

CAP. XVII.

LA HORA TERCIA, SEXTA Y NONA

Cuando suena la campana para tercia, sexta y nona, vayan rápidamente al oratorio, o a la iglesia, dejando todos los trabajo que tenían entre manos, a no ser que se estropeen.

Si alguno estuviera lejos del oratorio y no pudiera asistir para cumplir con el oficio divino por la recitación de las horas canónicas, cumpla con él en el lugar donde se encontrare.

CAP. XVIII.

LO QUE HICIERON DANIEL Y LOS TRES JÓVENES

Durante la hora tercia, sexta y nona Daniel y los tres jóvenes se dedicaron a suplicar a Dios, en lo cual se nos anuncia el misterio de la Trinidad. En la hora tercia el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles. En la hora sexta Cristo padeció. En Nona entregó su espíritu. Por lo cual estas tres horas deben ser recitadas con mucha devoción por todos los hermanos.

CAP. XIX.

LA HORA DE VÍSPERAS

Cuando suene la campana para vísperas, todos los hermanos dejarán sus trabajos para dirigirse al oratorio.

Una vez reunidos, haciendo una señal de la cruz en la frente, se postren, volviendo la cara hacia la cruz y digan en silencio la oración del Señor, a no ser que fuera día solemne o sus peras. En ese caso, inclinados y puestas las manos sobre las rodillas, dirán análogamente el padrenuestro.

Luego, de pie, se harán la señal de la cruz, y comenzará la oración vespertina, que sube como incienso en presencia del Señor.

Terminada se postren, vueltos hacia la cruz y digan un padrenuestro. Si es día festivo o en sus vísperas, lo digan inclinados.

Luego de lo cual, háganse una señal de la cruz y si tienen tiempo de trabajar, vayan a sus trabajos.

Después vayan a la cena y seguidamente, en silencio hasta la caída del sol, o bien trabajen o, con el permiso del prelado, lean los que lo saben hacer.

CAP. XX.

LA RAZÓN DE LA HORA DE VÍSPERAS.

La alabanza vespertina es una oblación segura de culto divino, y es una celebración solemne que tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Es testigo David, cuando dice: "Se dirija hacia ti mi oración. A esa hora vemos en el Nuevo Testamento que Nuestro Señor y Salvador cenaba con sus discípulos y entregó su cuerpo y su sangre. En esta hora, pues, en honor y memoria de tantos sacramentos, nos conviene estar presente en presencia de Dios para cantar su culto y alabanzas.

CAP. XXI.

LOS QUE DEBEN HACER LOS HERMANOS DESPUÉS DE LA PUESTA DEL SOL

Una vez dada la señal a la puesta del sol, dejados sus trabajos, los hermanos se reunirán para beber algo en común.

Cuando suene la campana, todos irán al oratorio o a la iglesia diciendo el padrenuestro, acabado el cual y hecha la señal de cruz en la frente, digan completas y los demás oficios divinos, por su orden.

Terminada completas, postrados ante la cruz, digan tres veces la oración del Señor, haciendo tres genuflexiones, o, si es fiesta solemne, los rezarán haciendo inclinaciones, y se asperjan con agua bendita, si hubiere en el lugar.

Luego irán a sus lechos en total silencio y descansarán recatada y honestamente hasta la señal nocturna.

Si lo aprobare el prelado, aquellos que quieren estar despiertos, puedan trabajan antes del descanso.

CAP. XXII.

COMO DEBEN DORMIR LOS HERMANOS.

Cada cual dormirá en su propia cama, y si fuere posible en un dormitorio común, en el cual debe quedar encendida una luz. Si le pareciere al prelado, el que le quiera duerma vestido con una camisa, sin cíngulo y zapatos, .

Tocada la señal de la media noche, álcense en silencio y pudor para la oración nocturna, tal como ha sido dicho, y si hubiere, aspérjanse con agua bendita.

CAP. XXIII.

LOS QUE LLEGAN TARDE A LAS HORAS

Si un hermano, negligentemente, llegare después de la tercera oración, permanecerá en el lugar destinado por el prelado para tales negligentes, en el cual serán vistos por él y por todos. Cuando se termine de recitar el oficio divino, den pública satisfacción en capítulo.

Quien llegare con retraso por indolencia a las horas diurnas del oficio divino, quedará de pie en el mismo lugar que fuera indicado por el superior, y no se atreva a ubicarse en el coro de los que salmodian hasta haber dado la satisfacción, a no ser que el prelado le dé licencia, siempre habiendo dado satisfacción.

CAP. XXIV.

LOS QUE LLEGAN TARDE A COMER

Si un hermano llegare tarde a la mesa, y no estuviera solícitamente presente antes de la oración común, dado que todos tienen que estar presentes al comienzo de la misma, si lo hiciera por negligencia o por costumbre, quede de pie dos veces, hasta que se corrija de tal hábito.

Si no se corrigiese, no se le permitirá comer en común durante un mes, hasta que se corrija. Privado de la compañía de los demás hermanos, coma solo, sin vino, hasta que hubiera dado satisfacción y pruebas de enmienda.

CAP. XXV.

EL SILENCIO

El silencio es culto de la justicia, a pesar de los cual ni siempre hay que estar en silencio ni siempre hablando. Hay un tiempo para callar y otro para hablar y así como una palabra imprudente lleva al error, un silencio indiscreto deja en el error al oyente.

Siempre tenemos que abstenernos del mal y a veces también renunciar temporalmente a lo bueno. Tal como dice el profeta: Puse un guardia en mi boca, y Me quedé callado, me humillé, y me quedé en silencio, etc.

Tenemos que refrenar constantemente nuestra lengua. no sea que nuestra religión sea inútil y vana. Por lo cual no debes estar en silencio permanentemente, sino en los tiempos fijados, para que no seamos despreciados por nuestras palabras, sino antes bien justificados. Hablad, pues, concisamente en los tiempos y lugares fijados.

No mientas, porque quien miente con su boca mata el alma, y el diablo es mentiroso desde el inicio, y es padre de la mentira.

No difames, porque quien difama a un hermano, difama la ley y juzga la ley y el Señor dice por el profeta: Perseguía a quien difamaba en secreto a su prójimo, y en otros lugar: No difames al pecador, sino ten compasión de él. No difames ni escuches al difamador, dado que son igualmente culpables el difamador y el que lo escucha.

Abstiénete de la discusión, porque ésta prepara las peleas y las riñas, y produce caras airadas, como dice el apóstol: Si alguno quiere levantar disputas, sepa que tal no es nuestra costumbre, ni la de la iglesia del Señor. Y de nuevo: No te tengas discursos polémicos.

No juzgues ni condenes, como dice el Señor: No juzgues y serás juzgado, no condenes y no serás condenado.

Evita la comicidad y los chistes, que de las palabras vanas dice el Señor que hemos de dar cuenta en el día del juicio.

Absteneos de la murmuración, de la adulación, de la risa y de la maldición, puesto quien guarda de estas cosas su boca, preserva su alma de la angustia. Así dice el Apóstol: No salga de vuestra boca una palabra vana. Si alguien tiene algo bueno y que edifique la fe y la gracia de los oyente, entonces que lo diga.

CAP. XXVI.

LUGARES Y TIEMPOS EN LOS CUALES LOS HERMANOS DEBEN HACER SILENCIO

Estos son las horas y lugares en los cuales los hermanos deben hacer silencio.

Desde la hora de la tarde, en la que los hermanos se reúnen para beber, hasta terminada la hora de Prima del día siguiente observen un silencio total, a no ser que por alguna necesidad del trabajo o por recibir huéspedes, o por alguna otra utilidad probable.

Del mismo modo se guardará silencio desde que oyeren la campana para alguna de las horas de oración, hasta haberla terminada. Guardarán silencio durante toda la comida. Observen completo silencio en la iglesia u oratorio, en el dormitorio, en el refectorio, en el lugar en el que se sientan junto al fuego, en la cocina, en el taller, a no ser que lo exija el trabajo.

Sepan que, sin lugar a dudas, quienes lo observan progresarán en el celo en las oraciones.

CAP. XXVII.

NADA DEBEN DAR O RECIBIR SIN LA LICENCIA DEL PRELADO

Este vicio deberá ser erradico de la congregación. Nadie se atreverá a dar o recibir lo que fuera sin la licencia del prelado.

Quienes no pueden siquiera tener sus cuerpos y voluntades bajo la propia potestad, no podrán tampoco tener nada en propiedad bajo ningún concepto.

Deben recibir del prelado todas las cosas que les fueren necesarias, y no les será lícito tener lo que el prelado no les hubiere dado o prometido.

Todas las cosas han de ser comunes, como está escrito, y nadie diga suya a alguna cosa.

A cada uno se le proporcione lo que sea necesario para ejercer el propio oficio.

CAP. XXVIII.

EL CUIDADO DE LOS ENFERMOS

Especialmente tenemos que tener gran cuidado de los enfermos, y servirlos como al mismo Cristo, porque él dijo: estuve enfermo y me visitaste, y lo que hiciste a uno de este más pequeños, a mí me lo hicisteis.

Los enfermos piensen que en ellos se está sirviendo a Dios, y no contristen a los hermanos que los sirven con su puerilidad. Se recibe un premio tanto más grande cuanta haya sido la paciencia en soportar la enfermedad.

El prelado tenga sumo cuidado de que los hermanos no sean descuidados. A los hermanos enfermos se los llevará a una celda adecuada. Los auxiliará como un servidor temeroso de Dios, diligente y solícito, y les proporcionará con caridad las cosas necesarias.

Concédase carne a los enfermos y débiles, tal como le pareciere mejor al prelado.

Preocúpese el prelado de que ni el ecónomo ni los otros servidores descuiden a los enfermos, porque él será responsable de los negligencias de los súbditos.

CAP. XXIX.

TIEMPO DE LAS COMIDAS Y DE LOS AYUNOS

En tiempo de ayuno los hermanos coman después de nona, uno o dos platos cocidos. En la cuaresma cenarán después de las vísperas. En otros días coman a sexta y cenen después de vísperas, si el prelado los permitiere, solamente un plato cocido.

El prelado puede conceder otros alimentos suplementarios.

Desde el día santo de la Resurrección hasta Pentecostés, se coma dos veces en fraternidad, exceptuadas los viernes después de la octava de la resurrección del Señor.

Los hermanos ayunen y hagan abstinencia en las vigilias de los santos apóstoles Felipe y Santiago. En los tres días de las letanías, y en la vigilia de pentecostés los hermanos ayunen y hagan abstinencia.

Desde Pentecostés hasta el adviento, ayunen tres días a la semana.

Desde el adviento hasta la navidad hagan ayuno continuado.

Desde la navidad del Señor hasta la septuagésima, ayunen tres días a la semana.

Los lunes de todo el año, excepto la navidad del Señor, podrán hacer un ayuno mayor, a juicio del prelado.

De la septuagésima hasta la resurrección hagan ayuno continuado, a no ser que estén viajando.

Los días de ayuno de todo el año los hermanos se abstendrán del queso, de los huevos y de la leche.

CAP. XXX.

EL VESTIDO DE LOS HERMANOS

Los vestidos de los hermanos serán: camisa, pantalones gruesos, una piel, un saco (vestitum guarnaciam), una piel (manstrucam) desnuda o abierta de oveja, un manto, sandalias, (scofones patitos, subsellares, nocturnales) y también zapatos, si lo permitiere el prelado.

CAP. XXXI.

LA ROPA DE CAMA

Esta será la ropa de cama: (bisatium vel filtrum), una almohada y dos frazadas de lana y una piel de oveja.

Los enfermos también podrán tener una (culcitram et linteum de stupa vel lino).

El prelado revisará frecuentemente las camas y si alguno, exceptuada alguna razón particular, tuviera algo no recibido del prelado o del prepósito sea sometido a una gravísima corrección.

CAP. XXXII.

LOS HERMANOS QUE SALEN A LA CALLE

Los hermanos que salen a la calle y esperan volver en el día, no se atrevan a comer fuera, a no ser que les fuera concedido por el prelado.

CAP. XXXlII.

LOS QUE RECIBEN UN MANDATO DIFÍCIL

Si un hermano fuera obligado a hacer alguna cosa difícil o imposible, reciba el mandato de la obediencia con mansedumbre y docilidad. Si le pareciera que el mandato excede totalmente sus fuerzas, presente sus argumentos paciente y oportunamente, sin soberbia ni resistencia o contradicción alguna. Si el prelado persistiera en su orden, sepa que es conveniente obedecer prontamente confiando por caridad en la ayuda de Dios.

CAP. XXXIV.

DE LOS QUE FRECUENTEMENTE CORREGIDOS NO SE ENMIENDAN

Si hubiere un hermano que, frecuentemente corregido por cualquier tipo de culpa, hubiere sido suspendido de la comida, del oratorio o del refectorio, si no se enmendare, se use con él la corrección que fuera necesaria.

Y si ni siquiera así se corrigiere, entonces el prelado, si como médico sabio, usó las cataplasmas y los bálsamos de las exhortaciones, si le aplicó la medicina de las escrituras divinas, y si por último los separó del oratorio y de la comida, y viere que de nada valió su arte, use también su mayor poder: su oración y de todos los hermanos, de modo que el Señor que todo lo puede, obre la salvación en este hermano enfermo.

Si ni siguiera de este modo se sanare, entonces el prelado usará el bisturí para cortarlo, tal como dice el apóstol: Separad al malo de entre vosotros; y de nuevo: Si el infiel se quiere apartar, que lo haga, no sea que una oveja enferma contamine toda la grey.

Mientras tanto duerma solo, solo rece fuera del oratorio, no teniendo ningún solaz con los demás, a no ser que el prelado mande a algún hermano que se le acerque para hablar.

Si quisiera irse, que se vaya, y no se les conceda a estos tales sino un simple vestido, y si lo necesitare, el prelado le dará la comida suficiente para un día.

Si alguna vez quisiere volver alguien que se fue sin licencia del prelado, primero devuelva lo que se había llevado, si esto es posible. Si lo mandare el prelado ingrese, y postrado en medio del capítulo será interrogado por el prelado, y responderá diciendo Mea culpa. Poniéndose de pie a una orden del prelado, promete en lo sucesivo perpetuo silencio, hasta que el prelado lo dispense, y sea considerado el último de todos, y haga todo lo que le manda el prelado.

CAP. XXXV.

COMO LA DISCIPLINA DE LA MISERICORDIA DEBE ADECUARSE A LA GRAVEDAD DE LA CULPA

La medida de la corrección debe edecuarse al tipo de culpa, según el arbitrio del prelado.

Si un hermano cometiere una culpa leve, privado de la participación en la mesa, y de la compañía de los hermanos haga solo las refecciones.

Por ejemplo, si lo hermanos hacen la refección a la hora sexta, ese hermano lo hará a nona, si los hermanos a nona, aquél lo hará a vísperas, hasta que de una congrua satisfacción.

CAP. XXXVI.

NADIE SE ACERQUE SIN PERMISO A UN HERMANOS EXCOMULGADO

Si un hermano se atreviere a comunicar de cualquier modo que sea con un hermano excomulgado sin el mandato del prelado, padecerá la misma pena que el castigado.

Sin embargo el prelado tenga un solícito cuidado con los transgresores, porque no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.

CAP. XXXVII

LA OBEDIENCIA

El bien de la obediencia no solamente ha de ser exhibido al prelado, sino a todos, de modo que los hermanos se obedezcan mutuamente, conscientes que por el camino de la obediencia llegarán hasta Dios: Porque Cristo se hizo obediente al Padre, por nosotros, hasta la muerte.

No permitimos anteponer los órdenes de los privados a las disposiciones de los prelados o de los prepósitos impuestos por él, .

Además lo más jóvenes obedezcan con caridad y solicitud a los que los preceden, porque así como por la desobediencia fueron expulsados del paraíso, por la obediencia se abren las puertas del reino de los cielos.

CAP. XXXVIII.

CUANTAS VECES LOS HERMANOS PUEDEN SACARSE SANGRE, AFEITARSE Y LAVARSE

Los hermanos que lo desearen podrán sacarse sangre tres veces por año, en el mes de abril o mayo, en el mes de setiembre y en el de febrero, o con más frecuencia si le pareciere al prelado.

A no ser que estén débiles o enfermos éstos no coman carne, sino con permiso del prelado. Solamente pueden comer queso, huevos y leche.

Cada quince días, los que lo quisieren, se laven la cabeza, se afeiten y se corten el pelo.

Tres veces al año se lavarán los pies uno al otro, a saber, en la vigilia de la natividad del Señor, en la cena del Señor, y en la vigilia de Pentecostés.

El prelado siempre elegirá los que deben lavar los pies, o lo hará aquél a quien el prelado le hubiere encomendado este oficio.

Cada cual tendrá un peine, una cuchillo y una aguja, para que todas las cosas se hagan en paz y en silencio.

CAP. XXXIX.

LO QUE HAY QUE OBSERVAR EN LA PROPIEDADES

Si tuviereis algunas propiedades de tierras o predios, las trabajaréis con las propias manos o con la de empleados. No tendréis vasallos, a no ser que con discreción y con licencia de todo el capítulo, por alguna justa y razonable necesidad.

A los hermanos presentes y futuros prohibimos poseer títulos de honor o distinciones .

Pagaréis los diezmos de vuestras posesiones y predios a la iglesia respectiva.

Si, estando un hombre y una mujer casados, el varón quisiere entrar en nuestra comunidad, ambos tienen que hacer delante de la iglesia voto de perpetua castidad, como ha sido dicho más arriba. Luego serán recibidos en nuestra Orden, viviendo uno entre los hermanos, la otra entre las hermanas

CAP. XL

COMO RECIBIR A LOS HERMANOS

Cuando alguien solicita vivir según el propósito y la regla de los hermanos, en primer lugar se presente al prelado, quien se notifique de su condición y profesión.

Luego el prelado lo inicie diligentemente en las exigencias de la regla y del propósito de pobreza total, y le enseñe de igual modo cómo se debe abandonar radicalmente la propia voluntad.

Le diga como debe comer, beber, dormir, viajar, dar, recibir, trabajar, descansar, el no hacer nada sin la licencia del prelado, y el abandonar totalmente las cosas del siglo.

Si persistiere en su pedido, y si quisiere obedecer en todas las cosas y permanecer con los hermanos, con la licencia del prelado salga y devuelva lo injustamente habido, pague las deudas, satisfaga nominalmente a todos los acreedores, si los tuviere, provea con sabiduría a sus hijos y familia.

Si tuviere hijos pequeños, débiles y enfermos, que dependan totalmente de él, mientras no provea cabalmente a su seguridad no parece que tenga que ser recibido.

Disponga con justicia de todos sus bienes. Si quiere cómprese los vestidos que le sean necesarios, de acuerdo a la regla correspondiente. Ofrezca espontáneamente lo que quiera al prelado, si es que éste quisiera recibirlo para las necesidades de los hermanos.

Hecho lo cual, preséntese al prelado y postrado a sus pies, prometa obedecerle en todas las cosas hasta que se complete el año de la probación.

Sea luego recibido a la probación y por el lapso de un año serán puestas a prueba su vida y sus costumbres.

Terminado el año íntegro de la probación, se le de permiso de volver, si así lo quisiere. Si quisiere permanecer, se le dirá que haga el pedido al prelado, en presencia de los hermanos.

Si el prelado y los hermanos estuvieren de acuerdo, en conformidad con la regla, sea recibido del modo siguiente.

Convocados todos los hermanos en capítulo, se ponga de pie en medio de ellos, y el prelado comunique su solicitud a todos, y lo amoneste diciéndole si ha pensado bien en su decisión y si conoce los preceptos de la regla y si los puede observar.

Si respondiere que, con la ayuda de Dios, los observará, sea llevado a la iglesia, y cuando estuviere delante del altar o de la cruz, postrado en tierra, diga tres veces, si lo sabe, o de los contrario lo diga otro en su nombre: Recíbeme, Señor, según tu promesa, y no me confunda en mi esperanza. Haya en el lugar un sacerdotes o clérigo que responda tres veces: Recibimos, Señor, etc. Gloria al Padre. Como era. Luego diga los salmos, Miserere mei, Ecce quam bonum. Terminados, diga el Padrenuestro y el Salva, etc.

Después se ofrecerá a sí mismo y las cosas que todavía poseyere, al Señor y a la Iglesia en manos del prelado, teniendo en la mano una vela encendida y el escrito conteniendo su profesión, tal como sigue:

Yo hermano NN, prometo obediencia según la regla de esta congregación al prelado y a sus sucesores. Sean dadas gracias a Dios, Amén.

Después la reciba de manos del prelado y la ponga sobre el altar.

Entonces el prelado y después todos los hermanos, por orden, lo reciban dándole el beso de la paz y de la fraternidad.

Inmediatamente el prelado le asigne su lugar en el coro, en el refectorio, y en el dormitorio, y lo amoneste frecuentemente a que se comporte decorosamente y viva religiosamente.

CAP. XLI.

LOS NOVICIOS

Los novicios, durante el tiempo de la probación, tengan un maestro sabio y discreto, que sea capaz de ganar las almas. Este los investigará minuciosamente, preguntándose seriamente si en realidad buscan a Dios, si estén prontos a ejecutar la obra de Dios, u a soportar la obediencia y los oprobios. Predíquenles de todas estas cosas difíciles y ásperas.

En el oratorio, refectorio, dormitorio, tengan el lugar que les asigne el prelado y en el capítulo se sentarán solamente cuando se lo mande el prelado.

CAP. XLll.

QUE LOS HERMANOS VIVAN DEL TRABAJO DE SUS MANOS

Los hermanos tengan esta norma: adquieran el alimento y el vestido cotidiano con el trabajo de sus manos y no deseen tener más, porque es mejor dar que recibir, y es feliz y le irá bien a quien en silencio come el fruto del trabajo de sus manos.

Tengan este propósito siempre en su corazón y no reciban jamás ofertas o donaciones de quien no restituye a sus dueños lo mal habido o no prometiere hacerlo según el precepto de la iglesia.

Tampoco prohibimos a los hermanos recibir de estos tales las cosas necesarias en caso de urgencia.

Si alguna vez se estuviere de camino les será lícito, al ir al volver de casa, recibir lo que sea necesario a cada uno.

CAP. XLIV.

CUIDADO Y CAUTELA QUE TIENEN QUE DE LAS HERMANAS DEBEN TENER EL PRELADO Y LOS DEMÁS HERMANOS

Sobre todas las cosas exhortamos y amonestamos calurosamente, especialmente al prelado y luego a los demás hermanos, que a las hermanas espirituales, que tiene bajo su régimen y cuidado, las amen castísimamente, y las guarden solícitamente como a esposas de Cristo.

Les administren las cosas necesarias, con gran caridad, a fin de que, cuando el esposo venga a las nupcias, las presenten castas y sin mancha. Las honrarán con dones y regalos como a las que son recibidas por los amigos del esposo en el tálamo del esposo.

A fin de evitar en el presente los lazos del enemigo, cuídense de nadie solo y sin la licencia del prelado entre en el claustro, ni se le aproxime a alguna de ellas.

Nadie entregue un escrito o cualquier otro objeto de las hermanas ni se atreva a recibir algo que le fuera de ellas enviado.

Si esto fuere descubierto el culpable sea sometido a castigo severísimo y sea expulsado de la congregación.

CAP. XLIV.

LA VISITA A LAS HERMANAS ENFERMAS

Ni siquiera el mismo prelado hable a solas con alguna, ni permita jamás a alguna de ellas hablar con alguien a solas, sin su presencia o la de su vice, con excepción del sacerdote para la penitencia y en un lugar donde se los pueda ver.

Para la visita de las enfermas el prelado no vaya solo sino que circule, recatada y religiosamente, en compañía de algunos hermanos honestísimos.

Cuando está con ellas hablen de modo breve y honesto y con gran compunción de las cosas que aprovechasen al alma y al cuerpo.

En ningún caso el prelado ni ningún otro entre en el claustro antes de la salida del sol o después de su ocaso, a no ser en caso de extrema necesidad.

Una o dos veces al mes el prelado con algunos hermanos honestos esté presente en el capítulo de las hermanas, para leerles algún trecho de la regla o para dar alguna norma a los problemas de la vida. Haga un sermón o determine que otro lo haga, acerca del reino de los cielos o y de la vida de los santos, para el alma de ellas tienda hacia las cosas superiores, se aligere por el desprecio de las temporales, y al venir el esposo se ofrezcan purísimas y sin mancha ni arruga.

Concedemos libremente que el prelado pueda encargar estas cosas a alguien que haga sus veces, que tenga un sermón de acuerdo a la fe y a la honestidad.

CAP. XLV.

COMO DEBAN COMPORTARSE LOS SÚBDITOS

Así como en el primer capítulo dibujamos la figura del prelado, en este último decimos cómo tiene que ser el súbdito.

En primer lugar es conveniente que por sobre todas las cosas ame a Dios y al prójimo como a sí mismo.

Luego se abnegará a sí mismo para seguir a Cristo, castigar el cuerpo, no abrazar las delicias, amar el ayuno, consolar a los afligidos, abandonar los hechos del siglo y nada anteponer al amor de Cristo.

Procurará no airarse; no tener simulación en el corazón; no brindar una paz falsa; no olvidar la caridad; decir la verdad con el corazón y con la boca; no devolver mal por mal, no hacer injurias, sino mantener una santa paciencia; amar a los enemigos.

El súbdito no debe ser soberbio ni amante del vino, ni comilón, no dado al sueño, ni perezoso, ni murmurador, ni detractor.

Pondrá su esperanza en Dios; cuando viere algo bueno en su persona se lo atribuirá a Dios y no a sí mismo. Sepa que es siempre responsable del mal que ha hecho y a sí mismo se lo atribuya.

Tema el día del juicio, lo aterrorice la gehena, desee siempre la vida eterna, tenga cotidianamente la muerte ante sus ojos, guarde a cada hora los hechos de su vida, sepa que Dios lo mira en todo lugar.

Abra los malos pensamiento las semillas del espíritu, guarde su boca del la mala palabra, la refrene también temporalmente de la buena. Escuche con gusto las lecturas santas, dedíquese frecuentemente a la oración.

Confiese cotidianamente en la oración los males pasados con lágrimas y gemidos, y procure enmendarse de ellos. No ponga en práctica los deseos de la carne; odie la voluntad propia, ame la castidad, huya de la disputa, haga inmediatamente lo que le fuere mandado por un mayor, como si se lo mandara el Señor. Se contente con la búsqueda de las cosas superiores, dé buen ejemplo a todos, medite siempre como debe comportarse interiormente ante los ojos de Dios por su humildad y obediencia para no ser castigado entre los réprobos, sino con los elegidos consiga los premios eternos.

Piense en vivir con tanto cuidado su propia vida como para no complicarse con el cuidado de los demás.

Cuide hacer juicio sobre la vida de sus mayores no ser que por su altanería se vea sumergido en males peores.

Cuídese de criticar las culpas de sus prepósitos, sino que juzgue en su corazón sus propias obras injustas. Constreñido por el temor divino, no recuse permanecer reverentemente bajo su dominio, porque quien quiere progresar en la religión no debe considerar el mal que hace el otro, sino que debe hacer él mismo el bien, puesto que el converso no tiene necesidad de reprender a los demás, sino más bien de juzgarse a sí mismo.

El súbdito practique, fundamentalmente, un celo de amor fervoroso, dándose mutuamente honor uno a otro. En cualquier lugar donde se encontraren, el más joven se incline ante el más anciano, mostrándole reverencia. Y si se encontrare sentado, pasando uno de más edad, se levante el menor, y le ofrezca el lugar para sentarse.

Cuando alguien ofrezca alguna cosa a otro, o lo sirva, inclinada la cabeza, haga siempre una reverencia uno al otro.

Toleren con suma paciencia las debilidades del otro, sea las del cuerpo como la de las mañas.

Obedeciéndose mutuamente, nadie haga lo que considere personalmente más útil, sino obre preferentemente lo que piense el otro.

Demuestren con amor la caridad de la fraternidad, teman a Dios, amen con caridad sinceridad y humilde a su prelado, no antepongan nada a Cristo Señor, el cual nos conduzca a todos a la vida eterna. Amen.

FIN.