SEGUNDA REGLA

DE LOS PADRES

Reunidos en asamblea en nombre del Señor nuestro Jesucristo, según la tradición de los Padres, hombres santos, nos ha parecido oportuno escribir y ordenar la regla que ha de ser observada en el monasterio para utilidad de los hermanos, a fin de que no nos encontremos en dificultad ni haya sujeto de dudas para el Superior que ha sido constituido en este lugar.

De modo que todos, como está escrito, con animo concorde y con los mismos sentimientos, honrándose mutuamente, guarden con cuidadosa observancia cuanto ha sido ordenado por el Señor.

Sobre todo, teniendo caridad, paciencia, mansedumbre, y todo lo demás que ha sido enseñado por el Santo Apóstol, nadie reivindique algo como propio, sino, como está escrito en los hechos de los Apóstoles: Tenían todas las cosas en común (Hech 2, 44).

En todas las cosas teman, amen y escuchen sinceramente a aquel que ha sido antepuesto, por juicio de Dios y ordenación sacerdotal, porque si alguien lo menosprecia, desprecia a Dios, como está escrito: Quien los escucha, a mí me escucha, y quien os desprecia, a mí me desprecia, y quien me desprecia, desprecia a aquel que me enviado (Lc. 10, 16).

Ningún hermano sin el consentimiento del superior haga nada, ni regale nada, ni vaya absolutamente a ninguna parte sin una palabra de orden.

No se hagan daño mutuamente con comadreos inútiles, sino que cada cual se dedique a su trabajo y a sus ejercicios monásticos y tenga el pensamiento dirigido al Señor.

En las reuniones comunes ninguno de los más jóvenes abra la boca sin ser interrogado.

Si alguno en privado quiere recibir un apalabra de ánimo o de consuelo, lo haga al momento oportuno.

Cuando llega un peregrino, solamente se le ofrezca una acogida humilde y el abrazo de paz. Por el resto no se preocupen de donde viene, ni con que finalidad viene ni cuando partirá de nuevo, ni se unan a él para conversar.

También hay que atenerse a lo siguiente:

Cuando están presento uno de los ancianos o alguien que tiene la precedencia en el orden del salterio, el que le sigue no tiene la facultad de hablar, ni hacer nada que no le corresponda, sino intervenga solamente quien tiene que preceder en el orden, como ha sido dicho, y esto hasta el último de la jerarquía. especialmente en la oración, pero también en el trabajo o en dar una respuesta.

Si el que tendría la precedencia es menos instruido y es inexperto en hablar, y cede el puesto, entonces hable el que sigue. Pero todo sea hecho con caridad, no con animosidad o con algún tipo de presunción (1Cor. 16, 14).

El orden de las oras canónicas y de los salmos y el tiempo de los ejercicios y del trabajo, sean observados como ha sido establecido más arriba.

Los hermanos tengan sus ejercicios regulados en modo que lean hasta la hora de tercia, a menos que no presente alguna necesidad de hacer un trabajo en común, omitiendo entonces también los ejercicios mencionados.

Después de la hora tercia, cada uno se dedique a su trabajo, hasta la hora nona, y cumplan sin murmuración ni a desgano cuanto le haya sido impuesto, como enseña el Apóstol santo (Cfr. Fil. 2, 14).

Si alguno murmurara o se mostrare pendenciero o con voluntad contraria hiciera oposición a las órdenes. una vez que hubiere sido merecidamente reprendido, sea mantenido en lugar apartado, a juicio del superior, tanto tiempo cuanto lo exige la índole de la culpa, hasta que, haciendo penitencia, no se hubiere humillado y enmendado.

Quien fuere castigado no se atreva a ir a otro lugar.

Si uno entre los hermanos que están en el monasterio y viven en las "celdas", se mostrare consenciente a su error, sea considerado muy merecedor de la excomunión.

A la hora de la oración, dada la señal, si alguien no estuviera pronto, deje inmediatamente cualquier trabajo que estuviere ejecutando, dado que nada se debe anteponer a la oración. Si no lo hiciere sea dejado fuera del oratorio, para su vergüenza.

Todo hermano hará todo lo posible para no ceder al cansancio durante el tiempo en el cual se hacen las lecturas, tanto de día como de noche, cuando se debe permanecer más tiempo en la oración. No salgan fuera sin necesidad, porque en el Evangelio está escrito: Es necesario orar siempre, sin cansarse (Lc. 18, 1); y en otro lugar: Nada te impida orar continuamente (Eccl. 18, 22).

Si alguno pensare en salir de la oración sin necesidad, sino por vicio, sepa que si fuere sorprendido en falta, será juzgado culpable porque con su negligencia arrastra a los demás a la culpa.

En las vigilias, cuando todos están reunidos, está prescrito que cualquiera que sale fuera presionado por el sueño, no se ponga a charlar, sino que inmediatamente retorne a la acto para cual se habían reunido.

En la misma reunión, cuando se lee, tiendan siempre los oídos hacia la Escritura, y guarden todos silencio.

También tenemos que añadir lo siguiente:

El hermano que por cualquier tipo de culpa es reprendido o reprochado tenga paciencia y no responda a quien lo reprende, sino se humille en todo según el precepto del Señor que dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes (Sant. 4, 5); y Quien se humilla será exaltado (Lc. 14, 11).

Quien hubiere sido castigado varias veces y no se hubiere enmendado, será destinado al último lugar en el orden de la comunidad.

Quien ni así se enmendare, sea expulsado de la comunidad, como dice el Señor: Sea para tí como un gentil o un publicano (Mt. 18, 17).

A la mesa ninguno hable sino con aquel que preside y quien es interpelado.