Enero 12: San Bernardo de Corleone. Religioso de la Primera Orden (1605‑1667) Beatificado por Clemente XII el 15 de mayo de 1768 (Decreto de canonización julio 1/2000).

Bernardo, bautizado con el nombre de Felipe,  nació en Corleone, en Sicilia, el 6 de febrero de 1605.  Hijo de Leonardo Latini y Francisca Sciascia. De joven ejercitó el oficio de zapatero. De estatura y constitución hercúlea, era temible hombre de mundo y sobre todo de armas tomar. Un buen día tuvo una discusión con otro, y de las palabras pasaron a los hechos, ambos tomaron la espada y tras un breve duelo, el otro quedó gravemente herido. Para huir a la justicia humana se refugió en una iglesia invocando el “derecho de asilo”; y aunque escapó a la justicia humana, no pudo evitar la de su conciencia. En la soledad y en la meditación reflexionó largamente sobre el delito cometido y sobre toda su vida desperdiciada, inútil y disipada, odiosa a los demás y dañina para la salud de su propia alma, que es lo más precioso que el hombre posee. Se arrepintió, invocó el perdón de Dios y de los hombres e hizo áspera penitencia. Para reparar su pasado, con vestidos de penitente decidió tomar el sayal de los hermanos menores Capuchinos. Abandonó a Corleone, que le recordaba su pasado sangriento y tocó a la puerta del convento de Caltanissetta, en Sicilia, donde fue admitido como religioso.

Fue en verdad un hombre nuevo, decidido a alcanzar una perfección cada vez más alta, con humildad, obediencia, austeridad. Dormía en el duro suelo de su celda no más de tres horas por noche y multiplicaba sus ayunos. Aunque inculto e iletrado, alcanzó las alturas de la contemplación, conoció los más profundos misterios, curó cuerpos enfermos, distribuyó consuelos y consejos, intercedió con oraciones que alcanzaron gracias a manos llenas. Esto durante 35 años, hasta su muerte.

Oración asidua, caridad prodigiosa, filial devoción a la Virgen Inmaculada, fueron el secreto de su santidad. Se preocupó por conformarse con Cristo crucificado. Tomó en serio el evangelio y se empeñó en vivirlo integralmente. Los días de su vida fueron una ascensión a Dios, un apostolado para reconducir almas a Dios. El 12 de enero de 1667 en Castelnuovo cerca de Palermo, viene Jesús a llamarlo a sí. Y él, purificado con la penitencia expiatoria, dejó gozosamente la tierra para ir al cielo. Tenía 62 años de edad.