Enero 25: San Pablo Ibaraki, Mártir japonés, de la Tercera Orden († 1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Los misioneros franciscanos en las fervientes cristiandades del Japón, difundieron ampliamente la Tercera Orden Franciscana, para mejor formar colaboradores en su apostolado. Muchos terciarios franciscanos prestaron generosamente su colaboración como catequistas, enfermeros en los hospitales, maestros en las escuelas, asistentes en las escuelas infantiles, colaboradores en la evangelización. Dios bendijo a estos bravos ayudantes con muchas conversiones de paganos. Cuando estalló la persecución contra los cristianos, 170 eran los terciarios que habrían de sufrir el martirio. Declararon solemnemente: “Somos todos cristianos, discípulos de los misioneros franciscanos; con ellos hemos predicado la fe en Cristo, con ellos queremos morir!”. Los oficiales imperiales se limitaron a capturar doce terciarios de Meaco, tres de Osaka y luego se les unieron otros dos. Fueron así diecisiete los terciarios de San Francisco, que con su sangre sellaron la fe en Jesucristo.

Entre ellos Pablo Ibaraki, que nació en el reino japonés de Ovari, convertido al cristianismo por San León Karasuma. Hecho terciario franciscano desarrolló gran parte de su actividad apostólica en la región de Meaco colaborando con los franciscanos en la difusión del catolicismo y en la asistencia a los enfermos en calidad de enfermero. Sometió su cuerpo a severísimas penitencias.

En diciembre de 1596 el gobernador japonés Hideyoschi, llamado Taicosama, después de un período de tolerancia religiosa, ordenó que fueran apresados los franciscanos y sus colaboradores. También Pablo fue capturado y condenado a muerte. La sentencia debía cumplirse en Nagasaki; pero primero, con sus hermanos de fe, fue sometido a duras pruebas: le fue cortada la oreja izquierda, fue expuesto al desprecio de la población, llevado por las calles de la ciudad. En el viaje de traslado esta forma ignominiosa de exposición se repitió frecuentemente. Murió crucificado en Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Los enfermeros de los hospitales y de las clínicas deberían ver en San Pablo Ibaraki su patrono y protector, para que la asistencia a los enfermos sea verdaderamente profesión y misión de bien para el cuerpo y para el alma de los pacientes.