Enero 26: San Gabriel de Duisco (1578‑1597). Mártir japonés. De la Tercera Orden. Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Gabriel, joven paje del gobernador de Meaco descendía de una noble y antigua familia japonesa. Con la gentileza del trato, la dulzura de su carácter, su bella personalidad, se había ganado el aprecio y el cariño de todos. Era amigo de los franciscanos de Meaco, a menudo iba a charlar con ellos, especialmente cuando los veía en la corte del gobernador. Iluminado por la gracia de Dios pidió el bautismo y decidió hacerse terciario franciscano. Deseaba consagrar su vida para el bien de los hermanos, y fue acogido en el convento para comenzar sus estudios y prepararse para la vida franciscana y el sacerdocio. A los muchos amigos que, instigados por los bonzos, iban al convento a persuadirlo para que regresara a casa y volviera a hacerse pagano, les respondía siempre con gran firmeza. El asalto más fuerte vino de sus padres, que irritadísimos fueron al convento con otras personas decididos a volverlo a casa por la fuerza. Gabriel se echó a sus pies y les suplicó: “Queridos papacitos, por el amor que siempre les he tenido, los conjuro a dejarme en paz con los padres misioneros. Si de verdad me quieren, no me priven de un don tan grande. Dios me ha llamado, me quiere para sí. ¿Acaso ustedes quieren oponerse a su voluntad? Sepan que me he entregado totalmente a él y a su religión, que es la única verdadera”. Después habló a sus padres largamente de la religión católica exhortándolos a abrazarla también ellos para poder salvarse eternamente. La madre le respondió: “Hijo, ¿no comprendes el gran error en que has caído? ¿Qué puedes conseguir con estos extranjeros tan pobres que para poder sobrevivir tienen que pedir limosna de puerta en puerta?”. Gabriel le contestó: “Madre, sigo a estos padres porque ellos siguen a Jesucristo, Rey del cielo y de la tierra, Juez justo, que premiará a los buenos con la gloria del paraíso y castigará a los malos con las penas del infierno. Si los padres son pobres, lo son por amor de Jesús, para hacernos comprender que infinitamente más grandes que los bienes de la tierra son los bienes del cielo. Ellos han venido a indicarnos el verdadero camino a los hijos de las tinieblas. Yo deseo seguir este camino para alcanzar los bienes eternos. Te pido, pues, dejarme en paz. No podrás convencerme ni con promesas ni con amenazas ni siquiera con la muerte.”. Estas palabras conmovieron profundamente a los papás, que abrazándolo tiernamente lo dejaron en paz. Estuvo tres años en el convento de Meaco. A la edad de diecinueve años su frente fue coronada con la aureola de los mártires en la colina de Nagasaki el 5 de febrero de 1597.