Febrero 5: Santo Tomás Danki de Ize († 1597). Mártir japonés de la Tercera Orden († 5 feb. 1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Taikosama, gobernante indiscutido del Japón de 1582 a 1598, en los primeros años fue favorable a los cristianos. Después de la desafortunada guerra con Corea pretendió tener la soberanía sobre las Islas Filipinas en perjuicio de los españoles y luego ante la oposición de éstos, emanó, con fecha 24 de julio de 1587, un edicto de proscripción contra los cristianos. Sin embargo la propaganda misionera continuó su actividad y Taicosama dejó dormir su decreto, pero siguiendo atentamente por medio de espías los movimientos de los misioneros.

En 1593 algunos franciscanos bajo el mando de San Pedro Bautista fueron de Manila al Japón, recibidos cordialmente por Taicosama. Fundaron dos conventos y se dedicaron con gran ardor a la evangelización de la región. Una serie de circunstancias desfavorables volvieron hostiles las relaciones entre España y el Japón.

El 8 de diciembre de 1596 Taicosama hizo arrestar en Osaka a seis franciscanos y tres jesuitas y el 31 de diciembre en Meaco a quince terciarios franciscanos, a los cuales se unieron durante el viaje otros dos. Los religiosos transportados a Meaco sufrieron la amputación de la oreja izquierda. Los hicieron subir en carros en grupos de a tres, recorrer las vías públicas a la vista de todos, como se usaba para los delincuentes, con la intención de infundir terror a los cristianos y aumentar los sufrimientos de los mártires. La población les mostraba mucha compasión y procuraba socorrerlos. De Meaco por Secai, Korazu, Facata, llegaron el 5 de febrero a Nagasaki, a la Colina Santa, lugar de la ejecución, que se realizó mediante la crucifixión. Tuvo lugar en presencia de numerosos cristianos y marineros portugueses.

Entre las víctimas estaba Tomás Danki, natural de Ize, colaborador de los misioneros y fervoroso terciario franciscano. Junto con los otros mártires, con el rostro radiante de admirable serenidad, desde el patíbulo seguía predicando la fe en Jesucristo. Eran las diez de la mañana cuando los esbirros con las lanzas listas esperaban la orden del gobernador para matar a sus víctimas. Los victimarios asesinaron primero a los religiosos, luego a los demás japoneses. El último de la gloriosa falange fue San Pedro Bautista, quien antes de consumar su propio sacrificio tuvo la alegría de ver a todos sus hijos partir hacia el cielo adornados con la corona del martirio.