Febrero 14: Santo Tomás de Nagasaki, Mártir japonés de la Tercera Orden (1582‑1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Entre los gloriosos mártires de Nagasaki que el 5 de febrero de 1597 inmolaron su vida a Dios con el suplicio de la cruz, había tres terciarios franciscanos muy jóvenes: Tomás de Nagasaki de quince años, hijo de un mártir; Antonio Ibaraki, de trece años y Luis Kosaki, de once años. Vivían en el seminario franciscano, donde se preparaban para el sacerdocio. Vivían una vida pura y santa, al servicio de la Iglesia como acólitos y catequistas para la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños. Prestaban igualmente otros servicios de acuerdo con su edad. Los dos primeros vivían en el convento de Osaka cuando fueron arrestados junto con San Martín de la Ascensión. Eran tres jóvenes atletas intrépidos e inconmovibles en su fe, hasta impresionar a sus mismos verdugos.

Fazamburo, el gobernador de Nagasaki, al verlos tan alegres rezando el Padrenuestro y el Avemaría, alabando a Dios y mirando al cielo, les dijo: «Muchachos, ¿quién les da tanta fuerza para enfrentar gozosos el martirio? Si apenas están en la primavera de la vida! ¿Qué religión es esa que puede transformar en héroes inclusive a los niños? Para ustedes la muerte se vuelve gozo!». Tomás, hijo del mártir Miguel Kosaki, antes de partir para Osaka, escribió a la mamá esta conmovedora carta: «Querida mamá, con la gracia de Dios me he decidido a escribirte esta carta. Ya puedes estar segura: la sentencia ya fue pronunciada: todos nosotros seremos crucificados en Nagasaki. Querida mamacita, no te aflijas, más bien alégrate. No te desesperes si papá y yo tenemos la fortuna de morir por Cristo. Estate segura de que en el cielo jamás te olvidaré, rogaré al Señor que te asista en todas las necesidades y te llene de sus dones. Te consuele el pensamiento de que en la hora de la muerte podrás invocar a tu esposo y a tu hijo, ellos desde el cielo escucharán tu oración y por la sangre que habremos derramado, Jesús te hará partícipe de la felicidad eterna. Arrepiéntete de tus pecados y agradece al Señor los dones recibidos a lo largo de la vida, por haberte arrancado de los lazos de Satanás y por haberte llamado a la luz de la fe. Agradece estos dones y consérvate fiel a las promesas bautismales. Alégrate de ser pobre y despreciada de los hombres. Por sobre las riquezas de la tierra están las del cielo que los hombres no pueden quitarnos. Soporta resignada las tribulaciones. De tus pecados pide humildemente perdón al Señor. Mamá, te recomiendo vivamente a mis hermanos Mancio y Felipe, procura que no se junten con los paganos, para asegurarse el premio eterno. Yo he rogado y rogaré mucho por esto, tú une tus oraciones a las mías por su bien. Adiós, mamá, que el Señor sea tu consuelo en la vida y nos reúna a todos en el paraíso. Soy Tomás, tu hijo, prisionero de Jesucristo». Pocos días después sufría el martirio de la cruz. En el momento del martirio tenía quince años.