Febrero 24: San Matías de Meaco. Mártir japonés, de la Tercera Orden († 1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Matías era un cristiano de Meaco. Al desatarse la persecución y ver que eran detenidos los frailes y los catequistas, también él se presentó espontáneamente para sustituir a un cristiano ausente que llevaba su mismo nombre. Era el 30 de diciembre de 1596: mientras los religiosos de Meaco cantaban vísperas en la iglesia, una turba irrumpió salvajemente en el convento. Los franciscanos comprendieron que había llegado la hora y dieron gracias a Dios. Terminado el oficio divino, entonaron con indecible ardor un Te Deum. San Pedro Bautista con el crucifijo en la mano dirigió a sus cohermanos una cálida exhortación para animarlos a la firmeza en la fe; luego todos se entregaron en manos de los soldados, que los maniataron para llevarlos a la prisión de Meaco.

El oficial, para asegurarse de que no faltara ninguno de los condenados, llamó a lista, y todos respondieron prontamente; sólo faltaba un tal Matías, que casualmente estaba fuera de casa. Llamó el oficial repetidamente, pero en vano. Entonces un cristiano se abre paso entre la multitud y se presenta al oficial valientemente, diciendo: «Yo también me llamo Matías, soy cristiano también, tomo el puesto de un cohermano. Aquí estoy, soy Matías, el que ustedes buscan».

Este Matías era un fervoroso terciario franciscano. Al no aparecer en la lista de los mártires, deseando morir por Cristo, él mismo decidió presentarse a los verdugos. El oficial le contestó: «Pero tú no eres el Matías que buscamos y que ha sido condenado a muerte». El respondió: «Yo sí soy Matías y aunque no soy el que ustedes buscan, sin embargo soy cristiano, terciario franciscano, discípulo y amigo de los franciscanos; por eso quiero morir con ellos por Cristo!». El oficial lo hizo encadenar y lo juntó al grupo de los mártires. De esta manera logró recibir también la palma del martirio junto con los demás.