Febrero 26: San Antonio de Nagasaki. Mártir de la Tercera Orden (1584‑ 1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.

Antonio nació en Nagasaki, de padre chino y madre japonesa, ambos cristianos. Todavía niño fue encomendado a los franciscanos que lo educaron en una profunda piedad y al servicio asiduo del altar en calidad de acólito, con diligencia ejecutaba todas las ceremonias con gran admiración de los fieles, los cuales comenzaron desde entonces a llamarlo «el santico». Por su celestial candor y su gran devoción fue aceptado como miembro de la Tercera Orden.

Antonio se apegó tanto a los franciscanos, que cuando su rector del Seminario, San Jerónimo de Jesús, fue trasladado primero a Meaco y luego a Osaka, quiso seguirlo a toda costa. Cuando llegó la orden de arresto para todos los religiosos, Antonio, de apenas 13 años, habría podido huir, pero quiso quedarse con ellos decidido a sufrir el martirio. Mientras iban en el recorrido hacia Nagasaki, se presentaron sus padres adoloridos, no para hacerlo apostatar, sino para pedirle que regresara a casa. Las autoridades se lo habrían permitido, pero él les respondió: «Papá y mamá: no teman; el Señor me dará tanta fuerza y valor que no retrocederé ante la muerte. El martirio para mí es el más grande regalo que el Señor puede hacerme. Por eso, es inútil que ustedes me quieran convencer de lo contrario; no lo lograrán».

Fazaburo, que presidía las ejecuciones, conmovido por este diálogo, quiso persuadir a Antonio para que renegara de su fe, pero Antonio le respondió: «Es un verdadero error querer comparar el paraíso con las riquezas terrenas». Luego se dirigió a sus padres, les entregó el quimono azul y se quedó con la túnica de terciario franciscano, les pidió que no se desalentaran, sino que más bien se sintieran orgullosos de ser los padres de un mártir. Alegre y sonriente se dejó atar a la cruz, desde la cual, con los otros adolescentes, Luis y Tomás, entonó el salmo: «Alabad, niños al Señor!». Mientras pronunciaban el Gloria al Padre, fue traspasado por la lanza de los verdugos. Al pie de su cruz estaban su padre y su madre, rogando que la sangre de su hijo fuera semilla de nuevas generaciones de cristianos.