Marzo 25: Anunciación del Señor

Dios no vino al mundo por la fuerza. El «sí» de María realiza definitivamente la alianza. En ella está todo el pueblo de la Promesa: el antiguo (los hebreos) y el nuevo (la Iglesia). El Señor está con ella, Dios es nuestro Dios y nosotros somos por siempre su pueblo. El Hijo de Dios, haciendo su primera entrada al mundo, dijo su primer «sí»: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad». Recibe la respuesta del Padre, el cual, después del ofrecimiento generoso de la pasión, sellará con la resurrección, en el Espíritu Santo, la salvación presentada a todos a través de la Iglesia.

La encarnación es también el misterio de la colaboración responsable de María en la salvación recibida como regalo. Nos hace ver que Dios, para salvarnos, ha escogido el método de pasar a través del hombre: «... y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros... y hemos visto su gloria». (Jn 1,14).

La solemnidad de hoy que en otro tiempo se llamaba: Anunciación de María, hoy en cambio se llama: Anunciación del Señor. Es el Señor quien se encarna en María de Nazaret. Es Dios quien elige por madre de su propio Hijo a una muchacha israelita, en Nazaret, ciudad de Galilea. Protagonista de la escena del angélico anuncio es María, pero protagonista del misterio de la anunciación es el Señor mismo, que en la Virgen tomará carne de hombre.

Es importante no confundir al Redentor con su Colaboradora, el sacerdote universal con la medianera universal, el plan de la salvación con su purísimo instrumento: la sierva de Dios con la voluntad de él.

Fiesta del Señor, por tanto, en cuya luz se exalta y se define la figura de María: «humilde y más que cualquier otra criatura». Solemnidad para la Iglesia y fiesta cara a todos los cristianos. En efecto el momento en que la muchacha de Nazaret pronuncia su «sí», acepta que se haga la voluntad del Señor, es un momento que dividió para siempre la historia del mundo. En aquel momento la eternidad entra en el tiempo. Dios se vuelve historia. La Anunciación del Señor celebra tan fulgurante injerto que tiene su flor en la Navidad y su fruto maduro en la Pascua.

No se equivocaban los antiguos florentinos cuando no hacían comenzar su año civil con el primero de enero ni con Navidad, sino con el 25 de marzo, día de la anunciación del Señor, es decir, de la encarnación del Verbo, fecha con la cual se comienza la historia, no de una ciudad o de una civilización, sino de toda la nueva humanidad. El 25 de marzo tiene lugar la solemnidad que pone de relieve también a María, la anunciada. Este adjetivo es el atributo más bello de María, o sea de la mujer que, como flor de toda la humanidad, se hace digna de llegar a ser purísima colaboradora en la obra de la salvación universal de la humanidad.

María al anuncio del ángel Gabriel acogió en la fe la palabra de Dios y, por la acción misteriosa del Espíritu Santo, concibió y con inefable amor llevó en su vientre al primogénito de la nueva humanidad, que debía dar cumplimiento a las promesas hechas a Israel y revelarse al mundo como el Salvador esperado de las naciones.