Abril 21: San Conrado de Parzham. Religioso de la Primera Orden. (1818‑1894). Canonizado por Pío XI el 20 de mayo de 1934.

Conrado Birdorfer es el segundo alemán canonizado después de la escisión luterana, precedido por San Fidel de Sigmaringen, protomártir de la Propaganda Fide.

Nació el 22 de diciembre de 1818 de una familia numerosa, propietaria de una empresa en Venushof, en el valle del Rott, en la diócesis de Passavia. Huérfano a los 16 años, se dedicó a los trabajos agrícolas, distinguiéndose por la práctica de la virtud y el espíritu de oración. Sintiéndose llamado a la vida religiosa, entró de 31 años a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y emitió la profesión el 4 de octubre de 1852. Destinado al oficio de portero en el convento‑santuario de Altötting (Baja Baviera), permaneció allí 43 años, edificando a sus cohermanos y a los peregrinos mediante el ejercicio de la caridad y de una paciencia inalterable. Estaba como un centinela, dispuesto allí para dar consejos, una buena palabra  que devolviera la confianza a los desalentados. Su piedad eucrística y su devoción a a Virgen eran la fuente de aquella serenidad que contagiaba a quienes se le acercaban. Solía decir: “La Cruz es mi libro… una mirada a ella me enseña cómo debo actuar en cada circunstancia”.

Devoto de la Virgen y de la Eucaristía, dotado de dones extraordinarios, como el espíritu de profecía, llevó a cabo un despertar de la fe en las regiones donde se difundió la fama de su santidad. Animado por el celo apostólico también colaboró en la obra benéfica a favor de la infancia abandonada y periclitante conocida con el nombre de Liebesswerk.

El 18 de abril de 1894, después de haber acolitado la misa fue a la portería, pero allí se sintió mal, pidió a otro hermano que lo reemplazara en el trabajo esperando recuperar las fuerzas, pero las fuerzas no le volvieron. Después de Vísperas se dijo al superior humildemente: “Padre, ya no puedo más”... El le ordenó guardar cama en la celda llamada de la Sma. Virgen. Fray Conrado, sin dejar notar que sufría, apretando entre las manos el crucifijo y el rosario, se entregó a la oración. La mañana del 21 de abril recibió la santa comunión, la unción de los enfermos y la absolución general. La calma y la serenidad que brillaban en el rostro del piadoso religioso no dejaban ver la inminencia de la muerte. En cierto momento oyó sonar repetidamente la campanilla de la puerta, fiel a su deber hasta última hora, con gran esfuerzo se levantó e intentó salir, pero no tuvo fuerzas; pasó en aquel momento un novicio que con la ayuda de otros lo volvió a acomodar en el lecho. Pronto entró en agonía. Le rezaron las oraciones de los moribundos y a las 20 horas, al Ave María de la tarde, expiró santamente con la vista puesta en el cielo, el 21 de abril de 1894. Tenía 76 años de edad. A su muerte se agolparon muchos, sobre todo niños, a venerar sus despojos mortales.