Mayo 12: San Leopoldo Mandic. Sacerdote de la Primera Orden (1866‑ 1942). Canonizado por Juan Pablo II el 16 de octubre de 1983.

Nació en Castelnuovo de Cattero en Dalmacia, el 12 de mayo de 1866, de familia croata, bautizado con el nombre de Adeodato, hijo de Pedro Mandic y Carla Zarevic. Sus padres, profundamente religiosos, lo educaron en los más elevados sentimientos hacia Dios y los hombres. A los 16 años, sintiéndose llamado a la preparación del regreso de los Orientales a la unidad en la Iglesia Católica, abandonó su casa paterna y entró en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos. El 20 de septiembre de 1880 en Venecia fue consagrado sacerdote. Convencido cada vez más de que el Señor lo llamaba para la gran obra, pidió insistentemente a sus superiores que se le permitiera partir al Oriente para dedicar su vida a la reunificación de los cristianos ortodoxos. Las precarias condiciones de su salud no se lo permitieron, y él inclinó la cabeza a la voluntad de los superiores y pasó por diversos conventos dedicado al ministerio de la confesión, hasta que en 1909 fue destinado al convento de Padua para atender establemente el confesionario. Allí permaneció hasta su muerte.

Una pequeña celda adyacente a la iglesia se convirtió en el campo de su maravilloso apostolado: la confesión. Este divino ministerio se convirtió en manos de San Leopoldo en una poderosa arma para la salvación de las almas, para su progreso en los caminos de Dios. Atendía todo el día sin una hora de reposo, sin vacaciones, a pesar del tórrido calor del verano y del intenso frío del invierno; en su celdita nunca tuvo calefacción.

Pronto la desmantelada celdita se convirtió en un faro luminoso que atraía a innumerables almas necesitadas de paz y de consuelo; para todos San Leopoldo tenía palabras de perdón, de consuelo, de estímulo al bien. Sólo el Señor sabe cuántos penitentes se postraron ante él en cuarenta años, cuánto bien pudo realizar. Y todo en el silencio más absoluto, en un profundo ocultamiento. Ningún ruido a su alrededor. Pedía al Señor poder hacer mucho bien pero de modo que nadie lo supiese. Y fue escuchado, porque ni la prensa ni otros medios de difusión se ocuparon de él. Dios solo debía ser glorificado en su humilde persona. Sufriendo siempre, soportó todo por la salvación de las almas que se acercaban a él, e inclusive añadía penitencias ocultas. No descansaba más de cuatro horas.

Llegó a los setenta y seis años. Un tumor en el esófago le arrebató la vida en la mañana del 30 de julio de 1942, mientras se preparaba para celebrar la Misa. Aquella mañana él mismo se volvió víctima en el altar del Señor. Sus últimas palabras fueron una invocación a la Virgen, de la cual siempre había sido devoto. La voz y la convicción de todos era que había muerto un santo. Su cuerpo, sepultado en una capilla junto a su confesionario fue encontrado incorrupto.