Junio 28: Santas María Ermelina de Jesús, María de la Paz, María Clara, María de Santa Natalia, María de San Justo, María Adolfina, María Amandina, Franciscanas Misioneras de María, Mártires de Tai‑yuen‑fu († 9 de julio de 1900). Canonización: Juan Pablo II, octubre 1 de 2000. (Su fiesta, el 8 de julio).

El 9 de julio de 1900, con los mártires franciscanos de la Primera Orden dieron su vida siete Franciscanas Misioneras de María, llevadas a China por Mons. Fogolla el 4 de mayo de 1899. Un soldado pagano que presenció el martirio decía después: “Lo que más impresionaba era ver estas vírgenes europeas que morían cantando y sonriendo. Verdaderamente es grande la religión que sabe infundir tanta alegría ante la muerte”:

María Ermelina de Jesús (Irma Grivot). Nació el 28 de abril de 1866 en Baune (Dijon), Francia, era la Superiora del grupo. Dotada de no común ingenio, unido a un carácter firme y resuelto, había hecho brillantemente los estudios hasta obtener el diploma de docente. Después de su consagración en el Instituto de María de la Pasión en septiembre de 1896, fue un ejemplo constante de perfección hasta el punto de que aun Mons. Fogolla quedó sorprendido de la prudencia no común de la joven hermana. Solía repetir: “A pesar de nuestras preocupaciones sigo tranquila y confiada. Somos todos hijos de Dios y nos entregamos a su Divina Providencia. Lo que Dios cuida está bien cuidado”. Invitada a huir, Hermelina protestó vivamente que había ido para dar la sangre por Jesucristo y quiso seguir a los Obispos y Misioneros en la cárcel y a lo largo del suplicio. Vino a ser protomártir de su instituto a los 34 años de edad.

María de la Paz (María Ana Giuliani) (1875‑1900), asistente de la superiora, es la más joven de las protomártires. Nació en Bolsena (Viterbo) el 13 de diciembre de 1875. Ingresó en el Instituto en 1892. En Francia, Austria e Italia dejó en todas partes el perfume de sus virtudes. Dios reservó a la joven hermana horas de agonía dolorosa. Un año antes del martirio escribía: “La persecución amenaza. Los chinos tienen sed de sangre de mártires. Se dice que estamos más cerca del cielo y que para llegar allí sólo falta un paso”. Alma eminentemente musical, María de la Paz, al aparecer los asesinos, entonó el triunfal “Te Deum” que sus compañeras prosiguieron hasta el momento del martirio.

María Clara (Clelia Nanetti). Nació en 1872 en S. Maria Maddalena, diócesis de Adria‑Rovigo de padres piadosos. A los 18 años en Roma ingresó en el Instituto. Tomó el hábito en 1892. A los que la compadecían por su decisión de hacerse religiosa les decía: “Cuando yo sea religiosa viviré como religiosa y no retrocederé. Mi vida será toda del Señor y de los hermanos”. También en China hizo honor a su programa de vida: “Las manos en el trabajo y el corazón en el cielo!”. Con una vida de recogimiento, de trabajo y de intensa piedad, se preparó para el martirio. Avanzó a la cabeza del grupo de hermanas hacia el lugar del suplicio y fue la primera en ofrecer la cabeza a la espada.

María de Santa Natalia (Juana María Kerguin). Nació en Belle-Isle-en‑Terre, Francia, el 5 de mayo de 1864. A los 24 años ingresó en la comunidad. Le gustaba llamarse “el burrito de San Francisco”. “Estoy feliz en China porque siento que estoy en mi vocación – escribía a la fundadora – y quiero ganar muchas almas para Dios”. Es la mayor en edad del grupo, pero también la más sencilla y humilde. El trabajo incansable realizado en la atmósfera sobrenatural de alegría franciscana y el sufrimiento físico son las dos características suyas.

María de San Justo (Ana Moreau) (1866‑1900). Nació en Rouen, Loira Inferior, el 9 de abril de 1866. Su vocación misionera nació leyendo los Anales de la Propagación de la Fe. “Ir a China, hacer algo grande y dar finalmente la vida por los pobres chinos... Este es mi sueño!”. Ingresó a escondidas de la familia en la comunidad en Chatelets; tomó el hábito el 23 de octubre de 1890. Fue un verdadero modelo de actividad y piedad. Padeció grandes sufrimientos interiores y su alma anhelaba las grandes cumbres místicas. En una de sus últimas cartas escribió: “El buen Dios sigue haciéndome sufrir, pero al mismo tiempo me socorre con su gracia... Pasaré gustosa días enteros a los pies del Santísimo Sacramento; es tan dulce derramar el propio corazón en el del Maestro”. “Tengo un solo deseo: el de ser una verdadera Franciscana Misionera de María. No obstante la lejanía, quiero permanecer siempre apegada a mi instituto y conservar su espíritu. En prueba de ello firmo esta hoja con mi propia sangre”.

María Adolfina (Ana Diericks) (1866‑1900). Nació en Ossendrecht, Holanda, el 8 de marzo de 1866. El 19 de marzo de 1892 ingresó en la comunidad, en Amberes. Siempre humilde y oculta, en el trabajo y en la oración, reservándose los trabajos más duros con alegría y espontaneidad. El año que pasó en China lo vivió en el fiel cumplimiento de sus compromisos religiosos, en obediencia, prodigándose de la mañana a la tarde y con frecuencia también en las horas silenciosas de la noche en el servicio a todos. Siempre había deseado y pedido el martirio. “Si tengo la fortuna de ser mártir – decía un día a sus compañeras – vendré, pasaré por todas las celdas y a cada una le daré un pedazo de mi palma”. Supo confesar valientemente su fe ante el tirano.

María Amandina (Paulina Jeuris) (1872‑1900). Amandina nació en Schakebroeck, Bélgica, el 28 de diciembre de 1872. Ingresó al Instituto en Amberes, en 1895. En China fue encargada de la dirección del dispensario donde los enfermos acudían en gran número y siempre encontraban a la hermana sonriente y lista a darles con el remedio una buena palabra. Sor Hermelina escribía de ella: “Es muy joven en edad, pero fuerte de carácter. Ríe y canta todo el día; esto no está mal...” Y ella misma escribía: “Siempre estoy contentísima y agradezco todos los días al buen Jesús por todas las gracias que me ha dado al darme a mí y a mis tres hermanas un puesto en la vida religiosa. Puedo afirmar con toda seguridad que estoy tan contenta como es posible estarlo aquí”. Los Chinos la llamaban “la virgen europea que ríe siempre”, por su inalterable serenidad. En el momento del martirio todavía no había cumplido los 28 años.