Agosto 13: Beato Santos de Montebarocchio. Religioso de la Primera Orden (1343‑1392). Aprobó su culto Clemente XIV el 18 de agosto de 1770.

Santos Brancorsini, hijo de Juan Domingo y Eleonora Ruggeri, nació en Montefabbri, cerca de Urbino, en 1343 y fue bautizado con el nombre de Juan Santos. Estudió gramática y derecho en la universidad de Urbino, pero no tomó la láurea de doctor porque se dedicó a la carrera militar.

A los 20 años asaltado por un pariente y forzado a defender su propia vida, blandió la espada y lo hirió mortalmente. Angustiado por esta involuntaria muerte, Santos renunció a la vida militar, y en 1362 entró en la Orden de los Hermanos Menores en el estado de religioso laico, en el convento de Scotaneto cerca de Montebarocchio. La penitencia y la humildad fueron sus virtudes particulares. Sus devociones, la Eucaristía, con la participación devota en la santa Misa, y la Bienaventurada Virgen María. Además de los oficios propios de su estado, por su cultura y sus virtudes que lo distinguían, tuvo el oficio de maestro de novicios hermanos laicos.

Movido por el espíritu de expiación pidió a Dios sufrir los dolores que había causado a su pariente en el mismo punto en que lo había herido. Fue escuchado. En una llaga ulcerosa que se le formó en la pierna derecha, de la cual nunca más se curó. Los biógrafos le atribuyen muchos dones extraordinarios y milagros.

Una vez, encargado de cortar leña en el bosque vecino, el asno quedó por la noche en campo abierto y fue víctima de un feroz lobo que lo destrozó. Por la mañana el Beato Santos, que se dio cuenta de lo sucedido en la noche, llamó a sí a la bestia feroz, le echó al cuello su cordón y le ordenó de parte de Dios, reparar el mal cometido sometiéndose a llevar la leña del bosque al convento. El lobo se hizo dócil y obediente, y por muchos años continuó prestando su servicio a los religiosos, que se declaraban felices y honrados por un tal servicio.

Aunque era consciente de que lo acaecido con su pariente no había sido voluntario, sin embargo, movido por el deseo de expiar el daño, pidió al señor poder sufrir lo que había sufrido su pariente en el mismo punto en que lo había herido. Fue escuchado, pues en la pierna derecha se le abrió una llaga que lo atormentó con fuertes dolores hasta su muerte.

Un día Francisco Malatesta, duque de Urbino se encontró con el Beato Santos y le pidió que obtuviera del Señor que sus tierras fueran libradas de una verdadera invasión de langostas, ratones y otros animales nocivos que devastaban los campos. El devoto hermano se arrodilló, levantó los brazos al cielo y oró. Y he aquí que estos insectos y animales nocivos en breve tiempo fueron a arrojarse en el mar vecino.

Además de los oficios ordinarios, debido a su cultura fue nombrado maestro de los novicios laicos. La santidad del Beato Santos atrajo al convento de Scotoneto verdaderas turbas de pueblo, ansioso de ver al hombre de Dios, de oír su inspirada palabra, para pedirle gracias y favores. Para todos tenía una palabra de aliento y de consuelo. Dios lo glorificó con éxtasis y arrobamientos espirituales. Fervoroso devoto de la Santísima Virgen, durante toda su vida difundió su culto. Pidió a la Virgen Santa que lo llamara a Dios el día de su gloriosa Asunción al cielo. De hecho la noche del 14 al 15 de agosto de 1392, después de haber recibido la última bendición de su superior, a los 49 años de edad su santa alma voló gozosa a la gloria del cielo.

= Agosto 13: Sierva de Dios Armida Barelli. Virgen de la Tercera Orden (1882‑1952). Cofundadora de la Universidad del Sagrado Corazón y de las misioneras de la Realeza. En proceso de beatificación.

Armida Barelli nació en una familia de la burguesía acaudalada de Milán. Hizo sus estudios en el Instituto de Santa Cruz de Menzingen (Suiza), lo cual le permitió hablar correctamente el francés y el alemán. En 1913, después de no pocas vacilaciones interiores, hace la ofrenda perpetua de sí misma a Dios para el apostolado en el mundo. Desde entonces marcha segura, bajo la guía del Padre Arcángel Mazzotti, más tarde arzobispo de Sassari y que será su director espiritual hasta su muerte. Entra a formar parte del grupo espiritual del Padre Agustín Gemelli, Mons. Francisco Olgiati y del venerable doctor Luis Necchi. El Padre Gemelli ve concretizarse en ella la idea de aquel nuevo tipo de consagración a Dios en el mundo, que luego realizará con la fundación de las Misioneras de la Realeza, agregadas a la Orden Franciscana seglar. Los años 1914‑1915 los pasó enferma en Pegli. Fue ella quien transmitió al padre Gemelli la idea de la consagración de los soldados al Sagrado Corazón y trabajó incansablemente en ello. La consagración realizada en 1917, después de largos decenios de anticlericalismo, marca en Italia el volver a acercarse de las masas católicas a la Iglesia.

Poco antes habían pasado los días de Caporetto, cuando el Cardenal Andrés Ferrari, arzobispo de Milán, le pidió organizar en la arquidiócesis el movimiento de la juventud femenina de la Acción Católica. Así se inaugura en febrero de 1918 la nueva asociación, que pronto y con grandes repercusiones espirituales se difundirá en toda Italia con el impulso de Benedicto XV, y después sobre todo de Pío XI y de Pío XII. Imposible seguir en todas sus fases el desarrollo de la juventud femenina de acción católica, que al comienzo de la segunda guerra mundial contaba con más de un millón de socias. Imposible enumerar todas las iniciativas sostenidas por Armida Barelli y valorar el peso que tuvieron los diarios por ella dirigidos para combatir el analfabetismo y dar a muchas jóvenes mujeres el valor, el sentido de dignidad y la firmeza de principios.

Junto con el Padre Gemelli es protagonista en la fundación de la universidad católica del Sagrado Corazón (1918‑1921) del Instituto de Misioneras y Misioneros de la realeza y, en 1929, de la fundación de la Obra de la Realeza de Cristo, que tiene como finalidad la difusión de la vida litúrgica. A través de vicisitudes diversas, incertidumbres, incomprensiones, hostilidades, Armida Barelli reunió a su alrededor desde 1919 una familia espiritual de laicas consagradas a Dios, las misioneras de la Realeza, que en 1948 logra el reconocimiento definitivo como instituto secular de inspiración franciscana unido a la Tercera Orden.

Después de la segunda guerra mundial Italia presenta problemas formidables y Armida al igual que en 1918, no se sustrae al compromiso de dar un sentido cristiano a la vida social, empleando toda su fuerza. Nunca como en ese período, mujeres de formación cristiana están presentes en tan alto porcentaje en el Parlamento, en los consejos comunales y provinciales y en otros organismos políticos.

Desde fines de 1947 a 1952 la vida de la Sierva de Dios Armida Barelli por parálisis bulbar progresiva, se convierte en holocausto, consumado en plena adhesión a la voluntad de Dios. Muere en Marzio (Varese) el 15 de agosto de 1952; el día de su Asunción al cielo, María Inmaculada había venido para entregar a Dios el alma de su devota hija.