Junio 15: San Antonio de Hoornaert. Sacerdote y mártir en Gorcum, de la Primera Orden († 1572) Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.
Hoornaert, región del territorio de Gorcum, en Holanda, fue la patria chica del glorioso mártir San Antonio. Sus padres eran muy pobres de bienes de fortuna, pero ricos de virtudes, honestos y muy aferrados a la fe católica.
Recibido entre los Hermanos Menores del convento de Gorcum, terminado el noviciado, hecha la profesión, después de los estudios filosóficos y teológicos, fue ordenado sacerdote y de inmediato se dedicó a la evangelización de la gente del campo, recorriendo parroquias y pequeños poblados se ocupaba en la predicación, instrucción, confesión y atención a los enfermos. Su palabra ardiente y el ejemplo de una vida auténticamente franciscana contribuyeron a preservar muchas familias de los errores calvinistas. Las ininterrumpidas correrías apostólicas, los sacrificios enfrentados con evangélica serenidad, lo hicieron apreciado y popular entre las poblaciones del campo y mucho más grato al Señor, quien le preparaba en el cielo un lugar, la corona y el triunfo eterno de los santos mártires.
Fue arrestado con los demás cohermanos y conducido a la cárcel, donde pasó días de dolor, pero dando pruebas de gran confianza y fortaleza en los sacrificios. A las dos de la mañana del 9 de julio de 1572, Omal y sus secuaces sacaron de la prisión a las víctimas y los llevaron al lugar del suplicio, dando orden de que el primer inmolado fuera el superior, San Nicolás Pick. El heroico franciscano dirigió a sus cohermanos estas exhortaciones: “Queridos hijos, amados compañeros de sufrimiento, escuchad a quien es vuestro padre y hermano, copartícipe de los mismos padecimientos por la defensa de la inmaculada esposa de Cristo la Iglesia Católica, apostólica y romana. En el momento de separarnos os suplico y os conjuro a perseverar con valor y constancia hasta el fin, por nuestra santa fe. Ninguno de vosotros se aparte de sus cohermanos en la hora misma de la victoria. Levantad la mirada al cielo, llevando en vuestras manos la palmas de nuestro holocausto, prontos a introducirnos hacia el trono del Cordero sin mancha, Jesús, quien fue el primero en derramar su sangre por la salvación de la humanidad. Valor, hermanos y compañeros queridos, que ninguno de nosotros rehúse la preciosa corona, estad prontos a dar la vida por aquel que primero sacrificó su propia vida por nosotros. Yo estoy a punto de daros ejemplo, os precedo en el camino que conduce a la gloria. Seguidme con firmeza. Nos encontraremos nuevamente felices e inmortales en la ciudad de los elegidos”.
Todos perseveraron firmes en la fe católica, por lo cual fueron asesinados el 9 de julio de 1572.