Noviembre 4: San Carlos Borromeo. Obispo y cardenal, de la Tercera Orden (1538‑1584). Canonizado por Pablo V el 1 de noviembre de 1610.
Carlos Borromeo es uno de los más grandes obispos de la historia de la Iglesia, grande por su caridad, grande por su doctrina, grande por su apostolado, pero grande sobre todo por su piedad y devoción. “Las almas – solía decir – se conquistan con las rodillas”, es decir, con la oración y oración humilde. San Carlos Borromeo fue uno de los mayores conquistadores de almas de todos los tiempos.
Nació en Arona en 1538 en la roca de los Borromeo, señores del Lago Mayor y de las tierras rivereñas. Era el segundo hijo del conde Gilberto y por tanto, según el uso de las familias nobles, fue tonsurado a los doce años. El joven tomó la cosa en serio, estudiando en Pavía dio de inmediato muestras de sus dotes intelectuales. Llamado a Roma, fue hecho cardenal a los 22 años. Los honores y las prebendas llovieron abundantes sobre su capelo cardenalicio, pues el papa Pío IV era tío suyo. Amante del estudio, fundó en Roma una academia, según la costumbre de la época, llamada de las “Noches Vaticanas”. Enviado al concilio de Trento fue allí, según la relación de un embajador, “más ejecutor de órdenes que consejero”. Pero se mostró también como un formidable trabajador, un esforzado de la pluma y el papel.
En 1582, muerto su hermano mayor, habría podido pedir la secularización para ponerse a la cabeza de la familia. Pero permaneció en el estado eclesiástico y fue consagrado obispo en 1563, a los 25 años de edad. Entró triunfalmente en Milán, próximo campo de su actividad apostólica. Su arquidiócesis era extensa tanto como un reino, comprendía tierras lombardas, vénetas, genovesas y suizas. El joven obispo visitó todos los rincones, preocupado por la formación del clero y por las condiciones de los fieles. Fundó seminarios, edificó hospitales y hospicios. Gastó a manos llenas las riquezas familiares a favor de los pobres. Amante de la pobreza quiso seguir el ejemplo de San Francisco de Asís inscribiéndose en la Tercera Orden y viviendo según esta espiritualidad.
Defendió los derechos de la Iglesia contra los señores y los poderosos. Restableció el orden y la disciplina en los conventos con tal rigor que un fraile indigno llegó a dispararle un tiro de arcabuz mientras oraba en su capilla. Por fortuna la bala no lo hirió.
Durante la terrible peste de 1576 su actividad se desplegó prodigiosamente, como organizador de la asistencia a los enfermos, curados personalmente por él. El 3 de noviembre de 1584, el titánico obispo de Milán sucumbió bajo el peso de su insostenible trabajo. Tenía solamente 46 años y dejaba a los milaneses el recuerdo de su santidad heroica.