Junio 9: San Cornelio Wican. Religioso y mártir en Gorcum, de la Primera Orden († 1572). Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.
Cornelio Wican nació en Dorestt, no lejos de Utrecht. Todavía joven ingresó en la Orden de los Hermanos Menores como religioso no clérigo. Después del noviciado y la profesión religiosa se puso a disposición de la comunidad para los servicios humildes del convento. Se distinguió siempre por su amable simplicidad y por la obediencia pronta y alegre. Los cohermanos veían en él un retrato de los primeros seguidores del Seráfico Patriarca, los doce discípulos, caballeros de la mesa redonda. Varias anécdotas de su vida son dignas de insertarse en el libro de las florecillas de San Francisco. Una vez, mientras vivía en el convento de Bois‑le‑Duc el padre guardián le ordenó irse inmediatamente al convento de Utrecht. El piadoso hermano inclinó la cabeza en señal de obediencia y se puso en camino. Al llegar a Utrecht el superior de allí le preguntó la razón de su viaje. Fray Cornelio le respondió humildemente que el superior lo había mandado y él había obedecido. Entonces el superior de Utrecht, para poner más a prueba la heroica obediencia del virtuoso hermano, le ordenó nuevamente por santa obediencia que regresara a Bois‑le‑Duc para preguntar a su padre guardián las razones de su traslado y luego regresar nuevamente a Utrecht. El heroico hermano cumplió el mandato con diligencia y prontitud, dando pruebas de una obediencia realmente admirable.
Otro hecho digno de anotar, que proyecta mucha luz sobre nuestro mártir, es la respuesta que dio el día mismo de su martirio, al feroz Lunay, que quería confundirlo y hacerlo apostatar de la fe. Respondió resueltamente: “Yo creo y profeso todo lo que cree y profesa y tantas veces me ha enseñado mi padre guardián. Por esta fe en Jesucristo, en la Iglesia y en el Romano Pontífice estoy listo a dar mi sangre”. Simple y sublime profesión de fe que le aseguró la gracia del martirio y la gloria eterna de los Santos.
En junio de 1572 los calvinistas se apoderaron de la ciudad de Gorcum, apresaron a los Hermanos Menores de aquel convento, los llevaron por muchos poblados exponiéndolos a las burlas de la población. Los llevaron prisioneros a Brielle, torturándolos de mil maneras, para que renunciaran a la fe católica en la Eucaristía y en el primado del Romano Pontífice. Pero ellos permanecieron firmes en la fe. El 9 de julio de 1572 los once franciscanos, felices enfrentaron la muerte para atestiguar la doble presencia de Cristo en la tierra: su presencia invisible en el sacramento del altar y la visible en la persona de su Vicario, el Sumo Pontífice. Sufrieron el martirio despedazados en el patíbulo.