Mayo 18: San Félix de Cantalicio. Religioso de la Primera Orden (1515‑1587). Canonizado por Clemente XI el 22 de mayo de 1712.
Félix de Cantalicio fue una de las más populares figuras típicas de la Roma del mil quinientos. Campesino de nacimiento, de Cantalicio, región situada al pie de los Apeninos, cerca de Rieti, en 1515. Hasta los treinta años trabajó en los campos, luego se fue a la ciudad, la Roma papal, pero no para gozar de las diversiones citadinas, o para mejorar su propia condición de pobre villano.
Entró como religioso hermano entre los Hermanos Menores Capuchinos y desde 1574 hasta su muerte en 1587, fue limosnero del convento de San Nicolás (ahora de la Santa Cruz dei Lucchesi). Recorría las calles de Roma con su sayal, pidiendo la limosna, no solo para el convento, sino sobre todo para los pobres y enfermos. A quien le daba algo, le decía: “Deo gratias”; y a quien no le daba nada le decía igualmente: “Deo gratias”. Por esto muy pronto lo apodaron “el hermano Deo gratias”.
Simple pero lleno de espíritu religioso; humilde y sabio, pero con una sabiduría enteramente sobrenatural, exhortaba a todos a la caridad. Enseñaba a los niños canciones fáciles que él mismo dirigía. San Felipe Neri, el florentino apóstol de los romanos, lo conoció y se hizo su amigo. Cuando lo encontraba en la calle le pedía públicamente consejos e instrucciones. La franca y pueblerina simplicidad de fray Félix lo llenaba de consoladora admiración. También San Carlos Borromeo lo tuvo en grandísima estima, lo mismo que muchos otros grandes prelados que reconocían en el indocto pero espiritual franciscano una extraordinaria capacidad intelectual. A Sixto V le predijo el papado y lo amonestó a comportarse rectamente. Cardenales y prelados se inclinaban ante este campesino vestido con el sayal franciscano.
Félix tenía un temperamento místico. Dormía apenas tres horas, el resto de la noche lo pasaba en la iglesia en oración, en la contemplación de los misterios de la vida de Jesús. Comulgaba diariamente. Los días de fiesta solía peregrinar a las “siete iglesias”, o visitaba a los enfermos en los diferentes hospitales romanos. Alimentó una tierna devoción a la Virgen Madre, que se le apareció muchas veces y le entregó el Niño Jesús, que él estrechó amorosamente entre sus brazos. En los contactos diarios con el pueblo, fue eficaz consejero espiritual de gente humilde y de la misma aristocracia de la Roma renacentista. Muchos años después de su muerte jovencitas y señoras cantaban todavía las canciones que él había compuesto y les había enseñado.
Murió a los 72 años de edad, el 18 de mayo de 1587, arrobado en la visión de la Santísima Virgen. Su tumba en la iglesia de los Capuchinos en Roma fue lugar de milagros.