Agosto 20: Beato Francisco Gálvez, Sacerdote y mártir en el Japón, de la Primera Orden (1576‑1623). Beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867.
Francisco Gálvez, mártir en el Japón, nació en Utiel, no lejos de Valencia, España, hijo de Tomás y Mariana Pellicer, en 1576. Terminados los estudios filosóficos y teológicos y ordenado diácono, tomó el hábito franciscano en el convento de San Juan Bautista de Ribera.
En 1612 después de tres años de permanencia en Filipinas llegó como misionero al Japón, pero fue expulsado en 1614, al comienzo de la gran persecución. Se refugió entonces en Manila en Filipinas, donde compuso y publicó las obras “Flos Sanctorum” en tres volúmenes, que contienen las vidas de los Santos, traducidas al japonés. “La explicación de la doctrina cristiana” y otros opúsculos.
Dos años después, tiñéndose el cuerpo para parecer un marino negro, pudo nuevamente desembarcar en el Japón y retomar con celo la evangelización. Mientras, para huir a las pesquisas de los perseguidores, buscaba cambiar de residencia, fue traicionado por un cristiano renegado; retenido y encarcelado en la ciudad de Yedo.
Con él eran 50 los confesores de la fe, condenados a ser quemados vivos sobre una altura vecina a la ciudad. El 4 de diciembre los verdugos ataron a los condenados y después de haberlos llevado por las calles de la ciudad, los condujeron al lugar del suplicio. durante el trayecto el Beato Gálvez y el Beato Jerónimo de los Angeles predicaban la fe a los muchos cristianos y paganos que los rodeaban.
Un memorable incidente vino a aumentar la conmoción del excepcional espectáculo. En el momento de la ejecución, se presentó en la plaza un señor, seguido de numerosos siervos: los jueces creyéndolo portador de un mensaje imperial, hicieron abrir las filas. Entonces él bajó del caballo y, dirigiéndose al jefe de justicia, preguntó por qué estos hombres eran tan cruelmente ejecutados. Le respondieron que eran condenados por ser cristianos. El señor, dijo: “Yo también soy cristiano como ellos, y les pido que me asocien al grupo”. Los jueces enviaron a consultar al regente del Imperio, y el intrépido héroe de la fe fue asociado a los santos mártires. Trescientos cristianos conmovidos por aquel heroico ejemplo, corrieron a arrodillarse delante de los jueces proclamando su fe e implorando la gracia del martirio. Fueron alejados por la fuerza. Los santos mártires mostraron heroísmo en medio de las llamas, mientras con los ojos vueltos al cielo no cesaron de hablar a la turba y de glorificar a Dios. Los mismos paganos quedaron admirados de este espectáculo.