Agosto 1: Beato Francisco Pinazzo. Religioso y mártir de la Primera Orden (1812‑1860). Beatificado por Pío XI el 10 de octubre de 1926.

Francisco Pinazzo nació en Alpuente, provincia de Valencia, España, el 24 de agosto de 1812, de padres pobres pero ricos en fe. Pasó su juventud en los campos y bosques pastoreando rebaños. A ejemplo de San Pascual Bailón, de San Salvador de Horta, San Carlos de Sezze y muchos otros que aprendieron a elevarse a Dios desde el gran libro de la creación.

A los doce años murió su padre, y la madre por necesidad familiar debió pasar a segundas nupcias. Por fortuna Francisco tuvo en él un padre prudente, religioso y cordial. A los 20 años un desengaño amoroso le hizo tomar una gran decisión: renunciar al mundo y al amor terreno para consagrarse a Dios.

En el convento de Huelva tomó el hábito en la Orden de los Hermanos Menores como hermano no clérigo. Durante 13 años disfrutó de una gran paz, feliz por su gran realización. Un año fue sacristán en el monasterio de Gandía. En 1843 obtuvo permiso para partir como misionero al Oriente. En Palestina estuvo 17 años en los diversos santuarios de AinKarem, Jaifa, Nazaret, Nicosia de Chipre y finalmente en Damasco.

Los hermanos Francisco y Juan Santiago Fernández en el momento del peligro habían buscado refugio en el campanario de la iglesia, pero pronto fueron alcanzados por los musulmanes. Los dos mártires se arrodillaron en actitud de oración, con las manos elevadas al cielo, los musulmanes les destrozaron la columna vertebral, luego los arrojaron desde el campanario al patio. Sus cuerpos permanecieron en tierra, como objeto de desprecio por parte de la turba, llena de odio contra los cristianos, mientras su espíritu volaba al cielo entre los coros de los santos mártires.

Alrededor del convento franciscano de Damasco gracias al apostolado de los religiosos, y a su laboriosidad, se había creado cierta prosperidad. La masacre hubiera sido más terrible si a favor de los cristianos no hubiera intervenido el mismo Emir Abd‑el‑kader. Aunque musulmán, apreciaba la obra de los misioneros franciscanos y estuvo muy triste por no haber podido impedir la masacre del 10 de julio.

Reconociendo su buena fe, el francés Lavigerie, algunos meses después, fue a visitar al Emir y le dirigió estas palabras: “El Dios a quien sirvo indudablemente es el mismo Alá tuyo, que te ha inspirado tanta piedad y generosidad”. Palabras que hoy, después del Concilio Vaticano II han adquirido mayor claridad, pero que la Iglesia nunca ha dejado de proclamar, especialmente con la sangre de sus mártires. Tenía 48 años.