Agosto 29: Beatos Juan de Perusa, Sacerdote, y Pedro de Sassoferrato, Religioso, mártires de la Primera Orden († 1231). Aprobó su culto Clemente XI el 31 de enero de 1705.
Juan de Perusa, sacerdote, y Pedro de Sassoferrato, en las Marcas, religioso no clérigo, entran en la historia de santidad de la Orden Franciscana entre los más ardientes discípulos del seráfico Pobrecillo. Recibidos en la Orden de los Hermanos Menores antes de 1221, no conocemos detalles sobre su vida antes de ser religiosos. Todo su heroísmo y la veneración de parte de los creyentes resplandecen a la luz vivísima de su martirio.
Hacia 1221 San Francisco de Asís envió un grupo de discípulos en calidad de misioneros a España, entonces invadida por los Moros. Entre estos ardientes pioneros del Evangelio San Francisco escogió también a los dos beatos Juan de Perusa y Pedro de Sassoferrato.
Al llegar a tierra de España, los dos santos cohermanos se separaron del grupo de los otros religiosos y se dirigieron hacia Aragón, fijando su morada en Teruel. El pueblo de esta ciudad se aficionó a estos virtuosos franciscanos que de Asís traían el auténtico espíritu evangélico del Seráfico Pobrecillo. Para ellos construyeron un minúsculo convento con dos celditas, al lado de la pequeña iglesia del Santo Sepulcro.
Su permanencia en Teruel se prolongó por 10 años, en los cuales edificaron a la población con el buen ejemplo, predicando el Evangelio con simplicidad de palabra, cualidad propia de los primeros seguidores de San Francisco. Esta predicación simple e incisiva produjo grandes frutos para la santificación de los fieles.
Movidos por el Espíritu Santo, un día decidieron abandonar a Teruel y trasladarse a Valencia para predicar la fe de Cristo a los seguidores de Mahoma. En su corazón llevaban la doble esperanza de convertir a los musulmanes y de alcanzar la palma del martirio.
San Antonino, arzobispo de Florencia, nos ha transmitido con áurea sencillez el recuento de esta última etapa de su misión y de su glorioso martirio.
En Valencia ejercieron su ministerio entre los esclavos cristianos. Un día, inflamados de santo celo, se pusieron a predicar la verdad del Evangelio y a rebatir los errores del islamismo en la plaza pública. Al llegar tal noticia a los oídos del rey Azoto, mandó que los dos franciscanos fueran arrestados y recluidos en prisión. Con mil promesas trató de hacerlos apostatar de su fe católica y abrazar la del profeta Mahoma. Pero ellos rehusaron absolutamente mancharse con semejante delito. Fueron decapitados en la plaza el 29 de agosto de 1231. Según la leyenda, el gobernador que los hizo ajusticiar se convirtió por intercesión de los mártires y luego cedió su propio palacio para que fuera transformado en convento de los Hermanos Menores. Sus reliquias fueron transportadas a la catedral de Teruel, donde se veneran como patronos de la ciudad.