Mayo 23: Beato Juan de Prado. Sacerdote y mártir de la Primera Orden (1560‑1631). Beatificado por Benedicto XIII el 24 de mayo de 1728.
Juan de Prado nació en Mogrovejo, España, en 1560, de nobles padres. Interrumpió los estudios en la universidad de Salamanca para vestir el hábito religioso entre los Hermanos Menores de Rocamador el 16 de noviembre de 1584; al año siguiente, el 18 de noviembre, hizo su profesión. Ferviente predicador y buen teólogo, tomó parte en las polémicas sobre la Inmaculada concepción. Desempeñó los oficios de guardián en diversos conventos, maestro de novicios y dos veces definidor. Por sus virtudes y dones fue escogido para gobernar la nueva Provincia franciscana de San Diego, erigida en 1620. Bajo su provincialato intentó la restauración de la misión franciscana de Marruecos. En efecto, en 1630 obtuvo ser destinado a Marrakesh, capital de Marruecos, para asistir espiritualmente a los esclavos cristianos. Obtenido el salvoconducto del Sultán y provisto por Urbano VIII de las facultades de Prefecto apostólico de la misión, con otros dos cohermanos partió de Cádiz el 27 de noviembre de 1630.
Después de haber ejercido el ministerio en Mazagan por tres meses, intentó llegar a Marrakesh; arrestado en Azamour por las autoridades musulmanas, fue conducido a Marrakech el 2 de abril de 1631. Presentado al nuevo Sultán Mulay, confesó valientemente la fe cristiana. Fue puesto en prisión y flagelado varias veces; durante su última polémica religiosa con el sultán, fue apuñalado por éste, herido con flechas y condenado a la hoguera en la plaza del palacio. Mientras predicaba todavía sobre la hoguera intrépidamente la fe, fue ultimado a pedradas y a golpes de tronco, el 24 de mayo de 1631. Tenía 71 años. La tierra de Marruecos, bañada con la sangre de los Protomártires franciscanos y de los mártires de Ceuta, San Daniel y compañeros, recogió también la sangre de este ilustre cohermano que por largos años había ejercido el apostolado en tierras de España y se había preparado para el martirio con rigidísimas penitencias, afianzadas en una desbordante vida de oración. Su gloriosa muerte fue acompañada de muchos milagros y numerosas conversiones.