Diciembre 18: Siervo de Dios Lino de Parma. Sacerdote de la Primera Orden (1866‑1924). La causa de beatificación en curso.

Pablo VI cuando los superiores de la Orden Franciscana le pidieron directrices para su trabajo apostólico en este nuestro siglo XX, respondió: “El Padre Lino de Parma es uno de ustedes... Sigan su ejemplo”. Con estas palabras el Papa, prácticamente reconoció heroicidad de las virtudes del Padre Lino de Parma. La gente de Parma no podrá olvidar nunca a aquel pobre fraile de pies hinchados y espalda encorvada. No había nacido en Parma, pero quizás nadie ha conocido tan bien como él el espíritu de los parmesanos. Entraba en las casas de todos y de todos recibía confidencias. No era letrado pero gozaba de la amistad de los sabios. Era pobre, pero era llamado a las casas de los ricos, donde conseguía recursos para ayudar a los pobres. Para los miserables era un hermano y para los desesperados una esperanza. Tenía algo que lo distinguía de los demás: era la caridad, una caridad siempre serena y festiva que lo convirtió en profeta y precursor de tiempos nuevos.

El Padre Lino vivió 57 años, del 30 de agosto de 1866 al 14 de mayo de 1924. De su padre, Juan Maupas, de Spalato, en Dalmacia, había heredado la nobleza de linaje, de su madre, Rosa Marini, la bondad y la gentileza de ánimo. El padre deseaba que su hijo fuera abogado, pero él más bien escogió la vida religiosa franciscana.

Gentileza y bondad fueron las características del apostolado del padre Lino, un apostolado de amor que ejercitó ininterrumpidamente por 30 años en la ciudad de Parma. Su primera experiencia fue la Parma vieja, el Oltretorrente con sus viejos barrios, gente pobre y turbulenta. Sus calles estrechas y mal empedradas, atestadas de niños demacrados y andrajosos; sus casas pobres, privadas de sol y regurgitantes de familias; los numerosos escondrijos, refugio de personas sospechosas y reseñadas por la policía; las hosterías oscuras y mal reputadas, siempre llenas de borrachos y gente pendenciera, fueron el campo del apostolado difícil pero lleno de muchas satisfacciones del Padre Lino.

El convento de la Annunziata era el centro irradiador de toda su actividad asistencial y social para lo que se preparó con la oración intensa. Los primeros amigos fueron los niños que se esforzó por llevar a Dios. Con los más pobres siempre estaba en conversación y la gente se le acercaba y veía en él siempre a un amigo, un auténtico padre. Tiempos borrascosos eran aquellos y en medio del huracán él se mostró como el verdadero aportador de paz y de concordia. Parma fue toda suya. Fue amigo de los encarcelados, a quienes visitaba diariamente, estaba en medio de los revoltosos para llevar la paz, en medio de los que estaban en proceso de corrección, a quienes llamaba “mis valientes hijitos”. El florilegio de los episodios que embellecen su apostolado es variado e interesantísimo y nos muestra su alma. El Padre Lino murió mártir de caridad después de un rechazo de la fábrica de pastas Barilla, que no quiso acoger a un protegido suyo. Digno sello de una vida tejida de amor para con Dios y para con los hermanos.