Agosto 12: Beato Luis Sotelo, de Sevilla, Obispo electo, mártir en el Japón, de la Primera Orden (1574‑1624). Fue beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867.
Luis Sotelo, hijo de Diego y Catalina Niño, nació en Sevilla, España, el 6 de septiembre de 1574. Estaba terminando sus estudios en la universidad de Salamanca cuando fue aceptado al noviciado en el convento del Calvario de los Hermanos Menores. El 11 de mayo de 1594 hizo la profesión solemne. Al terminar los estudios de filosofía y teología fue ordenado sacerdote. En 1600, deseoso de dedicarse a la conversión de los infieles fue enviado a Filipinas, destinado al cuidado espiritual de los japoneses residentes en Dilao.
Cada mártir tiene su historia piadosa y heroica, pero la de Luis Sotelo interesa también a la historia política por la misión diplomática que él cumplió entre el Japón, España y la Santa Sede. En 1615 acompañó al embajador japonés Hasecura a España y obtuvo que se bautizara con el nombre de Felipe, en el monasterio de las clarisas de Madrid; el mismo embajador viajó a Roma, se hospedó en el convento de Aracoeli, y dos veces tuvo audiencia con Pablo V, y prometió por su rey Musamura protección a los misioneros y a los cristianos. ¿Quién iba a pensar que apenas un año después la persecución volvería a empezar y con mayor crudeza? Luis Sotelo, por contradicciones que tuvo en su patria, sólo pudo regresar al Japón en 1622, en un junco chino; ya no fue tratado como el diplomático, y en vez de ser llevado ante el emperador fue llevado prisionero a la cárcel.
El vio claramente que la persecución se hubiera podido evitar o detener si las misiones hubieran sido mejor organizadas. Desde su prisión, siete meses antes de morir, indicó en un memorial al Papa las determinaciones: 1) la formación de clero indígena, para alejar de los sacerdotes europeos la sospecha política y para que en los peligros estuvieran prestos a confortar a los fieles sin ser fácilmente reconocidos por la diferencia de raza; 2) una mejor organización jerárquica. En vez de un solo obispo, que no siempre vivía en el Japón, un obispo por cada Orden misionera, dependiente de un metropolitano. “Obispos y sacerdotes, decía él, son los huesos y los nervios del cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia”. La propuesta del mártir franciscano llegó demasiado tarde, cuando la persecución estaba en su furor.
Entretanto el papa Pablo V había erigido en el Japón una nueva diócesis en la parte oriental ya evangelizada por los franciscanos. Para la nueva sede había nombrado obispo al Beato Luis Sotelo. El Nuncio apostólico de Madrid había sido encargado de consagrar al nuevo obispo. Esta consagración episcopal no pudo realizarse porque el Beato Luis ya estaba en la cárcel.
Después de dos años de prisión, transcurridos en rigurosa supervigilancia, fue condenado a muerte. El 25 de agosto de 1624 fue quemado vivo a fuego lento con otros compañeros: dos franciscanos, un jesuita y un dominicano. Tenía 50 años.