Diciembre 31: , María Inmaculada, Madre de Jesús y de la Iglesia

Reina de la Orden Franciscana, corona de todos los Santos.

El mundo en que vivimos, trabajamos y respiramos, a pesar de sus prodigiosas realizaciones, está atormentado por la inquietud. La respuesta nos viene de María, que ofrece al mundo angustiado el Unico que tiene palabras de vida eterna. El que para todos y para siempre es “el Camino, la Verdad y la Vida”. La historia de los Magos, que se ponen en camino por el desierto y en la noche escrutan la luz que los conducirá finalmente a encontrar al Niño con su Madre, y a postrarse ante él, es el símbolo de esta búsqueda permanente de los hombres, necesitados de volver a encontrar el rostro de su Salvador y el de su Madre.

María, Madre de Jesús y de la Iglesia, Reina de todos los Santos, es el celestial arco iris, el oasis de paz, el refugio que fraterniza y acoge a los hombres divididos. En medio de los gozos y las esperanzas, de las tristezas y angustias de los hombres de hoy, de los pobres y de los que sufren, tenemos necesidad de María, vida, dulzura y esperanza nuestra. Hoy el mundo está todavía en la noche y la Iglesia conoce dolorosas defecciones, vivimos en una especie de Viernes Santo, que ciertamente nos purifica, pero no nos deja ver todavía la aurora de la resurrección. María, Madre de Jesús y de la Iglesia, está cerca de nosotros en medio de esta crisis. Nos ayuda a permanecer fieles, en pie junto a la cruz, seguros de su victoria, y la primera victoria de Cristo es la fe de su Madre. María está cerca de todos sus hijos que están en el dolor. No estamos ni solos, ni abandonados.

La Iglesia nos invita a mirar a María, signo seguro de esperanza y de consolación. En toda hora difícil de la vida y de la historia los hombres siempre han mirado a María y la han invocado. Madre de Jesús y de la Iglesia, ella intercede por nosotros ante su Hijo.

María ofrece a todos el camino de la santidad. Todos podemos y debemos hacernos santos, con una condición, que sigamos a Jesús y a la Iglesia mediante la observancia del santo Evangelio. Al término del año nos abre de par en par las puertas del cielo y nos muestra la gloria de todos los santos : “Si estos se santificaron, ¿por qué no vamos a poder santificarnos nosotros?”.

María, madre de Jesús y de la Iglesia, Reina de todos los santos, dulcísima Soberana de la tierra y del cielo, tu familia está todavía desunida, dividida en guerra, sin paz y sin amor: ¿Cómo podrá ser digna de tu amor? ¿Cómo podrá beneficiarse de tus maternos y dulcísimos cuidados? Oh Madre de todos, conviértenos a pensamientos de paz, conviértenos al amor universal. Extingue en todos los hombres el fuego del odio, de la venganza. Derriba las barreras que aún nos dividen entre hermanos; haz que las espadas se transformen en arados por la acción concorde. Cesen las divisiones, las guerras, la opresión de los débiles, los bloques de poder, el armamentismo. Que reine solamente el amor. Bendice a cuantos trabajan por la unidad de los ánimos. Muestra a los hombres la gloria de los Santos en el cielo. Todos podemos seguirlos, todos debemos llegar a ser santos. Concédenos la alegría de poderlos aclamar con una sola voz, desde un extremo al otro de la tierra: “Ave María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Reina de todos los Santos, Madre nuestra, Salve!”.