Diciembre 25: Natividad del Señor
Alegrémonos todos en el Señor, porque ha nacido para el mundo el Salvador. Hoy ha bajado del cielo a nosotros la paz verdadera.
Navidad es toda una invitación a la alegría, un himno de exultación. Todos estábamos sumidos en las tinieblas. En la noche viene una luz del cielo: un Niño nace para todos nosotros, para nuestra salvación: es el Salvador, el Mesías prometido y esperado. Viene del cielo como un don de perdón y de paz.
“Un ángel del Señor se presentó a los pastores y la gloria del Señor los envolvió de luz : El ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Este será el signo para vosotros : encontraréis un niño envuelto en pañales, que yace en un pesebre”. Y súbitamente apareció con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios y decía: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.
Toda la lección navideña está en estas palabras. No es posible la paz en la tierra, sino con dos condiciones: dar gloria a Dios y tener buena voluntad. Sin el compromiso de la buena voluntad y el reconocimiento de la gloria de Dios, toda promesa navideña es vana, toda esperanza ilusoria. Navidad es el punto de contacto entre lo divino y lo humano. Si falta uno de los dos polos, el circuito de la caridad queda abierto y el hombre queda todavía en poder del destino adverso.
En Navidad de 1223, tres años antes de morir, San Francisco de Asís quiso evocar en vivo la escena del pesebre. Evocación que debía luego repetirse en la historia de la Iglesia mediante la sugestiva iniciativa del pesebre.
San Buenaventura en su vida de San Francisco escribe: “Tres años antes de su muerte, en la región de Greccio, Francisco quiso hacer algo con la mayor solemnidad posible, para revivir la devota memoria del nacimiento del Niño Jesús: Después de haber pedido y obtenido licencia al Sumo Pontífice para no ser tachado de rarezas, hizo preparar un pesebre con el heno dentro y al lado un buey y un asno. Vinieron los hermanos, acudió la gente, el bosque resonó de voces y aquella noche santa resplandeció con muchas luces brillantes y se llenó de cantos y alabanzas armoniosas. El hombre de Dios estaba inmóvil delante del pesebre, compungido de piedad, con los ojos llenos de lágrimas e inundado de gozo. Se celebró una misa solemne sobre el pesebre, y Francisco, levita de Cristo, cantó el Santo Evangelio. Luego predicó al pueblo presente sobre el nacimiento del Rey pobre, llamándolo con afecto y ternura con el nombre de Niño de Belén”.