Agosto 21: San Pío X. Papa de la Tercera Orden (1835‑1914). Canonizado por Pío XII el 29 de mayo de 1954.
José Sarto (Pío X), nació el 2 de junio de 1835 en Riese, provincia de Treviso, hijo de Juan Bautista Sarto y Margarita Sanson, segundo de 10 hijos. José Sarto era su nombre. Por sus dotes pudo seguir los estudios en el colegio de Castelfranco, recorriendo a pie descalzo los 8 kilómetros de camino. Los sacrificios se redoblaron cuando, a los diecisiete años, murió su padre, dejando a la familia en la indigencia.
A los 23 años era sacerdote, por 9 años capellán en Tómbolo, 8 años párroco en Salzano. Vivió humildemente al lado de los humildes, pobremente en medio de los pobres. Se sintió confundido cuando el Obispo de Treviso lo nombró canciller de la diócesis, canónigo y director espiritual del seminario.
Nueve años más tarde era Obispo de Mantua, donde a pesar de las difíciles relaciones entre la Iglesia y el nuevo Estado Italiano, el frugal, activo y generosísimo Obispo se conquistó la estima y el afecto de todos comenzando por las autoridades civiles.
En el consistorio de 1893 fue creado cardenal patriarca de Venecia. Después de haber esperado por más de un año la aprobación regia para entrar en la ciudad, fue el personaje más popular, más benéfico y más escuchado por la Serenísima, amado sobre todo por los más humildes. Se inscribió en la Tercera Orden de San Francisco y del humilde y pobre Santo de Asís quiso aprender aun más profundamente las dos virtudes que siempre había querido en su corazón: la humildad y la pobreza.
Nueve años después, a la muerte de León XIII, debió ir a Roma para el conclave. Tomó en préstamo el dinero para el viaje y consiguió boleto de ida y regreso. A quien le hacía caer en cuenta de que podía ser elegido Papa, le respondió sacudiendo su gran cabeza de campesino: “No creo que el Espíritu Santo vaya a cometer semejante disparate: vivo o muerto regresaré”. Y sin embargo fue precisamente el cardenal Sarto, hasta entonces casi desconocido para muchos conclavistas, quien resultó electo en el séptimo escrutinio. Con las lágrimas en los ojos había conjurado a los eminentísimos colegas que dejaran de lado su candidatura. Finalmente se plegó a aceptar la tiara, diciendo: “La acepto como una cruz”.
El gobierno de este Papa dulce y manso, que sabía allanar personalmente toda situación difícil, estuvo tejido de gestos valerosos y decisivos en la salvaguarda de la autoridad y de la dignidad de la Iglesia: la primera comunión de los niños desde los siete años en adelante, la comunión frecuente, la renovación del catecismo, la reforma del calendario, del breviario y de la música sacra, la condenación del modernismo.
La primera guerra mundial estalló el 28 de julio de 1914. El dijo entonces: “Ofrezco mi vida para que haya paz!”. El 29 de agosto, a los 79 años, Pío X moría con el corazón herido, también él víctima de la guerra.