Agosto 16: San Roque de Montpellier. Peregrino de la Tercera Orden (1295‑1327). Concedió en su honor oficio y misa Urbano VIII el 4 de julio de 1629.

Roque, uno de los santos más venerados del mundo católico, nació hacia 1295 en Montpellier, Francia; su nacimiento se debió a un voto hecho por sus padres, desolados por carecer de hijos. Pronto quedó huérfano, vendió todos sus bienes a favor de los pobres y partió en peregrinación a Roma.

Se inscribió en la Tercera Orden Franciscana y fue peregrino por toda su vida. En su peregrinación romana se detuvo en Acquapendente y prestó asistencia a los enfermos de peste en un hospital y llevó a cabo curaciones milagrosas. Luego pasó a Cesena y después a Roma, donde curó a un cardenal que luego lo presentó al Papa. Después de unos tres años, tomó el camino de regreso por Rimini, Novara y Piacenza, donde a su turno fue atacado por la peste y debió retirarse al campo vecino. Entonces fue recogido y atendido hasta su curación por el patricio Gotardo Palastrelli, a quien convirtió con su ejemplo.

Cuando abandonó a Piacenza se dirigió hacia el norte, fue arrestado en Angera, cerca del Lago Mayor, por algunos soldados que sospecharon que era espía, y fue encerrado en una prisión donde sufrió penas indecibles.

Roque viajaba siempre a pie de ciudad en ciudad, solo y pobre, de un santuario a otro. Esto para él podía ser un óptimo ejercicio ascético, pero no era todavía santidad heroica. En aquellos años la peste devastaba a Europa y a Italia especialmente. En Acquapendente el peregrino se dedicó con fervor al cuidado de los apestados, sin temer el contagio de la terrible enfermedad. En adelante todas las ciudades donde San Roque se detenía: Roma, Novara, Cesena, Piacenza, fueron palestra de su inagotable caridad para con los apestados, caridad reforzada con el fermento sobrenatural de los milagros.

También él contrajo la enfermedad y con una pierna adolorida por un bubón, se detuvo en las orillas del río Po, cerca de Piacenza aislado de todos para no ser carga para nadie. Calmaba su sed con agua de un pozo, y el hambre con el alimento que todos los días le llevaba un perro callejero, el perro que aparece indefectiblemente en todas las imágenes del Santo peregrino. Ya su nombre corría en boca del pueblo como el del prodigioso auxiliador, cuando el Santo, curado, quiso reemprender el camino a casa para volver a Montpellier. Nadie lo reconoció, antes bien fue confundido con un espía y recluido en una cárcel. Durante cinco años se consumió en la cárcel, hasta que murió el día de la Asunción de 1327, de sólo 32 años, y sólo entonces fue reconocido por sus conciudadanos y parientes y venerado como Santo.