Noviembre 29: Todos los Santos de la Orden Franciscana. Santos de la Primera Orden: 110; Santas de la Segunda Orden: 9; Santos y Santas de la Tercera Orden Regular y seglar: 53; Beatos de la Primera Orden: 164; Beatas de la Segunda Orden: 34; Beatos y Beatas de la Tercera Orden Regular y Seglar: 95. Total de Santos y Beatos de toda la Orden Franciscana: 465. (Octubre año 2000).
En el aniversario de la aprobación de la regla franciscana por parte de Honorio III, el 29 de noviembre de 1223, la Orden Francisscana se recoge en oración y fiesta para contemplar el grandioso árbol de la santidad nacido de la fidelidad a aquel pequeño libro que Francisco decía haber recibido de Jesús mismo y que era la “Medula del Evangelio”.
Este era precisamente el proyecto de vida y el carisma de Francisco: hacer revivir en la Iglesia integralmente el evangelio, que es como decir, representar ante los hombres individual y comunitariamente la vida de Cristo en todas sus dimensiones: desde la pobreza al celo de las almas, del anuncio del evangelio al sacrificio en la cruz, para ser, según la invitación de Cristo, luz en el mundo y sal de la tierra, instrumento de salvación para todos los hombres.
¿Quién puede contar la inmensa turba de los Santos, Beatos, Venerables y Siervos de Dios – si queremos servirnos de estos términos canónicos – o mejor aun, de todos aquellos hermanos, hermanas y laicos, sin nombre y sin rostro, que han vivido la santidad evangélica, que han hecho de la regla franciscana la pasión de toda su vida? Es un inmenso capital de santidad, de amor, muchas veces desconocido, más a menudo olvidado, a veces inclusive despreciado por el mundo. Al bien se le hace poco ruido, y sin embargo esta es la historia en apariencia anónima pero que en realidad lleva inscrito el nombre y el rostro de Cristo, que impide al mundo caer en la desesperación, y fecunda todas las actividades de la Iglesia.
San Francisco dijo un día a sus hermanos, lleno de gozo: “Carísimos, consuélense y alégrense en el Señor; no se dejen entristecer por el hecho de ser pocos; no se asusten de mi simplicidad y de la de ustedes, porque, como me ha revelado el Señor, él nos hará una innumerable multitud y nos propagará hasta los confines del mundo. Vi una gran multitud de hombres venir hacia nosotros, deseosos de vivir con el hábito de la santa religión y según la regla de nuestra bienaventurada Orden. Resuena todavía en mis oídos el ruido de sus pisadas y de su caminar conforme a la santa obediencia! Vi los caminos llenos de ellos, provenientes de todas las naciones; acuden franceses, españoles, alemanes, ingleses; viene la turba de otras viarias lenguas”.
Escuchando estas palabras una santa alegría se apoderó de los hermanos por la gracia que Dios concedía a su Santo.
El prodigioso árbol de la santidad franciscana demuestra una vez más la vitalidad y autenticidad evangélica del mensaje franciscano. Por eso esta fiesta es una invitación y un estímulo a devolver a Dios el Amor que nos ha dado en Cristo, viviendo en la pobreza y en la humildad una vida verdaderamente fraterna, para que el mundo crea, mediante este amor realizado, que el Padre ama y quiere a todos los hombres salvos en su casa.