Febrero 2: Beata Veridiana de Castelfiorentino. Virgen reclusa de la Tercera Orden (1182‑1242). Clemente VII concedió su oficio y misa el 20 de septiembre de 1533.
Nació en 1182 en Castelfiorentino, Toscana, el mismo año en que en Asís nacía San Francisco. De familia noble, vivía en casa de un rico tío. En tiempo de carestía, como buena madre, se hizo toda para todos, para socorrer a los pobres y a los hambrientos, de modo que todos acudían a ella como a una santa. Siente un fuerte llamamiento a la soledad y a la penitencia. Para estar más segura de este divino llamamiento, emprende a pie algunas peregrinaciones. Parte para España siguiendo el camino recorrido por millares de peregrinos a la tumba de Santiago Apóstol. De allí, viaja en medio de la turba de peregrinos a Roma para orar en la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo y de los primeros mártires, visita las catacumbas, el Coliseo. Ya no tiene dudas, su vida en el mundo ha durado demasiado, sus pies han caminado suficiente, sus ojos han admirado las maravillas de la naturaleza y el heroísmo de la santidad. En adelante vivirá sola, inmóvil y recluida, sepultada viva como los antiguos anacoretas del Oriente. Su Tebaida no será sobre una montaña inaccesible ni un lejano desierto, sino Castelfiorentino.
A los pies del pueblito se levantaba el oratorio de San Antonio Abad, el ermitaño del desierto, célebre por las tentaciones diabólicas. Junto a este oratorio, Veridiana hace construir una celdita, entra a ella revestida del austero sayal de los ermitaños, hace amurallar la puerta de modo que permanezca abierta sólo una ventanilla, suficiente para introducir el pan y el agua, para seguir las funciones religiosas, para hacer la confesión y recibir la comunión. Además del confesor y director de espíritu se acercan a ella pobres y afligidos, vacilantes y atribulados. Veridiana no puede socorrerlos materialmente, pero los consuela con su palabra, siempre rica de amor de Dios, y los alienta con su heroico ejemplo. Un día en 1221 la visita San Francisco de Asís, vestido de sayal y ceñido con la cuerda. El encuentro de los dos santos es más fácil de imaginar que de describir. El Pobrecillo la acoge en la Orden de los Hermanos y las Hermanas de Penitencia que había fundado aquel mismo año.
Después de la muerte de Veridiana, acaecida en 1242 a los 60 años de edad, sobre el lugar donde se levantaba la celdita, fue construida una bella iglesia donde se venera una antigua imagen de la Beata con dos serpientes a los lados. Se cuenta, en efecto, que para probar su virtud, dos reptiles penetraron en la celdita y permanecieron allí para atormentar a la devota reclusa. El Señor glorificó a su sierva con milagros realizados en vida y después de muerta. Clemente VII concedió en su honor el oficio y la misa el 20 de septiembre de 1533 y su nombre fue inscrito en el Martirologio Romano. La Beata con su vida nos enseña que aun entre el bullicio del mundo podemos construirnos un eremitorio interior para escuchar la voz de Dios y meditar en las cosas del cielo.