Junio 20: San Willehad de Dinamarca. Sacerdote y mártir en Gorcum, de la Primera Orden (1482‑1572). Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.

Willehad de Dinamarca nació en 1482, tenía 90 años cuando sufrió el martirio, después de haber huido una primera vez a la persecución de los luteranos en Dinamarca. Siendo muy joven se consagró al servicio del Señor tomando el hábito y siguiendo la regla de San Francisco de Asís en la Orden de los Hermanos Menores. Pronto fue un auténtico religioso que se distinguió por su santidad.

En el siglo XVI los Hermanos Menores de Dinamarca tenían 15 conventos y numerosos hermanos. El Protestantismo se abatió como un rayo sobre los católicos y en parte sobre el Clero. Los Franciscanos defendieron valientemente la fe católica, algunos de ellos sufrieron persecuciones y cárcel, otros afrontaron el martirio, otros en cambio fueron expulsados brutalmente de sus conventos y debieron tomar el camino del destierro, y llegaron a Noruega, Suecia, Finlandia, Laponia y otras regiones nórdicas, donde ejercieron un ministerio apostólico difícil.

Willehad se refugió en Holanda, donde Dios lo preparaba para un nuevo campo de batalla y le reservaba la palma del martirio. Fue acogido en el convento de Gorcum, en este seráfico asilo el prófugo dio ejemplos de virtudes eminentes: pobrísimo, poseía sólo el breviario para rezar el oficio divino; penitente, no dormía nunca en el lecho, sino directamente sobre el duro suelo; ayunaba varias veces a la semana, a pan y agua; sometía su cuerpo a frecuentes flagelaciones. Su rostro aparecía tan demacrado que daba la impresión de tener solamente huesos y piel. Todos lo llamaban “el padre penitente”. Fue religioso humilde de corazón, obediente, devoto, asiduo en la oración. Dios lo glorificó con especiales carismas. Aprisionado por los Geusos, en la cárcel siempre se le vio de rodillas; junto con su cohermano San Nicasio siempre era asiduo en la oración. Para él la cárcel, más que una celda, era un templo.

Los gueusos no respetaron su venerable canicie, más bien lo maltrataron más que a los demás. De los labios del santo anciano salía solamente esta invocación: “Deo gratias!”, frase que él pronunció también antes de ofrecer su cuello a la soga. Así quiso agradecer a Dios por el gran don del martirio. También oró por los mismos verdugos y les agradeció porque le apresuraban la entrada a la patria celestial. San Willehad de Dinamarca era el más anciano del grupo de mártires.