Crónica inédita del
Concilio Plenario Latino Americano
(Roma 1899)
Este
artículo fue publicado en:
«Anuario
de Historia de la Iglesia en Chile» [Santiago de Chile] 16 (1998) 155-166.
Se reproduce aquí con la autorización de la mencionada revista.
INDICE:
·
El Concilio Plenario Latino
Americano
·
La
Crónica inédita de un alumno del
Colegio Pío Latinoamericano
·
Algunos
detalles acerca de la celebración del Concilio Plenario
·
Datos
biográficos de Mons. Ramón Ángel Jara Ruz
·
El
“restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara
·
Crónica
inédita del Concilio Plenario Latino Americano (Roma 1899)
El objeto del presente artículo es dar a
conocer una breve Crónica inédita del
Concilio Plenario Latino Americano, escrita por un alumno del Colegio Pío
Latino Americano de Roma. Dicho colegio fue la sede del Concilio Plenario. Dos
son los temas principales que surgen de la Crónica:
en primer lugar, se ofrecen algunos detalles acerca de la celebración del
Concilio Plenario Latino Americano; y en segundo lugar se hace mención a la
enfermedad y “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Ramón Ángel Jara,
obispo de San Carlos Ancud. En el artículo se desarrollan brevemente ambos
temas y se aportan datos de interés que complementan los de la Crónica.
El Concilio Plenario Latino Americano
Convocado por el Papa León XIII, el Concilio
Plenario Latino Americano se celebró en Roma del 28 de mayo al 9 de julio de
1899 [[1]]. Existía entonces la conciencia
de que aquél era un acontecimiento trascendental para la Iglesia en América
Latina, quizá el más importante después de la época del descubrimiento. Así,
el primer arzobispo de Montevideo, Mons. Mariano Soler, llegó a afirmar:
“Respecto de la misma América, no se registrará otro acontecimiento
religioso más grande y trascendental en los anales de la Iglesia del Nuevo
Mundo, a partir de la época del descubrimiento” [[2]].
Parecería que con la aparición del Código
de Derecho Canónico de 1917, el Concilio Plenario Latino Americano no sólo pasó
a un segundo plano, sino que prácticamente quedó relegado al olvido. Sin
embargo, sobre todo en la última década, dicho Concilio ha ido adquiriendo una
relevancia creciente, y diversos autores lo han comenzado a analizar desde
distintas perspectivas, ya sea histórica, canónica, eclesiológica, etc.[[3]]. Siendo presidente del Consejo
Episcopal Latinoamericano (CELAM), Mons. Rodríguez Madariaga afirmó que el
Concilio Plenario constituyó “la primer gran tentativa de integración de la
Iglesia en el Continente” y que “fue, por así decir, el punto de partida de
la edad pastoral adulta de la Iglesia latinoamericana” [[4]].
En efecto, el Concilio Plenario es el
antecedente más importante de las conferencias generales del episcopado
latinoamericano. La Pontificia Comisión para América Latina ha organizado un
Simposio de carácter histórico sobre “Los
Últimos Cien Años de la Evangelización en América Latina”, que tendrá
lugar del 21 al 25 de junio de 1999 en el Vaticano. Dicho Simposio –que está
en continuidad con el realizado en 1992 sobre la Primera Evangelización del
Nuevo Mundo– conmemorará el centenario del Concilio Plenario Latino
Americano.
La Crónica inédita
de un alumno del Colegio Pío Latinoamericano
El Concilio Plenario se celebró en la capilla
del Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Este Colegio, fundado por el chileno
José Ignacio Víctor Eyzaguirre el 21 de noviembre de 1858, a lo largo de su
historia ocupó seis edificios. El cuarto edificio –sede del Concilio– se
comenzó a construir en 1884 y se inauguró en 1888. Estaba ubicado en los
Prados del Castillos San Ángel, junto al río Tíber, y en su época era
conocido como “Palacio Americano”. Para su construcción fue fundamental la
labor del uruguayo Mariano Soler, quien primero como sacerdote y luego como
obispo y primer arzobispo de Montevideo, fue un entusiasta impulsor y promotor
de este Colegio, a tal punto que bien merece ser llamado su “segundo
fundador” [[5]].
Luis Medina Ascensio, en su Historia
del Colegio Pío Latino Americano (Roma: 1858-1978), escribió un capítulo
titulado Tiempos del Concilio Latinoamericano. Allí afirma lo siguiente:
“Uno de los alumnos que se hallaban entonces en el Colegio, nos va contando
desde los rumores lejanos acerca de ese Concilio , hasta los detalles de su
misma celebración en el Colegio” [[6]]. Es ésta la primera referencia
que conocemos acerca de la existencia de una crónica del Concilio Plenario. Más
adelante, el mismo autor refiere algunos detalles que brinda el “alumno
cronista” -así lo llama- y a pie de página cita como fuente las Memorias
del Colegio escritas por Pedro Maina en 1958 [[7]].
Tuve ocasión de consultar directamente esas Memorias
de Maina, que se guardan en el Archivo del Colegio Pío Latinoamericano [[8]]. Se trata de una obra inédita,
en dos tomos, que contiene un prólogo del exalumno venezolano Rafael Pulido,
veintiún capítulos y cuatro apéndices, con un total de 1.016 páginas
mecanografiadas. En cada capítulo se narra la historia del Colegio
correspondiente a cada uno de los veintiún rectorados, desde la fundación
(1858) hasta el rectorado del P. Luis Mendoza Guizar (1951-1955)
[[9]]. De esta obra, pues, hemos
transcripto el texto que titulamos Crónica
inédita del Concilio Plenario Latino Americano[[10]]. Se trata de una “larga
carta”, como se afirma en el mismo texto[[11]], aunque no conocemos los nombres
del autor ni del destinatario. Tiene el estilo retórico propio de la época.
En cuanto al contenido de la Crónica,
dos son los temas que se destacan: en primer lugar, se ofrecen algunos detalles
del Concilio Plenario, y en segundo lugar se hace mención a la enfermedad y
“restablecimiento casi milagroso” de Mons. Ramón Ángel Jara, Obispo de San
Carlos de Ancud. A continuación, pues, vamos a desarrollar brevemente ambos
temas, complementando así los datos que brinda el “alumno cronista”.
Algunos detalles
acerca de la celebración del Concilio Plenario
Los prelados que participaron en el Concilio fueron 53: trece
arzobispos y cuarenta obispos [[12]]. Todos estuvieron en la sesión
inaugural. Doce de ellos eran exalumnos del Colegio Pío Latinoamericano [[13]]. La representación más
numerosa fue la de México, con trece prelados; seguía la de Brasil con once,
la de Argentina con siete, y la de Colombia con seis prelados. Los cuatro países
mencionados, en conjunto, aportaron el 69,8% del total de los padres
conciliares.
Chile estuvo representado por cuatro prelados: Mons. Mariano Casanova,
arzobispo de Santiago, y los obispos Plácido Labarca, de Concepción; Florencio
Fontecilla, de La Serena y Ramón Ángel Jara, de San Carlos de Ancud. Centroamérica
estuvo representada sólo por Mons. Bernardo Thiel, obispo de Costa Rica.
Según la Crónica,
veintinueve padres conciliares se alojaron en el mismo Colegio "con sus
respectivos secretarios, y algunos otros sacerdotes acompañantes, hasta formar
un total de setenta hospedados en nuestro espacioso edificio" [[14]]. Por entonces el número de
alumnos ascendía a 106 [[15]], muchos de los cuales ofrecieron
sus propias habitaciones para los visitantes. Los otros veinticuatro padres
conciliares se alojaron en diversos lugares de Roma [[16]] .
Se celebraron un total de 38 reuniones conciliares: veintinueve
congregaciones generales y nueve sesiones solemnes [[17]]. En las congregaciones
generales, se discutió lo que luego serían los Decretos
del Concilio, teniendo como base el Schema
Decretorum y las Observationes
Episcoporum et Notanda Consultoris. En las sesiones solemnes se aprobaba lo
actuado hasta entonces, y en algunas de ellas se celebraron actos de particular
relieve, como en la apertura, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús y a
la Purísima Concepción de María [[18]], y la clausura. Tanto el día de
la apertura como el día siguiente a la clausura –fecha en que los padres
conciliares fueron recibidos por León XIII– el Colegio Pío Latinoamericano
ofreció dos suntuosos banquetes en honor de los prelados de América Latina [[19]] .
El
9, 10 y el mismo día 11 de junio, se celebró en la Iglesia salesiana del
Sagrado Corazón de Jesús, en Roma, el triduo solemne ordenado por León XIII
para la consagración del mundo entero al Corazón de Jesús. En dichas solemnes
ceremonias intervinieron los padres conciliares: Mons. Ramón Angel Jara, obispo
de Ancud, predicó en latín; Mons. Mariano Soler en español y en italiano lo
hizo Mons. Pedro Brioschi, obispo de Cartagena.
Datos biográficos
de Mons. Ramón Ángel Jara Ruz
Mons. Ramón Ángel Jara Ruz fue el quinto
obispo de San Carlos de Ancud y también el quinto obispo de La Serena [[20]]. Se distinguió por su gran
elocuencia, que le valió los títulos de “primer orador eclesiástico de
Chile” [[21]], “primer orador católico del
siglo” [[22]], “cisne de la elocuencia
sagrada” [[23]] y “el Crisóstomo chileno” [[24]]. Sus discursos fueron
recopilados y publicados en 1921. Tuvo varias condecoraciones de gobiernos
extranjeros y perteneció a numerosas instituciones culturales internacionales.
Desempeñó varias comisiones del gobierno de Chile en Perú y Argentina.
Mons. Jara nació en Santiago de Chile el 2 de
agosto de 1852. Sus padres fueron Juan Nepomuceno Jara y Carmen Ruz Fernández.
Comenzó sus estudios con los padres franceses en el Colegio de los Sagrados
Corazones de Valdivia y en 1862 se incorporó al seminario conciliar de
Santiago, donde se recibió de bachiller en humanidades. Ingresó en la
Universidad de Chile para seguir la carrera de leyes, pero en 1874 abandonó
dicha carrera porque decidió ser sacerdote. Retornó, pues, al seminario, donde
completó sus estudios teológicos. Recibió la ordenación sacerdotal el 16 de
setiembre de 1876.
En 1878 fundó la primera Asociación Católica
de Obreros. Fundó el colegio de San Miguel, y en 1879 inició la edificación
del Templo de la Gratitud Nacional para conservar las reliquias de los héroes
de la guerra del Pacífico. Estuvo entre los fundadores de la Unión Católica
de Chile, en 1882. De 1880 á 1892 fue director del Asilo de la Patria
“Nuestra Señora del Carmen”, refugio de los huérfanos de la guerra contra
el Perú y Bolivia. En 1885 transformó este asilo en pensionado universitario.
Por iniciativa de él, la República de Chile erigió un monumento en la cumbre
del Monte Carmelo en Palestina. En 1887 viajó por América, Europa y Asia. A su
regreso el presidente José Manuel Balmaceda lo nombró capellán de La Moneda.
Él aceptó, pero no acompañó la revolución de 1891. En 1894 fue designado
Gobernador Eclesiástico de Valparaíso, donde fundó la Sociedad de Orden y
Trabajo. En 1895 acompañó al arzobispo Mariano Casanova en su viaje por
Argentina: visitó Mendoza, Buenos Aires y el santuario de Luján, y pronunció
una serie de discursos para estrechar la confraternidad entre ambas naciones.
Antes de ser obispo de Ancud, Mons. Jara fue
asistente en América de la Unión Apostólica para sacerdotes, director de los
cooperadores salesianos, capellán y profesor de Religión en la Escuela Naval,
miembro de la Junta de Beneficencia, canónigo honorario de la Iglesia
Metropolitana de Buenos Aires, etc. El 2 de mayo de 1898 León XIII lo eligió
obispo de Ancud; recibió la consagración episcopal el 19 de junio de ese mismo
año, de manos del obispo de La Serena, Mons. Florencio Fontecilla, en el templo
de los Sagrados Corazones en Valparaíso. Tomó posesión de su diócesis en
setiembre de 1898. Fue el sucesor de Mons. Fray Agustín Lucero, fallecido en
1897.
La tarea episcopal de Mons. Jara tuvo grandes
alcances, no sólo a nivel espiritual, sino también material. A él se debe la
construcción de la imponente catedral de Ancud [[25]], el palacio episcopal –que más
adelante sería destruido por el fuego–, la Casa de las Huérfanas, la estatua
de la Virgen en la cima del monte Carmelo, las construcciones que realizó en
Valdivia, etc. Además de erigir veintisiete nuevas parroquias, creó las
gobernaciones eclesiásticas de Valdivia y de Magallanes. Formó varios círculos
y asociaciones piadosas, entre ellas la Unión Apostólica de Sacerdotes. Reformó
la enseñanza en el seminario de Ancud, que entregó a la dirección de los
jesuitas [[26]]. Celebró varias asambleas para
levantar el espíritu católico de la diócesis, y trajo a la diócesis a los
carmelitas. Fundó un club para la distracción del clero y para fomentar la
mutua armonía en el mismo. También fundó «El Buen Pastor», revista célebre
por sus artículos y la seriedad de su dirección, y «La Cruz de Sur»,
continuadora de «El Austral»; y en Valdivia fundó «La Familia». En 1907
celebró el tercer Sínodo Diocesano de Ancud. Fundó escuelas industriales en
diversas localidades de la diócesis, etc.
San Pío X lo trasladó a la diócesis de La
Serena el 31 de agosto de 1909. El 13 de noviembre fue designado Administrador
Apostólico de Ancud, y al año siguiente lo sucedió Mons. Fray Pedro Armengol
Valenzuela. Hizo la Visita ad limina
en 1899 y 1908 como obispo de Ancud, y en 1914 como obispo de La Serena. Falleció
en esta última ciudad el 9 de marzo de 1917, y fue sepultado en la catedral
diocesana. Lo sucedió Mons. Carlos Silva Cotapos en 1918.
El “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara
En 1899 Mons. Jara participó en el Concilio
Plenario Latino Americano. El 4 de julio tuvo lugar en la capilla del Colegio Pío
Latinoamericano la celebración de los solemnes funerales por las almas de todos
los obispos difuntos de América Latina [[27]]. Además de los padres
conciliares estuvieron presentes el cardenal Vives y Tutó, los superiores y
alumnos del Colegio, y muchos laicos, entre ellos los representantes diplomáticos
acreditados ante la Santa Sede por las repúblicas de América Latina.
Ese mismo día, de manera repentina, Mons.
Jara sufrió un agudo ataque de peritonitis. Inmediatamente fue atendido por el
médico del Colegio Sr. Tacchi Venturi y el enfermero H. Comai. Pero el dolor
fue agravándose de tal manera que parecía que la muerte del obispo era
inminente. Al día siguiente por la noche, en medio de una consternación
general, le fueron administrados los últimos sacramentos. Aquello fue para los
alumnos un “verdadero duelo”, ya que Mons. Jara, “por su exquisita
amabilidad y benevolencia […], se había hecho acreedor al cariño universal
de cuantos lo conocieron” [[28]]. Esa misma noche, por orden del
rector del Colegio, R. P. Enrique Radaelli, comenzó un solemne triduo a San José
por la salud de Mons. Jara, y en los días siguientes las misas y oraciones de
todo el Colegio no pedían otra gracia que la mejoría del obispo chileno.
Tanto los superiores como los alumnos del Colegio hicieron innumerables
promesas, votos y sacrificios implorando el auxilio de la Santísima Virgen y
los Santos patronos. Cabe señalar que el rector Radaelli “formuló la solemne
promesa de acudir en piadosa peregrinación, acompañado de los alumnos chilenos
del establecimiento por él dirigido, a postrarse ante la imagen veneranda del
Santuario de Pompeya, si le alcanzaba la gracia de devolver la salud al ilustre
moribundo”
[[29]]. La protección de la Santísima
Virgen no se dejó esperar, a tal punto que “a las pocas horas de formulado el
voto de peregrinación, los médicos observaron con asombro una reacción
favorable en el curso de la enfermedad, reacción que fue el punto de partida de
una lenta pero no interrumpida mejoría por todos considerada como una gracia de
lo alto; y que, pasado un corto espacio de tiempo, restituyó por completo la
salud al distinguido Prelado” [[30]] .
Y así, después de un largo período de coma, tuvo lugar lo que el alumno
cronista denomina el “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara. El
obispo en diversas ocasiones manifestó su gran alegría por haber recuperado la
salud, y se mostró verdaderamente conmovido ante las múltiples pruebas de
afecto que recibió en el curso de su enfermedad. El día antes de que los
alumnos partieran a sus vacaciones, y sobreponiéndose a la debilidad de su
estado, Mons. Jara celebró una misa de comunidad. Al terminarla, reuniendo
todas sus fuerzas, dirigió a los alumnos “una tierna alocución en desahogo,
como él dijo, del reconocimiento que rebosaba su alma por las señaladas
muestras de amor que había recibido del Colegio en toda su gran dolencia”
[[31]].
Debido a las tareas escolares, el P. Radaelli
pudo cumplir su promesa recién el 13 de setiembre de 1900 [[32]]. Ese día partió en peregrinación
al santuario de la Virgen de Pompeya, junto con los alumnos chilenos que por
entonces residían en el Colegio, o sea: Clodoveo Montero, José Aníbal
Carvajal Aspée, Rafael Edwards y Salas, Osvaldo Martínez, Arturo Silva, Luis
Felipe Contardo, Arturo Dabowich y José León Duarte [[33]]. Los peregrinos llegaron a
Pompeya el 14 de setiembre, y al día siguiente participaron en la celebración
de una eucaristía a los pies de la imagen de la Santísima Virgen, agradecidos
por el “restablecimiento casi milagroso” de Mons. Jara.
Crónica inédita
del Concilio Plenario Latino Americano
(Roma 1899)*
No bien los diarios romanos dieron a la luz pública
la Encíclica de S. S. León XIII a los Obispos de la América Latina en que se
les convocaba a Concilio en Roma, comenzó a ser en nuestras conversaciones
asunto imprescindible cuanto con la venida de SS. SS. y su estancia en Roma se
relacionaba, pues no nos cabía duda de que por lo menos los Illmos. mitrados
exalumnos de este Colegio gustarían vivir en nuestra compañía.
Mas cuando poco después se supo con entera
seguridad que la celebración del Concilio se llevaría a cabo en la capilla
misma del Colegio, ya no sólo llamaba la atención de los alumnos el próximo
acontecimiento, sino que los mismos superiores empezaron a deliberar sobre los
mismos eficaces medios para preparar una digna hospitalidad a los muchos
prelados que prudentemente se creyó solicitarían habitaciones por la grande
comodidad que les ofrecía especialmente el lugar de las sesiones.
Nuestra esperanza se fue robusteciendo cada día más con la llegada de
muchas cartas de distintos prelados de la América que se adelantaban a
solicitar un hospedaje que la delicadeza de nuestros superiores pensaba ya
ofrecerles. Tan crecido fue el número de cartas con este objeto que a fines de
abril ya estaban destinadas las veinte habitaciones que con el concurso del
Vaticano había alistado el Colegio para hospedar a los Rvdos. Padres del
Concilio; y sin embargo seguían llegando nuevos pedidos, y los superiores que
fundaban toda su dicha en poder servir a nuestros Obispos, mayormente animados
por todos nosotros que cada cual más ansiábamos tener en el Colegio a nuestros
respectivos prelados, no tenían ánimo para negar demanda alguna.
Y así nada más natural que el que muchos alumnos ofrecieran sus
propias estancias para poder dar albergue a los señores secretarios, logrando
de este modo que las habitaciones a éstos destinadas, pudiesen ser
convenientemente arregladas para nuevos Obispos. Consiguióse de este modo que
en los últimos días de mayo, después de innumerables trajines y
combinaciones, cuando ya todos los Obispos concurrentes al Concilio se
encontraban en Roma, se contasen, con gran pasmo de nosotros mismos, veintinueve
Obispos huéspedes del Colegio con sus respectivos secretarios, y algunos otros
sacerdotes acompañantes, hasta formar un total de setenta hospedados en nuestro
espacioso edificio.
Como tú puedes imaginar –continuaba el alumno– nuestro gozo era
completo: teníamos las sesiones del Concilio en casa y a la mayor parte nos era
dado poder personalmente asistir y atender al menos a un Prelado de nuestras
respectivas naciones. No es por esto de admirar que hayamos visto pasar en un
soplo los cincuenta y tantos días que permanecieron a nuestro lado.
Pero si los alumnos cifrábamos nuestra dicha en rodear a los Prelados
de las más cariñosas atenciones, no se quedaban atrás nuestros amadísimos
superiores que desde el primer momento de su llegada se esforzaron por
procurarles todas las comodidades que, como a sostén del Colegio, les
corresponden, y el cariño y el amor filial de los alumnos lo demandan.
En la última semana de mayo no había casi un día en que el R. P.
Rector, Enrique Radaelli, no se encontrase personalmente en la estación de los
ferrocarriles a esperar algún Obispo de los que debían alojarse en casa,
acompañado de uno o más alumnos compatriotas o diocesanos de S. S. I. Una vez
en el Colegio, fueron atendidos los Sres. Obispos con suma solicitud y cariño
hasta el punto de que los superiores tuvieron el gran contento de que al
alejarse de nuestro Colegio tan distinguidos cuanto numerosos huéspedes, no
tuvieran palabras más que de reconocimiento por la cariñosa solicitud con que
habían sido atendidos.
Mas no para aquí la atención del Colegio para con nuestros Prelados:
en dos ocasiones especialmente quiso probar cómo a él más que a todos
correspondía festejarlos, y cómo sabía no dejar pasar, para hacerlo
dignamente, ocasión alguna que tendiera a dar mayor brillo y solemnidad a su
manifestación. Fueron éstas el 28 de mayo, día en que se inauguró el
Concilio y el 10 de julio, día en que fueron recibidos todos los Padres del
Concilio por S. S. León XIII, es decir, el siguiente de la clausura solemne de
las sesiones. Dos suntuosos banquetes dio el Colegio, en estos días, como
saludo de bienvenida, al par que de augurio de próspero resultado en las tareas
conciliares, el primero; y como felicitación por el feliz éxito en los
trabajos al mismo tiempo que afectuosa despedida, el segundo. Ambos como expresión
que eran del amor filial de los alumnos, a sus venerables padres; debían probar
una vez más a los celosísimos pastores el entusiasmo y gozo que les causaba el
advenimiento de sus Prelados y la celebración del Primer Concilio Plenario de
la América Latina.
En el último banquete, sobre todo, fue donde puede decirse que se
coronó la serie no interrumpida de manifestaciones de mutuo amor entre los
Sres. Obispos y el Colegio, con una manifestación de aprecio tan cariñosa como
magnífica, que a no dudar ha dejado gratísima memoria en el ánimo de cuantos
la presenciaron.
El espléndido refectorio de los alumnos, que, como tú sabes,
descuella entre los mejores de su género, fue el escogido para el fraternal y
amistoso ágape. Asistían todos los Ilmos. Sres. Obispos, exceptuado Mons.
Jara, que por su enfermedad no pudo dejar el lecho, seis Cardenales, en su mayoría
los que, como Delegados de Su Santidad, habían presidido en las sesiones
solemnes, los consultores y teólogos del Concilio, los ceremonieros
pontificios, los secretarios de S. S. I. e innumerables Monseñores y alto clero
de Roma. En una palabra, el espacioso local se hacía estrecho para contener la
más ilustre y selecta concurrencia. El P. Rector en un afectuoso discurso
latino ofreció el banquete, como último obsequio de gratitud con que era dado
al Colegio P. L. Americano festejar al venerando Concilio de sus amantísimos
padres que con tanta solicitud se habían interesado por él en el curso de las
sesiones conciliares.
Siguieron al P. Rector en el uso de la palabra varios cardenales y
obispos, en medio. de las más entusiastas manifestaciones de contento y mutua
cordialidad; resultando en conjunto que la satisfacción más acabada
y la alegría más franca fuese en el festín la nota dominante.
Con lo hasta aquí dicho ya puedes comprender muy bien cuánto se han
estrechado con ocasión del Concilio, las ya óptimas relaciones entre los
Prelados de la América Latina y nuestro Colegio; y si a eso añades el cariño
e interés con que S. S. León XIII aprovechó todas las ocasiones en las
audiencias a los Obispos, para encarecerles la importancia del Colegio y
recomendarles su más decidido apoyo y protección, no dudo que la impresión
que recibirás será gratísima, como amante exalumno que eres de este
establecimiento, para ti tan lleno de dulces y halagüeños recuerdos.
Y aquí podría ya terminar esta larga carta; pero aún quiero
descender a referirte como una particularidad de la estancia de los Sres.
Obispos, la desgracia, única puedo decirte, que afligió a cuantos se enteraron
de ella, y casi sumió en mortal congoja al Concilio y a nuestro Colegio.
El día 5 de Julio, fijado por el Concilio
para la celebración de los solemnes funerales por todos los Prelados difuntos
de nuestra América, repentinamente, sin que nadie lo previera, el Illmo. Sr.
Obispo de San Carlos de Ancud, D. Ramón Ángel Jara, que desde el día anterior
sufría un poco del estómago, fue aquejado tan violentamente por un ataque de
peritonitis que se llegó a temer seriamente por su salud.
A pesar de la asistencia asidua que desde el primer momento le
prestaron el dignísimo médico del Colegio Sr. Tacchi Venturi y el incansable
enfermero H. Comai, fue de tal modo agravándose la dolencia que al día
siguiente por la noche, en medio de la consternación general, le fueron
administrados los últimos sacramentos, que recibió el piadoso prelado, como la
bendición papal, con las mayores muestras de fervor y conformidad con la
voluntad de Dios.
Pintarte la desolación de los superiores y
alumnos por esta desgracia, me es de todo punto imposible. Sólo te diré que
para los superiores era una verdadera tribulación, ya que nada podía serles más
sensible que ver enfermar y tan gravemente a uno de los dignísimos huéspedes a
quienes ansiaban servir con el mayor esmero y atender con todo género de
comodidades; y para los alumnos era un verdadero duelo, pues que por su
exquisita amabilidad y benevolencia el Illmo. Sr. Jara se había hecho acreedor
al cariño universal de cuantos lo conocieron.
En la misma noche, por orden del R. P. Rector, fue comenzado un solemne
triduo a San José por la salud de Mons. Jara, y en los días siguientes las
misas y oraciones de todo el Colegio no pedían otra gracia ni solicitaban otro
favor que la mejoría del Ilmo. paciente.
Innumerables fueron las promesas y votos con que tanto los superiores
como los alumnos se ligaron a porfía para interesar en su favor la protección
y auxilio de la Sma. Virgen y Santos patronos, y no pocos los sacrificios,
algunos hasta heroicos, que se ofrecieron por el mismo fin; resultando de toda
esta serie de generosas acciones un conjunto tan noble y honroso para el Colegio
que bastaría él solo a probar con creces el entrañable cariño que así los
superiores como los alumnos tienen a sus prelados, y el desinteresado afán con
que se esmeraban por rodear a sus padres de las más exquisitas atenciones y
cuidados.
El restablecimiento casi milagroso de Mons. Jara, después de una larga
y penosísima temporada de coma que el virtuoso prelado soportó con la más
edificante resignación, fue la mejor recompensa que podía el Colegio esperar
por su constante solicitud, en bien del piadoso enfermo. La satisfacción purísima
que gozó después de la angustia sufrida por la amenazada vida de Monseñor,
bien claro lo manifestó en diversas ocasiones; pero sobre todo con funciones
religiosas en acción de gracias por la merced obtenida; y el magnánimo Obispo
chileno, cuyo corazón de oro tan indiferente a los propios dolores y
sufrimientos como sensible a las menores muestras de afecto y a los mínimos
favores en su obsequio, verdaderamente conmovido por las múltiples pruebas de
afecto recibidas del Colegio en el curso de su enfermedad, no pudo acallar los
sentimientos de gratitud que, para su generosidad le habíamos merecido; y el día
anterior a nuestra partida a vacaciones, sobreponiéndose a la debilidad de su
estado, nos dijo la misa de comunidad, y a pesar de la postración en que se
encontraba al terminarla, reuniendo todas sus fuerzas, nos dirigió una tierna
alocución en desahogo, como él dijo, del reconocimiento que rebosaba su alma
por las señaladas muestras de amor que había recibido del Colegio en toda su
gran dolencia. Y concluyó manifestándonos lo grato que sería volverse a
encontrar en el camino de la vida con alguno de nosotros, para poder pagarle,
como era su deseo, la inmensa deuda de gratitud que dejaba para siempre
obligados a nosotros su corazón y su existencia.
Con sobrada razón pues creo cerrar esta
carta, asegurándote que uno de los primeros frutos del Concilio Plenario ha
sido aficionar aún más a los Illmos. Prelados a este colegio e interesarlos
con mayor empeño por su vida y sostenimiento.
* *
*
* Doctor en Teología en la Universidad de Navarra
(Pamplona, España). Profesor de Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico
del Uruguay “Mons. Mariano Soler” (Montevideo) agregado a la Pontificia
Universidad Gregoriana (Roma). Profesor de Antropología Filosófica en la
Universidad Católica del Uruguay “Dámaso A. Larrañaga”.
[1]
Entre los
trabajos más recientes acerca de la etapa preparatoria del Concilio
Plenario, vid. Misael Camus Ibacache,
La préparation et la convocation du Concile Plénier de l’Amérique
Latine célébré à Rome en 1899, en: «Revue d’Histoire Ecclésiastique»
[Louvain-la-Neuve] 93 (1998,1-2) 66-82; Antón PAZOS, El iter del Concilio Plenario
Latino Americano de 1899, o la articulación de la Iglesia latinoamericana,
en: «Anuario de Historia de la Iglesia» [Pamplona] 7 (1998) 185-206; Pedro
Gaudiano, El Concilio Plenario de la América Latina (Roma 1899): preparación,
celebración y significación, en: «Revista Eclesiástica Platense»
[La Plata] 10-12 (1998); Id., Los
antecedentes del Concilio Plenario Latino Americano según la documentación
vaticana, en vías de publicación en «Teología» [Buenos Aires]; vid.
infra, nota 3.
[2]
Mariano Soler,
Carta Pastoral [2.4.1899] del Excmo. Señor Arzobispo con motivo de la
celebración del Concilio Plenario de la América Latina, en: «La
Semana Religiosa» [Montevideo] 14 (1899) 9619-9623, 9619.
[3]
Vid. una
bibliografía actualizada sobre el tema en: Pedro Gaudiano,
Mons. Mariano Soler, primer arzobispo
de Montevideo, y el Concilio Plenario Latino Americano, Tesis doctoral,
pro manuscripto, Facultad de Teología de la Universidad de Navarra
(Pamplona 1997). Un extracto de la tesis está en vías de publicación en:
«Excerpta e Dissertationibus in Sacra Theologia» [Pamplona]; vid. el texto
de la disertación doctoral, en: «Anuario de Historia de la Iglesia»
[Pamplona] 7 (1998) 375-382.
[4]
“Quel
Concilio fu, in effetti, il primo grande tentativo di integrazione della
Chiesa nel Continente. Fu, per così dire, il punto di partenza dell’età
pastorale adulta della Chiesa latinoamericana”, Oscar A. Rodríguez
Madariaga, Presentazione,
en: Enchiridion. Documenti della
Chiesa Latinoamericana [a cura di P. Piersandro Vanzan,
S.I.] (Bologna 1995). Esta publicación contiene una selección de
documentos de la Iglesia latinoamericana: del Concilio Plenario Latino
Americano (1899) y de las Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y
Santo Domingo (1992).
[6] Luis
Medina Ascensio, Historia del Colegio Pío Latino Americano (Roma: 1858-1978) (México
1979), pág. 88.
[7] Vid.
Pedro Maina, Memorias del Pontificio Colegio Pío Latino Americano de Roma desde su
fundación hasta nuestros días. 1858-1958, pro manuscripto, Pontificio
Colegio Pío Latino Americano, 2 tomos (Roma 1958). Medina Ascensio reconoce
que su obra es un “resumen” de estas Memorias
escritas por Maina: “No perdemos la esperanza de que algún día se
considere necesaria la publicación de esa obra del P. Maina. Por medio de
ella, se conocerán muchos datos de esa historia que a nosotros no nos fue
posible publicar en este, que puede llamarse, resumen de ese largo
historial”, Luis Medina Ascensio,
o.c., pág. 355.
[8]
Agradezco al
director de mi tesis doctoral, Dr. Josep-Ignasi Saranyana, por haberme
enviado a investigar en los archivos vaticanos y romanos. También agradezco
al rector del Colegio Pío Latinoamericano, R. P. Luis Palomera S.J., por la
hospitalidad que me brindó durante mi estadía en Roma y por acercarme las Memorias de Maina y otros valiosos documentos del archivo del
Colegio.
[11]
Así la
denomina el mismo autor cuando comienza a referirse a la Enfermedad
de Mons. Jara, vid. infra el
texto de la Crónica.
[12] Vid.
la lista de los 53 padres conciliares en
Actas y Decretos del Concilio
Plenario de la América Latina celebrado en Roma el Año del Señor de
MDCCCXCIX. Traducción oficial (Roma 1906) [en adelante: Actas], págs. XLVIII-XLIX. Al final de dicho texto, se lee lo
siguiente: “N.B. – A la lista
anterior debe hasta cierto punto añadirse el nombre del Illmo. y Rmo. Señor
D. Fernando Arturo de Merino,
Arzobispo de Santo Domingo, quien
viniendo al Concilio, cayó gravemente enfermo en París, de donde envió a
su secretario a Roma, a manifestar su fraternal unión a los Padres del
Concilio, y su plena adhesión a los Decretos sinodales que promulgaran”.
[13]
Cuatro eran
arzobispos: Jerónimo Thomé
da Silva, de San Salvador, primado de Brasil; Pedro Rafael González, de
Quito; Mariano Soler, de Montevideo; Joaquín Arcoverde de Albuquerque
Cavalcanti, de San Sebastián de Río de Janeiro. Ocho eran
obispos: Ignacio Montes de
Oca, de San Luis de Potosí; Eduardo Duarte Silva, de Goyaz; Manuel de
Caycedo, de Popayán; Juan Agustín Boneo, de Santa Fe, uno de los primeros
diecisiete fundadores del Colegio Pío Latinoamericano en 1858; Mariano
Antonio Espinosa, de La Plata; Francisco do Rego Maia, de Petrópolis;
Esteban Rojas, de Tolima; y Francisco Plancarte y Navarrete, de Cuernavaca.
[15] Cfr.
Eugenio Polidori, Apertura
del Concilio Plenario dell’ America Latina al Collegio P. L. Americano,
en: «La Civiltà Cattolica» [Nápoles] 6 (1899) 725-728, 725.
[16] Vid.
Excelentísimos Sres. Arzobispos y
Obispos, que integraban el Concilio Plenario Americano el día 28 de Mayo de
1899, por orden de su promoción, y su domicilio en Roma, en: Pedro Maina,
o.c., págs. 268-270. En el nº 51 de la lista, Mons. Matías
Linares figura por error como obispo de "Salto", y no se agrega el
país correspondiente, como en todos los otros casos; según Actas, pág. XLIX, Mons. Linares era obispo de la diócesis
argentina de "Salta". La lista de Maina, sin numeración y con el
error mencionado, se reproduce en: Luis Medina
Ascensio, o.c., págs.
315-317.
[18] Dicha
consagración tuvo lugar el 11.6.1899, vid. Cuarta
Sesión Solemne, en: Actas, págs.
LXXXVII-LXXXVIII; vid. también «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13
(1899) 9884; la fórmula de la consagración, y las palabras que añadió el
presidente del Concilio, en: l.c.,
10043-10044.
[20]
Sobre Mons.
Jara, vid. Pedro P. Figueroa, Diccionario biográfico de Chile, t. II (Santiago de Chile 1897), págs.
128-129; Luis F. Prieto del Río,
Diccionario biográfico del clero
secular de Chile, 1513-1918 (Santiago de Chile 1922); Carlos Silva
Cotapos, Historia Eclesiástica de Chile (Santiago de Chile 1925); Francisco
J. Cavada, Historia centenaria de la diócesis de San Carlos de Ancud (Imprenta
San Francisco, Padre Las Casas, 1940); Carlos Oviedo
Cavada, Los obispos de Chile (Santiago
de Chile 1996).
[25]
Vid. el Acta levantada en la bendición y colocación de la primera piedra de la
nueva catedral de Ancud [1º.1.1901], en: Francisco J. Cavada,
Historia centenaria cit., págs. 286-288.
[26]
El seminario
de Ancud pasó a ser dirigido por los jesuitas por decreto de Mons. Jara del
28.2.1900; vid. el texto de dicho decreto en: ibid.,
págs. 281-282.
[27] Por
error del “alumno cronista” o del P. Maina, en la Crónica figura que esta celebración tuvo lugar el día 5 de julio.
En aquella ocasión Mons. Mariano Soler, arzobispo de Montevideo, celebró
la misa de pontifical, y Mons. Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis de
Potosí, pronunció la oración fúnebre; vid. el texto de la misma, en: Actas,
págs. CII-CXXX; vid. también «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13
(1899) 9915.
[29]
Vid. Peregrinación al Santuario de la Virgen de Pompeya, en: «Boletín
de los Alumnos del Colegio Pío Latino Americano» 4 (1900) 25-27, 26; en la
pág. 24 se publica una foto de Mons. Jara.
[33]
Obtuvimos
los nombres de los alumnos que en setiembre de 1900 residían en el Colegio,
en Catalogus Pontificii Collegii Pii
Latini Americani, Anno 1917 (Romae 1917), págs. 32-40.
*
El texto que sigue fue transcripto de Pedro Maina,
Memorias del Pontificio Colegio Pío
Latino Americano de Roma desde su fundación hasta nuestros días. 1858-1958,
pro manuscripto, Pontificio Colegio Pío Latino Americano, t. 1 (Roma 1958),
págs. 261-267.