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INTRODUCCIÓN

Multiplicación de empresas privadas de seguridad, avisos radiales en inglés, artes marciales de cuño oriental, shopping centers, cementerios privados, antenas parabólicas y generalización del video. También inusitadas formas de violencia en espectáculos deportivos, monumento público a Iemanjá, aparición de nuevas sectas religiosas, desmovilización a nivel sindical y político, menor interés por las cuestiones ideológicas.

La vida cotidiana y las formas de convivencia de los uruguayos en este fin de siglo está cambiando a un ritmo que ya no podemos disimular. Aumenta la sensación -a veces la conciencia- de estar atravesando un momento crucial de nuestra historia, una transformación de nuestros hábitos colectivos que habrá de configurar decisivamente las condiciones de vida de las próximas generaciones. Sin embargo, no experimentamos que en este proceso se esté ensanchando nuestro protagonismo. Por el contrario, nos sentimos más bien arrastrados por fuerzas que con frecuencia desbordan nuestra capacidad de comprensión y de dirección de lo que nos sucede. Y así nos vemos invadidos por sentimientos que van desde la perplejidad y la resistencia a la resignación pasiva o aún al intento desesperado por no perder el tren, aunque no sepamos bien adónde conduce.

No todas las transformaciones nos afectan de igual manera y con idéntica hondura. Tampoco damos a todas la misma importancia. La trascendencia histórica y ética que otorgamos a los hechos depende de nuestra ubicación, conocimientos, intereses, convicciones. En este trabajo buscaremos hacer una reflexión crítica a partir de compromisos y preocupaciones que hemos compartido con cristianos de nuestro país y nuestro continente. Asumimos de manera explícita una perspectiva que ha ido madurando entre militantes cristianos de América Latina en las últimas décadas: la convicción de que el hecho mayor de nuestro continente es la creciente pobreza y la multiforme exclusión  a que se ven condenadas las grandes mayorías. Convicción que no se apoya sólo en una constatación estadística o, menos aún, en una priorización antojadiza de los hechos sino que se enraiza en lo más sustancial de nuestra experiencia creyente.

Para los cristianos, en efecto, no existe un auténtico encuentro con Dios sino cuando nos hacemos solidarios del otro, sobre todo del que es excluido. La discriminación entre los

falsos dioses que nos construimos y la experiencia del Dios

verdadero comienza cuando hacemos nuestra la pregunta que Yavé hace a Caín en las primeras páginas de la Biblia: ")Dónde está tu hermano?"(Gen 4,9). Falsos dioses que no sólo se presentan bajo formas explícitamente religiosas sino también en su versión secularizada y cuyo signo distintivo consiste en prometernos felicidad a cambio de nuestra sumisión a su permanente necesidad de sacrificios humanos.

 En uno de sus "salmos" un autor latinoamericano expresa esta perspectiva cristiana con lucidez y profundidad:

 

Nuestras ciudades están pobladas de templos.

Dioses terribles y seductores

nos piden a cada hora

ofrendas y sumisión.

Sirve a la empresa -proclaman-

y tendrás vida segura;

si resultas elegido,

reinarás sobre la tierra.

Entrégate a la moda

y en cada temporada

nacerás de nuevo.

Afíliate al partido;

estarás entre los vencedores

y a tu paso se abrirán todas las puertas.

Todos los dioses gritan:

ven y recibe la marca;

cuando seas nuestro,

vivirás de nuestra vida

y nadie te arrebatará

de nuestras manos.

Dicen mentira, Señor

la vida que tienen los dioses

es nuestra vida, la que nos quitaron,

la que disfrutan sus fabricantes.[1]

1. La crisis de los proyectos de transformación social.

Desde esta perspectiva uno de los cambios más relevantes es la crisis por la que atraviesan aquellos espacios en los que tradicionalmente se defendían los derechos e intereses de los pobres. Hoy parece que los sectores empobrecidos no logran darse una expresión colectiva con la suficiente capacidad de

movilización como para incidir en las transformaciones sociales en curso. Se nota un desgaste de los proyectos, propuestas y estrategias que durante los últimos decenios dieron perfil propio y una mística militante a los grupos más postergados. Y no sólo a ellos, sino a todos aquellos sectores que apostaban a un cambio

estructural de la sociedad en orden a una configuración más justa y solidaria. Va ganando terreno un sentimiento generalizado de frustración, de desencanto, y la incitación a dejarnos seducir cada vez más por actitudes resignadas, individualistas y oportunistas. Se nos propone abandonar viejas banderas de solidaridad, olvidarnos de los que "quedan por el camino" y sumarnos al "sálvese quien pueda".

Esta situación no es exclusiva del Uruguay. Se inserta dentro de una crisis que atraviesa todo el continente latinoamericano y caracteriza la actual coyuntura mundial. Proyectos y prácticas que por largo tiempo alimentaron la esperanza de un cambio social en favor de los pobres han perdido credibilidad y capacidad de convocatoria en todo el mundo. También sus agentes portadores han sufrido un proceso de desgaste y descrédito. Se escucha en foros públicos y en conversaciones privadas que ya no es posible una transformación estructural

de la sociedad, que toda empresa colectiva que lo pretenda está condenada de antemano al fracaso. Se proclama abiertamente el triunfo definitivo del sistema capitalista y de la economía de mercado que han quedado sin contendores. Se habla del "fin de las utopías" e incluso del "fin de la historia".

Para los antiguos y nuevos adherentes al modelo capitalista la crisis mundial por la que atraviesan los movimientos de transformación social sería consecuencia de la victoria aplastante de la economía de mercado en el terreno de los hechos. Pero esta no nos parece, ciertamente, una explicación adecuada.

Lo primero que surge con evidencia es que el mentado triunfo del capitalismo en el campo abstracto de la macroeconomía lejos de solucionar los problemas de los países y grupos postergados los ha empeorado.[2]  Todas las estadísticas muestran

que la pobreza ha aumentado en los países del llamado Tercer Mundo y aún en Estados Unidos. A partir de la globalización de la economía de mercado se han agravado los procesos de concentración desigual de la riqueza entre países y dentro de ellos. Como si eso fuera poco, se tiende a abandonar o reducir las políticas sociales orientadas a aliviar la situación de los grupos más castigados. De la mano de estos fenómenos han crecido asimismo el monopolio del progreso tecnológico por parte de los países centrales, la desocupación en los países periféricos, las explosiones espontáneas de violencia social, la depredación ecológica.[3]

En América Latina tanto el empobrecimiento de los sectores populares como la desigualdad en la distribución del ingreso son particularmente graves. Un informe del Banco Mundial del año 1990 señala al respecto: "En ninguna región del mundo en desarrollo son los contrastes entre la pobreza y la riqueza nacional tan notables como en América Latina y el Caribe. A pesar de ingresos per cápita que son en promedio cinco o seis veces mayores que los de Asia Meridional y África al Sur del Sahara, casi una quinta parte de la población de la región sigue viviendo en la pobreza. Esto se debe a un grado excepcionalmente elevado de desigualdad en la distribución del ingreso." Y añade el informe: "Elevar los ingresos de todos los pobres del continente  a un nivel inmediatamente por encima del umbral de pobreza costaría sólo un 0.7% del PIB regional, lo que equivale a un impuesto sobre la renta de 2% aplicado a la quinta parte más rica de la población."[4]

El denominado "triunfo" del capitalismo es, pues, un fracaso cuando miramos su desempeño desde la perspectiva y los

intereses de los pobres. Las estructurales tendencias a la exclusión y la desigualdad, que antes convocaban a la militancia social, no sólo no se solucionaron con la globalización de la economía de mercado: se han agudizado notoriamente.

2. El desafío planteado a los cristianos.

Ahora bien, esta situación afecta de un modo peculiar a aquellos cristianos que animados por su fe se comprometieron seriamente en los esfuerzos colectivos por construir una sociedad más justa. Porque al interior de ese compromiso redescubrieron existencialmente algo muy tradicional pero en buena parte olvidado: en la lucha por la justicia se pone en juego nada menos que la autenticidad del seguimiento de Cristo y el acceso a la plenitud de la vida, a la salvación. La defensa del excluido no es un ingrediente marginal que pueda añadirse o sustraerse a la existencia creyente de acuerdo con la coyuntura histórica: de ella depende nuestro encuentro con el Dios verdadero. "Sólo en la observancia de los deberes de justicia se reconoce verdaderamente al Dios liberador de los oprimidos", dirán los obispos reunidos en Sínodo, ya que "el cristiano encuentra en cada hombre a Dios y la exigencia absoluta de justicia y de amor que es propia de Dios."[5]   En América Latina ese compromiso con los derechos de los excluidos, enraizado en la experiencia del seguimiento de Cristo, se concretará en una práctica y un lema definidos: la opción preferencial por los pobres.

Por eso la crisis que hoy atraviesa nuestro mundo plantea a los cristianos una serie de cuestiones muy hondas y a veces dramáticas: )qué queda de la opción por los pobres en un mundo sin alternativa? )Es que todos los sacrificios y luchas que se emprendieron en las últimas décadas fueron sólo un espejismo ingenuo o romántico, ya sin asidero en la realidad? )Acaso iremos acomodando aquella opción de indudable vigor utópico a una práctica de corte exclusivamente asistencialista, conciliable con una resignación total a nivel de las estructuras macrosociales? En ese caso estaríamos eliminando uno de los elementos  constitutivos de esa opción: afirmar el derecho de los pobres a

ser cada vez más sujetos de su historia. )Habrá que abandonar, entonces, por inviable, esta opción? Renunciar a la misma implicaría abdicar de una convicción y una práctica que se han revelado indisociables del seguimiento de Jesucristo. Sería resignarse a la fractura y a la incoherencia. La opción por los pobres no se negocia: ella es "irrevocable", como dijera Juan Pablo II en la Conferencia de Santo Domingo.

No hemos de confundir, sin embargo, la fidelidad a esta opción con posturas voluntaristas o, puramente declarativas. La fidelidad a nuestras convicciones teológicas y éticas no nos ahorra -al contrario, nos exige- un cuidadoso análisis del acontecer histórico y la búsqueda de cauces mediadores en cada nueva situación. Este es para nosotros uno de los desafíos más importantes y urgentes de la hora actual. )Acaso no tenemos nada decisivo que aprender de la rica y dolorosa experiencia de tantos pueblos y grupos que han apostado al cambio de las estructuras sociales? )Qué enseñanza nos dejan acontecimientos como el derrumbe del socialismo en el Este europeo, la experiencia nicaragüense, o los diversos modelos de desarrollo que se han intentado en América Latina y en Uruguay? )Afectan sólo aspectos estratégicos de la práctica política o también la forma de concebir todo el proceso de transformación social y nuestra participación en él?

La respuesta a estas preguntas no es sencilla. No lo es en la práctica porque nos vemos solicitados por dinamismos que nos seducen o simplemente nos arrastran antes que podamos reflexionar. Y no lo es en la teoría porque supone un proceso de discernimiento arduo y de largo plazo, así como una aguda capacidad de autocrítica.

Pero vale la pena comenzar la búsqueda. En todo momento de crisis, como señala la etimología de la palabra, anida potencialmente un crisol, una profunda experiencia de purificación. En el Nuevo Testamento fue precisamente una crisis de las expectativas mesiánicas lo que dio lugar al nacimiento de la esperanza y el compromiso propiamente cristianos. Es interesante recordar en este sentido que el evangelista Lucas introduce la parábola de las diez monedas, dirigida precisamente a instaurar una esperanza creativa y responsable en los discípulos, con esta frase: "Los que caminaban con Jesús y lo escuchaban estaban ya cerca de Jerusalén, y se imaginaban que el Reino de Dios se iba a manifestar de un momento a otro. Jesús, pues, le puso este ejemplo..."(Lc 19,11).

La situación que vivimos coloca a los cristianos también hoy ante una decisión crucial: nos impone elegir entre el oportunismo y la oportunidad. El oportunismo de invocar las dificultades como pretexto para abandonar principios. La oportunidad de reconstruir la esperanza y una práctica solidaria coherente con ella. Creemos que la presente encrucijada contiene sobre todo un desafío histórico: REDESCUBRIR LA FUENTE Y EL SENTIDO DEL COMPROMISO DE LOS CRISTIANOS CON LOS POBRES. Lo cual implica ahondar tanto en sus RAÍCES como en la relación de éstas con las inevitables MEDIACIONES culturales, políticas y económicas. 

Ello nos conducirá inevitablemente a buscar las verdaderas razones que exigen un replanteamiento del compromiso de los cristianos en la transformación de la sociedad. Si no podemos admitir como causa el desempeño exitoso del capitalismo en la eliminación de los problemas que antes convocaban a la militancia, )cuál ha sido la razón?  Dos factores nos parecen determinantes en esta situación: el derrumbe del socialismo real y la colonización ideológica del neoliberalismo.



 [1] P.TRIGO, Salmos de vida y fidelidad, Madrid 1989, p.17.

[2] Este carácter contradictorio del desempeño capitalista, según se lo analice en términos abstractos o desde la perspectiva de las relaciones humanas reales que genera, aparece como un aspecto intrínseco al modelo. La siguiente cita me parece elocuente al respecto: "La socialización capitalista, la puesta en cooperación objetiva de las personas que suscita este modo económico de producción, cuya eficacia en abstacto es indiscutible, tiene, pues, el límite de no disponer de mecanismos que hagan de las personas fines en sí mismas y entre sí mismas que sean inviolables por el proceso de socializacion de la producción." La frase pertenece al libro de J.R.CAPELLA, Los ciudadanos siervos, Barcelona 1993, p.84, y aparece citada en AA.VV.,El neoliberalismo en cuestión, Barcelona-Santander 1993, p.91. 

[3] Para una descripción fundamentada y un análisis crítico de la situación a nivel mundial cf. L.DE SEBASTIAN, Mundo rico, mundo pobre. Pobreza y solidaridad en el mundo de hoy, Santander 1992. Para una perspectiva latinoamericana cf. J.IGUIÑIZ, Sobre las causas de la pobreza en América Latina y el Caribe, Páginas 117, set.1992, pp.31-41.

[4] Citado por J.IGUIÑIZ a.c., pp. 33-34.

[5] Sínodo de Obispos de 1971, sobre la Justicia en el Mundo,cap.II.