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1.- EL DERRUMBE DEL
SOCIALISMO REAL Y EL FUNDAMENTO CRISTIANO DE LA OPCIÓN POR LOS POBRES
En
una conferencia tenida en Argentina, Pedro Trigo, mientras relataba su
experiencia de inserción en medios populares, hacía una reflexión que nos
ayuda a entrar directamente en lo que queremos plantear. Muchos de los que
quisieran que las cosas fueran de otra manera, dice, nos preguntan a quienes
vivimos en los barrios pobres si la gente con la que trabajamos puede tomar el
poder, si esa puede ser una alternativa. "Mis compañeros y yo les decimos
que ese tema no es cosa que se trata con la gente con que andamos. En general
quedan bastante despistados, pues el tema de los partidos políticos no se trata
con la gente. Entonces preguntan )qué hacemos, que trabajamos con la gente en
los barrios? )Qué sentido tiene si no se hace política? )Si no, los pobres
)para qué sirven? El supuesto previo a esa pregunta es que los pobres sirven
para que alguien haga algo con ellos. Sirven para algo que
maneja alguien... y se supone que eso va a ser bueno para
ellos. Pero lo primero no es lo que los pobres traen entre manos, sino que va a
servir para otros. Y el otro dice que él va a redimir a los de
abajo. Creo que este esquema ya no funciona."
)Cuál
es este esquema? )Por qué ya no funciona? )Qué relevancia tiene para nuestra
concepción cristiana del compromiso con la causa de los pobres? Para responderlo es imprescindible referirnos
a lo que consideramos, este sí, un acontecimiento decisivo en la el
desconcierto y descreimiento que afecta a los proyectos de transformación de la
sociedad: el derrumbe del socialismo real y sus consecuencias. [1]
1. Con el
socialismo de Estado cayó también su forma de articular utopía y práctica.
Sin
duda el socialismo real logró hacer la revolución del hambre. Algo que no se
valora suficientemente cuando se lo analiza desde los patrones culturales y de
consumo del primer mundo: para ellos el mundo socialista era atrasado y burocrático.
Pero, mirado desde el tercer mundo, el modelo de economía planificada logró
superar el hambre, el analfabetismo y la marginación a que hoy siguen
condenados millones de seres humanos en los países capitalistas periféricos y
aún entre los pobres del primer mundo. Y sin embargo el socialismo, al menos el
existente en la URSS y en Europa del Este, se derrumbó estrepitosamente. Más aún:
se derrumbó por sus propias contradicciones internas, no por una agresión
exterior. Esto es lo que diferencia la reciente desintegración del
socialismo real de cualquiera de sus crisis anteriores: la forma en que
se produjo ha puesto en cuestión el modelo mismo y no sólo su
viabilidad histórica en otras partes del mundo.
Uno
de los factores que aparecen como decisivos en la caída del socialismo de
Estado fue su carácter autoritario y paternalista. Se trataba de un
sistema "benéfico" pero que excluía al pueblo de la participación
en las decisiones políticas, económicas y culturales. Dicho autoritarismo se
justificaba con la convicción "ilustrada" de haber identificado la raíz
de todos los males sociales y de poseer un proyecto de sociedad capaz de dar
solución a cada uno de ellos. La ciencia y la filosofía marxistas habían
eliminado todo misterio en la comprensión de la historia y sus conflictos. La
acción política del partido de vanguardia, como conciencia y representación
de la clase trabajadora, era capaz de conducir por sí sola a la liberación de
todas las dominaciones, a la sociedad perfecta, a la utopía.
El
único problema real será vencer a quienes son partidarios de un proyecto histórico
diferente y lograr así la hegemonía del poder. Pues sólo la conquista y el
mantenimiento de dicha hegemonía hacen posible la transformación de la
sociedad. De ahí que toda la estrategia de los marxistas ortodoxos haya estado
impulsada por la racionalidad instrumental, especialmente la razón de Estado y
de partido. De ahí también que por este camino el pueblo haya terminado siendo
más destinatario que protagonista del proceso.
Pues
bien, este modelo es el que cayó junto con los socialismos de la URSS y del
Este europeo. Y cayó precisamente porque el derrumbe se produjo en estados que
luego de consolidar la ansiada hegemonía del poder político no fueron capaces
de dar respuesta a sus propias contradicciones internas. Quedaron al descubierto
así otras formas de alienación y dominación no reductibles a la que se genera
en la relación capital-trabajo.
Quisiéramos
agregar aquí lo que señalan muchos investigadores afines a la tradición
marxista que han estudiado el derrumbe del socialismo desde premisas puramente
filosóficas y políticas, es decir, ajenas a postulados teológicos. Lo que cayó
con el socialismo de Estado, dicen, no fue sólo un determinado modelo de
sociedad: cayó también una forma de comprender la utopía y su relación
con la práctica histórica.[2]
Señalábamos
más arriba que la práctica tendencialmente sectaria de los militantes
marxistas ortodoxos -que tendrá su máxima expresión en la llamada
"dictadura del proletariado"- se
explicaba como una necesaria etapa de transición. Por este camino un día se
llegaría a la sociedad sin clases, sin explotados ni explotadores, y por tanto
sin necesidad de represión. Entonces todo sucedería de acuerdo a un orden
espontáneo pues la sociedad habría alcanzado la plena transparencia y la
superación de todos sus conflictos. Pues bien, según muchos analistas la caída
del
socialismo
obliga a reconocer que no va a haber jamás una sociedad intrahistórica
plenamente reconciliada, sin clases, que haya superado toda forma de dominación
y que, una vez construida, sea absolutamente transparente. Es necesario superar
el mito moderno de la sociedad reconciliada
-versión secularizada de los milenarismos de los siglos XV y XVI- y
asumir con honestidad la conflictividad intrínseca a toda convivencia
social, así como las insuperables limitaciones del hombre en el intento de adueñarse
de su historia. Los seres humanos no somos capaces de dirigir nuestro destino en
forma omnipotente ni de realizar mediante la acción política un mundo
definitivamente justo y libre; esta ilusión,
que el marxismo compartió con toda la corriente moderna e ilustrada, ya no se
sostiene. [3]
El
error del socialismo real, aclaran estos analistas, no fue tener una utopía.[4]
El error fue, más bien, creer que esa utopía era un objetivo
perfectamente conocido de antemano tanto en su fase final como en las diversas
etapas previas. Y que todo ello era obtenible por la praxis histórica con la
sola condición de que sus portadores tuvieran una práctica coherente y
disciplinada. Dice Brunner en este sentido: "En el mundo simbólico donde
se originó y elaboró el pensamiento socialista -digamos el de Marx hasta
Althusser- y en que se aplicó y desarrolló en la práctica -desde Lenin hasta
Fidel- es, ante todo, el mundo de la razón geométrica. En ese universo de
ideas, la historia transcurre por vectores conocidos, el mayor de los cuales
es el del progreso; hay instalada en la cúspide la imagen poderosa de una utopía
racional y, en el centro mismo de toda la construcción, existe un enorme vacío,
ausencia de misterio, que es llenado por el desciframiento final de la
historia y el conocimiento de sus estructuras secuenciales. Las prácticas
alimentadas por esa trilogía -progreso, utopía y vacío sagrado- conducen al
diseño de sistemas perfectos, administrados por funcionarios, planificados
científicamente y capaces de proporcionar un sentido total a la sociedad al
margen del misterio y de las ambiguas medidas del hombre, "criatura
improbable".(...) En general, una simbología
donde prima la abstracción -clase, revolución, Estado-, tras lo cual
desaparece el hombre como un detalle." [5]
A
pesar de que en el discurso marxista había una gran valoración de la praxis,
en los hechos terminó imponiéndose una postura que podríamos llamar "gnóstica".
Porque se toma como punto de partida para comprender la realidad histórica un
conocimiento universal poseído plenamente de antemano y que no se somete a
verificación en las situaciones particulares. Los hechos históricos, y los
hombres concretos que los protagonizan, pierden así su valor original e
indeducible. Pasan a ser la materia prima en la que se
'aplica' una visión universal. Esta perspectiva escolástica conduce a
una práctica política verticalista en la que lo más grave es que el hombre
concreto pasa a ser un elemento secundario. Y el pueblo como colectivo se ve
impedido de ser cada vez más sujeto de su propia historia.
Como
dice Lechner, esta concepción incidió directamente en la forma de vivir y
comprender la militancia política: "La categoría marxista de revolución
implica una concepción de la política que me parece inadecuada. Se
apoya en una visión finalista de la historia que conduce a una visión
instrumentalista de la política: mera técnica para realizar los fines
predeterminados." [6]
Una concepción simplista de "la" raíz de todas las
dominaciones, así como "del" poder que hay que obtener para
derrotarlas definitivamente, determinó una manera peculiar de concebir el
compromiso del militante. Por un lado, motivó la entrega y el sacrificio
heroico de muchos; por otro, sirvió de justificación a posturas maniqueas,
autoritarias o sectarias. Más aún: dejó en la oscuridad otras múltiples
formas de dominación que se generan en los diversos espacios en que se
desarrolla la vida humana: la familia, la vida cotidiana, la educación, la técnica,
los partidos, el aparato estatal.
Pero
no sólo los gobiernos socialistas y el marxismo ortodoxo se movían según este
"esquema". Sus coordenadas generales tuvieron un influjo poderoso en
todos los movimientos de izquierda y muchos de sus supuestos fueron
incorporados casi imperceptiblemente al imaginario de todos los que buscamos un
cambio estructural de la sociedad. También de los cristianos
comprometidos con los intereses de los sectores populares. Por eso el
desmoronamiento del socialismo real y el cuestionamiento de sus supuestos nos
afecta también a nosotros, aunque no siempre sepamos identificar exactamente en
qué grado y a qué nivel. Vale la pena hacer un esfuerzo de discernimiento en
este sentido.
2. Del optimismo
histórico a la esperanza solidaria.
Partamos
de uno de los síntomas más evidentes de este impacto: la tendencia actual,
también de muchos cristianos, a encerrarse en el ámbito de lo privado
abandonando los grandes ideales de en el campo político y social. Hay que ser
realistas, se dice. La experiencia histórica a nivel mundial ha demostrado que
el viejo sueño de una sociedad sin opresores ni oprimidos no es posible. )Vale
la pena, entonces, asumir compromisos solidarios que implican permanentes
renuncias, desgastes y riesgos cuando sabemos que son totalmente ineficaces?
Pues
bien, aquí ya nos encontramos con una primera exigencia de la hora: distinguir
entre el optimismo histórico y la esperanza cristiana.[7]
En efecto, lo que funda el compromiso solidario de los cristianos no es
ciertamente la ilusión de que la historia tendrá un final feliz. Ni siquiera
se apoya, en última instancia, sobre la certeza de que llegaremos a un
determinado modelo de sociedad que, aún siendo imperfecto, sea mejor que el
actual. Eso dependerá de múltiples factores, entre los cuales están nuestro
empeño y lucidez. Dicho de otra manera: la lucha de los cristianos contra toda
forma de exclusión social no se justifica por su funcionalidad a un determinado
modelo final de sociedad. Su motivación última es la esperanza que surge de la
memoria de Jesucristo.
Esta
esperanza no tiene nada que ver con una perspectiva optimista desde el punto de
vista histórico. La razón es que ella hunde sus raíces en el espíritu del
Crucificado de Nazaret, alguien que no fue precisamente un triunfador desde los
criterios comúnmente admitidos. Quizá hoy estemos en condiciones de comprender
mejor la originalidad de esta experiencia creyente. Como dice F.J.Vitoria:
"La destrucción de la idea de progreso, el abandono de la Ilustración
como idea del pensamiento progresivo, los despertó de su sueño idealista. Y
ello permitió percibir lo más genuino del sentido cristiano de la historia. La
esperanza en el Resucitado no garantiza ninguna progresión ascendente de
la historia, aunque advierta que existe en ella permanentemente una
posibilidad inédita de ascenso humano. El Espíritu del Crucificado se ha
derramado sobre la historia humana y ya no podrá ser desalojado jamás."[8]
La
escandalosa afirmación neotestamentaria de que Dios ha salvado a los hombres a
través del Crucificado cambia radicalmente el sentido de nuestra esperanza y de
nuestro compromiso.
Cambia nuestra comprensión de lo que vale o no la pena hacer, de lo que merece
sacrificarse o no. Desde esta perspectiva, señala J.Comblin, hay derrotas que
son victorias y victorias que se revelan como derrotas, pues la cruz de Jesús
revela que nuestra lucha no tiene su medida en la eficiencia sino en la verdad.
"Más aún: la victoria y el reino están en la misma cruz. La firmeza y la
invencibilidad del crucificado que no cede ante la amenaza, es la esencia de la
victoria. El cuerpo está vencido, pero la misma persona no se deja vencer, no
se rinde, el hombre dirigido por el Espíritu no cede y no se deja vencer por el
mal: en esto Dios reina. El Reino de Dios en el tiempo presente no es un reino
establecido, instalado, es un reino de la cruz. Su victoria es el mismo
combate...Sin duda de esa victoria proceden también situaciones mejores,
estados de cosas más tolerables y más justos. Sin embargo, la cruz es una
dimensión permanente del Reino." [9]
El
cristianismo nació precisamente por la dolorosa superación de un mesianismo
triunfalista. Los propios discípulos de Jesús compartían la expectativa de
una liberación "irrestricta y ya" con los demás judíos. De ahí la
desazón de los caminantes de Emaús después de la crucifixión del profeta de
Nazareth: "Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel,
pero hoy ya son tres días ocurrieron todas estas cosas"(Lc 24,21). En este
aspecto el mesianismo de los judíos coincide con la utopía intrahistórica de
los marxistas: ellos creían que la venida del Mesías significaría el pleno
establecimiento del Reino de Dios en plenitud sobre la tierra. Pero Dios no
intervino milagrosamente para salvar a Jesús del poder de sus enemigos: el que
algunos proclamaban como Mesías murió en la cruz abandonado hasta por los
suyos. Por eso los judíos no aceptaron que Jesús fuese el Mesías. Como
subraya Jung Mo Sung: "Los cristianos, al asumir que Jesús es el Mesías,
rompen con esa visión de mesianismo y creen que el Mesías reveló las señales
de la presencia del Reino en la historia. Al asumir que Jesús era el Mesías,
las primeras comunidades cristianas aceptaron los límites de la historia y
creyeron que la plenitud del Reino, que ya está presente en la historia, sólo
acontecerá, como don de Dios, en la parusía. Es el famoso "ya, pero todavía
no". La experiencia de la resurrección de Jesús es el fundamento de esa
esperanza." [10]
La
superación del mesianismo triunfalista no ha de confundirse, sin embargo, con
una actitud de resignación pasiva, de neutralidad frente a los conflictos o de
escape hacia el puro intimismo. Ch.Duquoc, que es uno de los teólogos que más
ha profundizado en este "antimesianismo" de Jesús hace una precisión
importante: "Jesús se niega a tomar el poder y a ejercer un peso sobre la
transformación de la sociedad mediante el prestigio, la violencia o la fuerza.
Pero también sería no menos errónea la interpretación espiritualista: Jesús
ve el germen del reino de Dios en los conflictos de este mundo y no lo sitúa en
la huída de ellos." Más aún, el rechazo del papel de mesías político
por parte de Jesús no le quita significación política a su combate.
"Siendo mesías, esto es, enviado de Dios, se niega como tal a transformar
las relaciones sociales, haciendo recaer sobre los hombres la tarea de ser los
sujetos de esa transformación. Lo que superficialmente daba la impresión de
ser una repulsa política era, por el contrario, un acto político: el mesías
no priva en ningún caso a los hombres de la creación de su propia historia y
sociedad...Jesús no apea a la política de sus derechos cuando rechaza el poder
como mesías, sino que la reconoce como el lugar en donde el hombre, produciendo
sus relaciones sociales, verifica las exigencias proféticas de las que se ha
hecho pregonero. El anuncio del reino no hace vana la lucha histórica, sino que
pone de relieve su sentido trascendente."[11]
Desgraciadamente
la cruz ha ido transformándose en una especie de símbolo universal del
sufrimiento que los seres humanos hemos de padecer, sin quejarnos, para
restablecer la armonía del universo o el honor de Dios. Pero la cruz de Jesús
no es un castigo impuesto por Dios o por la naturaleza de las cosas: es la
consecuencia del conflicto de Jesús con los poderosos de su tiempo. Por eso su
resurrección será experimentada como la identificación de Dios con la
historia de los vencidos y oprimidos. Como dirá Pedro al anunciar la
resurrección ante los dirigentes judíos: "Jesús es la piedra que
despreciaron ustedes, los constructores, pero que se convirtió en la piedra
fundamental y para los hombres de toda la tierra no hay otro nombre por el que
podamos ser salvados." (Hechos 4, 11-12).
3. Los signos del
Reino de Dios nacen en la periferia.
¿Por
qué la piedra que ahora es fundamental fue despreciada? El conflicto que llevará
a Jesús a ser perseguido y condenado a muerte surge, paradójicamente, de su
decisión de llevar hasta sus últimas consecuencias lo más original de la
experiencia religiosa hecha por Israel: Dios interviene y revela su
proyecto de salvación a través del clamor de los excluidos.
Es
la experiencia fundante del Éxodo: "los hijos de Israel sufrían bajo la
esclavitud, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios.
Oyó Dios sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y
Jacob" (Ex 2,23-24).
Entonces
dijo Yahvé: "Así pues, el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta
mí y he visto además la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora,
pues, ve; yo te envío a Faraón para que saques a mi pueblo, los hijos de
Israel, de Egipto."(Ex 3,9-10) La
escucha del clamor de los oprimidos por parte de Dios ocupa un lugar central en
el Credo de Israel: "Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos
impusieron dura servidumbre. Clamamos entonces a Yahvé, Dios de nuestros
padres, y Yahvé escuchó nuestra voz, vio nuestra miseria, nuestras penalidades
y nuestra opresión, y Yahvé nos sacó de Egipto con mano firme, demostrando su
poder con señales y milagros que sembraron el terror."(Dt 26,6-8) Los
salmos serán la expresión orante de esta experiencia configuradora de la fe de
Israel: "Desde el abismo clamo a ti, Señor, escucha mi clamor, que tus oídos
pongan atención a mi voz suplicante". (Sal 130, 1-2) También la legislación
social surgirá de esta memoria original y entrañable: "No afligiréis ni
viuda ni huérfano: si lo afliges y clama a mí, escucharé su clamor"(Ex
22, 21-22).
Esta
escucha del clamor de los oprimidos no constituye, sin embargo, un privilegio
otorgado al pueblo Israelita: para el Antiguo Testamento es la actitud
permanente de Dios a lo largo de toda la historia humana. Por eso en el episodio
de Caín y Abel, que es como el retrato del primer hombre real, extraparadisíaco,
- antes, por tanto, de que existiera siquiera el pueblo elegido- Yahvé asumirá
la defensa de la primera víctima de la dominación y le dirá a Caín: "La
voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra"(Gén 4,10) [12]
La escucha solidaria de Yahvé será un criterio para distinguirlo de los
falsos dioses que nos construimos los hombres, pues éstos "tienen oídos y
no oyen" (Sal 115,6). No oyen precisamente el clamor sordo que brota del
sufrimiento del pobre. Esos dioses que justifican la actitud que tan bien
describe Ben Sirá: "Habla el rico y muchos lo aprueban, y encuentran
elocuente su hablar sin sentido; ... habla el pobre con acierto y no le hacen
caso; habla el rico, y lo escuchan en silencio, y ponen por las nubes su
talento; habla el pobre, y dicen:
)quién es?, y si cae, encima lo empujan." (Eclo 13, 22-23)
J.P.Miranda
subraya que esta original 'forma de ser' del Dios que se revela en el
A.Testamento determina también el camino para conocerlo, para experimentar su
presencia trascendente en la historia: "El Dios que no se deja objetivar
porque sólo en la interpelación actual de conciencia es Dios, se presenta como
exclusivamente cognoscible en el clamor del pobre y del débil que piden
justicia. El conocer directamente a Dios es imposible, no por la limitación del
entendimiento humano, sino porque, de lo contrario, la trascendencia total de
Yahvé, su otreidad irreductible e inconfundible, desaparecerían; nuestra
posibilidad de aceptarlo en el hombre va más allá de toda comprensión
tematizadora y englobadora de su objeto. Trascendencia no significa solamente un
Dios inimaginable e inconceptualizable, sino un Dios que sólo en el acto de
justicia es accesible". [13]
Precisamente
la actitud de Jesús que motivó el conflicto con las autoridades y finalmente
la condena a muerte fue el haber unido en su práctica la comunión con la
voluntad del Padre y la toma de partido por los excluidos de su tiempo.
La
gente a la que Jesús se acercó eran los pobres, los ciegos, los leprosos, los
lisiados, los pecadores, las viudas, las prostitutas, la masa ignorante que no
sabe nada de la ley, las viudas, los niños. El Nuevo Testamento señala a los
"pobres" y "pecadores" como los destinatarios privilegiados
de la actividad de Jesús. Pero éstas no era categorías vagas sino grupos
perfectamente identificados que tenían en común no sólo el tener que sufrir
una implacable marginación social, sino el ser sistemática y explícitamente
menospreciados y culpabilizados.[14]
Más que "ayudas" caritativas que no hacían sino profundizar
su dependencia y culpabilización esta gente necesitaba recuperar la conciencia
de su dignidad, de su valer, de su ser alguien. Fue lo que asumió Jesús a través
de su práctica y su predicación. En nombre de un Dios para el que el hombre es
más importante que el sábado.
Pero
ello lo condujo a enfrentarse con el legalismo predominante entre los dirigentes
religiosos. En muchas ocasiones éstos le pidieron a Jesús que justificara su
actitud mostrando signos inequívocos de su origen trascendente, "una señal
del cielo". Pero Jesús no cae en la trampa. Su respuesta fue mostrar que
la trascendencia de Dios está ya presente en la vida cotidiana, sólo que, para
descubrirla, hay que desabsolutizar el sistema y escuchar el dolor de los que
quedan al margen de él. Como dirá González Buelta: "los signos del
Reino no bajan del cielo; nacen en la periferia".
Precisamente
la práctica de Jesús consiste en sacar de la periferia los signos del Reino
y ponerlos en el centro. Los signos de la irrupción del Reino ya están
presentes entre nosotros, pero para ser percibidos deberán subir constantemente
desde los márgenes hasta el centro de las instituciones judías.
"El
paralítico curado carga con su camilla en sábado por las calles de la Jerusalén
en fiesta(Jn 5,1-15). Los leprosos sanados deben ir a presentarse al sacerdote
para que les dé el certificado legal de curación(Mc 1,44). El ciego de
nacimiento discute con lógica irrebatible con los sabios dirigentes judíos(Jn
9, 14-34). El mismo Jesús será el signo principal enviado por el Padre desde
la desacreditada Galilea hasta el centro del sistema judío." [15]
Asumiendo
esta actitud, subraya González Buelta, Jesús des-centra el mundo desde
la periferia, des-concierta la 'sabiduría' del centro desde la 'locura'
de la periferia, des-instala la riqueza desde la pobreza, des-estabiliza
el poder desde la debilidad, des-califica el sistema desde la muerte, des-vela
la historia desde la Resurrección. El centro de la historia ya no está en Roma
ni en Jerusalén sino en el margen, y todo el que quiera encontrarlo deberá
peregrinar hacia los márgenes, de donde todo el mundo trata de escapar. [16]
Jesús
pone en el centro a los excluidos no sólo para denunciar su situación sino
para transformarla. Más aún: para transformar correlativamente la situación
de los que, por conservar sus privilegios, están deshumanizados por la ceguera,
el temor, la mentira. Busca desencadenar las fuerzas de la vida que Dios ha
sembrado en la historia pero que están ahogadas por hábitos y estructuras
paralizantes. No hay la más mínima sombra de justificación teológica o de
resignación pasiva frente al sufrimiento de los marginados. El texto de la
curación del hombre con el brazo paralizado (Mc 3,1-6) es toda una síntesis de
la actitud de Jesús. Se conmueve ante el sufrimiento de este hombre a quien la
parálisis no sólo le imposibilitaba trabajar sino que lo marginaba
religiosamente. En plena sinagoga y
en día sábado lo llama y le dice: "Levántate y ponte ahí en medio". Entonces, para que nadie se
sintiera ajeno frente a lo que va a hacer, interpela a todos los presentes:
"¿Qué está permitido en sábado: hacer bien o hacer daño, salvar una
vida o matar?" Una pregunta que puede extrañar pero que tiene un mensaje
intencional: cuando se puede hacer el bien y no se hace se daña, cuando se
puede salvar una vida y no se la salva, se mata. Como todos callaban, mirándolos
con ira y dolido por su obcecación, dice al hombre: "Extiende el
brazo" y él la extendió y quedó restablecido.
La
frase final del texto deja en claro cuál fue la razón de la condena de Jesús.
Una sociedad estructurada en base a discriminaciones entre puros e impuros, prójimos
y no prójimos, judíos y paganos, observantes y contaminados, no pudo soportar
su actitud de acoger a todos los que se sentían lejos y excluidos de la salvación
de Dios. "En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los
herodianos contra él para ver cómo eliminarle".
4. Práctica y
utopía en Jesús.
)Qué
es lo que anima y justifica esta práctica liberadora de Jesús por la que pagará
un costo tan alto? )Podemos hablar, en su caso, de una "utopía"?
Tratar de responder a esta cuestión nos parece relevante en la coyuntura de
crisis que estamos viviendo. Pero si queremos rescatar lo más original y
fecundo de la nueva realidad que inaugura Jesús -sin caer en anacronismos o
identificaciones fáciles- hemos de hacer algunas precisiones.
Si
por utopía entendemos una meta final transhistórica hacia la cual ha de
conducirse apasionadamente la praxis de los hombres y desde la cual se ponen en
crisis todos los intereses inmediatos, las estructuras sociales y los proyectos
históricos, sin duda podemos hablar de la utopía de Jesús. Si, en cambio, por
utopía se entiende un determinado modelo histórico de sociedad plenamente
reconciliada y libre de contradicciones cuyas coordenadas sean ya conocidas de
antemano y desde la cual se pueda deducir adecuadamente lo que corresponde hacer
en cada coyuntura histórica, la respuesta ha de ser negativa.
En
efecto, la práctica de Jesús es una protesta radical contra todas las formas
de dominación de unos hombres por otros y apunta a una transformación de las
relaciones en pos de un mundo cada vez más solidario y fraterno. Al interior de
esa práctica él anuncia un sentido último de la vida que trasciende con mucho
lo que corrientemente se entiende por utopía social. Se ubica en otro plano más
hondo y abarcante que supone una re-creación de la historia en su globalidad
que destruya todas las barreras y permita una comunión plena entre los hombres
y con Dios. Como dirá más adelante San Pablo, "anunciamos lo que ni el
ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó
para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu".
(1 Cor 2,9-10). Jesús se referirá a esta realidad como el 'reino de Dios'.
Si
por utopía (ouk-topos=lo que no tiene lugar) entendemos una realidad metahistórica
que orienta e impulsa la acción de los hombres, pero no es plenamente
realizable en las condiciones existenciales de éstos, ciertamente hemos de
afirmar el carácter utópico del Reino de Dios anunciado por Jesús. Pero -y ésta
es una primera característica importante-
es una utopía consciente de ser tal: no se identifica con ningún
proyecto histórico concreto. Lejos de sacralizar un determinado proyecto
histórico la utopía de Jesús emerge como la fuente de inspiración -y de crítica-
respecto de cualquier proyecto histórico y de las estrategias para llegar a él.
Su impulso transformador no se alimenta últimamemente del optimismo respecto a
la factibilidad histórica de un modelo nuevo de sociedad. Tampoco extrae su
credibilidad de la acción emancipadora de un determinado sujeto histórico
que garantizara por sí mismo el carácter liberador de determinadas
iniciativas. Es una utopía que se alimenta de la esperanza. La esperanza que
emerge del Dios que se reveló gratuitamente en la historia del pueblo de Israel
como aquel que escucha el clamor del pobre y le abre caminos para liberarse de
su situación.
La
radicalidad de la esperanza a la que invita Jesús no permite que se confunda
con un cálculo optimista ni una perspectiva triunfal. Entre otras cosas porque
la solidaridad que proclama no es solamente una solidaridad 'hacia adelante'. Es
también una solidaridad "hacia atrás" que asume la memoria de las víctimas.
No se trata de una historia de los vencedores construida sobre el sufrimiento
acumulado en la historia, sobre las injusticias que otros han debido sufrir.
Ninguna mejora intramundana de las relaciones de libertad alcanzaría para hacer
justicia a los muertos ni acreditaría como válidos la injusticia y el
sufrimientos pasados. Por eso la utopía que surge del Evangelio contiene una
reserva crítica fundamental respecto de las concepciones modernas de la
liberación, tanto liberales como marxistas, por su carácter abstracto: se
presentan a sí mismas como una historia acumulada de éxitos y olvidan el
sufrimiento mudo de las personas concretas, irrepetibles, que han sido excluidas
o han muerto como víctimas. Lo cual lleva a justificar estrategias
sacrificialistas sea en términos de 'costo social' o de eficacia política. [17]
Sin
embargo, que la plenitud que anuncia Jesús sea metahistórica no quiere
decir que sea irreal, algo así como una ilusión hermosa pero ajena a la
historia concreta, limitada, fragmentaria, que nos toca vivir. Precisamente lo
original de su mensaje es que esa nueva creación que Dios quiere realizar con
el hombre, el Reino de Dios, ya está presente y operante en nuestra historia
como su resorte más íntimo. En realidad el anuncio del Reino de Dios
recoge la esperanza en un futuro totalmente reconciliado que ya había sido
anunciado por los profetas del Antiguo Testamento para los tiempos mesiánicos.
Como proclama Isaías en un texto célebre: "Entonces el lobo habitará con
el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado
del león y un niño chiquito los cuidará... No cometerán el mal ni dañarán
a su prójimo en todo mi Cerro santo, pues, como llenan las aguas del mar, se
llenará la tierra del conocimiento de Yahvé". (Is. 11,6-9)
Lo nuevo en Jesús fue anticipar ya el futuro y volver lo utópico en tópico.
En este sentido tenía razón R.Garaudy cuando decía que la diferencia entre
marxistas y cristianos era que para los primeros el infinito es una exigencia
vivida como ausencia mientras para los cristianos ese infinito es vivido
como una presencia. Sólo que para participar de esa realidad nueva, según
Jesús, hemos de cambiar radicalmente de actitud: "El tiempo se ha cumplido
y el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la buena
noticia"(Mc 1,15)
Por
eso la esperanza en el Reino no se verifica en la resignación pasiva sino en su
anticipación a través de liberaciones concretas, parciales, pero
abiertas a un futuro de plenitud. L.Boff subraya este aspecto como la
originalidad de Jesús: "La insistencia en preservar el carácter de
universalidad y totalidad del reino no indujo a Jesús a cruzarse de brazos o a
esperar una aparición fulgurante del orden nuevo. Ese final absoluto está mediatizado
en gestos concretos, es anticipado por comportamientos sorprendentes
y queda encauzado a través de unas actitudes que significan ya la presencia del
fin en medio de la vida. La liberación de Jesucristo asume de este modo un
doble aspecto: por un lado anuncia una liberación total de toda la historia y
no solamente de unos cuantos segmentos de ella; por otro, anticipa la totalidad
en un proceso liberador que se concreta en liberaciones parciales, siempre
abiertas a la totalidad... En su actuación Jesús mantiene esa difícil tensión
dialéctica; por un lado, el reino ya está en medio de nosotros, está ya
fermentando al orden viejo; por otro, es todavía futuro, es objeto de esperanza
y de construcción conjunta del hombre y de Dios." [18]
5. Esperanza
cristiana y re-creación del presente.
Este
aspecto de la actuación de Jesús es decisivo porque afecta el "modo de
producción" de la utopía cristiana y su relación con los proyectos históricos
que la mediatizan. Jesús no partió de una idea acabada acerca de la
salvación futura para deducir de allí, programadamente, su práctica. El
camino fue más rico y complejo. Dice en este sentido E.Schillebeeckx:
"Tampoco Jesús, exegeta de Dios y experto en la praxis del Reino de Dios, partió
de un concepto perfectamente delimitado de salvación escatológica o
definitiva. Su visión de una salvación definitiva, perfecta y universal -el
reino de Dios- se fue configurando en y por una praxis fragmentaria, histórica,
-y, por tanto, limitada y finita- , mientras "iba de un sitio a otro
haciendo el bien", curando, liberando a los hombres de las fuerzas demoníacas
que los dominaban, reconciliándolos. Jesús, pues, no vivió de una visión utópica
y lejana ni de la convicción de que todas las cosas habían alcanzando
"idealmente" su consumación en Dios, sino que vio en su praxis
concreta de hacer el bien un anticipo práctico de una salvación todavía
no consumada. Esto prueba la validez permanente de toda praxis encaminada
a hacer el bien, por imperfecta que sea en razón de su limitación histórica."
[19]
La
esperanza cristiana no proporciona una especie de saber absoluto del cual se
pueda deducir un proyecto histórico determinado. Tampoco es un sistema de ideas
a aplicar en cada acontecimiento particular. Supone una actitud diferente que da
al acontecimiento particular, a cada situación de dominación en su
especificidad, a la historia concreta del sufrimiento, una importancia
fundamental. Incluso para elaborar y corregir todo proyecto histórico
colectivo, que debe permanecer abierto a lo indeducible de ningún sistema. La
fidelidad al Espíritu del Resucitado no consiste en descubrir estructuras o
leyes permanentes de la historia sino más bien en inventar, re-crear, en cada
nueva situación aquellos gestos, palabras, interpretaciones que me permitan
permanecer fiel al proyecto de Dios que aparece en Cristo. Pero recordando que
el misterio de la encarnación de Dios significa precisamente que en Cristo Dios
interviene asumiendo los dinamismos propios de la historia humana, no anulando
por tanto la creatividad, la responsabilidad y el protagonismo humanos.
No
se trata de la pretensión, hermenéuticamente ingenua, de que cada hecho
particular 'hable por sí mismo'. Pero sí de superar una perspectiva esquemática
que pretenda deducir mecánicamente lo que hay que hacer en cada caso a partir
de modelos finales plenamente conocidos. Hay una dialéctica entre los hechos
concretos y la esperanza que devuelve a la historia real, concreta,
fragmentaria, a la lucha cotidiana contra toda dominación concreta, toda su
trascendencia. Es en atención a los hechos en su particularidad, y en fidelidad
a las actitudes que surgen del seguimiento de Jesucristo, que descubrimos los
caminos de liberación. Aunque no dispongamos de certezas en torno al modelo
futuro de sociedad.
Como
dice Ch.Duquoc: "No existe ni encuentro con Dios ni salvación a no ser en
la instauración de la libertad por medio de emancipaciones sectoriales. El
cristianismo no dice de una vez para siempre cuáles son los sectores de
dependencia, ni cuáles son los medios para emanciparse de ellos. Al rechazar el
carácter idealista de la liberación radical, remite a la paciencia de la
historia. Al hacer suyo el grito de rebeldía, garantiza la esperanza de los
hombres que hacen libres a otros hombres, asegurando que en esas acciones va
llegando el reino, hasta que el poder y la bondad de Dios conjugados entre sí
sellen definitivamente esa libertad conquistada, por la cual él tomó históricamente
partido en contra de todas las opresiones." [20]
Por
eso la reserva crítica que la esperanza cristiana mantiene respecto a cualquier
realización concreta no autoriza a asumir
una actitud pasiva. Al contrario, la esperanza es el "todavía no" del
"ya" que Dios está construyendo con nosotros en cada gesto solidario,
en cada emancipación histórica, parcial. Lo cual devuelve al presente
toda su importancia: es en él que se construye el futuro, tanto el futuro
intrahistórico como el escatológico. "La espera de una tierra nueva -señala
el Concilio Vaticano II- no debe amortiguar, sino más bien avivar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra donde crece el cuerpo de la nueva
familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo
nuevo... Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la
libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de
nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra el Espíritu del
Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda
mancha, iluminados y transfigurados." (Gaudium et spes n.39)
6. La opción por
los pobres no es una estrategia sino un principio.
Ahora
podemos volver a las preguntas que nos hacíamos al comienzo: )vale la pena
asumir el costo del compromiso solidario en un
mundo en el que no se ve la posibilidad de una alternativa estructural
justa y participativa ya que 'fuera del capitalismo no hay salvación'? )se
justifican las renuncias que lleva consigo el compromiso con los pobres cuando
la experiencia histórica muestra tercamente que siempre habrá explotados y explotadores, ganadores y
perdedores, integrados y excluidos? )No habrá sido todo lo vivido al interior
de la militancia social y política un sueño irreal?
Creemos
que para responder a estas y otras preguntas similares que hoy nos angustian
hemos de hacer una distinción, que nos parece fundamental, tanto desde
el punto de vista espiritual como teórico. Una cosa es el nivel de los
PRINCIPIOS y otra el nivel de SUS MEDIACIONES. Algo sobre lo cual ha
insistido J.M.Vigil y otros teólogos latinoamericanos. En el plano de los
principios están las opciones que tienen valor
por sí mismas, que no reciben su sentido de una instancia previa ni necesitan
justificación ulterior, pues son el criterio y la norma de todo lo demás. En
el nivel de las mediaciones, en cambio se ubican los proyectos históricos,
modelos de sociedad, ideologías y estrategias que sirven de cauce a los
principios según las posibilidades que ofrezca cada coyuntura histórica.
Pues
bien, todo lo que llevamos dicho nos ha servido para poner de relieve que para
los cristianos la opción por los pobres no es en su sentido más
profundo, una decisión estratégica que se justifique por su funcionalidad a un
determinado proyecto histórico, ideología o modelo de sociedad. Es una opción
que pertenece al plano de los principios, de lo innegociable, de la propia
concepción de la vida. Para el discípulo de Jesucristo allí se pone en juego
una cuestión teologal, el encuentro o el rechazo del Dios verdadero, que
en la revelación bíblica aparece precisamente como el que escucha el clamor
del pobre y sale en defensa de la víctima preguntándonos como a Caín, ')dónde
está tu hermano'? Un Dios que se
opone a los ídolos que construimos los hombres y que exigen sacrificios de
vidas humanas en el altar del poder, del consumo, de la eficiencia. Allí está
en juego el acceso a la salvación, que para los cristianos no es sólo la 'vida
futura' sino que se anticipa en el 'ya' de nuestra historia concreta cuando nos
abrimos a la solidaridad recíproca, al hacernos recíprocamente sujetos delante
del Dios. Porque cristianamente no nos salvamos sin hacer valer el derecho de
los otros a constituirse en auténticos sujetos, derecho del que Dios mismo es
el garante. Allí se juega el
acceso a la verdadera dignidad humana. Porque en un mundo en el que hay
marginación no es 'haciendo la suya' que cada hombre o mujer encuentra la
fuente de su propia dignidad y autoestima. Sólo haciendo propia la causa del
que es víctima de cualquier tipo de dominación accedemos al verdadero sentido
de nuestra propia dignidad humana.
Para
el cristiano la opción por los pobres tiene que ver con la verdad no con
la eficacia. La verdad decisiva de que todas las personas tienen derecho a ser
tratados como 'fines' y no como 'medios' porque poseen una dignidad inalienable
que se funda últimamente en su ser imagen viva de Dios. Es una opción que vale
por sí misma, no porque sea victoriosa o porque otorgue garantías de ser
una estrategia para lograr cambios estructurales. De ahí que ante los fracasos
históricos su sentido, lejos de atenuarse, se fortalezca: ella es fuente y
orientación para mantener la resistencia y la lucha por un mundo más humano.
Por eso, también si se lograran victorias decisivas que permitieran acceder a
una sociedad con estructuras más justas, esa sociedad tampoco nos eximiría del
costo -y del beneficio- de la solidaridad con los que por una razón u otra
queden marginados. En un mundo de hombres y mujeres, es decir, intrínsecamente
limitado y ambiguo, viejas y nuevas formas de dominación acompañarán a
cualquier modelo histórico de sociedad: por eso el esfuerzo de hacernos recíprocamente
sujetos tendrá siempre el sentido de una opción por los excluidos. Y una opción
que no estará en función de otra cosa sino que será una expresión de la gratuidad
que caracteriza al encuentro con lo absoluto, con lo que vale por sí mismo, con
lo que da valor a todo lo demás. Y con el Reino de Dios tal como lo predicó
Jesús.
En
este sentido lo verdaderamente alternativo para el cristiano no es un
modelo de sociedad sino una práctica. La práctica de hacernos recíprocamente
sujetos de la historia, ampliando los espacios de decisión de todos. Que sólo
es verdadera y universal cuando lo hacemos a partir de los que son sistemáticamente
excluidos. Esta práctica de hacernos solidariamente
sujetos los unos a los otros ya ahora, en el presente, con todas sus
ambigüedades, es lo que da sentido a todo lo demás. Es desde esa experiencia,
desarrollada en los espacios de la vida cotidiana, la familia, el barrio, el
trabajo, la educación, la actividad política e intelectual, que podemos
inventar una y otra vez proyectos históricos alternativos, estrategias
adecuadas, cauces mediadores. Que serán más o menos exitosos pero que nunca
sustituirán la solidaridad básica. Porque nosotros no optamos por los pobres
porque sean los vencedores del mañana sino porque son los perdedores de hoy. [21]
Pero
eso nos introduce en lo que trataremos en el próximo capítulo. Porque si la
opción por los pobres dice ultimidad y pertenece al plano de los principios,
debe buscar cauces coherentes con
ese carácter. Todo 'principio' es tal,
precisamente,
en cuanto desencadena un proceso, genera imperativos para la práctica. Si bien
hemos de hacer una distinción entre el plano de los principios y el de
las mediaciones no podemos caer en una separación entre ambos niveles.
No podemos proclamar la opción por los pobres a nivel de los principios y luego
en la práctica acomodarnos acríticamente a las reglas que impone la ideología
dominante porque 'no hay
alternativa'. Los principios o son rectores de la práctica o simplemente no
existen como tales.
Pero,
por otro lado, la realidad no se deduce de nuestros principios. Coherencia no es
lo mismo que voluntarismo o mesianismo autosuficiente.
Porque cuando de modificar la realidad se trata hemos de asumir que
ésta tiene sus propias reglas de juego, sus propios dinamismos, que no
podemos modificar a voluntad. Creemos que muchos fracasos, muchas desilusiones,
mucha desazón generada al interior de los espacios de militancia provienen, en
buena parte, de no conocer la realidad que se pretende cambiar. La fe
proporciona impulso, motivación, criterios, pero no nos da ningún saber
especial acerca de la realidad que queremos transformar ni de las estrategias
adecuadas para hacerlo. Hemos de asumir la autonomía que la realidad histórica
tiene respecto a nuestras convicciones y tener la humildad de aprender de
quienes por experiencia o reflexión nos pueden enseñar sobre eso. De lo
contrario caeremos en un espiritualismo autosuficiente, 'omnipotente', muy
radical en el discurso pero que en la práctica nos lleva a un dualismo entre lo
que proclamamos y lo que decidimos todos lo días ante el espesor de la realidad
y sus obstáculos.
[1]
Sobre las repercusiones del derrumbe del socialismo soviético y del Este
europeo en el Uruguay cf. N.VILLAREAL, La izquierda en Uruguay: impactos
y reformulaciones(1989-1992), Montevideo 1992, editado por OBSUR.
[2]
Por ejemplo E.LACLAU, Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro
tiempo, Buenos Aires 1993; R.AROCENA, La crisis del socialismo de
Estado y más allá, Montevideo 1991; J.J.BRUNNER, Interrogantes
sobre el fin de la renovación socialista, en Brecha 14/5/93, pp.16-17.
Cf.también, aunque fueron escritos antes de 1989, F.HINKELAMMERT, Crítica
a la razón utópica, Costa Rica 1984 y N.LECHNER, La conflictiva y
nunca acabada construcción del orden deseado, Madrid 1986.
[3]
Uno de los autores que ha analizado con más agudeza filosófica la
incoherencia de una utopía de plenitud intrahistórica es L.KOLAKOWSKI, en
su libro La modernidad siempre a prueba, Mexico 1990. Para él
"los dos postulados más comunes de los proyectos utópicos -la
fraternidad a la fuerza y la igualdad impuesta por una vanguardia
esclarecida- son, ambos, contradictorios consigo mismos.(p.200) Sin embargo,
agrega más adelante Kolakowski, es demasiado fácil aprovechar los bien
fundados argumentos antiutópicos para justificar cualquier género de
opresión. Por eso aunque "la idea de fraternidad humana es desastrosa
como programa político, es indispensable como señal
orientadora".(p.206)
[4]
Sin alguna forma de utopía, reconocen, es imposible concebir la
transformación de la realidad social a través de la acción política. )Acaso
no son utopías el "pleno consenso" democrático, la
"sociedad desinstitucionalizada" de los anarquistas y, aunque los
neoliberales no quieran reconocerlo, el "mercado de competencia
perfecta" como regulador automático del orden social?
[5]
J.J.BRUNNER, a.c., p.17 (subrayados míos).
[6]
N.LECHNER, o.c., p.7. (cursiva mía)
[7]
Cf.J.MIRALLES, Los agentes sociales y los sujetos de la historia y
F.J.VITORIA, Lecciones de la crisis de identidad de los sujetos históricos
de la transformación social, en la ya citada obra colectiva El
neoliberalismo en cuestión.
[8]
F.J.VITORIA, a.c., p.284.
[9]
J.COMBLIN, La presencia universal del reino de Dios y el sentido actual
de la misión, en AA.VV., La misión desde América Latina, Bogotá
1982, p.53.(subrayado mío). En esta misma perspectiva señala
E.SCHILLEBEECKX: "El fracaso de Jesús y el triunfo divino
que se manifiesta en él deben ser considerados tanto en su diferencia como
en su unidad. Pienso que no pueden representarse como si, por un lado, el
mensaje y la vida de Jesús fracasaran en las dimensiones de nuestra historia
a consecuencia de la incomprensión y la oposición humana, mientras que,
por otro lado, en un plano trascendente, suprahistórico,
transformase Dios ese fracaso en una victoria y salvación divinas, dejando
intacto el fracaso en lo que realmente es. En ese caso volveríamos a caer
en una especie de dualismo de dos etapas. Hay que decir más bien que la
victoria trascendente de Dios sobre el fracaso humano se encarna en
el amor indestructible a Dios y a los hombres que Jesús tiene en el momento
histórico de su fracaso en la cruz... Jesús es la continuidad entre
la realidad oculta en lo que se consuma en la cruz y su manifestación en la
resurrección." En Jesús y el fracaso de la vida humana,
Concilium 113 (1976), p.419.
[10]
JUNG MO SUNG, Deus numa economia sem coraçao, San Pablo 1992, p.123.
[11]
CH.DUQUOC, Liberación y salvación en Jesucristo, en RENE METZ-JEAN
SCHLICK, Ideologías de liberación y mensaje de salvación,
Salamanca 1975, 75 y 76.(subrayado mío)
[12]
Cf.J.P.MIRANDA, Marx y la Biblia, Salamanca 1975, p.115 y todo el capítulo
referido al 'plan de Yahvé' en las pp.ll4-133. Jon Sobrino ha insistido en
el carácter estructural de la relación entre revelación de Dios y clamor
de los pobres, más allá de la experiencia del éxodo. "Hay que añadir
y recalcar que el sufrimiento de un pueblo oprimido no es sólo ocasión
para la revelación de Dios, de modo que posteriormente Dios, para
revelarse, podría haberse desentendido de la realidad de opresión en favor
de otras realidades que mediasen mejor su realidad. Indudablemente, la
revelación ha ido diciendo "más cosas" de Dios mismo y ha usado
otras mediaciones para ello; pero no se ha desdicho, por así decirlo, de su
primera palabra ni la ha desvalorizado. Más bien la relación de Dios con
los pobres de este mundo aparece como una constante de su revelación. Esta
se mantiene formalmente como respuesta a los clamores de los pobres; y , por
ello, para conocer la revelación de Dios es necesario conocer la realidad
de los pobres." En El principio-misericordia, Santander 1992,
p.55.
[13]
Ibid., p.72.
[14]
Los pobres sufrían, como es obvio, debido a sus tremendas angustias económicas;
pero sufrían sobre todo porque estaban condenados a vivir de la mendicidad.
Dependían absolutamente de los demás y por eso eran considerados -y
terminaban considerándose a sí mismos- personas sin dignidad alguna. Por
otra parte los que aparecen denominados como "pecadores" constituían
una verdadera clase social. Eran los que no podian cumplir con la ley, los
que no pagaban el diezmo, las prostitutas, los recaudadores de impuestos,
los ladrones, los pastores, los que descuidaban el descanso sabático y la
pureza ritual. En teoría podían convertirse y purificarse, pero en la práctica
su situación lo hacía casi imposible. Por eso se sentían doblemente
frustrados: no eran aceptados por la gente y se sentían rechazados por
Dios. La gente "religiosa" se sentía en la obligación de señalarlos
con el dedo para dejar en evidencia que no eran del agrado de Dios. La
consecuencia era un complejo colectivo de culpabilidad, una práctica
imposibilidad de desarrollar un mínimo de autoestima. Cf. A.NOLAN, ")Quién
es este hombre?", Santander 1981, todo el capítulo 3.
[15]
B.GONZALEZ BUELTA, Signos y parábolas para contemplar la historia. Más
allá de las utopías, Santander 1992, pp.62-63 (subrayado mío). Este
libro es una profunda meditación del Evangelio desde la inserción en el
mundo y la cultura de los pobres de América Latina.
[16]Cf.B.GONZALEZ
BUELTA, o.c., cap 3.
[17]
Cf. J.B.METZ, La fe en la historia y la sociedad, Madrid 1979,
especialmente el capítulo intitulado 'Redención y emancipación'. Un análisis
crítico del 'sacrificialismo' propio de la 'utopía' neoliberal en
H.ASSMANN-F.HINKELAMMERT, A idolatria do mercado, San Pablo 1989,
especialmente el Cap.IV.
[18]
L.BOFF, Liberación de Jesucristo por el camino de la opresión, en
R.GIBELLINI(ed.), La nueva frontera de la teología en América Latina,
Salamanca 1977, p.112. (subrayado mío)
[19]
E.SCHILLEBEECKX, Cristo y los cristianos. Gracia y liberación,
Madrid 1982, p. 776.
[20]
CH.DUQUOC, o.c., p.79.
[21]
Es lo que Jon Sobrino llama el 'principio misericordia'. "La
misericordia dice ultimidad, humana y cristiana, ante el pueblo crucificado.
Habrá que buscar sus formas adecuadas, ciertamente(justicia estructural,
sobre todo), pero hay que recalcar que en esa reacción primaria, para la
cual no hay más argumentación ni más motivación que el hecho mismo de la
crucifixión de los pueblos, se juega lo humano y lo cristiano. La
misericordia no es suficiente, pero es absolutamente necesaria en un mundo
que hace todo lo posible por ocultar el sufrimiento y evitar que lo humano
se defina desde la reacción a ese sufrimiento." En El principio-
misericordia, Santander 1992, p.8.