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2.- LA COLONIZACIÓN IDEOLÓGICA DEL NEOLIBERALISMO Y LA
NECESIDAD DE INCORPORAR LA MEDIACIÓN ECONÓMICA
En
un artículo reciente Jung Mo Sung relata que en la década de 1970 participó
de varias campañas de ayuda a los niños pobres promovidas por la Iglesia en
Brasil. Muchos de los que entonces contribuían hacían la aclaración de que
estaban dispuestos a ayudar a los niños "pues ellos no tienen la
culpa" pero no a los adultos pues consideraban que éstos sí eran
culpables de su situación de pobreza. Sin embargo el autor señala que ahora
siente nostalgia aún de aquella conciencia social perversa: hoy ni siquiera los
niños son considerados inocentes. La crisis económica de la década de 1980
multiplicó considerablemente el número de pobres, y por tanto de menores
pobres, muchos de ellos abandonados y condenados a vivir en la calle. Sin
posibilidad de acceso al mercado de trabajo, y carentes de cualquier tipo de
ayuda, estos niños y adolescentes sólo pueden sobrevivir de modo 'ilegal', de
actividades marginales o de pequeños robos. Los integrados al mercado (sólo un
35% de la población brasilera) incluso muchos cristianos, los considera una
amenaza, y si son amenazas, ya no son víctimas inocentes. De esta manera ellos
también son culpabilizados. No importa si todavía no cometieron algún delito.
Son culpabilizados por delitos que ciertamente van a cometer en algún momento.
Son condenados anticipadamente. Por eso ni siquiera los asesinatos de niños
pobres repugnan más a la conciencia social.
La
insensibilidad social de los integrados al sistema es hoy una característica de
nuestra sociedad: la mayoría no se siente interpelada por el sufrimiento de los
pobres. Es como si no tuviera nada que ver con eso. La única preocupación ante
la crisis social es la de no ser alcanzados por esa crisis y no sufrir violencia
por parte de los marginados. Los integrados en el mercado se sienten víctimas
de los pobres. Están obligados a protegerse de estos violentos detrás de los
altos muros de los condominios cerrados y mediante guardias de seguridad que los
protegen en los shopping centers o clubes privados. De ahí la extraña inversión,
comenta Jung Mo Sung: los beneficiados de nuestro sistema económico injusto
se transforman en víctimas y las víctimas se transforman en culpables.
Culpabilización
de los pobres, abandono del ideal de un 'desarrollo para todos' predominante en
los años '60, des-vinculación de la suerte de los 'perdedores'. Nos parecen
ejemplos sintomáticos de lo que consideramos el 2o. factor decisivo en la
crisis del compromiso social de los cristianos: el impacto de la ideología
neoliberal. No es que haya mejorado la situación de pobreza; al contrario,
empeoró. Lo que ha cambiado es la interpretación de sus causas, así como de
los mecanismos, actores y costos adecuados para superarla. Interpretación que
ha sido hegemonizada por el discurso neoliberal.
1. El
neoliberalismo: justificación ideológica de la 'cultura de la exclusión'.
No
es un detalle secundario que hablemos de 'ideología y no de 'modelo'
neoliberal. Es que el neoliberalismo como modelo económico global y homogéneo
no existe en ningún país. Menos aún en el Uruguay, donde, como señala
N.Villarreal, más allá de los discursos de corte neoliberal ensayados en el
pasado y radicalizados en la actualidad, el país real permanece muy lejos de un
tal modelo. [1]
Un aspecto que es importante tener en cuenta para no caer en el simplismo
de atribuir todos los males al neoliberalismo ni aceptar acríticamente la
adjudicación al mismo de todos los eventuales indicadores positivos. En
realidad el neoliberalismo no es practicado como tal ni siquiera en los países
capitalistas centrales que recomiendan medidas de corte neoliberal a los países
periféricos. No son neoliberales ni Estados Unidos, ni Gran Bretaña, ni Japón.
Allí el Estado juega un papel preponderante en la economía de mercado a través
de subsidios, políticas industriales, medidas de protección, etc.
Entonces
uno debe preguntarse: )por qué mantener un discurso de corte neoliberal si no
es para ponerlo en práctica? )qué eficacia tiene? Y para nuestro tema: )porqué
adjudicar entonces al discurso ideológico neoliberal tanta importancia?
No
es fácil definir exactamente lo que es el neoliberalismo. "El neoliberalismo
no es un cuerpo doctrinal homogéneo, con tesis bien establecidas y
aceptadas por todos los que se confiesan neoliberales. El neoliberalismo implica
más bien una tendencia intelectual y política a primar, es decir,
estimar más y fomentar preferentemente las actuaciones económicas de los
agentes individuales, personas y empresas privadas, sobre las acciones de la
sociedad organizada en grupos informales (pensionistas), formales(asociaciones
de consumidores, sindicatos), asociaciones políticas(partidos) y
gobiernos." [2]
Algunas
de las 'creencias' fundamentales que profesa el neoliberalismo, al menos en un
nivel declarativo, son bien definidas. Sobre todo la preeminencia del mercado
sobre el Estado tanto para producir mayor riqueza como para distribuirla
adecuadamente. La racionalidad de la 'máxima ventaja' que caracteriza a las
iniciativas de los agentes económicos individuales(personas, empresas)
garantiza un uso más eficiente de los recursos escasos de la economía. Los
gobiernos, al no tener que hacer frente a la necesidad de obtener beneficios
para mantenerse en el mercado no se fijan tanto en los costos; su racionalidad
es política y da lugar a gastos inútiles, inversiones equivocadas,
despilfarros varios. Por eso también el mercado maneja más y mejor información
que cualquier oficina estatal de planificación, pues cada empresario o
consumidor expresa óptimamente en cada transacción lo que considera que
necesita o le conviene. No es que el Estado no deba tomar medidas -por ej.
fiscales, cambiarias, de medio ambiente- pero han de ser la menor cantidad
posible y con un carácter de estabilidad y previsibilidad para los agentes económicos
individuales.
Esta
creencia se ha visto confirmada, dicen los neoliberales, por la crisis del
Estado benefactor tanto en Europa como en América Latina y, últimamente, por
el derrumbe del socialismo real. Los hechos han demostrado que cuando el Estado
asume por sí mismo la seguridad social e intenta planificar la economía lo
hace absorbiendo ahorros de las familias y las empresas distrayéndolas de usos
más eficientes. En vez de otorgarlos a los agentes económicos más capaces los
dirige a sectores improductivos desestimulando la competencia y la optimización
de los recursos. Por tanto la solución de los graves problemas del desempleo,
deterioro de la industria, abultamiento fiscal, subdesarrollo, ha de lograrse a
través del achicamiento del Estado, la privatización de la seguridad social,
la eliminación del proteccionismo, la apertura de las economías nacionales al
mercado mundial.
Lo
que acá queremos subrayar es que si bien el neoliberalismo no tiene realidad
como modelo implementado efectivamente en algún país, sí la tiene como
'creencia' que absolutiza el mercado (al menos en el nivel declarativo). Pues
esta absolutización del mercado se utiliza sistemáticamente para justificar
determinadas medidas dentro del sistema capitalista, desarticular
iniciativas solidarias y promover una concepción del hombre individualista y
abstracta. La suya es una visión interesadamente 'optimista' del desarrollo
obtenido por la economía de mercado que encubre las relaciones de fuerza
existentes, la enorme desigualdad de oportunidades, las presiones en la disputa
redistributiva, los factores de explotación, opresión, marginación. El mismo
fenómeno de la pobreza es visto como algo necesario y últimamente positivo a
los efectos de que la competencia permita que se sacrifiquen los más débiles y
aparezcan los más fuertes. Así se obtienen bienes mayores para la humanidad
abstractamente considerada aunque de hecho no lleguen a todos los hombres y
mujeres reales. "Pero esto no importa; la humanidad se considera mejorada sólo
con que algunos de sus miembros alcancen niveles nunca antes logrados de
riqueza. Esto es un desarrollo vicario, en el que los ricos ejercen la
función de representar a toda la humanidad en el disfrute de los bienes
materiales de la creación." [3]
Es una verdadera canonización de la 'cultura de la exclusión'
que intenta desactivar todo vínculo solidario y
cultiva la irresponsabilidad ante el sufrimiento de los perdedores, de
los marginados, de los que quedan por el camino. Cada individuo se relaciona con
los demás exclusivamente a través del mercado que es el mecanismo automático
que se ocupa de la solución de los problemas sociales. Se confunde
irresponsabilidad con libertad y, como veíamos recién, se culpabiliza a los
perdedores no sólo por su propia situación sino por el peso y el peligro que
significan para los integrados a la sociedad, es decir, al mercado.
Dicho
de otra manera nos interesa el neoliberalismo en cuanto ideología que ha
'colonizado' el imaginario social y de esta manera orienta efectivamente muchas
prácticas -espontáneas u organizadas- de nuestra convivencia. Pensamos que
se ha producido un desplazamiento
de las 'utopías del cambio' y que su lugar ha sido ocupado por otra utopía,
esta vez interna al sistema, que no
se reconoce explícitamente como tal. Una utopía del mercado irrestricto,
un mercado ideal de competencia libre y perfecta que nos seduce y nos promete
que 'después' de los inevitables sacrificios de los perdedores, vendrá una
sociedad de mayor bienestar capaz de satisfacer los deseos de los individuos y
llevarlos a la ansiada felicidad. Más aún, creemos que más allá de una
conceptualización y lenguaje seculares hay una verdadera sacralización del
sistema vigente. Se nos introduce así de contrabando - es decir, con
argumentos pretendidamente técnicos- una
creencia, una 'profesión de fe', que determina interpretaciones, valoraciones,
conductas personales y colectivas. Determina los límites de lo 'posible',
de lo 'racional', así como de los sacrificios que hay que hacer para lograrlo.
Nos indica en qué consiste la libertad y la felicidad, cómo se llega a ser
realmente 'alguien', qué es lo que nos puede proporcionar la ansiada
autoestima, cómo sentir que realmente 'vivimos' la vida. Como señalaba P.Trigo
en el salmo que citamos al comienzo, vivimos en ciudades pobladas de templos,
dioses terribles y seductores que nos piden ofrendas y sumisión y que nos
prometen vida abundante y exitosa. [4]
De ahí que si no queremos ser ingenuos, cuando hablamos de neoliberalismo no
nos referimos simplemente a un conjunto de medidas económicas. Hay por detrás
toda una cosmovisión, una concepción del mundo y del hombre que se opone
frontalmente a lo que hemos visto constituye la originalidad de la experiencia
religiosa evangélica.
2. El mercado:
realidad y mito.
No
nos parece positivo, sin embargo, una demonización pura y simple de esta
ideología. Por más que su desenmascaramiento sea una tarea imprescindible
desde el punto de vista ético y teológico, no nos parece suficiente. En primer
lugar porque no siempre el neoliberalismo se presenta explícitamente con todos
estos atributos que le descubrimos. Su discurso se mueve generalmente en un
registro de racionalidad instrumental, de afrontamiento realista de los límites
humanos, de cierta sobriedad en los juicios, con un tono más bien escéptico
que entusiasta. En segundo lugar porque nos parece que, aún con todos sus
ingredientes inhumanos, recoge un aspecto importante de la realidad económica que, de no distinguirlo
adecuadamente de su absolutización ideológica, corremos el riesgo de desechar
precipitadamente. Y así no haríamos más que entregarle una bandera sobre
la cual seguirá justificando su cosmovisión y nos privaríamos de una mediación
que la experiencia nos desafía a integrar en nuestro compromiso solidario, en
nuestra opción por la causa de los pobres. Una distinción que nos parece
fundamental para esta superación del dogmatismo neoliberal es la distinción
entre mercado y economía de mercado.
El
discurso neoliberal afirma decididamente la centralidad del mercado como
instancia ordenadora de toda la actividad económica de la sociedad. Pero
)realmente lo creen? )Su descripción del funcionamiento de la economía
capitalista responde a la realidad de los hechos? Ante todo debemos definir que
se entiende por 'mercado'. Podemos definirlo diciendo que es el conjunto
de actos necesarios para realizar libremente transacciones de bienes y servicios
en público, repetidamente y en condiciones semejantes. Una transacción aislada
no constituye mercado, hace falta un número de transacciones de contenido
semejante para poder hablar de un
mercado
específico. [5]
Ahora bien, estos mercados parciales, restringidos, existen desde la antigüedad.
Eran famosos los mercados durante la Edad Media, que se organizaban en lugares y
fechas determinados, conocidos de antemano; eran acontecimientos puntuales muy
importantes, que con frecuencia coincidían con festividades religiosas. Sólo
que constituían un aspecto muy parcial de la vida económica: la gran mayoría
de las necesidades vitales se satisfacían por otros mecanismos.
Sin
embargo cuando hoy se habla de 'economía de mercado' se está hablando
de algo distinto. Porque a partir de los teóricos del liberalismo del siglo
XVIII se plantea una perspectiva nueva: la auto-regulación del mercado.
Se empieza a hablar de una especie de armonía prestablecida que hace que
siguiendo cada cual de una manera eficiente su propio interés se produzca
naturalmente el mayor beneficio para la sociedad en su conjunto. Se afirmaba que
una especie de 'mano invisible', se encargaba de conseguir este resultado. La
regulación desde fuera no es necesaria y sólo hace falta un orden jurídico
que haga posible la competencia libre entre los individuos. Por otra parte,
cuando hoy se habla de sistema de mercado se está aludiendo a que este
mercado pretendidamente autoregulado sea el principio determinante y la
instancia ordenadora de toda la economía. No sólo dentro de cada país
sino a escala internacional. Y, sobre todo, se está excluyendo explícitamente
la intervención de instancias que dependan del consenso social y no del mercado
cuando de fijar los objetivos sociales se trata. Se excluye concretamente la
planificación a nivel de la economía local y mundial.
Ahora
bien, esta economía del mercado irrestricto y totalmente autorregulado que se
proclama en el discurso neoliberal es en realidad una ficción, no existe en
ningún lado. Lo cual lleva a sospechar que la apología del mercado como
dinamismo 'natural', aséptico y totalmente neutral, es en realidad un mito
tendiente a defender decisiones que amparan intereses bien parciales y
concretos. Hay múltiples transacciones y actividades económicas que de hecho
no pasan por el mercado en los países capitalistas y que ni siquiera los
neoliberales más ortodoxos pretenden subordinarlos a las leyes de la oferta y
la demanda. Actividades con significado económico que, por otra parte, hacen
posible el funcionamiento y la existencia misma del mercado. Por ejemplo todo lo
que tiene que ver con ciertos bienes públicos, que 'consumimos' colectiva y
simultáneamente, cuya producción es decidida centralmente: el orden jurídico,
la protección a la propiedad privada y la validez de los contratos, la
salubridad ambiental, la defensa nacional con su impresionante gasto en
armamentos. Hay otros bienes que se transfieren al interior de la familia, como
por ejemplo las herencias (que ningún neoliberal eliminaría para, por ejemplo,
dirigirlas hacia actores que optimicen su rendimiento), los gastos en
mantenimiento y educación de los hijos. La asignación de recursos al interior
de las diferentes unidades de las empresas tampoco se hace a través de la libre
competencia. Y se sabe que alrededor del 30% del comercio internacional está
compuesto por transacciones intra-empresa que responden a decisiones centrales,
no a las leyes del mercado.
El
hecho de que los neoliberales acepten y defiendan estas actividades económicas
decisivas que se desarrollan por fuera del mercado nos parece relevante. Pone al
descubierto que ni siquiera para ellos el mecanismo autorregulador del mercado
es en la práctica el principio centralizador de toda la economía. Lo que hay
son decisiones políticas acerca de cuáles actividades pasan por el mercado y
cuáles no. Con lo cual queda claro que la discusión tiene que ver con
decisiones políticas y no con puros automatismos naturales o procedimientos técnicos
políticamente neutros. Sin olvidar que las decisiones políticas suponen, por lo general, optar
entre intereses contrapuestos y se ven condicionadas por presiones de grupos con
fuerza muy desigual.
Esta
distinción entre mercado y economía de mercado -y el análisis de cómo
funciona en realidad esta última- nos permite superar el dogmatismo con que se
proclama el paradigma del mercado irrestricto. Aceptar y propiciar formas de
mercado no es lo mismo que adherir incondicionalmente al sistema de mercado.
Hecha
esta aclaración estamos en condiciones de abordar la otra cuestión que nos
interesa. )Hay algo que rescatar de los planteos del neoliberalismo? )Pueden
ayudarnos a incorporar algún elemento que enriquezca nuestra comprensión y
nuestra práctica de la solidaridad?
3. La
'racionalidad' económica: una mediación a asumir.
Para
responder a estas preguntas nos parece útil una precisión que hace Cl.Boff a
propósito de las críticas que los neoconservadores norteamericanos hacen a la
Teología de la Liberación. Estos últimos señalan que la teología surgida
recientemente en latinoamérica se reduce con frecuencia a un discurso utópico
que cae en la retórica piadosa o indignada acerca del pobre. Se trata, dicen,
de una creencia en la magia de las palabras pero que carece de mediaciones
concretas y por tanto no logra tener impacto transformador en la sociedad.
Boff reconoce que aquí hay un desafío que debe ser asumido por la
Teología de la Liberación, pero con una aclaración que me parece puede ser
pertinente para nuestra reflexión. Lo que le hace falta a esta teología no es
propiamente un discurso de lo concreto, precisamente porque ella toma muy en
cuenta las prácticas populares; lo que necesita es un discurso intermedio,
es decir, el que vincula el nivel de lo 'micro' (las luchas del pueblo) con el
nivel de lo 'macro'(la utopía, o mejor, el proyecto histórico). Porque entre
la práctica concreta y el plano de la utopía -que se mueve en torno a valores
irrenunciables y debe tener el coraje del 'pensamiento fuerte'- está el
discurso de las mediaciones. Que, como aclara el autor, vale sobre todo
en el campo económico y administrativo. Y aquí el tono debe ser
necesariamente más matizado, más sobrio, más 'débil'. [6]
Creo
que esta precisión referida a la teología vale también para la manera de
vivir y comprender el compromiso social de los cristianos. Por lo general los
cristianos hemos visto con claridad la importancia de 2 tipos de mediaciones
en el intento por traducir a la práctica nuestras convicciones sociales: las
que se refieren a la práctica en organizaciones de base y las referidas
a la militancia político-partidaria. A pesar de que hoy tanto las
organizaciones sociales como los instrumentos políticos tradicionales estén
enfrentando reconocidas dificultades, los cristianos tenemos mucho más
facilidad para movernos en esos espacios de actividad. De hecho hay una
experiencia y una reflexión acumulada enormemente rica a partir del compromiso
en barrios, agrupaciones populares, organizaciones de derechos humanos,
sindicatos, y, por otro lado, en partidos políticos.
Pues
bien, me parece que un desafío que estamos llamados a asumir en esta
encrucijada histórica es el de incorporar una tercera mediación, la de
la "racionalidad económica", a nuestro compromiso
transformador. [7]
Purificada de la ideologización absolutizadora que el neoliberalismo ha
hecho de la misma, esta dimensión de la vida social aparece como imprescindible
en un proceso de transformación. Por otra parte, sólo incorporando sus
exigencias en un contexto global distinto podremos evitar que se siga montando
sobre ella lo que hemos llamado la colonización ideológica neoliberal.
Desde
distintos ángulos y disciplinas se suele considerar que la sociedad en su
conjunto está constituida por 3 tipos de dinamismos: aquellos motivados por la
cooperación interpersonal o grupal, los que se plantean como exigencia a
partir de los derechos inalienables de todo ser humano y los que se
mueven según la lógica del costo-beneficio. [8]
En la esfera de la cooperación están todas las relaciones sociales que
emprendemos por elección, movidos por un sentimiento de solidaridad vivida en
lo cotidiano, en asociaciones de ayuda mutua, en los diversos espacios
comunitarios. Acá se crean bienes personales y colectivos que tienen que ver
con la búsqueda de la identidad, la autoestima, el afecto, la pertenencia, el
sentido de la vida, la comunicación. El ámbito del derecho es el que configura
las relaciones de los ciudadanos en cuanto tales: está regido por las normas
jurídicas que garantizan las condiciones básicas de la vida y que no pueden
confiarse únicamente a las organizaciones espontáneas o al mercado. Son
relaciones marcadas por el reconocimiento de una dignidad común, el derecho a
ser protegido en cuanto a un mínimo de recursos materiales, la seguridad vital
y el derecho a la participación; su escenario es el Estado, y establece reglas
universales obligatorias (no optativas) en la relación entre personas y grupos.
Por último existe todo un conjunto de relaciones sociales que se movilizan en
base a la lógica del intercambio (doy 'a cambio de' algo, no espontáneamente
como en la primera esfera, ni obligado por las leyes como sucede en la segunda):
aquí prima la lógica del costo/beneficio y su escenario es el mercado. Es todo
el mundo de la "racionalidad" económica.
En
un momento en que el neoliberalismo pretende ocupar con la racionalidad del
costo/beneficio todos los ámbitos de la vida social, es fundamental defender la
originalidad insustituible de los otros códigos de relación que hacen posible
la sociedad. Y también hacen posible la economía. Sin la lógica del derecho y
de las organizaciones solidarias la sociedad se transforma en una selva en manos
de los más fuertes o los más audaces, se pierden los valores básicos que
hacen a la dignidad, a la identidad, a la comunicación, a la pertenencia, y,
además, tampoco se pueden dar las condiciones de una actividad económica
estable y eficiente.(A su vez el Estado sin la lógica de las organizaciones
sociales se vuelve paternalista y recorta el protagonismo del hombre concreto en
nombre de mecanismos burocráticos y abstractos). Por eso una tarea fundamental
hoy es la crítica radical a la ideología neoliberal: su pretensión de
mercantilizarlo todo es profundamente deshumanizante, encubridora, antisocial e
injusta. [9]
Sin
embargo creo que esa tarea crítica no se reduce a mostrar las contradicciones
del discurso neoliberal. Sólo será suficientemente radical y eficaz si logra
rescatar la racionalidad económica como un factor necesario en cualquier
proyecto y estrategia transformadores. Si tradujéramos el impulso transformador
únicamente al nivel de las organizaciones micro caeríamos en un localismo que
deja el conjunto de los dinamismos sociales en manos de los políticos y técnicos
funcionales al sistema. Tampoco es suficiente apostar a la conquista de espacios
de decisión en el aparato político: la crisis del socialismo y del Estado
benefactor han mostrado que el mercado, aún con todas sus ambigüedades y
violencias, es insustituible a la hora de optimizar el rendimiento de recursos
escasos.
Es
precisamente el permanente desajuste entre necesidades y recursos lo que hace
imprescindible el recurso a la racionalidad económica. [10]
También en un proyecto que pretenda responder al clamor de los pobres
como prioridad en la implementación de una sociedad más justa. No se puede
encarar el grave problema social de las necesidades insatisfechas sólo desde
una perspectiva ética o política, como si todo dependiera exclusivamente de un
problema distributivo. La producción de los bienes y servicios necesarios para
satisfacer esas necesidades (por ej. alimentación, vivienda, salud, educación)
exige recursos materiales, trabajo, conocimientos técnicos, tiempo. Y estos son
todos recursos escasos, es decir, que no existen en la medida necesaria para
atender adecuada y simultáneamente todas las necesidades.
La
limitación de los recursos de cada país -y también a nivel mundial- es algo
que debe ser asumido en toda su seriedad. No parece posible que ninguna sociedad
logre resolver definitivamente el problema de la escasez: es algo que acompaña
el carácter limitado y conflictivo de la misma existencia humana.
De ahí que toda sociedad deberá buscar el máximo rendimiento de los
recursos materiales y humanos existentes aún sabiendo que para ello debe
sacrificar la satisfacción inmediata de determinadas demandas. Las opciones en
este campo no son simplemente entre lo bueno y lo malo -aunque también- sino
frecuentemente entre 2 bienes o 2 males. Son opciones difíciles donde no sólo
hay que aclarar los objetivos que se buscan sino también lo que se sacrifica. [11]
4. Justicia y
eficiencia en una 'cultura de la inclusión'.
El
problema de la escasez de recursos productivos plantea ineludiblemente una
triple cuestión que ya se ha hecho clásica: qué producir, cómo
producirlo y para quiénes. Es algo que toda organización social, todo
proyecto histórico, toda estrategia política ha de asumir. Lo que hace el
discurso neoliberal es eludir de raíz y sistemáticamente la cuestión de las
necesidades básicas de todos los hombres y las condiciones materiales que hacen
objetivamente posible su satisfacción. Por eso más que de 'productos' hablará
de 'mercaderías', es decir, de aquellos productos que tienen una demanda en el
mercado por parte de consumidores actuales o potenciales. Pero de esta manera
aquellos hombres que no logran traducir sus necesidades en poder de compra en el
mercado, no son tenidos en cuenta; es como si no existieran. Sí se atienden, en
cambio, aquellas demandas que reflejan los 'deseos' de consumidores con poder
adquisitivo en el mercado, aunque se refieran a bienes que en el contexto histórico-social
sean claramente superfluos o inútiles. Así las necesidades básicas para la
reproducción material de la vida humana desaparecen en medio de los deseos de
los consumidores. Para el mercado 'autorregulado' no hay necesidades sino
deseos; no hay hombres, sólo consumidores. [12]
Es
cierto que el mercado no puede decidir por sí mismo cuáles cosas son
necesarias y cuáles no, algo que por otra parte tiene un componente de
relatividad histórica. Su propia lógica
de funcionamiento se lo impide. Pero la 'culpa' no es del mercado, que no está
para eso, sino de la ideología neoliberal que abandona en brazos de una mítica
'mano invisible' del mercado la atención de las necesidades imprescindibles
para la reproducción de la vida humana, tarea que corresponde claramente a las
instancias políticas. De ahí que a la pregunta de 'qué' hay que producir, un
economista neoliberal como P.Samuelson responderá explícitamente que eso ha de
ser determinado por "los votos en dólares de los consumidores"; por
otra parte, el 'cómo' eso será producido lo determinará la competencia entre
los productores y el 'para quién' es una decisión que corresponde si más a la
oferta y la demanda. [13]
Obviamente
esta visión de la economía - que incluye toda una concepción del hombre-
produce el tipo de sociedad idolátrica y sacrificial que mencionábamos más
arriba. En ella no se escucha el clamor del pobre, sólo se escuchan los deseos
de los consumidores. El pobre es sacrificado en el altar de la riqueza acumulada
por los menos, se lo excluye de la vida social y de la vida a secas.
Para
no claudicar ante esta mercantilización total de la convivencia humana nos
parece imprescindible reconocer que en estas preguntas claves de la organización
social, intrínsecamente ligadas entre sí, se ponen en juego diversos planos de
la realidad humana. Planos que son obviamente irreductibles a una consideración
abstracta, puramente formal, de la relación costo/beneficio. El hombre real es
un ser de necesidades que no puede autoprocurarse las condiciones materiales de
su existencia(ni siquiera los más fuertes y eficientes, bueno es aclararlo). Sólo
puede satisfacer aquéllas necesidades en la interdependencia recíproca en la
sociedad. Por otra parte el ser humano, más allá de su sobrevivencia material, está intrínsecamente llamado a ser cada vez más sujeto de
su historia; pero también en este aspecto vive una radical reciprocidad social.
Esta interdependencia respecto a las condiciones materiales y espirituales de la
vida es la que genera un problema ético ineludible: quiénes tienen
derecho a qué cosas y quiénes están correlativamente obligados a crear las
condiciones para que esas cosas se produzcan y sean accesibles a quienes las
necesitan para poder vivir dignamente. Hay también un problema político:
quiénes están legítimamente habilitados a tomar decisiones económicas que
afectan radicalmente el derecho a la vida de todos los miembros de la sociedad
en las que se pone en juego la conflictiva relación entre libertad y justicia.
Existe, por último, una cuestión técnica indisolublemente unida a los
anteriores: cuáles son las formas más eficientes para optimizar la producción
aprovechando al máximo los siempre escasos recursos.
Es
justamente esta mediación técnica la que plantea ineludiblemente el desafío
de optimizar el rendimiento de los recursos y conduce a la utilización de la lógica
del costo/beneficio. De ahí la necesidad de incorporar la racionalidad económica
no para entregarle la coordinación de la vida social sino precisamente para que
los hombres asumamos el papel de sujetos en la historia, también en el campo
económico. De ahí también la necesidad de integrar el mercado como realidad,
aunque seamos conscientes de sus ambigüedades y debamos contextualizarlo
social, política y culturalmente.
El
mercado -no la 'economía de mercado'- es un instrumento válido, incluso
necesario, en cuanto racionaliza el problema de la escasez. Permite
compatibilizar el deseo de adquirir con el deseo de producir(sin distinguir
entre necesidades y deseos, de ahí su ambigüedad y la necesidad de
contextualizarlo) a través de una negociación relativamente libre entre las
demandas y los recursos escasos. Esa consenso se expresa a través de un
'precio'. El precio indica, al menos aproximadamente, el 'costo' real en
recursos para satisfacer determinada demanda. Por eso la excesiva subordinación
del sistema de precios a la decisión política (subsidios, congelación,
impuestos indirectos, indexación, etc.) tiende a generalizar comportamientos
económicos que llevan con frecuencia a la ineficiencia. Se utilizan poco
recursos abundantes y se derrochan recursos escasos. [14]
Como
dice Vervier, administrar una sociedad significa arbitrar una infinidad de
conflictos, muchos de ellos legítimos y hasta inevitables, entre personas,
intereses y racionalidades diferentes. Con frecuencia esos conflictos giran en
torno al dilema eficiencia-justicia, crecer o distribuir.
El cristiano comprometido con la causa de los pobres se reconoce llamado
a buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia, sabiendo que lo demás vendrá
por añadidura. Eso tiene que ser así; pero tal prioridad lejos de eximirnos de
buscar una mejora de la productividad nos lo exige. La opción por los pobres no
nos dispensa de buscar un camino de superación real de la escasez. También el
desperdicio de recursos es algo inmoral ya que impide que una mayor eficiencia
multiplique el número real de beneficiados. La ineficiencia constituye en este
sentido un pecado social, una irresponsabilidad. El verdadero reto será poner
la eficiencia del mercado, que como subsistema es incapaz de priorizar metas
sociales, al servicio de la justicia: contextualizar, controlarlo, ponerlo a
funcionar en un orden general que incorpore los dinamismos del derecho y la
cooperación. En definitiva se trata de asumir la racionalidad económica para
que también ella se ponga en función de una racionalidad más humana: la del
solidario hacernos recíprocamente sujetos a nivel personal, grupal y social. La
lógica del encuentro, de la igualdad en la alteridad, de la comunicación, en
de la comunión en la que encontramos nuestra identidad más profunda.
Por
supuesto que esto constituye un desafío para los técnicos en economía o para
los profesionales de la política. Pero si lo planteamos acá es más bien
porque creemos que integrar la racionalidad económica constituye un reto para
todos los que apostamos a un cambio en la línea de la solidaridad con los más
pobres, cualquiera sea el nivel en que nos movamos.
Supone
asumir una mentalidad que no se quede en la denuncia, que supere una pura
cultura de la demanda. Hemos de ser cada vez más capaces de asumir
corresponsablemente la realidad con sus incertidumbres, límites y ambigüedades;
de aprender a vivir una activa paciencia histórica, una esperanza bien
entendida. La mentalidad del 'paraíso ya', de la omnipotencia infantil, no cabe
en esta perspectiva. Incorporar la racionalidad económica como mediación es
importante no sólo para las cuestiones directamente económicas [15]
sino para la interacción social cualquiera sea su nivel: ella pone de
manifiesto un aspecto de la realidad humana -el de la escasez, el de la limitación
radical- que no podemos soslayar. Aunque todo ello deba contextualizarse desde
una racionalidad más profunda y englobante. Una racionalidad cultural
que no vea al hombre desde la perspectiva del individualismo posesivo, desde la
lógica de "el que tiene, es", sino desde el solidario
hacernos mutuamente sujetos, y se descubra cada vez más que ser hombre es
ser-en-común-con-los-demás. Sólo así una mediación que hoy está al
servicio de la cultura de la exclusión podrá ponerse al servicio de una
cultura de la inclusión. Sólo así la mediación económica será
lo que debe ser: cauce mediador de un principio rector absolutamente
irrenunciable para el cristiano como es la opción por el pobre. Pero eso nos
lleva a nuestra última reflexión en la que apuntamos algunas sugerencias a
partir de los temas analizados.
[1]
Cf.N.VILLARREAL, Neoconservadurismo y neoliberalismo, un intento de
reformulación del capitalismo. Consolidación y freno en Uruguay,
Montevideo 1993, ed.OBSUR, pp.11-12. Luego de realizar una amplia recopilación
documental que confirma la contradicción entre el discurso
neoliberal y la práctica de sus portavoces, dice el autor: "La
implementación del neoliberalismo en Uruguay ha encontrado grandes
dificultades para aplicarse dado un conjunto de factores muy consolidados en
nuestra sociedad. Entre los más importantes podemos destacar: la fuerte
tradición de liberalismo político, las organizaciones sindicales y
sociales, y un importante sector del empresariado que por un lado no está
dispuesto a pagar los precios de una alta conflictividad y por otro con un
apego fuerte al Estado, que lo llevó en la última etapa a restarle apoyo a
las medidas implementadas por este gobierno".
(p.12)
[2]
L.de SEBASTIAN, El neoliberalismo. Argumentos a favor y en contra.,
en El neoliberalismo en cuestión, p.21. Otras definiciones también
se refieren a ideas, enfoques, 'creencias', persuasiones, que respaldan
medidas concretas más que a modelos globales reales. Por ejemplo en el art.
Neoliberalismo del Diccionario del pensamiento conservador y
liberal, N.ASHFORD-S.DAVIES(dir.), se dice: "El neoliberalismo
puede ser sintetizado como la creencia en que la intervención
gubernamental usualmente no funciona y que el mercado usualmente sí lo
hace".(p.242) Subrayado mío.
[3]
L.de SEBASTIAN, El neoliberalismo. Argumentos a favor y en contra.,
p.28.
[4]
H.Assmann recoge de P.Morandé la descripción de cómo en la modernidad
liberal se produce una especie de 'captura' de las convicciones morales por
una ética puramente funcional al sistema, sustituyendo la relación
interpersonal por la relación individuo-sistema, y promoviendo una simulación
de libertad bajo el lema 'cumple
tu papel y haz lo que quieras'. Y luego señala: "Los lenguaje
seculares de la modernidad disimulan las operaciones trascendentales de la
vida cotidiana. A primera vista no parece haber ninguna sacralización de
nada. Pero la total funcionalización de los valores por el límite
'espiritual' de lo que es admisible de hecho, implica constantes actos
devocionales al ídolo. Nadie acostumbra llamar a eso 'experiencia de la
trascendencia', pero en realidad es una trascendencia introyectada en las
relaciones sociales. La abolición de un horizonte utópico situado más allá
del límite de lo permitido, es, en realidad, una utopización de las
condiciones concretas y de las relaciones entre los hombres tal como lo
prescribe el sistema. La esperanza quedó encerrada dentro de la lógica del
sistema." En H.ASSMANN-F.HINKELAMMEERT, A idolatria do mercado.
Ensaio sobre Economia e Teologia., o.c., p.348.
[5]
Cf.L.de SEBASTIAN, Mundo rico, mundo pobre, o.c., p.97. Los ejemplos
de actividades económicas fundamentales que no pasan por el mercado, que
mencionamos más adelante, también los extrajimos de este libro.
[6]
Cf. Cl.BOFF, Comentario al libro de J.M.MARDONES "Capitalismo y religión",
en Revista Eclesiástica Brasileira vol.51, fascículo 204, Diciembre de
1991, pp.1001-1002.
[7]
Ponemos la expresión "racionalidad económica" entre comillas
porque siendo de uso común entre los técnicos tiene una intrínseca
ambiguedad. Una economía sólo es racional en la medida en que, más allá
de su coherencia formal interna, está al servicio de la finalidad global de
la actividad económica : asegurar la vida de todos los seres humanos a través
de su trabajo y una distribución adecuada de los ingresos, respetando la
naturaleza sin la cual el hombre no puede existir. Pero acá la usamos en el
sentido vulgar y abstracto de la la relación costo/beneficio en la
utilización de recursos escasos.
[8]
En un artículo reciente J.García Roca hace un interesante análisis de
este carácter 'triangular' de los dinamismos sociales. Entre otras
denominaciones posibles de los códigos propios de cada uno de estos
dinamismos él opta por la siguiente: los que se desarrollan según la 'lógica
del don', los que lo hacen según la 'lógica del derecho' y los que siguen
la 'lógica del intercambio'. En J.GARCIA ROCA, Estado y Sociedad. Del
antagonismo a la complementariedad, en Sal Terrae, junio 1993,
pp.407-422.
[9]
En un número de la revista 'Nueva Sociedad' dedicado al tema del
neoliberalismo en A.Latina, un cientista
chileno adopta esta perspectiva para poner de relieve el carácter
socialmente desestructurante de la propuesta neoliberal. Luego de señalar
que el sistema social global está integrado por 3 subsistemas, el cultural,
el político y el económico -que tienen muchas semejanzas con la tríada
que venimos manejando- agrega que cada uno tiene su lógica específica para
poder dar de sí lo que la sociedad le requiere, pero que, además, cada uno
debe respetar las reglas propias de los otros dos para no sucumbir él mismo
y llevar al fracaso al conjunto de la sociedad. "Si como ocurre en la lógica
neoliberal se reduce el subsistema cultural y el subsistema político a la lógica
de coste/beneficio monetario, no solamente se intervienen negativamente sus
potencialidades endógenas, sino que además se limita al propio subsistema
económico que disminuye su despliegue a mediano y largo plazo por la
deficiente integración sistémica que ello produce." En A.VIAL, La
reforma neoliberal del Estado. Amenazas para el continente, en Nueva
Sociedad 121, septiembre-octubre 1992, p.158.
[10]
Cf. J.VERVIER, Escassez, Felicidade e Mercado: Ensaio de Diálogo Fé-Economia,
en Revista Eclesiástica Brasileira, vol.51, fascículo 202, Junio 1991,
p.260. Este artículo contiene interesantes reflexiones que acá hemos
retomado. Sin embargo, a nuestro juicio, cae en el error de no distinguir
claramente entre 'necesidades' de los hombres y 'deseos' del consumidor, que
es precisamente una de las críticas centrales que hacemos al discurso
neoliberal.
[11]
También la defensa de la vida de todos en un mundo limitado lleva consigo
la necesidad de sacrificios. La cuestión será cuáles sacrificios, por
parte de quiénes y en orden a qué. Sobre esto cf. F.HINKELAMMERT, Afirmaçâo
da vida e sacrifício humano, en H.ASSMANN-F.HINKELAMMERT, A
idolatria do mercado, o.c., pp.363-367.
[12]
Cf. JUNG MO SUNG, El Dios de la Vida y la división social capitalista
del trabajo, en Pasos No.35, mayo-junio 1991, pp.4-6.
[13]
Cf. la cita textual, tomada de su libro 'Introducción al análisis económico',
en JUNG MO SUNG, a.c., p.5.
[14]
Cf. J.VERVIER, a.c., pp.278-279.
[15]
Sobre la importancia de la incorporación crítica de la racionalidad económica
a las organizaciones populares, sea para conocer los mercados que las
penetran, sea para tener algún tipo de control sobre esos mercados, o para
participar como agentes de economía popular solidaria o microempresarios,
cf. El neoliberalismo: desafío para la fe y la justicia, Seminario César
Jerez, 5 a 11 de julio de 1992, editado en Montevideo por Misión de Fe y
Solidaridad.