Las dos fundaciones de Nueva Palmira

(1831 y 1851)

Pedro Gaudiano*

gaudiano@adinet.com.uy

Este artículo fue publicado en:

«Soleriana» [Montevideo] 3 (1995) 115-142.

Se reproduce aquí con la autorización de la mencionada revista.

INTRODUCCION:

“EL OMBLIGO DE AMERICA DEL SUR”

El abolengo histórico de Nueva Palmira -antes conocida con el nombre de Higueras o Higueritas- entronca directamente con los primeros conquistadores del Río de la Plata. Según Vadell, está asentada en el mismo lugar en el que Sebastián Gaboto, el 6 de abril de 1527, fundó la población de San Lázaro. Esta población figura en el islario de Alonso de Santa Cruz de 1541, “que es el primer mapa del Río de la Plata”; de allí habrían tomado el dato otros cartógrafos de aquella época (1).

El antiguo puerto de Las Higueras tomó el nombre de su primer poseedor, el Capitán Antón o Antonio Higueras y Santana. Dicho Capitán llegó al Río de la Plata con la expedición del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Fue después uno de los repobladores de Buenos Aires con Garay y recibió, en esa oportunidad, la merced de tierras que en ese carácter le correspondía, dedicándose al comercio portuario, especialmente de leña. Más tarde, el nombre del puerto se transformó en Higueritas, “acaso por haber continuado explotándolo algún hijo o sobrino de su mismo apellido, distinciones éstas que son comunes en la boca del pueblo” (2).

La situación privilegiada del puerto de Las Higueras ha sido puesta de relieve por vez primera, que sepamos, en el año 1802, cuando Don Melchor de Albín comunica al Virrey Joaquín del Pino y Rosas lo siguiente:

“Mi hermano cuando manejaba la Hacienda ofrecía la carne de balde a los canoeros, por el interés de comprarles las frutas y maderas de las Islas, pero recelosos de la travesía larga y barrancosa preferían irla a comprar al Puerto de Las Higueras. Este sí que es un Puerto para una ventajosa población, situado al norte de la Punta Gorda, solo en el Uruguay, está libre de las Sudestadas; los pamperos no meten agua por lo estrecho del Uruguay. Su fondo es de seis a siete brazas.

“Puesto enfrente de la boca del Guazú que se dirige contra la Punta Gorda, por ella, y por otras bocas inferiores se comunica al Paraná. Desde él una canoa ligera se puede venir a las Conchas, ir al Río Negro, a todo el Uruguay, y por último hasta el Paraguay. Hay quien opina que la Capital del Río de la Plata debió ponerse allí, o a lo menos un Astillero General a donde concurran en jangadas las maderas de todos los ríos que componen el de la Plata.

“Él es Puerto preciso a los que navegan para Santo Domingo, y Capilla Nueva, (3) para el Gualeguay y para las Misiones. Todo el comercio de las Islas del Paraná, allí se haría indispensablemente, pues los pobres leñateros y carboneros hallarían mucha conveniencia en ir vendiendo diariamente lo que puede cargar una canoa, sin esperar una Lancha que suele ir después de que una creciente les ha arrebatado todo su trabajo. Los acopiadores de Leña, Carbón, Mazas, Postes, Rayos, etc., hallarían fácil salida llenando los vacíos de las Lanchas que vienen de arriba sin completa carga. Las del trajín no perderían el tiempo en las Islas en que suelen necesitar de ir cortando a Sable los Camalotes que no estorban a las canoas.

“Allí hay piedra en abundancia; allí está la Calera de Narbona con buena cal a mano. Cuando no vendría de Puerto a Puerto desde el Daca Río abajo sin travesía ni rodeo. Lo mismo sucedería a las maderas, y es un dolor que no se piense en esta situación, acaso la mejor de todo el Río. Si me pudiera desprender de la necesidad espiritual de la Feligresía, si ella no fuera tan reducida que pudiera sostener una ayuda de Parroquia puesta en los Cerros de Monzón, entonces yo aconsejaría la traslación a Las Higueras con la esperanza de ver en mis días el mejor Pueblo de este continente...” (4).

Como bien hace notar el escribano Almeida, en este escrito, de hace casi dos siglos, “parece vaticinarse la hoy llamada ‘Hidrovía’, y el rol que correspondería a una población ubicada donde hoy está Nueva Palmira” (5).

Y en 1869, Don Domingo Ordoñana hace un planteamiento que incluso llega a superar la actual Hidrovía. Su proyecto, verdaderamente revolucionario para su época -y también para la nuestra- quizá llegue a concretarse en el siglo XXI. Escribe Ordoñana, refiriéndose a Nueva Palmira:

“Situado este pueblo en la confluencia del Paraná con el Uruguay, abocado su puerto a la gran barra del Bravo y a las mil bocas del Delta Paranaense, parece ser que las mismas corrientes que remolinean en su puerto, protestan un día y otro día del abandono en que se les tiene y de la indiferencia con que se les mira.

“Las ventajas de la situación geográfica de Palmira no están bastante estudiadas, ni son tan conocidas como lo merecen.

“Palmira es el corazón de un inmenso cuerpo fluvial cuyas venas son esos canales de agua que inútilmente llevan hoy su pensamiento, y que lo retornan como la sangre por las arterias, con sus válvulas que son pueblos de sus riberas, y sus aurículas que son sus imaginados Docks y sus ventajas de puerto franco, de puerto libre, cosmopolita, mejor dicho.

“¿No conoce Vd. esta localidad? Pues bien:

“De Palmira a Matto-Grosso se puede seguir viaje en una batea de sauce, y de Matto-Grosso al Amazonas y sus afluentes podrá seguirse también, cuando estén limpias esas cabeceras del Arinos y rota esa estrecha muralla de tierra que separa a los dos gigantescos ríos, (6) continuando así por todo el corazón de la América Meridional, dándose la mano con el Perú y con Venezuela mismo.

“Y eso tiene que llegar, porque tal es la ley del progreso constante (...).

“Palmira con puerto franco y con dos rieles atravesando los departamentos de Colonia y San José, y bifurcándose al gran camino de hierro central, sería, no lo dude Vd., el absorvedor del comercio, llamado hoy cabotaje, de los dos grandes ríos Paraná y Uruguay.

“Palmira, con camino de fierro que lo uniese a la capital, sería el gran puente de ese comercio, de esa navegación nueva (...) que forzosamente tiene que venir...” (7).

En esta perspectiva, se entiende por qué tal ciudad por su estratégica situación geográfica, ha merecido el nombre de “Ombligo de la América del     Sur” (8).

Nueva Palmira, como Buenos Aires, tiene históricamente dos fundaciones: la que podríamos llamar “popular y religiosa”, de 1831, y la “legal y orgánica”, de 1851. Aclaramos desde ya que en el presente trabajo dedicaremos especial atención a la primera fundación, realizada por el sacerdote bonaerense Felipe Santiago Torres Leyva.

I

LA FUNDACION POPULAR

Y RELIGIOSA DE NUEVA PALMIRA

La primera fundación de Nueva Palmira -al igual que la fundación de Carmelo-, se llevó a cabo con vecinos del pueblo de Las Víboras. Este pueblo se originó, según Vadell, en el año 1758, a partir de una capilla que hizo construir en su estancia Don Juan Francisco Palacios. Aquella capilla se puso inicialmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de María Santísima, pero años más tarde se colocó en sus altares la imagen de la Virgen de los Remedios, Patrona del Colegio de Niñas Huérfanas de Buenos Aires. La antigua imagen de la Inmaculada pasó a presidir el Oratorio de Narbona, que era la Vice-parroquia. Aún hoy se mantiene en pie dicho oratorio, y es muy probable que la imagen de la Virgen que allí se conserva, sea la misma que presenció el nacimiento del pueblo de Las Víboras (9).

A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX la unidad y aún la misma existencia del pueblo viborero se vieron amenazadas por diversos factores. En los primeros días de enero de 1802, un grupo de 22 vecinos y feligreses se presentó ante el párroco, Pbro. Casimiro José de la Fuente, pidiéndole su amparo para el escrito que elevarían al Virrey solicitando su autorización para trasladarse al Rincón del Escobar. El cura de la Fuente -párroco de Las Víboras entre 1798 y 1808-, brindó su más decidido apoyo a aquella iniciativa. Se trasladó a Buenos Aires y el 3 de febrero de 1802 entregó personalmente al virrey Joaquín del Pino y Rosas la solicitud de sus feligreses, acompañándola con un extenso y bien documentado memorial con las pruebas que, a su juicio, justificaban aquel petitorio. En dicho memorial describe la mala ubicación geográfica del pueblo: estaba situado sobre una loma, de cuyas vertientes se formaban “por los lados este y oeste, dos cañadas, distantes entre sí cuatro cuadras”, que impedían todo adelanto. A otras cuatro cuadras desde la cima de la loma hacia el norte, corría el Arroyo de Las Víboras, “cuyas cenagosas aguas son el único socorro de aquellos infelices”. En aquellas cuatro cuadras cuadradas se levantaban 16 ranchos en estado ruinoso y una Iglesia parroquial que, “aún cuando no se verifique trasladar el pueblo, ha de ser preciso construirla de nuevo, o hacer en ella reparos tan costosos que casi equivaldría a una reedificación” (10).

Los 16 ranchos alrededor de la Iglesia parroquial conformaban la parte “urbana” del pueblo. El resto de la población -que vivía de tareas agrarias-, estaba constituído por 76 “hogares campestres” que se dispersaban sobre los cursos de agua inmediatos: Chileno, Polanco, de las Flores y hasta las puntas del Víboras y el Vacas. El conjunto era lo que comúnmente se daba en llamar “Pueblo de Las Víboras y su jurisdicción” ó “Chácaras y Pueblo de Las Víbo-    ras” (11).

En 1815, el Pbro. Dámaso Antonio Larrañaga, siendo Vicario Interino de la Matriz, fue comisionado junto con algunos cabildantes para ir junto al Gral. Artigas acampado en Purificación. De regreso a Montevideo, los días 19 y 20 de junio se detuvo en Las Víboras. En su diario de viaje, consignó que el pueblo estaba “casi emboscado, y aún todavía (tiene) muchos árboles en su contorno”. Lo que estaba libre de bosque, aparecía “lleno de abrojales y otras yerbas perjudiciales”. Además, el pueblo estaba asentado en tierras particulares, según atestigua el sabio viajero: “Los vecinos no tienen tierras, debiendo pagar el arrendamiento de la semilla que siembran” (12).

Con respecto al templo parroquial de Las Víboras, el Pbro. Larrañaga nos dejó una interesantísima y valiosa descripción: “Por fuera no presenta sino un rancho miserable de paja como de unas 20 varas de largo, y parecía una de las más pobres capillas de la campaña; pero cuál fue mi sorpresa, cuando entrando en ella vi un retablo que aunque (de) gusto antiguo era el mejor de todo el viaje”. El ilustre sacerdote quedó prendado sobre todo del cáliz que utilizó en la eucaristía: era “de plata muy bien dorado, y de una forma y gusto tan exquisito, que no lo he visto mejor en parte alguna” (13).

El 12 de febrero de 1816, el Jefe de los Orientales, Don José G. Artigas, concedió el permiso solicitado por el pueblo viborero para trasladarse “a la costa del Uruguay y Arroyo de las Vacas”. Así nacía el pueblo de las Vacas, actual ciudad de Carmelo (14).

A pesar de aquel desmembramiento, un núcleo de la población de Las Víboras permaneció abrazado a la tierra primitiva, refractario a todo cambio de lugar. Sin embargo, años después, en 1831, otro grupo de viboreros daría lugar a la fundación popular y religiosa de Nueva Palmira, liderados por su párroco, el Pbro. Felipe Santiago Torres Leyva.

1.1.   EL SACERDOTE FUNDADOR.

Felipe Santiago Torres Leyva nació en la villa del Luján, provincia y obispado de Buenos Aires, el 19 de mayo de 1774. Era hijo legítimo de Don Francisco Torres y Doña María Luisa Leyva. Entre 1791 y 1796, realizó sus estudios en Buenos Aires, en el Real Colegio de San Carlos -antiguo Colegio San Ignacio, después Colegio Nacional de Buenos Aires-. Luego pasó a Córdoba del Tucumán, donde terminó sus estudios eclesiásticos y fue ordenado presbítero en 1799 a título de patrimonio de dos mil pesos de principal, otorgado por sus padres en escritura fechada el 9 de agosto de ese año. Regresó a Buenos Aires y comenzó su servicio ministerial como sustituto de la Iglesia Castrense. En 1801 se desempeñó como Teniente Cura de Luján, su villa natal, y al año siguiente ocupó el mismo cargo en la Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz (Quilmes). El 8 de diciembre de 1808 fue designado como Cura Párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios del pueblo de Las Víboras, en la Banda Oriental, y ya no abandonó esos parajes hasta su muerte. Su actuación al frente de aquella parroquia fue excepcional sobre todo por continuar las gestiones que había iniciado en 1802 su predecesor para el traslado del pueblo viborero (15).

Sus sentimientos religiosos y la comprensión de su deber sacerdotal quedaron reflejados en una carta que el 9 de agosto de 1822 dirige al alcalde de Las Vacas, Don Sebastián Quiñones. Escribe Torres Leyva: “Yo siempre he servido esta parroquia con el mayor desinterés; he acompañado a mis feligreses en los mayores conflictos y me precio de que en ninguna de mis necesidades he sido gravoso a ellos” (16).

No sólo fue un hombre de piedad, sino que también fue un patriota a carta cabal. En 1828 se instala en San José la primer Asamblea General Constituyente y Legislativa del Estado, presidida por Don Silvestre Blanco (17). El Pbro. Torres Leyva fue designado elector por el partido de Las Víboras, y elegido como Diputado para representar el Departamento de Colonia. Cuando el Ministro de Gobierno, Don Juan Francisco Giró lo invita para incorporarse a la Asamblea, el 23 de junio de 1829 el sacerdote se ve obligado a declinar el cargo. Entonces el Ministro, con fecha 29 de julio del mismo año, eleva a la Presidencia de la Asamblea la nota original escrita por el Diputado Torres Leyva el 6 de ese mes, informando que el Colegio Elector del Rosario “no avaloró las razones en que fundó su excusación; y que su conciencia y salud interdicen estrictamente la incorporación al seno de la Soberanía Nacional”. Esta comunicación fue pasada a estudio de la Comisión de Peticiones, que el 6 de agosto, atendiendo las “poderosas razones” aducidas por el Párroco de Las Víboras, aconseja a la Asamblea exonerarlo del cargo de Diputado que le había conferido al Colegio Electoral de la Villa de Rosario, que por entonces era la capital del Departamento de Colonia (18).

El 15 de agosto de 1830 el Pbro. Torres Leyva, con 192 votos, es proclamado Representante titular por Colonia a la Primera Legislatura Constitucional del Estado. Sin embargo, el 24 del mismo mes, el sacerdote eleva su renuncia al Presidente de la Mesa Central, Don Pedro A. de la Serna, manifestándole:

“Son muy públicas las excusaciones que por dos veces he practicado en igual caso probando a la evidencia la imposibilidad física que media para satisfacer el voto público. No desconozco el honor que se me hace en clasificar mi insuficiencia para desempeñar tan elevado encargo; pero mi edad y suma grosura, expuesta por momento a causarme un insulto apoplético, como también el abandono de mi deber sagrado, me privan absolutamente deferirme a él.

“El mismo Congreso, después de haber valorado la razón de mi excusación, declaró estar exonerado de este compromiso...” (19).

El 27 de mayo de 1846, en plena Guerra Grande, el General Fructuoso Rivera sorprende y toma el pueblo de Las Víboras, y ordena su total evacuación. Una parte de la población, junto con las dependencias político-policiales, se retiró a Nueva Palmira; la otra, junto con las dependencias judiciales, pasó al pueblo de  Carmelo, llevando consigo la imagen de la que había sido la Patrona del pueblo, Nuestra Señora de los Remedios. Según Vadell, Rivera ordenó “el incendio del pueblo, con la sola excepción de su Iglesia, la que fue respetada” (20).

Cuatro días antes de aquel terrible acontecimiento, en la tarde del 23 de mayo de 1846, falleció el Pbro. Felipe Santiago Torres Leyva, a los 72 años de una vida intensa y plena de grandes y cristianas realizaciones. Fue sepultado por el Cura Vicario del Carmelo, Pbro. José Sancho, dos días después, según consta en la siguiente partida de defunción:

“En el día veinte y cinco de Mayo del año mil ochocientos cuarenta y seis, yo el infrascrito Pbro. Cura vic[ari]o Párroco propio del pueblo del Carmelo, di sepultura ecl[esiástic]a con Misa y oficio de cuerpo presente, todo rezado, al cadáver del pbro. Dn. Santiago Torres Leiva Cura propio del pueblo de Víboras y jurisdicción Ec[lesiásti]ca, natural de la Villa de Luján de la provincia y Obispado de Buenos Ayres, hijo legítimo de los difuntos Dn. Francisco Torres y Dña. María Lucía (sic) Leyva, falleció el veinte y tres por la tarde a los setenta y cuatro años de edad poco más o menos, que sepulté en el presbiterio de la iglesia del Señor y al lado de la epístola, de todo lo que doy fe. José Sancho Cura Vic[ari]o” (21).

Cabe consignar que Pérez Fontana, al transcribir esta partida, la fecha por error un año antes, en 1845 (22).

Cuando fue destruido y quemado el pueblo de Las Víboras, el Pbro. José Sancho, primer párroco de Carmelo, habría trasladado los restos de Torres Leyva a la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen (23). Allí permanecieron hasta el año 1976, año en el cual, con la debida autorización del Obispo de Mercedes, Mons. Andrés Rubio, fueron exhumados y trasladados a la Parroquia Nuestra Señora de los Remedios de Nueva Palmira. El 26 de octubre de 1976 fue una fecha memorable para el pueblo palmirense, que en medio de grandes festejos recibió la urna con los restos de su fundador (24).

En 1981, al cumplirse el sesquicentenario de la fundación de Nueva Palmira, nuevamente fueron trasladados los restos de Torres Leyva a un monumento que se erigió para aquella ocasión, ubicado en la Calle Torres Leiva, esquina Dr. Carlos Cúneo, frente a la dársena Higueritas.

1.2.   LOS ANTECEDENTES DE LA FUNDACION.

El 27 de marzo de 1830 el Pbro. Torres Leyva, desde su parroquia de Las Víboras, escribió una carta al Gral. Brigadier Don José Rondeau, Gobernador Provisorio del Estado Oriental (25). Esta carta constituye el documento más importante para conocer la verdadera historia de la fundación de Nueva Palmira, ya que en ella, el sacerdote presenta una relación de sus gestiones para lograr el traslado del pueblo de Las Víboras al puerto de Las Higueras o Higueritas. Aquellas gestiones tuvieron cuatro momentos principales:

a)      En 1809, poco tiempo después de haber asumido la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios de Las Víboras, Torres Leyva realizó su “primera gestión”. Se trasladó a Buenos Aires y puso en conocimiento del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros el deseo que tenían los vecinos de aquel desamparado rincón de la Banda Oriental de mudarse a otro sitio. Entonces el Virrey le encargó “ver a los herederos del finado Ascuenega, y D[oñ]a Magdalena del Arco, a quienes debía una suma considerable la Calera de Narbona, que se decía propietaria del terreno de las Higueras, por lo que estaban embargados”, y ellos le “cedieron unánime[me]nte por su parte el permiso p[ar]a trasladarse el pueblo de las Vívoras, en fuerza de conocer que debía de haber allí una población” (26). Y el 15 de setiembre de 1809, el sacerdote obtiene los derechos de propiedad de una extensión de ocho cuadras en las Higueras, “destinadas a la iglesia y vecinos que quieran poblarse” allí (27). Sin embargo, al año siguiente estalló la Revolución de Mayo, el Virreinato pasó a manos de sus hijos criollos, y el traslado quedó en suspenso.

b)      En 1814, el Directorio de Buenos Aires decidió la creación del pueblo de las Higueras, y por medio de su Ministro, el Dr. Nicolás Herrera, comunicó esta decisión al Gobernador de la Plaza de Montevideo, Gral. Miguel Estanislao Soler. Éste, a su vez, la comunicó al entonces Comandante de Las Víboras, Don Gregorio Illescas. Pero los disturbios originados en aquella época por la Guerra Civil, paralizaron otra vez el traslado (28).

c)      En 1816, siempre respondiendo a las gestiones del Pbro. Torres Leyva, el Gral. José Artigas reiteró este proyecto, ordenando al Gobernador de San José, Don Manuel Durán, que delinease el pueblo de las Higueras y repartiera sus chacras. Esta operación llegó a realizarse, dando como resultado que se establecieran varios pobladores. Pero nuevamente surgirían dificultades. Las escuadrillas portuguesas, que hostigaban continuamente las costas del río Uruguay, invadieron el territorio, por lo que el número de pobladores de las Higueras no sólo “no se incrementó”, sino que los que allí habitaban se vieron obligados a retirarse al interior (29).

d)      En 1830, al año siguiente de la creación de la Receptoría General del Uruguay, Torres Leyva afirma: “Ahora que se ha colocado en el puerto de las Higueras la aduana principal del giro del expresado río, se presenta una bella oportunidad para efectuar con la debida formalidad la población tan deseada, que llegará en breve a ser la segunda ciudad de este Estado”. Poblar el puerto de las Higueras era un viejo anhelo, “por las ventajas que ofrece al comercio”. Cuando describe dicho puerto, el sacerdote manifiesta: “La naturaleza ostentó su poder cuando formó un punto tan delicioso propio para una gran ciudad. Es una ensenada espaciosa que hace el río Uruguay, cuyo canal se aterra en ella, por lo que todos los buques que navegan para arriba indispensablemente deben tocarle. Tiene casi al frente el Paraná Guazú, por donde su hace la navegación p[ar]a Santa Fe, Corrientes, y Paraguay, que habiendo un establecimiento en las Higueras debe darle un indecible incremento este tráfico” (30).

Y como para motivar más aún al Gral. Rondeau, el Pbro. Torres Leyva afirma que la ejecución de este proyecto probaría “el engrandecimiento de este Estado debido a la sabiduría de su primer Gobierno”, y que las Higueras atraería “innumerables pobladores que no esperan más que el Gobierno ordene su realización”. Tal era la confianza que el párroco de Las Víboras tenía en el futuro pueblo de Nueva Palmira, que llega a decir: “Yo me ofrezco a ser el primer ciudadano en domiciliarme, y depositar en él mis cenizas” (31).

El 28 de marzo de 1830 Torres Leyva le escribía al recientemente designado Ministro de Guerra, Gral. Julián Laguna:

“Adjunto a V.E. la solicitud para crear un nuevo pueblo en las Higueras. No es necesario que estos vecinos la firmen; el cura que tantas veces ha sido encargado para su logro basta. Tenemos innumerables personas pudientes que anhelan por poblarse en tan delicioso lugar. El Señor Ministro, que está íntimamente afectado de sus ventajas, sabrá superar los obstáculos que se objeten y alcanzar su realización” (32).

1.3. EL ACTA DE FUNDACION.

El día miércoles 26 de octubre de 1831, el Pbro. Felipe Santiago Torres Leyva, acompañado por un nutrido grupo de vecinos y feligreses del pueblo de Las Víboras, llegó hasta el puerto de Las Higueras o Higueritas para dar cumplimiento al viejo anhelo de trasladar aquel pueblo escondido entre el boscaje que margina el arroyo de las  Víboras.

El cura párroco, ante el emocionado grupo, explicó la razón de su presencia ante el majestuoso Uruguay, destacando cómo el acto fundacional de la nueva población, “parece que el cielo después de haber probado nuestra constancia, lo reservó para la emancipación absoluta de esta Provincia”. A continuación se resolvió por unanimidad “que la Población se llamase Nueva Palmira, con la advocación de Nuestra Señora de los Remedios, instituyendo por su Patrono y Protector al ciudadano General D. Julián Laguna”. Luego, “con el mayor e indecible júbilo se colocó en el sitio designado para la Población, una Cruz como signo de nuestra religión”. Y por fin se labró un acta que fue firmada por 59 personas. De esta manera el Pbro. Torres Leyva dejaba iniciado, después de 22 años de su “primera gestión”, lo que aún sería un largo proceso de trasmutación del antiguo puerto de las Higueritas en el de Nueva Palmira.

Una copia del acta fue enviada de inmediato al Padrino Protector, el General Julián Laguna, entusiasta propulsor de la idea de aquella fundación y coadyuvante activo de su realización (33).

No hemos podido localizar el manuscrito original del acta fundacional de Nueva Palmira. Sin embargo, en el Apéndice I del presente trabajo, ofrecemos la transcripción literal de un manuscrito firmado por el General Laguna que en fotocopia ampliada y enmarcada se halla en la “Biblioteca Popular Jacinto Laguna” de aquella ciudad.

Esta acta fue publicada por primera vez, que sepamos, por D. Vicente A. Pérez, en el diario montevideano “El Ideal”, del 25 de octubre de 1931, con ocasión de cumplirse al día siguiente el primer centenario de la fundación de Nueva Palmira. También aparece publicada en la obra de Daoiz Vicente Pérez Fontana, quien afirma que su versión, “tomada de una copia, del Archivo General de la Nación, difiere algo con la dada por Don Vicente A. Pérez, no así los firmantes” (34).

Las dos publicaciones mencionadas -de padre e hijo respectivamente-, omiten consignar entre los firmantes del acta fundacional de Nueva Palmira, los nombres de Andrés Cáseres, Francisco Merlo, Francisco Callero, José Antonio Esperati y Juan Acevedo. En la versión que nosotros ofrecemos, hemos querido subrayar esos nombres que también merecen, al igual que los demás, un puesto de honor en la historia del pueblo palmirense.

El 26 de octubre de 1831 se determinó el paraje donde se ubicaría la futura población. Pero aquel acto trascendente no fue acompañado de un trazado o delineación de calles y manzanas, y casi seguro que tampoco fue seguido de un afincamiento en el lugar por parte de quienes participaron en la importante ceremonia. Sin embargo, aquella fecha señala un hito fundamental en la historia de Nueva Palmira: su fundación popular y religiosa.

1.4.   EL NOMBRE DE “NUEVA PALMIRA”.

Así como el nombre de Las Higueras o Higueritas no se debió a la presencia de higueras o higuerones en aquellas zonas (35), tampoco el nombre de Nueva Palmira proviene de la presencia de palmeras.

No cabe ninguna duda que fue el Pbro. Felipe Santiago Torres Leyva quien eligió el nombre de “Nueva Palmira” para la población que él fundó el 26 de octubre de 1831. Tampoco hay dudas con respecto a la etimología del término “palmira”: proviene del griego palmera, traducción del hebreo Tadmor, que a su vez procede de la forma arcaica Tamar, que tiene idéntico significado (36).

Pero, ¿cómo se originó en Torres Leyva la idea de bautizar el pueblo con el nombre de Nueva Palmira? Para responder a esta pregunta, se han planteado básicamente dos hipótesis: a) El viaje de Torres Leyva a las antiquísimas ruinas de la Tadmor asiática; b) La lectura del libro de Volney titulado “Las ruinas de Palmira”.

a) El viaje a la Tadmor asiática.

Según Pérez Fontana, el Pbro. Torres Leyva “al regreso de su largo viaje por Europa y el Cercano Oriente, con un gran caudal de nuevos conocimientos, encontró a la Banda Oriental ya Libre e Independiente”. Y gracias al conjuro de su férrea voluntad, “se efectuó la trasmutación de las Higuerillas, que dieran el nombre al ‘Puerto de las Higueritas’ por las esbeltas Palmeras que adornaban los grandiosos jardines de la ‘Palmira’ Asiática, la maravillosa ciudad Siria que Torres Leiva trajo estampada en el fondo de sus retinas, para con ellas transformar a la aborigen ‘Higueritas’ en la ‘Nueva Palmira’, que EL soñaba iba a ser comparada con la asiática, la que fuera la Ciudad más mercantil de las rutas que de Oriente convergían a Occidente” (37).

b) La lectura de “Las ruinas de Palmira”.

Constantino Francisco de Chasseboeuf (1757-1820), que llegó a ser Conde de Volney, realizó en su juventud un largo viaje por el Imperio Otomano, y recorrió las provincias que en otra época formaron los reinos de Egipto y de Siria. En 1787 visitó la célebre Tadmor asiática, y unos años más tarde, en 1791, publicó en Francia su obra más importante: Las ruinas de Palmira.

Según Berardo, el Pbro. Torres Leyva “era hombre observador, y comprendió las ventajas del puerto de Las Higueritas, al concebir y llevar a cabo la fundación del pueblo de Nueva Palmira; porque ese puerto, respecto de los países ribereños del Plata y sus afluentes, está colocado en las mismas condiciones que la Palmira asiática, la antigua Tadmor (ciudad de las palmas) de los árabes, situada en el oasis Palmirene, en medio del desierto de Siria” (38). Y  a continuación el autor transcribe los siguientes párrafos del libro de Volney, que muy probablemente leyó Torres Leyva:

“Palmira fue en todas las épocas, un depósito natural para las mercaderías que venían de la India por el golfo Pérsico, y que subiendo desde ahí por el Eufrates o por el desierto, iban a la Fenicia o al Asia menor, para llegar a los puertos del Mediterráneo (...).

“Allí una industria creadora de las comodidades, atraía las riquezas de todos los países, y se veían cambiar la púrpura de Tiro por el precioso hilo de Sérica (en nota: “Esto es: la seda...”), los delicados tejidos de Cachemir (en nota: “Esto es: los chales...”) por los tapices fastuosos de la Lidia; el ámbar del Báltico por las perlas y perfumes de los árabes, y el oro de Ofir por el estaño de Thulea” (39).

Ya hemos consignado que se trata de dos hipótesis, que intentan explicar por qué Torres Leyva eligió el nombre de “Nueva Palmira”. Vadell se inclina a creer más en la influencia del libro del conde de Volney. Para él, el viaje de Torres Leyva al Oriente no es más que una “poética leyenda”, y para “destruir” esa leyenda explica lo siguiente: “Examinados los libros de Las Víboras, que se conservan en la parroquia del Carmen, en El Carmelo, no hay constancia de ninguna ausencia larga del Padre Torres de Leyva que le hubiera permitido hacer ese viaje. Por otra parte, en la relación de sus servicios, con motivo de su oposición a varios curatos vacantes, que hemos encontrado en el Archivo del Arzobispado de Buenos Aires, tampoco figura anteriormente a su radicación en Las Víboras, por lo que deducimos que este viaje nunca se realizó” (40).

Las dos hipótesis que hemos planteado coinciden en que el Pbro. Torres Leyva eligió el nombre de “Nueva Palmira” en referencia a la antigua “Palmira” asiática. Vale la pena, entonces, mencionar algunos rasgos sobresalientes de aquella ciudad.

Situada en un oasis que prodigaba sombra, agua y alimentos, entre el Éufrates y las costas del Mediterráneo, se atribuye la fundación de esta ciudad nada menos que al rey Salomón, quien la llamó Tadmor o ciudad de Palmeras. Y en efecto, en el Libro Segundo de las Crónicas, uno de los libros del Antiguo Testamento, se nos dice que el rey Salomón “reedificó Tadmor en el desierto” (41). Esto sucedió hacia el año 940 antes de Cristo.

Apenas al nacer, Palmira se eclipsa, para reaparecer mil años más tarde, al comienzo de la era cristiana, inspirando a Plinio el Viejo (23 d.C. - 79) una descripción que es el exacto resumen de su posición geográfica y política a la vez: “Palmira, ciudad noble por su ubicación, de amenas riquezas por el sol y las aguas, incluye campos junto con zonas de arenas exentas por el destino de tierras. Con una suerte única por estar entre dos inmensos imperios, el de los Romanos y el de los Partos, posee siempre una preocupación prioritaria en caso de discordia entre ambos” (42).

Palmira estaba enclavada en la región de Siria. Situada entre Damasco, Antioquía, Tiro y el Egipto por un lado; y Babilonia, Seleucia y las ciudades de Persia por otro, era la encrucijada donde venían a encontrarse las caravanas que hacían el comercio en aquellas regiones.

En la historia de Palmira, surge resplandeciente la figura de una mujer, llamada Zenobia. Era la tercera y última esposa de Odenato, primer Senador de Palmira. Cuando quedó viuda, se convirtió en la “Reina de Oriente”. Entre los años 268 y 273 redondeó un magnífico imperio, que llegó a rivalizar con el de los romanos. Mirando un mapa de época, podemos recorrer los nombres de los territorios que llegó a poseer Zenobia:

“Comencemos por el Asia Menor. La Capadocia, la Galacia, la Licaonia, la Pisidia y la Cilicia, con parte de Bitinia, ricas y prósperas comarcas, que desde siglos atrás eran emporios de bienestar y centros de cultura, obedecían sus mandatos. Enseguida, parte de Mesopotamia, hasta el río Chaboras, afluente del Eufrates; luego la Siria, la Celesiria, Fenicia, Palestina, la Arabia Petrea y por último el Egipto hasta los legendarios confines de Etiopía y del Sudán formaban su Imperio (...). Por más de quince grados paralelos de norte a sur, el Cercano Oriente era posesión de la gran reina” (43).

Palmira era la metrópoli de aquel vasto imperio de la “Reina de Oriente”. En su máximo esplendor, llegó a contar con medio millón de habitantes. Rodeaba a la ciudad un foso y un muro alto y espeso, lo que le daba la categoría de plaza fuerte. El reducto se franqueaba por dos puertas principales, una mirando a oriente, otra a occidente, y a ellas convergían seis grandes carreteras, de las que aún quedan vestigios. Dichas carreteras facilitaban el tráfico con Arabia, Persia y Alta Mesopotamia por un lado, y con Siria, Palestina y Egipto por otro.

Dentro de la ciudad, los monumentos principales eran:

·             el inmenso y majestuoso palacio levantado por la reina Zenobia;

·             el antiguo edificio donde sesionaba el Senado;

·             el Templo a la Victoria;

·             “el magnífico Templo del Sol, el más amplio, rico e importante de la antigüedad, de los levantados en honor del dios-astro” (44).

·             cuatro arcos triunfales. Del arco principal

“arrancaba una maravillosa columnata, tal como no la tuvo ni la tiene ninguna de las grandes capitales del mundo. estaba compuesta de cuatro filas de columnas de estilo corintio, en un total de mil, levantadas a distancia de unos tres metros unas de otras, y seguía por espacio de un kilómetro, rematando al final un espléndido mausoleo, sin duda levantado en memoria de los Odenatos” (45).

En 1889 se publicó en Montevideo un libro titulado: Las ruinas de Palmira con ocasión de una excursión arqueológica profano-sagrada por ambos mundos. Su autor, el Pbro. Dr. Mariano Soler -que en 1897 sería consagrado como primer Arzobispo de Montevideo- expresa que “el viaje a las ruinas de Palmira es el honor y la satisfacción suprema del turista por el Oriente” (46). Y describe sus impresiones al llegar a la antigua Tadmor en los siguientes términos:

“Pasó largo tiempo antes que las emociones de que estaba llena nuestra alma estallasen en entusiasmo reverente y solemne; y el silencio de la muerte que nos rodeaba ¿no era su más elocuente expresión? Mudos de admiración sublime, seguíamos conmovidos y silenciosos aquel camino de ruinas inmortales. ¡Qué contrastes y qué lecciones! Hubiera sido en vano buscar un ser animado para dar alguna vida a aquel paisaje; en medio de esos lujosos edificios y de esas orgullosas tumbas, todo era mudo e inmóvil, como las cenizas de los que dormían un sueño de siglos a nuestro alrededor. ¡Cómo poder olvidar en toda mi vida la emoción sublime que me causó la inmortal Tadmor, orgullo del desierto y encanto del viajero!” (47).

Siguiendo a Vadell, nos inclinamos a descartar la hipótesis de que el Pbro. Felipe Santiago Torres Leyva haya viajado a las ruinas de Palmira. Pero si hubiera realizado aquel viaje, creemos que en sus retinas y en su corazón hubieran quedado grabadas impresiones muy semejantes a las descritas por el Pbro. Mariano Soler.

 

II

LA FUNDACION LEGAL Y ORGANICA DE NUEVA PALMIRA

La segunda fundación de Nueva Palmira fue necesaria para incorporar ese pueblo al patrimonio nacional, bajo las leyes del Estado, que habrían de darle su organización política y económica.

El 29 de marzo de 1851, el Gobierno del Cerrito imparte órdenes al Comandante General del Departamento de Colonia, Teniente Coronel de Caballería de Línea Lucas Moreno. Pocos días después, el 8 de Abril de 1851     Lucas Moreno se encuentra en Piedras de Espinosa (paraje del norte del Departamento de Colonia, ubicado entre las actuales poblaciones de Miguelete y Florencio Sánchez); y en virtud de las citadas órdenes, desde allí dicta un Reglamento para la distribución de tierras en el otro extremo del Departamento, en “Higueritas” (48).

El Reglamento de Lucas Moreno consta de 13 artículos. Según el artículo 1º, “en el lugar denominado de las Higueritas, se poblará un pueblo bajo el patrocinio de Nuestra Señora de los Remedios”. Esta disposición, en realidad, se limitó a recoger y ratificar la voluntad popular expresada veinte años antes en el acta de fundación de Nueva Palmira, del 26 de octubre de 1831.

Además se estableció que se destinarían dos manzanas para plazas públicas, que se denominarían “Plaza Nacional” y “Plaza del Comercio”. Frente a esta última -que luego se denominó “Plaza del Templo” y posteriormente “Plaza Gral. Artigas”-, se destinaron “dos solares para la Receptoría General y otros dos para la Iglesia” (art. 4º). Esta disposición, sin duda se limitó a recoger y confirmar una realidad pre-existente, que de esa forma quedaba integrada en el Reglamento orgánico sobre urbanización de Nueva Palmira.

El Reglamento de Lucas Moreno del 8 de abril de 1851 dispuso todo lo pertinente al padrón estadístico de la propiedad urbana y rural. Hay que tener en cuenta que un pueblo no es un pueblo, en el sentido verdadero y jurídico del vocablo, hasta tanto no tenga su catastro oficial y definitivo; y eso fue lo que se hizo en esta segunda fundación. Nueva Palmira quedó, en consecuencia, reconocida como un pueblo más de la República Oriental del Uruguay, y en forma “legal y orgánica” quedó librada a su nuevo destino.

 

III

LA POLEMICA SOBRE LA FUNDACION

La Junta Económico Administrativa del Departamento de Colonia, en su sesión de 24 de diciembre de 1852, se refiere a “la segunda población en 1851 de Nueva Palmira del Coronel Don Lucas Moreno por encargo del Sr. Gral. Don Manuel Oribe” (49).

La Comisión Auxiliar de Nueva Palmira, el 19 de octubre de 1859, envía a la Junta Departamental una copia de “las disposiciones dadas para la fundación de este pueblo, en el año 1851, por el Señor Coronel Don Lucas Moreno” (50), es decir, el “Reglamento” que ya hemos mencionado. Aquí ya no se habla de una “segunda población”, sino explícitamente de una nueva “fundación” de Nueva Palmira.

Así se sentaban las bases de una larguísima polémica sobre la verdadera fecha de fundación y los verdaderos fundadores del pueblo palmirense. Dicha polémica se suscitó en el año 1872, en el periódico “Eco de Palmira” (51), entre los señores Domingo Ordoñana y Andrés H. Gazzan (52). Según este último, “Los fundadores de Nueva Palmira” -así se titulaba su artículo-, habían sido el Pbro. Torres Leyva y el Gral. Julián Laguna, en 1831. Por eso manifiesta: “El primer número del ‘Eco de Palmira’ contiene un artículo del señor Ordoñana, sobre los fundadores de Nueva Palmira, que necesita algunas rectificaciones (...). La equivocación del Señor Ordoñana, de nombrar a los señores Castro, Eguren y Castriz como fundadores, y de dar al pueblo solamente veinte años de edad, dimana probablemente del hecho de que en 1851 el coronel don Lucas Moreno vino a Palmira mandado por el General Oribe, para establecer una nueva Receptoría General, por haber sido destruida durante la guerra la que existía antes, y de nombrar una comisión para la repartición de terrenos entre los vecinos que querían poblar (...) compuesta por los señores don José Gordon, don Ramón Castriz, don José M. Castro, don Jerónimo Alza y don Lorenzo Laguna...” (53).

La mencionada polémica volvió a instalarse a la hora de celebrar el primer centenario de la fundación de Nueva Palmira. ¿Qué fecha debía conmemorarse? ¿El 26 de octubre de 1831 ó el 8 de abril de 1851?

El 8 de octubre de 1831, el Sr. Ariosto Fernández escribió al entonces Ministro de Instrucción Pública, Dr. Juan Carlos Mussio Fournier, una extensa carta. Le comunicaba que la “minuciosa investigación documental” que se había realizado confirmaba los datos aportados por el artículo de Gazzan, que había sido publicado por el historiador Orestes Araujo en su Diccionario Geográfico del Uruguay. Después de ofrecer algunas importantes referencias documentales, concluye afirmando: “No es de extrañar que con fecha 26 de octubre de 1831 fuera fundado el pueblo de Nueva Palmira, por el Pbro. Don Felipe Santiago Torres de Leyva” (54).

Y en marzo de 1951, Vadell adopta una postura de equilibrio, reconociendo la existencia de dos fundaciones de Nueva Palmira: “Si tanta trascendencia tiene la fundación del Padre Torres Leyva, religiosa y popular, la fundación del general Oribe, orgánica y regular, es de suma importancia para la vida y la historia de Nueva Palmira, y ambas merecen ser recordadas” (55).

 

A MODO DE CONCLUSION

Hemos señalado, al comenzar este trabajo, que ya en el año 1802, al alborear el siglo XIX, parecía vaticinarse la actual “Hidrovía”. También señalamos que la importancia de esta realidad geográfica la puso muy claramente de manifiesto Don Domingo Ordoñana, en el año 1869, con un proyecto que incluso llega a superar la realidad actual.

En nuestros días, gracias al Mercosur, existe una conciencia cada vez más colectiva de la importancia de Nueva Palmira como puerto terminal de la Hidrovía Paraguay-Paraná. Importancia relevante no sólo para el Interior de nuestro país, sino para toda la cuenca del Río de la Plata, llamada a conectarse en un futuro con las cuencas del Orinoco y el Amazonas (56).

Al concluir este estudio sobre las dos fundaciones de Nueva Palmira, considero oportuno realizar la siguiente advertencia: no se debe confundir el futuro del pueblo palmirense con su realidad actual. Hace poco estuve en aquella ciudad. Caminé por sus calles y charlé con su gente, especialmente con su párroco, el Pbro. Roberto Alvarez, que generosamente me brindó su hospitalidad. Hoy “Palmira” -como la nombran-, es una ciudad portuaria de menos de diez mil habitantes, con no pocas dificultades económicas y sociales: faltan fuentes de trabajo, existen familias que viven en casillas, hay prostitución,... Sus habitantes se sienten como perplejos cuando los medios de prensa -especialmente de Montevideo-, les brindan la imagen de una Nueva Palmira esplendorosa, en pleno progreso y desarrollo. Y ellos saben, por experiencia, que la realidad actual es muy distinta.

A pesar de todo, considero que es algo razonable mantener un cauteloso y espectante optimismo acerca del futuro de Nueva Palmira, el “ombligo de América del Sur”.

 

APENDICE I

Acta de Fundación de Nueva Palmira

(26 de octubre de 1831)*

“En el Puerto de las Higueritas á veintiseis del mes de Octubre del año de mil ochocientos treinta y uno, reunidos los becinos que subscriben con el loable objeto de demarcar el citio propio para la Población; darle el nombre por el que en lo sucesibo deberá ser conocida, la adbocación que debe tener e instituir algún indibiduo por su Patrono y protector.

“El s[eñ]or cura territorial antes de tratar sobre la materia hizo la siguiente alocución: ‘Ciudadanos, desde el año nuebe [h]e cido un constante promotor de este establecimiento por el conocimiento práctico que tengo de las bentajas de su local indicado por la naturaleza para una Ciudad mercantil. En dibersas épocas que han discurrido los gobiernos, por la utilidad que debe refluir al País, siempre se [h]an diferido a conceder el correspondiente permiso i las guerras continuas han paralizado su ejecución. Parece que el cielo después de [h]aber probado nuestra constancia lo reservó para la emancipación absoluta de esta Provincia. Es ya un Estado Libre y Soberano; debe por sí mismo propender a su engrandecimiento superando los obstáculos que son propios de los primeros ensallos. Ciudadanos, vuestros nombres van a ser inscriptos en los fastos historiales de nuestra República; serán indelebles y la generación futura os bendecirá como las piedras cardinales de una población que rápidamente yegará a ser la segunda Ciudad de este Estado. Jamás he ambicionado otro bien sobre la tierra que el logro de este tan útil prollecto, por ser el cervicio más remarcable que puedo prestaros. No me resta después otra cosa que de[s]cender tranquilam[en]te al sepulcro, llevando la gloria de [h]aber inmortalizado mi nombre’.

“Luego se dio principio a discutir sobre los puntos indicados; y por unánime aclamación conbinieron: que la Población se llamase Nueva Palmira con la advocación de nuestra Señora de los Remedios, insitullendo por su Patrono y Protector al ciudadano General D. Julián Laguna, pasándole una copia para su conocimiento i al mismo tiempo [para que] la elebe al Superior Gobierno para su aprobación y protección. Acto continuo: con el mallor e indecible júbilo se colocó en el sitio decignado para la Población, una Cruz como signo de nuestra religión. Y para que este acto como legal tenga toda la fuerza que se requiere la firman los ciudadanos que la [h]an labrado. Fecha ut-supra.

“[Firmado:] Felipe Santiago Torres Leiva, Juan Apóstol Martínez, Isidro Gordon, Cacimiro Camacho, Luciano Linera, Carlos José de los Santos, Juan Bautista Marmoria, José Merlo, Pantaleón Paredes, Manuel Baigorra, Francisco Frías, José Luis Vallet, Marcelino Fuentes, Juan Manuel Acha, Silverio Gimenez, Mariano Montaner, Pedro Villalba, Miguel Alza, Pedro Días, Bautista Fontis, José Gabriel Belmúdes, Mariano Ferrer, Pedro Silva, Mariano Alza, Mariano Vargas, Juan José Chasarreta, Rafael Villa Azul, Juan José Notario, Antonio Villalba, Cándido Díaz, Juan Reina, José Rodrígues, Pedro Silva, Gerónimo Guzmán, Fermín Reinoso, Balentín Pinazo, Andrés Caseres, Francisco Merlo, Francisco Callero, José Antonio Esperati, Carlos Rodrígues, Juan Manuel Bermúdes, Manuel Ruis, Juan Nieto, Raimundo Nieto, Liborio Nieto, Agustín Nieto, Pedro Gómez, Lucirio Abila, Francisco Rodrígues, Gregorio Illescas, Francisco Pedernera, Juan de la O. Castro, Melchor Medina, Lázaro Muñoz, Francisco Baldes, Dionisio Rasabal, Plácido Alvares, Juan Acevedo.

“[Firmado y rubricado:] Julián Laguna.

“Es copia”.

 

APENDICE II

El Reglamento de Lucas Moreno

(8 de abril de 1851)*

“[Folio 452r] Copia.

El Ciudadano Lucas Moreno Coronel de Caballería de Línea, y Comandante General del Departamento de la Colonia, en virtud de lo dispuesto por S. E. el Sor. Presidente de la República en 29 del ppdo. Marzo, acuerda lo siguiente:

-           En el lugar denominado las Higueritas se poblará un pueblo, bajo el patrocinio de Nuestra Señora de los Remedios.

-           Los solares del Pueblo, se compondrán de cincuenta varas de frente y cincuenta de fondo, a exc[ep]ción en los frentes a la plaza que tendrán veinte y cinco de frente y cincuenta de fondo.

-           Se destinan dos manzanas para plazas públicas, las cuales se denominarán “plaza Nacional” y “plaza del Comercio”.

-           En la plaza “del Comercio”, se destinan dos solares para la Receptoría General y otros dos para la Iglesia. En la plaza “Nacional” se destina otros dos solares p[ar]a cuartel de policía. Se destinarán además en lugares aparentes, un solar para oficinas, otro para Escuela de Niños varones y otro para Escuela de Niñas.

-           Para la distribución y adjudicación de terrenos, se nombra una Comisión, que por ahora la compondrán, el Juez de Paz Dn. Lorenzo J. Laguna, y los ciudadanos Dn. Ramón Castris, Dn. José Gordon, Dn. José María Castro y Dn. Gerónimo Alza.

-           A esta Comisión se harán por escrito las solicitudes de los que pidan terrenos y quieran poblar, la que tomando los informes /[folio 452v] necesarios, de que está baluto [sic] el terreno dará una licencia verbal para que puedan poblarlo y cercarlo (anotando el día en que la dá) en el plazo de seis meses, conservando la solicitud y más diligencias hasta que se haya efectuado la población, y entonces documentará al interesado dándole la propiedad del terreno.

-           Si cumplidos los seis meses de dada la licencia verbal, no lo ha hecho el solicitante, se inutilizarán los documentos que tuviese la Comisión y el terreno quedará para el primero que lo pida llenando las disposiciones del art[ículo] anterior.

-           Nadie podrá pedir dos terrenos a la vez, y para solicitar un segundo, será preciso que en el primero tenga hecha una casa que por lo menos valga quinientos pesos.

-           Las chacras se compondrán de diez y seis cuadras cuadradas.

10º           -      A los antiguos pobladores que tenían derechos a chacras en el terreno destinado al pueblo, la Comisión les adjudicará a cada uno de ellos una chacra de las nuevamente mensuradas, a elección de los interesados, documentándolos debidam[en]te, dándoles plazo de un año para que se muden, y recogiéndoles los anteriores títulos.

11º           -      Después de dar las chacras a los anteriores pobladores, se adjudicarán las que queden a los que las pidan llenando las formalidades establecidas en los art[ículos] 5 y 6.

12º           -      El plano del terreno y esta disposición darán principio a un libro que llevará la Comisión en el que conste las adjudicaciones de chacras o solares // [folio 453r] que haya hecho la Comisión y cuyas diligencias serán firmadas por lo menos, por tres individuos de la Comisión.

13º           -      La Comisión podrá presentar a la Comandancia General, las mejoras que crea útil para el desempeño de su comisión.

Dado en las Piedras de Espinosa á 8 de Abril de mil ochocientos cincuenta y uno. Lucas Moreno.

[Firmado y rubricado:] Lorenzo J. Laguna, Presid[en]te / José Gordon, Secret[ari]o”.

 

BIBLIOGRAFIA

FUENTES

-    Archivo General de la Nación (Montevideo).

-    Archivo de la Parroquia Nuestra Señora de los Remedios (Nueva Palmira).

-    Archivo de la Curia Eclesiástica del Arzobispado de Montevideo.

PERIODICOS

-    El Eco de Palmira (Nueva Palmira).

-    La Idea (Carmelo).

-    El Ideal (Montevideo).

OBRAS Y ARTICULOS

-    ALMEIDA ONETO, Enrique, Apuntes históricos sobre Nueva Palmira, (s.l., s.f.).

-    AVELLÁ CHÁFER, Francisco, Diccionario biográfico del clero secular de Buenos Aires, t. I: 1580-1900 (Buenos Aires 1983).

-  BERARDO, F. A., El puerto de Nueva Palmira ó Higueritas, su posición, su clima y sus ventajas para establecimiento de grandes empresas industriales y comerciales (Nueva Palmira 1899).

-    Biblia de Jerusalén (Bilbao 1980).

-  BRIGNOLE, Atilio C., Archivos Coloniales. La Justicia en la Colonia, de 1823 a 1830 (Montevideo 1930).

-    DUPRÉ, Hugo, Carmelo, historia de ciento cincuenta años (Carmelo 1965).

-  Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, t. XLI (Barcelona, s.f.).

-    CAZES, Enrique L., Siete mujeres ante Clío (Montevideo 1939).

-    FROGONI, Jorge, Don Domingo Ordoñana: su vida, su obra, en: “Hoy es Historia” [Montevideo] 44 (1991) 17-32.

-    —, Entre la botánica y la historia, el nombre de nuestra ciudad, en: “Boletín del Grupo «Amigos de las ciencias naturales e historia»” (Nueva Palmira) 2 (1992) 14-15.

-  GALLARDO, Ricardo C., Del histórico partido de las Víboras, en: “Boletín Histórico del Ejército” 197-200 (1977) 87-168.

-  LARRAÑAGA, Dámaso A., Diario del viage desde Montevideo al Pueblo de Paisandú, en: Escritos de Don Dámaso Antonio Larrañaga, t. III (Montevideo 1923), p. 37-84.

-    PÉREZ FONTANA, Daoiz V., Aspectos históricos de Nueva Palmira (Nueva Palmira 1969).

-    —, La década de oro de Nueva Palmira, 1870-1880 (Nueva Palmira 1973).

-    PÉREZ FONTANA, Velarde, Historia de la medicina en el Uruguay con especial referencia a las comarcas del Río de la Plata, t. I (Montevideo 1967).

-    SALDUNA, Horacio, El mar que no miramos (Buenos Aires 1990).

-    SOLER, Mariano, Las ruinas de Palmira con ocasión de una excursión arqueológica profano-sagrada por ambos mundos (Montevideo 1889).

-    VADELL, Natalio A., Antecedentes Históricos y Centenario de la Fundación Legal y Orgánica de Nueva Palmira, Higueras o Higueritas (Ramos Mejía 1951).

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-    VADELL, N. A. - GIURIA, J., El Oratorio de Don Juan de Narbona en el Partido de las Víboras, en: “Estudios” [Buenos Aires] 81 (1949) 212-222.

-    VILLEGAS, Juan, S.J., Fallecimientos y sepelios en el pueblo de Las Víboras, 1825-1829, en: “Revista del Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay” 11 (1990) 104-118.

-       VOLNEY, [Constantino F. de Ch.] Conde de, Las ruinas de Palmira (Barcelona s.f.).

NOTAS

*           Trabajo presentado el 13.10.1994 en el Anfiteatro “Artigas” del Ministerio de Relaciones Exteriores (Montevideo), con ocasión de las “Jornadas de Estudio sobre el Río de la Plata”, organizadas por el Instituto Histórico del Río de la Plata “Brigadier General Enrique Martínez” (Buenos Aires).

1.-        Cfr. NATALIO A. VADELL, Las dos fundaciones de Nueva Palmira, en: periódico “La Idea” [Carmelo], del 3.6.1950; Idem., Antecedentes Históricos y Centenario de la Fundación Legal y Orgánica de Nueva Palmira, Higueras o Higueritas, (Ramos Mejía 1951).

2.-        Idem., El antiguo Puerto de Higueras o Higueritas (Nueva Palmira), en: periódico “La Idea” (Carmelo), del 10.6.1950. En apoyo de esta fundada suposición, Vadell recuerda que Punta Chaparro tomó su nombre del antiguo poblador D. Pedro Chaparro, y que “bien podía haber tomado el puerto aludido el de su primer poseedor, el capitán Higueras y Saldana”.

             Menos probable nos parece la teoría de otro autor, que sostiene que el fondeadero de Higueritas “debe su nombre a la abundancia de Higuerones en aquella zona”, cfr. VELARDE PEREZ FONTANA, Historia de la medicina en el Uruguay con especial referencia a las comarcas del Río de la Plata, t. I (Montevideo 1967), p. 273-274.

             Además, mucho antes de que el árbol de la higuera fuera traído a nuestro país desde el Mediterráneo, ya se conocía aquella zona con el nombre de Higueras. Cfr. JORGE FROGONI, Entre la botánica y la historia, el nombre de nuestra ciudad, en: “Boletín del Grupo «Amigos de las ciencias naturales e historia»” 2 (1992) p. 14-15.

3.-        Actual ciudad de Mercedes.

4.-        DAOIZ V. PEREZ FONTANA, Aspectos históricos de Nueva Palmira (Nueva Palmira 1969), p. 9-10. Melchor de Albín era el propietario del Rincón del Escobar, ubicado donde hoy está la ciudad de Carmelo. Allí querían trasladarse los vecinos del pueblo de Las Víboras. Por eso Albín, para defender sus intereses, con este alegato intenta demostrar al Virrey que había otro lugar mejor que su campo para el establecimiento del pueblo viborero.

5.-        ENRIQUE ALMEIDA ONETO, Apuntes históricos sobre Nueva Palmira (s.l., s.f.), p. 86-87; cfr. Idem., La Hidrovía, N. Palmira y la historia, en: “El Eco de Palmira”, del 31.3.1990, 7 y 21.4.1990.

6.-        Para tener una idea más cabal del proyecto de Ordoñana, se puede observar en un mapa de América del Sur, en la zona de Matto Grosso, las nacientes del Río Paraguay y sus afluentes, la proximidad con el río Arinos, el Tapajoz, y la desembocadura de éste en el Amazonas. Cfr. infra, nota 56.

7.-        Carta de D. Domingo Ordoñana a D. Lucio Rodríguez, Gerente de la Oficina Central de Inmigración, Nueva Palmira, 30.11.1869, en: F. A. BERARDO, El puerto de Nueva Palmira ó Higueritas, su posición, su clima y sus ventajas para establecimiento de grandes empresas industriales y comerciales (Nueva Palmira 1899), p. 12-13.

             El Dr. Ordoñana (1824-1897), de origen vasco, llegó a Montevideo en 1842 y se dedicó al comercio. Fue el fundador de la Asociación Rural del Uruguay. De su propio peculio erigió, en 1862, la Pirámide de la Agraciada, en memoria del desembarco de los Treinta y Tres Orientales. Sobre este tan significativo personaje, cfr. JORGE FROGONI, Don Domingo Ordoñana: su vida, su obra, en: “Hoy es Historia” [Montevideo] 44 (1991) 17-32.

8.-        VELARDE PEREZ FONTANA, Historia..., p. 43.

9.-        Cfr. N. A. VADELL - J. GIURIA, El Oratorio de Don Juan de Narbona en el Partido de las Víboras, en: “Estudios” [Buenos Aires] 81 (1949) 212-222. Vadell escribe el cap. I: Historia (p. 212-218) y Giuria, el cap. II: Arquitectura (p. 219-222).

10.-      Cfr. DAOIZ V. PEREZ FONTANA, Aspectos..., p. 122-123.

11.-      Cfr. RICARDO CECILIO GALLARDO, Del histórico partido de Las Víboras, en: “Boletín Histórico del Ejército” 197-200 (1977) 87-168. Es la mejor investigación que conozco sobre el tema, especialmente por la abundante documentación inédita que utiliza. El autor transcribe, por ejemplo, la nómina de los 76 “vecinos campestres” del partido de Las Víboras, agregando algunas referencias (p. 151-156). También ofrece el plano con sus ubicaciones geográficas (entre p. 136 y 137). Tanto la nómina como el plano, acompañaban el alegato de Don Melchor de Albín, cfr. supra, nota 4.

12.-      Cfr. DAMASO A. LARRAÑAGA, Diario del viage desde Montevideo al Pueblo de Paisandú, en: Escritos de Don Dámaso Antonio Larrañaga, t. III (Montevideo 1923), p. 78.

13.-      Cfr.  ídem.

14.-      Cfr. el acta de fundación de Carmelo en: HUGO DUPRÉ, Carmelo, historia de ciento cincuenta años (Carmelo 1965), p. 14-15.

15.-      Cfr. FRANCISCO AVELLÁ CHÁFER, Diccionario biográfico del clero secular de Buenos Aires, t. I: 1580-1900 (Buenos Aires 1983), p. 321; cfr. también NATALIO A. VADELL, Antecedentes..., p. 2-6.

16.-      NATALIO A. VADELL, Antecedentes..., p. 4-5.

17.-      Esta Asamblea de San José pasó a Canelones, donde se creó el pabellón nacional (1828); luego pasó a la Aguada, donde se determinó el escudo de armas (1929), y una vez retiradas las tropas extranjeras, sesionó en Montevideo, donde el 18.7.1830 se juró la Constitución.

18.-      Cfr. DAOIZ V. PEREZ FONTANA, Aspectos..., p. 130-131.

19.-      ATILIO C. BRIGNOLE, Archivos coloniales. La justicia en la Colonia, de 1823 a 1830 (Montevideo 1930), p. 125-126.

20.-      NATALIO A. VADELL, Antecedentes..., p. 4.

21.-      La partida de defunción del Pbro. Torres Leyva está en el Libro primero de defunciones de la Parroquia de Las Víboras, que se guarda en el Archivo y Museo del Carmen, de Carmelo. En abril de 1975, el entonces párroco, Pbro. Juan Querubín, transcribió a máquina la mencionada partida, cuya tinta se iba borrando con el tiempo. Una copia de esa transcripción quedó adjunta a la partida original; otra se halla en el archivo de la Parroquia Nuestra Señora de los Remedios, de Nueva Palmira, Carpeta Datos Históricos. De aquí tomé el texto.

22.-      DAOIZ V. PEREZ FONTANA, Aspectos..., p. 47: “En el día 25 de Mayo de mil ochocientos cuarenta y cinco...”.

23.-      Cfr. Archivo de la Parroquia Nuestra Señora de los Remedios, de Nueva Palmira, Carpeta Datos Históricos. Palabras pronunciadas por el Presidente de la “Sociedad Amigos de Nueva Palmira” y Presidente de la “Comisión de Homenaje a Torres Leyva”, Don F. Lucas Roselli.

24.-      Idem.

25.-      El documento original se conserva en el Archivo General de la Nación (Montevideo), fondo ex-Archivo General Administrativo, Caja 796, Carpeta 11: Fundación de núcleos poblados, Marzo 1830, f. 3 r-v. Está firmado y rubricado por “Felipe Santiago Torres Leyva”. En varias publicaciones, he visto que los autores cambian la “y” del segundo apellido por una “i”, refiriéndose así a “Torres Leiva”.

26.-      Idem.

27.-      N. A. VADELL - J. GIURIA, El Oratorio..., p. 216-217. Vadell escribe: “Esta fundación es la del pueblo de Nueva Palmira, por la que tanto luchó el citado sacerdote, quien 42 años después, en 1851, pudo ver coronados sus generosos esfuerzos”. Pero no fue así, porque como hemos visto, Torres Leyva falleció el 23.5.1846.

28.-      Cfr. nota 25.

29.-      Idem.

30.-      Idem.

31.-      Idem.

32.-      Cfr. DAOIZ V. PÉREZ FONTANA, Aspectos..., p. 40.

33.-      El Gral. Laguna, el 20.12.1831, elevó el acta de fundación de Nueva Palmira al Ministro de Gobierno. Cfr. DAOIZ V. PEREZ FONTANA, Aspectos..., p. 27.

34.-      DAOIZ V. PÉREZ FONTANA, Aspectos..., p. 27; cfr. p. 39-43.

35.-      Cfr. supra, nota 2.

36.-      Cfr. la voz “Palmira” en: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, t. XLI (Barcelona s.f.), p. 437-444.

37.-      DAOIZ V. PÉREZ FONTANA, Aspectos..., p. 130.

38.-      F. A. BERARDO, El puerto..., p. 16.

39.-      Idem. El segundo párrafo se transcribe directamente de: CONSTANTINO F. CH. VOLNEY, Las ruinas de Palmira (Barcelona s. f), p. 17. Esta versión castellana consta de 240 p.

40.-      NATALIO A. VADELL, Antecedentes..., p. 6. La conclusión de Vadell se confirma, si bien sólo entre 1825 y 1829, por el estudio de JUAN VILLEGAS S.J., Fallecimientos y sepelios en el pueblo de Las Víboras, 1825-1829, en : “Revista del Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay” 11 (1990) 104-108. Allí el autor señala que “de las partidas estudiadas resulta que el Pbro. Felipe Santiago Torres de Leyva residió permanentemente en el pueblo de Las Víboras (...) atendiendo su feligresía” (p. 106).

41.-      2 Cro 8, 4. En la Biblia de Jerusalén, como nota a este versículo, se lee lo siguiente: “El Cronista ha visto en la Tamar de 1 R 9, 18 la gran ciudad de Tadmor, que es Palmira”. Según el Libro Primero de los Reyes, el rey Salomón ordenó construir “la casa de Yahveh y su propia casa (...), Baalat y Tamar en el desierto del país”, cfr. 1 R 9, 15.18.

42.-      Este texto de la Historia Natural de Plinio, aparece citado en latín, en: MARIANO SOLER, Las ruinas de Palmira con ocasión de una excursión arqueológica profano-sagrada por ambos mundos (Montevideo 1889), p. 19.

43.-      ENRIQUE L. CAZES, Siete mujeres ante Clío (Montevideo 1939), p. 95-122: Zenobia, Reina de Palmira. Cfr. p. 106.

44.-      Idem., p. 108.

45.-      Cfr. ídem., p. 107-112: Esplendor y cultura de Palmira.

46.-      MARIANO SOLER, Las ruinas..., p. 13. El autor realizó aquel viaje en compañía del Dr. D. Jacinto Casaravilla, D. Demetrio Piñeyro y D. Alberto H. Jackson, cfr. p. 12. En la primera parte de la obra, abundan las referencias a Palmira (p. 18-66). La segunda parte se titula: “Monumentos Americanos. Analogías arqueológicas de la América precolombina con el Antiguo Mundo” (p. 67-192). En cierto modo, con este libro Soler está anticipándose al auge de la arqueología americana, que se producirá con el descubrimiento de las ruinas de Machu Picchu en 1911. El futuro primer Arzobispo de Montevideo se nos muestra como un verdadero americanista.

47.-      Idem., p. 13. En el Archivo de la Curia Eclesiástica del Arzobispado de Montevideo, Serie Obispado, Carpeta 1: “Mons. Mariano Soler, 1890 y ss.”, se hallan reunidas las cartas que durante aquel viaje a Oriente Mons. Soler escribió al Pbro. Nicolás Luquese. En una de esas cartas, fechada en Beyrouth el 20 de mayo de 1888, el futuro arzobispo se refería a “Nueva Palmira, la famosa, ciudad del desierto de Siria y que constituye con Baalbeck, las maravillas de las ruinas clásicas de la antigüedad. Figúrate que hay columnatas de 2.700 metros de extensión en una selva de columnas y bloques monolitos en los muros de 20 metros de largo por 5 de alto, enigma indescifrable para la arquitectura y mecánica modernas”. (Cfr. la sub-carpeta: “Correspondencia Soler-Luquese, 1888 y 1893”).

48.-      Cfr. el texto del Reglamento en el Apéndice II del presente trabajo; cfr. también ENRIQUE ALMEIDA ONETO, Apuntes..., p. 14-18.

49.-      Cfr. Archivo General de la Nación [Montevideo], fondo ex-Archivo General Administrativo, J.E.A. del Departamento de Colonia, Libro 730, f. 318v-319r.

50.-      Cfr. Idem., Libro 736, f. 451r.

51.-      El “Eco de Palmira” fue el segundo periódico publicado en el Departamento de Colonia. El primero fue “El eco de la campaña”, que salió en la Colonia del Sacramento entre el 2.9.1866 y el 12.5.1868. Durante la década del setenta, la prensa palmirense fue la única que existió en aquel Departamento. Aparecieron cuatro periódicos:

             - “Eco de Palmira”: nº 1, 28.1.1872 - nº 67, 6.4.1873 (1ª época);

             - “El Eco de Palmira”: nº 1, 10.8.1873 - nº 37, 14.12.1873 (2ª época);

             - “La Voz del Pueblo”: nº 1, 8.1.1874 - ¿nº 12, 12.2.1874?

             - “El Tadmor”, nº 1, 24.6.1875 - ¿nº 19, 28.10.1875?

             Los signos de interrogación significan que no se sabe con certeza si ése fue el último ejemplar, o hubo otros posteriores. Sobre el tema, cfr. DAOIZ V. PÉREZ FONTANA, La década de oro de Nueva Palmira, 1870-1880 (Nueva Palmira 1973), p. 35-50.

52.-      Sobre Domingo Ordoñana, cfr. Supra, nota 7. Andrés Gazzan, marino norteamericano, fue uno de los primeros capitanes mercantes que llegó al Río de la Plata dirigiendo un barco de hierro y a vapor. Dicho barco, después de varios viajes, pasó a pertenecer al Dictador Juan M. de Rosas. Desde que Gazzan se estableció en Nueva Palmira, fue agricultor, maestro, juez de paz, y llegó a ser presidente de la Comisión Auxiliar. Cfr. “El Eco de Palmira” del 15.7.1940.

53.-      Cfr. el artículo completo de Andrés Gazzan, en: ORESTES ARAUJO, Diccionario Geográfico del Uruguay (Montevideo 1900), p. 521-522.

54.-      Cfr. “El Eco de Palmira”, del 26.9.1931.

55.-      NATALIO A. VADELL, Antecedentes..., p. 2.

56.-      Cfr. el “Proyecto de interconexión de las cuencas hidrográficas de América del Sur: Orinoco-Amazonas-del Plata”, en: HORACIO SALDUNA, El mar que no miramos (Buenos Aires 1990), p. 151-173.

*   Transcripción literal del manuscrito firmado por el General Julián Laguna, que en fotocopia ampliada y enmarcada se halla en la “Biblioteca Popular Jacinto Laguna” de Nueva Palmira. Refiere la fundación popular y religiosa de esa ciudad. El subrayado es nuestro, cfr. supra, 1.3. El Acto de Fundación.

*   Transcripción literal de una copia manuscrita que se guarda en el Archivo General de la Nación (Montevideo), fondo ex-Archivo General Administrativo, J. E. A. del Departamento de Colonia, Libro 736, f. 452r-453r. Refiere la fundación legal y orgánica de Nueva Palmira.