HERMENÉUTICA LATINOAMERICANA
DEL
MAGISTERIO
El
cambio operado por el Concilio Vaticano II
En la teología anterior al Concilio Vaticano II, predominaba una
concepción de la Iglesia como sociedad perfecta, desigual y jerárquica.
En ella se configuraba una separación nítida, radical, entre la jerarquía
y el resto del Pueblo de Dios. El
poder de interpretar el depósito de la fe estaba exclusivamente en manos del
Papa y los obispos que, como sucesores de los apóstoles, son maestros de
verdad. También a los teólogos se les reconocía un cierto magisterio pero
exclusivamente en cuanto intérpretes y portavoces del magisterio papal y
episcopal. A los fieles laicos, en cambio, correspondía sólo acoger
obedientemente la enseñanza de sus pastores. Se establecía así una rígida
separación entre ‘Iglesia docente’ e ‘Iglesia discente’.
El Concilio Vaticano II va a operar cambio de paradigma en
esta comprensión de la Iglesia. La
constitución Lumen Gentium,
al dedicar el capítulo primero a la Iglesia como ‘misterio’ va a
superar la comprensión de la Iglesia como ‘sociedad perfecta’. Así, de una
Iglesia entendida como ‘institución’ que
media el acceso de los hombres a Dios se pasa a una Iglesia entendida como
‘misterio’, es decir, como sacramento que posibilita el acceso de Dios a los
hombres. El otro
cambio fundamental fue invertir el orden del esquema de trabajo inicial y
anteponer el capítulo dedicado al Pueblo de Dios al que habla de la jerarquía.
La categoría de Pueblo de Dios remite a esa realidad englobante
de la Iglesia previa a toda diferenciación: nuestra simple condición de
creyentes como la realidad primaria y fundante
desde la que hemos sido constituidos en pueblo.
En este sentido el ‘sensus
fidei’ es
presentado como algo constitutivo y originario de todo el Pueblo de Dios
y, como tal, precede al ‘intellectus fidei’ y a toda docencia de la
fe. Una cosa es la experiencia de
fe y otra la conciencia refleja que de ella se tiene en la Iglesia y su
necesaria traducción en formulaciones doctrinales. El suelo
nutricio de toda enseñanza con autoridad es, pues, nuestra experiencia
de fe, suscitada por el Espíritu y compartida con toda la comunidad.
El ‘sensus fidei’ no tiene que ver en directo con
formulaciones dogmáticas precisas sino con la experiencia de fe viva y
salvadora. Supone una superación de la reducción intelectualista de la
revelación y una recuperación del tipo de autoridad ejercida por el propio Jesús,
el único Maestro (cf. Mt 23, 8-11): su autoridad no hay que buscarla en
complicadas declaraciones doctrinales sino en su
capacidad de testimoniar con hechos y palabras el verdadero rostro de Dios.
“Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder
de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de
la gloria, no sólo a través de la jerarquía,
que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes constituye en testigos
y los dota del sentido de la fe y la gracia de la palabra para que la virtud del
Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social.”
( L.G. 35)
Por eso la adhesión al evangelio es una praxis y
un testimonio vital, no sólo la aceptación de una interpretación teórica
de la realidad. Por eso el testigo es llevado a una re-expresión constante de
la relación existente entre su práctica y la fe vivida en la comunidad pues
debe discernir en cada nueva situación una relación eficaz entre el proyecto
evangélico y el presente posible. En este preciso sentido se puede hablar de un
‘magisterio común de los fieles’
análogo al sacerdocio común de todos los bautizados.
El Concilio Vaticano II va a ser determinante también en
cuanto a la nueva manera de entender la
relación de la Iglesia con el mundo. La Gaudium
et spes inaugurará un nuevo
modelo en este sentido al situar la Iglesia al interior de la historia y
comprender desde ahí su propia identidad y misión. La categoría central será
la de los ‘signos de los tiempos’.
Esto significa que la
historia común y corriente que compartimos los seres humanos tiene en sí misma
un valor teologal: en ella acontece la salvación ofrecida por Dios y
recibida –o rechazada- por los hombres. En
medio de las luchas cotidianas, con sus logros y fracasos, riesgos y esperanzas,
se está abriendo camino el futuro que Dios quiere regalarnos. La realidad y los
signos de la salvación de Dios irrumpen más allá de las fronteras visibles de
la Iglesia, lo cual obliga a ésta a un
proceso de des-centramiento que tiene consecuencias decisivas también en su
constitución interna.
De ahí también una nueva
metodología teológica y pastoral. La Iglesia y el cristiano no saben de
antemano, al margen de lo que aprendemos costosamente de la historia con los demás
hombre y mujeres, todo lo que en cada nueva situación deben vivir y anunciar.
Actualizar en el hoy el Espíritu y el mensaje de Jesús supone adentrarnos en una
nueva dinámica de discernimiento que suele sintetizarse en tres pasos:
ver, juzgar, actuar. Y en este
esfuerzo toda la comunidad creyente tiene un rol activo. (cf. G.Spes 44)
De todo esto se sigue que los fieles deben ser llamados a tomar parte activa en la interpretación
y actualización de la tradición para que ésta pueda ser proclamada
exactamente y puesta en práctica fielmente.
“La Tradición y la Escritura constituyen el depósito
sagrado de la
palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito,
el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión,
en la eucaristía y la oración, y así se realiza una
maravillosa concordia de Pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la
fe recibida”. (Dei
Verbum 10)
Recuperar el carácter de sujeto de toda la comunidad
eclesial no significa desvalorizar el
magisterio jerárquico de los pastores, a quienes compete el oficio de
interpretar auténticamente la palabra de Dios oral o escrita (Dei
Verbum 10) . Al contrario: se trata de reclamar su ejercicio de manera que
nos ayude a mantener la siempre difícil fidelidad al Evangelio y a la ‘locura de
la cruz’ sin racionalizaciones que justifiquen nuestro acomodo al mundo presente y sus ídolos.
Y a mantener la unidad en la diversidad.
La hermenéutica latinoamericana
Una primera constatación es que la teología latinoamericana
asume de manera explícita un presupuesto ya adquirido, al menos teóricamente,
por la reflexión teológica posconciliar. Se trata de lo siguiente: toda reflexión, también
la que surge de la fe cristiana, está
ubicada en un lugar determinado, surge de algún interés, tiene un desde dónde.
Y tiene también un para qué y un
para quién. Esto no significa que la fe cristiana no tenga elementos de
valor universal, pero sí significa que el pensamiento no parte de lo universal en sí mismo sino de una percepción
siempre parcial más allá de las intenciones.
Toda lectura de la realidad es, pues,
una interpretación. Pero cuando se trata de comprender una realidad trascendente
el riesgo de una interpretación que sacralice las situaciones establecidas es
especialmente alto. Todo acceso a Dios y su revelación está mediado
por condicionamientos que
determinan, modifican y a veces pervierten nuestro encuentro y comprensión de
esa realidad última de la cual no tenemos evidencia directa. Y, si no somos críticos, en vez de comprender nuestra vida y
nuestro sistema de relaciones desde Dios hacemos lo inverso: intentamos conocer
a Dios desde y para el sistema. Por eso el problema hermenéutico de la teología
se plantea así: ¿desde dónde podemos
conocer a Dios y su revelación con más garantías de fidelidad?
En este sentido la hermenéutica latinoamericana ha
privilegiado una perspectiva parcial, concreta e interesada: las
víctimas de este mundo. Esta
perspectiva no es algo arbitrario: es
algo que surge como exigencia de honradez con la
realidad del mundo actual y con la revelación de Dios tal como surge de la
Sagrada Escritura. Hoy hay
3.000 millones de seres humanos para quienes su máxima dificultad es
sobrevivir. Su marginación no es sólo económica sino también social: son la
‘población sobrante’ de cada país y del planeta entero, los no-existentes
para el sistema que, además, los culpabiliza, encubriendo las causas
estructurales de su situación. Todo
lo cual es más intolerable por la impresionante
concentración del tener, el saber y el poder que se verifica en el proceso de
globalización excluyente. Como muestra baste recordar dos datos: mientras en la
época de las luchas por la independencia en América la relación entre el país
más rico y el más pobre era de 3 a 1, en 1995 esa misma relación es de 82 a
1. Hoy las 3 personas más ricas
del mundo poseen una riqueza superior a la suma del Producto Nacional Bruto de
los países menos desarrollados que suman 600 millones de personas.
Muchos creen que la cuestión que plantean las víctimas a la
teología se reduce al plano ético:
la exigencia de cambiar una situación social que condena a la exclusión y a
una muerte lenta a miles de millones de personas.
Esta exigencia es insoslayable,
pero la cuestión más profunda que los pobres plantean a la reflexión teológica
el problema hermenéutico. Porque
si bien la tarea de los teólogos supone analizar de la forma más completa y
precisa las enseñanzas de la Escritura,
la doctrina del magisterio
y la tradición
cristiana, el problema está en darse cuenta desde dónde intentamos hacer el análisis y por tanto desde dónde
comprendemos lo que ellos nos enseñan acerca de Dios y de su proyecto.
Los excluidos, aparecen en la teología latinoamericana no sólo
como el lugar social desde el que se
puede testimoniar al Dios de Jesús: son
también el lugar epistémico
desde el que se puede comprender mejor a Dios y su plan de salvación.
“Bendito seas Padre porque has ocultado estas cosas a sabios y
entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25)
Algo que San Pablo va a comprender y expresar con mucha hondura : “todo
lo necio del mundo escogió Dios para humillar a los sabios y lo débil del
mundo para humillar a los fuertes” (1 Cor 1, 27)
Por eso los cristianos estamos llamados al
“reconocimiento creyente del designio y la elección de Dios que ha
querido que lo des-hecho y lo des-echado de este mundo se haya convertido en
piedra angular para confundir al mundo” (I.Ellacuría)
En ese sentido hablaba Ignacio Ellacuría de los pobres como ‘lugar
teológico’ en América Latina:
Lugar
donde el Dios de Jesús se manifiesta
de modo original ‘porque así lo ha querido’. Sin conversión a los
pobres como lugar donde Dios se revela y llama no se acerca uno adecuadamente a
la realidad vida de Dios y a su luz propia.
El lugar más apto para discernir el seguimiento de Jesús:
pues la riqueza y el poder constituyen una dificultad para comprender y
seguir al Señor.
El lugar más propio desde el cual practicar la
reflexión sobre la fe: la teología.
La perspectiva de las víctimas y la afirmación de los
pobres como `lugar teológico` no es planteada por la teología latinoamericana
como una solución a todas las cuestiones que plantea la interpretación de los
textos del magisterio. Lo que sí
hace es poner todo el instrumental técnico dentro de la correlación esencial
entre Reino y pobres, resurrección y víctimas. Eso ayuda a detectar contenidos
importantes, a jerarquizar las cuestiones, a vincular mejor universalidad y
parcialidad del Evangelio. Hay una parcialidad constitutiva de la revelación de
Dios que no puede dejarse de lado. Hay
algo en los pobres que es constitutivamente necesario para conocer a Dios y
elaborar cristianamente una doctrina. Una luz –en la oscuridad- que no se
encuentra en ninguna parte.
El propio Ellacuría distingue metodológicamente entre ‘fuentes’
de la teología y ‘lugar’ teológico.
La fuente es aquello que mantiene los contenidos de la fe. El ‘lugar’ es
aquellos que hace que la fuente dé
de sí esto o lo otro. Gracias al ‘lugar’ las fuente se actualizan en un
sentido u otro. Por eso no se las puede
separar. Sería un error pensar que bastaría el contacto directo (aunque
creyente y vivido en la oración) con las fuentes para ver en ellas y sacar de
ellas lo que es más adecuado para la reflexión teológica.
9. También es característica de la hermenéutica
latinoamericana la
mediación de las ciencias históricas, sociales, y antropológicas en
el análisis de la realidad actual y del contexto en el que se producen los
documentos del magisterio. Tanto en la descripción de los hechos como en su
interpretación crítica se recurre a ciencias como la sociología, la historia,
la economía, la antropología, la
psicología, la fenomenología de la religión, etc. Con ello se intenta superar
una visión superficial o anecdótica de los hechos así como desentrañar
aquellos procesos, mecanismos y
tendencias que más determinan la realidad humana y, sobre todo, la sistemática
exclusión de los más indefensos. Como se sabe las ciencias humanas no son
neutras, incluyen juicios de valor que influyen en sus construcciones teóricas:
pero aún así constituyen una herramienta necesaria para reducir el margen de
arbitrariedad en la percepción de la realidad.
La mediación de las ciencias
hermenéuticas constituye también en la teología latinoamericana, como en
cualquier otra, un momento
determinante. En el caso de la interpretación de los textos del magisterio
supone establecer las relaciones entre ellos y la Sagrada Escritura, con la
tradición viva de la Iglesia y de los documentos magisteriales entre sí, así
como determinar el diverso valor vinculante de cada uno.
Pero también la teología
latinoamericana está especialmente atenta a no caer en una especie de docetismo
que haga de la doctrina de la fe un espacio cerrado sobre sí mismo,
apartado de la realidad concreta e histórica de la gente. De ahí la
importancia otorgada a la práctica de la fe,
la práctica del
seguimiento de Jesús vivida en comunidad e inmersa en el mundo, como un
criterio hermenéutico insoslayable.
PREGUNTAS PARA EL TRABAJO DE GRUPOS