HERMENÉUTICA  LATINOAMERICANA 

DEL MAGISTERIO

Pablo Bonavía

El cambio operado por el Concilio Vaticano II

En la teología anterior al Concilio Vaticano II, predominaba una concepción de la Iglesia como sociedad perfecta, desigual y jerárquica. En ella se configuraba una separación nítida, radical, entre la jerarquía y el resto del Pueblo de Dios.  El poder de interpretar el depósito de la fe estaba exclusivamente en manos del Papa y los obispos que, como sucesores de los apóstoles, son maestros de verdad. También a los teólogos se les reconocía un cierto magisterio pero exclusivamente en cuanto intérpretes y portavoces del magisterio papal y episcopal. A los fieles laicos, en cambio, correspondía sólo acoger obedientemente la enseñanza de sus pastores. Se establecía así una rígida separación entre ‘Iglesia docente’ e ‘Iglesia discente’.

El Concilio Vaticano II va a operar cambio de paradigma en esta comprensión  de la Iglesia. La constitución Lumen Gentium,   al dedicar el capítulo primero a la Iglesia como ‘misterio’ va a superar la comprensión de la Iglesia como ‘sociedad perfecta’. Así, de una Iglesia entendida como ‘institución’  que media el acceso de los hombres a Dios se pasa a una Iglesia entendida como ‘misterio’, es decir, como sacramento que posibilita el acceso de Dios a los hombres.   El otro  cambio fundamental fue invertir el orden del esquema de trabajo inicial y anteponer el capítulo dedicado al Pueblo de Dios al que habla de la jerarquía. La categoría de Pueblo de Dios remite a esa realidad englobante  de la Iglesia previa a toda diferenciación: nuestra simple condición de creyentes como la realidad primaria y fundante  desde la que hemos sido constituidos en pueblo.

En este sentido el  sensus fidei  es  presentado como algo constitutivo y originario de todo el Pueblo de Dios y, como tal,  precede al ‘intellectus fidei’ y a toda docencia de la fe.  Una cosa es la experiencia de fe y otra la conciencia refleja que de ella se tiene en la Iglesia y su necesaria traducción en formulaciones doctrinales. El suelo nutricio de toda enseñanza con autoridad es, pues, nuestra experiencia de fe, suscitada por el Espíritu y compartida con toda la comunidad.

El ‘sensus fidei’ no tiene que ver en directo con  formulaciones dogmáticas precisas sino con la experiencia de fe viva y salvadora. Supone una superación de la reducción intelectualista de la revelación y una recuperación del tipo de autoridad ejercida por el propio Jesús, el único Maestro (cf. Mt 23, 8-11): su autoridad no hay que buscarla en complicadas declaraciones doctrinales sino en su capacidad de testimoniar con hechos y palabras el verdadero rostro de Dios.

“Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía,  que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes constituye en testigos y los dota del sentido de la fe y la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social.”  ( L.G. 35)

Por eso la adhesión al evangelio es una praxis y un testimonio vital, no sólo la aceptación de una interpretación teórica de la realidad. Por eso el testigo es llevado a una re-expresión constante de la relación existente entre su práctica y la fe vivida en la comunidad pues debe discernir en cada nueva situación una relación eficaz entre el proyecto evangélico y el presente posible. En este preciso sentido se puede hablar de un ‘magisterio común de los fieles’ análogo al sacerdocio común de todos los bautizados.

El Concilio Vaticano II va a ser determinante también en cuanto a la nueva manera de entender la relación de la Iglesia con el mundo. La Gaudium et spes  inaugurará un nuevo modelo en este sentido al situar la Iglesia al interior de la historia y comprender desde ahí su propia identidad y misión. La categoría central será la de los ‘signos de los tiempos’.

Esto significa que la historia común y corriente que compartimos los seres humanos tiene en sí misma un valor teologal: en ella acontece la salvación ofrecida por Dios y recibida –o rechazada- por los hombres.  En medio de las luchas cotidianas, con sus logros y fracasos, riesgos y esperanzas, se está abriendo camino el futuro que Dios quiere regalarnos. La realidad y los signos de la salvación de Dios irrumpen más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, lo cual obliga a ésta a un proceso de des-centramiento que tiene consecuencias decisivas también en su constitución interna.

De ahí también una nueva metodología teológica y pastoral. La Iglesia y el cristiano no saben de antemano, al margen de lo que aprendemos costosamente de la historia con los demás hombre y mujeres, todo lo que en cada nueva situación deben vivir y anunciar.  Actualizar en el hoy  el Espíritu y el mensaje de Jesús supone adentrarnos en una nueva dinámica de discernimiento que suele sintetizarse en tres pasos: ver, juzgar, actuar. Y en este esfuerzo toda la comunidad creyente tiene un rol activo. (cf. G.Spes 44)

De todo esto se sigue que los fieles deben ser llamados a tomar parte activa en la interpretación y actualización de la tradición para que ésta pueda ser proclamada exactamente y puesta en práctica fielmente. 

“La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la       palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores,  persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de Pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida”.  (Dei Verbum 10)                 

Recuperar el carácter de sujeto de toda la comunidad eclesial no significa desvalorizar el magisterio jerárquico de los pastores, a quienes compete el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios oral o escrita (Dei Verbum 10) . Al contrario: se trata de reclamar su ejercicio de manera que nos ayude a mantener la siempre difícil fidelidad al Evangelio y a la ‘locura de la cruz’ sin racionalizaciones que justifiquen nuestro  acomodo al mundo presente y sus ídolos.  Y a mantener la unidad en la diversidad.

La hermenéutica latinoamericana

Una primera constatación es que la teología latinoamericana asume de manera explícita un presupuesto ya adquirido, al menos teóricamente,  por la reflexión teológica posconciliar. Se trata de lo siguiente:  toda reflexión, también la que surge de la fe cristiana,  está ubicada en un lugar determinado, surge de algún interés, tiene un desde dónde. Y tiene también un para qué y un para quién. Esto no significa que la fe cristiana no tenga elementos de valor universal, pero sí significa que el pensamiento no parte de lo universal en sí mismo sino de una percepción siempre parcial más allá de las intenciones.

Toda lectura de la realidad es, pues,  una interpretación.  Pero cuando se trata de comprender una realidad trascendente el riesgo de una interpretación que sacralice las situaciones establecidas es especialmente alto. Todo acceso a Dios y su revelación está mediado por condicionamientos  que determinan, modifican y a veces pervierten nuestro encuentro y comprensión de esa realidad última de la cual no tenemos evidencia directa.  Y, si no somos críticos, en vez de comprender nuestra vida y nuestro sistema de relaciones desde Dios hacemos lo inverso: intentamos conocer a Dios desde y para el sistema. Por eso el problema hermenéutico de la teología se plantea así: ¿desde dónde podemos conocer a Dios y su revelación con más garantías de fidelidad?

En este sentido la hermenéutica latinoamericana ha privilegiado una perspectiva parcial, concreta e interesada: las víctimas de este mundo.  Esta perspectiva no es algo arbitrario:  es algo que surge como exigencia de honradez con  la realidad del mundo actual y con la revelación de Dios tal como surge de la Sagrada Escritura.  Hoy hay 3.000 millones de seres humanos para quienes su máxima dificultad es sobrevivir. Su marginación no es sólo económica sino también social: son la ‘población sobrante’ de cada país y del planeta entero, los no-existentes para el sistema que, además, los culpabiliza, encubriendo las causas estructurales de su situación.  Todo lo cual es más intolerable por la  impresionante concentración del tener, el saber y el poder que se verifica en el proceso de globalización excluyente. Como muestra baste recordar dos datos: mientras en la época de las luchas por la independencia en América la relación entre el país más rico y el más pobre era de 3 a 1, en 1995 esa misma relación es de 82 a 1.  Hoy las 3 personas más ricas del mundo poseen una riqueza superior a la suma del Producto Nacional Bruto de los países menos desarrollados que suman 600 millones de personas.  

Muchos creen que la cuestión que plantean las víctimas a la teología se reduce al plano ético: la exigencia de cambiar una situación social que condena a la exclusión y a una muerte lenta a miles de millones de personas.  Esta exigencia es insoslayable, pero la cuestión más profunda que los pobres plantean a la reflexión teológica el problema hermenéutico.  Porque si bien la tarea de los teólogos supone analizar de la forma más completa y precisa las enseñanzas de la Escritura, la doctrina del magisterio y la tradición cristiana, el problema está en darse cuenta desde dónde intentamos hacer el análisis y por tanto desde dónde comprendemos lo que ellos nos enseñan acerca de Dios y de su proyecto.

Los excluidos, aparecen en la teología latinoamericana no sólo como el lugar social desde el que se puede testimoniar al Dios de Jesús:  son también el lugar epistémico  desde el que se puede comprender mejor a Dios y su plan de salvación.  “Bendito seas Padre porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25)  Algo que San Pablo va a comprender y expresar con mucha hondura : “todo lo necio del mundo escogió Dios para humillar a los sabios y lo débil del mundo para humillar a los fuertes” (1 Cor 1, 27)  Por eso los cristianos estamos llamados al  “reconocimiento creyente del designio y la elección de Dios que ha querido que lo des-hecho y lo des-echado de este mundo se haya convertido en piedra angular para confundir al mundo” (I.Ellacuría)

En ese sentido hablaba Ignacio Ellacuría de los pobres como ‘lugar teológico’ en América Latina:

Lugar donde el Dios de Jesús se manifiesta de modo original ‘porque así lo ha querido’. Sin conversión a los pobres como lugar donde Dios se revela y llama no se acerca uno adecuadamente a la realidad vida de Dios y a su luz propia.

El lugar más apto para discernir el seguimiento de Jesús:  pues la riqueza y el poder constituyen una dificultad para comprender y seguir al Señor.

El lugar más propio desde el cual practicar la reflexión sobre la fe: la teología.

La perspectiva de las víctimas y la afirmación de los pobres como `lugar teológico` no es planteada por la teología latinoamericana como una solución a todas las cuestiones que plantea la interpretación de los textos del magisterio.  Lo que sí hace es poner todo el instrumental técnico dentro de la correlación esencial entre Reino y pobres, resurrección y víctimas. Eso ayuda a detectar contenidos importantes, a jerarquizar las cuestiones, a vincular mejor universalidad y parcialidad del Evangelio. Hay una parcialidad constitutiva de la revelación de Dios que no puede dejarse de lado. Hay algo en los pobres que es constitutivamente necesario para conocer a Dios y elaborar cristianamente una doctrina. Una luz –en la oscuridad- que no se encuentra en ninguna parte.

El propio Ellacuría distingue metodológicamente entre ‘fuentes’ de la teología y ‘lugar’ teológico. La fuente es aquello que mantiene los contenidos de la fe. El ‘lugar’ es aquellos que hace que la fuente  dé de sí esto o lo otro. Gracias al ‘lugar’ las fuente se actualizan en un sentido u otro. Por eso no se las puede separar. Sería un error pensar que bastaría el contacto directo (aunque creyente y vivido en la oración) con las fuentes para ver en ellas y sacar de ellas lo que es más adecuado para la reflexión teológica.

9. También es característica de la hermenéutica latinoamericana la                                     mediación de las ciencias históricas, sociales, y antropológicas en el análisis de la realidad actual y del contexto en el que se producen los documentos del magisterio. Tanto en la descripción de los hechos como en su interpretación crítica se recurre a ciencias como la sociología, la historia, la economía, la antropología,  la psicología, la fenomenología de la religión, etc. Con ello se intenta superar una visión superficial o anecdótica de los hechos así como desentrañar aquellos  procesos, mecanismos y tendencias que más determinan la realidad humana y, sobre todo, la sistemática exclusión de los más indefensos. Como se sabe las ciencias humanas no son neutras, incluyen juicios de valor que influyen en sus construcciones teóricas: pero aún así constituyen una herramienta necesaria para reducir el margen de arbitrariedad en la percepción de la realidad.

La mediación de las ciencias hermenéuticas constituye también en la teología latinoamericana, como en cualquier otra,  un momento determinante. En el caso de la interpretación de los textos del magisterio supone establecer las relaciones entre ellos y la Sagrada Escritura, con la tradición viva de la Iglesia y de los documentos magisteriales entre sí, así como determinar el diverso valor vinculante de cada uno. 

 Pero también la teología latinoamericana está especialmente atenta a no caer en una especie de docetismo que haga de la doctrina de la fe un espacio cerrado sobre sí mismo, apartado de la realidad concreta e histórica de la gente. De ahí la importancia otorgada a la práctica de la fe,  la práctica del seguimiento de Jesús vivida en comunidad e inmersa en el mundo, como un criterio hermenéutico insoslayable.

PREGUNTAS  PARA  EL  TRABAJO  DE  GRUPOS

  1. ¿ De qué forma la teología latinoamericana  puede permanecer  comprometida con los sufrimientos, intereses y enseñanzas de los ‘excluidos’ e incorporarlos a la hermenéutica del magisterio, en medio de una dinámica social que separa cada vez más hondamente las condiciones de vida de aquéllos de  las de los `incluidos` al que pertenecemos los teólogos y los centros teológicos?
  2. ¿ Cómo puede ayudar la teología desde su tarea específica a superar las distancias que existen entre el magisterio común de los fieles laicos -fundado en el sensus fidelium- y el magisterio pastoral de los obispos respetando el carisma propio de cada uno y la común subordinación al magisterio de Cristo?
  3. ¿Cómo puede ayudar la teología latinoamericana a incorporar críticamente los desafíos del mundo moderno y el aporte de las ciencias humanas en el proceso de elaboración del magisterio pastoral?