El fin del trabajo
Entrevista con el economista Jeremy Rifkin
EN Perpspectiva, Viernes 02.10.98, hora 08.17
EMILIANO COTELO:
Recibimos en los estudios de El Espectador al economista Jeremy Rifkin un rato antes, nada más, de la conferencia que dictará a partir de las 9 y 30 en el Edificio Mercosur, como parte del ciclo 75 Aniversario de El Espectador.
Jeremy Rifkin es licenciado en Economía y en Relaciones Internacionales. Es profesor de la Escuela Wharton de Finanzas y Comercio, y presidente de la Foundation on Economic Trends, con sede en Washington, una fundación que estudia las tendencias económicas.
Ha escrito 14 libros sobre el impacto de la ciencia y la tecnología en la economía, en la sociedad y el medio ambiente. Sus obras han sido traducidas a 15 idiomas.
Es consultor de jefes de Estado y de empresas en todo el mundo. Desde 1995, su libro "El fin del trabajo" es un "best seller" y un punto de referencia en los debates políticos y académicos.
EC - Usted viene del Hotel Belmont, donde se alojó anoche y donde coincidió con la primera dama de los Estados Unidos, la señora Hillary Clinton. ¿Ustedes se conocen?
JEREMY RIFKIN:
Yo viví durante 28 años en Washington, una ciudad pequeña. Es extraño, por supuesto, encontrarse con la primera dama en un hotel aquí en Montevideo. Fue muy interesante verla. Hablamos unos momentos sobre su visita y la mía a Uruguay y sobre las cuestiones de Estado. Como ustedes saben, al igual que el presidente, la primera dama está muy interesada en el tercer sector y su impacto en la sociedad. Y también me encontré con una persona de su comitiva que hacía mucho tiempo que no veía. Fue para mí muy interesante.
EC - Es una buena oportunidad ésta para preguntarle si efectivamente usted ha asesorado al presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton.
JR - Bueno: creo que ha habido algún tipo de mala interpretación o mal entendido en esto. Yo he trabajado con mucha gente en temas económicos en Washington, y en ciencia y tecnología. Pero en realidad no he sido un consultor directo del presidente Clinton.
La primera dama me dijo muy generosamente anoche que había estado leyendo mi material sobre el tercer sector y que lo había encontrado muy útil e interesante para lo que ella está haciendo. Pero cuando uno ha vivido en Washington tanto tiempo como yo, las ideas circulan. Creo que mis ideas y mis libros son interesantes para la Administración y, naturalmente, para muchas personas en el Senado y en el Congreso de los Estados Unidos.
EC - Le agradezco el esfuerzo que ha hecho al madrugar y al estar con nosotros tan temprano esta mañana, a las 8:00, en radio El Espectador. Espero que no haya sido difícil para usted.
JR - No, es un placer. Estoy un poco cansado, pero ésta es una ciudad tan preciosa, y es un país tan lindo, que para mí es un verdadero gusto estar aquí. Cada vez que vengo a Uruguay creo que es como estar de vacaciones. Todos son muy amables y hospitalarios. Así que, para mí, es un placer.
EC - En su libro "El fin del trabajo", y también en sus conferencias y disertaciones, usted advierte que vamos "hacia la gran revolución económica que caracterizará al siglo que viene: la revolución de la informática y de la biotecnología". Usted dice: "Se podrán producir los bienes y servicios para la economía global del siglo XXI utilizando apenas una fracción de la fuerza laboral que estamos utilizando ahora". Sostiene, además, que se trata de una revolución tan importante, "que va a forzarnos a todos a repensar el contrato social, a reformular nuestro concepto de trabajo en sociedad".
¿Puede explicarnos brevemente cuál es su razonamiento?
JR - Estamos en medio de una transformación fundamental en la naturaleza del comercio, que va a tener un gran impacto. Este cambio es tan importante como el cambio de la agricultura medieval a la revolución industrial. De modo que vamos a tener que repensar el contrato social. Parte de la política y de la forma en que trabajamos y nos relacionamos con las contribuciones a la sociedad va a tener que ser repensada.
En los últimos 40 años se han desarrollado diferentes tecnologías: la tecnología de la computación y de la ciencia. En los últimos dos años estas tecnologías han empezado a fusionarse para crear una nueva base muy poderosa para la nueva era. Lo que está claro es que la computadora es el idioma para la misma, así como antes, para la revolución industrial, teníamos otro.
Ahora estamos teniendo un cambio en la economía global de los minerales petroquímicos y los combustibles fósiles. Los genes son para todo: para los alimentos y sus nuevas formas, para la bioquímica... Y la computadora es la forma de organizar este nuevo idioma. De modo que ésta es una de las grandes revoluciones de la historia y, por supuesto, tiene muchas ventajas económicas. Pero va a acarrear también problemas sociales y éticos. Ahora vamos a ser los arquitectos de esta revolución, vamos a poder darles el poder a los científicos y a las corporaciones científicas.
Ustedes saben que la era industrial sirvió para producir bienes y servicios. Pero la era de la biotecnología se caracteriza por fuerzas más pequeñas que están acompañadas cada vez más por un "software" inteligente, es decir, la tecnología de la computación, la informática. La revolución industrial tenía su base en el trabajo. Hoy estamos en la víspera de una revolución que va a poder darnos nuevas posibilidades con una fracción de la fuerza laboral que estamos usando. Por ejemplo: con la agricultura moderna nosotros podemos alimentar a todo el mundo con una fracción de la fuerza que teníamos en el campo de la agricultura, y vamos a poder hacer lo mismo con la fabricación y los servicios. El tema real es que esta transición va a ir un tanto hacia adelante o va a crear una gran desestabilización y un tumulto o, quizás, disturbios sociales. Es a lo que nos estamos enfrentando. Esto es un desafío.
EC - Usted no habla del "fin del empleo" sino del "fin del trabajo". O sea, habla de algo más grave aún. ¿Qué quiere decir con "fin del trabajo"?
JR - Lo que quiero decir con esto es que en el siglo XXI no vamos a ver miles y miles de obreros que salgan de fábricas, de computadoras o de ingeniería informática. De modo que vamos a tener que hacernos a la idea de que vamos a poder producir bienes y servicios con una fuerza laboral más reducida. En 20 años menos del dos y medio por ciento va a seguir estando en el trabajo tradicional de las plantas de ensamblaje o de montaje.
La última vez que vine aquí estuve hablando con el presidente Sanguinetti de la diferencia entre los países de alta tecnología en el Norte y aquellos que tienen otro tipo de industria en el Sur. No vamos a poder entrar al siglo XXI con servicios o con fábricas del tipo tradicional. En cualquier país -Uruguay, India, México, Malasia- van a ver lo mismo: la tecnología de punta que está surgiendo, más automatizada, como la que ustedes ven ahora en Estados Unidos. Y esto es cierto para las industrias de fabricación de bienes y para los servicios.
Quiero decirles que uno de los argumentos que ustedes escuchan de los economistas y de los líderes políticos es que, es cierto, estamos destruyendo empleos; pero también estamos en camino de crear nuevos. Nuestra imaginación no está limitada, y siempre encontraremos formas para desarrollar nuevos empleos en el mercado. Ahora parte de nuestros obreros son científicos, técnicos, consultores y educadores. Estos son los obreros de la revolución científica y tecnológica.
Los políticos y los economistas van a decir: "Bueno, miren: lo que tengo que hacer es mejorar la fuerza laboral y preparar la próxima generación con las capacidades que se necesitan para esta economía tan competitiva a nivel global". Un problema que encuentro en los líderes con los que yo trabajo es que creen que van a encontrar nuevos empleos para la gente. Ahora: aunque capacitemos a todo el mundo para estos trabajos es posible que no haya suficiente número de empleos para absorber a la gente joven; porque el trabajo actualmente ya no es masivo sino que es más reducido.
En el siglo XXI nuestro trabajo va a ser la tecnología. Actualmente tenemos una tecnología secuencial, pero en el siglo próximo vamos a tener una informática de otro tipo. Quiero hablarles de la importancia del ADN. Una computadora con ADN va a tener mucho más poder, va a ser un millón de veces más rápida que las computadoras que tenemos ahora.
Les daré un ejemplo sobre la tecnología informática. Hay un nuevo campo en el que vemos que los científicos están clonando animales como ovejas y cabras que van a tener genes especiales de los que resultarán productos químicos. De modo que entramos a los animales en la fábrica de genes: un rebaño de 20 cabras con determinada información genética va a poder elaborar muchos más productos farmacéuticos con su leche que miles de obreros en una fábrica dedicada a la biotecnología. Así, muchos de los trabajos biotecnológicos hechos hasta ahora por hombres van a ser realizados por el "software" o por la tecnología de los genes. Esta es una gran revolución que nos va a llevar a repensar la naturaleza del trabajo.
Las circunstancias actuales son como un cuchillo de doble filo. Podemos liberar a las generaciones futuras, porque no necesitamos a los jóvenes en el mercado para que sigan trabajando largas horas, y esto puede significar tanto un salto hacia adelante en la historia como también un abismo y un futuro que nos asusta. Porque, ¿qué vamos a hacer con los jóvenes, si no van a tener empleos en el mercado laboral? Por eso, parte de mi trabajo es abrir los ojos, y decir: "Bueno, estamos enfrentando a un mundo con muchos más desafíos en el tercer sector".
EC - En seguida me va a interesar conversar con usted a propósito, justamente, de cuáles serían los pasos que habría que dar para que estas oportunidades o estas condiciones que se están dando con el avance tecnológico condujeran a lo que usted denomina un "renacimiento". También me va a interesar conocer las soluciones que usted propone. Pero antes, si le parece, vamos a charlar sobre algunas críticas que su tesis -su diagnóstico, su pronóstico- ha recibido, y en qué medida su visión de este desempleo generado por el avance tecnológico es aplicable realmente a países como Uruguay.
EC - Una de las críticas que ha recibido su libro es que se trata de un pronóstico "apocalíptico" o "catastrofista". Algunos de quienes opinan que usted exagera recuerdan que años atrás, por ejemplo, cuando se avizoraba el auge de la computación y de los computadores personales, hubo quienes pronosticaron el fin del papel impreso. Y ello no ocurrió. ¿Qué responde usted?
JR - Quiero examinar lo que está sucediendo en el mundo. Tal vez mi previsión ha sido incluso un poco conservadora. Mire lo que está pasando en este momento en los mercados.
En mi libro hablé de la ciencia clásica, y cuando vemos la revolución que ha tenido lugar en la sociedad tenemos la capacidad de producir bienes y servicios en mayor escala y también en mayor desarrollo. La capacidad de crear una demanda agregada para satisfacer esta nueva producción siempre está en retraso. Tenemos que alentar a las personas a usar esos nuevos bienes y servicios, pero también tiene que haber una presión de parte del público, a través de los sindicatos o de los partidos políticos, para que compartan los frutos de esta nueva tecnología, usen su poder adquisitivo para utilizar los nuevos inventarios. Lo que ha sucedido a fines de las décadas del ´80 y del ´90 es que hemos tenido una producción masiva que ha llevado a una depresión. También sucedió esto en su momento con la introducción de la electricidad.
Lo que ahora tenemos es una sobreproducción. Hay demasiados proveedores y no tenemos suficientes ingresos para poder comprar los bienes y servicios que producimos. Y la razón es que la tecnología que aumenta la productividad es la misma que hace que los obreros no sean ya necesarios porque la tecnología es más barata y más eficiente, y los reemplaza. Ese es el nudo de la contradicción.
Debemos saber encontrar formas para que millones de obreros entren en esta ecuación. Tenemos millones de personas que están subempleadas o desempleadas, y la cuestión es qué hacemos con ellos.
EC - Pero, casualmente, Estados Unidos tiene hoy uno de los índices de desempleo más bajos de los últimos años, acompañado, además, de un índice de inflación de los más reducidos de la historia. ¿Cómo se explica esto, si es que vamos al fin del trabajo, como usted dice?
"Si se reduce la semana laboral a 35 horas y aumentan los salarios (...) tenemos más gente que está trabajando y que a su vez va a poder gastar y pagar más impuestos Yo creo que Uruguay es uno de los buenos países en donde se puede implementar esta medida. Tiene un muy buen contrato social y relaciones muy correctas entre los patrones y los empleados".
JR - Me alegra que me pregunte sobre este asunto. El hecho es que el presidente Clinton dice que tenemos el 4,7 por ciento de desempleo y que hemos creado muchos puestos de trabajo. Pero esa afirmación en realidad no cuenta la historia detrás de la historia. Ese 4,7 por ciento de desempleo no registra todos los americanos que ya no buscan empleo. En mi país, si usted no busca más empleo, lo llamamos un desempleado que no busca empleo. Usted puede ir por las ciudades de Estados Unidos y ver gente que está parada ahí, en la calle, que no busca empleo. Segundo: después de la segunda recesión, hemos tratado de emplear a personas por un tiempo más corto. Han sido incorporados después de la recesión. Tenemos ahora empleados "part time", a medio tiempo.
Entonces: cuando yo hablo del fin del trabajo me refiero a la pequeña disminución del trabajo de tiempo completo a tiempo parcial.
El mejor guardado de todos los secretos es que vamos a seguir teniendo gente trabajando debido a las tarjetas de crédito, a eso es a lo que mis colegas no quieren que yo me refiera cuando digo esto. Vamos a tener una gran deuda debido a las tarjetas de crédito. Los americanos consumidores siguen manteniendo la economía debido a las tarjetas de crédito y a las deudas por las tarjetas de crédito. La familia típica gasta una gran proporción de sus ingresos en el servicio de la deuda que tienen con las tarjetas de crédito, por esta razón el año pasado muchos entraron en quiebra.
Tenemos un problema que va a ser mucho más serio que en la década de los 20. En esa época la electricidad reemplazó a la máquina de vapor. Ahora muchos obreros marginales van a ser desempleados porque tenemos una tecnología mucho más barata y más eficiente. El problema es que no vamos a tener suficientes posibilidades de compra para poder acceder a esos bienes y servicios. Debemos tratar de convencer a las personas de que compren cosas con el dinero que tienen para poder seguir rebajando los "stocks" que tenemos. Pero para la década del 90 la deuda de los consumidores era tan grande que tuvimos una gran depresión, que estamos enfrentando. Estamos muy cercanos a la situación que teníamos a finales de la década del ´20.
Una reflexión más: ¿cómo podemos llegar al punto de que tenemos grandes egresos en el mercado y cómo vemos que Estados Unidos está en el lugar 56 en la disparidad económica a nivel mundial? Hablamos de dos economías dispares: la del 5% de las personas de mayores ingresos, y la del 80% restante que lo que están haciendo es mantenerse y que ven que su calidad de vida se está deteriorando. Para ellos las perspectivas no son tan buenas. Creo que tenemos que tener un enfoque mucho más realista de cuál es la economía americana en este momento.
EC - Usted habló hace unos minutos del caso uruguayo. Yo quiero detenerme algunos minutos más en ese capítulo: ¿su tesis vale para todo tipo de países? Voy a leer una frase de su libro: "Nos acercamos rápidamente a una encrucijada histórica en el devenir de la humanidad. Las empresas multinacionales son capaces en la actualidad de producir un volumen de bienes y servicios sin precedentes con una cada vez menor fuerza laboral". Utilizo esta frase porque en ella usted habla de las empresas multinacionales. Entonces, ¿las consecuencias que usted vislumbra, no valen sólo para ese tipo de empresas? En un país como Uruguay, donde pesan de una manera preponderante las pequeñas y medianas empresas -las que, en la escala de los Estados Unidos, serían infinitesimales empresas-, su enfoque puede no parecer realista.
JR - Yo trabajo con líderes, empresarios, incluso en los países en desarrollo, y creo que hay muy poca diferencia con los otros países , si es que la hay. La tecnología a la que me refiero está en todas partes: en la fabricación y en la industria de servicios. Lo que quiero decir es que el trabajador más barato en el mundo no va a ser tan barato como la tecnología que está ingresando en este momento y que va a reemplazarlo. Eso es lo que estoy diciendo.
Sé que hay líderes que no están de acuerdo con esto. No importa si la empresa es una transnacional, o es una pequeña o mediana empresa; o si está en Estados Unidos o Uruguay. No tiene ninguna importancia si usted quiere competir, quiere tener los costos de producción más barata; y esta tecnología va a ser más barata. De hecho, yo trabajo en empresas en las que dicen que la tecnología va a ser tan barata que lo que van a hacer es dársela a sus clientes. A esto lo llaman una "plataforma". Lo que van a hacer es comanejar, cogerenciar el negocio con los clientes.
Creo que tenemos que entender que la presente revolución nos va a afectar a todos a la misma velocidad. Por ejemplo: en dos mercados, como textiles y electrónica, los ingenieros alemanes han automatizado la costura, y pronto van a automatizar parte de la computación. Imagínense la importancia que tendrá esto en países como Cambodia, India, China, Malasia, cuando hayamos automatizado los últimos dos mercados laborales más baratos, que eran los responsables de dar empleo. No vamos a necesitar a esos trabajadores.
Lo que quiero decir con esto es que la tecnología es una oportunidad. El problema es que no la vemos como tal porque no hemos creado una visión política que sea lo suficientemente fuerte para que llegue a tener una relación directa con este poder que tenemos. Lo que vemos es una crisis potencial y en realidad no estamos viendo las posibilidades nuevas para estructurar el trabajo.
EC - Asumiendo que las consecuencias graves en materia de desempleo debido al avance tecnológico también valgan para países como Uruguay, queda por ver otro ángulo: ¿no podrán crearse, no podrán surgir, nuevas actividades industriales o de servicios que puedan absorber a los trabajadores dejados cesantes por la revolución tecnológica? Aquí me detengo en el caso de Uruguay. Por ejemplo: ante el avance tan arrollador de la producción tan automatizada y en serie; ante la perspectiva de una uniformización extrema de los productos, puede crearse un espacio amplio, interesante, para las producciones artesanales. Producciones diferenciadas, de alta calidad, que escapen a la rutina de lo producido masivamente. Este sería un caso.
Otro espacio en el que el Uruguay tiene mucho para hacer es el turismo, donde la tecnología no parece jugar un papel tan fuerte. ¿Qué dice usted de estas dos posibilidades?
JR - Creo que la industria turística es una posibilidad y, por supuesto, requiere muchos empleados. Pero creo que la mejor analogía es con la agricultura. Ahora nosotros podemos alimentar a todo el mundo con una fuerza laboral muy pequeña, pero les pagamos a los granjeros para que no produzcan, eso es una pena y una vergüenza. Hemos intentado repartir los frutos de la tecnología para que la gente pueda comprar, y estamos yendo a la misma situación con los bienes y servicios. La capacidad de producir va a incrementar casi exponencialmente el tema, pero lo que no tenemos es personas que puedan comprar lo que se produce, para poder hacerlo tendrían que tener poder adquisitivo.
Creo que hay muchos otros campos que van a estar abiertos a la intensividad de la mano de obra, y eso es la ciencia de la biotecnología. Para poder usar la nueva tecnología científica en el mundo podemos llegar a usar alimentos biotecnológicos que tal vez sean riesgosos desde el punto de vista ambiental. Creo que deberían repensar esa política porque no hay ningún seguro que pueda proteger las pérdidas catastróficas a largo plazo si estos genes pasan a crear peligros o riesgos.
Sin embargo, misma tecnología, la misma ciencia tecnológica, puede llevarnos a entender mejor cómo podemos introducir las tradicionales plantas que teníamos en lugar de hacer un reingeniería de las plantas en laboratorio. El camino tradicional puede ser mucho más saludable que el uso de la nueva tecnología, que tiende a que las personas se enfermen en lugar de darles genes de diferentes tipos. Lo que no tenemos que hacer es enfermar a la gente para después mejorarla, sino prevenir. Y para esto se requiere una mano de obra mucho más grande.
Lo que vamos a tener es que abrir los sobres para poder entender que hay muchas opciones. En este momento creemos que los supuestos de la industria de la revolución industrial todavía son ciertos. Pero ya no lo son.
EC - La última pregunta en el plano de las objeciones. En los últimos años, los organismos especializados de las Naciones Unidas han rectificado pronósticos demográficos anteriores que aseguraban un permanente aumento de la población mundial. Y en algunos países, y en especial entre los más industrializados -por ejemplo, Japón- las proyecciones demográficas son ahora regresivas. Es decir que, con el correr de los años, habrá menor presión sobre el mercado laboral. ¿En qué medida estas nuevas proyecciones demográficas afectan las conclusiones de su análisis? ¿Usted las tuvo en cuenta?
"Tenemos que pensar en la política como un taburete de tres patas y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la comunidad empresarial y el tercer sector".
JR - No las afectan en términos globales. Hay países, como Italia, que se están moviendo hacia una tasa de natalidad negativa, y esto también se ve en otras partes de Europa y en Japón. Por otro lado, todos los estudios demográficos sugieren que vamos a ver una duplicación de la población mundial en una generación. Creo que el tema real es la población creciente de jóvenes se enfrenta a la reducción de las oportunidades laborales. Ya tenemos en este momento un billón de personas desempleadas o subempleadas: imagínese cuánta gente va a estar en esta situacion cuando se duplique la población mundial y cuando las fuerzas laborales se vean acompañadas, además, por la tecnología. Y esto va a suceder en los próximos 20 años.
Lo que tenemos que hacer es ajustarnos a esta realidad, movernos desde algo que rechazamos a verlo como una oportunidad. Creo que hay mucho trabajo para hacer en este campo, pero también creo que vamos a analizar esta época de la historia, y vamos a ver que el mercado es esencial pero no es suficiente para el tipo de trabajo que tenemos que hacer. Vamos a tener que tener a jóvenes que trabajen más allá del gobierno y del mercado. Vamos a tener miles de organizaciones en el tercer sector formando el capital social. Es lo que vamos a ver en el siglo próximo.
EC - Usted ya lo ha mencionado a lo largo de esta charla: frente a este panorama de desempleo estructural que advierte, plantea como grandes soluciones, dos: la reducción de la semana laboral y el fortalecimiento del tercer sector. Le propongo que veamos primero la reducción de la semana laboral: en qué consiste su propuesta, cuáles serían sus ventajas.
JR - Mi respuesta va de acuerdo con los ciento setenta y cinco años de su historia. La elección siempre ha sido que si ustedes no necesitan a personas que trabajen durante muchas horas, esas personas van a tener tiempo libre. Lo que tenemos que hacer es elegir una visión, elegir la tecnología para nuestra propia salvación. Nos hemos sindicalizado y nuestros padres y nuestros abuelos y nuestros bisabuelos han reducido la semana laboral de 80 horas a 60, a 50, y a 40 horas, como es en la actualidad. A la vez que hemos aumentado los beneficios y las condiciones, al mismo tiempo en todas las partes del mundo. Primero tuvimos la revolución del vapor, luego la de la electricidad y ahora tenemos la de la tecnología. Si ustedes creen que las ganancias de productividad de esta tercera revolución van a estar al mismo nivel que las de las otras revoluciones, vamos tener que reducir la semana laboral, podemos tener una semana laboral de 30 horas en las próximas décadas. Si tuviéramos una jornada laboral de 50 o 60 horas tendríamos muchos más desempleados, porque hay tecnología para suplir las horas restantes.
Creo que una semana laboral de 30 horas es realmente una bendición, porque significa que las personas van a poder volver a sus casas y tener más tiempo para el resto de la familia y para su vida personal.
EC - Allí iba la pregunta siguiente: ¿cómo se financia la reducción de la semana laboral?
JR - Creo que es esencial que las compañías mantengan la posición competitiva. Creo que no hay nadie esté en desacuerdo en tener una semana laboral más corta para aprovechar su tiempo libre; pero el tema es ver cómo podemos financiar esto. En realidad, nunca he visto un presidente de una compañía que, luego de que yo le haya explicado cómo puede hacerse esto, me diga que no se puede hacer. Le voy a dar un ejemplo: el vicepresidente de la Hewlett Packard, en Grenoble, Francia, se despertó un día y les dijo a los sindicatos: "Tenemos todas esta tecnología nueva en Hewlett Packard, en Grenoble, pero no estamos trabajando 24 horas por día. Hay máquinas que están ociosas parte del día". Yo le pregunté si los operarios podrían trabajar esas 24 horas, así se iba a triplicar la productividad y eso iba a poderse compartir con los accionistas. Y los sindicatos estuvieron de acuerdo. Los sindicatos, lo que están haciendo ahora, es ganar dinero y la situación está mejorando. El presidente de la Hewlett Packard ha estado en uno de mis programas, y me dijo que una de las grandes frustraciones fue poder convencer a otros vicepresidentes de otras partes del mundo donde está instalada la Hewlett Packard de que siguieran este camino.
Ahora, el gobierno también puede ser un empresario, y decir: "Bueno, miren: nos interesa a todos la reducción de la semana laboral, para que todos puedan trabajar y llevar dinero a su casa". De modo que el presidente de Uruguay puede decir: "Si ustedes reducen la semana laboral a 35 horas y aumentan los salarios, van a poder pagar impuestos corporativos y así no se va a perder nada en este cambio. Así vamos a poder tener los impuestos necesarios para reducir la semana laboral y aumentar el salario". Por supuesto, el gobierno va a tener cierta pérdida, pero cuando tenemos una semana laboral más corta tenemos más gente que está trabajando, que a su vez va a poder gastar y pagar más impuestos. De modo que éste es un ejercicio. He trabajado bastante tiempo, como usted sabe, en Italia y Francia con esta propuesta. Y creo que los gobiernos de Italia y de Francia han aprobado una legislación para reducir la semana laboral de 39 o de 40 a 35 horas, pagando lo mismo. Esta es una forma de pensar en las iniciativas legislativas en torno a esto. Yo creo que Uruguay es uno de los buenos países en donde se puede implementar esta medida. Tiene un muy buen contrato social, tiene relaciones muy correctas entre los patrones y los empleados.
EC - Ese papel que usted le atribuye al Estado o al gobierno promoviendo este tipo de soluciones, como la de la reducción de la semana laboral con ese tipo de incentivos, es interesante porque, justamente, una de las varias objeciones que aquí se le han formulado a su libro es: a la hora de financiar la semana laboral, ¿qué pasa con aquellas empresas que realmente no puedan realmente enfrentar ese aumento de los costos?, empresas uruguayas que hoy están muy acuciadas por problemas de competitividad en los mercados internacionales.
JR - Tenemos que hacer este cambio de manera que las empresas se mantengan competitivas. Si no, no habría una buena transición. El gobierno puede ser un negociador. Se puede hacer un contrato: "Nosotros vamos a tener la parte del aumento, y ustedes van a seguir dando empleo. Vamos a ver cómo funciona esto".
Estamos aprendiendo sobre cronobiología y los tiempos de nuestro cuerpo, y lo que se está viendo es que la mayor parte de los individuos tienen solamente tres o cuatro horas en las que pueden producir bien. Esto es así biológicamente. De modo que todo el tiempo que esa persona sigue estando en el trabajo, en realidad está siendo pagado por un desempeño que es cada vez menor después de esas tres o cuatro horas. Así, cuando las empresas mantienen durante mucho tiempo a sus empleados, lo que en realidad están haciendo es perder dinero. Porque la performance, el desempeño, de esos empleados baja después de las cuatro horas. Y para seguir siendo competitivo, si tenemos empleados que trabajan seis horas sin parar, sin pausa, lo que va a suceder es que su productividad va a aumentar y les vamos a pagar por treinta horas de trabajo, que, en realidad, son treinta horas en las que tienen una producción pico. Entonces, lo que tenemos que hacer es empezar a ajustar nuestro lugar de trabajo a los ritmos que nosotros tenemos como seres humanos. O sea que tenemos que ajustarnos. Así, los jóvenes pueden trabajar más tiempo, porque no tienen tantas obligaciones. Y cuando se casan y tienen hijos, pueden trabajar menos, y cuando los hijos crecen, entonces van a poder trabajar más.
Tenemos que condicionar nuestra forma de trabajo de acuerdo con nuestra vida para ir, de esa forma, con la nueva ciencia: ver cuál es la temperatura específica de un trabajador ese día y ver cuándo es su pico de desempeño en el día. Tal vez, un empleado produzca más o mejor entre las dos y las seis de la tarde, de modo que con los nuevos tests genéticos vamos a poder repensar el trabajo de una forma mucho más sofisticada. No tenemos que estar en nuestros lugares de trabajo durante largas horas con retornos reducidos. Esa no es una buena inversión, y tampoco es una buena inversión para los obreros.
EC- Estábamos hablando de la reducción de la semana laboral -la primera solución que usted propone- y estábamos por pasar ahora a la otra. Usted impulsa la nueva formulación de un nuevo contrato social, por el cual queden bien asentadas las "tres patas del taburete de la sociedad: el sector público, el mercado y el tercer sector".
¿Qué es exactamente el tercer sector? Se lo pregunto porque en este sector del mundo es un concepto que no manejamos frecuentemente. Usted mismo en su libro dice que en Estados Unidos, el tercer sector, que es muy importante, no tiene conciencia de que es un sector.
JR - El tercer sector es el más viejo y el más grande, pero ha estado marginalizado a un estado colonial en los últimos 50 años. El tercer sector lo conforman todas las organizaciones e instituciones que tienen las personas que no son una corporación en el mercado laboral y no son una agencia del gobierno. Es mucho más amplio que las organizaciones no gubernamentales. Los servicios, las iglesias, las organizaciones ambientales, son todas las instituciones que forman la cultura de las personas. Ustedes ven que si en el Uruguay desapareciera el tercer sector de la noche a la mañana, el Uruguay desaparecería, a pesar de que ha estado marginalizado. El tercer sector es, en este sentido, el primer sector. Cuando estudiamos la antropología cultural vemos que las comunidades perciben a los mercados y a los gobiernos, pero los mercados no perciben al tercer sector.
Primero las personas establecen un capital, y solamente cuando hay un desarrollo social grande, es ahí que se abren los mercados y que se establecen los gobiernos. En este punto está lo importante: cuanto más fuerte sea el tercer sector, mayor va a ser el capital y más fuertes van a ser los gobiernos. Cuanto más débil sea el tercer sector, más débil será también el mercado.
EC - Entonces, ¿qué significa fortalecer el tercer sector, y cómo repercutiría esto en la búsqueda de soluciones al problema del desempleo?
JR - Vamos a empezar a movernos de una política de dos sectores a una política de tres sectores. Creemos que la política siempre está marcando la ruta, en Estados Unidos y en otros países ésa es una lectura falsa de la realidad. En verdad, la política tiene tres patas, como un taburete: el sector público crea capital, y sin el capital social los otros dos sectores no pueden funcionar. Y eso es lo producido por el tercer sector.
Yo creo que este tercer sector va a estar liberado de su estadio colonial por la simple razón de que los gobiernos cada vez están más interesados en las comunidades locales. Las compañías son menos locales y más globales, y las empresas están moviéndose hacia el espacio extraterrestre. Ese vacío va a ser llenado por un sector social mucho más poderoso y coherente y cohesivo, que va a tener un rol entre el mercado y el gobierno. O ese vacío puede ser llenado por el "cuarto sector": la economía informal y la delincuencia.
Creo que lo importante es que ese vacío institucional sea llenado por el tercer sector. Creo que este sector va a empezar a surgir como una conciencia de una entidad política y social, y que vamos a redefinir la política como un taburete de tres patas. Es en el tercer sector donde se encuentran los empleos. Es ahí donde están las oportunidades para millones y millones de nuevos empleos que va a crear el capital social. Porque los empleos en el tercer sector son demasiado sofisticados, demasiado humanos para que los haga la tecnología, las computadoras y los genes.
De manera que lo que vamos a ver en el próximo siglo es que no va a ser el capitalismo lo más importante. Lo que va a hacer es darnos una oportunidad de movernos más allá del mercado laboral y de encontrar nuevas formas de definirnos.
EC- ¿Cómo se financia el fortalecimiento del tercer sector?
JR- Creo que hay diferentes formas. Vamos a tener que tomar una pequeña porción de las grandes ganancias que tenemos de esta revolución, de la biotecnología. Creo que vamos a tener que tomar parte de ese capital a través de los impuestos y otros medios para poder tener un "pool" de los ingresos de los países para la capacitación, la educación, para salarios pagos competitivos, para poder preparar a los jóvenes en miles de empleos dentro de este tercer sector.
El tercer sector no siempre confía en el mercado ni en el gobierno. Tenemos todos los recursos humanos ahí para que el sector sea fuerte pero el problema es que no hemos desarrollado divisas para que las personas puedan tener una economía fuerte. Lo que estamos haciendo en Estados Unidos y en Francia es que si ustedes dan horas de su tiempo, esos son bienes fungibles, entonces vamos a poder tener los recursos humanos para resurgir un tercer sector importante.
EC- La pregunta que se puede formular a su propuesta es ¿quién garantiza la eficiencia de este sector, qué garantías hay de que esos recursos que se destinen a financiarlo van a ser empleados racionalmente, cómo evitar que ese sector termine sumido en los mismos problemas de burocracia, ineficiencia, exceso de personal, que llegaron a caracterizar al estado de bienestar de las últimas décadas?
JR- No puedo decir que el tercer sector no va a tener problemas, es la naturaleza de la naturaleza humana. Va a haber todo tipo de dificultades como sucede en todas las soluciones, pero sugiere la historia que el tercer sector es mucho más efectivo en prestar servicios políticos y sociales que el propio gobierno, porque el tercer sector está más cerca de las personas, compuesto por gente de los barrios, de las comunidades. Esta personas saben lo que necesitan así que también saben como hacer un empleo más efectivo de los recursos. Es un sector que tiene una alta motivación porque trabaja con seres humanos que quieren tener éxito. El problema es que el sector se de cuenta de esto, ahora está en un estado colonial, sin darse cuenta de su poder potencial dentro de la sociedad. Una vez que vea su poder y entienda que es el primer sector del cual dependen el gobierno y el mercado, vamos a tener un escenario político muy diferente,. Vamos a poder crear nuevas oportunidades laborales. Pero tenemos que pensar en la política como un taburete de tres patas y crear nuevas asociaciones entre el gobierno, la comunidad empresarial y el tercer sector.
EC- No quiero que quede fuera de esta entrevista el factor educación. Usted sostiene que el problema del desempleo generado por la tecnología no se arregla simplemente con educación, y maneja algunos ejemplos al respecto: "algunos ingenieros de calidad media", dice usted, "ya no son necesarios porque tenemos computadoras que pueden hacer el trabajo de cálculo que a ellos les corresponde. Lo mismo sucede con los médicos, los abogados... En el futuro recurriremos a los mejores pero no necesitaremos una gran variedad". La consulta es: ¿cómo deben orientarse los sistemas educativos en sus distintos niveles, si queremos que sean útiles en este nueva era que usted define como el fin del trabajo o de renacimiento, si se dieran las condiciones necesarias.
JR- Creo que la educación es clave. Muchos educadores americanos están preocupados porque estamos enseñando a jóvenes que piensan que no vamos a estar precisando tatos jóvenes. Es una generación que empieza a proecuparse porque la educación los prepara para una realidad que no va a existir. En Estados Unidos se están preparando para el tercer sector y llamamos a esto la educación civil. En cada escuela del país están viendo que los estudiantes aprenden mejor cuando lo que se les enseña es experimental y está involucrada en la resolución de problemas: asuntos que están referidos con la actividad del tercer sector. Si su hijo está emprendiendo los temas de zoología lo mejor es ver qué es lo que sucede en la comunidad en torno a esos asuntos; así los principios de la ciencia van a ser más claros porque ellos participan en los mismos. Estamos teniendo un cambio entre la educación en la clase y la de la comunidad. Además se implica a los padres, los estudiantes, maestros y comunidades. Los estudiantes se desempeñan mucho mejor porque su aprendizaje tiene una relación directa con quiénes son como seres humanos, y eso crea una muy buena identidad. Nuestro sistema educativo está poniendo énfasis en cosas que no son tan relevantes. Una vez que un niño sabe que tiene relaciones con otros seres humanos en el tercer sector es que vamos a poder darle lo que necesita, pero si no lo hacemos así vamos a preparar ese niño para algo a lo que no va a poder ajustarse en el futuro. Tenemos que considerar la educación civil como un modelo para preparar a miles de jóvenes educándolos en tener una relación directa con las organizaciones del tercer sector. Al hacerlo vamos a tener una generación que esté pronta para tres tipos de trabajo: para trabajos en la función pública, en el gobierno y en empleos pagos del tercer sector, vamos así a ampliar las oportunidades laborales pueden ir más allá del Estado y del Gobierno.
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Traducción: María Julia Sáinz
Transcripción: Fernando Iglesias
Edición: Mariana Viera Cherro