EL SEÑOR NOS CONCEDIÓ

LA GRACIA DE HACER PENITENCIA

Patricio Grandón Z, OFM

PRESENTACIÓN

Una de las formas de caracterizar la Espiritualidad – Identidad Franciscana es referirse a ella como Vida en Penitencia, así –al menos- lo dejan entrever los mismos Escritos de Francisco y las Fuentes Franciscanas en general.

La insistencia del mismo Francisco, y de las Fuentes, en el tema de la Penitencia-Conversión, hacen de éste una cuestión de singular importancia al momento de reflexionar sobre nuestra espiritualidad-identidad y, especialmente, cuando se trata de considerar nuestra propia y actual praxis de vida franciscana.

La reflexión que intentaremos aquí, tiene en su trasfondo la lectura de dos textos claves. Uno bíblico, del N.T.: 1Cor 9,19-27 y otro de las Fuentes Franciscanas: 1Cel 102-104. Para desarrollar esta reflexión tendremos en cuenta: el indicativo que nos da la consideración de la palabra Penitencia, en cuanto Conversión, para luego considerar los "términos" implicados en la penitencia-conversión, Dios y el hombre, teniendo en cuenta ésta como proceso, que abarca toda la vida del hombre creyente y franciscano. Todo lo cual será considerado a la luz de la tradición, filosófico-teológica, del pensamiento franciscano.

Al considerar el tema desde el significado de la palabra penitencia en cuanto conversión resulta programático tener en cuenta que convertirse (cum-vértere) es volverse conmocionadamente, dar un giro con todo nuestro ser. Volverse cada día hacia Dios que nos ha creado, que nos llama, que nos habita y que nos inspira. Volverse cada día con una actitud de acogida hacia los hermanos de fraternidad, sobre todo hacia los más pobres y débiles, los perseguidos. Convertirse es, volverse cada día hacia nosotros mismos, hacia el fondo de cada uno, a las profundidades del propio ser, a la opción fundamental, a las decisiones y convicciones sobre cuya roca se cimenta nuestra vida. Volverse cada día con una renovada decisión de seguir a Jesús al modo de Francisco.

EL DIOS A QUIEN NOS "DEDICAMOS TOTALMENTE" O

A QUIEN NOS "VOLVEMOS CONMOCIONADAMENTE"

Recogemos aquí algunos elementos inspiradores tomados de la tradición, filosófica y teológica, franciscana, a fin de desentrañar a qué Dios es al que nos "volvemos conmocionadamente".

Dios concebido-vivido como plenitud de ser y de obrar, que todo lo crea desde la plenitud de su ser y que a todo lo que crea-hace, le participa su Plenitud (creatividad), su Bondad (responsabilidad-compromiso), su Belleza (armonía-orden) y su Verdad (amor-conocimiento).

Dios que es Trino y Uno, y en ese orden de enunciación, que todo lo con-forma a imagen de la Trinidad, por tanto, que en todo imprime un dinamismo conducente, convergente al encuentro – comunión – diálogo ... con lo distinto de sí. Este dinamismo es el propio del Dios, Trino y Uno, tanto dentro de sí: en sus relaciones con el Hijo y el espíritu Santo; como fuera de sí, en sus relaciones con el mundo, con la historia, con el hombre, en suma, con todo lo creado. En esta perspectiva nos recuerda Escoto: "Tu bonus sine termino, bonitatis tuae radios liberalíssime comunicans" = "Tú, que eres bueno sin limitación, vas comunicando los rayos de tu bondad de un modo liberalísimo".

Dios, Comunidad y Plenitud de Personas, que con-forma todo, y a todos, según la Plenitud de su ser, y que, por tanto, todo lo constituye como: Intimidad-Interioridad, el Dios más íntimo a nosotros mismos que nuestra propia interioridad. Otro tanto se puede afirmar, desde una visión creyente y franciscana, del mundo, de la realidad. Como Historia-Expresividad, Dios que pronuncia, fuera de sí, toda la creación, todo lo creado, a toda creatura individual, y en particular, en el Verbo, su Hijo Amado, que su Ars Aeterna.

Dios que en la Encarnación se hace historia, asume un rostro y un quehacer situado históricamente, es decir, el hombre Jesús de Nazareth con toda su persona es revelación real del único y verdadero Hijo de Dios. Quien ve a Jesús ve al Padre, se dice en el Evangelio de Juan. En Jesús, por tanto, Dios mismo se nos acerca, actúa, habla, interviene; y esto de una forma originalísima y definitiva (escatológica).

Dios, por tanto, que ya en la creación, pero con mayor espesor y densidad en la Encarnación se revela en la historia, pero también se-vela en la misma, puesto que no se identifica con ella sin más, dado que la Historia es creación – creatura de Dios, y como toda creatura ha sido querida por Dios como no-completa, como no-carente de conflicitividad y, por ende, dable de develar o velar el rostro amado de Dios. Todo esto acontece en el doble plano de la macrohistoria, con sus acontecimientos, épocas, generaciones, ... y en el de la microhistoria, con sus personas, biografías, cotidianidad ...

EL HOMBRE QUE SE "DEDICA TOTALMENTE"

O SE "VUELVE CONMOCIONADAMENTE" A DIOS

Quisiéramos partir aquí de la motivación que nos hace el mismo Francisco cuando nos invita a considerar la excelencia de nuestra creaturidad, al decirnos: "Repara, ¡oh hombre!, en cuán grande excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu" (Adm 5,1-2).

San Buenaventura, al considerar al hombre como imagen y semejanza de Dios, lo cualifica como "capax Dei" y lo define como "relación". Veamos esto con más detalle: el hombre, "capax Dei", en razón de que el Verbo es su ejemplar, Dios lo crea a él, y a todas las creaturas, mirando el modelo ejemplar del Verbo Eterno, el Hijo Amado del Padre. Así, toda la creación queda estrechamente relacionada con el Verbo Eterno. En dicha relación, Dios va llamando cada vez más a la luz la imagen de su Hijo en la creación, ... hasta que en el sexto día, la imagen toma forma de imagen de Dios fuera de sí, Dios crea al hombre.

De este modo, la creación alcanza su perfección con la aparición del hombre y comienza la creación en sentido estricto, pues el hombre no es imagen estática y ya acabada de Dios, sino que es imagen dinámica de Dios. Así, el hombre participa de la creatividad de Dios.

Aquí hay que tener en cuenta el siguiente símil: el Verbo refleja al Padre en Dios. El hombre, en tanto imagen de dicha imagen divina, está llamado a reproducir su modelo de la manera más perfecta posible; ser cada vez más imagen hasta alcanzar la semejanza con sus ejemplar, el Verbo. Así, el hombre es creación en camino de retorno a Dios. Ser consciente de esta condición, debe llevar al hombre, en el plano creatural, a ser imagen cada vez más explícita de la "imagen del Dios invisible", según la cual ha sido creado.

El hombre llega a ser semejante a su imagen, el Verbo eterno, según San Buenaventura, a través del conocimiento y la contemplación: orientado y movido por el Verbo, éste va tornando al hombre cada vez más semejante a Dios. El objetivo de este ser orientado-movido por el Verbo es la con-formación con el verbo en el conocimiento y en el amor. Por tanto, el hombre no es imagen acabada del Verbo, sino imagen dinámica del Verbo, por tanto, existe para superar su situación histórica, es decir para ir pasando, cada vez más, de imagen a semejanza. Dicho de otra forma: el hombre está avocado a una realidad-situación existencial bipolar: por un lado, el hombre es imagen del Verbo Eterno, de donde tiene espíritu y libertad; por otro, el hombre es creatura y todavía debe adquirir su ser propio-auténtico, pues el ser dado en el Verbo lo prolonga como creatura en el tiempo.

De lo anterior emerge la tarea del hombre, que consiste en con-formarse con Aquel según el cual ha sido creado. Tarea que es referida a sí mismo y a la creación, pues el hombre es mediador para que la creación alcance también su con-formación con el Verbo.

Por último, el hombre "capax Dei", en razón de su ejemplaridad en el Verbo, es constituido, ontológica y trascendentalmente, como relación; de modo que ésta lo define, es decir, el hombre es relación. Por tanto, desde su ser más profundo-auténtico-propio, está abierto, orientado y direccionado a realidades distintas de sí; llamado, por tanto, desde su singularidad – incomunicabilidad –suprema dignidad a vivir con las cosas, con los demás, con el Creador... y en la realidad – historia.

LA CONVERSIÓN-PENITENCIA:

CAMINO PARA HACER EL PASO, HISTÓRICO,

DE IMAGEN A SEMEJANZA

Antes de desarrollar este aspecto de la reflexión sobre la penitencia-conversión, como camino, hemos de tener presente que en el contexto socio-cultural actualmente emergente, se acentúa fuertemente el no-sufrir y la supresión del dolor (sociedad actual = sociedad e la aspirina) y, correspondientemente, toda forma de esfuerzo que pueda comportar alguna forma de dolor o sufrimiento.

Lo anterior hace que se desdibuje bastante la propuesta de las, tradicionalmente denominadas, "obras de penitencia", que terminan quedando muy al margen del ethos cultural actualmente imperante e influyente, al menos en el nivel de la praxis y decisiones cotidianas, también de la vida religiosa y franciscana.

En esta sensibilidad emergente-imperante del no-sufrir – no-sufrimiento, la penitencia-conversión adviene prácticamente casi como una des-gracia, como una fatiga inútil e innecesaria.

Dada esta sensibilidad emergente-imperante, pero dada también su propia naturaleza, es clave re-situar el tema, y la correspondiente praxis, de la penitencia conversión como Gracia, es decir como don de Dios y moción del Espíritu; en la perspectiva que asume Francisco en el Test 1-3, cuando nos dice: "El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo".

A tenor de lo anterior, Francisco nos plantea la penitencia-conversión como un retorno a Dios, en el cual actúan juntos Dios y el hombre, los dos protagonistas necesarios en el camino de la penitencia-conversión. La penitencia, por tanto, sitúa al hombre del lado del Evangelio y lo introduce en la existencia nueva, propia del cristiano. La penitencia, por ende, como actitud existencial, y habitual, que asume y define la totalidad de la vida cristiana y franciscana, como retorno permanente al Padre.

Del texto del Test 1-3, la penitencia emerge también como cambio de mirada, de sensibilidad, de lugar social y existencial. La penitencia como oportunidad, como ocasión, "hic et nunc", para el cambio; para ir de menos a más; para actualizar nuestro ser capax Dei; para ir-pasando, cada vez más, de imagen a semejanza. En suma, para realizar nuestro ser auténtico.

En definitiva, se trata de comprender, de asumir y de vivir la penitencia-conversión como evidencia de que donde abunda, posible o actualmente, el pecado, ... sobreabunda la gracia como el "modo liberalísimo" del actuar de Dios en relación con el hombre, con el mundo, con la historia, con las creaturas.

Dado que el Dios, al cual el hombre se convierte, es un Dios que se revela en la historia, a la vez que es presencia en la intimidad más íntima del hombre, y que el hombre, que hace penitencia-conversión, es u ser constituido como relación, surge una vinculación, insoslayable, entre proceso de conversión-penitencia e historia; entre contexto, situación del hombre y el Dios revelado en al historia.

Además, como la tarea del hombre es ir-pasando de imagen a semejanza, es decir, superar su condición histórica (=trascender hacia la semejanza), la base de dicha superación radica en la atención a la estrecha relación con la historia, la circunstancia, la situación.

Esto hace que la conversión-penitencia no sea una cuestión puramente de intimidad (volverse a Dios desde nuestra interioridad para encontrarlo en dicha interioridad), sino también –y simultáneamente-, una cuestión de volcarse hacia la historia-expresividad del Dios a quien el hombre quiere convertirse. Esta suerte de segunda dimensión, simultánea al proceso de penitencia-conversión, permite la objetivación del la subjetividad-interioridad del todo proceso de conversión-penitencia asumido por el hombre ser relacional.

Dicho de otra forma, y reflexionando a la luz de 1Cor 9,19-27, no hay proceso de penitencia-conversión, real y auténtico, sin volcarse a la realidad, las circunstancias, los acontecimientos y sus protagonistas, ... todas "formas", posibles y actuales, del Dios revelado en la historia al que estamos llamados a convertirnos, haciendo penitencia, y que nos atrae irresistiblemente hacia sí, desde nuestra interioridad y desde nuestras contingencia. Esta contingencia, en cuanto histórica o "historiada" es "lugar""espacio" de la revelación – manifestación – presencia, y a veces también ausencia, del Dios a quien nos volvemos conmocionadamente.

Así, todo proceso de penitencia-conversión, para ser "efectivo", no puede obviar el paso por la acogida-compasión del otro y su realidad; por la simpatía-connaturalidad por toda realidad histórica. Paso por el intento de transformar la realidad, renovando las formas de hacernos presente en la misma (=solidaridad). Otro tanto se puede decir respecto a las estructuras. Y todo esto como parte de un proceso dinámico, en que hacemos historia y somos hechos por ella; influimos y somos influidos; transformamos y somos trasformados; acogemos y somos acogidos.

Por último, recordemos que la penitencia-conversión, como camino hacia la plenitud – realización del ser auténtico, no se recorre sin la necesaria preparación y disciplina, pues si bien la penitencia-conversión es una gracia, es también –y simultáneamente-, una tarea del hombre. Esto nos plante la necesidad de:

Buscar una adecuación – proporcionalidad entre medios y fines, entre actividades y objetivos.

Una consideración realista de nuestras capacidades y limitaciones para hacer el camino.

Una objetivación de los propios, y particulares, propósitos y proyectos, en este caso de la propia voluntad, individual y colectiva, para alcanzar el objetivo de convertirse, por el camino de la penitencia, a Dios "sumamente amado" (cf. CC.GG – OFM 1,1).

Desde una clave franciscana, de minoridad, el tema de los medios proporcionados o adecuados para alcanzar el fin, tiene que ser asumido desde una pedagogía de los pequeños pasos, es decir:

Desde la conciencia refleja de nuestra creaturidad y fragilidad; especialmente de la voluntad, individual y colectiva, que muchas veces pretende más de lo que efectivamente está dispuesta a dar y comprometer.

Desde una opción por los medios pobres, lo que puede traducirse en términos de pocas opciones – proyectos, pero viables – realizables en el tiempo.

LA IDENTIDAD FRANCISCANA:

NUESTRA "FORMA" DE HACER EL CAMINO

DE LA PENITENCIA-CONVERSIÓN

La propuesta de Jesús: "Conviértanse (hagan penitencia) y crean en la Buena Nueva" (cf. Mc 1,14), como horizonte de la existencia cristiana, es dable de ser asumida, vivida, caminada, de diversas "formas", "espiritualidades", "identidades". La nuestra es la Identidad Franciscana, que encuentra en la experiencia de Francisco su ejemplaridad, humana y religiosa.

A la luz del relato de 1Cel 102-104, queda claro que Francisco asumió y vivió toda la historia de su Seguimiento de Cristo bajo la forma de una vida-en-penitencia-conversión y, al final de su vida, mira su caminar penitencial y de conversión, con el deseo, propósito, decisión de volver a emprenderlo; evidenciando con ello su conciencia práctica acerca de que la conversión-penitencia, consiste en volverse cada día, y hasta el último día, hacia Dios "sumamente amado".

Resulta altamente significativo que, después de todo lo vivido, Francisco quiera volver al inicio, al momento y forma inaugural de su experiencia, humana y religiosa. Tratemos de ver esto con más detalle:

Lo primero que hay que notar es que se trata de una vuelta a la experiencia inaugural – fundante, y no a un pasado dorado, o a los años felices de los comienzos.

Francisco contempla lo vivido sin la pretensión de haber alcanzado la meta, sino con la conciencia –y decisión- de seguir caminando, de seguir volviéndose cada día a las nuevas posibilidades de realización que le va deparando su camino de conversión-penitencia.

Con esto evidencia la conciencia de que todo, y cualquier, momento de la existencia personal, y colectiva, es ocasión propicia para la conversión, si la vida toda se identifica, y se define, como vida-en-penitencia-conversión.

Lo evocado por Francisco, al final de su vida penitente, es el proyecto primigenio del franciscanismo: la opción deliberada por la no-relevancia, social y eclesial, en el servicio a los leprosos. Dicho de otra forma: la opción por ocupar el último lugar en la sociedad y en la Iglesia, junto a los últimos de todos: los leprosos.

Francisco, al querer continuar su camino de conversión-penitencia, vuelve al origen, no al pasado, a su inspiración primera, al momento fundacional-inaugural, y se re-encanta de su vocación primera, y al hacerlo:

Es consciente, tanto de que "no ha llegado a la meta", es decir, de lo que todavía le queda por caminar, como también de lo caminado-realizado, en el orden de la penitencia-conversión, por eso quiere "volver a empezar a servir a los leprosos"..., a retomar lo realizado originalmente; situarse nuevamente en la ya recorrida, pero con la experiencia del camino realizado desde la perspectiva que le da la cercanía a un momento clave de su existencia: la muerte.

Francisco, habiendo hecho la experiencia de servir a los leprosos, lo que le trasformó "todo en dulzura de cuerpo y alma", quiere seguir viviendo la minoridad, en sus expresiones social y eclesial.

Junto con evocar su vocación primera, Francisco evoca a los hermanos de la primera ahora y lo que más caracterizaba a esos hermanos, es decir:

Francisco, evoca la Bondad, del sólo Bueno, participada en el bien que experimenta que le testimonian los hermanos, en sintonía con el "espíritu" de la Adm 8, que reza así: "Dice el Apóstol: ‘Nadie puede decir: Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo’ (cf. 1Cor 12,3); y:’ No hay quien haga el bien, no hay uno solo’ (Rom 3,12). Por lo tanto, todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él, incurre en un pecado de blasfemia, porque envidia al Altísimo mismo (cf. Mt 20,15), que es quien dice y hace todo bien".

De modo que, si bien Francisco ha asumido y vivido su camino de penitencia-conversión personalmente, no lo ha hecho en-solitario, sino en-comunión, de vida e ideales, con sus hermanos de la primera hora.

El "volverse-cada-día" de Francisco, al final de su vida, a su vocación primera, mira a la integridad del proyecto franciscano originario, para re-encantarse del mismo, en su cualificación-definición de:

Seguimiento de Cristo como menor y como hermano.

De donde la vocación-definición de todo franciscano, ayer – hoy – mañana, es ser-hermano-menor.

Vocación-definición que es reafirmada y testada por Francisco a las generaciones franciscanas futuras.

CONCLUSIONES AL MODO DE

"PROPUESTAS PARA LA ACCIÓN"

Por último, intentemos retener algunas ideas acerca de esta reflexión sobre la penitencia-conversión como gracia, que proyectadas en el tiempo, nos vehiculen el necesario re-encantamiento de nuestra vida religiosa franciscana como vida-en-penitencia. Para ello necesitamos mirar al origen de nuestra particular vocación, a la moción primera que experimentamos, de parte del Espíritu, como don del Padre en su Hijo Jesucristo. Teniendo en cuenta que:

No se trata de un mirar nostálgicamente a un supuesto pasado dorado, intentando –inútilmente por lo demás- revivir unas buenas experiencias, que aunque buenas, simplemente "ya fueron", sino...

Contemplar el origen de nuestra, particular y colectiva, vocación franciscana para re-encantándonos de ella seguir, con "nuevo ardor", el camino libremente y gozosamente emprendido.

Se trata de evocar, de re-cordar (=volver a pasar por el corazón), nuestra vocación primera con una doble conciencia refleja de:

Lo que todavía nos falta por alcanzar.

Y lo que hemos caminado, convergentes o divergentes, respecto del horizonte de nuestra existencia: una vida-en-penitencia-conversión.

Conciencia que es consideración insoslayable, pues, es la que nos permite objetivar – adecuar – proporcionar los medios que elijamos-optemos, con realismo, tanto respecto de nuestras reales posibilidades y el grado de voluntad-compromiso a implicar, como respecto de la meta que queremos alcanzar: la semejanza con nuestro Ejemplar, el Hijo Amado del Padre.

Todo lo cual ha de ser mirada y evocación personal, desde nuestra propia interioridad ("última soledad del ser", habitada por La Presencia), pero no en-solitario, sino en-comunión con los hermanos que el "Señor nos ha dado" (cf. Test 14) y a partir de lo bueno, de la bondad, que el Sólo Bueno y Todo Bien, que obra "liberalísimamente" en ellos, teniendo siempre presente que: no hay nadie que sea tan malo que no sea capaz de reflejar, aunque sea muy pálidamente, la Bondad del Padre-Bueno o, lo que es más radical todavía, que donde abundó (o abunda, actual o posiblemente) el pecado, sobreabundó (sobreabunda por decisión liberalísima del que ES LA BONDAD) la gracia.