UNA CRISTOLOGÍA FRANCISCANA

SIGNIFICATIVA HOY

Hno. Jerónimo Bórmida ofmcap

1.- En el centro Dios

Sumergidos en una cultura dominada por un antropocentrismo cultural, político, científico, económico y religioso estamos a punto de perecer como hombres y como planeta. El hombre occidental no solo se cree centro del universo, razón y sentido de la evolución sino que se arroga el ser dueño absoluto de la verdad y el poder determinar autónomamente el ser y el destino de las cosas. Los ríos humanistas en occidente han creado un océano de an­tropocentrismos exacerbados que permean todas las ideologías.

También la refle­xión teológica occidental está impreg­nada –yo diría viciada- de antropocentrismo. La cristología se ha convertido en pura soteriología y Cristo –como la iglesia, los sacramentos, y todo lo demás en la iglesia-  parece tener sentido solamente en cuanto capaz de liberar al hombre de los actos del hombre. Actos del hombre que, por añadidura, están radical e inexorablemente infectados por la pandemia del pecado.

Lamentablemente la teología antropocéntrica y hamartiocéntrica occidental entiende y predica a Cristo a partir del hombre y en función del pecado del hombre y no a partir del proyecto de Dios revelado por Cristo. Para la revelación cristiana es Dios quien está en el centro y la misión y el sentido de Jesús es llevar a cumplimiento el “misterio de Dios”, el plan oculto desde los siglos eternos en Dios, manifestado por la totalidad de su vida. 

No niego la peculiaridad de la especie humana en el planeta tierra y puedo aceptar que tiene títulos suficientes para pretenderse “superior” a sus congéneres terráqueos, pero en cuanto humano no es el “ombligo del mundo”. Algunas precisiones:

Dicho de otro modo: el hombre existe porque así lo ha proyectado Dios, ni la existencia del hombre ni los actos humanos generan el proyecto de Dios. O también: es la evolución que da lugar al hombre y no el hombre la causa de la evolución.

No niego el hecho del pecado, pero en cuanto acto humano no es el eje estructurante de historia. Algunas precisiones:

La perspectiva cristológica franciscano escotista es marcadamente teocéntrica. Para Escoto Cristo es aquél querido por Dios desde siempre como la creatura capaz de un amor supremo. Los hombres y todos los seres son queridos por Dios primordialmente como glorificadores y como condiligentes del sumo Amador, del Amante supremo, Cristo. Para Escoto Dios es un Centro de Amor  y en torno a ese centro giran, en primer término, las tres personas divinas; luego Cristo, Sumo Glorificador de la Trinidad; luego ángeles y hombres; y por fin la creación entera.

Un discípulo de Escoto describía el universo como una pirámide amorizada. La totalidad de los seres sería como una pirámide ascen­dente en cuya base estarían los seres no‑humanos que se ordenan al hombre, más arriba el hombre cuya finalidad es Cristo; en la cúspide estaría Cristo en quien todo ha sido creado. En ese ápice amoroso lo humano y lo divino culminan en Dios mismo.

El mismo cristocentrismo de Francisco de Asís, por ser radicalmente bíblico es profundamente teocéntrico, o, si se quiere, patrocéntrico. El Jesús de Francisco es el Hombre‑para‑el Padre. Léanse sus escritos en esta clave y aparecerá clara esta actitud de Francisco ante el santo, el único, el fuerte, el grande, el altísimo, el rey omnipotente del cielo y de la tierra, el bien, todo bien, sumo bien, el amor, la caridad; la sabiduría, la humildad, la paciencia, la hermosura, la mansedumbre; la seguridad, la quietud, el gozo, la esperanza, la alegría, la justicia, la templanza, la riqueza a saciedad, la hermosura, la mansedumbre, el protector, el custodio y defensor; la fortaleza, el refrigerio, la fe, la caridad, la dulzura, la vida eterna (Alabanzas al Dios Altísimo). A Dios se ha de tributar toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición. Todo es de Dios y a él hay que restituir todos los bienes (Alabanza que hay que decir a las Horas).

El canto que Francisco eleva sinfónicamente con las criaturas comienza proclamando loor y gloria, honor y toda bendición al Altísimo, omnipotente y buen señor. Porque solo a él, a nadie más que al Dios Altísimo conviene la gloria y el honor. Más aún: ningún hombre es digno siquiera de pronunciar el nombre de Dios.

Teocentrismo cristiano, esta es, para mí, la primera pauta para una cristología franciscana significativa en el hoy.  

Solamente des-centrando al hombre de sí mismo, ubicándolo en el proyecto  grande de un universo que no fue hecho por él ni que está en sus manos, podremos tener esperanza de salvación para un planeta cada más saqueado por la soberbia de un hombre que se cree monarca y no hijo-hermano.

Solamente si la Iglesia se des-centra de la iglesia logrará hacerse creíble y útil al hombre de hoy. Cuando los cristianos entendamos que hay que apostar más por Dios que por el Reino de Dios, que hay que poner la confianza más en Dios que en sus promesas, comenzaremos a ser capaces de anunciar una paz verdadera y estable entre los hombres y los pueblos.  

Cuando el hombre deje de luchar por perfeccionarse y pase a buscar la armonía con la creación entera desaparecerán las neurosis, las depresiones. El hombre dejará de violentarse y maltratar su entorno.

2. Primado del Amor

El universo y el hombre son queridos en razón de Cristo y no viceversa. Cristo es fuente, término, motivo del existir del universo y del hombre. Cristo no es un derivado de una exigencia metafísica o lógica, sino que existe porque Dios quiere que todas las cosas estén centradas en él, y lo quiere libre, amorosa y gratuitamente, en su propio designio efectivo de divinización del universo en la historia.

La existencia de Cristo y de todos los beneficios que tal existencia comporta para el hombre y para el universo, derivan primeramente del amor libre de Dios y de Cristo, y en Cristo primer querido se difunden hacia las demás creaturas.

La historia de hombre en el cosmos es fruto de la libertad creadora y gratuita de Dios. Jesucristo es el producto supremo y perfectísimo de tal amor‑libertad de Dios y por lo tanto centro‑fuente y término de toda donación divina ulterior.

El amor libérrimo y creador de Dios quiso ser correspondido por el amor libérrimo de la más perfecta de sus obras ad extra: Cristo es la respuesta querida por Dios al amor de Dios. El Verbo Encarnado, Jesús, es el amante perfecto y supremo. El amor es el valor sumo y fun­damental tanto de la actividad de Dios como de la creatura racional. El amor, que es libertad racional, es la expresión suprema de la relación Dios‑Cristo, Dios‑Hombre.

Para Francisco de Asís, Jesús está situado en el centro - al principio y al fin, arriba y abajo, antes y después - de su experiencia existencial. La cristología de Francisco y de sus hermanos está marcada por la pasión, es decir, por el apasionamiento. Jesús permea todos los meandros de su vida. La persona, la doctrina de Cristo nunca quedaron recluidas en la esfera de lo religioso, de lo sobrenatural,  de lo eclesiástico, de lo sagrado. Jesús invade tanto su espíritu como el universo.

Las biografías emplean una serie de expresiones que hacen siempre referencia a un amor ardiente y apasionado: incendio, amor excesivo, afecto ardiente, arrebato, amor cariñoso, singular reverencia al amado, gozo inefable, conmoción interior y exterior, sabor de manjares exquisitos, sonidos armoniosos... arder en amor seráfico, estar devorado por la sed,  el incendio incontenible de amor, amigo de Cristo, incendio del espíritu, inflamado en ardores seráficos, virtud licuefactiva del fuego.

Francisco fue un apasionado por Jesús y su apasionamiento le provocaba reflejos condicionados que no podía dominar. Bastaba pronunciar o escuchar el nombre de Jesús, y apenas pensaba en él...  se olvidaba de comer estando sentado a la mesa. Es más, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en El, se olvidaba de todo y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús. Porque con ardoroso amor llevaba y conservaba siempre en su corazón a Jesucristo, y éste crucificado (1ª Celano Nº 115).

Francisco siente un amor excesivo por Jesús, este amor rebalsaba hacia todo lo que estuviese con él relacionado, desde la más ínfima de las creaturas hasta la Biblia y  la Eucaristía: honraba con singular reverencia el nombre del Señor...  cuando era recordado en la mente, cuando era pronunciado, cuando aparecía escrito. Este nombre divino lo encontraba no sólo en la Biblia sino también en todo papel escrito, primero porque allí había letras con las cuales se podía formar el nombre de Dios y segundo por podría el caso de conculcarse el sagrado nombre de Dios que tal vez estuviera allí escrito. Ese amor exagerado eliminaba las fronteras entre sagrado y profano, entre naturaleza y gracia.

Toda su persona, mente y afectos, intervenía en la contemplación de Cristo, especialmente, de su pasión: no puede contener el llanto; gime lastimeramente, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo (2ª Celano Nº 11).

Fue un apasionado: estaba clavado en cuerpo y alma a la cruz, juntamente con Cristo y por ello ardía en amor seráfico a Dios y  estaba devorado por la sed de hacer el bien a los hijos de Dios, sus hermanos (Buenaventura, Leyenda Mayor, Cap. 14.1).

El apasionado es lo contrario a un apático. Francisco estuvo en las antípodas de la mediocridad, de la tibieza. Amó apasionadamente la vida, la belleza, a toda creatura. Tal fue su incendio de amor que el amigo de Cristo terminaría su vida totalmente transformado en una clara imagen de Cristo Jesús crucificado, no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu.

De la fuente de la misericordia se había derramado sobre el siervo de Dios la dulzura de la piedad en tan desbordante plenitud, que parecía llevar entrañas de madre para aliviar las miserias de las personas afligidas por alguna desgracia. Poseía una clemencia congénita, que se duplicaba mediante la piedad infundida por el mismo Cristo. Se derretía su corazón a la vista de los enfermos y de los pobres, y a quienes no podía echarles una mano, les ofrecía su cordial afecto; y es que cualquier necesidad o deficiencia que viera en alguna persona, llevado de la dulzura de su piadoso corazón, la refería al mismo Cristo (Buenaventura Leyenda Menor 3.7)

El apasionamiento por la vida es la segunda pauta cristológica significativa, hoy: He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!, dice Jesús en Lc 12:49.

La cristología franciscana tiene que arrancar a la humanidad de la apatía, de la mediocridad, de la incredulidad en el poder del amor de Dios. Ese amor derramado sobre el mundo cuando, exaltado y glorificado en la cruz, llevando a culminación la obra de Dios, Cristo entregó el espíritu (Jn 19:30).  

Amor es libertad, es inclusión, es creatividad, es gratuidad. Se opone a determinismo, fin de la historia, competitivad, mercado, exclusión. Esa es la respuesta de la cristología franciscana al necesitarismo darviniano de las leyes del mercado.

La cristología franciscana tiene que ser hoy capaz de generar amor a toda creatura, amor que hace impensable, la guerra, la depredación de la naturaleza, la falta de respeto a personas y culturas…

La cristología apasionada tiene que ser capaz de generar modelos alternativos de convivencia amorosa, tierna, respetuosa entre las personas, los pueblos y la naturaleza.

3- El Dios de Jesús histórico

La cristología franciscana hoy tiene que recuperar al Jesús de los evangelios. Francisco de Asís no es un iniciador del movimiento evangélico en la iglesia. Su movimiento engrosa la gran corriente evangélico pauperística medieval. En la primera década del siglo XII la regla de Grandmont nos ofrece la doctrina de salvación del bienaventurado Esteban, que en cuanto posible, por inspiración de Dios, tanto sus palabras como en su vida ha seguido el Evangelio de Cristo. Un siglo después la idea fuerza de Esteban resuena literal en la forma de vida franciscana: ¡No existe otra regla que el Evangelio de Cristo!  (Libro de la doctrina de Esteban de Muret)

Francisco, evangélico radical, no es un estudioso de la Biblia sino un rumiante de la palabra. En todos los movimientos pauperísticos contemporáneos - el movimiento franciscano no fue una excepción - encontramos a evangélicos radicales que, frecuentemente, terminan marginados o expulsados de la iglesia, y a otros más moderados que se acomodan al sistema.

San Buenaventura, prototipo de un evangelismo eclesial moderado, se atreve a afirmar una característica biográfica de Francisco que en el contexto de las llamadas “herejías” del tiempo suena extremadamente peligrosa: el siervo del Altísimo no tenía en su vida más maestro que Cristo (Leyenda Mayor, Cap. 2.1).

Los seguidores de Cristo no necesitan maestros en la vida del Espíritu, les es suficiente Cristo; no precisan libros para rezar, les basta el libro de la vida de Cristo que deben leer día y noche. Cuando no tienen breviarios no deben preocuparse por rezar la liturgia oficial mandada por la iglesia: en lugar de las horas canónicas, los hermanos repasaban día y noche con mirada continua el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra de su Padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo (Ídem, Cap. 4.3).

Francisco de Asís no tuvo maestros o guías expertos en mística, teología o derecho canónico, ni jerarquía alguna que le indicase el camino. Él mismo afirma en el Testamento que nadie le dijo lo que hacer sino que el Altísimo mismo le reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Para el pobrecito el magisterio emana sólo de Cristo, la iluminación solamente del Espíritu. Toda la iglesia, desde el último de los fieles al Papa, son condiscípulos en la misma escuela.

Francisco reitera en varias ocasiones que en su forma de vida no hay nada que hubiera sido revelación del mismo Señor. Las llagas impresas en su cuerpo  sobrevienen como la verdadera bula divina que confirma la Regla más allá de toda autoridad humana: las llagas del Señor Jesús le fueron impresas por el dedo de Dios vivo, como si fueran una bula del sumo pontífice Cristo para plena confirmación de la Regla y recomendación de su autor (Ídem Cap. 4.11).

Francisco y los hermanos, habiendo frecuentado la escuela de Cristo humilde (Ídem Cap. 6.5), tratan de ajustarse solo al evangelio. Y en el evangelio (por favor, no me hagan citar a Matero capítulo 25), Francisco descubre que el “pobre sufriente” es la efigie, el icono, el vicario de Cristo en la tierra:

 “Cuando ves a un pobre, debes pensar en Aquél en cuyo nombre se te acerca, es decir, en Cristo, que vino a tomar sobre sí nuestra pobreza y nuestras dolencias. La pobreza y la enfermedad de este hombre son un espejo en el que debemos ver piadosamente la pobreza y el dolor que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo para salvar al género humano” (Leyenda de Perusa, 112).

Lo que constituye al Hombre en Imagen de Cristo es ser crucificado, débil, insignificante, fracasado, expulsado. La imagen de Dios revelada en Cristo no la poseen ni los hermosos, ni los ricos, ni los sabios, ni los místicos ni los teólogos, ni los hacedores de milagros, ni los convertidores de infieles, ni los gobernantes defensores de la fe y de la iglesia, ni los eclesiásticos más conspicuos. La única verdadera alegría del hombre, el solo motivo de gloria consiste en la identificación con el Cristo sufriente y paciente (Cfr La Admonición Vª).

San Buenaventura describe el itinerario espiritual de Francisco en clave de crucifixión desnuda junto al crucificado desnudo. Y el leproso es como el ápice de su identificación con el que, en la cruz, no tenía apariencia humana. El leproso simboliza todo lo que un hombre puede rechazar en los esquemas del “mundo”. El sistema le había enseñado a adorar a un Cristo limpio, sereno, señor del universo. Buenaventura apunta a la identificación del leproso con Cristo crucificado, que, según la expresión del profeta, apareció despreciable como un leproso. Es el leproso quien cura definitivamente al Francisco contagiado por la lepra del sistema. Es el leproso quien le permite descubrir el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre.

La tercera pauta para una cristología franciscana significativa en los tiempos que corren es la vuelta al Jesús histórico.

La tradición franciscana tiene que desideologizar las creencias de los fieles y así liberar al Cristo de la fe de las construcciones culturales que lo han hecho tan poco idéntico al Jesús de la historia

El Jesús histórico es una opción de construir la historia desde el no poder, el no dinero, tomando como materia prima las debilidades de los últimos en la sociedad.

La cristología de los franciscanos tiene que partir de los evangelios, urgiendo a la iglesia, fieles y jerarquía, a una vuelta a las fuentes genuinas de los hechos y dichos de Jesús.

Para Francisco el Jesús de Nazaret es indiscutiblemente El Pobre. Esta evidencia le ha causado a la Orden franciscana serios conflictos en la Iglesia del pasado. La Iglesia del presente parece urgir a los hermanos menores ser testigos de ese Cristo pobre hijo de madre pobre.

La cristología franciscana tiene que gritar a todos los hombres de buena voluntad que solamente el encuentro amoroso con los leprosos excluidos del sistema puede curar al hombre y a la sociedad contemporánea. No son lo ricos, los sabios, los místicos, los poderosos quienes tienen poder para salvar al mundo. La salvación viene del Cristo con rostro de leproso.

4. La gratuidad del querer de Dios

El Sí de Dios a los hombres se llama Cristo Jesús y en esta confesión de fe se ubica el centro mismo del misterio de la historia. El Sí de Dios es fiel: Yahveh es “el Dios del Amén” (Is 65,15), y Cristo es el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios (Ap. 3,  14).  La voluntad de Dios es libre y soberana. El Dios encarnado por libérrima y gratuita voluntad de Dios está en el centro de la perspectiva divina de la historia del hombre en el cosmos. No puede ocupar jamás un lugar secundario, dependiente, ocasionado por una causa segunda.

Toda antropología cristiana se basa en el Si de Dios a los hombres, sí pronunciado, de una vez para siempre, en la predestinación eterna de Cristo.

Nos enseña la Sagrada Escritura que no somos nosotros, los hombres, quienes hemos amado primero; Dios es quien primero nos amó. Dios planeó y creó el mundo en Jesucristo, su propia imagen increada. Al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo.

Este designio divino, que en bien de los hombres y para la gloria de la inmensidad de su amor, concibió el Padre en su Hijo antes de crear el mundo (Ef. 1, 9), nos lo ha revelado conforme al proyecto misterioso que Él tenía de llevar la historia humana a su plenitud, realizando por medio de Jesucristo la unidad del universo tanto de lo terrestre como de lo celeste (Documento de Puebla, 182-184).

El Sí de Dios y el proyecto de Dios están a la raíz, son la causa de todo lo existente, sin excepción. No podemos imaginar que un acto de alguna creatura pueda condicionar o cambiar el designio fiel de Dios fiel. No es que Dios nos ame porque existimos, sino que existimos porque, desde siempre, nos amó. Nuestra bondad no es causa de la benignidad maternal de Dios, sino que sus entrañas maternas han concebido y parido nuestra santidad.

La carta a los Efesios (1, 3‑14) nos pone en el epicentro de la vocación final del hombre. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad ha comenzado a decir su Sí definitivo en Cristo antes de la fundación del mundo. Su Sí. Sin medida, antecede y desborda al tiempo  y al espacio. La elección de Cristo es como la raíz donde se sostienen, subsisten la elección de los hombres. El Sí de Dios, es un querer puro, un beneplácito o gusto o voluntad de Dios y está en función de solo Cristo, y se refiere directamente con la  recapitulación del universo en Cristo.

El plan de Dios con los elegidos refluye sobre el mismo Dios, tiene por finalidad última al mismo Dios, y a ningún otro, ni siquiera a los elegidos mismos. A éstos Di os los predestina a hijos  para sí; deben ser un himno a la gloria de Dios, un himno glorioso al favor o benevolencia de Dios. Dios predestina y elige para que los elegidos y predestinados lo alaben; como presupuesto a esta finalidad, la elección es para que sean santos e irreprochables a  sus ojos.

Cristo es primogénito de muchos hermanos. Primogénito es el primer nacido en relación con los que siguen, y tiene, por tanto, entre otras, una noción temporal de ante­rioridad.

Los hermanos tenemos el destino de ser conformes con la imagen, con el icono de su hijo. Cristo es el modelo, el ejemplar, la imagen que Dios va a reproducir en los fieles, pues a eso los  predestina Dios. Cristo es el modelo o imagen, según la cual van a ser plasmados sus  hermanos. Su primogenitura hace que el Sí de Dios en Cristo no solamente sea el más importante, sino el primero. Cristo es supera y antecede a sus hermanos.

En la Carta a los Colosenses, la noción de “principio” – arjé - se aplica a Cristo de modo radical. Él es el gran bereshit, el gran génesis, la palingenesía por excelencia. Para que sea el principio de todo, el primero en todo, también es el primogénito de entre los muertos.

En el Apocalipsis (Ap 1, 5) Cristo es llamado conjuntamente el primogénito de los muertos y el “príncipe” de los reyes de la tierra. La  primogenitura de entre los muertos es un preámbulo del triunfo y dominio universal de Cristo. Jesucristo fue el “primer resucitado”, nadie lo pone en duda. Quiero abrirme a otra perspectiva: Jesucristo fue también  – en el orden de la intención – el primero que pasó por los brazos, al decir de Francisco de Asís, de nuestra hermana la muerte corporal.

La muerte fruto del pecado ha sido la muerte violenta, la efusión de sangre. En la mitología edénica todos, hombres y animales, eran herbívoros. Nadie mataba a nadie hasta que Caín asesinó a Abel. La lucha por el poder es la causa del asesinato del inocente. Este el pecado fontal, primero, original.

La muerte de Jesús revela el verdadero sentido de la muerte en el designio de Dios. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1Cor  15,  55).

La muerte no es un límite, sino la ruptura de toda frontera, no es el fin de la historia, sino su continuación, no es la negación de Dios sino su sí definitivo a hombre. Al decir de Francisco de Asís, la muerte es la hermana que nos lleva de la mano al Padre común, padre de la muerte, padre de la vida.

La muerte es el último y definitivo Sí de Dios al hombre, dado desde siempre en la muerte de Cristo, primer predestinado.

La cuarta pauta para el hoy significativo de una cristología franciscana es la gratuidad de la elección divina.

A Dios no se puede comprar, no hay que hacer nada para merecer la bienaventuranza. Dios y sus promesas son gratis, regalo libérrimo y amoroso de Dios desde toda la eternidad. El Cristiano no debe de esta preocupado por ganarse a Dios mediante las buenas obras, tiene que dejar llenar de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Fil  1,8). Una vida llena de amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,  mansedumbre, dominio de sí, no son causa sino fruto del Espíritu (Gal 5,22s). La cristología franciscana tendría que ser una inundación de gratuidad en la experiencia de la iglesia.

Si se descubre predestinada con Cristo el predestinado la iglesia escuchará más y hablará menos, aprenderá más y enseñará con más humildad, se sentirá siempre la elegida y nunca la excluidora. Aprenderá a recibir, no solo a dar: la circularidad del Espíritu de Cristo entra a oleadas vivificantes, por todos sus poros, desde un universo cristificado. La Iglesia de Cristo no es guardiana sino portera que ayuda a entrar y a salir el proyecto amoroso de Dios en Cristo.

En esta perspectiva cristológica el trabajo del hombre en el mundo no estará, pues, dirigido a transformar el mundo sino a dejarse transformar por ese universo donde ha sido puesto por Dios como hermano y colaborador. La ciencia del hombre no crea, descubre; no impone, comparte;  no manipula, abraza; no dirige, se orienta; no compra, se deja ganar. 

Para el adorador del Cristo evangélico la lucha por la vida no se realiza matando sino muriendo, dejándose abrazar de la hermana muerte, sola capaz de dar vida. La muerte como vida ofrecida no identifica con el primer muerto de amor.

5.- El cosmos divinizado

Dios quiere comunicarse de modo tan libre como sublime y ha determinado libremente introducir en Jesucristo a todas las creaturas en el seno mismo de la Trinidad. Toda creatura es respuesta al amor en la suprema obra de Dios que es Cristo, es el primero, el arquetipo y el paradigma de toda otra comunicación, en todos los  órdenes de la existencia, gracia y naturaleza, animado e inanimado, pasado, presente y futuro. 

Así razona Escoto: Dios se ama a sí mismo. Amándose, Dios se conoce infinitamente digno de amor. Y quiere comunicar a otros su amor, no por interés indigno, sino por amor ordenado (amor puro). Así Él quiere ser amado por otro que lo ame con el máximo amor; se entiende otro que esté fuera de sí, pero al cual esté perfectamente unido.

Porque el primer existente es el mismo Hijo encarnado. La primera creatura del Padre es Jesús, el Cristo. En él se resume toda la bondad de la existencia. Las cosas no sólo son buenas por definición teórica, sino en cuanto vivientes, dadas, existentes.

Cristo no es el regalo de Dios a los hombres: los hombres, y el cosmos entero con el hombre, son el maravilloso regalo que el Padre hizo a su Hijo bienamado. Dios no puede regalar a su Hijo sino cosas excelentes.

Por eso los fieles se reconocen miembros del grupo humano en que viven, no se aíslan de la vida cultural y social de sus pueblos; y en sus tradiciones nacionales y religiosas, descubren con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas laten (AG 11).

No sólo es bueno el proyecto o los proyectos de Dios para el mundo y para el hombre, la realidad en su  existencia concreta es buena,  más aún buena en grado sumo. Las concretizaciones temporales, las realizaciones concretas del proyecto divino, las cosas realmente existentes, van revelando su plan a través de sus realizaciones históricas (DV  2) .

En Cristo, del cual son imagen y concreción, la realidad, las realidades existentes, tal como existen, son “sobrexcelentes”. Todo ser existente es solamente bien, bien históricamente existente, y sin mezcla de mal alguno.

Cristo es el Hombre asumido, es la humanidad asumida por el Hijo de Dos. En Cristo la humanidad es introducida a la participación de la naturaleza divina, del amor infinito, de la bienaventuranza celeste.

El hombre ha sido creado a imagen de Dios para ser “capaz de Dios” para que pueda devenir Dios por participación. Ha sido creado a imagen del Hijo para en él pueda devenir hijo de Dios, hijo en el Hijo, en la unidad del Cuerpo y de su Persona mística. Dios no se ha hecho hombre porque el hombre es capaz de Dios, es exactamente al contrario: el proyecto divino de la encarnación, libre y eterno ha creado al hombre imagen y capaz.

Jesús es hombre-Dios en su realidad  histórica, física e individual, es sacramento en la que cada hombre deviene Dios y partícipe de la naturaleza divina. En el Cuerpo sacramental de Cristo se realiza la unión de la humanidad y de cada hombre a la Persona del Hijo.  Unidad sacramental en la cual cada uno se transforma en Cristo y donde todos son un solo Cristo, sin dejar de ser ellos mismo personalmente en él.

El hombre podría ser definido como el ser de los deseos infinitos, tanto en el cuerpo como en alma. Trascendiendo los múltiples deseos de la corporeidad humana, hay en el cuerpo y en el alma humanos aspiraciones que se abren al infinito, porque la inteligencia y la voluntad son potencias al infinito que no pueden ser satisfechas sino por la posesión del infinito.

Solamente Dios gozado y poseído en sí mismo en la plenitud del amor puede satisfacer una inteligencia y una voluntad potenciadas al infinito. Para entender correctamente al misterio de una creatura que solamente encuentra en la posesión de Dios mismo la satisfacción de sus deseos naturales hay que partir de las exigencias de una naturaleza que desde siempre ha sido predestinada en Cristo a participar de la vida divina.

Dios ha parido la tierra y el orbe (Salm 90:2), el mar sale  del útero de Dios que pone las nubes por pañales la tierra. Dios es “madre" de la lluvia, “engendró" las gotas de rocío, de su “vientre" salió la nieve y él engendró la escarcha (Job 38:8-9 ;38-40). Esa actividad materna de Dios que alcanza “cielo y tierra", y “lo visible y lo invisible”, fórmulas que subrayan la totalidad de lo existente, se ha realizado en Cristo primogénito de toda criatura o de toda la creación.

La creación entera, sin excluir nada, fue radicada, apoyada en Cristo; tuvo en Cristo su base, su punto de apoyo, su sostén, su fundamento; el universo fue fundado en él como en sus cimientos. Cristo es base o fundamento de la creación en el sentido en que es la cabeza de todas las cosas (Ef. 1, 22; Cf. 1Cor. 11, 3); y a todas las cosas fueron creadas en él, en el sentido en que Dios se había propuesto

En correspondencia con la creación “en" Cristo, está la existencia actual de esa creación en Cristo: todas las cosas subsisten en él. El universo tiene su consistencia o cohesión en Cristo en el momento actual, como cuando fue creado. Vale tanto como afirmar que la razón de la consistencia y cohesión del universo ha sido siempre y es Cristo.

Por fin, propongo una quinta pauta para una cristología franciscana que quiera tener sentido hoy.

La propuesta cristológica franciscana supera el estrecho margen de la iglesia, de la humanidad y del planeta tierra. Contempla adorante el cosmos divinizado por el proyecto predestinante del universo en Cristo.

Cristo, el amante perfecto, incluye a todos los con-diligentes  en su acto de amor sin fronteras. La galaxia más lejana y la bacteria más cercana sirven, conocen y obedecen, a su modo, a su Creador mejor que el mismo  hombre, como dice Francisco en la Admonición Vª.

Esta la quinta pauta para una cristología franciscana relevante en el mundo de hoy.

La divinización del universo de la cosmovisión franciscana es la base evidente del diálogo interreligioso que lanza el Concilio Vaticano IIº y que audazmente propone Juan Pablo IIº. Diálogo que el papa realiza en Asís, la ciudad del apasionado por Cristo. Desde la cosmovisión cristificada del franciscanismo resulta ridículo poner fronteras fijas e infranqueables a la moralidad, la verdad o a la santidad. Las semillas del Verbo (semina Verbi) no han sido plantadas sola y únicamente el huerto cerrado y exclusivo de alguna de las iglesias cristianas. Los espermas del Verbo (logos spermatikós) han fecundado todos y cada uno de los seres de este universo que por eso es impronta de Dios.

Esta visión divinizada del mundo del hombre es el fundamento de la llamada inculturación, del diálogo entre culturas como diálogo entre iguales, del respeto a los derechos humanos, del derecho de las minorías, de  la dignidad inalienable de cada una de las creaturas de la tierra.    

Solamente desde esta visión de Cristo ponemos comprender la declaración de los obispos en el Documento de Puebla número 317: todo hombre y toda mujer por más insignificantes que parezcan, tienen en sí una nobleza inviolable que ellos mismos y los demás deben respetar y hacer respetar sin condiciones; que toda vida humana merece por sí misma, en cualquier circunstancia, su dignificación...

Esta concepción de la cristología abre el horizonte de la liturgia, porque para el cristianismo no hay espacio “sacral”, un lugar privilegiado donde, y exclusivamente en él, nos encontremos con Dios, porque el hombre es santuario de Dios vivo (2Cor 6,16). El cristianismo no conoce “templos” o sea lugares sagrados, sino “iglesias”, lugares de reunión de la asamblea de los creyentes que forman el templo espiritual donde se manifiesta el Espíritu de Dios.

También se razonan de otro modo las discusiones en torno al ministerio en la iglesia. No hay personas especialmente sagradas en el cristianismo. El conjunto de los creyentes son un pueblo sagrado, un sacerdocio que proclama las maravillas de Dios en la historia (1 Pe 2,9). Los ministros cristianos son simples “administradores de los misterios de Dios” (1Cor 4,1). Son sacerdotes todos los creyentes bautizados en Cristo (Ap 6,9-10; cf. 1,6), y muy especialmente a los que dan testimonio de su fe hasta la muerte (Ap 20.4-6). La santidad, la sacralizad, el sacerdocio, no es exclusividad de ninguna persona, es derecho y deber de todos (1 Pe 1,15-16; 2,9). En el pueblo de Dios no puede existir una especie de casta “sacral”, separada del pueblo “profano”, y dedicada a acciones “sacrales”, en un lugar “sacral” y en un tiempo “sacral”, y gozando de todos los privilegios de lo sagrado.

Por último en el proyecto divinizador de la economía encarnatoria encontramos la clave de la concepción ecológica franciscana, que suma su voz al coro entonado por todas las creaturas hermanas. 

Estas con algunas de las pautas que se me han ocurrido. Sé que la lista no es completa, pero creo que es muy sugerente.

Marzo 2002