LA ECOLOGÍA EN UNA PERSPECTIVA TEOLÓGICO FRANCISCANA

 

Antonio Moser, ofm.

 

 

Oficialmente, desde 1869, con E. Haeckel, la ecología encontró una nueva definición. Y desde la década del 30, con R. Park y la Escuela de Chicago, ya se habla de Ecología humana. Pero fue sólo a partir de los dos últimos decenios, con la comprobación inequívoca de la destrucción del medio ambiente, cuando la Ecología pasó a constituirse en una preocupación creciente y generalizada.

En un primer momento, el despertar de la conciencia ecológica remite a la percepción de síntomas ineludibles del proceso devastador del medio ambiente. Entre estos síntomas se destaca la deforestación, la desertización, las diversas formas de polución 1. En un segundo momento, esta conciencia remite a la percepción del alcance y entrelazamiento de los síntomas indicadores de un drama ecológico: grandes concentraciones urbanas; acelerado crecimiento demográfico, constatado sobre todo en los países y regiones más pobres; subdesarrollo; pobreza en la que viven envueltos dos tercios de la humanidad; falta de condiciones habitacionales, de higiene, de salud; amenaza de agotamiento de las materias primas; y otros. En un tercer momento emergen los aspectos político-ideológicos de la cuestión, evidenciando que el problema de fondo apunta a las relaciones humanas. Es lo que se llama Ecología social 2.

Todo este proceso de concientización, muy reciente y progresivo, explica por qué el campo de la ecología fue descuidado hasta hace poco. Explica también que el tratamiento del tema sea más bien escaso antes de los años 80 3, en el campo de la reflexión teológica. Además, la Teología de la Liberación, tanto por el hecho de ser reciente como por el hecho de haber sido compelida por los ingentes problemas socio-económicos, sólo en estos últimos años comienza a dar pasos más significativos 4.

Dada la multiplicidad de estudios, científicos o de divulgación, en lo que se refiere a la realidad ecológica 5, podemos presuponer un conocimiento suficiente, aunque no siempre sea crítico. No se puede presuponer lo mismo en los aspectos teológico, ético y franciscano. Esa es la razón por la que iniciamos nuestra reflexión con el tratamiento de algunos problemas teológicos suscitados por la Ecología. Luego pasaremos a los problemas éticos y a las tareas que incumbirían a la familia franciscana en este ingente esfuerzo de reconstrucción.

TEOLOGIA BAJO EL SIGNO DE LA PLURALIDAD

En los últimos años, sobre todo luego del surgimiento de la Teología de la Liberación, la Teología ya no puede ser considerada como una ciencia monolítica. Y esto constituye una importante ganancia en términos de credibilidad: se hacen así más transparentes su carácter histórico y, por consiguiente, los condicionamientos impuestos por el lugar social. De esta manera, a nadie puede sorprender el hecho de que haya lecturas teológicas diferentes de una realidad. En lo que se refiere a la Ecología, podemos distinguir tres tipos de lectura: una más antropocéntrica, otra más biocéntrica y una tercera más social-dialéctica. Todas operan con los mismos componentes: Dios, Creación, ser humano; pero con ópticas diferentes, que originarán también posturas éticas diferentes.

Abordaje antropocéntrico

El abordaje antropocéntrico tiene como telón de fondo la modernidad. Refleja todo un clima y un modo de ser propios de los que disfrutan de las ventajas del "progreso". Aquí, el progreso es un mito: terminó el tiempo de un mundo cerrado y finito; ahora vivimos en un mundo abierto e infinito en sus desdoblamientos.

Y es muy cierto que la crisis ecológica plantea interrogantes muy serios 6. La creciente escasez de materia prima, la visible degradación del medio ambiente y de las relaciones humanas han derrumbado las certezas de algunos años atrás. Sólo que esto no siempre lleva a la conclusión de la necesidad de una reestructuración total de las relaciones de los seres humanos entre sí y con toda la Creación. Para quien está obsesionado por el mito del progreso, lo máximo que se puede esperar es el reconocimiento de la necesidad de una autolimitación 7, y de un cierto ascetismo 8. Algunos van más lejos, juzgando que no es posible que toda la humanidad viva de acuerdo con el padrón del Tercer Mundo 9.

En lo que se refiere a la tecnología, los representantes de una mentalidad antropocéntrica no tienen demasiadas dudas: ella es la viga maestra del desarrollo y de los diversos "milagros económicos". Cuestionar la prioridad de los avances tecnológicos sería negar la propia "modernidad" 10. Todo lo que esta mentalidad está dispuesta a admitir es la ambivalencia de la tecnología 11, reconociendo algunos efectos colaterales negativos. De ahí el consecuente reconocimiento de la necesidad de correctivos. Pero el sistema productivo "victorioso" no se pone en cuestión. Al final, la superación de los problemas ecológicos pasaría forzosamente por la afinación de la tecnología 12.

El contexto y las coordenadas arriba delineadas explican también el fuerte antropocentrismo que dominó la reflexión teológica en los últimos decenios, hasta no hace mucho tiempo. El antropocentrismo remite a la conciencia de poder, propia del ser humano embriagado por las conquistas tecnológicas. Pero la teología originaria del contexto arriba mencionado no se dio cuenta enseguida de esto. Por el contrario, venía pregonando al ser humano como "rey" de la Creación. Dios le había confiado el "dominio" de todas las cosas creadas.

Un primer cuestionamiento serio del antropocentrismo exacerbado aparece con White, en un célebre estudio en el que sitúa la raíz última de la ecología en el judeo-cristianismo 13. Esto llevó a algunos teólogos a traducir con mayor cuidado el término hebreo masa], no ya por "dominar" sino por "administrar". Con esto se intenta rescatar la perspectiva patrística, en la que el ser humano no suele ser visto como el dueño, sino como un simple "gerente". El dueño y Señor sólo es Dios. Las implicancias del cambio de comprensión son evidentemente muy grandes; se origina una nueva actitud frente a la creación.

En suma, en estos últimos años ya se advierte, aun en la Teología que proviene del Tercer Mundo, un filón de cuño crítico, que mitiga la exacerbación del antropocentrismo 14, pero sólo raramente el resto de la Creación aparece como teniendo un sentido en sí misma 15.

Abordaje biocéntrico

El abordaje biocéntrico 16 se presenta como una reacción directa frente a la radicalidad del antropocentrismo. Aparece, pero solamente en estos últimos años, en algunos teólogos ligados a la Teología de la Liberación.

Como observamos anteriormente, el lugar social imprime su sello en la reflexión teológica. Esto no quiere decir que la reflexión realizada a nivel del Primer Mundo esté desprovista de valor. Pero, de hecho, comprensiblemente, refleja los intereses de los que usufructúan directamente los beneficios del progreso, y no de los que sufren sus consecuencias negativas.

Hasta la afirmación que proviene del Primer Mundo de que hay que frenar el desarrollo y el consumo está ideológicamente bajo sospecha. Allí el consumo significa exactamente consumismo, satisfacción de necesidades artificialmente creadas; en el contexto de los empobrecidos, consumo significa garantizar el mínimo necesario para sobrevivir. Así, la explosión indignada de carácter ecológico contra los intentos de conquistar nuevos espacios, necesarios para garantizar la sobrevivencia de los empobrecidos, resuena más como una conspiración siniestra de los paises ricos para mantener su status quo 17.

En la lectura que los partidarios del biocentrismo hacen de los problemas ecológicos, lo que está en cuestión no es sólo la relación de los seres humanos con la naturaleza, sino sobre todo las relaciones de éstos entre sí 18. O sea, si los hombres son capaces de destruir las cosas es porque también son capaces de destruir a sus semejantes. Hay un vínculo intrínseco entre el modo como los seres humanos se relacionan entre sí y el modo como se relacionan con las demás creaturas. En ambos casos, la actitud de dominación remite a un sistema socio-económico discriminatorio 19.

De ahí que la reconstrucción del medio ambiente presupone la reestructuración completa de las relaciones entre países, regiones y clases sociales. Y aún más: presupone la reestructuración global de los mecanismos sociales, económicos y políticos 20. Es exactamente dentro de estos presupuestos que se habla de Ecología social 21 o de ética socio-ambiental 22, uniendo indisociablemente Ecología y justicia social 23.

De esta manera, la cuestión ecológica no puede ser entendida como una cuestión aparte; forma parte de un todo mayor. Consecuentemente, debe ser entendida dentro de los presupuestos para la superación de los mecanismos de opresión y destrucción, estrechamente vinculados los unos con los otros. Las mismas fuerzas y los mismos mecanismos causadores de las injusticias sociales son también los principales responsables del drama ecológico 24.

Así es como comenzamos a percibir mejor los presupuestos de la concepción biocéntrica en lo que se refiere a la lectura de la realidad: son los mismos de la Teología de la Liberación; pero van más allá en lo que se refiere a la reflexión propiamente teológica. Aquí se hace una lectura diferente del sentido de la Creación.

Hoy va quedando en claro para todos que preservar y restablecer el equilibrio ecológico es una cuestión de vida o muerte 25. Pero esta cuestión sólo puede ser debidamente solucionada en la medida en que sean superados los equívocos alimentados por el antropocentrismo, en lo que se refiere al papel del ser humano en la Creación.

En la perspectiva del biocentrismo, Dios no hizo todas las cosas en función del ser humano. Las demás creaturas tienen un significado propio en sí mismas, a partir de los planes del Creador. "La naturaleza precede al propio ser humano" 26. "No todo lo que existe fue hecho para la utilidad inmediata del hombre; éste no puede, por lo mismo, juzgar todo a partir de su punto de vista. El mundo de la naturaleza expresa la libertad creadora y la alegría de Dios" 27. Aquí se encuentran las bases para la recuperación de la dignidad que revisten todas las creaturas. Todo y todos llevan impresos en sí mismos la marca del Creador. La naturaleza no es simplemente materia, más o menos inerte, disponible. Tiene valor propio, que le viene del mismo Dios Creador 28.

Abordaje social-dialéctico

Indiscutiblemente, tanto el antropocentrismo como el biocentrismo tienen sus méritos. El primero, por haber contribuido decisivamente a la desmitologización de las fuerzas misteriosas que comandarían ciegamente los destinos humanos. El segundo, por haber desmitologizado al propio ser humano como razón de ser de todas las cosas.

Es preciso agregar todavía que, en el caso del biocentrismo, lo que está en cuestión tal vez sea más la palabra misma que sus contenidos: el biocentrismo, a nuestro parecer, así denominado inexactamente, en realidad ofrece muchos de los elementos presupuestos en una lectura social-dialéctica 29.

Lo que nos parece necesario acentuar más es el aspecto dialéctico, y hasta cierto punto dramático, que marca las relaciones humanas en todas las direcciones. Además, si tenemos en cuenta la antropología bíblica, ella siempre presupone que el ser humano no puede ser entendido fuera del contexto de los demás seres, ni éstos sin el ser humano. Ambos forman parte del mismo plan creador.

Entre tanto, con esto no está todo dicho. Aunque la teología de la Creación ya haya sido estudiada profunda y casi exhaustivamente 30, y la perspectiva dinámica de la Creación ya sea un dato tranquilo, quedan todavía algunos interrogantes. El primero de ellos dice relación con las condiciones concretas dentro de las cuales los seres humanos pueden cumplir su tarea. La segunda dice relación con la confrontación que históricamente se establece entre los proyectos de los hombres y el plan de Dios. La tercera dice relación con el lugar del pecado en las múltiples relaciones humanas.

Caos y cosmos

La teología, normalmente, se empeña en desvelar los aspectos armónicos de la creación para resaltar el papel nefasto del pecado.

Este tipo de comprensión tiene, ciertamente, base bíblica. Pero tal vez no sea ésta la única lectura válida. Por tentadora que sea, la comprensión paradisíaca de un cosmos armónico en sí mismo no parece corresponder a la realidad. Tanto en el mundo vegetal como en el animal, lo que se percibe es el imperio del más fuerte: uno vive, literalmente, de la muerte del otro. A los ojos de la razón, el mundo creado está lejos de parecer un cosmos. A primera vista, al menos, el mundo creado se presenta más bien como un verdadero caos de fuerzas contrastantes y agónicas. Un elemento lucha contra el otro. Esto es una visión "racional".

En una visión de fe, con todo, los contrastes y hasta los conflictos corresponden a una etapa de una obra aún no totalmente concluida 31. Al menos por lo que podemos intuir sobre la actual condición humana, no es posible soñar con un mundo totalmente armonizado. La pedagogía divina parece no corresponder a nuestros sueños superficiales y simplistas. Aun después de la ruptura inicial, Dios ofrece caminos mucho más sabios y esperanzadores para sus hijos e hijas. El no los quiere sólo como beneficiarios; siempre los quiso como colaboradores de la obra creativa.

Efectivamente, existe una armonía en el cosmos. Pero ésta debe ser penosamente desentrañada. Y deberá ser desentrañada por el hombre, llamado no sólo a conservar lo que ya está ahí sino a actuar creativamente 32. A él le cabe administrar los conflictos; no sólo los que existen entre los hombres, sino también los que se manifiestan entre todos los demás seres. El hecho es que la Naturaleza, tan ensalzada por los poetas, ni siquiera de lejos es siempre una amiga incondicional. También ella es inclemente y despiadada. Basta pensar en los cataclismos, que nunca dependieron ni tampoco dependen hoy de los seres humanos. Lo que afirmamos de la Naturaleza, con mayor razón lo debemos decir de la convivencia humana. A lo largo de la historia humana siempre fue conflictiva. Ni siquiera los lazos de sangre son capaces de ocultar esta dura realidad.

Es cierto que la raíz de la conflictividad está en el pecado. Pero también sería difícil imaginar una humanidad previamente armonizada. El problema teológico no se encuentra en el objetivo perseguido: una humanidad reconciliada con su Creador, consigo misma y con toda la Creación. La cuestión teológica se coloca exactamente en un supuesto previo, lo que implicaría una condición humana completamente diferente de aquella en la que hemos nacido y vivimos. Si es verdad que la superación de la conflictividad constituye uno de los mayores desafíos, también lo es el que constituye una fuente inagotable de energía. Todo depende de la manera como sea encarada.

Una comparación podría ilustrar esta situación, al menos a primera vista sorprendente, sobre todo para el espíritu franciscano 33. Dios ciertamente previó que este mundo, con la colaboración humana, debería transformarse en una gran sinfonía. La sinfonía armónica no sólo es posible, sino también deseada. Sólo que en la pauta aparecen no sólo notas puras, sino sostenidos y bemoles. A los hombres les corresponde hacer los arreglos, que tanto pueden producir la sensación de belleza sin par como pueden infernizar sus propios oídos y los de los demás hombres. La buena ejecución de la grandiosa sinfonía exige, por eso, algunos requisitos. El primero de ellos tiene que ver con una actitud fundamental: la conciencia asumida de la condición creatural. Los hombres no pueden considerarse como dueños de los instrumentos ni de la música. Y aquí aparece un nuevo requisito: esa sinfonía tiene que seguir una pauta, traducida en síntesis en lo que la Sagrada Escritura llama las "Diez Palabras". El tercer requisito consiste en que la sinfonía sea ejecutada por muchas manos al mismo tiempo.

Los proyectos humanos y los sueños de Dios

Cuando se realiza un abordaje teológico de la Creación, difícilmente se puede escapar a la confrontación entre el proyecto de Dios y los proyectos de los hombres. A propósito utilizamos la expresión "proyectos de los hombres", ya que éstos, de hecho, no incluyen a las mujeres. Esta es una de las razones por las que esos proyectos suelen ser tan brutales y tan poco creativos.

Una Teología de la Creación que quiera contribuir a la solución de los problemas ecológicos no puede dejar en la sombra la intuición fundamental del Génesis: "El los creó hombre y mujer". La humanidad y la consecuente humanización del Universo pasan por la integración masculinidad-feminidad. El desequilibrio ecológico refleja el imperio de lo masculino y de la racionalidad exacerbada. La brutalidad de las relaciones humanas, que se caracterizan por la insensibilidad fría, y la brutalización de las relaciones de los seres humanos con las cosas creadas constituyen un único y sólo esquema. En estas relaciones no hay ya lugar para la contemplación, para la poesía, para la admiración desinteresada.

Estos proyectos de los hombres llevan siempre la misma marca: están inficionados de egoísmo, afán de lucro, prepotencia, arrogancia. Además de ser mezquinos, se apoyan en la destructividad más que en la creatividad. Así es como se puede entender que lo que debería constituir un cosmos, no sólo se presenta como un caos aparente, sino que se convierte en un caos real, tan evidenciado por los citados síntomas del drama ecológico.

Un razonamiento teológico semejante es posible en relación con la sociedad. A primera vista, estamos ante una conflictividad irreductible. Todo parece conducir a enfrentamientos constantes y cada vez más profundos. Razas, culturas, sexualidad, historia, y hasta las religiones, llevan consigo las señales de la confrontación.

Y, entre tanto, nuevamente destaca aquí la sabiduría de los planes divinos. Una humanidad plenamente armónica y apadronada acabaría en una humanidad empobrecida. Los intentos de "apadronar" son una vez más la manifestación de la pequeñez humana. La grandeza y la sabiduría divinas se manifiestan exactamente por la creación de las diferencias, y también de las polaridades, destinadas a convertirse en una energía capaz de generar un enriquecimiento mutuo y continuo. Así es como, manteniendo las diferencias, pero en la reciprocidad, la multiplicidad de las creaturas, la diversidad de pueblos, razas y religiones se pueden fecundar mutuamente 34.

Un nuevo rostro del pecado

Por más que queramos entender los problemas ecológicos en sí mismos, llega un momento en el que no se sabe cómo evitar la confrontación con su raíz última. A esta altura es donde entra el pecado. Sin él, el drama ecológico aparecería como una especie de fatalidad, o incluso como consecuencia de una "mala planificación", obra de un Dios cruel que se divierte con los dramas humanos.

Desgraciadamente, durante mucho tiempo el pecado fue considerado casi exclusivamente en su dimensión de intimidad. Se pecaba en el corazón, y en el corazón se recibía la gracia reconciliadora. La fase personalista de la Teología dio un importante paso adelante en este aspecto, ubicando el pecado en el contexto de toda una vida humana. La fase más social-dialéctica que caracteriza la comprensión actual, rescata un filón plenamente bíblico y patrístico del pecado. El cual no se extravasa hacia afuera de los corazones, sino que más bien extiende sus raíces hacia adentro de las relaciones humanas 35.

Por otro lado, los problemas ecológicos nos ayudan a visualizar otro aspecto del pecado, ya nítidamente presente en el libro del Génesis y en el capítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos: es precisamente el aspecto cósmico. El pecado es como una hidra de siete cabezas: es personal, es interpersonal, es comunitario, es social, es estructural, es ecológico, y también cósmico.

De esta manera se evidencia que "lo más trágico del pecado consiste justamente en el hecho de que no se instala sólo en los corazones, sino que se infiltra de una manera mortífera en las estructuras de la propia sociedad humana y hasta en la propia Naturaleza externa a los seres humanos. De ahí que, en vez de armonía, reine la desarmonía por todas partes; en lugar de amor, el odio; en lugar de paz, la guerra. En el origen de estos desórdenes está el ser humano que, en lugar de preservar, destruye; en lugar de administrar, explota; en lugar de cosmificar, lo cosifica todo, profundizando el caos. El ser humano se tornó un Midas al revés: todo lo que toca lo destruye, y no transformándolo en oro" 36.

De esta manera se evidencia también que, en el fondo, el pecado siempre dice relación a la misma cosa: a los hombres tratando de hacer "pasar" sus pequeños proyectos, en lugar de intentar descubrir y realizar los grandiosos proyectos de Dios. Para quien sencillamente ignora estos grandiosos proyectos, la vida, en sus diversas formas, se presenta como un acertijo simplemente indescifrable. Para quien, por el contrario, conoce la existencia de estos proyectos, se empeña en comprenderlos y llevarlos a cabo de una manera creativa, todo es como un juego de ajedrez: es difícil, requiere esfuerzo, pero no es insoluble. Y justamente por todo eso resulta también fascinante. En lugar de trágico, el destino del ser humano en el mundo se transforma en una grandiosa epopeya.

El actual drama ecológico se convierte como en una "visita" de Dios 37. Recuerda aquella historia de Jacob en lucha con su Creador: acaba maltrecho, pero al darse cuenta de quién es su contrincante, sigue caminando. El pecado, en su aspecto económico y cósmico, no consiste simplemente en acumular egoístamente los bienes que están destinados a todos. Tampoco consiste simplemente en desperdiciar un tesoro graciosamente recibido.

En su raíz profunda, esa fisonomía del pecado da testimonio de la caída en aquella tentación primera: "serán como dioses". El pecado consiste en esto: fascinado por el poder que tiene en sus manos, el ser humano acaba considerándose todopoderoso. En lugar de considerarse como simple administrador, acaba creyéndose dueño y señor. Y como "dueño" y "señor", se arroga el derecho de hacer lo que se le antoja. De ahí la explotación desenfrenada, el consumismo, el lucro, la prepotencia. Y la Naturaleza es dañada, los pueblos hambrientos no pueden hacer otra cosa que reivindicar los derechos que también son suyos 38. Así es como la rebeldía de los empobrecidos y de la propia naturaleza encuentran una mayor justificación. Además de los numerosos factores socio-políticos, existe este otro factor: el teológico. Todas las rebeldías remiten a una rebelión original: contra los proyectos del Creador.

ORIENTACIONES ETICAS Y TECNICAS

El relevamiento de la realidad es importante, como también el de las coordenadas teológicas. Estos relevamientos son la base para una acción humana y humanizadora. Sin ellos, fácilmente nos quedamos en un nivel de abstracción estéril. Pero no basta con esto. Frente al dramático cuadro ecológico, con sus múltiples causas, lo que importa sobre todo es colocar las bases para una posible reversión. La pregunta sobre la posibilidad de una tal reversión no es retórica. Con razón hay quien juzga que ya llegamos a un nivel tal de degradación que el retorno es prácticamente imposible. Lo único que se podría intentar es poner algunos remiendos.

Por lo que llevamos dicho, no hay duda de que se trata de una cuestión de vida o muerte. Contamos aquí con un prisma que caracteriza una visión evangélica de la realidad; ésta nunca es catastrófica. Por mala que sea una situación, nunca es irreversible. Hay siempre una buena noticia proclamada, aunque implique los más altos costos a primera vista.

Es verdad que la casa (oikós) de los hombres se encuentra semidestruida, y que por lógica humana no hay salida. Pero también es cierto que, justamente cuando está contra la pared, el ser humano descubre en sí mismo potencialidades casi ilimitadas. Admitida la posibilidad de una reversión, se presentan dos líneas maestras de acción, que se descubren en muchas direcciones: la primera línea pasa por la ética; la segunda, por la técnica. Ya se ha conseguido mucho en estas dos líneas, pero también es mucho lo que queda por conquistar, y todo eso constituye como las fuentes generadoras de energía para emprender esta etapa, al mismo tiempo dramática y fascinante, de reconstrucción de la casa de todos.

El problema es, ante todo, ético

De acuerdo con la modernidad, muchas campañas llamadas "ecológicas" no pasan de ser un artificio para desviar la atención de las verdaderas causas. Lo que está en juego no es sólo el verdor de nuestros bosques, ni el azul de nuestros mares, ni la limpidez de nuestras aguas.

Como ya lo hemos dicho varias veces, detrás del drama ecológico se oculta algo más profundo: es un modo de ser, de tomar posición y de relacionarse a todos los niveles. Y, a esta altura, podemos afirmar con toda seguridad que la crisis ecológica no será solucionada sólo, ni sobre todo, con el recurso a la técnica. Los problemas deben ser enfrentados, ante todo, en el nivel ético. Y como el deterioro del medio ambiente apunta a un deterioro de las relaciones humanas, es fácil darse cuenta de que el cambio de postura ético pasa por la justicia. Existe una relación íntima entre injusticia a todos los niveles y degradación del medio ambiente 39.

Por eso mismo, el movimiento de liberación de las diversas formas de opresión y el movimiento de restauración ecológica son fundamentalmente idénticos. Una liberación no se procesa sin la otra. Y este proceso de liberación deberá darse simultáneamente en tres direcciones: en dirección a las criaturas; en dirección a los demás seres humanos; en dirección a un tipo de sociedad.

Convivir y no dominar

Todo el drama ecológico resalta la incapacidad de convivir del ser humano 40 con las demás criaturas. Y es incapaz porque, no pudiendo descubrir el ser profundo de las cosas, se siente como señor absoluto de todo. Las criaturas pertenecientes a cualquiera de los reinos (mineral, vegetal, animal) son portadoras de una parte de la Vida, y, como tales, deben ser respetadas en su sentido profundo.

Como vimos anteriormente, el ser humano tiene la misión de administrar a las demás criaturas, pero no de dominarlas. La administración se caracteriza por la convivencia inteligente con ellas; la dominación por la explotación irracional de las mismas. En este sentido, la conversión de la Naturaleza, más que una actitud romántica, se constituye en una actitud de respeto por todas las formas de vida. La actitud de dominación de las criaturas se manifiesta especialmente en el desperdicio del consumismo. Por eso, la reconciliación del ser humano con su medio ambiente sólo es posible por medio de un cierto ascetismo.

Transformarse en hermano y hermana de todos y de todo

La lucha en favor de la ecología pasa por un modo nuevo de ser frente a las criaturas, pero sobre todo por un nuevo modo de ser ante los seres humanos. La fraternidad, o será total, y por lo mismo extensiva a todos los seres humanos, o no será fraternidad. Pues es a través de las cosas como se da el dominio del hombre sobre el hombre. Es curioso que todos los Imperios se construyeron sobre este doble fundamento: dominación sobre las riquezas de los otros y consecuente dominación de los otros. En la medida en que el hombre se crea con derecho a reinar sobre las cosas, se creerá también con derecho de apropiarse de ellas y de reinar sobre sus semejantes más débiles. Por eso, la degradación no existe sólo a nivel ecológico. La degradación ecológica pone al descubierto la degradación de los hombres entre sí.

Liberarse de los engranajes del sistema

Ya insinuamos varias veces que el egoísmo, el lucro y la embestida predatoria del medio ambiente no son los únicos ni los principales responsables de la dilapidación del medio ambiente. O, mejor, estas actitudes individuales o de grupo reflejan sólo una actitud propia de un sistema socio-económico y político de dominación. Hoy, el problema del sistema socioeconómico se torna aún más grave: este sistema no tiene contrincantes hoy; y por eso mismo, impone implacablemente sus dogmas económicos y sociales.

El esquema económico implantado no está regido por las necesidades reales de la población; muy por el contrario, genera necesidades artificiales, dejando sin respuesta a las reales. Produce, sobre todo, lo que interesa a las naciones y grupos dominantes. El creciente número de personas que viven en pobreza absoluta a la sombra de los grandes parques industriales es un vivo testimonio de su iniquidad. Por eso insistimos en la tesis de que la crisis ecológica esconde una crisis ética, socio-económica y política, generada por las injusticias tanto a nivel nacional como internacional.

El problema es también técnico

Hoy, cuando muchos ya hablan de postmodernidad, queda más evidenciada que nunca la ambivalencia propia de la tecnología y del mundo que ella ayudó a crear. Si, por un lado, la tecnología ayudó a abrir nuevos caminos para la humanidad, por otro, profundizó los mecanismos de explotación de los más débiles por parte de los más fuertes. Al servicio de una ideología saqueadora, la tecnología se transformó en la responsable inmediata de la degradación del medio ambiente. Y es que la tecnología no es neutra: ella implica una concepción de vida, de mundo y de sociedad.

Pero, dicho esto, tampoco podemos caer en la tentación de una vuelta atrás. La tecnología es imprescindible para responder a los anhelos humanos. Por eso, si denunciamos actualmente la dirección que ha tomado, esto significa exactamente que debe tomar otro rumbo. Una tecnología adecuada conseguirá al menos aminorar los efectos negativos de la producción. Una política socio-económica que se ponga al servicio de la humanidad llevará, por ejemplo, a una colectivización de los transportes y a una descentralización de las industrias, los dos grandes responsables de la polución. En la misma dirección se encuentra la sustitución de las formas de energía duras por las blandas, que, además de no ser contaminantes, dependen de los flujos de energía renovable, tales como los vientos, el sol, las mareas, y otros 41. Ya aquí se puede percibir que la misma tecnología que destruye, podría orientarse en otra dirección. Dentro de los presupuestos de una conversión ética no hay que excluir la posibilidad de una conversión del uso de la técnica.

Caminos hechos y caminos por hacer

No obstante que el panorama ecológico es extremadamente inquietante, no hay por qué negar la existencia de una contrapartida. Justamente, en vista de la gravedad de la situación, al menos teóricamente, ciertos postulados básicos de un cambio necesario son siempre más aceptados. Enumeremos algunos:

utilización más racional de los recursos de la Naturaleza;

respeto por la vida en todas sus formas;

necesidad de reconstruir lo que ha sido destruido;

superación del romanticismo;

superación de soluciones mágicas, elucubradas por algunos expertos.

Poco a poco va tomando forma también la idea de que la crisis ecológica es una crisis de civilización, una crisis de valores, una crisis de las relaciones humanas 42.

La crisis de civilización

Ya en la primera parte hicimos ver que hay una conciencia siempre más generalizada de que la crisis ecológica no dice relación sólo con las diversas formas de contaminación. Poco a poco fue quedando en claro que esto no pasa de ser un síntoma de algo más amplio y profundo 43. Pero esta constatación permite también pensar en la posibilidad de remedios intra-sistémicos. Quienes perciben la crisis ecológica como una crisis de civilización van más lejos: estamos ante un fracaso inequívoco de los intentos de la humanidad por organizar su "casa" en base al "progreso" 44. Eso significa no sólo constatar el fracaso de las relaciones seres humanos-creación, sino el fracaso de los sistemas económicos, políticos y sociales vigentes hasta ahora. Ya no es posible sustentar cualquier tipo de antropocentrismo exacerbado, ni soportar la dictadura de los intereses económicos, ni tampoco la dictadura de una política elitista 45.

La crisis de valores

Con razón se sitúa a veces la crisis ecológica en términos de cultura 46 Una cultura traduce todo un modo de pensar y de ser: valores, prácticas, tradiciones, simbolismos, hábitos que se fueron imponiendo en nombre del progreso, y que ahora se revelan como antivalores. Ahora bien, esto es lo que se evidencia como falencia de una cultura, principalmente la que predomina en el mundo construido por la técnica. La técnica, tal como es concebida y utilizada, lleva consigo una mentalidad utilitaria, dilapidadora, de producción y consumo sin límites, de prepotencia 47.

El desenmascaramiento de los "valores" generados por el tipo de civilización que hemos descrito hace emerger una serie de otras posturas más consonantes con la tarea del hombre en la organización de su "casa". Si la humanidad quiere poner orden en su "casa" es necesario que pase de las preocupaciones cuantitativas a las cualitativas; de la competitividad a la complementariedad; de la política de dominio a la política participativa; de la rivalidad a la colaboración 48. Y esto presupone que se tome conciencia de que las preocupaciones ecológicas apuntan directamente a unas relaciones humanas nuevas.

Nuevas formas de relación humana

Ya nos hemos referido en varias ocasiones a las dimensiones políticas de los problemas ecológicos. A primera vista, los problemas ecológicos denuncian sólo la explotación indebida de los recursos de la tierra. Pero, de hecho, denuncian también unas relaciones humanas basadas en el poder de los más fuertes. Puesto que este punto de partida lleva al quiebre del medio ambiente y de las sociedades construidas hasta el presente, la lógica nos obliga a buscar otro punto de partida: los intereses de la muchedumbre de los empobrecidos.

Situarse en otro punto de partida suscita algunas preguntas perturbadoras: ¿qué civilización?, ¿qué valores?, ¿qué economía?, ¿qué sociedad?, ¿qué política? Son cuestiones demasiado complejas para ser abordadas aquí. Por lo demás, ya lo fueron en los últimos años a través de la Teología de la Liberación. Como observa alguien 49, "...hoy debemos elegir entre la muerte y la vida, entre la destrucción y la utopía de una nueva tierra, contra lo que existe y en favor de lo que debe ser. Apostamos por la creación de una nueva forma de relaciones, una nueva calidad de vida, una nueva relación entre los seres humanos y el ambiente natural, entre los propios seres humanos".

Ahora bien, semejante afirmación presupone intentar lo que nunca se intentó. Significa adherirse al plan de Dios, no a los de los hombres; a la vida, no a la muerte; al ser, no al tener; al trabajo, no al capital; a lo necesario, no a lo superfluo; a lo natural, no a lo artificial; a las micro, no a las macro-estructuras. Pero eso sólo será posible en la medida en que los empobrecidos vayan conquistando su lugar y tengan voz, tanto en el planteamiento de las cuestiones como en la búsqueda de soluciones. Desgraciadamente, "el logos científico está anulando al logos filosófico, teológico y estético" 50. Y deberíamos agregar: al LOGOS, simplemente. La crisis ecológica sólo será superada cuando ese LOGOS sea todo en todas las cosas.

Es verdad que en gran parte nos encontramos aún al nivel de las ideas, y que las prácticas todavía son diferentes. Con todo, no hay que olvidar que muchas revoluciones profundas nacieron de las ideas. Y la fuerza con la que se va imponiendo una nueva conciencia ecológica nos permite presuponer que las consecuencias prácticas no tardarán demasiado.

LA TAREA FRANCISCANA

Hasta aquí nuestra preocupación fue la de lanzar las bases para una postura teológica y ética, capaces de motivar una praxis diferente en términos ecológicos. Aunque la tarea de construir un nuevo cielo y una nueva tierra no es, evidentemente, exclusiva de la familia franciscana, no hay duda de que esto es una parte esencial de nuestro carisma. El hecho de que san Francisco sea el patrono de la Ecología, por sí solo, ya constituye una interpelación vehemente para quienes se dicen sus seguidores. Y, a estas alturas, en un tiempo en el que tanto se habla de profetismo, es cuando los seguidores y seguidoras de Francisco deberían convertirse cada vez más en voces proféticas, y resonar en los oídos de sus contemporáneos: ustedes abandonaron los caminos del Señor... Esto es la causa de todos los males que están ocurriendo.

Pero el profetismo no se limita a la denuncia. Se propone, principalmente, "abrir caminos". En este doble sentido, de denuncia y anuncio, y parafraseando a la Alianza, vamos a describir los marcos que nos parecen más importantes, de alguna manera ya señalados en las reflexiones anteriores. Por razones obvias, ofreceremos aquí sólo unas pautas que posteriormente podrán ser más desarrolladas.

Correspondería, pues, a la Familia franciscana revelar al mundo de hoy quién es el patrono de la Ecología; mostrar al mundo al Padre de todas las criaturas; delinear los rasgos característicos de un nuevo ser humano, denunciar el pecado que mina todas las relaciones humanas; superar las diferencias; administrar los conflictos; desvelar los valores fundamentales; valorar y anunciar las conquistas ya realizadas; animar en la búsqueda de soluciones alternativas; anunciar un nuevo cielo y una nueva tierra como posibilidades reales.

He aquí un hombre

Como es sabido, el sentido profundo de todas las cosas se revela y vive en el seguimiento de Cristo, "primogénito de toda criatura" 51. San Francisco no es sólo un poeta de la Ecología. El nos ayuda entender mejor, no sólo el sentido profundo de todas las criaturas, sino también la raíz más honda de los problemas ecológicos actuales. Hay, ciertamente, en san Francisco una profunda dimensión poética que pone en vibración todo su ser ante la Creación 52. Por eso, decir que él fue sólo un poeta sería afirmar muy poco, y olvidar aspectos decisivos de sus personalidad. Como, sobre todo, sería empobrecer su testimonio si lo encaráramos como el primero de los románticos, en la medida en que no proyectaba su "yo" sobre las criaturas, sino que las acogía reverentemente en lo más íntimo de su ser. La raíz de la experiencia religiosa de Francisco, vivida a partir de las criaturas, era la experiencia de Dios como Padre común, en el cual tienen origen todas las cosas.

Para él, la paternidad de Dios no era un frío dogma surgido de un raciocinio, sino una experiencia afectiva profunda 53. Esta experiencia lo llevaba a una verdadera fusión con el cosmos. A partir de esta experiencia de un Padre común, que dejó y continúa dejando sus huellas divinas hasta en las más ínfimas criaturas, es como Francisco contemplaba a todas las cosas con tiernísimo afecto de devoción 54, y "se sentía arrastrado por ellas con singular y entrañable amor". Y en esta conciencia de la Paternidad, san Francisco se inspira para entonar el "Cántico de las Criaturas", que revela una mística sin par. Desde esa experiencia del Padre común, san Francisco se sentía, no dueño, sino hermano de todas las criaturas. De esta manera, todo el universo era para él la hermosísima casa del Padre, en la que todos debían vivir como hermanos y hermanas.

En esta misma línea, toda la escuela franciscana, y toda una espiritualidad que tiene su origen en la Edad Media, ve el cosmos como un espejo que refleja las huellas del Creador. El ser humano, calificado como "pequeño mundo" (microcosmos), debe abrirse al "gran mundo" (macrocosmos), a través de las puertas de los sentidos 55. A través del gran mundo es como el pequeño mundo llega a sus orígenes. Reflejando un poco el modo de ser de los orientales, mucho más contemplativos, también en Occidente estas corrientes de espiritualidad son filones de buen sentido dentro de un océano de racionalismo técnico-científico.

He aquí nuestro Dios

Continuamente vemos surgir nuevas teorías sobre la creación del mundo. Nada hay de malo en esto. Pero es una pena que, en el fondo, estas teorías siempre tratan de explicar lo inexplicable al margen de una perspectiva de fe. Esta es también la falla de todos los movimientos secularistas y secularizantes. Es el antropocentrismo que está en el ambiente, sin aquel primer y decisivo punto de apoyo. Ningún punto de partida parece ser mejor que el de san Juan, tan bien asumido luego por la escuela franciscana: Dios es Amor; el amor nunca está volcado hacia uno mismo: tiende a manifestarse, a expandirse. Y así es como el mundo, en su totalidad, aparece como una posibilidad, no sólo de existir, sino de plenificarse en el amor.

Desvelar el misterio del ser humano

Previamente a la expansión hacia las criaturas, es necesario visualizar aquel principio del prólogo de san Juan y del cuerpo paulino: "En el principio era la Palabra...". La Palabra es comunión-comunicación al mismo tiempo. La Palabra es lo divino que se hace humano, y lo humano que posibilita la divinización de lo humano. Aquí se encuentra el tramo de unión, el puente. Pero no sólo un puente entre un Dios que envía a su Hijo, sino también el puente entre el mismo Dios y los demás seres humanos. Dios no sólo envía a su Hijo: él envía también a todos los demás hijos e hijas; y esto, de tal manera que nadie llega a este mundo por casualidad; nadie queda afuera, en la reserva: ningún pueblo, ninguna raza, ninguna religión, ningún hombre, ninguna mujer.

La misión es al mismo tiempo personal y colectiva: el desafío presentado por la Creación sólo puede ser llevado a buen término por millones de manos... a lo largo de todos los tiempos. Si alguna persona se sitúa afuera, la solución será incompleta... Como también será incompleta si se deja de lado alguna de las piezas que componen el pesebre de la Creación: los animales, las plantas, las piedras, la arena, el agua... los múltiples elementos de la Naturaleza. Cada uno de ellos tiene su lugar, tiene su sentido. Ignorar esto es caer en el pecado. Y esto es lo que debe ser denunciado.

Denunciar el pecado

En términos de denuncia, es necesario tener en cuenta que existen denuncias estériles y denuncias llenas de sentido. Es estéril toda denuncia desvinculada de un anuncio. Es fecunda la denuncia que se da en el propio anuncio. Directamente, Jesús denunció poco. Pero detrás de cada anuncio suyo había una denuncia explícita.

Tratándose del pecado, la denuncia se torna aún más problemática: denunciar, ¿a partir de dónde? Desgraciadamente, existe un tipo de teología del pecado que los reviste de poca credibilidad: es el pecado desvinculado de la historia de las personas; es el pecado objetivado; el pecado "en sí" mismo, abstracto. Sobre todo es poco convincente denunciar el pecado desvinculado de la historia humana, sin un mínimo de vinculación con los mecanismos alimentadores del pecado. La denuncia fecunda del pecado sólo puede darse en un contexto de concientización, en el que intervienen, al mismo tiempo, mecanismos políticos, culturales, ideológicos, económicos, y mecanismos grupales y personales de perversión. La verdadera denuncia del pecado nunca articula lo macro sin lo micro; ni lo micro sin lo macro. Nunca puede articular solamente lo espiritual y lo trascendente, como tampoco sólo lo material y lo inmanente. La buena teología del pecado presupone siempre una buena antropología. Y una buena antropología presupone siempre una buena cristología...

Valoración de las diferencias

La padronización es una de las tónicas del mundo actual. En un primer momento, esto puede parecer un avance: el mundo va siendo uno solo. Con todo, bien analizada, la padronización comienza a configurarse como uno de los signos más evidentes de dominación. El resurgimiento de los nacionalismos, por más llamativo que pueda parecer, en el fondo revela una denuncia muy fuerte, y un fuerte deseo de salvar la originalidad de las culturas.

Los debates en torno a la "nueva evangelización" deben ser entendidos en este contexto. Lo que está en juego es la búsqueda de la unidad de fe, pero en la pluralidad de sus expresiones. Esta fue una de las preocupaciones de la Iglesia naciente y es una de las preocupaciones de la Iglesia actual. Mantener la originalidad de los carismas es también uno de los grandes desafíos cuando la Vida Religiosa busca insistentemente el diálogo intercongregacional, pero manteniendo las diferencias.

Todo esto parece alejado de la problemática ecológica. Sin embargo, como lo vimos anteriormente, aquí se juega una carta decisiva en las relaciones humanas: el desequilibrio ecológico es, en gran parte, el resultado de la pérdida del sentido de las diferencias que marcan a cada ser. Testimoniar la posibilidad de una comunión profunda en medio de las diferencias es una de las tareas primordiales de la Familia franciscana hoy en relación con la Ecología. Pero esto presupone una sabia administración de las tensiones y conflictos propios de toda existencia en el universo.

Ayudar en la solución de los conflictos

Con razón se habla de grandes rupturas que están ocurriendo en la sociedad, en la Iglesia y, consiguientemente, también en la Vida Religiosa56. Son transformaciones profundas, normalmente efectuadas en un corto espacio de tiempo y, por esto mismo, difíciles de ser inmediatamente asimiladas. En este contexto, vivir como hermano y hermana parece una utopía por demás distanciada de la realidad.

Evidentemente que la Vida Franciscana no puede escapar a este contexto conflictivo. Son concepciones opuestas de fondo. Sería una ingenuidad atribuir estos conflictos simplemente a desequilibrios personales, o peor aún, a la eventual mala voluntad de personas o grupos 57. De alguna manera, la conflictividad es sinónimo de vitalidad. Sucede, sin embargo, que si no son debidamente elaborados, estos conflictos pueden significar la muerte de una Institución o de una sociedad.

El momento histórico actual, si, por un lado, revela éxitos extraordinarios en la solución de algunos conflictos; por otro, parece incapaz de encontrar una salida para muchos otros que se mantienen, y aun se multiplican. Y si los analizamos más despacio, difícilmente estos conflictos dejan de traducir un problema de valores.

Apostar por los valores fundamentales

En la medida en que se tiene una visión amplia de los problemas ecológicos, no se puede dejar de percibir que ellos son el resultado de decisiones humanas inadecuadas. Y estas decisiones inadecuadas apuntan a opciones de fondo resultantes de una verdadera inversión en la escala de valores. La llamada modernidad se caracteriza, en gran parte, por haber perdido, o dejado en la sombra, las referencias humanas básicas. Cuando el Evangelio nos dice que es necesario buscar primero el Reino de Dios, está recordando algunos valores sin los cuales la casa de la humanidad se torna inhabitable: la apertura a la trascendencia; la búsqueda del sentido último de la vida y de las cosas; la conciencia de la filiación divina; la consecuente búsqueda de fraternidad; el compartir; el respeto por lo diferente, y otros. Y aquí, nuevamente, se pone de manifiesto el papel de la Vida Franciscana: por vocación propia debe vivir y apostar por estos valores, fundamentales no sólo para la convivencia entre los seres humanos, sino también de éstos con los demás seres creados.

Asimilar y propagar las conquistas

Una de las tentaciones de quien se preocupa por la Ecología consiste en perderse en medio de las sombras del pesimismo. Todo parece más o menos comprometido: medio ambiente en gran parte destruido, relaciones humanas cada vez más deterioradas; en fin, la catástrofe total. Quien parte de una visión de fe nunca podrá ser ingenuo, dando lugar a un optimismo fundado en soluciones mágicas, que no requieren mayor esfuerzo humano. Pero también, desde la fe, no se puede menos de reconocer que en estos últimos años se han realizado conquistas significativas. Y esto tanto en la línea de una toma de conciencia como en medidas prácticas. Sólo que estas conquistas no siempre son tenidas en cuenta ni difundidas.

Animar en la búsqueda de soluciones alternativas

La reversión del proceso destructivo de la Naturaleza presupone avances tecnológicos; sólo que éstos deben partir de otra escala de valores y orientarse en otra dirección. Esto exige igualmente técnicas alternativas, especialmente en lo que se refiere a la energía. Con todo, después de lo que hemos visto en términos de valores, es cada vez más evidente que el nudo de la cuestión es, antes que nada, ético. Sin nuevos referentes y nuevas posturas éticas, las técnicas, aun alternativas, no pasarán de ser paliativos. En términos teológicos, lo que se impone es un verdadero proceso de conversión: pasar de ser "señor" a ser administrador; pasar de ser dominador a ser hermano y hermana.

Anunciar la posibilidad de nuevas relaciones

Desde el comienzo venimos insistiendo en que el mayor inconveniente del problema ecológico consiste en el deterioro de las relaciones humanas. Nadie entendió y vivió mejor esto que san Francisco de Asís, con razón proclamando patrono de la Ecología. Sólo puede existir fraternidad humana si existe una fraternidad con todas las criaturas; y sólo se puede dar esta fraternidad realmente universal si todos los seres humanos asumen su condición creatural. Dios, como origen común de todo lo que existe, es el único punto de partida para la conquista de nuevas relaciones humanas. Entre tanto, es necesario confiar, en la fe, que si los seres humanos desempeñan su papel con sabiduría, estas nuevas relaciones son perfectamente posibles. Y es exactamente ésta una de las tareas de los seguidores de Francisco: anunciar y testimoniar una nueva humanidad y una nueva fraternidad universal, no como vaga utopía, sino como posibilidad real. Recolocar en orden la casa que el Padre confió a todos, ciertamente exigirá mucho esfuerzo, pero valdrá la pena: puede convertirse en un pre-anuncio de la morada definitiva que el Padre prepara para los que le aman.

NOTAS

1 Cfr. Bandeira, R., Polusao. A doenfa da terra. Vozes, Petrópolis, 1977; Antunes, C. Una aldeia cm perigo. Os grandes problemas geográficos do século XX Petrópolis, Vozes, 1973.

2 CE Gudynas y Evia, G., La praxis por la vida. Introducción a las metodologías de la Ecología social. CIPFE CLAES NORDAN. Montevideo. 1991, pp. 265271, donde se encuentra un vasto y actualizado elenco bibliográfico.

3. De los años '70 podríamos destacar las siguientes obras de cuño teológico: Appendino, F, Ecología, en: Dizionario Enciclopédico di Teología Morale, Roma 1974. E. Paoline, 312-314; Derr, T.S., Ecologie et Liberation humaíne. Ginebra. Labor et Fides, 1974; Altaner, G. Schópfung am Abgrund. Die Teologie vr. der Umweltfrage. Neukirchen. Vluyn, 1977; De los años '80: Joranson, P/Bittigan, K. (Ed.) Cry of the environment. Rebuilding the Christian 7Yadition Creation. Santa Fe, Bear & Company, 1984; Moser, A. O Problema ecológico e suas implicaqóes éticas. Petrópolis. Vozes. 1983. Varios Autores, Cultura, Etica y religión frente al desafío ecológico. En Cuadernos "Peregrinos". Montevideo, CIPFE, 1 (1989).

4 Cf Moser, A., Ecología: desafió teológico y ético. En Revista Vozes, Petrópolis, 1979, 40 s.; Boff, L., La espiritualidad franciscana frente al desafío del desequilibrio ecológico. En: Vida Espiritual, 1976, pp. 50-51.

5 Cf. Dorst, J., Avant que la Nature meure. Neuchatel, 1965; Dajoz, R., Precis d'ecologie. Paris, Dunod, 2' Ed., 1971. Trad. portuguesa: Ecología Geral, Petrópolis. Sao Paulo, Vozes/USP, 1983; Overhage, P., Ecología humana. A tragedia da poluqáo. Petrópolis, Vozes. 1971.

6 Cf Moser, A., Teología Moral. Desafíos actuales. Petrópolis. Vozes, 1991, pp. 137ss.

7. Cf. Langer, A. Questione ambiente. Una política dell'ambientalista. En: Riv. di Teol. Mor., 85(199), 21ss.

8 Cf Derr, • TS., ob. cit. p. 193.

9 Id., ¡bid., p. 171s.

10 Cf. Carbiener, R., Ecologie, science de 1'economie de la Nature et ses implications. En: La Nature, ¿a-t~ elle- un sens? Civilization technologique et Consciencie chretien devant I'inquietude ecologique, CERIT Strasburg, 1980, p. 93. Aquí el autor muestra la ingenuidad científica que se esconde detrás de los términos como éstos: " la técnica". "el progresó", " la ciencia", "el hombre moderno".

11 Cf. Rizzi, A "Oikos". La Teología di fronte al problema ecológico, Il. En: Rassegna di Teología, 2 (1989), 145 (marzo-abril), pp. 148s.

12 Cf. Bilger, T , Le choix economique. En: La Nature ¿at-elle un sens...?, ob. cit. p. 164. En la página 165 el autor refuta la siguiente frase de un economista anónimo: "El problema de la polución y del medio ambiente no es otra cosa que una simple cuestión de corregir un ligero desvío de la utilización de los recursos...".

13 White, L., The historical roots ofour ecological crisis. Science, 155 (1967), 1203-1207.

14 CL Auer, A., Umwelt Ethiczein Theologischer Beitrag zur tikologischen Diskussion. Düsseldorf, Patmos, 1985, p. 203s. Decke, S., Anthropozentric oder Eingenwert der Natur. En: Okologische Theologie. Perspektiven zur Orientarunk Stuttgart, Kreuz, 1989, p. 277s.

15 Cf. Mayer, K.N., Aufstand fr die Natur Von der Umwelt zur Mithvelt. Hanser, 1990.

16 Cf Gudynas, E. Etica..., p. 189.

17 Cf Derr, TS., ob. cit., p- 189.

18 Cf Gudynas, E., Etica..., ob. cit. lug. cit.

19 Cf Minc, C. Como fazer movimento ecologico e defender a naturaleza e as libertades. Petrópolis/Río/ IBASE, 1985, p. 20s. Lima, M.J.A. Ecología humana. Realidade e pesquisa. Petrópolis. Vozes, 1990, p. 39s. Hestrom. Somos parte de un gran equilibrio. San José de Costa Rica. Dei, 1985, p. 88.

20 Cf. Derr, TS., ob, cit., p. 192.

21 Cf. Gudynas, E. Ut supra.

22 Cf. Regidor, J.R., Justicia social y justicia ecológica. En: Varios Autores, Cultura, ética y religión, ob, cit., p. 104.

23 Cf. Engel. Ecology and social justice: the research for a public enveronmental ethics. En: Coperland W/Hatch, R. (ed.), Introduction tou religious social ethica. Erlich, P. R. Mercer Univ. Press, 1986.

24 Cf. Moser, A, Teología Moral: desafíos. Petrópolis, Vozes, 1991, p. 143.

25 Cf. Martins, J.P.S., Ecología ou morte. Os cristáos e o meio ambiente. Sfio Paulo. FTD, 1987.

26 Cf. Berthouzoz, R. Environment. Creation. Etique. En: Le Suplemente, 169 (1989), p. 59.

27 Gutiérrez, G., Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Lima. CEP, 1987, p. 164.

28 Cf Moser, A. Teología moral: desafíos atuais, ob. cit., p. 142.

29 Cf Kerber, G. Una teología a favor de la vida y la liberación. En: Crisis. Ecología y justicia social. Cuadernos "Peregrinos" 2, CPFE, Montevideo, 1991. 9-15; Gudynas, E/Evia, G., ob. cit.

30 Cf Ganosczy, A., Theologie de la nature. París, Desclée, 1988; Derr. TS./ ob, cit., p. 59s; Siegwalt, G., La doctrine hihlique dans la Creation. En: La Nature, ¿at-elle un sens? CERIT Strasbourg, 1980, pp. 27-33.

31 Cf Moser A., ob, cit. p. 145.

32 Cf Purcher, P.K. La cultura y los valores: crisis ecológica, crisis de los valores? En: Cultura, Etica y Religión..., ob. cit., p. 73-91.

33 Cf. Moser, A., ut supra, p. 145s.

34 Id., ¡bid., 147.

35 Cf. Moser. A., Pecado social en chave latinoamericana. En: Temas latinoamericanos de Etica. Teología Moral 3 Aparecida. Santuario, 1988, pp. 79-89.

36 Moser. A. O problema ecológico e suas implicaFÓes éticas, ob. cit., p. 44.

37 Cf. Stegewal, G. La crisis ecologique, un defi pour la pensée, pour la foi et pour la praxis. En: Le Suplement 169 (1989), pp. 89-99.

38 Cf. Moser, A. A Teología Moral: Desaros, ob. cit.. p. 147s.

39 Id., ibid. p. 143s.

40 Cf. Moser, A. O problema ecológico, ob. cit., p. 64s.

41 Id., ¡bid., p. 72.

42 Cf. Moser, A. A Teología moral: Desalios, ob. cit., p. 153s.

43 Cf. Moser, A. O problema ecológico, ob. cit.. p. 46s.

44 Cf. Kiss, A.C., Vegeris, E., Ecologie et ethique. Pour une nouvelle échelle de valeur. En: La Nature ¿a-t-elle un sens? ob. cit., p. 171.

45 Id. ibid., p. 172.

46 Purcher, P.K., ob. cit. pp. 77-91.

47 Cf. Moser, A. O problema ecológico, ob. cit., p. 70.

48 Cf. Moser, A., Teología Moral: desafíos, ob. cit. p. 156.

49 Hedstrom, J., ob. cit. p. 106.

50 Cf. Merino, J.A. Humanismo franciscano y religión. En Cultura..., ob. cit.

51 Cf. Moser, A. O Problema ecológico, ob. cit., p. 59.

52 Id., ¡bid., p. 61.

53 Cf Boff, L., A neomodernidad de San Francisco. Revista Vozes. Petrópolis. Junio-Julio, 1975, 339.

54 Cf. Celano, T Vida de Sáo Francisco. II, c. 19, parr. 134, n. 165.

55 Cf. Itinerario do Cosmo ao Omega (Sáo Boaventura e Teilhard de Chardin), Vozes, Petrópolis, 1968. 60s.

56 Cf. Linanio, J.B. As grandes rupturas socioculturais e eclesiais. Petrópolis, CRB/Vozes, 1988.

57 Id. ibid.. sobre todo pp. 167s.

Cuadernos Franciscanos, Chile, 1992, N° 99