EL DESIERTO

Divagues sobre el encuentro en soledad

Jerónimo Bórmida

 

Una experiencia de desierto

Hacer una experiencia de desierto es armarse de coraje para arriesgar un encuentro con Dios. Es animarse a correr la aventura de Moisés, de Elías, de Juan Bautista y del mismo Jesús. Salir de la esclavitud de lo cotidiano para buscar la libertad que Dios ofrece, implica siempre un riesgo y un aprendizaje.

En el pueblo y en sus líderes que caminaron 40 años por el desierto buscando patria y libertad se inspiraron los padres y las madres del desierto de los primeros siglos de la iglesia y siguen hoy ilusionando a muchos cristianos y cristianas que buscan una soledad poblada de presencias. El hombre y la mujer de nuestra sociedad, más que nunca, necesitan espacios de soledad y silencio, para encontrarse consigo mismo y con Dios.

La palabra desierto evoca arenales, dunas, es sinónimo de agreste, deshabitado, árido, comunes en la geografía bíblica. En nuestro mundo lleno de ciudades pensamos en espacios (tiempos, lugares, estados sicológicos) donde el ser humano se retira para encontrarse consigo mis­mo y con Dios, para descubrir cuál sea el proyecto de Dios para él, o más simplemente cuál sea su proyecto para sí mismo.

Pero tanto en la experiencia bíblica como en la historia de la iglesia el desierto es también e inevitablemente un tiempo-espacio pa­ra la lucha. Es el momento de la prueba. La tentación es la prueba que demuestra nuestra capacidad para el combate. Es una especie de entrenamiento para el combate cotidiano contra las seducciones de los malos espíritus. Es el horno que acrisola el metal para purificarlo de todas las escorias.

El hombre se ha empeñado en desertificar el planeta. El desierto se ha ido convirtiendo en su hábitat normal. La sociedad actual se ha convertido en un desierto espiritual, tiempo-espacio sin vida, donde Dios parece ausente. El desafío es volverse capaz de reconocer en ese desierto la presencia de Dios.

El desierto no es lugar para instalarse, es un espacio para atra­vesar. En la experiencia del desierto hay que tener coraje para avan­zar, siempre. Evitando la tentación de volver atrás por miedo a los peligros, de añorar la seguridad que nos ofrece de la es­clavitud de Egipto prefiriéndola al riesgo de la aven­tura de aprender a vivir como libres.

En el desierto hay que seguir atreviéndose: allí se encuentra el monte Horeb, el monte de la revelación, del diálogo con Dios y para poder escalarlo hay que ir muy ligero de equipaje, hay que ate­nerse a lo esencial.

Hay un precioso librito que relata la Alianza de Francisco con la Iglesia de Cristo, el Sacrum Commercium. Francisco constata que en la ciudad, dentro del sistema nadie entiende su propuesta de iglesia pobre y evangélica. Los pobres e ignorantes no entienden de qué está hablando y los ricos y sabios juzgan que están ante una herejía.  

Entonces sale de la ciudad, del siglo, como dice él mismo en su Testamento. Dice Buenaventura en su Leyenda Mayor Desembarazado ya el despreciador del siglo de la atracción de los deseos mundanos, deja la ciudad y  - libre y seguro -   se retira a lo escondido de la soledad para escuchar solo y en silencio la voz misteriosa del cielo. (2,5)

Narra el Sacrum Commercium que cuando Francisco sale de la ciudad preguntando por la Iglesia de Cristo, esposa pobre de Cristo pobre, se encuentra con dos ancianos (¿Antiguo y Nuevo Testamento, Moisés y Elías, Ley y profetas?) que le indican el monte donde mora Dama Pobreza, la Iglesia verdadera de Cristo.

Francisco elige a algunos compañeros fieles y con ellos llega rápidamente al pie del monte, alto y agreste, tanto que sus compañeros se preguntan: ¿Quién puede subir a este monte quién será capaz de alcanzar su cima?  Francisco sabe que es estrecho el camino y angosta la puerta que lleva a la  vida, y que son pocos los que dan con ella y la fuerza del poder Dios allanará toda dificultad.

Para ser capaces de subir tienen que deponer la carga de la propia voluntad y echar por tierra el peso de los pecados, olvidarse lo que queda atrás y lanzarse hacia lo que está delante.

Dama Pobreza, iglesia de Cristo ‑que estaba en la cima de la montaña‑ no salía de su asombro al divisar a estos hombres que subían con tanta agilidad, es más, que volaban, se decía que hacía tiempo que veía escaladores tan ligeros desprovistos de toda carga.

En el capítulo 6 de Marcos vemos a Jesús que envía a los Doce y los envía de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.  No tienen que llevar nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en el bolsillo y vestido con lo imprescindible. Predicaron, expulsaron demonios, ungían con aceite a mucho enfermos y los curaban (Mc  6, 7-12).

Cada uno de nosotros hizo esto y mucho más: celebramos la liturgia, predicamos, somos padres y madres de familia, trabajamos, estudiamos, fuimos educadores y médicos.

Entonces llega el momento de reunirnos con Jesús y contarle todo lo que hemos hecho. Jesús entonces nos dice: Vamos a un lugar aparte, a un lugar solitario, para conversar un poco. Como nuestras actividades no nos dejan tiempo ni para comer es necesario ir con Jesús a un lugar solitario (Mc 6,30-33).

El desierto interior

Cuando Antonio, el padre del desierto por excelencia, seguía buscando otros espacios más desafiantes oyó una voz que le decía: "Antonio, ¿a dónde vas y porque?". Contestó: las multitudes no me permiten estar solo, quiero irme a la Alta Tebaida, porque son muchas las molestias a las que estoy sujeto aquí, y sobre todo porque me piden cosas más allá de mi poder. La voz le dice que vaya donde vaya tendrá el doble más de molestias que soportar y que si realmente quiere estar consigo mismo, entonces tiene que ir al desierto interior.

No nos es fácil encontrar lugares ideales, tiempos óptimos. Como el Abba Antonio, si realmente queremos estar con nosotros mismos en compañía de Jesús, entonces vayamos a nuestro desierto interior; tengamos en nuestro habitat normal un encuentro con el Padre de Jesús.

Busquemos un lugar que nos resulte agradable, propicio para hablar con Dios, desde un altillo, un sótano, la playa o una plaza de la ciudad. Una plaza, una avenida, pueden ser también lugares solitarios según la capacidad del orante de estar en silencio interior. La gente, el ruido, pueden ser vehículos, no obstáculos para la contemplación.

San Buenaventura en su Itinerario  dice que la primera condición Para encontrar a Dios en el desierto de la ciudad es desear ardientemente la contemplación de Dios en sus vestigios, en el resplandor de sus espejos, que son todas y cada una de las cosas creadas.

La inteligencia tiene que estar acompañada por la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada.

La experiencia del encuentro con Dios en la ciudad es posible para los humildes y piadosos; los compungidos y devotos, a los ungidos con el óleo de la alegría y amadores de la divina sabiduría e inflamados en su deseo. Es posible a todos los que quisieren ocuparse libremente en ensalzar, admirar y aún gustar a Dios, recordando que de poco o nada sirve el ejercicio si el espejo de nuestra alma no se hallare terso y pulido.

El que con tantos esplendores de las cosas creadas no se ilustra, está ciego: el que con tantos clamores no se despierta, está sordo; el que por todos estos efectos no alaba a Dios, ése está mudo; el que con tantos indicios no advierte el primer Principio, ese tal es necio.

Abre los ojos, acerca los oídos espirituales, abre los labios y aplica tu corazón para en todas las cosas ver, oír, alabar, amar y reverenciar, ensalzar y honrar a tu Dios, no sea que todo el mundo se levante contra ti.

Una vivencia de desierto puede ser un encuentro solitario con el Señor ayudado por todas sus creaturas.  

El desierto, lugar del primer amor

En el Antiguo Testamento Dios derrama en el desierto las riquezas de su corazón al pueblo predilecto. Especialmente entre los profetas el desierto está asociado al noviazgo y a las bodas, es el lugar del pac­to nupcial de la alianza del hombre con el esposo/a Dios. Oseas y Jeremías vieron en el desierto el tiempo del primer amor entre Yahvé e Israel.

Ve y habla a la ciudad de Jeru­salén; grita para que lo oiga bien: ¡Así dice el Señor! recuerdo que cuando eras joven, me eras fiel; que cuando te hice mi esposa, me amabas y me seguiste a través del desierto, tierra donde nada se cultiva (Jer 2,2).

El profeta Oseas, en términos matrimoniales, habla de la infidelidad conyugal del Pueblo, pero el amor del amante Dios es más fuerte que toda traición de la amada: Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Allí ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto (Os 2,14ss). Yo  soy Yahveh, tu Dios, Yo te conocí en el desierto, en la tierra ardorosa (Os  13, 4-5). 

La alianza que Dios estableció con su pueblo, es la mani­festación del amor que siente con su pueblo, amor fiel e indestructible.

¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? Porque es fuerte el amor como la Muerte, implacable como el seol la pasión. Saetas de fuego, sus saetas, una llama de Yahveh (Cant  8, 5).

Ve y grita a los oídos de Jerusalén: Así dice Yahveh: De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada (Jer 2,2).

Halló gracia en el desierto el pueblo que se libró de la espada: Yahveh te ha amado con amor eterno, serás redificada, virgen de Israel; aún volverás a bailar con panderetas entre gentes festivas (Jer  31,  2). 

Léase todo el capítulo 16 de Ezequiel. Primero describe a la amada infiel que se prostituyó en todas las plazas, en la cabecera de todo camino, entregando cuerpo a todo transeúnte. No quedó harta ni luego de entregarse a los egipcios de cuerpos fornidos, y a los ricos asirios, y a los mercaderes en Caldea. Llegó a tal degradación, a tal deterioro que al revés que con las otras mujeres; nadie andaba solicitando sus favores: no se te pagaba y eras tú la que pagabas.

El amor loco, apasionado y fiel del Señor Yahveh puede más que todas las infidelidades y traiciones de la amada:

… yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré en tu favor una alianza eterna, y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella. Yo mismo restableceré mi alianza contigo, y sabrás que yo soy Yahveh,  para que te acuerdes y te avergüences y no oses más abrir la boca de vergüenza, cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho.

Nuestros primeros amores

Es posible que pocos de nosotros hayamos experimentado una verdadera conversión, ese haber quedado por vez primera perdidamente enamorado de Jesús, de su Padre, ardiendo en el fuego de su Espíritu.

Creo que muchos hemos pasado por momentos de fervor, de entusiasmo: el noviazgo para los que ahora son esposos, el noviciado por los ahora religiosos de larga data, el compromiso hecho luego de un retiro que nos marcó profundamente…

En nuestras vivencias de desierto sería bueno recordar esos ardores de la juventud del espíritu. Tanto Tomás de Celano como Buenaventura narran que Francisco de Asís, viendo que su proyecto se desmoronaba, que los hermanos buscaban prelacías, estudios, estabilidades, que se acomodaban de nuevo al siglo, les decía: Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque bien poco es lo que hasta ahora hemos progresado. Le quemaba el corazón el deseo ardiente de volver a la humildad de los primeros tiempos y de servir, como al principio, a los leprosos.

A pesar de su cuerpo enfermo y débil, volvía a hacer el propósito de, bajo la guía de Cristo, llevar a cabo cosas grandes, porque su espíritu seguía vigoroso y ardoroso, pues el mucho amor no deja espacios para la flojedad y la pereza (1Cel 103, LM 14.1).

En la vivencia de soledad podemos hacer memoria de nuestros pecados, como lo advierte la Regla No Bulada 11: como dice el Señor, no reparen en los pecados más pequeños de los otros, sino, más bien, recapaciten en los propios en la  amargura de su alma. Pero en el centro de nuestra vivencia no puede estar nuestro pecado, sino el amor de Dios.

Francisco reprende a uno de sus compañeros que estaba triste y con el semblante sombrío, y le dijo: ¿Por qué manifiestas así la tristeza y el dolor que sientes por tus pecados? Esto es asunto para ustedes dos: Dios y tú. Pídele que te devuelva, por su misericordia, el gozo de su salvación. Delante de mí y de los otros, trata de mostrarte siempre alegre, porque no es conveniente que un siervo de Dios aparezca ante su hermano u otro cualquiera, agrio y con el semblante acongojado.  (LeyPer 120; EspPerf. 96). 

Si el recuerdo del primer amor inevitablemente nos recuerda nuestros desamores y nuestras infidelidades… en el desierto hay que gustar el amor indefectible de Dios amante. No es el momento de los recuerdos tristes, sino el de la evocación de los gozos del amor recibido y compartido.

La huida

Yahveh firmó una alianza con Abram pero resultó que Sara era estéril, haciendo inviable la alianza y la promesa. Entonces ésta entregó a su marido la esclava egipcia, para que pariendo sentada en sus rodillas tuviese un hijo que, de algún modo, también fuese suyo. Cuando la esclava quedó encinta miró a su señora con desprecio. Ante los reclamos de Sara, Abram la pone en sus manos para que de ella hiciera lo que se le antojase. Sara se puso a maltratarla y Agar huyó al desierto.

Yahveh la encontró junto a una fuente de agua en el desierto y dijo: «Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y a dónde vas?» Contestó ella: « Contestó ella: «Voy huyendo de la presencia de mi señora Saray.» «Vuelve a tu señora, le dijo el Angel de Yahveh, y sométete a ella.». «Vuelve a tu señora, le dijo el Angel de Yahveh, y sométete a ella.» Y dijo el Angel de Yahveh: «Multiplicaré de tal modo tu descendencia, que por su gran multitud no podrá contarse.» Y le dijo el Ángel de Yahveh: Mira que has concebido, y darás a luz un hijo, al que llamarás Ismael, porque Yahveh ha oído tu aflicción. Será un arisco como un potro salvaje. Su mano contra todos, y la mano de todos contra él; y enfrente de todos sus hermanos plantará su tienda.» (léase todo el capítulo 16 del Génesis…no tiene desperdicio)

Cuando Elías hace degollar a 450 profetas del dios Baal, Jezabel lo amenazó de muerte. Él tuvo miedo, se levantó y huyó al desierto para salvar su vida. Después de una jornada de camino, fue a sentarse bajo una retama, se deseó la muerte y dijo: ¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!, pero un ángel le tocó y le advirtió que tenía que levantarse y comer porque el camino es demasiado largo. Tuvo que seguir caminando cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb (1Rey  19, 1-4).

El salmista ve el corazón se le salta en el pecho; que ha caído sobre él el terror de la muerte. Lleno de un temor espantoso; está temblando de miedo. Entonces dice: ¡Quién me diera alas como a la paloma para volar y reposar!  Huiría entonces lejos, en el desierto moraría. En seguida encontraría un asilo contra el viento furioso y la tormenta. En  la ciudad solo ve discordia y altercado, falsedad y malicia,  insidias, tiranía y engaño y quiere evadirse (Salm  55, 5ss).

Cuando Jesús de da cuenta de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Jn  6,  15) Francisco acostumbraba huir de la vista y el trato con los hombres, refugiándose en lugares solitarios, (2Cel 168) en los cuales era instruido muchísimas veces con visitas del Espíritu Santo, quedando abstraído y atraído por una dulzura generosa que desde el principio experimentó penetrarle tan plenamente, que nunca más le faltó por toda la vida (2Cel 09)

Cuando envía a los hermanos de dos en dos para predicar les amonesta que cuando van de camino tienen que orar al Señor en sus corazones, caminando:

… dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco le sirve al hermano habitar en una celda fabricada por mano del hombre (LeyPer 108).

Para San Juan Clímaco, un gran referente del monaquismo, no se trata de huida de sino de peregrinación. Peregrinación es un corazón vacío de toda vana confianza, sabiduría no conocida, prudencia secreta, huida del mundo, vida invisible, propósito secreto, amor del desprecio, apetito de angustias, deseo del divino amor, abundancia de caridad, aborrecimiento de la opinión de los sabios, y un profundo silencio de alma. La peregrinación verdadera se da cuando logramos apartarnos perfectamente de todas las cosas, con intención de que nuestro pensamiento nunca (en cuanto sea posible) se aparte de Dios.

Unas jornadas de desierto es experimentar por un tiempo ser peregrino, aún en medio de la ciudad, ser como hombre de otra lengua, que mora en una nación extranjera entre gente que no conoce, vivir en medio del ruido intentando progresar solo en el conocimiento de sí mismo.

Una jornada, un fin de semana, de desierto puede ser también una escapada. La necesitamos como el aire que respiramos. Como el aire no contaminado que tendríamos que respirar. 

Al ser humano de la sociedad contemporánea le resulta cada vez más necesaria la “huida”, trata de aprovechar todo feriado, todo fin de semana largo, para hacerse una “escapada”, algo que le permita desenchufarse de la locura que vive diariamente. No siempre esto es posible, y por eso leía en un diario, tenemos que ingeniarnos para escaparnos dentro de nuestra casa: apagar el celular, desenchufar la televisión, poner música tranquila, darse una ducha larga, ponerse ropa lo más informal y mínima. 

Si uno tuviera la oportunidad sería bueno apartarnos del mundo, buscando los lugares más humildes y más apartados de las consolaciones del mundo. Podríamos intentar, mediante un amigo, un cura conocido… pasar un día entero o un fin de semana en un asentamiento (Villa miseria), caminando, viendo, oliendo, escuchando, sobre todo escuchando.

La presencia protectora de Dios

Después de mucho esperar Abram es padre, tiene un hijo de su esposa legítima. La alianza depende de sí mismo. Ya no más Abram sino Abraham, padre de pueblos numerosos. Con una actitud muy poco acorde con la conducta de Yahveh, expulsa a Agar de su casa: ya no tiene más necesidad del hijo de la esclava. Le dio un pan y un odre de agua, le puso al hombro el niño y la despidió. Ella se fue a caminar por el desierto y cuando se le acabó el agua, echó al niño bajo un arbusto, ella se sentó a cierta distancia porque no quería ver morir al niño. Y se puso a llorar a gritos.

Dios oye los llantos de la madre, ve la situación del niño, como escuchó el clamor de la sangre de Abel (Gen 4, 10), como subieron a Dios los gemidos que brotaban del fondo la servidumbre de los israelitas en Egipto (Ex 2, 23-24). Entonces el Angel de Dios llamó a Agar desde los cielos y le dijo: ¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del chico en donde está. Dios extiende su promesa a este hijo de Abraham y promete convertirlo en una gran nación (Gen  21,  14-21).

Dios asiste a un Elías sin esperanzas en el desierto y le provee de alimentos y agua (1Rey  19, 5ss). El pueblo cree cuando oye que Yahveh había visitado a los israelitas y había visto su aflicción (Ex  4,  27-31).

Cuando Dios camina al frente de tu pueblo en el desierto, la tierra retiembla, y hasta los cielos se licúan ante su faz. Él derramó una lluvia abundante sobre tus hijos extenuados, él los reanimó y preparó una morada a todos esos desdichados (Salm  68, 8-11).

El Abbas Antonio está en constantes luchas con toda suerte de demonios. En una ocasión lo dejan semimuerto, pero el Señor no se olvidó de Antonio en su lucha, sino que vino a ayudarlo. Pues cuando miró hacia arriba, vio como si el techo se abriera y un rayo de luz bajara hacia él. Los demonios se habían ido de repente, el dolor de su cuerpo cesó y el edificio estaba restaurado como antes.

Cuenta la narración que Antonio preguntó a la visión: ¿Dónde estaba tú? ¿Por qué no apareciste al comienzo para detener mis dolores? Y una voz le habló: "Antonio, yo estaba aquí, pero esperaba verte en acción. Y ahora que has aguantado sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso en todas partes."

Pasó 20 años encerrado casi sin comer ni beber, y al final algunos de sus amigos vinieron y forzaron la puerta echándolas abajo. En la primera vez que se mostró fuera del fortín asombró a todos cuando comprobaron que su cuerpo guardaba su antigua apariencia: no estaba ni obeso por falta de ejercicio ni macilento por sus ayunos y luchas con los demonios: era el mismo hombre que habían conocido antes de su retiro.

Hacía canastos, porque el trabajo formaba parte de su propósito, que daba a sus visitantes en cambio por lo que le traían. Cuando unos viajantes morían de sed Antonio se arrodilló, extendió sus manos y oró, y de repente el Señor hizo brotar una fuente donde estaba orando, de modo que todos pudieron beber y refrescarse.

Francisco experimenta la presencia protectora de Dios por medio de las creaturas.

Cuando llegó al retiro del Alverna para celebrar la cuaresma en honor del arcángel San Miguel, aves de diversa especie aparecieron revoloteando en torno a su celdita, y con sus armoniosos conciertos y gestos de regocijo, como quienes festejaban su llegada, parecía que invitaban encarecidamente al piadoso Padre a establecer allí su morada (LMayor 8.10).

En una de las ocasiones en las que Francisco estaba en un eremitorio, huyendo de la vista y el trato con los hombres, un halcón que había anidado en el lugar entabló estrecho pacto de amistad con él.

Tanto que el halcón siempre avisaba de antemano, cantando y haciendo ruido, la hora en que el Santo solía levantarse a la noche para la alabanza divina. Y esto gustaba muchísimo al santo de Dios, pues con la solicitud tan puntual que mostraba para con él le hacía sacudir toda negligencia. En cambio, cuando al Santo le aquejaba algún malestar más de lo habitual, el halcón le dispensaba y no le llamaba a la hora acostumbrada de las vigilias; y así - cual si Dios lo hubiere amaestrado -, hacia la aurora pulsaba levemente la campana de su voz (2Cel 168).

Cuando Francisco va a pedir al Papa la confirmación para su forma de vida tiene el sueño de la mujer pobre y hermosa en el desierto. Amada por Rey tuvo con él hijos muy hermosos. El rey se reconoce retratado en ellos, y ellos aseguraran ser hijos de una mujer pobre que vive en el desierto. Dice el Rey, abrazándolos: ‘Son mis hijos y mis herederos; no teman. Si los extraños comen de mi mesa, más justo es que me esmere yo en alimentar a quienes está destinada con todo derecho mi herencia’. Y el rey manda luego a la mujer que envíe a la corte, para que se alimenten en ella, todos los hijos tenidos de él”.

Luego viene la explicación de la parábola, los hermanos no tienen nada que temer, serán felices y estarán seguros en el desierto de este mundo porque el Señor les tiene asegurada su protección y el alimento (2Cel 16-17): Francisco pregunta al Señor ¿de qué vivirán los hermanos que moran en los bosques?” Cristo le dijo: Yo los alimentaré, como alimenté a los hijos de Israel con el maná en el desierto (EspPerf. 71).

Encontrándose Francisco gravemente enfermo en el eremitorio de San Urbano, sintiendo que se desvanecía, pidió un vaso de vino. Como no había en el lugar ni una gota de vino, ordenó que se le trajera agua. Entonces la bendijo, haciendo sobre ella la señal de la cruz y lo que había sido pura agua, se convirtió en óptimo vino. Apenas gustó el vino, se recuperó de su enfermedad con tal rapidez que todos lo vieron como intervención de Dios (LMen 5.2; 1Cel. 61).

Francisco estaba en el eremitorio de Fonte Colombo, muy enfermo de los ojos. El médico de los ojos vino un día a visitarle y se entretuvo con él cerca de una hora. Cuando se marchaba Francisco dijo a uno de sus compañeros que le sirviesen al médico una buena comida. Los hermanos avergonzados que están tan pobres en este momento, que les daba vergüenza invitarle y darle ahora de comer. Francisco los tildó de hombres de poca fe.

Los hermanos y prepararon la mesa, sacaron el poco pan y vino que tenían y la escasa ración de hortalizas que habían cocido para ellos. Y se sentaron a comer. Apenas habían empezado la comida, llamaron a la puerta del eremitorio. Se levantó uno de los hermanos y fue a abrirla. Esperaba una mujer que traía un gran canasto lleno de hermoso pan, peces, pasteles de camarones, miel y uvas que parecían recién cogidas. Se lo enviaba al bienaventurado Francisco una señora de un pueblo distante del eremitorio casi siete millas (LeyPer 68).

Francisco ya sentía muy débil y para un viaje a un eremitorio pidió prestado un asno a un hombre pobre. Era verano, el campesino desfallece de sed antes de llegar a destino. Francisco, compasivo siempre con los abatidos, saltó en seguida del asno e hincado de rodillas, alzando las manos al cielo, no cesó de orar hasta saberse escuchado y Cristo hizo brotar un manantial de la piedra (2Cel 46).

Recordemos las intervenciones de Dios en nuestra vida, tanto personal como colectiva. Las consolaciones, las alegrías, los alivios… todas las cosas lindas que nos han pasado, a veces cuando ya desesperábamos.

Podemos recordar los salmos, ricos en relatos de consolaciones. Mi alma exulta en Yahveh, en su salvación se goza (35)  La salvación de los justos viene de Yahveh, él su refugio en tiempo de angustia (37); ¡Alma mía, bendice a Yahveh! ¡Yahveh, Dios mío, qué grande eres! (104) Den gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor. Porque él sació el alma anhelante, el alma hambrienta saturó de bienes.( 107)

Una vivencia de desierto tiene que estar poblada de acción de gracias y de alabanza: Tierno es Yahveh y justo, compasivo nuestro Dios; Yahveh guarda a los pequeños, estaba yo postrado y me salvó. ¿Cómo a Yahveh podré pagar todo el bien que me ha hecho? (Salm  116)

La revelación de Dios

En el hebreo bíblico Midbar, apunta a una tierra despoblada, inhóspita, habitada por animales salvajes, donde sólo crecen arbustos, zarzas y cardos. Sinónimos en castellano: páramo, yermo, sequedal, erial, estepa, desolado, inhabitable, árido, etc. En la versión griega del Antiguo Testamento y en el Nuevo testamento Midbar se traduce con el término "éremos" que significa solitario, árido, despoblado.

Es un dato curioso: la raíz hebrea de midbar es "DBR", que significa hablar. Dabar, palabra, aparece en cada página de la Biblia. La raíz apunta a conversación, diálogo. Y éremos tiene atrás al verbo "eremôo" que significa también poner en libertad, dejar libre, dejar solo. El desierto es el lugar del diálogo con Dios y del aprendizaje de la libertad.

En el desierto está la montaña de la revelación: Moisés llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía (Ex  3,  1-2).

En la montaña Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo (Ex  33,  11). En el monte él establece una alianza con su pueblo. No con nuestros padres concluyó Yahveh esta alianza, sino con nosotros, con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos. (Dt  5, 2-5).

En el Sinaí Dios habla en medio de truenos y relámpagos, la gloria de Dios es como una densa nube sobre el monte y se escucha como un poderoso resonar de trompeta. La voz de Dios hace temblar a todo el pueblo, que sale del campamento para ir al encuentro de Dios, pero se detiene al pie del monte, que humeaba, porque Yahveh había descendido sobre él en el fuego… subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia (Ex  19, 14-18).

Moisés subió al monte y la gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días. La gloria de Yahveh aparecía a la vista de los hijos de Israel como fuego devorador sobre la cumbre del monte. Moisés entró dentro de la nube y subió al monte. Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches (Ex  24, 15-18).

El pueblo tiene miedo del fuego de Dios y no tiene acceso a su presencia. Yahveh pide a Elías ponerse en el monte, en su presencia…

Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave.

Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. (1Rey 19, 9-14)

Con Elías el hablar de Dios ya no es el lenguaje tremendo del Sinaí. Dios es como una suave brisa.

Cuando la samaritana le pregunta acerca del monte donde se debe adorar a Dios, Jesús le responde: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.   Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad (Jn  3,  15-24)

En los capítulo 5-7 de Mateo Jesús toma la palabra y enseña con autoridad, dando una nueva ley y estableciendo un nuevo código de santidad.

Los discípulos marcharon a Galilea, al monte que les Jesús le había indicado y allí Jesús les revela su misión: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.  Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,  y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. (Mt  28,  16-20).

San Buenaventura afirma que Francisco no tenía en su vida más maestro que Cristo. Cuando quería que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiraba a un lugar de oración (1Cel. 26). Dudaban los hermanos si debían convivir con los hombres o retirarse a lugares solitarios.

Estando en el valle de Espoleto, se pusieron a deliberar sobre la cuestión de si debían vivir en medio de la gente o más bien retirarse a lugares solitarios.  Le pide a los compañeros que lo acompañen en la oración para tener este discernimiento (LMayor 04.2;12.1; LeyPer 118) La oración le revela a Francisco que no debía vivir para sí solo, sino para aquel que murió por todos, pues se sabía enviado a salvar para Dios las almas que el diablo se esforzaba en arrebatárselas (1Cel. 35).

Pero, cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí - como quien ha encontrado un santuario más recóndito - hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él - mirada interior y afectos - hacia lo único que buscaba en el Señor (2Cel 95).

En muchos momentos de nuestra vida Dios se reveló y en muchos otros… se ocultó detrás de terremotos, tormentas, erupciones de volcanes, es decir de grandes o pequeños desastres, muertes, enfermedades, pérdida de trabajo… Es posible que en ocasiones hayamos sentido miedo de la presencia y revelación de Dios.

En el desierto la nube caminaba delante del pueblo, desinstalándolo constantemente, llamándolo a otras libertades, conduciéndolo hacia una tierra prometida y nunca vista, También Dios nos ha desinstalado con cierta frecuencia a lo largo de nuestra vida.

Sería bueno que en nuestra vivencia de soledades evoquemos momentos de presencia y momentos de ausencia, de estabilidad y desconcierto… Y cómo siempre, al fin, se hizo de alguna manera palabra y certeza.

Tentación, rebeldía, desconfianza

El desierto es también la historia de un pueblo que ha querido tentar, poner a prueba a Dios. El hombre convive difícilmente con un Dios oculto que tiene que ser buscado, que no tiene rostro como los ídolos  y que nos es, como ellos, dominable mediante ritos y encantamientos. El pueblo quiere signos, milagros, portentos, poder.

El pueblo entonces se querelló contra Moisés, diciendo: "Danos agua para beber." Les respondió Moisés: "¿Por qué se querellan conmigo? ¿Por qué tientan a Yahveh?" Aquel lugar se llamó Massá y Meribá, a causa de la querella de los israelitas, y por haber tentado a Yahveh, diciendo: "¿Está Yahveh entre nosotros o no?" (Ex 17:2.7)

Los salmos abundan en el tema:

Hablaron contra Dios; dijeron: «¿Será Dios capaz de aderezar una mesa en el desierto? «Vean que él hirió la roca, y corrieron las aguas, fluyeron los torrentes: ¿podrá de igual modo darnos pan, y procurar carne a su pueblo?»  (Salm  78, 19); a Dios tentaron en su corazón reclamando manjar para su hambre (Salm 78:18).

Otra vez a tentar a Dios volvían, a exasperar al Santo de Israel (Salm 78:41); pero ellos le tentaron, se rebelaron contra el Dios Altísimo, se negaron a guardar sus dictámenes (Salm 78:56), donde me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mi obra (Salm 95:9), en el desierto ardían de avidez, a Dios tentaban en la estepa (Salm 106:14). Moisés los increpa: ¿“Por qué se querellan conmigo? ¿Por qué tientan a Yahveh? (Ex 17:2.7)

En Egipto eran esclavos, pero tenían comida asegurada:

¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahveh en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! (Ex  16, 3)

Dios suplica al pueblo que escuchen su voz, que no endurezcan el corazón, como hicieron los padres que lo pusieron a prueba (Salm  95). Pronto se olvidaron de sus obras (Salm  106, 13), en el desierto ardían de avidez, a Dios tentaban en la estepa. 

En el antiguo testamento la figura de “Satanás” aparece como el tentador: Se levantó Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo (1Cron 21:1). Es el fiscal de corte que acusa a Job delante del trono de Yahveh (Job 1, 6ss)

Inmediatamente después de haber sido Jesús bautizado por Juan en el Jordán, el Espíritu le empuja al desierto (Mc  1, 10), lleno de Espíritu Santo fue conducido por el Espíritu en el desierto (Lc 4,1) y Mateo explicita que la finalidad es ser tentado por el diablo (Mt  4,1; Lc  4,  2):

Mateo señala que Jesús padece la misma tentación del pueblo en el desierto: después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre (Mt  4,  2).  El tentador los tienta con las tentaciones propias de su misión mesiánica: producir pan milagrosamente, desafiar todas las leyes de la naturaleza, y gobernar como rey toda la tierra. Vencida la tentación los ángeles que expulsaron a Adán del Paraíso le servían.

Satán tienta a Jesús con el poder, la tentación que nace del Reino: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero (Lc 4:6).

Jesús es tentado por el demonio y por el pueblo con las mismas tentaciones con las cuales había sido tentado Yahveh a lo largo de la historia de Dios con su pueblo. Los dirigentes del Pueblo le exigen señales y portentos.

Las tentaciones más fuertes de Jesús y de la comunidad de los fieles y de los fieles en particular es la de poseer el poder para transformar la historia de modo rápido y sin intervención del tiempo.

Pedro es Satanás para Jesús: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres! Mt 16:23

La lucha por el poder es la gran tentación que acecha al Reino de Dios, y sigue siendo la gran tentación de la iglesia de Cristo.

Cuenta Atanasio en su vida de Antonio que se encerró en unas tumbas y se privó casi totalmente de alimentos. El hambre provoca las tentaciones más terribles:

… una noche un gran número de demonios lo azotó tan implacablemente que quedó tirado en el suelo, sin habla por el dolor. Afirmaba que el dolor era tan fuerte que los golpes no podían haber sido infligidos por ningún hombre como para causar semejante tormento.

Luego el enemigo lo tienta con el dinero y Antonio le responde ¡tu dinero perezca junto contigo!, citando el hecho de Simón en el libro de los Hechos (8,20).

Para Juan Clímaco la principal tentación, el peligro por excelencia es la acidia que es relajación del animo, muerte del espíritu, menosprecio de la vida monástica, odio de la propia profesión. La acidia hace doler la cabeza, sentirse débil, deprimido…. Durante las horas de oración siente fatiga y sueño, pero resucita cuando se llega la hora de nona, puesta ya la mesa, y salta de su lugar. Los otros vicios y perturbaciones cada uno se vence con su virtud contraria: mas la acidia es muerte perpetua de toda la vida religiosa.

Para san Agustín la tentación radica dentro de nosotros mismos.

No teman a ningún  enemigo exterior; si logran vencerse a ustedes mismos, quedará vencido el  mundo. Si el que viene a seducirte con  un buen negocio encuentra la avaricia desterrada de tu corazón,  ningún daño podrá hacerte. En cambio, si la avaricia está ahí,  pronto te sentirás encendido en deseos de lucro, y no tardarás en  ser apresado entre los lazos de una comida viciosa.

Viene el tentador, y te representa una mujer bellísima: como  haya castidad en tu interior, al momento quedará vencida la  iniquidad exterior.

Las biografías primitivas ponen en san Francisco las mismas tentación de Antonio Abad: no solo se enfrentaba con las acometidas de las tentaciones de Satanás, si no que luchaba con él cuerpo a cuerpo. Estando hospedado en Roma por un cardenal, viviendo en una  torre apartada en la primera noche,

… después de una prolongada oración con Dios, cuando se disponía a reposar, vienen los demonios y entablan firmes contra el santo de Dios una lucha a muerte. Lo hostigan por muy largo tiempo y con extrema crueldad y lo dejan al fin medio muerto. Al retirarse los demonios, recobrado ya el aliento, el Santo llama a su compañero, que dormía en otra de las estancias, y al presentársele le dice: “Hermano, quiero que estés a mi lado, porque tengo miedo a quedarme solo. Hace poco que me han azotado los demonios”. Y temblaba el Santo y sentía escalofríos como quien tiene fiebre altísima (2Cel 119).

Es muy conocida su tentación carnal violenta. No olvidemos su vida de crápula antes de la conversión. Se flagela muy fuertemente y sin poder apartar de sí la tentación abrió la puerta de la celda, salió afuera al huerto y, desnudo como estaba, se sumergió en un montón de nieve.

Comenzó después a formar con sus manos llenas siete bolas o figuras de nieve. Y, presentándoselas a sí mismo, hablaba de este modo a sus sentimientos naturales: "Mira, esta figura mayor es tu mujer; estas otras cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; las dos restantes, el criado y la criada que conviene tengas para tu servicio. Ahora, pues, date prisa en vestirlos, que se están muriendo de frío. Pero, si te resulta gravosa la múltiple preocupación por los mismos, entrégate con toda solicitud a servir sólo a Dios". Al instante desapareció vencido el tentador y el santo varón regresó victorioso a la celda; pues si externamente padeció un frío tan atroz, en su interior se apagó de tal suerte el ardor libidinoso, que en adelante no llegó a sentir nada semejante (LMayor 5.4).

En otra ocasión durante más de dos años, día y noche, fue atormentado por una tentación. Un día recordó la frase del Evangelio: Si tuvieras fe como un grano de mostaza y dijeras a este monte que se trasladase de aquí allí, se iría. Entendió que el monte era esa tentación. Y al instante se halló tan tranquilo, que le parecía que jamás había padecido semejante tentación (LeyPer 63).

Sería bueno en nuestra vivencia de soledad recordar nuestras rebeldías, aquellos momentos difíciles de la vida, que todos experimentamos, donde nos vimos tentados a tentar a Dios, circunstancias en las que dudamos de la presencia y del amor de Dios, en las que quizá increpamos al Señor.

Podemos recordar también cuáles han sido nuestros flancos débiles: poder, dinero, sexo… Es posible que también hayamos experimentado tentaciones violentas, algunas luchas a brazo partido con “los tentadores”, rupturas familiares, muertes de seres queridos, un hijo discapacitado…

Pero también es imprescindible que recordemos los momentos de victoria, de paz, de serenidad, aunque estemos en el presente en rebeldía contra la vida y Dios.

Si estás en medio del campo observa la naturaleza, si estás en una plaza, mira los rostros de la gente. Siente la naturaleza aguzando todos los sentidos, siente la hierba, goza de la brisa… huele el aroma de la gente en un ómnibus…. Basta que tratemos siempre de estar con sosiego y conscientemente en la presencia de Dios. No es necesario hablar ni hacer nada en particular.

El desierto es

Soledad llena de presencias.

Silencio pletórico de palabras.

Desolación colmada de consuelos.

Banco de pruebas que certifica la calidad.

Huida hacia lo más profundo de un yo que se abre al absoluto de Dios.

Lugar donde podemos amar y ser amados sin ningún impedimento.

Montevideo, agosto 2012