CAPÍTULO 1

LAS FUENTES

 

A medida que va uno adentrándose en los problemas esbozados en el prólogo, se va también consolidando ante todo la convicción sorprendente de que todos los ensayos modernos para solucionarlos tienen realmente sus fundamentos en las fuentes medievales de la vida de san Francisco y de la historia de la Orden. Esto ocurre especialmente con las fuentes que provienen del seno mismo de la Orden Franciscana. Es un hecho histórico que a las pocas décadas de la muerte del gran santo discrepaban ya las opiniones de los sucesores sobre los «ideales primitivos» del Fundador y sobre la estructura y la misión originales de su Orden, así como también, consecuentemente, sobre la interpretación correcta de la Regla. Entre los frailes menores, sobre todo en las provincias centrales de Italia y en el mediodía de Francia[1], no había acuerdo en qué había de consistir la orden y menos aún en la forma de vida concreta que había de adoptarse. En el transcurso del confusionismo joaquinista, que sacudió hondamente a la Orden y, sobre todo, de las disputas, a menudo dolorosas, con los espirituales, la cuestión llegó al punto álgido cuando salieron al tapete las relaciones de la Orden con la Iglesia y concretamente con la curia romana. La problemática fue agobiante para toda la Orden en la primera mitad del siglo xiv, particularmente en las interminables querellas con el papa Juan XXII sobre la manera de concebir la pobreza franciscana.

En este contexto, los autores de las vidas de san Francisco se vieron forzados a tomar partido de alguna manera. Y se comprende, aun cuando para la historiografía resulte sumamente problemático, que cada uno haya escrito su «vida de san Francisco», su «Espejo de perfección» de determinado fraile menor, o su «Legenda antiqua» deliberadamente así titulada, con finalidades apriorísticas y por necesidad de justificar unos puntos de vista personales y partidistas. La mayoría de ellos tenían el interés comprensible de interpretar la voluntad de san Francisco y los inicios de la Orden a la luz de su propia problemática, o bien de mirar los materiales a base de unos interrogantes que prejuzgan la selección de los datos y hasta proyectan las cuestiones actuales a los orígenes para darles las respuestas válidas a su juicio. Basándose exclusivamente en tales fuentes, jamás podrán resolverse los puntos en litigio. Y será metódicamente beneficioso excluirlas por completo a fin de arrancar desde un punto libre en lo posible de todo partidismo. En caso contrario introduciremos las confusiones de aquellos tiempos en los nuestros, sino al que han sucumbido las investigaciones modernas poco sensibles al estado de la cuestión. Este estado de la cuestión explica en buena parte las hipótesis tan antagónicas que se han construído.

Lógicamente, pues, no se aducirán en esta investigación otras fuentes que las que están al margen de la problemática aludida. Como tales pueden considerarse la mayor parte de los testimonios que nos dejaron los testigos oculares del primitivo movimiento franciscano o que se apoyan en los contemporáneos extraños a la Orden. Leonard Lemmens o.f.m. los recopiló y los publicó en una edición crítica que, por desgracia, no ha recabado hasta ahora la atención debida a una labor tan modélica. En este grupo entran también los escritos de la curia papal referentes a los frailes menores o dirigidos a ellos bajo el pontificado de Honorio III (12161227), anteriores, por consiguiente, al momento (1230), en que la Orden recurre a la mediación de la curia para solventar las dificultades surgidas a raíz de la muerte de san Francisco[2]. Importantes son asimismo los escritos reales, las actas jurídicas y otros datos de archivos, que son accesibles por vía impresa gracias a la sorprendente labor coleccionista de los investigadores modernos de san Francisco. Todos ellos interesan evidentemente sólo en cuanto nos informan sobre las primeras décadas del movimiento franciscano. ¡Lástima que estos testimonios no hayan aparecido hasta ahora más que como al azar! Falta todavía una investigación sistemática de todos los archivos que hacen al caso. Sin embargo, el material impreso, accesible a todos, deja ver que nos encontramos con una fuente de conocimientos importantes. En orden a ciertas afirmaciones particulares es un instrumento valioso el llamado «Martyrium quinque fratrum minorum apud Marochium», un relato breve del testimonio que dieron con su sangre cinco frailes menores en Marruecos (16.1.1220). Fue escrito por un testigo ocular, que vivió cerca de los cinco mártires, aunque no perteneció a la Orden. Su interés primordial fue notificar sobre la gloriosa muerte de los cinco protomártires franciscanos, pero las indicaciones que incidentalmente proporciona son significativas para nuestra cuestión. Estas indicaciones son tanto más valiosas por cuanto ajenas a segundas intenciones[3].

Importancia peculiarísima para nuestra investigación revisten, por su misma naturaleza, los escritos de san Francisco, en especial las reglas, las cartas y el Testamento. ellos se consigna la primitiva voluntad de san Francisco, aunque no necesariamente toda ella, así como otras esas relativas a los primeros pasos de la Orden. En todo eso no debe olvidarse que el valor específico de estos tes nontos depende de su interpretación en sí y en el con tto global propio, no de una interpretación a la luz de tradiciones franciscanas posteriores, como ha ocurrido con frecuencia y sigue ocurriendo todavía.

En lo tocante a las fuentes provenientes del seno mismo de la Orden, pero no contemporáneas de san Francisco, han de consultarse sin prejuicios las anteriores a las disputas sobre la observancia de la Regla, anteriores, por consiguiente, al año 1230, o las que informan sobre esta problemática sin mancharse las manos, así como las que fueron escritas antes de la acomodación de la Orden a las normas claustrales y monacales, que afectaron hondamente a su esencia. En este grupo pueden contarse:

1. La primera biografía de san Francisco que escribió Tomás de Celano el año 1228. Ensalza con gran fervor, es cierto, al papa Gregorio IX, que, siendo todavía el cardenal Hugolino, estuvo íntimamente vinculado a la persona y a la obra de san Francisco, pero, en medio de las retóricas del ilustrado autor, nos ofrece una imagen fiel a la realidad de los comienzos de la Orden. Se trata, por supuesto, de una obra escrita en un tiempo en que los primeros entusiasmos apenas traslucen los problemas internos de la Orden en gestación. Además no vamos a olvidar que Celano dice expresamente en el prólogo de esta biografía que tratará de narrar «cuanto él mismo ha oído de boca del santo o ha llegado a saberlo de testigos fidedignos y seguros». Sus noticias merecen, por lo mismo, más atención que la que se les ha prestado en los últimos tiempos, sobre todo a partir de las tesis no demostradas de Sabatier.

2. La «Legenda s. Francisci ad usum chori», que compuso Tomás de Celano hacia el año 1232. Aunque en lo que a la materia atañe aporta pocas novedades respecto a la Vita prima, es más precisa y clara en algunas formulaciones, de suerte que su testimonio, más despojado también de la retórica de la Vita prima, fija mejor ciertas cosas. Se cita como «Legenda chori».

3. La biografía más antigua de san Antonio de Padua, llamada «Legenda Assidua», compuesta poco después de la canonización del santo (1232) por uno de sus hermanos. Pese a altas retóricas ocasionales se distingue por una gran fidelidad histórica. El autor pretende narrar únicamente lo que él mismo ha vivido o ha llegado a saberlo por testigos oculares. Como cuanto relata sobre la vida interna de la Orden, lo relata sin segundas intenciones, las

4. La «Vita beati Fratris Aegidii», compuesta probablemente por fray León a raíz de su muerte, entre los años 1263 y 1271. Según dice el prólogo, la obra pretende presentar a fray Gil como «varón de altísima contemplación» y, efectivamente, insiste en sus experiencias místicas. Pero todo ello dentro de los marcos de una vida concreta, de los que se nos informa con ingenuidad. Sus testimonios en este sentido son dignos de atención.

5. La vida y los escritos de santa Clara de Asís, «la plantita del bienaventurado padre Francisco», como le gustaba llamarse a sí misma 14. Santa Clara acompañó a san Francisco en el itinerario de su vida y vivió de cerca las vicisitudes de la Orden. Había captado profundamente el espíritu de san Francisco y lo conservó en toda su pureza. Su testimonio es, pues, de gran valor y ha de tenerse debidamente en cuenta.

6. Para redondear la imagen que ofrecen las fuentes hasta ahora citadas, hay que aducir las dos crónicas más antiguas escritas en la Orden: la de Jordán de Giano y el «Tractatus de adventu Fratrum Minorum in Angliam» de Tomás de Eccleston. Hasta ahora no se ha prestado mucha atención a estas dos crónicas en las investigaciones franciscanas, porque la imagen que arrojan de la vida de los franciscanos y de la evolución de la Orden resulta fundamentalmente distinta de la que se observa en los escritos «polémicos» posteriores, llamados Specula perfectionis y que desde P. Sabatier y de sus osadas hipótesis se ha considerado como la verdadera. Pero Sabatier y todos sus seguidores pasaron por alto que en la literatura de los «Specula» aparece en el primer plano la «quaestio juris» tal como se había perfilado a comienzos del siglo XIV(! ), mientras que las dos crónicas mencionadas informan sin segundas intenciones sobre la vida de los frailes tal como de hecho se desenvolvió en las primeras décadas del siglo XIII, o sea refieren la «quaestio facti». Claro es que a la hora del juicio los hechos acaparan el peso decisivo. No cabe dudar por otra parte que cuanto los primeros franciscanos hicieron con toda espontaneidad y con un idealismo evidente en Alemania e Inglaterra, entraba en la línea evolutiva inmanente a la Orden. En caso contrario habría que contar con la imposible hipótesis de que, al paso por los Alpes, cambió profundamente el primer empuje de los ideales franciscanos.

Hay otra consideración en favor de la importancia que tienen estas dos crónicas dentro de la primitiva literatura franciscana. Las Reglas franciscanas, como lo demostraremos en este libro, no «regulan» todas las cosas que estaban ya «reguladas» en la Orden por la praxis de la vida cotidiana. Los escritos de san Francisco, incluída la Regla definitiva de la Orden, adolecen todos de un carácter ocasional y, lógicamente, no contemplan el conjunto. Las Vidas se atienen preferentemente a las getsas de sus respectivos «héroes». Las Leyendas posteriores escogen con harta frecuencia los materiales según los prejuicios de sus autores. Esto hace mucho más subido el valor de las dos crónicas, que nos transmiten muchísimos datos de la vida concreta. Su testimonio redondea en muchos aspectos nuestros conocimientos.

7. En el grupo de las fuentes franciscanas que vamos mencionando, entran también dos Cartas de fray Elías: una escrita a los franciscanos de Valenciennes en 1225/1226; otra dirigida a raíz de la muerte de san Francisco al «Ministro de los frailes» de Francia, si bien pudo haberse difundido de la misma forma a todas las provincias de la Orden, razón por la que Bihl la titula «Epistola encyclica de transitu s. Francisci». Estas cartas pueden emplearse sin prejuicios, pues, son de los «tiempos primitivos» de la Orden y se refieren a datos concretos.

8. No ocupa precisamente el último lugar entre las fuentes mencionadas el «Sacrum commercium beati Francisci cum domina Paupertate», que resulta importante a los efectos de nuestra investigación, menos por sus datos históricos que por la reflexión primitiva y espontánea que hace la Orden, todavía reciente, sobre si misma en esta obra, que muy probablemente data del año 1227. Este escrito, precioso por el testimonio tan llano que depone sobre la espiritualidad de la todavía joven Orden, sucumbió por desgracia en tiempos ulteriores a tergiversaciones que provocaron la desconfianza de los historiadores, sobre todo en lo concerniente a la fecha de su composición. Hoy es preciso confesar que esta obra es una interpretación fidelísima del pensamiento y de la voluntad de san Francisco, de suerte que se merece una atención esmerada junto con las demás fuentes hasta ahora conocidas de la primera época de la Orden y puede incluso servirnos para corregirlas en cuestiones decisivas.

Al analizar los problemas particulares, que hacen a nuestro caso, nosotros daremos preferencia, en todo caso, a las fuentes no franciscanas. Y una vez de fundamentarnos en ellas, interrogaremos a los escritos del Santo de Asís, para dar finalmente la palabra a las fuentes franciscanas ya mencionadas. Creemos que ésta es la única garantía para plantear y resolver sin prejuicios las cuestiones, así como para hacer resaltar con claridad los desarrollos habidos.

De entre las fuentes no franciscanas, particularmente merecen una presentación más detallada las siguientes:

A: La Crónica de Burkhard de Ursperg, prior de los premonstratenses (t 1230), que conoció el movimiento franciscano en un viaje a Italia el año 1210 e informa del mismo principalmente en razón de las experiencias que tuvo. Su testimonio es singularmente valioso por proceder del testigo ocular más antiguo.

B: La «Legenda de passione sancti Verecundi militis et martyris», de autor desconocido que apela expresamente a testigos oculares para apoyar los dos relatos interesantes para la primitiva historia de la orden.

C: La «Vita Gregorii IX», escrita hacia el año 1240, probablemente por un funcionario de la curia (Juan de Campania?). Lemmens opina con toda precaución que el autor sería aquel «Juan, notario de la sede apostólica» que habría escrito, sin que podamos verificarlo, una «Vita s. Francisci» 2°. Sea lo que fuere, nada extraño que un funcionario de la curia estime y enaltezca tan extraordinariamente los méritos del cardenal Hugolino para con los frailes menores. A veces habremos de corregirle basándonos en las afirmaciones del mismo Gregorio IX.

D: La «Historia pontificia salonitanorum et Spalatensium» del archidiácono Tomás de Spalato, que asistió el 15.8.1222 en Bolonia a un sermón de san Francisco y dejó testimonio elocuente de este sermón y de su efecto.

E: El «Chronicon Montis Sereni» de un desconocido premonstratense del convento de Lauteberg, cerca de Halle, en el entonces arzobispado de Magdeburgo que, en su relato que llega hasta el año 1225, habla de la aparición, de los franciscanos el año 1224 en la comarca de Magdeburgo. Siendo miembro de una orden más antigua, sus afirmaciones revisten especial importancia, pues, aunque se lamente del nacimiento de una nueva orden, se empeña en valorarla objetivamente.

F: Una carta de Jacobo de Vitry, dirigida a comienzos de octubre de 1216, desde el puerto de Génova, antes de su partida a Palestina, a sus amigos de la región de Lieja. Sus noticias se basan exclusivamente en las experiencias personales que tuvo en Umbría el año 1216. Enormemente interesado como andaba por el movimiento religioso del Norte, prestó especial atención a sus manifestaciones en el Sur. Mira los dos movimientos con eI mismo ánimo.

G: Otra carta del mismo autor, datada desde Damieta por los meses de febrero/marzo de 1220. Esta carta ha sido editada más veces, pero los editores de la Orden Franciscana suprimieron como interpolación un pasaje de la primera parte que les parecía desfavorable a la Orden. Nosotros nos atendremos a la edición de Huygens.

H: El capítulo 32 del segundo libro de la «Historia orientalis», que Jacobo de Vitry escribió desde 1219 y se basa esencialmente en las experiencias que vivió el autor antes (o sea, hacia 1216) en Occidente 29. Muy probablemente acabó el autor esta obra después de la notable derrota de Damieta (8.9.1221).

HS: Dos sermones que pronunció Jacobo de Vitry, siendo cardenal, a los frailes menores. Como piensa H. Felder con buenas razones, datan muy probablemente de poco después del año 1228. Presentan el aspecto de unos sermones típicamente medievales, pero dan pie a una serie de valiosas inferencias en orden a nuestra problemática.

J: La «Rethorica antiqua» del bolonio Buoncompagni, compuesta hacia el año 1220. Contiene dos noticias sucintas, pero interesantes para nuestro tema.

K: El Cronicón del monje cisterciense Alberico de TroisFontaines, que llega hasta el año 1241 y aporta datos importantes sobre la nueva orden.

L: El «Chronicon Normanniae», o «Annales Normannici» (1259), de autor ignoto, que da noticias sobre los frailes menores en relación con Honorio III y pone de relieve las diferencias de la nueva orden respecto a las antiguas. En consecuencia, importan sobremanera sus dichos.

M: La crónica de Rogero de Wendover (+ 1236), monje de la abadía inglesa de San Albano, cuyo relato asumió luego Mateo París, monje de la misma abadía, y la incorporó con ligeras modificaciones en su «Chronica maiora». Evidentemente, ninguno de los dos narran como testigos oculares, sino que, como dice con razón Lemmens, se apoyan en noticias orales 35. Sus datos habrá que someterlos a crítica en cada caso. Miembros de una orden antigua tienen los ojos abiertos a las novedades del movimiento franciscano y las anotan con visible interés. Pero su obra adolece de una tendencia antipapista, porque siguen al partido del güelfo Otón IV, cosa que se percibe claramente en su animosidad contra Inocencio III.

N: La «Chronica de gestis regum Angliae» (—1300) del canónigo regular de san Agustín, Walter de Gisburn (Yorkshire), que en algunas cosas se basa en Celano, pero aporta también noticias importantes de su propia cosecha.

O: El «Liber epilogorum in gesta Sanctorum» de Bartolomé de Trento, o.p. Fue este autor contemporáneo de san Antonio de Padua, al que vio y conoció personalmente. Su obra data de los años 1243/1251 3s. También esta obra se apora, incluso literalmente, en la primera biografía de Celano, pero no deja de aportar lo suyo.

P: Las lecturas litúrgicas del breviario de la orden de los Predicadores, del año 1254, que tienen por base h leyenda «Quasi stella matutina» sobre san Francisco (¿del notario apostólico Juan?; cf. supra C).

Q: «Gesta Senonensis ecclesiae» (—1264) del monje Ricerio, que, a juicio de Lemmens, se atiene más bien a la tradición oral.

R: La célebre y archileída «Legenda aurea» del dominico Jacobo de Voragine, que Bihl data de los años 1265/701280. Este autor nada aporta esencialmente nuevo respecto de su aval Tomás de Celano, pero cabe alegar algunos datos suyos en nuestro trabajo.

S: La llamada «Legenda s. Francisci Monacensis», que la compuso en Baviera un monje benedictino desconocido por los años de 1275. Interesa principalmente a nuestra materia por las comparaciones que hace eventualmente entre su orden y la de los frailes menores. Son unas comparaciones preñadas de conclusiones.

T: La «Legenda choralis Carnotensis», del siglo xrir, compuesta para el uso coral de la catedral de Chartres.

U: Bajo esta sigla colocamos las actas que editó A. G. Little. Provienen de la primera mitad del siglo XIII y, por la forma y el fondo, arrojan una luz considerable sobre ciertos detalles de nuestra investigación.

V: Actas del reinado de Enrique III de Inglaterra (12161272), coleccionados y publicados por J. S. Brewer. También estos documentos proyectan sus luces aquí y allá y es una pena que no sean más numerosos y que no se hayan conservado otros de otros países.

W: Un sermón que escribió Odón de Cheriton en 1219 y donde se ilustra el texto de Mt 6,24 («Nadie puede servir a dos señores...») con un ejemplo de la vida de san Francisco. M. Bihl, que editó el texto, advierte que Odón conoció personalmente a los franciscanos, por lo que su testimonio ocupa un puesto de honor entre los «Testimonia minora».

El valor de estos testimonios está para nosotros en la medida misma en que carecen de la trastienda de los escritos que a fines del siglo xiir y comienzos del xiv embrollan tanto la «cuestión franciscana» y la hacen tan difícil hasta el día de hoy. En ellos, como en otros muchos testimonios que no hacen al caso aquí y ahora a pesar de ser del siglo xrir, no encontramos ni cita, ni empleo alguno de los «Specula perfectionis», de las llamadas «Legenda antiqua», citando, en cambio, y usando las Leyendas de Tomás de Celano, de san Buenaventura y la «Quasi stella matutina». De esto infiere Lemmens con gran énfasis que éstas últimas obras pertenecen al siglo mientras que las otras son compilaciones del XIV. El ar gumento de Lemmens merece, sin duda, mucha mayor atención que la que hasta ahora se le ha prestado al zanjar problemas tan especificados.

 


 

[1]   En el siglo XII y a comienzos del XIII estos territorios son los preferidos por los movimientos pobrecistas heréticos y por el catarismo. Evidentemente hubo conexiones entre ellos y los posteriores «espirituales» y «fratricelos» franciscanos, cuyos núcleos más fuertes prosperaron en los mismos territorios; cf. ESSER, Franziskus und die Katharer, 263, n. 6. Siempre habrá de tenerse en cuenta que la inmensa mayoría de la Orden estuvo inmune de las cuestiones mencionadas, hasta que se desencadenaron las hostilidades sobre toda la Orden bajo el pontificado de Juan XXII (13161334). En la historia de la Orden se ha dado demasiada importancia a las luchas de los espirituales, sin duda por la abundante literatura que produjo; cf. HOLZAPFEL, Handbuch, 5066; FR. DE SESSEVALLE, Histoire générale de l'ordre de saint Francois, tom. 1, París 1935, 106137. Cf. asimismo R. MANSELLI, Spirituali et Beghini in Provenza, Roma 1959, que reconoce que los movimientos de los espirituales se desarrollaron sobre terreno cátaro, pero opina que no se percibe ninguna influencia de éstos (CollFranc 32 [1962] 190). Queda en pie la cuestión, importante y digna de estudio.

[2]   Mientras no haya otras investigaciones, disponemos al respecto del Bullarium Franciscanum, t. I, Roma 1759. A esta edición remiten las citas con I y las páginas en números arábigos. — Por desgracia, estos escritos comienzan en 1219, en un momento en que la comunidad de los frailes menores habían experimentado ya cierta evolución, una evolución, desde luego, que no provenía de la curia, sino de las energías inmanentes a la comunidad misma. Esta intervención tardía (12191220) es un signo inequívoco de que en Roma no había demasiado interés por el movimiento franciscano y de que éste pudo evolucionar a su propio aire. Cuando la curia papal mete manos en el asunto, lo hace, como puede verse en muchos escritos, a petición de san Francisco y de su Orden. Sobre estas cuestiones cf. ESSER, Das Testament, 174182. — A los escritos del pontificado de Gregorio IX, antes cardenal Hugolino, no se puede apelar por razones evidentes sino ocasionalmente y sólo a título de ilustración.

[3]   Este relato lo publicó por primera vez MOLLER, Anfiinge, 204210. Lo volvió a imprimir O van der Vat (Anfange des Franziskanermissionen, 246248), que lo considera «fidedigno en líneas generales» (o. c. 46). H. DE ROECK OFM, De normis regulae OFM circo missiones inter infideles (Studi e testi Francescani, 19), Roma 1961, 5052. — Fray Jordán de Giano en su Chronica (n. 8) refiere que ya en vida de san Francisco llegó a manos del Santo una «vita et legenda» de los protomártires y que la prohibió leer. Pero sus datos no permiten conclusiones sobre este relato; no puede afirmarse que el relato de nuestro anónimo es el que viera san Francisco