CAPÍTULO II

LOS COMIENZOS DE LA NUEVA COMUNIDAD

 

1. Abandonan el mundo

3. El nombre de la nueva orden

4. Francisco, fundador de la nueva orden

5. El origen de los primeros frailes

6. El crecimiento acelerado de la nueva orden

Conclusiones del capítulo II

 

Un primer y sumario análisis de los testimonios, contenidos en las fuentes hasta ahora mencionadas, basta para percatarse de que los contemporáneos afrontan el fenómeno nuevo del movimiento franciscano con cierto desconcierto y extrañeza. Claramente se palpa que los escritores, incluídos los funcionarios de la curia papal, carecen todavía de las categorías con que expresan la novedad de este movimiento. Ejemplos elocuentes de este hecho aparecen hasta muy avanzado el siglo XIII (sobre todo: en S).

1. Abandonan el mundo

En primer lugar se destaca con suma claridad que los frailes menores «abandonan el mundo». Las expresiones «relinquere saeculum», «saeculo renuntiare», se repiten con todas las variaciones posibles. En 1216 dice Jacobo de Vitry: «Muchos... lo abandonan todo por Cristo y huyen del mundo. Se llaman frailes menores» (F); «arrancan las almas, que caminan por la perdición, a las vanidades del mundo y las llevan consigo» (F). En la Historia orientalis (1219/21) se expresa todavía más enfáticamente: «En ellos, como en un espejo tersísimo, se ofrece a los ojos del espectador el desprecio de la vanidad mundana» (H). Lo mismo hace ver sirviéndose de ejemplos bíblicos y afirma que los frailes menores olvidan lo que tras ellos queda y marchan sin desviaciones por el nuevo camino del seguimiento de Cristo, después de haber roto con todo cuanto es del mundo (H). En sus sermones presenta la ruptura con el mundo como esencial para los frailes menores: «cuanto menos conserváis de este mundo, tanto más humildes y menores aparecéis. Pues nada poseéis de este mundo» (HS 115). El retórico Buoncompagni presenta también a los seguidores de san Francisco, en 1220, como «despreciadores de todas las apetencias mundanas» (J). No menos claro es a este respecto el testimonio de Walter de Gisburn, según el cual muchos han seguido a san Francisco, «despreciadas las pompas del siglo» (N).

Los dos cronistas de San Albano describen este fenómeno de la «conversión» con mucha precisión y observan que ha provocado un nutrido seguimiento: El nombre de Francisco se ha hecho tan conocido y famoso en todas las regiones de Italia que muchos nobles siguen su ejemplo: «abandonado el mundo con los vicios y concupiscencias, se sometieron a su magisterio» (M). Respecto a la «conversión» de Francisco, la leyenda coral de Chartres (T) concreta más diciendo que, primero, fue mercader de telas, completamente entregado a las ocupaciones mundanas (n. 1), pero luego se decidió a «deponer todo el lastre del siglo» (n. 3).

El hecho de la conversión como ruptura con el mundo para llevar una nueva vida siguiendo a san Francisco, lo describe con gran precisión Tomás Tuscus al hablar de la conversión de fray Pacífico, a quien conoció personalmente: Antes era «dado todavía a la vanidad», pero una vez «convertido» ha llegado a ser un descollado «imitador de san Francisco». Del mismo modo se operó el apartamiento del mundo y el comienzo de la nueva vida de los demás frailes. El signo externo de esta ruptura era la renuncia sin reservas a todos los bienes terrenos, o mundanos.

¿Se trataba de una auténtica «renuncia al mundo» en el sentido de una orden religiosa, no sólo de un mero seguimiento de Francisco? Así lo atestigua en 1224 el «Chronicon Montis Sereni», observando entre lamentos que las órdenes antiguas han caído en tal descrédito «que a los que quieren abandonar el siglo, no les parecen suficientes para salvarse». Por esta razón, añade el autor, los que realmente quieren abandonar el mundo, acuden a las nuevas órdenes de los frailes menores y predicadores (E). En el mismo sentido habla ya en 1218 Honorio III en su primer escrito a la joven comunidad, diciendo que los hombres que abrazan el modo de vida y la orden de los frailes menores «desechan todas las vanidades de este mundo» (I, 2b). Igualmente se expresa el Papa en «In eo quod audivimus» (4.10.1225): «y habiendo abandonado el siglo, al incorporarse a la religión de estos mismos hermanos, se desentendió por completo del mundo; ya no puede decirse que es el mismo de antes, puesto que al separarse del mundo, se transformó en otro hombre» (I, 23b). ¡Imposible hablar más claro!

Concuerda con esto el autotestimonio de san Francisco, cuando en el Testamento, describe su conversión y señala la meta de este proceso con la frase siguiente: «y salí del siglo»[1]. El y todos cuantos le seguían, abandonaban el mundo para iniciar una vida que correspondiera plenamente a los requerimientos del Evangelio y, en consecuencia, nada tuviera de común con la vida en el mundo, ni siquiera con una vida cristiana apegada al mundo (Regla no bulada 2, 8 y 22; Regla bulada 10). Francisco dice de sí y de los suyos: «después que abandonamos el mundo» (Regla no bulada 22) Para el hombre medieval esto no significa otra cosa que llevar una vida religiosa, como la formula concretamente el mismo san Francisco: «los religiosos que renunciaron al siglo»[2].

Sí, es también la constatación inequívoca de los contemporáneos que consideraron la vida de los frailes menores como una vida religiosa y su comunidad como una orden[3]. Burkhard de Ursperg habla ya de los franciscanos como una orden (religio) aprobada por la Sede Apostólica y le aplica el mismo tratamiento que a la Orden dominica: «En aquel tiempo envejeciéndose ya el mundo, surgieron dos nuevas religiones en la Iglesia, cuya juventud se renueva como la del águila... es decir, la religión de los frailes menores y la de los predicadores» (A). Estaba, por tanto, convencido de que por estas dos órdenes se renovaba la juventud de la Iglesia, la vida de la Iglesia primitiva. Es de notar también que reprocha a los heréticos Pobres de Lyon, a quienes considera como la contrapartida de los frailes menores, de llevar «ciertas capas semejantes a las de la religión», o sea que vestían contra todo derecho como religiosos, reproche que no hace a los franciscanos. Todos estos detalles abonan el hecho de que Burkhard considera a los frailes menores tan orden religiosa como a los discípulos que contemporáneamente seguían a santo Domingo.

A lo largo de todos sus testimonios (F,G,H,HS), Jacobo de Vitry habla en más de una ocasión de la orden de los frailes menores y ya desde 1216, y más todavía desde 1220, y sobre todo en las páginas de la Historia orientales, hace unas afirmaciones que no tienen sentido sino dirigiéndose a una orden religiosa. A sus ojos, los frailes menores son, sin género de duda, una orden religiosa, y esto a pesar de que tienen una conciencia clara de la novedad que representan entre las diversas órdenes de la Iglesia. Esta «novedad» inaudita la atribuye a una providencia especial de Dios (H). Tras hablar de las «religiones» de los ermitaños, de los monjes y de los canónigos regulares, añade: «para que se mantuviera en su firme solidez el cuadro (quadratura) básico de los que viven regularmente, añadió el Señor en estos tiempos una cuarta institución religiosa, la hermosura de una orden y la santidad de una regla»[4]. Y conocedor de la prohibición que dictó el IV Concilio Lateranense (1215) de escribir nuevas reglas de vida religiosa, comenta que «no tanto añadió una nueva regla, cuanto que renovó la antigua», porque los franciscanos restablecían la vida de la primitiva Iglesia, idea que Jacobo de Vitry la había expresado con viveza en 1216 (F). Asimismo, en sus sermones a los frailes menores anota una serie de puntos que claramente dan a entender que ve en ellos una comunidad religiosa, una orden cuya cohesión se manifiesta por la obediencia a los superiores (HS 116 y 151). Los distingue netamente de los «seculares» y «laicos» (HS 118a y 155b). En suma, desde que los conoció el año 1216, el grupo de los franciscanos constituía, a sus ojos, una Orden totalmente nueva, sí, pero del mismo rango y nivel que las demás formas de vida regular existentes hasta entonces en la Iglesia. Este testimonio pesa tanto más por cuanto se basa en unas experiencias vividas en una época en que no había intervenido de hecho la curia romana en el desarrollo interno del movimiento franciscano[5]. Este desarrollo hacia la constitución de una orden hubo de tener, por consiguiente, unos elementos esenciales previos en los que los contemporáneos vieron ya el comienzo de una orden.

A corroborar este hecho viene también el testimonio del Chronicon Montis Sereni, que data de 1224 y proviene de tierras alejadas del escenario de esta historia. El autor premonstratense describe el acelerado crecimiento de «dos órdenes de un nuevo género de vida», franciscanos y dominicos, y se pregunta seriamente sobre las causas de tan manifiestas ansias por nuevas formas de órdenes religiosas. A su entender, las causas no están en las antiguas reglas, sino en su mala observancia. Líbreme Dios de decir estas cosas como queriendo negar los buenos propósitos de cualesquiera, pero es muy de lamentar el que hayan caído en un tan gran descrédito las órdenes primitivas a causa de la vida desordenada de los que las han profesado» (E).

Junto a las «primitivas órdenes», que seguían la regla de san Agustín o la de san Benito, aparecen bien perfiladas las nuevas de los dominicos y de los franciscanos. En consecuencia, cabe decir que los frailes menores llegaron a Alemania, ya en 1221, como una orden estructurada y que las órdenes antiguas los consideraron como una forma nueva de vida religiosa.

Cuando los franciscanos aparecieron por vez primera en Portugal (hacia 1217), se les consideró también como una orden nueva, según se desprende de la biografía más antigua de san Antonio de Padua. Siendo éste joven canónigo regular de san Agustín, habría hablado a los frailes menores en los siguientes términos: «Carísimos hermanos, con ardiente ilusión tomaré el hábito de vuestra orden, si me prometéis que, una vez ingresado en ella, me enviaréis a tierra de los Sarracenos» (5, 5). Antonio interpretó su decisión como paso de una orden a otra. — Igualmente el testigo presencial que narra el martirio de los protomártires de Marruecos, habla de la «Orden de los Hermanos Menores», cuyos miembros van entre los sarracenos «según la forma de su regla».

Lo mismo acontece en Inglaterra, según se desprende con toda claridad de las afirmaciones de los cronistas benedictinos (M)[6] y de las actas editadas por Little (U: 168, etc.) y Brewer (V: 619, etc.). Los franciscanos constituyen una orden más. A las afirmaciones de estas actas corresponde la conciencia que de sí tenían los franciscanos de Inglaterra y que se refleja de mil modos en la Crónica de Tomás de Eccleston. Ejemplo clarísimo de ello lo tenemos en la apelación que el arzobispo Esteban Langton (t 9.7.1228) dirige a un franciscano candidato para el acolitado: «Acérquese el hermano Salomón de la orden de los apóstoles»[7].

En cuanto a Francia, abonan la misma idea los procesos que, según Jordán de Giano (4), tuvieron lugar en la curia episcopal de París el año 1219. Se trató en ellos de la regla de esta orden nueva y tan extraña. Un escrito papal disipó todas las suspicarias. Después de declararlos libres de toda sospecha de herejía, los frailes fueron tratados como una orden religiosa. En este sentido se expresan también los documentos que publicó A. Callebaut sobre la primitiva historia de la orden en Francia[8].

En la misma línea siguen todos los demás testimonios, aunque sus autores no se inclinaran demasiado a los franciscanos: «también la orden de los menores» (C) «la orden de los menores» (L), «el bienaventurado Francisco inició la orden de frailes menores» (N), «en los orígenes de su orden» (0) [9]. Estos asertos, naturalmente, adquieren mayor peso por el hecho de que sus autores son casi todos clérigos o miembros de órdenes religiosas antiguas. La agrupación que seguía a san Francisco, la veían como una orden nueva, pero equiparable a las demás. Y habida cuenta de que algunos de dichos autores no afrontaban con simpatía el hecho de la nueva orden, su testimonio resulta irrefragable. No hubieran desperdiciado la oportunidad de indicarlo, si hubieran visto que en la nueva comunidad faltaba alguna nota esencial de la vida religiosa según los conceptos de entonces.

Junto a esta serie de testimonios claros y unánimes, que no adolecen de falla alguna ni hacen pensar en evoluciones de otro tipo, tenemos el testimonio no menos claro y tajante de la curia romana. En su primer escrito sobre los frailes menores (1219), Honorio III habla «de la vida y religión de los Hermanos Menores» y de «la agrupación de los Hermanos predicadores» (I, 2b). En mayo de 1220, o sea antes todavía de la introducción del noviciado en la orden franciscana, escribe a los obispos, que sufrían inquietudes ante el movimiento franciscano («quasi habeant de ipso Ordine conscientíam scrupulosam...») [10], y dice: «porque Nos incluímos entre las aprobadas a la orden de los tales, y a los hermanos de dicha orden los tenemos por varones católicos y devotos». Y les manda, en consecuencia, que los admitan en sus diócesis como a «verdaderamente fieles y religiosos» (I, 5b). Más claramente aún se afirma en la bula «Cum secundum consilium» (22.9.1220), que manifiestamente fue solicitada por el mismo san Francisco: «Pero ninguno de los hermanos ose abandonar vuestra Orden, hecha ya la profesión, ni pueda nadie retener a quien la abandonare...» (I, 6a). Desde entonces, los calificativos «religio et ordo Fratrum Minorum» son casi constantes en los escritos curiales.

Ya antes de la bula de la regla definitiva escribía Honorio III a los abades del Císter que no podía pasar a ellos «ninguno de la Orden de los Frailes Menores», como ningún cisterciense hacerse franciscano «sin especial mandato del sumo Pontífice». Y, en efecto, el capítulo general del Císter, celebrado en 1223, ordenó: «sean tenidos por fugitivos los monjes y conversos que hubieren pasado de la Orden de los Predicadores o de la de los Hermanos Menores» (Cf. BullFranc I, 26 b.). De todo esto resulta innegable que los franciscanos eran considerados por estas órdenes antiguas como una orden en el sentido canónico de la palabra, ya antes de que la Santa Sede hubiera aprobado definitivamente su regla; en otro caso no se podría pretender ni efectuar el paso de una orden a otra. Pero evidentemente de tiempo atrás se dieron tales intentos, pues a la fijación de toda ley antecede una «prehistoria» que la suscita. Y también este testimonio nos remite a los primeros tiempos de la orden franciscana. Para sopesar mejor los testimonios aducidos, basta pensar que en las actas del IV Concilio de Letrán se emplea más la palabra «religio» que «ordo» para designar una orden religiosa. Y si añadimos que en los testimonios sólo se habla de «Fratres», resulta claro que no se refiere a un grupo de penitentes, varones y mujeres[11], sino a una orden masculina determinada, que se consideraba como tal en el sentido canónico del término ya antes de la aprobación definitiva de la regla (29.11.1223)[12].

Para designar al grupo de frailes que se había reunido en torno a su persona, Francisco usa con preferencia, en los escritos que de él conservamos, el término «fraternitas» por tratarse de una palabra que expresaba ciertamente un rasgo esencial de su grupo. Pero con no menor frecuencia emplea también «religio» y «ordo». Como todos los contemporáneos, los emplea indistintamente[13]. La fraternitas es religio, ordo, sin género de duda. Celano cuenta con toda claridad que el mismo Francisco había elegido el término definitivo de «ordo». «Quiero, dijo, que esta fraternidad se llame Orden de Hermanos Menores»[14]. Y si, como hemos dicho, para san Francisco son sinónimos «fraternitas», «religio» y «ordo», podemos dar el último paso. En el prólogo de la Regla no bulada se dice: «Fray Francisco y quienquiara fuere cabeza de esta religión prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores». Este texto no tendría sentido de no ser anterior a la muerte de Inocencio III (¡ 1216). Pero como la orden carecía todavía de nombre («de esta religión») y el prior de Ursperg conocía a sus miembros como «Hermanos Menores» ya en el año 1210 (A), cabe inferir con seguridad que el texto citado del prólogo de la Regla no bulada, como lo sugiere también su fondo, existía ya en la primitiva regla de la Orden, sobre la que san Francisco trató con Inocencio III en 1209/1210[15]. El texto en cuestión subsistió incólume a través de todas las vicisitudes de esta regla hasta que fue retocada, en 1223, en la definitiva confirmación de Honorio III[16]. No se puede menos de admitir, por consiguiente, que san Francisco se considerara a sí mismo desde el principio como «jefe de esta orden» y que contara con la posibilidad de un sucesor en este oficio que por el momento no tenía un nombre definitivo. En todo caso, es elocuente respecto a la conciencia que los frailes menores tenían de sí en un principio, el hecho de que en esta frase, que contiene el primer autotestimonio propiamente dicho de san Francisco sobre sí y su orden, se hable con toda naturalidad así de los sucesores del Papa como de los de san Francisco. Según el tenor literal, la fidelidad empeñada, por una parte, entre san Francisco e Inocencio III y, por otra, entre los frailes y san Francisco y los eventuales sucesores en el futuro, apunta sin equívocos a la idea que la nueva comunidad abrigaba de perdurar en el futuro como orden entre las demás órdenes ya existentes.

Es fácil demostrar que no fue otra la conciencia de los frailes en los años siguientes. Cuando el IV Concilio de Letrán dictó una serie de ordenanzas para los religiosos, san Francisco se apresuró a incorporarlas en su regla, pues las creyó obligatorias para su orden. — Asimismo aceptó en su regla las prescripciones de la bula «Cum secundum consilium» del 22.9.1220 [17]. De ésta incorporó en la Regla, «según mandato del Señor Papa» la prohibición de permanecer fuera de la obediencia; es lo que efectivamente aparece en la bula en cuestión. Y sobrepasando el tenor literal de la prohibición, se dice: «Luego no le será lícito irse a ninguna otra religión». Si esta añadidura, que prohibe al fraile menor pasar a otra orden, es del propio san Francisco, el testimonio resulta irrefragable: san Francisco vela celosamente por la subsistencia de su orden y de su profesión [18].

De todo lo dicho se concluye fundamentalmente que san Francisco consideró desde los principios a su fraternidad como una orden en la Iglesia y tuvo la conciencia de formar con sus seguidores una orden equiparable a las demás existentes en la Iglesia de entonces. Esta autoconciencia de san Francisco coincide con la idea que los contemporáneos se hicieron sobre la nueva comunidad.

En este contexto cobra todo su peso otra consideración. En 1209/1210, cuando el grupo franciscano constaba precisamente de doce hermanos, él inclusive, compuso una regla, aunque sencillísima[19]. No había realmente necesidad de una regla para doce hombres, que estaban de perfecto acuerdo. ¿Por qué se le ocurrió a san Francisco en fechas tan tempranas fijar por escrito una forma de vida bien perfilada, a la que obligatoriamente se vinculara el grupo? Sin duda, aunque en fórmulas simples, pretendía establecer una vida comunitaria «regular»[20], una «forma y regla de vida», que diera consistencia al grupo frente a las demás formas de vida «regular» existentes en la Iglesia. No sólo escribió san Francisco una regla, sino que tuvo además la idea de hacerla confirmar por la suprema autoridad eclesiástica. ¿Cómo llegó san Francisco tan pronto a dar este paso decisivo? No le forzó su obispo, que se vio sorprendido al ver a los doce en Roma. La curia no se interesó por ellos, según se desprende de la primera actitud del Papa[21]. Es Francisco quien una vez más responde a su propio impulso. Deseaba evidentemente una forma de vida que significara para toda la Iglesia. En caso contrario se hubiera contentado con la aprobación de su obispo, como lo habían hecho poco antes los carmelitas en Oriente. Nos encontramos, por consiguiente, con una neta conciencia de la propia misión en el seno de la Iglesia, conciencia que entraña una vida regular y, por ende, una vida religiosa como orden.

Hay un dato, que Celano lo sitúa en los primeros momentos de la fraternidad franciscana, cuando los frailes menores eran todavía poquísimos, y que arroja una luz clarísima sobre la conciencia de la propia misión de san Francisco y de los suyos. Según Celano, san Francisco consoló a los suyos en los siguientes términos: «Tened buen ánimo, carísimos, y alegraos en el Señor, y no os entristezcáis al reparar en vuestro pequeño número. No os desanime tampoco mí simplicidad y la vuestra, porque, según acaba de revelarme con toda certeza el Señor, El nos hará crecer en gran multitud y nos hará llegar hasta los confines de la tierra. Para vuestro mayor ánimo me veo obligado a referiros lo que he visto, y que ciertamente callara si la caridad no me forzara a comunicároslo. Vi una gran multitud de hombres que venían hacia nosotros, deseosos de compartir nuestra vida vistiendo el hábito y cumpliendo la regla de la santa religión (in habitu sanctae conversationis beataeque religionis regula), y me parece oír todavía el murmullo de los que iban y venían según el mandato de la santa obediencia. Vi que todos los caminos que conducen a nosotros estaban repletos de gentes de todas las naciones. Llegan los franceses, se apresuran los españoles, corren los alemanes y los ingleses y adelántense gran multitud de otras diversas lenguas»[22].

Celano refiere esto para probar el don profético de san Francisco. No pretende dar una respuesta al problema que nosotros traemos entre manos. Y esta ausencia de segundas intenciones es lo que precisamente confiere mayor valor al relato. «Después que el Señor le diera hermanos» (Testamento 4 ), san Francisco tenía sin duda una neta conciencia de la misión de su grupo. Se sentía obligado para con toda la Iglesia mediante el grupo que iba creciendo. En el simplicísimo cuadro, que traza para consuelo de la pequeña grey, expresa los elementos constitutivos que le darán en el futuro el carácter de una orden: el «hábito de la santa vida» (sanctae conversationis), la «regla de la santa religión» y la vida «según el mandato de la santa obediencia». Con todo ello la idea de una vida religiosa fuera del «saeculum», aceptada como una misión divina, sopló con vitalidad y eficacia en la primera fraternidad franciscana.

Las dos crónicas de la orden, influenciadas tal vez por la evolución sufrida, contemplan los orígenes fuertemente marcados de un carácter «religioso»[23]. No obstante, encontramos en ellas, por su resonancia primitiva, elementos valiosos para nuestra cuestión. Así, por ejemplo, es interesante que Jordán denomine «todavía secular» a un fray Cesáreo de Espira, a pesar de que reconoce que, aun antes de su ingreso en la orden, era «imtiador de la pobreza evangélica» (9). Esta anotación incidental habla alto en favor de la autoconciencia de la primitiva agrupación. Que esta conciencia de orden estaba arraigada al menos el año 1219, se manifiesta también en el hecho relatado por el mismo cronista que atribuye a fray Juan de Capella la pretensión de ser «fundador de una nueva orden», de escribir una regla y de presentarla a la aprobación de la Santa Sede. Fray Juan quiere, pues, hacer para su orden destinada al cuidado de los leprosos lo que san Francisco había hecho para los frailes menores. Por otra parte, según el prólogo, la crónica de Tomás de Eccleston estaba destinada a reforzar esta conciencia de ser una orden. Por consiguiente, es lícito concluir que la comunidad, formada en torno a san Francisco, quería desde los principios, a plena conciencia, ser una orden en la Iglesia, y que así la consideraron los contemporáneos según todos los testimonios existentes.

Esta autoconciencia encontró en la obra Sacrum Commercium su más acabada expresión. La Dama Pobreza advierte reiteradamente en ella a san Francisco y a sus seguidores, se cuiden de los peligros a los que han sucumbido los demás (14); teme, en efecto, que les ocurra como a los demás (54) y les exhorta a la perseverancia, «sin abandonar vuestra perfección, como es costumbre en algunos» (65). Finalmente, les previene contra la astucia y la maldad de Satanás, «que venció y derrotó a los otros»

(67). Estos «otros», «los demás» no son sino los miembros de las órdenes hasta entonces existentes, según claramente se desprende de la breve y fragmentaria historia eclesiástica narrada en el gran discurso de la Dama Pobreza y relativa precisamente a la historia de la pobreza en las órdenes monásticas conocidas.

No menos claramente sale a luz la autoconciencia de los primeros franciscanos, cuando la Dama Pobreza define como «altísima profesión vuestra» el juramento (iurare et statuere), con que Francisco y los suyos sellan su alianza con ella (57). «Altísima profesión» es un tecnicismo de todos conocido para designar la vida religiosa y la Dama Pobreza lo explica: porque «ilustra con luz más intensa la perfección de los antiguos» (65). Estas indicaciones que pueden multiplicarse a placer, muestran inequívocamente que, a pesar de que los franciscanos aparecen todavía muy ajenos a las formas de una vida monástica, se tuvieron desde muy pronto como una comunidad, que ocupaba el mismo rango que las órdenes antiguas, e incluso se consideraba como el cumplimiento específico de la misión originaria de dichas órdenes. Aparecían ciertamente como algo nuevo, pero se creían renovadores de los ideales de los primeros monjes[24].

Y llegados aquí conviene detenerse en el testimonio de Jacobo de Vitry, que abona nuestra cuestión al mismo tiempo que la proyecta en nuevas luces. En su carta de Damieta (1220) hace primero unos elogios muy subidos de la «religión de los Frailes Menores», para añadir a continuación: «Con todo, nos parece muy peligrosa esta religión, dado que en ella se distribuyen para ir de dos en dos por el mundo entero no solamente los perfectos, sino también jóvenes e imperfectos, que por algún tiempo deberían ser probados y estar sometidos a la disciplina conventual. El maestro de ellos que fundó esta órden...» (G). Está muy claro que para él esta «religio» es una orden, y una orden que carece del elemento propiamente conventual, la «disciplina conventual». En consonancia con esto está su relato de 1216 (F), según el cual las mujeres reunidas en torno a Clara de Asís vivían en los conventos, al paso que los franciscanos deambulaban por el mundo. Estos, por consiguiente, no constituyen una orden que vive conventualmente, novedad que desconcierta precisamente al buen Jacobo. El retórico Buoncompagni se muestra también, en la misma época, muy preocupado ante la novedad franciscana de una vida religiosa no conventual (J). El espíritu observador y crítico de un Jacobo de Vitry frente a este problema lo vemos en el relato sobre los Humillados del norte de Italia, que escribió el año 1216 a sus amigos de Lieja (F): Los miembros de esta orden, aprobada por el Papa, que lo han dejado todo por Cristo, «se reúnen en lugares diversos». Esta orden tenía en aquel entonces 150 «comunidades (congregationes) conventuales de varones por una parte, y de mujeres por otra». Poseía, pues, conventos separados para hombres y mujeres, pero constaba también de miembros «que quedaron en sus propias casas». Fundamentalmente coincidía en cuanto a la estructura con la «triple milicia», de la que hablan también las fuentes franciscanas refiriéndose a todo el movimiento franciscano, sin olvidar que, a diferencia de los Frailes Menores, los Humillados constituían comunidades conventuales. Este contraste es precisamente el que deja ver lo específico de la primera orden de san Francisco: su no conventualismo (cf. p. 46, n. 18).

En conclusión puede afirmarse que todos los testimonios primarios, hoy en día asequibles, describen unánimemente, sin excepciones, a los primeros seguidores de san Francisco agrupados en una orden. San Francisco mismo habla ya en 1209/10 de su fraternidad como de una orden, y a esto se atiene en todos sus escritos. La primera forma de vida la escribe también para sus hermanos[25], no para una agrupación o comunidad abierta a todos los cristianos. Pero, como lo indican en múltiples modos los contemporáneos, ha de reconocerse con la misma seguridad que, dentro de los cuadros de la vida religiosa, el movimiento franciscano introduce una novedad inaudita, algo nada habitual en los movimientos monásticos precedents[26].

3. El nombre de la nueva orden

El nombre de la nueva orden parece haber sufrido cierta evolución. En la regla primitiva se limita san Francisco a «estos hermanos» para más tarde hablar de «orden de los Hermanos Menores»[27]. A esta evolución del nombre alude Burkhard de Ursperg, según el cual los miembros de esta «religión en la Iglesia» comenzaron por llamarse «Pobres Menores» y más tarde se dieron cuenta de que algunos usaban con arrogancia este nombre. En una época, testigo del movimiento religioso por la pobreza, esto no era raro, porque había en él cierta «gloriatio». Tal sería la razón de que los franciscanos prefirieran el título de «Hermanos Menores» al de «Pobres Menores» (A). En los primeros pasos de la agrupación los seguidores de san Francisco se designaban más genéricamente: «varones penitentes oriundos de la ciudad de Asís»[28]. De ahí que el mismo Francisco califica los inicios de su nueva vida como un «hacer penitencia»[29]. Pero esta designación no salió, al parecer, del pequeño círculo de los primeros discípulos. Al menos no ha dejado otras huellas. Quizás se la consideró como demasiado genérica, dadas las mil formas de «vida de penitencia» adoptadas en la Iglesia de entonces. Y si consideramos los testimonios concordes del prior de Ursperg y de 1 Celano 38, que nos presentan a Francisco y a los suyos preocupados por darse un nombre propio, expresivo de algo esencial a su movimiento, resulta claro que se identificaban a sí mismos como un grupo especial dentro del movimiento religioso general de la Iglesia y se sentían llamados a una tarea específica en el seno de la misma.

En las demás fuentes que poseemos se habla uniformemente de «Hermanos Menores», o bien de «Menores» simplemente: «que se llamaban Hermanos Menores» (F 1216); «a quienes llamamos Hermanos Menores» (H 121921); «hermanos de la orden de los Menores» (Legenda Assidua 5, 3); «la orden de los hermanos que se llaman Menores» (M 1236); «orden de los Menores» (L; cf. N). Sólo Jacobo de Vitry trata en una ocasión de dar una definición más extensa de la vida y obra de los franciscanos: «Esta es la religión de los verdaderamente pobres del crucificado y la Orden de predicadores, a los que llamamos Hermanos Menores» (H). Es curioso que los cronistas benedictinos de San Albano empleen la misma designación unos años más tarde para definir a los franciscanos desde el punto de vista de su actividad y sin una dependencia probable de Jacobo de Vitry: «creció, pues, en breve tiempo esta orden de hermanos predicadores, denominados Menores» (M)[30]. Es una designación, «praedicatores» o «fratres praedicatores», que, como claramente lo atestigua ya en 1224 el Chronicon Montis Sereni (E), vino a ser el nombre distintivo de la orden de santo Domingo, nacida en la misma época.

Jacobo de Vitry trata de desentrañar el contenido del nombre de «Menores»: «...los apellidamos Hermanos Menores. Verdaderamente menores y, en el hábito, la desnudez y el desprecio del mundo más humilde que todos los regulares de este tiempo» (H). A sus ojos, los franciscanos se presentan como los menores entre los religiosos de aquel tiempo, tanto en el aspecto exterior como en las actitudes internas. De aquí que pueda repetirse a la inversa diciendo que «1os frailes menores no tienen quien les preceda en el camino, porque son pocos o nadie quienes los aventajen en pobreza y minoridad». A los ojos humanos son despreciables, realmente «menores», pero «mayores» a los ojos de Dios. Y Jacobo de Vitry recomienda cordialmente a los frailes la conservación de esta minoridad (HS 115).

Esta manera de ver coincide en el fondo con lo que se lee en 1 Celano 38. Después de relatarnos que san Francisco aceptó el nombre de «orden de los frailes menores», comenta: «Y verdaderamente menores, ya que siendo sumisos a todos, siempre buscaban puestos de vileza». El nombre había de recordar a los frailes que «habían de merecer estar fundamentados en la solidez de una verdadera humildad». El nombre, con consiguiente, es de inspiración religiosa, no política, como si los franciscanos, según se ha supuesto más de una vez, hubieran adoptado una posición en las querellas a la sazón estalladas entre «majores» y «minores».

En la Legenda chori tampoco da Celano otra razón: «Los llama Menores, para que con la virtud de una singular humildad, embellecieran la profesión de su nombre» (n. 5).

4. Francisco, fundador de la nueva orden

Según el testimonio unánime de los contemporáneos, la orden se debe a Francisco de Asís. A este respecto comentaremos únicamente los textos que proyecten luces peculiares. Que san Francisco fuera el fundador de esta orden nueva, lo dice con toda claridad, ya en 1219, Odón de Cheriton, que destaca singularmente los lazos de paternidad que unen a Francisco con sus discípulos (W). Estos son sus «hijos espirituales». En cambio el autor de la Vita Gregorii IX prefiere dar la impresión de que el cardenal Hugolino, antes de ser Gregorio IX, había sido también el fundador de la orden de los frailes menores, como lo fue, según él, de la segunda y tercera orden franciscanas[31]. Tendremos que ser indulgentes con el escritor que celebra con palabras tan tajantes la participación de su señor en la constitución de la nueva orden; pero los mismos que tomaron parte en el asunto se encargan de dar la medida justa de las influencias del cardenal Hugolino[32].

En otros términos refiere Ricardo de San Germán este hecho: «El hermano Francisco, fundador de la Orden de los Hermanos Menores (cf. p. 44, n. 15). Pero, tal vez, lanza contra el santo, canonizado por Gregorio IX, y contra la orden, de tendencias en general muy papales, los enojos que sentía contra dicho Papa. Es lo que se entrevé cuando, prosiguiendo su relato, dice que el Papa canonizó a Francisco por dos milagros, afirmación que no concuerda con los hechos[33].

Resonancias peyorativas escuchamos también en el relato del Chronicon Montis Sereni, según el cual la orden de los frailes menores «tuvo su origen en un cierto comerciante» (E). Para la mentalidad de los monasterios aristócratas de las antiguas órdenes era inconcebible que un simple mercader pudiera ser fundador de una orden. Pero son raras las afirmaciones de este género[34] y se desvanecen ante el testimonio de Jacobo de Vitry, muy anterior a la canonización del santo: «Vimos al primer fundador y maestro de esta orden..., varón simple y sin letras, amado de Dios y de los hombres, llamado hermano Francisco...» (H). Y este autor, así como los frailes, se siente incluso tan ligado al santo de Asís que llega a decir en un sermón: «Porque nuestro padre espiritual es san Francisco...» (HS 150).

5. El origen de los primeros frailes

Del grupo de nuestros testimonios llegamos a saber no pocas cosas sobre los personajes que se incorporaron a la nueva orden[35]. En 1216 habla Jacobo de Vitry de «muchos... ricos y seculares» que dejaron todo por Cristo y huyeron del mundo, y a los que se llamó frailes menores. Evidentemente, pone de relieve solamente lo más llamativo: el hecho de que muchos seglares ricos abrazaban la nueva forma de vida. Por esta razón no hemos de tomar esta afirmación en sentido exclusivo. En la misma carta habla también de un alto funcionario de la curia, Nicolás de nombre, que abandonó su puesto y posición para entrar en las filas de los frailes menores; «pero como el Papa le creía indispensable, volvió a llamarle»[36]. El mismo Jacobo tendría más tarde que sobrellevar que también clérigos bien situados de su diócesis de san Juan de Acre lo abandonaran para hacerse frailes menores; se alistaban en las filas franciscanas hasta Maestros y otros sabios (G).

Reasume el tema en su Historia oiientalis y cuenta que el nuevo camino lo emprendían, «no sólo gentes de la clase baja, sino también de alcurnia». Observa que la orden franciscana está abierta a todos; sólo los casados y los profesos en otras órdenes hallan dificultades cuando no obtienen los debidos permisos de sus mujeres o de los superiores respectivamente. Manifiesta su admiración por la gran confianza con que los frailes recibían a tantos hombres con la seguridad de que Dios mismo velaría por su subsistencia (H). Sis E habla simplemente de «quienes querían renunciar al siglo», el Chronicon Normanniae dice que «muchos nobles y jóvenes sofistas se pasaron a esta orden por la extraña novedad que representaba» (L)[37]. Los cronistas de San Albano anotan sucintamente que muchos nobles siguieron el ejemplo de san Francisco (M). Walter de Gisburn dice en términos más generales que muchos «nobles y plebeyos, clérigos y laicos» despreciaron toda «pompa mundana» para seguir a san Francisco (N).

En los escritos del Papa Honorio III encontramos algunas indicaciones. El año 1220 dictó varias cartas a causa de cierto Juan, que, habiendo sido prior de la Iglesia apostólica de Constantinopla, quiso hacerse franciscano y luego abandonó su propósito. Pocos años más tarde examina el caso jurídico de un sacerdote que entró en la orden y aseguraba luego contra los frailes no haber profesado en ella[38].

De estos datos escuetos cabe inferir que los primeros frailes provenían de los estratos sociales más diversos. Si los cronistas se fijan más en los casos particulares de nobles y clérigos distinguidos, es, sin duda, por anotar sólo lo más sorprendente. Estos casos no pueden generalizarse, como tampoco el de los «ricos» de F, el de. «los jóvenes» y el «motivo de la extraña novedad» de L.

Por los escritos de san Francisco conocemos algunos datos referentes al origen de los frailes menores. Los términos con que más frecuentemente se les designa y establecen la distinción más general, son los de «clérigos» y «laicos»[39]. Aunque no se ha de entender «clérigos» en el sentido estricto actual de la palabra, abarca, sin duda, a los clérigos en el sentido canónico, sin excluir a quienes habían recibido una formación escolar y, en general, a quienes sabían leer[40]. En todos estos lugares emplea san Francisco la distinción con la mayor naturalidad, de forma que en ninguna parte se encuentra razón para pensar que mostrase alguna preferencia por los laicos y alguna reserva hacia los clérigos. A ambos grupos estaba abierta la orden y a ninguno de ellos se le daba preponderancia. Se ve también que ser clérigo no era una condición para ocupar los cargos de la orden. La regla no bulada sabe en el capítulo séptimo de los frailes que provienen del estamento artesanal y establece que «cada uno permanezca en el arte u oficio a que fue llamado»[41]. En la misma regla distingue otra vez entre sus hermanos cuando dice: «todos mis hermanos que predican, oran, trabajan, así clérigos como legos». Estas palabras parecen algo así como el sumario de todo el problema (Regla no bulada 17).

El mismo cuadro nos presenta Celano: «Movidas de celestial impulso, muchas personas del pueblo, nobles y plebeyos, clérigos y legos, llegrábanse al santo...»[42]. Poco más tarde, y sin darle relieve especial, cuenta que, cuando san Francisco volvió de su viaje por España, se le unieron algunos nobles y sabios[43]. En otra ocasión anota con sobriedad que el padre Francisco vistió con el saco franciscano en Ascoli Piceno a treinta hombres, clérigos y laicos (1 Celano 62).

Jordano de Giano dice de los primeros franciscanos llegados a Alemania en 1221, que «eran en total doce clérigos y quince legos». Uno de ellos, añade, era hijo de una condesa. Al mencionar a los clérigos, precisa la orden sagrada de que estaban investidos. Dos eran destacados predicadores (19). En Trento se les unió un «hombre rico» (20). En el mismo año, fray Cesáreo de Espira recibió en Würzburg a «un joven, bien dotado y letrado» (25) y, para el año del capítulo, en 1222, había acogido a «muchos hermanos, así clérigos como legos« (26). Por la predicación de fray Juan de Piancarpino, primer custodio de Sajonia, muchos abrazaron la orden en Hildesheim: «Uno de ellos fue el canónigo Bernardo, hijo del conde de Poppenburg, otro fue Alberto, maestro de niños y varón letrado, y además cierto Ludolfo y un soldado» (35).

Tomás de Eccleston da noticias más precisas sobre los primeros frailes menores que llegaron a Inglaterra. De los cuatro clérigos, Agnelo de Pisa, jefe de la expedición, era diácono; otro, sacerdote; el tercero, acólito; y el cuarto un simple clérigo, que más tarde se hizo sacerdote. De los legos, uno era artesano (I, 3 s). Entre los primeros novicios allí recibidos, había algunos clérigos y sacerdotes. Junto a un lego, sastre de oficio («aunque laico y latino, según se creía, y famosísimo como sastre») se mencionan otros que eran maestros. Se alude igualmente a unos caballeros, así como a fray Juan de Reading, anteriormente «abad de Osney, que nos ha dejado ejemplos de una perfección acabada» (III, 12 ss). Vemos, pues, que los frailes menores provenían de todos los estamentos sociales sin distinción.

Los escritos franciscanos de la primera época no dan la menor importancia a las diferencias de oficios y de clases sociales. Nobles o siervos, ricos o pobres, cultos o incultos, clérigos o legos: «todos sin distinción se han de llamar hermanos menores» (Regla no bulada 6 ). En la nueva fraternitas de san Francisco no desempeñaba papel alguno la diferencia de estado y origen, hecho que hacía estallar la idea medieval de que los estamentos constitutivos de la ciudad terrena se deben en definitiva a la voluntad ordenada de Dios[44]. Lo dice Celano, cuando, al hablar de la convivencia de los primeros frailes con san Francisco, relata que exultaban de gozo «cuando alguno, quienquiera él fuese o cualquiera su condición, fiel, rico, pobre, noble, plebeyo, vil, estimado, prudente, simple, clérigo, idiota, laico en el pueblo cristiano, guiado por el espíritu de Dios, venía a recibir el hábito de la santa religión». Difícil sería encontrar una enumeración más completa de los diversos estamentos sociales; pero hay un estamento ante el que palidecen todos los demás, a saber el «pueblo cristiano» de donde proceden todos los candidatos. Esto es lo decisivo para ser aceptado en la comunidad de los frailes menores, aunque produzca «gran admiración en los hombres del mundo» Y como un desafío a los criterios en boga, formula la nueva idea de san Francisco y de los suyos: «No eran obstáculo de baja condición ní lo vil de la pobreza para que pudieran incorporarse en la obra de Dios aquellos a quienes Dios quería edificar, pues El halla sus complacencias en los sencillos y despreciados del mundo»[45]. Con estas palabras se caracteriza al orden reinante como proveniente «del mundo», como obstáculo de la acción libre de Dios y como contrario a lo que El mismo hizo en la tierra a título ejemplar[46]. La fraternitas de san Francisco crece a merced de un hecho esencial: Dios no tiene aceptación de personas (Rom 2, 11)[47].

Sólo respecto a las horas canónicas hace san Francisco una distinción, que está, desde luego, en la naturaleza misma de las cosas: los frailes clérigos recitarán las horas canónicas; los legos, o sea los que no saben leer, rezarán en su lugar un número determinado de Padrenuestros[48]. Respecto a su persona no quería san Francisco remilgos por la tonsura, signo del estado clerical. No se dejó hacer una coronilla grande: «Pues quiero que mis hermanos simples tengan puesto en mi cabeza». Celano añade expresamente que san Francisco «quería que su religión fuese la misma para pobres e iletrados y no sólo para los ricos y los sabios». Y para confirmar esta idea\recoge otra de san Francisco: «Ante Dios no hay acepción de personas, y el Espíritu Santo, Ministro General de la religión, descansa por igual sobre el pobre y el sencillo»[49].

Así se comprende que el Chronicon Montis Sereni juzgue necesario consignar que los dominicos son una orden de clérigos, mientras que los franciscanos reciben por igual a «clérigos y legos» (E). En este punto el cronista no quiere evidentemente renunciar a la caracterización de la nueva orden. La Legenda s. Francisci Monacensis, benedictina, aprueba y admira la intención de san Francisco: «Para que el amor vinculante de los frailes fuera mayor, quiso él ver a toda su orden estrechada con los mismos lazos (uniformitare concordem). En la orden los grandes y los pequeños, los cultos y los incultos deben vestir igual y adoptar la misma forma de vivir. Y los que vienen de lejos, deben unirse con los hasta ahora desconocidos mediante los lazos de la familiaridad..., de suerte que se comporten entre sí, como en una familia, donde todos gozan de igual derecho según los estatutos de la orden»[50].

De sus primeros frailes escribe san Francisco en el Testamento: «Y éramos idiotas y sumisos a todos», queriendo con ello afirmar que tanto él como ellos eran «iletrados», o sea personas sin formación escolar[51]. Sobre sí mismo da también san Francisco testimonio en otro lugar: «porque soy ignorante e idiota» ".'Casi con las mismas palabras corrobora este testimonio Jacobo de Vitry cuando llama al santo «varón simple y sin letras» (H). Igualmente Tomás de Spalato, que le había oído personalmente, caracteriza sus artes oratorias como «predicación de un hombre idiota» (D). En el mismo sentido han de entenderse las palabras con que Celano refiere que los sabios y científicos, que en gran número vivían en París, habían admirado con toda humildad a Francisco, «hombre idiota y de verdadera simplicidad»[52]. Una generación posterior no podría ya explicarse el influjo del santo sin atribuirle una adecuada formación teológica. De ahí que digan los cronistas de San Albano: «Pues esto lo había aprendido en las letras y en disciplinas teológicas, a las que se había dedicado desde su más temprana edad hasta llegar a conseguir un conocimiento perfecto»[53]. De todas maneras, por lo que a su persona atañe, hemos de atenernos al testimonio que el mismo Francisco da en su Testamento.

Respecto a los primeros frailes, la cosa no resulta tan fácil. Entre ellos tenemos a un Pedro Catáneo, «varón letrado» y «perito en derecho y buen conocedor de las leyes», o sea un hombre culto[54]. De fray Felipe Longo se dice que como interpretase las Sagradas Escrituras «no habiendo estudiado, se convirtió en imitador de aquellos, a quienes los príncipes de los judíos acusaban de idiotas e iletrados»[55]. Cosa parecida se nos dice de los frailes de Portugal: «los hermanos de la Orden de los Menores, carentes ciertamente del conocimiento de las letras, pero varones que enseñan con las obras la fuerza de la letra»[56]. Pero como se nos dice ya muy pronto que también entraban en la orden varones sabios, nos contentaremos con consignar el hecho complejo de la composición de la primera generación franciscana desde el punto de vista cultural. La cuestión debe matizarse y espera todavía una solución definitiva.

6. El crecimiento acelerado de la nueva orden

Los contemporáneos dan sus explicaciones del rápido crecimiento de la nueva orden, fenómeno sobre el que hablan casi todos ellos. Constantemente leemos afirmaciones como éstas: los frailes menores crecieron tanto, «que con la ayuda del divino poder apenas se encuentra aldea, dentro de los confines de la tierra, a la que no haya llegado su venerable presencia» (C); «esta orden se ha propagado por todo el mundo» (G); «en breve tiempo ha aumentado de tal forma su número que apenas existe una provincia en la cristiandad donde no haya algunos de ellos» (H); «llenan todo el mundo» (M); «llenaron la tierra» (L)[57].

Los cronistas y los autores de las Leyendas no se contentan con afirmar el hecho; tratan también de explicarlo. Y cada uno opiniones muy variadas, aunque casi asiempre atinan en el blanco.

El prior Burkhard de Ursperg atribuye el rápido crecimiento de la orden franciscana a la actividad de los frailes menores contra los herejes contemporáneos, oVitry contrapartida ortodoxa representan (A). Jacobo (H) y la Legenda s. Francisci Monacensis (S) lo atribuyen a la predicación de san Francisco y de los suyos. El primero considera esta predicación como un factor importante, porque «el Señor quería salvar, antes del fin del mundo, mediante estos hombres sencillos y pobres, muchas almas» que, si no, se perderían, «pues los prelados son como perros mudos incapaces de ladrar» (F). El cronista de Lauterberg, de la orden de los premonstratenses, entiende por causa principal del crecimiento acelerado de la nueva orden la decadencia de las antiguas órdenes por la «vida desordenada» de sus miembros y, en consecuencia, porque no correspondían ya al fervor de muchos hombres (E). Según el Chronicon Normanniae, el éxito que tiene sobre todo entre los jóvenes, se debe a la «forma de vida totalmente nueva» de los frailes (L). Entre las causas debía sin duda contarse el sentimiento de la disolución de la mentalidad feudal, que Jacobo de Vitry expresa claramente en la Historia orientalis, donde aparece su amplio testimonio acerca de los franciscanos primitivos: sobre todo, porque a nadie que viene excluyen de su comunidad...; los reciben «en su religión de amplio regazo... sin oposición alguna» (H)[58]. Las energías desencadenadas e inflamadas por los movimientos religiosos de la Edad Media podían libremente adherirse al movimiento franciscano, tal como el Señor las guiaba, sin que las impidiera obstáculo «mundano» alguno[59]. Los cronistas benedictinos de San Albano ven con cierta indignación en los favores del Papa la fuerza motriz del desarrollo franciscano (M), idea que aparece también en el relato de Burkhard de Ursperg  (A) ". No falta quien lo atribuye todo a las iniciativas que san Francisco 78; pero esto no ha de generalizarse, san Francisco se mostraba en esta cuestión con sumo recato, respetando la acción de Dios en cada una de las personas 79.

A partir del año 1220, cuando el cardenal Hugolino aceptó, a instancias de san Francisco, ser «padre y señor de toda la religión y orden de los hermanos», promovió sin duda la propagación de la orden. Celano confirma la noticia que el biógrafo de Gregorio IX da en este sentido: «Mostrábase celoso en propagar la sagrada fama de santa vida que gozaba, llegó extender la orden a muy remotas tierras» . Celano observa que esta actitud del Cardenal era universal, pues recibía siempre de buen grado a los religiosos «y mayormente a los que daban tales señales de bienaventurada pobreza y santa sencillez» 81.

Junto a estos testimonios que tratan de explicar el crecimiento acelerado de la orden por causas externas, hay otros que quieren comprender el fenómeno desde dentro. En este sentido la figura de san Francisco ocupará con razón el centro. Jacobo de Vitry dirá: Francisco «expresamente siguió a Cristo...; fue por eso que se multiplicaron sus hijos» (HS 151); y los cronistas de san Albano no aducen, además del “favor del papa”, “el célebre nombre» de san Francisco como la causa de que muchos sigan su ejemplo, abandonando el «siglo» y sometiéndose a su magisterio (M). Lo mismo opina el autor de la Legenda Monacensis: «la fama de su virtud comenzó a incitar a muchos al desprecio del siglo y al deseo de una vida mejor» (S)[60]. Esta misma razón la encontramos en la Leyenda coral de Chartres: «Entretanto creciendo su fama, se sometieron a su dirección siete varones...» (T) 83. Sin duda, atinan estos autores al señalar la figura de san Francisco y su arrebatador ejemplo como el motor, en más de un aspecto, del arrollador empuje franciscano de los primeros años. El modelo de su vida se convirtió en el ideal de sus discípulos, su vida en la forma vital de quienes le siguieron. Esto lo captó perfectamente el Cardenal Tomás de Capua (12161243), cuando llamó a san Francisco «forma de los Menores» B4.

Quien más hondamente ha meditado sobre el crecimiento de la nueva orden, fue sin duda el gran amigo de los franciscanos, Jacobo de Vitry, a quien podríamos citar reiteradas veces sobre este punto. Conoció la orden en Italia y en Tierra Santa. Y la admiró; comprendió tan a fondo sus aspiraciones, porque ya en su patria vivía él inquietudes semejantes. Ya en 1220 escribía: «Esta orden se dilata tan rápidamente por toda la tierra, porque imita tan vivamente la vida de la Iglesia primitiva y sigue en todo la vida de los Apóstoles» (G)[61]. Establece, por consiguiente, con toda claridad el vínculo íntimo de los franciscanos con la vida y los ideales de renovación evan­gélico-apostólica de la alta Edad Media, que de hecho existían. A ello alude, como ya dijimos, Burkhard de Ur­sperg (A). Lo que anhelaban tan ardientemente los cris­tianos fervorosos, pero que con frecuencia asumía formas heréticas, lo encarnaron san Francisco y su orden en una forma ortodoxa, por cuya vivencia merecía la pena de esforzarse[62]. Es natural que confluyeran a la nueva vida toda suerte de personas y de todas partes. En su Historia orientalis subraya Jacobo de Vitry en reiteradas ocasiones la misma idea, refiriéndose con finos toques a la correctura ortodoxa y católica. Veamos el pasaje más atinado: «Mas de tal manera y tan diligentemente procuran refor­mar en sí la religión, la pobreza y la humildad de la pri­mitiva Iglesia, sacando con sed y ardor de espíritu las aguas puras de la fuente evangélica, que se esfuerzan en cumplir por todos los medios no sólo los preceptos, sino también los consejos evangélicos, imitando más expresamente la vida apostólica...» (H)[63]. Esta vida, cristalizada en la persona de san Francisco con toda su pureza, no fue sin duda de las causas menos importantes del crecimiento sorprendentemente acelerado de su orden. El tiempo es-taba maduro para este movimiento y se identificó con él.

Pero es también claro que san Francisco mismo cavi­ló ante tan imprevisto crecimiento. El autor de la Legen­da Monacensis escribe: «Si bien deseaba la salvación de todos los hombres, sentía no obstante un cierto miedo de la multitud de los que venían a la Orden; temía que, con la afluencia de muchos a la religión, sufriera menoscabo la pobreza, ya que más cosas necesitan muchos que pocos» (S)[64]. Resonancias de esta preocupación se oyen en las re-flexiones del santo que nos transmite Celano: «Según os he dicho, el Señor aumentará considerablemente nuestro número, pero a la postre sucederá como con el pescador que, echada la red en el mar o en el espacioso lago, reco­ge extraordinaria multitud de peces, los reúne en la nave y, al no poder con tanto número, selecciona los mejores, guarda los que le place y arroja los demás». San Francisco no ignoraba, por tanto, que, al paso del desarrollo, «habría manzanas tan amargas que no se podrían comer»[65]. Quizás había asomado a su mente la idea de que no se podía pasar por alto algún principio de selección, sobre todo en cueto se aflojaran los primeros entusiasmos[66].

De todos modos, Celano gasta altas retóricas en otros pasajes, celebrando el acelerado crecimiento de la orden. Hasta dedica a esta maravillosa propagación el primer capítulo de su «Tractatus de miraculis s. Francisci»[67], aunque no necesitaba para ello de narraciones milagrosas. Una y otra vez dice sólo lo que fray Elías dijera en su encíclica a raíz de la muerte del santo: «...en todo el mundo preparó para Dios un pueblo nuevo. Hasta las islas más lejanas se divulgó su nombre y todos los pueblos contemplaron con admiración sus obras maravillosas». Fray Elías, tan íntimamente unido al hecho de la propagación de la orden, atribuye expresamente el fenómeno a la figura destacada de san Francisco[68]. Sin duda, atinó en el núcleo de la cuestión.

Conclusiones del capítulo II

Creemos conveniente resumir los resultados de las investigaciones hechas en este capítulo a fin de definirlas mejor frente a las diversas tesis que la historiografía franciscana moderna ha lanzado sobre el origen de la orden franciscana y su forma de vida:

1. La imagen que proyectan los contemporáneos y las fuentes franciscanas primarias de la forma de la nueva comunidad y sus orígenes, es del todo unitaria y concordante. En ninguna cuestión esencial encontramos cortes o desviaciones. Esta unidad y concordancia corroboran la confianza en las fuentes franciscanas primarias, que, lógicamente, son una buena piedra de toque para examinar las afirmaciones de las fuentes secundarias que no aparecen hasta fines del primer siglo franciscano. No nos falta, por consiguiente, un fundamento sólido para abordar y resolver con gran aproximación la «cuestión franciscana».

2. La comunidad de los frailes menores no es una asociación o cofradía piadosa de cristianos, ni una agrupación religiosa de algún modo desvirtuada. Desde su primera aparición se la considera como una orden eclesiástica, equiparable a las demás órdenes anteriores y contemporáneas, y se la considera así ante todo porque, según testimonio unánime, es una comunidad de cristianos que abandonan el mundo, rompiendo completamente con el «saeculum». Esta comunidad, por otra parte, presenta novedades llamativas en lo que al modo de vida religiosa se refiere.

3. En modo alguno se trata de una fraternidad «abierta» por igual a hombres y mujeres; es una orden masculina, de hombres que destacan el título de «hermanos» que ellos mismos se dan y conciben su comunidad como fraternidad en el sentido primitivo de la palabra.

4. Los miembros de esta nueva orden provienen de todos los estamentos de la cristiandad. No dan valor a la clase social ni a la alcurnia de los candidatos. Pero no por eso debe explicarse la orden como una reacción de tipo social o político con pretensiones de recabar para las capas más humildes un puesto en la Iglesia y en la sociedad. Su elemento vital es absolutamente de tipo cristiano. La fraternitas se apoya en datos esencialmente evangélicos y, en consecuencia, aún, acaso, sin la intención expresa del Fundador, viene a ser de hecho una renovación de la «forma de la primitiva iglesia».

5. Desde sus orígenes, la nueva orden no tiene conciencia de ser una comunidad primordialmente clerical ni un movimiento prevalentemente laico. Clérigos y legos se unen y se religan por una fraternitas esencialmente cristiana. Todos, clérigos o legos, son sencillamente hermanos: «familiares entre sí»[69].

6. Esta orden, que cristalizó, por así decirlo, en torno a la figura de san Francisco, no sólo se llamó den de los hermanos menores», sino que se empeñó más en ser fiel al nombre, suplantando el principio organizativo feudal de casi todas las órdenes antiguas mediante una comunidad evangélica fraternal, mediante la fraternidad. De aquí que la orden esté abierta a todos los estamentos de la cristiandad. Este hecho, hermoso y atractivo para muchos hombres de aquel tiempo, explica en buena parte su rápido crecimiento y su acelerada expansión.

 


 

[1]   Testamento 1 (Analekten 36; Opuscula 77; BAC 29); cf. Das Testament, 141 ss; KOPER, Das Weltverstiindnis 38 ss. autor explica el concepto de «saeculum» en los escritos prifranciscanos. Quizás sería más precisa su conclusión, teniendo más en cuenta el uso general de la época, en especial en el lenguaje curial. Este desideratum es justificado cuando se analiza cómo lo usaban las reglas de las órdenes contemporáneas. El Propositum de los Pobres Católicos de 1208 emplea la fórmula «hemos renunciado al siglo», que se concretaba en la renuncia a toda posesión y en una vida conforme a los consejos evangélicos, así como en llevar un hábito religioso (MEERSSEMAN, Dossier, 283). Más clara resulta todavía la cosa en la regla de los Pobres de Lombardía de 1210, en que a las mismas palabras se añade: «Confesamos que se salvan quienes permaneciendo en el siglo y poseyendo bienes... observan los preceptos del Señor» (o. c., 284). Ambos Proposita fueron confirmados por sendos escritos papales. Sus expresiones están en consonancia con el uso general de la época, como _se ve en la decisión tomada por Inocencio III en el año 1198: No es admisible «que una parte se convierta al Señor y que la otra permanezca en el siglo; no se ha de recibir a la observancia de la regla (ad observantiam regularem) a uno de los cónyuges, sin que el otro prometa, a su vez, guardar perpetua continencia. Pero debe, además, cambiar de vida, a no ser que sea de tal edad que pueda, sin sospecha de incontinencia, permanecer en el siglo» (OLIGER, Expositio, 175).

     En este mismo sentido contrapone el gran cronista del siglo, Enrique de Segusia (Hostiensis), en la Summa aurea (12391253) los religiosi, que viven según una regla determinada, a los saeculares, «que viven del todo aseglarados (omnino saeculariter), esto es, de una forma disoluta» (MEERSSEMAN, Dossier, 308). Saeculum, por consiguiente, es la vida fuera del estado religioso.

[2]   Carta a los fieles (Analekten 52; Opuscula 92; BAC 44); cf. también 1 Celano 17, donde se dice de san Francisco antes de su conversión: «cuando estaba en el siglo y todavía seguía al mismo siglo»; 1 Celano 37: muchos seguían al santo «abandonando. Vida religiosa: ¿Sí o no? las preocupaciones del siglo»; 1 Celano 71: la suprema aspiración de san Francisco fue «permanecer libre de todo lo que hay en el mundo»; 1 Celano 109: habían pasado dieciocho años «desde que renunciando al mundo, se adhirió a Cristo»; Legenda chori 4: «despreciadas las pompas del siglo». Pueden citarse además unos dichos significativos de santa Clara: «...y no se atrevan a referir en el monasterio los rumores del siglo» (Regla de santa Clara IX, 24 BAC 270); «... no sólo después de nuestra conversión, sino también cuando estábamos en las vanidades del siglo» (Testamento de S. Clara 2 BAC 277278). Y de san Francisco dice: «... cuando aún no tenía hermanos ni compañeros, casi enseguida después de su conversión, cuando edificaba la iglesia de san Damián, donde inundado totalmente de los consuelos divinos, fue impulsado a abandonar del todo el siglo...» (S. Clara, Testamento, 2 BAC 278). En todas estas citas el «siglo» se contrapone a la vida religiosa.

[3]   Indiquemos de entrada que los términos «religio» y «ordo» son sinónimos en aquel tiempo; cf. ESSER, Gestalt und Ideal, 's. Lo vemos sobre todo en muchos decires, que analizaremos a continuación, donde el mismo autor en la misma frase los aplica a la misma comunidad. Frente a este hecho no es fácil de entender la observación de la Leyenda de los Tres Compañeros: «pues la orden de ellos no se llamaba religión» (37). Los frailes son, pues, «orden», pero no «religión». Aumenta la confusión cuando ae constata que la Leyenda no hace distinción en el resto de la obra y emplea ambas expresiones por igual: cf. 31, etc. Las distinciones que CASSUT, Lebensform 46, cree constatar, debieron ser de tipo casual, porque 1 Celano 18, por ejemplo, dice: «la gloriosa religión y la eminentísima orden de las Señoras pobres», y que Santa Clara se convirtió «después de la fundación de la orden de los Frailes». La palabra «ordo» aparece, por tanto, antes de la confirmación de la primera regla y, por lo mismo, antes de la vuelta de Roma. En el lenguaje oficial de la Iglesia de entonces «religio» al parecer, el término más socorrido, pues el Lateranense IV emplea esta palabra en el can. 13, en que se prohibe para el la fundación de nuevas órdenes religiosas: «por lo demás Rinde (inveniat) una nueva religión..., sino reciba la regla nición de las religiones aprobadas». Ante la sobriedad de le sobran las especulaciones (cf. Conciliorum Oecumenita, 218).

[4]   Testimonia minora, 81; nótese asimismo que a los frailes menores llama en el mismo contexto «más humildes que todos los regulares de este tiempo...» Cf. también o. c., 83: «Esta es la santa orden de los Frailes Menores y la religión de hombres apostólicos, digna de ser admirada e imitada».

[5]   La primera fecha que aparece relacionada con esto es la de 1217, en que Francisco conoció al cardenal Hugolino; testimonios seguros de ello no tenemos hasta 1220, en que san Francisco pide la mediación de la curia para resolver las dificultades internas de la Orden: cf. ESSER, Das Testament, 176 s.

[6]   Por ejemplo: «... un cierto hermano de la orden de los Menores, llamado Francisco, que había sido el fundador de aquella orden...»; «... por los hermanos de aquella religión»; «confirmándole el oficio de la predicación juntamente con la aprobación de la orden que había solicitado» (Testimonia minora, 28 y 30). Quizás deba explicarse en este contexto la queja que apunta Mateo París en su Chronica mejora respecto al IV Concilio de Letrán: «Tantos varones letrados acudieron de pronto a las órdenes desconocidas (ad inauditos ordines), dejando a un lado, en contra de lo establecido en el Concilio celebrado bajo Inocencio III, de gloriosa memoria, las reglas del muy bienaventurado Benito, lleno del espíritu de todos los santos, y del magnífico Agustín» (MGH SS XXVIII, 248). Entre estas órdenes se incluyen, sin género de duda, la franciscana y la dominica, a juicio del cronista de Lautenberg! (E).

[7]   ECCLESTON, III, 12. Encontramos aquí la primera noticia del título con que se ordenaban los frailes menores. Reinaba, sin duda, una confusión y desconcierto al respecto, que se disipó con la cordial apelación del arzobispo.

[8]   ArchFrancHist 7 (1914) 248 ss.

[9] Ricardo de S. Germán, de tendencias imperiales y notario del reino de Sicilia (t 1243) escribe en un tono algo despectivo en la «Chronica regni Siciliae»: «el hermano Francisco, fundador (inventorem) de la orden de los Frailes Menores» (Testimonia minora, 16).

[10] Esta preocupación iba relacionada con la prohibición del IV Concilio Lateranense, que fue provocada por los obispos (cf. p. 39, n. 8 y GRUNDMANN, Religióse Bewegungen, 140 ss).

[11] En esta noticia única, que alude a la hermandad de penitencia, los frailes menores se llaman a sí mismos «varones penitentes, oriundos de la ciudad de Asís»: L. 3 Comp. 37. De todos modos, Jacobo de Vitry cuenta el año 1216: «en efecto, muchas personas de ambos sexos, ricos y seculares, abandonándolo todo por Cristo, huían del siglo y eran llamados Hermanos Menores» (F). Al parecer veía la comunidad franciscana compuesta de hombres y mujeres. Pero del siguiente relato resulta claro que estos hombres y mujeres vivían separados y cada uno a su aire. Evidentemente conoció también Jacobo los conventillos («hospitia») de las Damas Pobres, que de hecho vivían al principio «junto a las ciudades». Como lo dice, las mujeres hacían vida comunitaria (simul commorantur»); no era tal el caso de los hombres. Tampoco las mujeres tomaban parte en el capítulo de los frailes. Lo que describe Jacobo debe ser la Segunda Orden de san Francisco, fundada por santa Clara bajo la dirección de san Francisco. Con esto concuerda la Vita Gregorii IX, que distingue perfectamente «orden de las Señoras enclaustradas» de «Orden de los Menores» y dice que el cardenal se preocupó más de las mujeres (C). En los escritos papales y en los de san Francisco aparecen las dos órdenes como entidades distintas y autónomas. 1 Celano 38 anota: «él mismo fundó en primer lugar la Orden de los Frailes Menores...», y poco antes habla de la triple milicia (37), en que san Francisco formó a sus seguidores. Expresamente refiere la fundación de la «gloriosa religión y eminentísima orden de las Señoras pobres», que tuvo lugar a los seis años de la conversión de san Francisco y después de la fundación de la orden de los frailes menores (18). Por consiguiente, ambas órdenes han de considerarse como institutos separados desde un principio (cf. también el Officium rythmicum, AnalFranc X, 383; JULIAN, Vita 14 y 23). No vamos a entrar aquí en la problemática de la Tercera Orden de los «hermanos y hermanas de penitencia que residen en sus propias casas» (Analekten 73), que puede atestiguarse con testimonios seguros (o. c. 73) sólo desde 1221.

[12] Quizás la problemática de la historiografía franciscana moderna no se hubiera apesadumbrado tanto, de no haber transportado sin criterio al siglo xiri algunos conceptos jurídicos de hoy. Lo que entonces se entendía por «religioso», bien claro está en Enrique de Segusia (Hostiensis), el príncipe de los canonistas a mediados del siglo xni. Según su Sumcoa Aurea, escrita en 1239 y definitivamente acabada en 1253), religioso en sentido estricto es quien ha profesado una regla concreta y viste un hábito determinado y «lleva una vida más austera y santa que los demás seculares que viven de una forma totalmente aseglarada (omnino saeculariter), esto es disolutamente» (MEERSSEMAN, Dossier, 308309). «Dissolute vivunt» se contrapone a «regulariter vivere», que es lo propio del profeso en una Orden (cf. Jacobo de Vitry en Testimonia minora, 81 y 83). Evidentemente, todavía no se caracterizaba el religioso «por la emisión de los tres votos», sino por la profesión de una regla. De ahí que pudieran también llevar el nombre de Orden («Tercera Orden») los grupos de hermanos penitentes, que no vivían conventualmente!

[13] Cf. Regla no bulada: «sea totalmente despedido de nuestra religión» (cap. 13) y «sea totalmente expulsado de nuestra fraternidad» (cap. 19)

[14] 1 Celano 38. Como san Francisco consigna esto en la Regla no bulada, cap. 7, en un trozo que pertenece a sus partes más antiguas, el texto citado remonta, sin duda, a los primerísimos tiempos de la Orden (sobre el conjunto véase p. 56, n. 37).

[15] Este hecho lo admiten hoy la mayoría de los investigadores; cf. CASSUT, Lebensform, 43 s.

[16] Regla bulada 1

[17] Todavía se percibe claramente esta interpolación en el texto de la regla. Comienza Analekten, pág. 2, línea 24: «Et cum reversos...» y acaba pág. 3, línea 5: «... aptus est regno Dei». Lo siguiente: «Si autem aliquis...» renquea visiblemente. Originariamente venía en perfecta continuidad de sentido: «...sicut alii pauperes», de la pág. 2, línea 24.

[18] Regla no bulada 2 (Analekten 2 s; Opuscula 26 s; BAC 5). En la Regla bulada 2 (o. c. 30; o bien 64 s; BAC 2122), todo aparece en una secuencia impecable.

[19] Contra las hipótesis de Quaglia aduce CASSUT, Lebensform, 4263 el hecho de que san Francisco fijó la regla por escrito en 1209/1210, hecho demostrado y fuera de toda duda.

[20] Cf. 1 Celano 32. No vamos a comentar aquí el problema general de la regla, que se planteará en otro contexto. Interesa por el momento señalar los hechos y su importancia en este caso.

[21] 1 Celano 33; S. BUENAVENTURA, Leyenda mayor III, 9a; cf. también M (Testimonia minora 29 s), aunque este relato presenta ribetes legendarios, algo de histórico encierra, como la narración insertada en la Leyenda mayor (III, 9a), que remonta a un familiar de Inocencio III.

[22] 1 Celano 27. Nótese asimismo: 1 Celano 26 y 28. En las citas de 1 Celano aquí aducidas aparece por primera vez en la primitiva literatura franciscana la frase «sancta conversado»; cf. también «propositum conversationis» de la regla primitiva de la Orden (Regla de S. Clara XII, 30 BAC 274); «sanctae conversationis eius (de san Francisco) insignia» (L. 3 Comp. pról.). La cuestión está en saber qué significaba la frase en aquel tiempo. Si, por ejemplo, el «habitus sanctae conversationis» se designa también por «habitus sanctae religionis» (1 Celano 27 y 26), y el «propositum conversationis» por «beatae religionis regula» (2 Celano 16 y 1 Celano 27), y esto en la pluma del mismo escritor, resulta muy obvio considerar «sancta conversatio» como una expresión específica de la vida religiosa. En este sentido emplea también el Sacrum commercium la frase al hablar de la vida de los religiosos anteriores en la Iglesia (28, 42, 48, 50). El más importante de estos pasajes es, sin duda, aquel en que llama a los fundadores de las antiguas órdenes «sanctae conversationis institutores». Compárense además las fórmulas: «duo novae conversationis ordines» e «inordinata conversado» de las antiguas órdenes en E, que se refieren absolutamente a la vida religiosa. Esta interpretación puede corroborarse mediante las referenicas del Glossarium de Du Cange y sobre todo del lenguaje de la regla de san Benito (ed. Butler, 184). «Santca conversado» vino a ser en el medioevo «término técnico» para significar la vida religiosa. y en buena parte por la influencia de la mencionada regla de san Benito. Así puede Hertling resumir su conclusión fundada en una amplia investigación: «La profesión da al monje una regla, unas normas, cuyo contenido es la sancta conversatio» (Die Profess der Kleriker 159 s; obsérvense también los ejemplos aducidos, donde professio y propositum son sinónimos (194 ss), y sus reflexiones sobre el propositum de los monjes (154 ss). De ahí que Inocencio III, al confirmar en 1208 la regla de los Pobres Católicos, cuya vida se parecía en muchas cosas a la de los franciscanos, hable también de «propositum conversationis» (MEERSSEMAN, Dossier, 288 s). Teniendo esto en cuenta puede precisarse otro dicho de Celano: san Francisco escribe muy al principio para sus compañeros una regla con palabras del santo Evangelio, a las que añadió «quae omnino ad conversationis sanctae usum necessario imminebant» (1 Celano 32), o sea lo necesario para una vida religiosa. Podemos asimismo suponer que en 1 Celano 27 san Francisco tenía desde los primeros momentos ante los ojos una Orden mundial.

[23] En el prólogo de su crónica, Jordán alaba la evolución gloriosa de la Orden como obra de la divina gracia, que de unos comienzos humildes y sencillos la ha hecho tan importante. Nada raro encuentra en esta evolución, que la considera como lo más normal (Ideas parecidas desarrolla SAN BUENAVENTURA, Epistola de tribus quaestionibus, 13VIII, 336 ab).

[24] Cf. ESSER, Sacrum commercium, 2729, donde se indica además el recurso literario que atribuye todas estas reflexiones, no a san Francisco ni a los suyos, sino a Dama Pobreza.

[25] «La regla y vida de estos frailes» (Regla no bulada 1); cf. Regla bolada 1: «La regla y vida de los frailes menores (Analekten 1 ó 19; Opuscula 25 ó 63; BAC 3; 19). Por tanto, todavía en 1209/10 no hay un «nombre distintivo».

[26] Esta novedad la ponen de relieve C, E y L, así como F y H (cf. p. 40 s). Lo mismo que Jacobo de Vitry, subraya Celano lo nuevo, que es al mismo tiempo lo viejo en la Iglesia; cf. 1 Celano 89: «ha sido plantada una viña fructífera de estilo nuevo (novo ordine), pero enraizada en la tradición (antiquo more)..., extendiendo por doquier los sarmientos de la santa religión» (cf. asimismo 1 Celano 7, 26, 34, 74, 75, 99, 100, 145, que resultan característicos tanto respecto a lo novedoso como a lo «regular» en punto de vida religiosa). 1 Celano 33 cuenta además que san Francisco desechó para sí y sus compañeros la «vida monástica o eremítica»; queriendo, por tanto, una forma nueva de vida religiosa a la que se sentía llamado. En el siguiente capítulo estudiaremos esta «novedad» del movimiento franciscano.

[27] 1 Celano 38: «El fue quien, efectivamente, fundó la Orden de los Frailes Menores, y he aquí la ocasión en que le impuso tal nombre. Como apareciera escrito en la Regla: Y sean menores, al oír pronunciar estas palabras, exclamó al momento: Quiero que esta Fraternidad se llame Orden de Frailes Menores». Resulta, pues, seguro que el nombre proviene del primer párrafo de la Regla no bulada, cap. 7 (Analekten 7; Opuscula 33; BAC 8), donde se lee: «Mas sean menores...». Por desgracia no cabe precisar más la fecha de origen de este párrafo. Con buenas razones puede únicamente afirmarse que entra en el número de los pasajes más antiguos de la Regla no bulada y apunta, por lo mismo, a los primeros tiempos.

[28] Cf. p. 46, n. 18. En este caso la Leyenda de los tres Compañeros transmite una tradición auténtica. A mediados del siglo xnr, cuando el movimiento de renovación religiosa había ya remitido, a nadie se le hubiera ocurrido semejante apelación. Willibrord de París OFMCap contrapone a esta frase de los Tres Compañeros la indicación de Esteban de Muret, el fundador de Grandmont, a sus monjes: «Si os preguntan a qué Orden pertenecéis, decid: ¡A la del Evangelio!» (Rapports de saint Francois d'Assise avec le mouvement spirituel du XII. síécle: Etudes Franciscaines 12 (1962) 140 s). En otro contexto veremos si se reduce a esto el significado de «varones penitentes».

[29] Testamento 1 (Analekten 36; Opuscula 77; BAC 29). «Penitencia» se entiende todavía aquí en su sentido primigenio evangélico de «metanoia»; véase el cap. 5, apartado 1.

[30] Rogero había escrito ya en 1207: «Habiendo surgido por estos días bajo la protección del papa Inocencio unos predicadores llamados Menores, de pronto han poblado la tierra»: Testimonia minora, 30 y 31, n. 2. Nótese en esta frase el tono algo desabrido de los cronistas güelfos, antipapales, tono que, quizás provenga también de la animosidad de las antiguas órdenes contra la nueva.

[31] C: «Durante su gobierno fundó las nuevas órdenes de los hermanos Penitentes y de las Señoras enclaustradas y las promovió en sumo grado. También orientó en los inicios con la entrega de una nueva regla a la orden de los Menores, que andaba errante sin rumbos fijos, y dio forma a la que estaba desprovista de ella, poniéndoles al frente como ministro y rector al bienaventurado Francisco...» (Testimonia minora, 12). En esta frase importa ante todo la neta separación primitiva de las tres órdenes franciscanas. Luego conviene observar también que Gregorio IX es presentado como «fundador» de la orden franciscana.

[32] Contra esta exageración habla, entre otros, el autotestimonio del Papa. En lo que a la «entrega de una nueva regla» Nos atañe, escribe en la «Quo elongati» (28.9.1230): Habiéndo Nos asistido en redactar la predicha regla y en obtener de la Sede Apostólica su confirmación, cuando aún estábamos constituidos en cargo inferior» (I, 68 b). Respecto a la fundación de la Orden declara en «Sicut phialae aureae» (21.2.1229) a las dignidades eclesiásticas que el bienaventurado Francisco fue el «fundador y rector de la Orden de los Frailes Menores» (I, 49 a). Y respecto a la Orden misma: «Recordando cómo comenzó la santa fundación de vuestra Orden bajo el impulso del bienaventurado Francisco, de santa memoria, y qué maravillosos progresos hizo» (1, 46 a). Con la misma claridad atribuye a san Francisco el origen de las tres órdenes —agrupaciones (collegia) de la orden de los frailes menores, de las hermanas enclaustradas y de los Penitentes— en su escrito a la beata Inés, el 9.5.1239 (I, 241). Así, pues, en esta cuestión importante el biografiado corrige al biógrafo.

[33] Cf. el relato de 1 Celano 123; 1 Celano 127150. Sobre la fidelidad de los franciscanos a la madre Iglesia en el enfrentamiento de Federico II con el papado nos informan JORDÁN DE GIANO, 73, y Mateo París en su Historia Anglorum (MGH SS XXVIII, 430).

[34] Cf. L: «... la orden de los Menores procede de la parte de Lombardía, y su fundador fue un tal, que se llamaba Francisco, ciudadano de Asís»; M: «un cierto hermano de la orden de los Menores, llamado Francisco, que había sido el fundador de aquella orden»; N: «la Orden de los Frailes Menores la inició el bienaventurado Francisco en la ciudad de Asís, de donde fue también oriundo... y fundó a los hermanos cerca de la misma ciudad de Asís, junto a santa María de la Porciúncula el año del Señor 1206 y 14 del pontificado de Inocencio III, quien aprobó dicha orden»; S: «El bienaventurado Francisco, primer fundador y padre de la Orden de los Frailes Menores, fue oriundo de la provincia de Toscana, de la ciudad de Asís»; Martyrium quinque fratrum: «Estos, en tiempo del papa Inocencio III, instruídos por las enseñanzas del bienaventurado Francisco,