LA PEDAGOGÍA
DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
La pedagogía es la ciencia y el arte de la educación. Como ciencia, es el conjunto ordenado de los principios prácticos de la educación. Como arte, es la acción educativa misma en cuanto aplica dichos principios[1]. Cuando se habla de la pedagogía de san Francisco, debemos tener muy en cuenta este doble aspecto de la educación.
Estamos todos de acuerdo en que san Francisco no es un pedagogo, si consideramos la pedagogía desde el punto de vista científico, que supone una sistematización teórico‑práctica de los principios de la educación [2]. Ha sido un educador, es decir, que ha conocido la pedagogía como arte, o sea, la manera práctica de conducir al educando a la adquisición de las virtudes propias de un determinado ideal de perfección[3]. Siendo el hombre un ser racional, todas sus acciones conscientes serán dirigidas por el conocimiento y por la razón. Y así, si san Francisco ha realizado una acción educativa, ella ha debido estar presidida y dirigida por conocimientos y principios contenidos implícitamente, por lo menos, en la misma. He aquí justificado el título de nuestro estudio. Fin de nuestra labor: descubrir y ordenar sistemáticamente los principios implícitos y explícitos que guiaron la práctica y los escritos educativos de san Francisco.
Recalcamos que se trata de descubrir y ordenar los principios prácticos de su educación, no de sistematizar el contenido doctrinal de las enseñanzas de san Francisco; lo cual han hecho ya innumerables autores de espiritualidad franciscana. Creemos tratar un tema completamente nuevo, al ensayar una estructuración de los principios prácticos de las técnicas educativas de su acción y de sus escritos, desde una vertiente pedagógica. En realidad, no es raro encontrar en libros sobre educación el nombre de san Francisco de Asís. Y recorriendo colecciones de revistas, sobre todo franciscanas, salen temas que sugieren, vagamente, es verdad, la posibilidad de un trabajo de esta índole[4]. Lo cierto es, que no hemos podido encontrar una bibliografía que tratase ex profeso nuestro tema de la que nos pudiéramos servir. Ayudas casi exclusivas de nuestro trabajo: las fuentes históricas y biográficas de san Francisco y sus escritos auténticos[5]. El análisis de este material nos proporcionó una tarea suficiente y notable. Sólo el hecho de que hayamos podido encontrar en estas obras, escritas sin fines educativos, un número elevado de hechos que tratan, en forma fragmentaria, de la educación dada por san Francisco a sus frailes, pone de manifiesto cómo gran parte de la vida del santo fue dedicada a ella.
La restante bibliografía usada, nos ha servido para encuadrar los puntos dentro de una terminología adecuada y, en lo posible, moderna; y además para ilustrar los factores educativos más importantes. Se ha de recordar también que no hemos creído oportuno ni necesario tratar toda la pedagogía de san Francisco en sus mínimos detalles, sino sus elementos más específicos. Así, hablando de la piedad, sólo nos referimos a los aspectos cristocéntricos que la caracterizan; cuando tratamos de la educación de la voluntad, hacemos lo mismo, hablando únicamente de la pobreza y de la humildad.
Con el fin de mantenernos en un campo lo más vecino posible a la filosofía, evitamos toda referencia directa a los medios sobrenaturales de la educación cristiana y tratamos sólo desde el punto de vista psico‑pedagógico todos los demás medios, como, por ejemplo, hicimos con la meditación[6].
LAS FUENTES DE LA EDUCACIÓN DE SAN FRANCISCO
Los estudiosos del franciscanismo insisten mucho en la originalidad de la espiritualidad y de la pedagogía de san Francisco. Creemos, sin embargo, que se ha acentuado demasiado la tendencia a verlo como un reformador, en abierta contradicción con casi todas las ideas de su tiempo y hasta con la misma tradición católica[7]. Una mirada retrospectiva sobre la educación que recibió san Francisco y sobre otras fuentes de su pedagogía, nos permitirá saber hasta dónde fue él un renovador. Si se considera, sin embargo, que las fuentes de la pedagogía del santo son todas, a excepción del evangelio y de la doctrina de la Iglesia, de origen empírico, a priori se puede afirmar que ella será fruto de su tiempo: o porque continúa una determinada tendencia de ideas, o porque las imita, o en fin, porque reacciona y se opone a ellas.
El estudio de las fuentes es de mucha importancia para profundizar debidamente el pensamiento y la acción magisterial de san Francisco. Desgraciadamente, las fuentes bibliográficas no son lo suficiente explícitas para permitirnos hacer una valorización adecuada sobre todos los distintos puntos que tratamos. Téngase bien presente, además, que aquí tratamos de las fuentes de una manera general, para poder volver sobre ellas, sin dar lugar a repeticiones, en todos aquellos lugares donde una visión más clara y total del argumento lo exija.
1. ‑ LA RETROSPECCIÓN
Lo que para nosotros será una retrospección, en el sentido que vulgarmente se da a esta palabra, sobre la vida premagisterial de san Francisco, para él mismo fue una fuente de su pedagogía en el sentido técnico del término, es decir, un método subjetivo que consiste en recordar la educación que se ha recibido anteriormente y las reacciones que ella ha provocado[8]. En los escritos de san Francisco, concretamente en toda la primera parte de su testamento, tenemos un ejemplo de este método[9].
No queremos afirmar que san Francisco se sirvió sistemáticamente de la retrospección ‑ su testamento no es una prueba suficiente ‑, sino espontáneamente, como lo hace cualquier padre de familia que, frente a la responsabilidad de educar a su hijo, se propone hacerlo de una u otra manera, según el recuerdo bueno o malo que tiene de su propia educación.
1. ‑ El ambiente social en que se educó san Francisco.
San Francisco nació en la primavera de 1182 (4), en la ciudad de Asís. La belleza de los lugares que la circundan y su misma posición de mirador, asentado en la ladera de una de las estribaciones del monte Subasio, dan a sus habitantes la oportunidad de admirar la belleza del valle y de los montes que lo circundan, y de estar en contacto casi continuo con la naturaleza. Sabemos que san Francisco fue sensible a este espectáculo natural, pues nos lo dice Celano, cuando narra la convalecencia de una larga enfermedad, que coincidió con los primeros síntomas de su conversión[10].
Sobre este escenario natural, tan amado de san Francisco, se movía una sociedad deseosa de seguridad y de paz. Y estos mismos deseos eran el signo de un profundo sentimiento de inestabilidad. Las Cruzadas habían abierto un nuevo mundo a las relaciones comerciales con el Occidente y habían hecho que la economía natural, en vigor en el bajo medioevo, fuera sustituida, poco a poco, por la economía del dinero. Con las facilidades que dio esta nueva economía, se multiplicaron los medios de subsistencia, facilitando el bienestar material, y la vida social fue tomando un nuevo aspecto. Pero el deseo de seguridad fomentó en los individuos la avaricia y, más concretamente, la usura, que la nueva economía hacía posible hasta límites antes inasequibles. Desgraciadamente, el mismo clero no fue insensible a este mal de la época, y muy pronto, el afán de dinero y de posiciones lo hicieron débil ante el soborno, la injusticia y la simonía[11]. De esta manera el clero y los religiosos fueron día a día perdiendo su popularidad. La situación se agravó más todavía con el surgir de nuevas herejías, que encontraban el pueblo preparado para recibir a quien se proclamase reformador del clero y predicador de la pobreza. Los más conocidos fueron los Valdenses, que se propusieron imitar la pobreza de la vida apostólica, pero que fueron en su proselitismo fanáticamente anti‑eclesiásticos.
El lado positivo de la situación religiosa estaba, de una parte, en Roma, donde los papas, que se iban sucediendo, se esforzaban junto con muchos obispos ‑ entre ellos estaba el de Asís ‑ por poner remedio a tantos males. De la otra, en el mismo pueblo, que se manifestaba profundamente religioso y sensible a los males de la Iglesia, pero no menos desorientado por el abandono de sus sacerdotes y la prédica de los herejes. Se necesitaba alguien que uniera estos dos extremos. San Francisco había de lograrlo más tarde, quitando a los herejes la mejor arma de su proselitismo, por medio de una vida religiosa de evangélica pobreza, que llevaba al pueblo el ejemplo del auténtico cristianismo y la inseparable necesidad de una obediencia incondicionada a la jerarquía eclesiástica.
La inestabilidad social se agudizaba con la gradual desintegración del Imperio[12], mientras los ciudadanos y los campesinos buscaban la seguridad reagrupándose en una nueva forma social: el común o municipio, que tenía como centro alguna ciudad, lo más fortificada posible. Cada municipio debía preocuparse, en lo interno, de reducir a vasallaje los señores feudales, enemigos acérrimos de la institución, y en lo externo, de mantener su libertad y sus derechos contra los comunes limítrofes. Es lo que sucedió en Asís después que Inocencio III exigió a Conrado de Lutzen la Roca de Asís y todos sus feudos, que detentaba en nombre del emperador[13]. No bien supieron los de Asís que Conrado había firmado el acta de sumisión, aprovecharon para prepararse a defender su independencia. No tardaron en entrar en conflicto con el papa y en lucha contra los señores feudales, que no querían someterse a las leyes emanadas del común, y más tarde contra Perusa, su más vecina y poderosa rival. En el combate que empeñaron al fin las fuerzas del común de Asís contra las de Perusa el año 1202, estaba el hijo de Pedro Bernardone. Así vemos aparecer a la luz de la historia a Francisco, como uno de los tantos participantes en aquellas minúsculas batallas que señalaban los esfuerzos de la Italia medieval para el logro de su independencia cívica[14]. Este estado de guerra casi continuo facilitaba las injusticias, las rapiñas y la cadena interminable de las venganzas; pero el común no era una institución para la guerra, sino para la paz: buscaba liberar a sus ciudadanos de la caprichosa tiranía de los señores feudales y de sus luchas; quería dar seguridades al trabajo y al comercio; deseaba mantenerse ajeno a las guerras del emperador y de los poderosos[15]. Este nuevo agrupamiento social en torno a la ciudad fortificada alejó a los ciudadanos del influjo beneficioso de los monasterios, hasta aquel momento centros de civilización y de vida cristiana entre el pueblo. Se reforzaba así la parroquia como centro espiritual y su escuela se colmaba de nuevos alumnos; pero apostólicamente se iba perdiendo la influencia benéfica de la palabra y del contacto del pueblo con la vida ejemplarmente cristiana de los monjes.
Frente a este nuevo ordenamiento social, subsistían, poderosos, el imperio, el feudalismo y la caballería. El primero declinaba en poder y prestigio, perdiendo al mismo tiempo atracción la idea de una cristiandad políticamente unida. Las únicas instituciones que podían penetrar y abrir más amplios horizontes a las mentalidades estrechas y demasiado apegadas al terruño de los ciudadanos de los comunes, eran la Iglesia y la caballería. La primera camina con Inocencio III, en lo político, a su máximo poderío; la segunda, aun decayendo, era demasiado poética y hermosamente heroica para que no siguiera fascinando a la juventud. La caballería unía en sí al trovador, al guerrero, al enamorado, al aventurero y al santo; sus virtudes eran la lealtad, la generosidad, el coraje y la galantería; su ambiente, el campo de batalla y los pintorescos y alegres torneos; sus fines, la reconquista del Santo Sepulcro, la defensa de la Iglesia y de Occidente, y, cuando no, la gloria y el poder. Esta institución tan concorde con el alma de la juventud, no podía dejar indiferente a Francisco (11).
Este era, a grandes rasgos, el ambiente social donde nació, se educó y actuó san Francisco. El ideal religioso del santo será una integración y realización evangélica de sus elementos positivos y una respuesta adecuada a sus necesidades.
2. ‑ La educación familiar de san Francisco.
San Francisco nació en el hogar formado por Pedro Bernardone, rico comerciante de paños de la ciudad de Asís, y Pica, su esposa. Al padre debe atribuirse la preparación especial que san Francisco tuvo para el comercio, pues a muy temprana edad lo vemos asociado a la actividad paterna[16], y su conocimiento de la lengua provenzal, en la cual sabia los cánticos de los trovadores[17]. Pero, Bernardone dio también a su hijo una visión más amplia del mundo en que vivía. Cuando regresaba de sus largos viajes comerciales, traía, junto con los paños para poner sobre su mostrador, innumerables noticias de países lejanos. En rueda familiar comentaría los episodios más salientes de sus viajes, las ideas políticas y religiosas, las costumbres, los conflictos, las guerras, el peligro de los infieles y la acción de las herejías, la crisis del Imperio y la situación de la Iglesia. Es suficiente conocer un poco a la juventud para imaginar a Francisco al lado de su padre, haciéndole mil preguntas, no bien retornaba de sus viajes. Sin duda alguna, su idea de un apostolado universal y peregrino la tomó del evangelio[18], pero su padre, sin quererlo, le dio los elementos fundamentales para sentir su necesidad.
Pero la educación de san Francisco fue obra de su madre. Desgraciadamente se sabe muy poco de este período de su vida, y Celano nos da una versión contradictoria: en su Vita prima, describe con tintas muy obscuras la educación familiar del santo y su juventud[19]; en la Vita secunda exalta las virtudes de su madre y la compara a santa Isabel, madre del Bautista[20]. Históricamente, y desde el punto de vista de la educación, se debe tener por verdadera esta segunda versión de Celano. San Francisco, en varios escritos suyos, nos revela el buen recuerdo que tiene de su madre. Tanto en la primera como en la segunda Regla, pone el amor y la dedicación materna hacia los hijos como modelo del trato recíproco entre los frailes[21]. En la carta a fr. León, para excitarlo a una entera confianza, se expresa así: “Te hablo, hijo mío, como una madre”[22]. En las instrucciones que dio para los frailes que vivían en los eremitorios, al hablar del trato recíproco entre los que se dedican a la oración y los que se ocupan de los trabajos domésticos, se inspira totalmente en la figura laboriosa de la madre: “Los que desean religiosamente morar en los eremitorios sean tres o cuatro frailes. Dos de ellos sean madres y tengan dos hijos o, a lo menos, uno”[23].
Si esto no fuera probatorio, quedaría en favor de la madre su actitud frente a la conversión de su hijo, en abierto contraste con la intolerante iracundia del padre[24]. Y sin duda alguna ‑ sea esto dicho también para disculpar a Pedro Bernardone ‑ se necesitaba un alma profundamente religiosa para comprender y favorecer en un hijo aquella vida de pobreza, penitencia y mendicidad mortificante que, en un primer momento, la misma curia romana juzgó excesiva[25]. San Francisco tenía un alma demasiado sensible para poder olvidar; así como le ¡rió profundamente la persecución de su padre, le consoló la comprensión de la madre. No es de extrañar que la idea del padre terreno se identificara en él con la de despotismo y dureza[26], mientras la de la madre la perpetuó en su legislación como modelo del amor y de la dedicación. Cuánto haya influido el recuerdo de la educación materna en su propia obra educativa, no es posible precisarlo; sólo debemos decir que la dedicación, la condescendencia, la fineza, la ternura con que trató siempre a sus discípulos, no podríamos explicarlas sin pensar en ella.
3. ‑ La juventud de san Francisco.
La historia ha sido más generosa con los biógrafos del santo en lo que respecta a su juventud, pero también en este período ha influido el juicio contradictorio de las dos Vidas de Tomás de Celano, de manera que algunos han preferido el juicio de la Vita prima, que parece concordar con las palabras del mismo santo en su testamento: “ ... cuando yo estaba envuelto en pecados ... “[27]. La mayoría, sin embargo, sigue el camino medio con san Buenaventura, en su Leyenda de san Francisco, que, sin entrar en la discusión histórica, nos parece el más exacto[28].
San Francisco debió adquirir en la escuela parroquial de san Jorge “alguna noticia de las letras”[29], y desde muy joven fue dedicado por su padre al comercio[30]. Cayó, si se quiere, en los vicios, y no pudo dejar de sentir la influencia de la vida social de su tiempo. Pero en medio de sus errores se mantuvo siempre afable, cortés y sereno, absteniéndose de toda expresión baja y maliciosa[31]. Cuando se maravillaban los vecinos de la delicadeza y del buen porte de Francisco, decíales su madre: “¿Quién creéis que será este hijo mío? Por la grandeza de sus obras reconoceréis que será elegido por Dios”[32]. San Francisco parece haber sentido desde muy pequeño la necesidad de cierta elevación. El oficio de las armas le pareció el más propio para liberarse de la vida vulgar y sin historia de un comerciante. Desde muy joven sintió el deseo de ser caballero y comenzó a ejercitarse en el manejo de las armas, como lo demuestra el hecho de haber participado a los diecinueve años en la guerra contra Perusa[33].
Sus dotes de guía se manifestaron muy pronto entre la juventud de Asís que lo proclamó su rey y abanderado[34]. El era siempre el primero en las fiestas, donde se distinguía por su exagerado y hasta extraño modo de vestir; su vanidad lo llevaba no sólo a procurarse géneros más caros de lo conveniente a su posición, sino que muchas veces ponía sobre el traje de paño ordinario retazos de otro paño de grande estimación y valor[35]. Generoso y manirroto, consumía en banquetes y fiestas cuanto tenía y ganaba[36]; pero si era generoso con sus compañeros, no lo era menos con los pobres, pues tenía la costumbre de no despedir a ninguno sin antes haberlo socorrido[37]. Conversador y alegre, habíase propuesto, sin embargo, no responder a quien le hablase torpemente[38]. San Francisco mostraba así, en la misma superficialidad de su juventud, la magnanimidad de su carácter.
4. - Conversión y autoeducación de san Francisco.
Ya hemos dicho que san Francisco estuvo prisionero en Perusa. Los interminables días de la prisión y una larga enfermedad posterior que le tuvo postrado en el lecho, dieron a san Francisco la oportunidad de pensar ... Cuando se sintió repuesto, salió cierto día a las afueras, esparciendo con avidez su mirada por las campiñas que le rodeaban. Mas ni la lozanía de los campos, ni la exhuberancia de los viñedos, ni hermosura alguna pudo alegrar en lo más mínimo su espíritu[39]. La vida de ayer no le satisfacía más; la encontraba fútil, vana, sin una finalidad digna. Sentía indefinidamente ser llamado a cosas más grandes que a serenatas y a continuo solaz; la seriedad de la vida se imponía a su espíritu. La necesidad de una nueva vida que le hiciera encontrarse otra vez con si mismo: emprendedor, alegre y sereno, lo impulsaba hacia otros ideales. Quizás la caballería, que tantas veces admiró y exaltó en los cánticos trovadorescos, podría colmar el vacío de su espíritu; por esto fue que dejó Asís en pos de un conde llamado Gentil[40].
Sin embargo, el Señor lo destinaba a una caballería de otro género. A su llamada, san Francisco obedece prontamente y retorna a su ciudad natal[41]. Cuando conoce la voluntad del cielo, la abraza con alegría: reparar la casa de Dios, pero no aquélla material, como creyó en un primer momento, sino aquélla edificada con piedras elegidas y vivientes, el edificio espiritual de las almas[42]. Siente que ha sido elegido por el Señor para una misión nueva y todavía desconocida; pero no teme, y mientras espera nuevas órdenes de lo alto, se dedica ardorosamente a reconstruir la iglesita de san Damián y de su propia alma[43].
Un día partió a caballo hacia Foligno para vender algunas telas y dar el precio al párroco de san Damián para reparar la iglesita. Seguramente el importe logrado no fue tan bueno como esperaba, de manera que no dudó en vender también el caballo con todos sus arreos. Después de tan generoso y espontáneo sacrificio, se volvió a pie hasta san Damián, donde el párroco, por temor de Pedro Bernardone, no quiso recibir el dinero, pero aceptó que san Francisco le hiciera compañía por algunos días. No tardó el padre en saber todo lo ocurrido y lleno de indignación corrió hacia san Damián en busca de Francisco. Pero éste quiso dar lugar a que se aplacase la ira paterna y, para conseguirlo, se ocultó en una cueva. Mas bien pronto se siente santamente humillado por aquel gesto de cobardía, y sale de su escondrijo para regresar a la ciudad de Asís. Cuando sus conciudadanos le vieron con el rostro magro y demudado, juzgaron que había perdido el juicio y comenzaron a mofarse de él arrojándole piedras y dirigiéndole groseras palabras que Francisco soportaba con perfecta paciencia. No tardó en llegar este rumor popular a oídos de Pedro Bernardone, quien de inmediato corrió hacia el lugar donde se encontraba su hijo, no con ánimo de librarlo de las afrentas del pueblo, sino ansioso de castigarlo, para lo cual lo arrastró con violencia hasta su casa. Allí lo encerró como a un vulgar prisionero y añadió sus insultos y golpes a los que acababa de recibir Francisco de parte de la plebe. Poco tiempo después, al ausentarse Bernardone de la ciudad de Asís, la madre, llena de ternura y compasión, y conociendo que sería imposible vencer la constancia de su hijo, le libró de su prisión y le permitió alejarse de la casa paterna, para que pudiera seguir libremente la llamada divina[44].
Al retornar el padre y no encontrar a su hijo en la prisión, injurió a su esposa y salió de nuevo, lleno de cólera, en busca de Francisco. Pero éste ya no era un novicio en el camino de la cruz; no bien sintió los gritos del padre, le salió al encuentro proclamando bien alto que estaba dispuesto a padecer por el nombre de Cristo todos los males que se le pudiera causar[45]. Viendo el padre que no podía apartar a Francisco de su resolución, quiso obligarlo a presentarse ante el obispo para que hiciese renuncia de la herencia y de todos los bienes que poseía. Francisco voluntariamente, y sin dudarlo un momento, se despoja de todo, hasta de los mismos paños menores, “quedando enteramente desnudo en la presencia de todos, y dirigiéndose después a su padre le dijo con voz entera, pero respetuosa: Hasta ahora os he dado el nombre de padre aquí en la tierra, pero en adelante podré decir con seguridad: Padre nuestro, que estás en los cielos, porque en él tengo puestos todos mis tesoros y he colocado toda mi esperanza”[46].
El primer paso ha sido cumplido; el primer y más grave obstáculo ha sido superado. Ahora se siente libre, bajo las primeras caricias de “Dama Pobreza”. En su despojo voluntario, san Francisco ha comenzado a encontrarse a sí mismo. Sobre la túnica que le ha procurado el obispo, traza con tiza la señal de la cruz, y sale de Asís, buscando la soledad y el silencio, mientras la serenidad y la alegría de su primera juventud retornan a su alma y ponen en sus labios cánticos de alabanzas al Señor[47].
Pero no basta. No obstante este heroico sacrificio, siente que la vanidad anida aun en su corazón. El amor propio no cede, y el hijo presuntuoso del rico mercader sigue viviendo bajo el áspero sayal. Sin duda, el párroco de san Damián se lo fomentaba cuando, como signo de agradecimiento, se esforzaba en prodigarle todo lo necesario. Mas Francisco tenía suficiente experiencia de sí mismo y de la fragilidad humana, y era incapaz de quedarse en la mitad del camino emprendido. Un día aceptó por última vez los caritativos cuidados del sacerdote, diciéndose a sí mismo: ‑ No hallarás en parte alguna un sacerdote como éste, que en todo tiempo te proporcione lo necesario. Esta no es vida conveniente para un hombre que ha hecho profesión de pobreza; no te es lícito acostumbrarte a tales regalos; poco a poco volverías a tus pasadas holguras y caerías de nuevo en tus extralimitaciones. Levántate, pues, sin demora, y mendiga de puerta en puerta cualesquiera alimentos[48]. Sin vacilar entró en la ciudad con el plato en las manos y se puso a mendigar. Y como en la escudilla se mezclaban diversos manjares, muchas personas, que conocían su antiguo modo de vida, se maravillaban de tanto desprecio de sí mismo. Pero cuando intentó comer aquella bazofia, tuvo una primera impresión de repugnancia, ya que no estaba acostumbrado ni siquiera a mirar aquello; a pesar de todo, haciéndose violencia, comenzó a comer[49].
Sin embargo, en este duro y casi despiadado combate que Francisco entabló contra sí mismo, una prueba pasó a ser como el símbolo de su total conversión a Cristo, hasta el fin de su vida. Fue el cuidado de los leprosos. Cerca de Asís había un refugio de leprosos; cuando Francisco veía en el período anterior a su conversión, las pobres chozas mal olientes y llagados enfermos, aunque estuviera a gran distancia, se llevaba las manos al rostro y se tapaba la nariz; tanta era la repugnancia que sentía. Pero un día se encontró con uno de ellos, y sobreponiéndose y violentándose en gran manera, se le acercó y lo besó[50]. No se conformó con esto su afán de renuncia; poco después “se trasladó a un lugar de leprosos, y con ellos vivía, sirviéndolos a todos con solícito cuidado por amor de Dios, lavando sus carnes y limpiando la podre de sus llagas”[51]. Al final de su vida, recordará esta suprema prueba de su combate interior: “El Señor me concedió a mí, fray Francisco, que así comenzase a hacer penitencia. Pues cuando yo estaba envuelto en pecados me era muy amargo ver los leprosos; y el Señor me condujo entre ellos y los traté con misericordia. Y apartándome de ellos, lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo”[52].
Mientras Francisco proseguía en su dura lucha interior, sus conciudadanos lo perseguían con su incomprensión. Cuando iba mendigando por las calles, sentía que penetraban en su alma como dardos las miradas compasivas de los más bondadosos: lo creían loco; y Francisco sentía muy hondo el dolor de su ideal no comprendido. Los malignos le hacían burlas groseras y le recordaban entre risas el brillo de su vida pasada. Los chiquillos de la calle le arrojaban piedras y barro, seguros de que él no se volvería para castigarlos.
Sin embargo, lenta, muy lentamente la sinceridad y constancia con que Francisco abrazó y continuó en su nueva vida, fueron cambiando en sentido más favorable la opinión pública. Su trabajo ininterrumpido, su pacientísimo mendigar, la alegría de sus cantos de alabanza al Señor, su vida toda de oración y penitencia, tenían que encontrar, tarde o temprano, almas sensibles y comprensivas.
5. ‑ El primer discípulo.
Bernardo era un ciudadano de Asís, reflexivo, sencillo y piadoso. Movido por la curiosidad y por una secreta admiración, había hospedado muchas veces a Francisco para tener así oportunidad de examinar más de cerca su método de vida y sus costumbres[53]. Consideraba Bernardo la constancia y el fervor de Francisco en el divino servicio, y pensaba que no podía ser locura tanto sacrificio, sino verdadero amor de Dios. No tardó mucho en sentir el deseo de imitar su vida, y una noche en que invitó a Francisco a dormir en su casa, tuvo la oportunidad de observarlo en oración, fingiendo Bernardo que dormía.
Esta experiencia disipó todas sus dudas: “En verdad ‑ se dijo ‑este hombre es hombre de Dios”[54]. A los pocos días, con maduro y resuelto propósito, se presentó a san Francisco y “le dijo que quería, a su ejemplo, despreciar por completo el mundo, pidiéndole consejo para ver de qué modo podría realizar sus intentos”[55].
Desde este momento san Francisco comienza su magisterio.
6. ‑ El santo evangelio y el magisterio de san Francisco.
Celano nos narra un episodio de la vida de san Francisco que nos revela con qué disposición de espíritu comenzó, después de su conversión, a guardar el evangelio y a dejarse guiar por la Iglesia. Leíase cierto día en la capilla de santa María de la Porciúncula el evangelio que narra la primera misión de los discípulos para predicar la palabra divina. Después de la misa, Francisco, que había escuchado atentamente la lectura, se acercó al sacerdote, suplicándole le expusiese el sentido del pasaje; éste se lo explicó ordenadamente, y al oír Francisco que los servidores de Cristo no debían poseer oro, ni plata, ni dinero, ni llevar en sus viajes alforja, ni saco, ni provisión, exclamó, interiormente inspirado: “Esto es lo que yo quería, esto es lo que yo buscada y esto con todo mi corazón deseo cumplir”. Sin más dilaciones, se quita el calzado, arroja de sus manos el báculo, y contentándose con una sola túnica, se la ciñe con una rústica cuerda, en lugar de la correa[56].
Sobre este binomio: el evangelio y la Iglesia, representada por el sacerdote que lo interpreta, se desarrolla e inspira toda la doctrina y la acción educativa de san Francisco. Por método debemos estudiarlo separadamente, pero quien quiera entender a san Francisco en toda su verdadera grandeza, no debe desunir el “vir evangelicus” del “vir catholicus”.
Este episodio nos revela, además, la mentalidad con que Francisco entendía observar el evangelio, evitando las complicadas distinciones y las glosas evasivas. No es que propugne un servilismo cerrado a la letra; si así fuera, sus Reglas no estarían abiertas a todas las excepciones razonables. Quiere, sí, simplicidad en la interpretación y sencillez en la práctica ... Sabe muy bien lo que dice cuando, más tarde, saluda a la “Reina sabiduría”, pero unida a su hermana, la pura y santa sencillez, que avergüenza a toda la sabiduría de este mundo y a la prudencia de la carne[57]. Pero no es sólo esta mentalidad lo que caracteriza la concepción de la vida evangélica; según san Francisco, la característica fundamental es la amplitud de esta nueva vida. El evangelio ha sido siempre para todo seguidor de Cristo, y especialmente para los religiosos, que prometen guardar los consejos de obediencia, castidad y pobreza, la norma de vida cristiana. Con todo, ningún fundador de orden religiosa, antes de Francisco, había fundado su regla sobre el evangelio y obligado expresamente a sus discípulos a la guarda del evangelio en el más estricto y amplio sentido de la palabra[58].
Estas dos ideas deben tenerse bien presentes: la manera particular con que san Francisco interpreta el evangelio y su voluntad de observarlo en toda su amplitud.
7. ‑ San Francisco y la Iglesia.
La influencia de la Iglesia en la pedagogía de san Francisco ha sido profunda. El santo sintió, desde el primer momento de su conversión, la necesidad del amparo y de la dirección eclesiástica[59]. Después de haber reunido a sus primeros discípulos, su primer pensamiento fue dirigirse a Roma para rogar al Santo Padre que les aprobara su nuevo género de vida. Su respeto por el supremo magisterio de la Iglesia está bien expresado al principio y final de la segunda Regla: “Fray Francisco promete obediencia y reverencia al señor Papa Honorio y a sus sucesores que canónicamente entraren y a la Iglesia Romana”; “mando además por obediencia a los ministros, que pidan al señor Papa uno de los cardenales de la santa Iglesia Romana, que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad, para que, siempre súbditos y sujetos a los pies de esta santa Iglesia, firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro señor Jesucristo, que firmemente prometimos”[60].
La Iglesia, de hecho, hizo de moderadora y consejera de san Francisco por medio del cardenal protector, especialmente en lo que respecta a la disciplina.
Teniendo en cuenta el momento histórico en que vivió san Francisco, esta adhesión incondicional tiene un valor de gran importancia doctrinal y práctica: demuestra, contra los herejes, cómo la observancia más estricta del evangelio se puede lograr, en toda su pureza y santidad, sólo dentro de la Iglesia. El sentido realista de san Francisco le hizo ver desde un principio que, no bien el número de sus discípulos aumentase, su ideal evangélico y sus enseñanzas se disgregarían irremediablemente en sus manos, si no tenía la ayuda y la guía de la Iglesia[61].
“Retorno al evangelio, bajo la dirección de la Iglesia”: esto es, en síntesis, el pensamiento que guía toda la acción educativa de san Francisco.
NOTAS
[1] Cf. M. CASOTTI, Pedagogia generale, I, Brescia 1953, 18.
[2] En este sentido ni el mismo don Bosco, para citar un solo ejemplo, fue un pedagogo. Cf. A. AUFPRAY, Un gigante della caritá. S. Giovanni Bosco, trad. dal francese del can. D. Donati, Torino 1934, 311.
[3] Cf. M. CASOTTI, op. cit. 8.
[4] Cf., por ejemplo, A. SENFTLE, OFM. Cap., Menschenbildung in franziskanischer Geistigkeit, Freiburg im Br. 1959.
[5] Fuentes históricas consultadas: Opuscula sancti patris Francisci assisiensis, Ad Claras Aquas (Quaracchi) 1904; Analekten zur Geschichte des Franciscus von Assisi. S. Francisci opuscula ... herausgegeben von H. Boehmer, Tübingen und Leipzig 1904; THOMAS A CELANO, Vita prima, y Vita secunda S. Francisci, impresas en Analecta franciscana, X, Ad Claras Aquas 1941, 1‑268; S. BONAVENTURA, Legenda maior, y Legenda minor s. Francisci, ¡bid. 555‑678; Legenda s. Francisci assisiensis tribus sociis hucusque adscripta, publicada en Miscellanea francescana 39 (1939) 375‑432; Speculum perfectionis ou mémoires de frére Léon sur la seconde partie de la vie de saint Franeois d'Assise, éd. P. Sabatier, I (texte latín), Manchester 1928; I fioretti di s. Francesco ..., con nota introduttiva di A. Gemelli, s. a. [Milano 1957]; L. WADDING, Annales minorum, ed. 3, Ad Claras Aquas 1931, t. I (12081220) y t. 11 (1221‑1237).
[6] Aplicando a nuestro caso las palabras de G. Lindworsky, podemos decir que si no hablamos de los medios de la gracia, sino sólo de la acción educativa sobre la naturaleza, como una presupuesta y necesaria cooperación con aquellos, estamos muy lejos de negarles su valor. Prescindir de una cosa no equivale a negarla. Cf. G. LINDWORSKY, Psicologia dell'ascetica, Torino 1948, 11.
[7] Los protestantes han querido ver en san Francisco un precursor de la Reforma. Paul Sabatier, que tiene innegables méritos en el estudio crítico de los primeros escritos bibliográficos sobre San Francisco, fue el primer defensor de esta curiosa tesis. Cf. P. SABATIER, Vie de st. François, éd. définitive, Paris 1931.
[8] Cf M. CASOTTI, Pedagogia generale, Brescia 1953, 62.
[9] Cf. Testamentum, ed. Quaracchi, 77‑80; ed. Boehmer, 36‑38. Véase también: KOPER RICOSERT, OFM., Das Weltverstündnis des hl. Franziskus von Assisi: eine Untersuchung über das “Exivi de saeculo”, Werl/Westf. 1959.
[10] H. FELDER, Der Christusritter aus Assisi, Paderborn 1940, 23. (5) THOMAS CEL. I, n. 3‑5.
[11] H. FELDER, Die Ideale des hl. Franziskus von Assisi, Paderborn 1935, 90-91.
[12] A. FORTINI, Nova vita di san Francesco, I, Assisi 1959, 9‑15.
[13] A. FORTINI, op. cit. 89‑100; 151‑210.
[14] CUTHBERT [OF BRIGHTON], Life of St. Francis of Assisi, 2 ed., London 1913, 4.
[15] “Comune vuol dire nuclei cittadini che lavorano, producono, trafficano, viaggiano, maneggiano il denaro e con il denaro il potere, e vogliono governarsi da sé, abolendo servitú feudali e ingerenze di vassalli grandi e piccini. Comune vuol dire concentramento di coloni dispersi; lento assorbimento della plebe rustica nella plebe urbana, sostituzione della economía monetaria all'economia temiera, aumento di fiere e di mercad, moltiplicazione di piccole aziende industriali e commerciali, in cui l'artigianato si sviluppa attraverso la specializzazione individuale, coordinata nene maestranze”. A. GEMELLI, ll francescanesimo, Milano 1936, 4.
[16] THOMAS CEL. I, n. 5; II, n. 6; S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 3. (12) S. BONAVENTURA, ibid. I, n. 1.
[17] Ibid. II, n. 5.
[18] Ibid. III, n. 1.
[19] THOMAS CEL. I, n. 1.
[20] THOMAS CEL. II, n. 3.
[21] Cf. Regula I, c. IX, ed. Quaracchi, 36‑38; ed. Boehmer, 9‑11; Regula II, c. VI, ed. Quaracchi, 68‑69; ed. Boehmer, 32.
[22] “Ita dico tibi, fili mi, et sicut mater, quia omnia verba, quae diximus in via, breviter in hoc verbo dispono et consilio, et si te post oportet propter consilium venire ad me ... Et, si tibi est necessarium propter animam tuam aut aliam consolationem tuam, et vis, Leo, venire ad me, veni ”. Epistola ad fratrem Leonem, ed. Quaracchi, 116; ed. Boehmer, 68‑69.
[23] “Illi qui volunt religiose stare in eremitoriis sint tres fratres aut quatuor ad plus. Duo ex ipsis sint matres et habeant duos filios vel unum ad minus. Illi autem teneant vitam Marthae el alii duo vitam Mariae Magdalenae ... Et illi fratres, qui sunt matres, studeant manere remote ab omni persona et per obedientiam sui custodis custodiant filios suos ab omni persona, ut nemo possit loqui cum eis. Et isti filü non loquantur cum aliqua persona nisi cum matribus suis et cum custode suo, quando placebit ei visitare ipsos cum benedictione Dei ... “. De religiosa habitatione in eremo, ed. Quaracchi, 83‑84; ed. Boehmer, 67‑68.
[24] S. BONAVENTURA, Legenda maior, II, n. 2‑4.
[25] Ibid. III, n. 9.
[26] Ibid. II, n. 2‑4.
[27] “Cum essem in peccatis”. Testamentum, ed. Quaracchi, 77; ed. Boehmer, 36.
[28] S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 1‑2.
[29] “Aliqualem litterarum notitiam”. S. BONAVENTURA, ibid. n. 1.
[30] Ibid. n, 1.
[31] Ibid.
[32] “Mater autem eius cum de prodigalitate sua sermo a convicinis fieret respondebat: ‑ Quid de filio meo putatis? Adhuc erit filius Dei per gratiam “. TRES Socii, Legenda, n. 2.
[33] Ibid. n. 4-6
[34] THOMAS CEL. II, n. 7.
[35] TRES SOCII, Legenda, n. 2‑3.
[36] Ibid.
[37] Ibid.
[38] Ibid.
[39] “...Die quadam foras exivit et circumadiacentem provinciam coepit curiosius intueri. Sed pulchritudo agrorum, vinearum amoenitas et quidquid visu pulchrum est, in nullo eum potuit delectare. Mirabatur propterea subitam sui mutationem, et praedictorum amatores stultissimos reputabat”. THOMAS CEL. I, n. 3.
[40] TRES Socii Legenda, n. 5.
[41] S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 3.
[42] Ibid.II n. 1
[43] THOMAS CEL. I, n. 18; S. BONAVENTURA, Legenda maior, II, n. I-8.
[44] S. BONAVENTURA, Legenda maior, II, n. 3.
[45] Ibid.
[46] Ibid.n. 4.
[47] Ibid. n. 5.
[48] “Invenies, ait, hunc sacerdotem quocumque ieris, qui tantam tibi praestet humanitatem? Non est haec vita pauperis hominis, quam eligere voluisti; sed, sicut pauper ostiatim vadens in manibus portat paropsidem et necessitate coactus diversa in ea cibaria coadunat, ita voluntarie oportet te vivere amore illius, qui, pauper natos, pauper vixit in saeculo, remansitque in patíbulo pauper et nudos. ‑ Surgens igitur quadam die cum magno fervore, accepta paropside, civitatem intrat, eleemosynam, sicut dixerat de paupere petiturus “. TRES Socu, Legenda, n. 22.
[49] Ibid. n. 22
[50] THOMAS CEL. II, n. 9; TRES Socii, Legenda, n. 11.
[51] THOMAS CEL. I, n. 17.
[52] “Dominus ita dedit mihi fratri Francisco incipere facere poenitentiam, quia, cum essem in peccatis, nimis mihi videbatur amarum videre leprosos; et ipse Dominus conduxit me inter illos, et feci Misericordiam cum illis. Et recedente me ab ipsis, id quod videbatur amarum, conversum fuit mihi in dulcedinem anime et corporis “. Testamentum, ed. Quaracchi, 77; ed. Boehmer, 36.
[53] THOMAS CEL. I, n. 24.
[54] “Videbat eum tota nocte orantem, rarissime dormientem, laudantem Deum et gloriosam Virginem matrem eius, mirabatur atque dicebat: ‑ Vere hic homo a Deo est ‑ “. THOMAS CEL. I, 24.
[55] Cf. TRES SOCII, Legenda, n. 27‑28.
[56] THOMAS CEL. I, n. 22.
[57] “Ave, regina sapientia, Dominus te salvet, cum tua sorore sancta pura simplicitate ... Sancta sapientia confundit sathan et omnes malitias eius. Pura sancta simplicitas confundit omnem sapientiam huius mundi et sapientiam carnis “. Salutatio virtutum, ed. Quaracchi, 20‑21; ed. Boehmer, 64‑65.
[58] H. FELDER, Die Ideale, 15.
[59] Cf. THOMAS CEL. I, n. 32; lI, n. 16‑17; S. BONAVENTURA, Legenda maior, 111, n. 8‑10; TRES SOCII, Legenda, n. 46‑53.
[60] Regula II, c. XII, ed. Quaracchi, 74; ed. Boehmer, 35.
[61] “Haec huius amplectandae commendationis sancti Dei fuit intentio tota; haec necessariae commissionis pro futuro tempore praescientiae viri Dei sanetissima documenta”. THOMAS CEL. I I, n. 24.